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Topografía • Luisa y Nemesio: desencuentro y fantasía

Bajo la influencia de ellos mismos, de estos desinquietos e incorregibles seres de nuestra historia literaria y política me ha dado con pensar en y fantasear con el desencuentro de sus vidas paralelas. Incita y frustra constatar cómo, a la vez, en el mismo tiempo y espacio, al parecer, no se conocieron ni hubo diálogo entre ellos.

Aunque el libro pionero sobre Capetillo lo escribió Norma Valle Ferrer (Luisa Capetillo. Historia de una mujer proscrita), he consultado Amor y anarquía Los escritos de Luisa Capetillo, (edición de Julio Ramos) y Absolute Equality (introducción y traducción de Lara Walker).

En cuanto a Canales, el libro consultado es la Antología preparada por Servando Montaña.

Luisa nace en 1876 y Nemesio en 1878. Ella muere en 1922 y él en 1923. Ella estuvo en el planeta 46 años y él, 45. Hasta donde sabemos, no se conocieron. Ella, “hija natural”, recibe su formación cultural principalmente de sus padres y de un colegio; él, hijo “legítimo” de familia acomodada estudia aquí, en España y en Estados Unidos, y se convierte en abogado y político de renombre. Sus vidas transcurrieron como dos líneas que nunca se tocaron.

Veamos algunos puntos de desencuentro en esas líneas.

Primero.

En 1909, Canales presenta el proyecto de ley “Para la emancipación legal de la mujer”. Aquí hay 2 coincidencias que llaman la atención porque no llegan a nada: 1. En ese momento, Canales es delegado a la Cámara, precisamente por el distrito de Arecibo, donde nace y se cría Luisa Capetillo; y 2: el tema es un poderoso vínculo entre ellos. ¿Supo Luisa del proyecto de Nemesio? ¿Cuál fue su reacción? No sabemos. No parece haber evidencia de ningún diálogo entre ellos con respecto a la iniciativa legislativa.

En ese mismo año (1909) Capetillo funda la revista La mujer. No sabemos si Canales vio la publicación. Pero es una ironía que ambos coincidan en el tema de los derechos de la mujer y, sin embargo, al parecer, estén siempre separados. (¿Distancias de clase, de género . . . ?)

Segundo punto.

En 1916, en el artículo “Nuestras mujeres”, Canales, dirigiéndose a ellas las amonesta diciéndoles: “[. . .] ¿Es muy posible, mujeres de Puerto Rico, que en esta hora de crisis para las viejas normas de civilización, en que las mujeres todas de los países avanzados sienten sed de cultura y afán de comprensión y de renovación, es posible, pregunto que sigáis tranquilas, consagradas al tedioso sillón, o a la rutina mísera del menudo quehacer doméstico, leyendo de vez en cuando alguna insulsa novelita de novios que se casan y son muy felices y conversando naderas con las visitas, sin que ni por un solo momento os sintáis agitadas, conmovidas y llamadas por la voz lejana en que la mujer universal pregona su noble propósito de pelear por un nuevo ideal?”

¿Hacia dónde miraba el vate Nemesio que no veía a Luisa? Es curioso y sorprendente que justo en ese mismo año, 1916, Luisa Capetillo publica su cuarto libro Influencias de las ideas modernas. Ya había sacado a la luz Ensayos libertarios (1907), La humanidad en el futuro (1910) y Mi opinión sobre las libertades, derechos y deberes de la mujer como compañera, madre y ser independiente (1911). ¿No supo Canales de la existencia de esos libros?

En el libro Influencias . . . aparece la obrita “En el campo, amor libre”. El siguiente diálogo equivale al “noble propósito de pelear por un nuevo ideal”:

Víctor- Me permitirás conducirte, por ese tortuoso camino y evitar que puedas tropezar?

Aurora- Con gran placer. Pero creo que la mujer debe caminar sola, es decir unidos sí, pero que haya una protección mutua, que no haga aparecer a la mujer bajo un tutelaje o dirección que al fin y al cabo resulta odiosa. Que la hace aparecer inferior siempre y en todas las ocasiones, y no la deja adquirir suficiente confianza en sí misma en cualquier caso de urgente necesidad, y además la inutilizan pues no tiene ocasión de usar su inteligencia y se atrofian sus facultades físicas y morales.

Víctor- Muy bien, pero para eso necesita ilustrarse y prepararse. No ha sido mi intención tratar de imponer mi voluntad, te ofrecí mi ayuda para amarnos mutuamente pero sin que se me ocurriese que pudieras imaginar que trataba de cohibir tus actividades naturales y tus iniciativas personales. En eso no me inmiscuyo, eres completamente libre de hacer lo que te plazca.

Aurora- Conforme, ahora dime, ¿has pensado en mí?

Hasta aquí el diálogo. Por supuesto que es teatro didáctico, ideológico, utópico, ¿aburrido? Nadie habla así por el mero hecho de atravesar un camino difícil en el bosque. Son seres ideales que representan las ideas que Luisa quería divulgar. Habría que ver el montaje teatral para pasar juicio. (¿Cómo lo haría Teatro Breve, con Isel Rodríguez y otras?). Pero al menos dos cosas quedan claras: 1. Luisa dijo lo suyo, lo de todas, a tiempo y 2. No sabemos para dónde miraba Nemesio que nunca la vio.

En este momento, le cedo el turno a la fantasía y al deseo. En 1914, Canales publica el artículo “Tagore feminista” donde resume la obra, Chitra, del poeta hindú.

Chitra, princesa, es criada como varón e instruida en los deberes de un futuro rey. Un día, en el bosque, vestida de hombre, se encuentra con el príncipe Arjuna y se enamora de él. Después se le presenta vestida de mujer pero él la rechaza, aparentemente porque no le gusta su físico. Luego, ella ruega a los dioses, y estos le conceden belleza, pero solo por un año. Durante ese tiempo Chitra y Arjuna se hacen amantes y se casan pero con el tiempo el príncipe se cansa de la “mera belleza plástica” y despierta en él el deseo de conocer a Chitra, esa princesa “noble e inteligente” de la que tanto le han hablado. Al final, ella recupera su cuerpo original, le cuenta todo a él, y conocen el amor de un modo completo.

Ahora que se habla mucho de multiversos y de universos paralelos propongo leer esa sinopsis transformándola, según el deseo, en una vía de amor alterno, que sirva de punto de encuentro para las vidas rebeldes e inspiradoras de Luisa y Nemesio. Como si ambos, unidos, desde otra dimensión, escribieran con una sola mano; otra versión de los didácticos y utópicos amantes de las obras de Capetillo.

Los lectores, pues, deberán hacer los ajustes creativos necesarios.

Sabemos que Luisa Capetillo fue arrestada en Cuba por andar vestida como hombre, (“por usar pantalones en público”). Tuvo 2 hijos sin casarse. También sabemos que Nemesio, aunque casado, vivió toda su vida separado de su esposa con la que tuvo un hijo. La reinterpretación del drama de Chita y Arjuna en otro universo nos haría imaginar un mundo donde Nemesio y Luisa, como los protagonistas del texto hindú, puedan encontrarse, de igual a igual, con sus seres completos.

Entonces, allá, al otro lado, ¿aquí, ahora, en la página? aboliendo nombres y distancias, en los seres, el deseo toma el poder. Luisa, Nemesio, Chitra, Arjuna . . . se juntan, con sus cuerpos, tal y como son. No más vidas paralelas.

El cuerpo del poema: Click of a shutter. Testimonio*

Me hablan de este libro, me invitan a hablar de él: Cuerpo del poema. ICP. San Juan. 2017. Una antología de poemas seleccionados por Irizelma Robles y fotografías de Adál Maldonado.

Sobre los poemas, tengo el gusto de conocerlos porque tengo la mala costumbre de leer como si fuese un modo de respirar. Lo es. Entonces el fotógrafo le añade imagen. En la hora de los selfies, Adál nos recuerda el retrato, el “portrait” que comenzó a trabajar en The Evidence of Things not Seen en 1975. Una década después retrató a figuras relevantes de la diáspora en Portraits of the Puerto Rican Experience.

Ese interés en los retratos es descrito por el propio Adál de este modo: “My interest in the portrait lies in the hunt for an illusive essence that lives inside each person and that we tend to hide. And then to hunt him until he or she reveals themselves and capture them forever with the click of a shutter” (Cuerpo del poema. p.15).

El libro que nos reúne hoy (5 de abril de 2018) es un abrazo entre poetas de la ciudad de la diáspora, ese Nueva York que se derrama en otras ciudades, y los de la isla. No puedo ver el libro sin pensar en el cuerpo del poema o el cuerpo de los poetas en medio de la ciudad mirando al horizonte de la cámara o mirados por el lente. Los ojos sorprendidos como peces con el “click of a shutter”.

No puedo dejar de pensar en Puerto Ricans Underwater, una serie profética que comenzó a circular hace dos años (2016) en Facebook e Instagram, que nos parece una alegoría hermosa de la situación monstruosa en la que nos encontramos hoy. O en su proyecto más reciente, Los dormidos en el que este operador de percepción, este inventor de desenfoque y/o escrituras de luz, mientras dormimos: a. planifica el modo de tocar los sentidos para formar una impresión consciente de la realidad física de su entorno a través de imágenes visuales; b. (d)escribe el/la un conjunto de procesos mentales mediante el cual su alter ego (Adál Maldonado) selecciona, organiza e interpreta la información proveniente de estímulos, pensamientos y sentimientos, a partir de su/la/mi/tu experiencia previa, de manera (supra) (i) lógica o (in)significativa; y c. enchufa una corriente filosófica (protoidealista o (ir)realista) a su laptop para editar las fotos que dispara con su(s) cámara(s).

Pero, el “cuerpo del poema/poeta”. Pienso en el cuerpo insomne del poeta mirando como el agua le llega al cuello.

Cuando el insomnio, mal de los filósofos (decía Gaston Bachelard) y los poetas (añadimos), aumenta con los ruidos de la ciudad, el pago de los impuestos en una isla en quiebra sin servicios públicos; cuando, ya tarde en la noche, o temprano en la mañana, los automóviles roncan, y el paso de los camiones me induce a maldecir mi destino ciudadano, encuentro paz viviendo las metáforas del océano como si fuera un filósofo francés, en el ruido del mar como línea de deseo, como le pasaba a Ismael Rivera en su guaguancó pa’ La Perla.

Eso es lo que leo en Cuerpo del poema. No me crean a mí, créanle al poema de la página 19: “Tiene un verso con tu nombre reflejado en el agua”.

O el de la página 21, de Néstor Barreto: “era un hombre ya, llorando en el pecho de una bahía/era un lago de cinco sentidos y cinco no sentidos”.

O el de la página 23, de Sheila Candelario: “Un lago oscuro, vivo, profundo.reflejos de vidrio roto ocultando el fondo.

O el de la página 27, de Mayda Colón: “Qué posibilidad puede cargarse/en la mirada, qué lenguaje líquido/perdido trae al pez desde su fondo de branquias”. Miren los ojos de esos retratos.

Se sabe que la ciudad es un mar ruidoso, un río de gente, se ha dicho muchas veces que “París deja oír, en el centro de la noche, el murmullo incesante de la ola y las mareas”. Lo he escuchado en Santurce. O cuando viví, fuera de foco, en la Babel de Hierro, en la que vagaban poetas como Pedro Pietri, o el Pájaro Loco, Yván Silén, en el lente de Adál.

Entonces convierto esas imágenes del más raro espacio de los lugares comunes en una imagen tan mía como si la inventara yo mismo, según la dulce manía de creer que soy siempre el sujeto de lo que pienso.

Este es mi cuerpo que camina o que se hace rodar en una máquina. Si el rodar de los carros se hace más doloroso, me ingenio (como el de azúcar) para encontrar en él (el rodar) la voz del trueno que me habla y me regaña. El trueno: espero los rinocerontes que aparecen con el fogonazo del relámpago. Y tengo compasión de mí mismo.

Y me ensueño arrullado por los ruidos suficientemente lejos, suficientemente cerca, de la 65 de infantería como en un tiempo fue la 106. Debo suponer que se me nota en el rostro. Adál Maldonado lo habrá notado cuando me sugirió una mirada de tres cuartos, o una mirada de frente, mirando al lente. Todos hemos sido mirados en ese libro, como cuando se dice “se toca con los ojos”, mirada háptica de Adál Maldonado, porque me parece que la manera de percibir de este fotógrafo es más compleja de lo que su tranquilidad de monje zen calla mientras trabaja.  La palabra “háptico” deriva de un vocablo griego que significa tocar, y, en sentido amplio, el estudio de la percepción que se logra “explorando activamente con las manos los objetos, y evaluando las impresiones cutáneas y las sensaciones cinestésicas, además de las del calor y el frío”. (Umberto Galimberti, Diccionario de psicología, México, Siglo XXI, 2002)  Adál Maldonado lo habrá logrado, esas/algunas ilusiones perceptivas, cuando nos sugirió una mirada de tres cuartos, o una mirada de frente, mirando al lente, un salto, un recostarse en el sofá, otro salto.

Un salto que despertara al/la poeta que duerme alerta en las calles de Santurce, Carolina, Ponce…su cuerpo siempre es una errancia. Pero entonces el proyecto de Irizelma Robles y Adál Maldonado, El Cuerpo del Poema, es una hermosa agonía de darle rostro al rostro del/la poeta que no se está quieto, aparentemente quieto. Yo no sé, digo rostro como si ese fuera el cuerpo. Lo que pudiera querer decirse es que la escritura de luz en un espejo y el poema que acompaña a cada espejo es un pedazo de otro espejo. Como en ese poema de Servando Echeandía, en la página 33 que citaré al final porque ahora quiero citar a Borges.

En uno de los relatos más citados de Borges, titulado Tlon, Uqbar, Orbis Tertius, escribe: “El espejo inquietaba el fondo de un corredor (…) Desde el fondo remoto del corredor, el espejo nos acechaba. Descubrimos (en la alta noche ese descubrimiento es inevitable) que los espejos tienen algo monstruoso”.

También se podría decir que el espejo es el elemento siniestro que dobla al individuo hasta hacer de él su propia imagen. El espejo no tiene retrato, portrait, pero puede hacer multiplicar el rostro. El espejo tiene algo de olvido, de puerta o vía que permite escapar a la presencia de sí, mediante su doblez. Recuerdo cuando niño que me llevaban a la barbería del barrio y me veía repetido, mi rostro lleno de feliz asombro y vértigo, decenas de veces en el espejo que estaba frente a mí, reflejado en el espejo que estaba tras de mí. Era una rara existencia que se basta a sí misma.

Si se observa detenidamente las fotos de Adál en EL CUERPO DEL POEMA, se verá en cada rostro, aún en aquellas en las que el/la modelo asume posturas juguetonas, una suerte de grieta, este espacio deshabitado en uno mismo, el lenguaje inarticulado y marcado por el instinto de muerte. Es lo que Jacques Lacan denomina la “escisión” del sujeto por el hecho de que habla o se expresa. Esa mirada de Mayda Colón, por dar un ejemplo, expresa el drama de su inserción en el orden simbólico. Así lo veo. El cuerpo, o su rostro, sujetado por el discurso, destruye la relación inmediata de él mismo consigo mismo. El lenguaje ya especula: el sujeto sujetado muestra cómo quiere verse o hacerse ver. Miro los retratos, leo los poemas, veo en cada rostro un aviso o un ojo avizor de una experiencia originaria de placer o de desplacer. Sobrelectura. Quizás (no). El lenguaje, dice Lacan “que es también aquello por lo cual el deseo es posible, a partir de la falta o carencia- se halla vinculado al afloramiento del instinto o pulsión de muerte; el discurso “mediatiza» al sujeto y se presta por tanto particularmente a una rápida tergiversación de la verdad: en efecto, la palabra engendra la muerte de la cosa”. Pero no quiero sonar luctuoso, me refiero a “La pulsión de muerte que como señala Serge Leclaire- es esta fuerza radical que aflora en el instante catastrófico o extático en que la coherencia orgánica del cuerpo aparece como innominada e innominable, síncopa o éxtasis, poniendo de manifiesto su exigencia o solicitación de una palabra para velarla o sostenerla”. Bueno, así se alumbra un poema. No hay, entonces, en la poesía, una historia que contar. Hay un cuerpo que se deja asombrar por sus propias derivas y asociaciones o desapegos y la manera como éstas se agrupan y dispersan.

Carmen Villoro, en un artículo nos dice que “la poesía, a diferencia de otros géneros literarios (la narrativa o el ensayo, por ejemplo) se produce a partir de registros corporales difusos en busca de representación. Es el cuerpo, no la mente, donde comienza el poema”. Lo sabemos, es el olor del pan. Es ese azul que brilla cálido espejeando sobre el mar en Vacía Talega. Es la mano entre tus piernas. El ruido de los carros lejanos entre la oscuridad (bajo la noche) que se acercan o se alejan. El sabor de un tamarindo o el olor del recao en el relajo del mercado. Es el ilán ilán lo que detiene el mundo, the click of a shutter. Un verso. Lo hemos visto, lo hemos escuchado, lo hemos saboreado o escupido, lo hemos tocado, lo olfateamos. Ahí está el verso irradiado buscando donde apalabrarse, en qué cicatriz, en qué pliegue, en qué rastro, en dónde la dermis pasa de esa experiencia enriquecedora a las asociaciones libres (liberadoras) en el que todavía el poema no está escrito pero se va dictando. Se nos reconoce, multiplicándose a la vez que nos difumina.

Encontrarse frente a esa cámara, a punto de ser tocado por una mirada, es un encuentro entre lo que creo de mi cuerpo y lo que creen de mi cuerpo, es ese momento en el que, como dice en un verso Octavio Paz: ”El espejo que soy me deshabita (…) Mi propia obra es un espejo en el que no me reconozco”. Este libro, esta antología de Adál e Irizelma es una colección de espejos para reconocernos, recrearnos, tocarnos con los ojos. Diría como ese poema de Servando Echeandía que ahora se da cita:

Una vez

leí mi nombre

en un libro de poesía.

otra vez

vi mi perfil

en alguna antología.

eran lenguaje

e imagen,

tinta, papel,

tipografía.

y no reconocí

al que vi,

ni entendí

lo que leía.

*Lectura en la librería del ICP el 5 de abril como parte de la presentación del libro Cuerpo del poema. Bibliografía disponible.

La justicia en la Tierra y la Pascua

Actualmente hay quién no comprende porque, en Brasil y otros países de América Latina, la Iglesia Católica y otras Iglesias cristianas han fundado la Pastoral de la Tierra. En el pasado, existía la pastoral de los campesinos que tenía como meta traerlos a la Iglesia. Hoy la Pastoral de la Tierra tiene como objetivo apoyar a los campesinos en la lucha por sus derechos a la tierra, a la agricultura ecológica y sus organizaciones autónomas. Y a los que quieren participar de la comunidad cristiana, la pastoral ayuda a que hagan eso ligado a su vida y su lucha.

En la Iglesia Católica, el papa Francisco quiso hacer tres encuentros con los movimientos sociales de todo el mundo. Entre ellos, estaba la Vía Campesina, que congrega diversos movimientos de trabajadores del campo. El Papa los ha escuchado y los estimuló a seguir en su lucha pacífica por la justicia. En su encíclica sobre la Tierra y la ecología, defendió el cuidado con la Madre Tierra, el Agua y propuso que los movimientos de campesinos actuaran como cooperativas y teniendo como base la solidaridad.

Por causa de la masacre cometida en contra campesinos sin Tierra en el norte de Brasil en abril de 1996, la Organización de las Naciones Unidas(ONU) proclamó el 17 de abril de cada año como el “día internacional de la lucha campesina”. Así la ONU reconoce los inmensos beneficios que, en nuestros países, los campesinos y pequeños propietarios tienen significado para el campo y para la vida del pueblo. La revaloración de las semillas nativas, la promoción de la agroecología y la instauración de cooperativas han ayudado mucho las personas más pobres y al mismo tiempo protegido la naturaleza en contra de la amenaza de los agrobusines que destruyen la naturaleza para la mono-cultura y la agropecuaria. En Brasil y ciertamente en otros países, más de 70% de los alimentos consumidos por el pueblo viene de la agricultura familiar. En los países donde hoy la población es más urbana que rural, la fuerza más importante de la alimentación viene del campo.

En estos días en que celebramos la Pascua, las comunidades campesinas en Brasil se han unido a la Iglesia Católica para protestar contra el encarcelamiento del padre Amaro Lopes de Souza, coordinador de la pastoral de los campesinos, ocurrido en el norte de Brasil, por presión de los grandes propietarios de tierra. Ese sacerdote es el continuador del trabajo de la hermana Dorothy Stang, asesinada por los mismos latifundistas en 2005. La celebración de esa Pascua viene a confirmar al padre Amaro y a todos nosotros que seguimos esa lucha por justicia: Dios está con nosotros y, aunque con todas las incomprensiones y sufrimientos, el proyecto divino triunfará. Pablo escribió a los cristianos de Roma: “No se conformen con ese mundo, sino buscad transformarlo”(Rm 12, 1).

El autor es monje benedictino y ha escrito más de 40 libros.

Investigación del complejo Medusa Vidas y andares de muñocistas

Introducción

El siguiente estudio consta de un cuento y un post–scriptum en el que se usan ampliamente y con frecuencia palabras con la letra ñ (eñe). El experimento está diseñado para explorar en qué medida los lectores puertorriqueños de hoy en día pueden tolerar el uso de esa idiosincrática letra del español. Palabras importantes del idioma tales como sueño, niño, muñoz, son idiosincráticamente españolas, intraducibles al inglés y por ello difíciles de transcribir sin la sutileza que supone el uso del comando Alt, tecla de la computadora que nos salva la vida. El texto se debe presentar a los lectores en Word, no en pdf., con la idea de invitar al lector a hacer cambios con el comando Alt en un texto abierto y sin corregir. La viabilidad es cosa del lector, su privada empresa negociadora con el texto a la mano.

J.L.

Andaba con el niño en el Malibú. Mi madre guiaba el automóvil. Me dormí porque Níobe, la madre de mi criado, se había casado con otro señor, y entonces lo íbamos a dejar con una de mis tías. Luego seguíamos para el Colegio Hass, donde mi madre, que era dietista, iba a preparar unos jugos y unos entremeses. Las nuevas inmediaciones de la escuela estaban localizadas en el campo. Eran edificios verdes y enormes. Se bajaba hasta ellos en el carro. Mi madre guiaba. En las oficinas de la escuela me preguntaron por mi criado. Estaba Mark Hass, el hijo del director, que me echó el brazo. La maestra de octavo grado, madre de Níobe, que se burlaba de mí, cuando era niño, cuando le dije que mi padre trabajaba en muchas cosas, estaba al lado. Hice mi historia. Que el hijo de Níobe se lo entregaron a cambio de una promesa. Le suscribían un título de propiedad si lo daba a luz. Le dije a los maestros que eso se acostumbraba a hacer en el pasado. Ellos me dijeron, la que se burlaba de mí sobre todo, que eso no era cierto. Mi hermano hacía poco que había visto una película y se lo comenté a la madre de Níobe:

–Mi hermano opina que la versión fílmica de cierta novela, se filmó con helicópteros de alta tecnología que no están piloteados sino teledirigidos a distancia. Es una manera de explicar que los criados y los obreros no tienen personalidad ni conciencia. Yo le diría que escribiera un artículo de periódico sobre su opinión. Las tomas aéreas del cañaveral las han hechos con “drone technology”. Mi hermano me ha hablado mucho sobre esos helicópteros no piloteados y dice que hay algunos que se tiran al aire como bolas y que se abren en el aire con sus hélices, dirigidos desde un reloj pulsera. Los obreros son refinados, pero la conciencia está en otra parte, ellos son como meros televisores que hacen una labor impersonal–.

–Ésa es otra cosa que no es verdad– me contesta la maestra. –Yo creo que las tomas se han hecho con helicópteros comunes y corrientes, piloteados por personas–.

–El personaje del socialista, que un autor posterior rescata en un cuento publicado en una editorial de temas infantiles, era un hombre incapacitado como otro personaje de novela que conocí en la infancia. La incapacidad reproductiva es un tema delicado que era forzoso conocer en mi generación, aunque hoy se soslaya cuidadosamente. Pero el uso de los helicópteros teledirigidos, como cuenta mi hermano, me interesa más que el tema escolar. Le comenté que el Malibú estaba afuera y buscó muchas informaciones sobre los Malibús, aunque no encontró fotos en ninguna parte–.

La maestra negra que estaba en la recepción de la escuela reconocía que necesitaba fumar. Ella fue mi maestra de Biblia y fue adicta. Me dijo que antes de volver a mi casa, me iba a regalar seis cajetillas de catorce cigarrillos, de las que ya no se fabrican. Estaba contento. Las tenía en una especie de estuche. Entonces salí caminando de la escuela, pensando conseguir los fósforos en una pulpería. Los enrevesados caminos de regreso me resultaron curiosos. Pensé que estaba soñando y que lo anotaría todo. Mi madre se había ido en el carro, no sé cómo pudo salir, pues la escuela estaba en una hondonada nueva y el motor del carro no era muy fuerte. Se lo dije a la maestra de Biblia luego:

–No sé por qué sueño con ustedes. A mi edad nada tiene importancia, especialmente ahora. Quise anotar este sueño porque me llamó la atención la cantidad de cosas que son recuerdos del pasado–.

Níobe no es la madre biológica de mi criado. Estaba en una comilona con los Hansen, sus parientes, en los predios de una casa de playa inundada en el pueblo de mi madre. La persona que estaba conmigo era otra Níobe que yo conocí en la niñez. Sirvieron unos casquitos de coco, y podía ver afuera el agua porque la casa estaba inundada. La nena se paseaba entre nosotros. Un americano cogió los casquitos de coco y estaba con nosotros la maestra de octavo, que como ya he dicho es la madre de Níobe. La muchacha que dio a luz al nene ni siquiera se parece físicamente a ella. Por lo menos cuando sueño sé que tengo memoria y que los puedo recordar aunque las personas hayan cambiado.

Días después fuimos a otro apartamento del pueblo de mi madre, que tiene como diez cuartos con mi padre, mi madre, Lili y Sonia con su hijo. El primero que llegue a la mejor habitación la tiene y esta vez, no como en años anteriores, Lili ha llegado primero y tiene el stereo compacto frente a la cama semioscura, aunque no está en la habitación mejor. Es una litera y ella se ha instalado en la plaza baja con el stereo. Le hago un comentario a Lili cuando llega a la litera:

–Fred me llevó a un agreste lugar de los Estados Unidos donde se reunían los nuevos amerindios. Son jóvenes blancos norteamericanos que tratan de vivir primitivamente. El grupo de nuevos amerindios se organiza a las orillas de un pedregal que da pie a un riachuelo. No muy lejos hay un caserío y aunque mi amigo me llevó para que viera el asunto, no tengo un tatuaje estampado en la mano que me acredite como amigo de ellos. De modo que tengo que irme. No sé por qué Fred me ha traído al pedregal, pues ellos no me aceptan. Pero luego, de regreso al Howard Johnson donde nos hospedamos,  el recepcionista me dice que mi nombre aparece como hospedado aunque es Fred quien paga la habitación. Ese hijo que tiene tu hermana Sonia lo rescaté hace años en aquellos pedregales–.

Lili se ríe y enciende el radio compacto. No enciende las luces de la habitación y yo prosigo comentándole lo que he visto:

–El distinguido, sin embargo, otro niño al que he rescatado, es hijo del hijo de Níobe, mi criado. Cuando soñé con el la primera vez, nunca imaginé que lo vería pronto. Siempre está agarrando un carro de compras. Eddie, que nunca fue muy bueno, es el que siempre tiene dinero. Ya no puedo comer platanutres, pero él iba a pagar seis dólares por una bolsa aunque sabe que me duelen los dientes. El distinguido estaba al lado mío con Eddie y con su hija, que fue quien lo dio a luz–.

A Lili le parece improbable este comentario, pues no cree que uno pueda soñar con cosas que va a ver enseguida. Sin embargo, le reitero que a mí me sucede eso.

–Después vi al distinguido con su abuelo materno, pues el nene de Níobe se casó con una muchacha que le hacía las asignaciones en la escuela. Mis pesadillas son con la escuela, siempre tengo pesadillas que se me pasan las fechas de los exámenes o que no puedo entregar a tiempo mis asignaciones. A mi edad ya nada importa. Mi vida es lejos de ser placentera o satisfactoria. Nunca imaginé que mi vida tomaría este giro. Claro, tomo estas notas para escribir cuentos en el futuro, casi siempre son pesadillas que he tenido. De la pesadilla del distinguido me acuerdo. Es relativamente vieja. Pero no recuerdo otras–.

He estampado todos mis sueños juntos para ver si los convierto en novela. No tomaba nota de estas cosas hasta ahora, como los surrealistas que hacen su obra con sus pesadillas, pero no me siento ni mal ni bien. Tengo que encontrar, como es natural, el hilo de Ariadne que los unifique en un solo texto novelesco. Ese es principalmente el problema de estos textos. Algunas cosas las recuerdo, otras simplemente se me olvidan. Mis parientes me oyen hablar de estas cosas en la playa del pueblo, a donde llevo una vieja máquina de escribir con la que lo pego todo. Una pesadilla reciente con el hijo del primo de mi padre ya fallecido, se la cuento a mi madre:

–No he soñado nada hoy. Ayer recojimos a una señora que tiene ilusiones con los niños abandonados, aunque siente orgullo de que no los cría. Si existieran como en el pasado sería fabuloso, pero hoy esas cosas son fantásticas. Se habían robado, nos dice, un carro que vendía tacos cerca del condominio donde recojo a mi hermano todos los sábados. A parte de ello, no pasa nada excepto que se me han aflojado los dientes. No me da tanta pena en realidad, me parece curiosa la vejez. Me trae memorias de cuando perdí los dientes de leche. Los dientes siempre me han parecido asunto curioso, siempre tuve problemas con ellos. Sin embargo, no me daba cuenta hasta ahora. No puedo comer pan, tengo que cortar las cosas en pequeños pedazos. El hermano de Pete, que es dentista, baja los ojos cuando me ve pasar. La nena que reparte el periódico gratuito usa bridas, como yo en la adolescencia. No sé cómo decirle que los va a perder cuando sea vieja. Mejor no le digo nada. El hijo del primo de mi padre, andaba con un espía alemán que lee porno en francés. Estábamos en unos hoteles y un espía que me acorraló vio que lo amenazé con una navaja, aunque sostenía también una toalla. El espía me hizo ver que era fácil desarmarme y hasta matarme, incluso me preguntó por qué quería morir. Este sueño es incomprensible y no tiene nada que ver con lo que usualmente viene a mi mente. Pero lo consigno porque es curioso–.

Yo estoy en una habitación no tan buena del mismo apartamento grande, también en una litera. Recorro las habitaciones y atravieso la cocina, que está más o menos en el centro del apartamento. Camino hacia la entrada y veo a Sonia, que es rubia como mi madre, con su hijo. Quedarse con nosotros no le atrae particularmente, aunque lo hace porque no hay otra. Me les acerco con una galleta de soda y margarina. El nene rubio de ella me mira y me dice:

–Ten cuidado con la margarina porque la extraen de los “goldfish”.

Le contesto:

Cuando te vea comiendo algo parecido te diré de qué está hecha esa comida igualmente para que te dé asco.

–No eres mi amigo– me contesta.

No está claro si mi madre y yo somos los otros parientes de Sonia y ese niño, es decir si mi padre también es padre del hijo de Sonia. Lo cierto es que la situación se vuelve tan intolerable que un chofer extranjero nos saca del apartamento en una van vieja. Llegamos a la ciudad. Vamos a toda velocidad por un barrio idiosincrático, lejos de casa. Mi madre dice:

–En la ciudad se puede guiar así. No en el campo.

La van se barre peligrosamente y se vuelca de lado. Ayudo a mi madre a salir de la van volcada, que ha tomado todo esto con perfecta naturalidad. El chofer se ha ido, pero otro extranjero está en el asiento del conductor. Hay muchos dulces de chocolate desparramados por todas partes. Los recojo antes de salir de la van, pero le digo al extranjero:

–Coje los que yo no pueda recojer. No puedo llevármelos todos.

Entonces salgo y me pongo a pensar en cómo regresar al suburbio. Definitivamente, el niño que llevo adentro está convencido de que ha ganado la batalla. Le cuento a mi madre de regreso otro de mis sueños:

–Estaba matriculado en la maestría desde hace años, aunque no sé por qué no me he graduado. Una muchacha pequeña y negra va a dar un tedioso curso de pedagogía, y lo voy a seguir aunque no sé de qué voy a graduarme. El pupitre está empotrado en un riel que atraviesa todos los salones que están subdivididos por cortinas corredizas. El pupitre sale despegado por el riel conmigo, que estoy sentado. No veré más a la profesora negra y eso me alivia, aunque no sé lo que voy a hacer cuando llegue despedido a la última habitación del edificio. Recuerdo, por supuesto, este sueño–.

Mi criado tenía otras opciones. No necesariamente habría tenido que ser mi sirviente si hubiera aceptado el papel de mi hijo. Pero su orgullo sideral lo llevó a cambiarse el nombre cuando llegó a estudiar a la Universidad. Siempre fueron estúpidos los Nione, pero cuando se llevaron al niño con ellos no hubo quien los superara. Me dio mucha pena porque lo crié para que fuera mi hijo. Por eso el hermano de Pete, el fiscal, que es pintor baja los ojos cuando me ve pasar. Esta historia que estoy escribiendo es con retazos de pesadillas porque nadie tiene la bondad de recordarme el pasado. Por eso tendré que publicar el texto por mi cuenta.

II

Milione empezó a escribirme hace unos años. Lo primero que me preguntó, cuando empezó a escribirme, fue si soñaba como ella pesadillas inquietantes, cosas que daban miedo o que uno mejor no cuenta por escrúpulo o porque ya se ha llegado a una edad es la que es aconsejable callarse. Le mandé algunos de mis sueños, pero casi no recuerdo los de aquel entonces. Sin embargo, ahora los escribo por consejo de ella. En una ocasión nos reunimos para aclarar los temas de una conferencia que iba a dar sobre su poesía. Estaban haciendo una obra de teatro con mis pesadillas y Milione se interesó en mí. La aparté y le conté una anécdota que recordaba haber vivido antes de graduarme del Colegio Hass.

–Algo había pasado en la Universidad, que la asistente de cátedra de la Sra. Harris, la maestra de matemáticas del Colegio Hass, venía a uno de los salones para darme clases de historia de la isla. La asistente, porque la Sra. Harris nunca fue mi maestra, me hablaba de las autopistas y me pedía que le hablara de la carretera que llega al campo. Mi clase en realidad era con el grupo A, que no me gustaba porque era un grupo orgulloso lleno de extranjeros, pero me quería quedar con la historiadora del grupo B.

Ese mismo día, Tobías Robinson, mi maestro de historia del grupo A, ya retirado, me celebraba un homenaje cierta banda de rock conocida en aquel entonces, pues en el pasado le había dado informes sobre la banda y se los había hecho llegar. Tobías los trae a la Universidad y empiezan a tocar enseguida. Se me salen las lágrimas. El baterista del grupo me pregunta dónde hay un baño y yo lo llevo al pasillo del segundo piso del edificio, pero en realidad es para darme un duchazo porque estoy demasiado sucio de haber llorado. Los artistas proyectan una serie de animaciones aereas de ciudades en el cielo. Todo termina cuando encuentro al grupo B reunido en otro salón. Ellos me dicen que me aceptan en el grupo de vuelta.

–Queremos calma– me explican. –No queremos problemas.

La asistente de la Sra. Harris me entrega unos talonarios que describen la conducta de mi abuelo en la escuela de la hacienda Solaris, el pueblo de mi madre. En un blanco que tiene el documento– aunque son dos hojas o talonarios iguales– la maestra de la hacienda describe a mi antepasado desconocido como el más vivo. Es un regalo que ella me hace por el homenaje–.

Milione me escucha y añade que le da miedo escribir. Yo he querido animarla para que no tenga miedo y escriba cuentos y poemas, en los que ella es insuperable. He querido, incluso, buscar las pesadillas que ella me contaba. Quizá solo ella y yo veamos estas cosas, pero tengo fe de que algún día podremos compartir lo que escribimos, y como ella dice, hermanarnos.

III

La fastidiosa reticencia de la joven escritora me llevó a revisar mis libros viejos, pues como no contestaba a mis mensajes y sus publicaciones eran todas tan mezquinas, que me cansé de esperar a comunicarme con ella. Su único libro de poesía, publicado a regañadientes, se lo había llevado mi familia para el Museo de Tom Franks, mi abuelo paterno. Todo conspiraba para que perdiera el hilo y la joven dejara de interesarme. Un amigo de la Universidad, profesor, que me había hecho una entrevista para la red electrónica, cumplió años y me dediqué mejor a recordar viejos tiempos con él, que a seguir tratando de comunicarme con la escritora.

¿Qué pasaba con la juventud? ¿Por qué no podían simplemente publicar sus textos en los periódicos? ¿Por qué tenían que estudiar escritura creativa? Tantas técnicas aprendidas de los publicistas no los llevaban a ninguna parte. Fui a la playa, por consejo de mi madre, que era la persona que estaba entregando mis libros y mis cosas para el Museo de Tom Franks. No me interesaba gran cosa el museo de mi abuelo. El patriota no había dejado nada. Solamente una vaga leyenda en un pueblo provinciano y polvoriento. Pero me hastiaba la poeta.

Revisé, como es natural, el archivo de clientes de mi padre, que se dedicó en la senectud a casar parejas jóvenes con artículos promocionales. Me comuniqué con Molly Sollers, que fue poeta también y profesora en el pasado. La llamé por teléfono a Solla, un pueblo grande que no queda lejos de la Sinarca, nuestra gran ciudad.

–¿Qué pasa con la joven?– me preguntó.

–La figura de la poeta es una, pero está compuesta de tres personas como Dios– le expliqué. –Le llaman en sicología el complejo medusa. Una de ellas procrea, la otra concibe y la tercera persona es como una informante de la policía. Lo he visto en las ciencias, pero no hasta ahora en la poesía.

–En la poesía todas las mujeres teníamos a nuestros hijos– asintió. –Ahora las poetas son como las científicas. Es un hastío.

Molly me dijo que pasara la tarde con ella en la piscina de su casa. Era mejor que seguir el complejo que juntaba a las tres mujeres en una sola figura de escritora. Fui a su casa y se lo dije en la piscina.

–Hay un libro de espionaje sobre el complejo– le dije a la vieja poeta. –Escribí un cuento corto sobre el tema, para participar en un certamen sobre el Síndrome de Down, que auspiciaba una entidad en Asiana, un pueblo que queda justo al lado del pueblo en donde estaba la hacienda. Aunque no lo mandé nunca, lo publiqué en la red.

–Ven a mi Universidad el viernes– me dijo. –Quiero que le hables a mis estudiantes sobre ese complejo tan típico de las ciencias y que ya cojió a la poesía–.

La conferencia de Molly Sollers la dí en un programa de dibujos animados y eso permitió que no se me durmieran los estudiantes. Era relevante y la misma Molly hablaba del asunto en su texto. Pronto proseguí a una segunda conferencia sobre la poeta joven.

Milione hoy

A veces pienso que Milione es una poeta más joven, que reproduce la filosofía y las maneras de las escritoras de mi generación. No parece una mujer de 50 años. Pienso que se ríe de la postura radical de aquella época. Eso, como es natural, no he podido corroborarlo porque he conocido más de una Milione. Yo recuerdo haber hablado con una trigueñita en el Club de Polo, que me dijo que era ella. Pero la persona con la que aparezco retratado en la red electrónica no es la trigueñita que habló conmigo en el Club de Polo. Milione por lo menos es tres personas diferentes. Es un fenómeno poético reciente. Lo he visto en las ciencias, pero no lo había visto en el arte. Se parece la novelista negra Dione Don que es dos personas, no es una Trinidad; la que escribe y la negra que vende sus libros hablando mal de las negras.

Naturalmente, el fenómeno Milione empieza a hacérseme más oscuro, ahora que mi familia se ha llevado su libro al museo familiar de mi abuelo patriota. Se lo he comentado a la persona que me escribe con su nombre en la red electrónica, no sé cual de las dos, la que procrea o la que concibe, o si es otra persona, una tercera persona que se comunica conmigo. Ahora el asunto se hace más claro, cuando hay una diferencia fundamental entre la selección de sus cartas que yo he hecho y la que hicieran para la revista cibernética Doralia.

Se me hace difícil pensar que Milione, si existió una sola persona con ese nombre, fuera una escritora rechazada de mi generación. Pero es posible que sea así. Yo he hablado ya con dos personas diferentes. Claro, mi viaje al campo no me aclaró nada. En otro pueblo, cuando fui a ver recitar a la mujer blanca de 50 años, no fui bien recibido por ella en la actividad. Sin embargo, la que me escribe es muy amable.

No he podido investigar mejor el fenómeno porque mi familia está guardando cosas mías para el museo de mi abuelo. En realidad el tipo histórico es mi abuelo, pero los objetos artísticos los he generado yo en mi vida de cuentista. Como lo he ido perdiendo todo para montar ese museo en el campo, pues no tengo las herramientas necesarias para averiguar la verdad sobre Milione.

Terminé por la tarde con un terrible dolor de cabeza. Molly estaba contenta porque había una diferencia fundamental entre las poetas del pasado y las de ahora. Las de ahora estaban con las ciencias, cosa que no era típica de las viejas. Guardé el texto en computadora y lo salvé en un disco, para tenerlo a la mano en el futuro.

IV

A mi madre le llamó la atención que ofreciera una presentación sobre la poesía de Milione en la Universidad de Molly Sallers, y me preguntó si la podría repetir en el Museo de mi abuelo Tom Franks. Por supuesto, me encontraba dispuesto a hacer el viaje en el Malibú, aunque el motor del automovil estuviera debilitado. Me fastidiaba un poco repetir mis palabras en el provinciano pueblo donde estaba localizado el museo, pero me convenía dar a conocer a la poeta y me encaminé enseguida. Me recibió una empleada que tenía mi familia y comprendí que se me haría más facil dar la conferencia porque el libro estaba entre las cosas guardadas y lo podía usar para leer otros poemas que hubiera olvidado.

Por supuesto, no iba a decir lo mismo. Prefería contar lo que me estaba pasando con Milione por la red electrónica. Es un fenómeno que el titulado el Síndrome de Sacks, y que es típico de la soledad del operario de una computadora. Para presentar un ejemplo del síndrome, iba a narrar los sucesos de mi último día de cumpleaños, en el que Milione no fue el personaje más destacado.  Las personas que me celebraban ese día no estaban en el chat room, donde paradógicamente se encontraba la poeta. La soledad de la pantalla no me dejaba entrever si la persona que me escribía desde el chat room era Milione, o si en efecto era Níobe, la madre de mi criado, que me escribía mensajes consoladores todos los días con el nombre de la fastidiosa escritora. Hablé de ese problema en el Museo Franks, acompañado por mi madre. Luego de que se sirvieran los entremeses, mi madre me apartó de los demás para darme su parecer.

–Milione es madre– me dijo. –Aunque es como tú dices, una Trinidad, el hecho es que hay un niño y a tí te gustan los niños.

–¿Se casó entonces?– pregunté.

–No sé si se casó– me dijo. –La conferencia que diste en la Universidad hizo que su familia avanzara a casarla. No te equivocabas, Milione era como una marca de fábrica o una corporación. Por lo menos dos personas más tenían que ver con el producto, que fue ese libro que tenemos en el museo. Quizás si no hubieras dicho nada, se habría dado cuenta de que tu hijo en realidad es hijo de nuestros empleados.

–Qué pena– concluí. –Ahora entiendo por qué el chat room completo parece escrito por Níobe solamente y no por los muchos amigos que parezco tener.

–No es malo. Se casó con tu criado– me dijo mi madre. –La que parece una informante es la hija de la corporación y ahora es la esposa de tu querido niño.

FIN

Post–scriptum

La necesidad de dar a conocer a un escritor por la Internet, me llevó a abrir un canal de discusión sobre una de sus novelas en Disqus. Era sorprendente notar que la presencia de autores como Carmelo Rodríguez Torres era poca en las redes sociales. Un amigo poeta me había invitado a participar en un homenaje que se le iba a rendir en Aguadilla. Leyendo su biografía, noté que no era la primera vez que se le rendía un homenaje en vida. Me dijeron que estaba enfermo, que no sabían si podría llegar a su cumpleaños, y yo como todos los años celebro el mío en la red electrónica, me conmoví mucho cuando el intermediario me envió fotografías de los libros de Carmelo y tesis de estudiantes que habían escrito sobre su obra. Como es natural, lo quise investigar para mis archivos. No sabía si le gustaban los homenajes a los que parecía estar acostumbrado. De momento, esperé.

A Macedonio Fernández también le daba gracia que le celebraran sus cumpleaños– le dije a mi amigo el poeta.

Si pudieras escribir algo sobre el escritor, ¿crees que llegarías a la actividad?– me preguntó mi amigo.

–Una sola cosa me preocupa, Edgardo– le dije. –Y eso es saber si nuestro autor tiene problemas para estampar la letra eñe. Mucha gente no puede escribir con esa letra por la Internet. No les enseñan a escribir la eñe y sus textos se ven mal. Aunque no lo creas, eso es lo que más les importa a las personas que publican cosas por la Internet. Si es una persona mayor de edad, necesito que viajes a Vieques para conectarlo a una computadora. Y si no sabe estampar la letra, enséñale. Necesito comunicarme con el autor porque aunque no lo creas, conectarlo a una página de Facebook y ponerlo a celebrar los cumpleaños de los jovencitos puede más que mil tesis. La gente casi no lee nada ya.

Este asunto práctico, si el afamado autor sabía estampar la eñe por la Internet, le preocupaba más al conglomerado para el que yo trabajaba que todo lo demás. De modo que me comuniqué con el conglomerado y me aseguré de escribir un texto en el que apareciera la dichosa letra.

–Carmelo Rodríguez Torres sueña– escribí. –Carmelo Rodríguez Torres no es un niño. Como se puede ver, las dos palabras, “sueña” y “niño” llevan eñe.

La aparente estupidez de mi escrúpulo no era mentira. Edgardo había tenido problemas con una imprenta para mandarme a hacer un libro que se titulaba Por eso no me gusta soñar, que como se puede ver lleva la letra eñe. Edgardo incluso le iba a poner un título diferente, el libro se iba a llamar los “Los Astros Puros” y no como Edgardo tenía planificado titularlo, porque no sabía como poner la eñe en la portada del libro. Así que en lo esencial esa era mi precupación. Me comuniqué con mi amigo y se lo dije enseguida.

–No te preocupes por las tesis del autor que se hayan publicado– le dije. –No tengo acceso a los trabajos que se han publicado sobre el autor. Vamos a hacer una presentación en Powerpoint, con letras grandes, con este texto que te estoy enviando ahora. Y en lo esencial ocúpate de que en la presentación haya un texto grande que diga:

Carmelo suena

Podría decir que el muchacho que me ayuda a hacer estos programas en Powerpoint no sabía escribir la eñe, pero decir que Carmelo suena tampoco es mentira. Sin embargo, por rigor con la materia del español y considerando que Carmelo y casi todos los directores y profesores atentos a esta actividad de homenaje, son de español, es justo y preciso decir también:

El escritor sueña.

Será otra cosa: El infierno debe ser algo así como un país

El infierno debe ser algo así, un turno 1093, un salón enorme frente a quince estaciones de servicio –la mayoría vacías– y una multitud de sillas ocupadas. Un lugar para expiar las culpas más secretas, los pecados ya olvidados. El escenario de un castigo inmerecido. Tanto tiempo pasé allí –una jornada completa– que terminé filosofando, entregada a la experiencia contemplativa. Inicialmente pensé que aquello duraría un par de horas, pero al pasar el rato, cuando perdí la esperanza de salir pronto, me dejó de importar. Sólo quería que me atendieran, aunque fuera a las seis de la tarde, y no tener que regresar al día siguiente.

Iba a renovar mi licencia de conducir. Me había dejado convencer de una amiga, que me aseguró que con llevar todos los documentos personalmente al de Carolina, detrás de la Lily, facilito se llega, era suficiente. Todito te lo hacían en uno de los timbiriches del estacionamiento, y luego ibas a la fila a entregar los documentos y ya. Nacarile del Oriente. Eso sería hace cinco años, cuando había más CESCOS en el país y no se daban cita allí, como aquel día hicieron, más de mil personas.

Sabía que debía ir primero a información con todos los documentos a pedir turno, y encontré una multitud en una enorme y torcida fila de cientos de almas. Allí fue que conocí a la señora dominicana y al que trabajaba con oxígeno, mis compañeros de jornada. La gente va resignada a esperar, a pasar el día entero de obstáculo en obstáculo. Llevan en sobres, cartapacios o carteras, los implementos de la aventura: cuentas de la luz, tarjeta de seguro social, certificados de nacimiento, comprobantes de Hacienda. Nadie lleva termo de café ni galletitas, pero debieran. Sospechan (¿saben?) que estarán el día entero y te lo dicen tan pronto preguntas, tan pronto llegas.

Y allá voy y allí estoy, detrás del amable y locuaz señor que, según cuenta, trabaja con oxígeno. Algo me explicó que no alcancé a entender, pero trabajar con oxígeno tiene que ver con el tipo de licencia que le han dado alguna vez. Él está entre nosotras dos, la mujer de sospechoso acento y yo; ambas parecemos perdidas y él se ocupa de ilustrarnos sobre la conveniencia de las búsquedas en línea y yo lo complazco escuchándolo muy atenta. El que más o el que menos anda con celular, pero no todos saben usarlo. Soy de las pocas que se aventura, de puro aburrimiento, a utilizar el tuturno.com o algo así que ofrece actualización en vivo del progreso de los turnos.

Hay un vigilante que va y viene y pone orden. Es un duende pequeñito y ágil, que corre de un lado a otro y de vez en cuando grita quién viene para traspasos, quién viene para recoger licencias de Isla Verde, quien viene para el examen teórico. Los demás nos quedamos quietos y bien comportados en la fila. Algunos examinan sus celulares, o hablan con el vecino. A los otros se los lleva y los aposta contra una pared como si fueran a fusilarlos, pero la verdad es que los busca para adelantar su gestión, a tomar un examen o a tomarse una foto, a recoger su licencia, a “mover la cosa”.

De allí pasamos a esperar sentados. El del oxígeno dice que es lo peor, y yo creo que lo peor era la fila de hora y media en pie, pero no se lo digo. Las sillas no son cómodas y están amarradas para que la gente no se ponga creativa. Me parece que hay quinientos asientos allí, todo un auditorio frente a las quince estaciones, la mayoría desiertas para nuestro infortunio. Al menos no hay televisores. Bueno, los hay, pero muestran el tuturno.com, con un anuncio mudo de una aseguradora. Lo pasan cada tres minutos, así que después de siete horas de espera, lo tengo analizado y me lo se de memoria.

Nadie parecía molesto porque todos sabíamos, desde que llegábamos, que iba para largo. En el proceso, a todos nos parece incomprensible lo mucho que se tardan, pero reconocemos que los empleados no están ociosos, si acaso escasos para la multitud que los reclama.

No se puede ser tímido en la fila. Todo el mundo habla en algún momento e informa sobre su vida. Qué hacen, porqué vienen, qué les pasa ese día. Es gente que olvidaremos pronto, gente que jamás volveremos a encontrar. Ese día, sin embargo, son nuestros compañeros de jornada y nos asisten en los esfuerzos, se compadecen de nosotros, nos aconsejan, nos entretienen y nos consuelan.

Hay mucha gente joven en este CESCO, sobre todo mujeres. Vienen con sus niños más pequeños. Hay bebés que lloran. Hay en el baño una sala de lactancia. Queda en el fondo de un laberinto de oficinas cerca de lo que parece haber sido un refugio para desplazados por el huracán.

Las madres jóvenes son tan jóvenes. Tienen a sus hijos mayores en la escuela, y yo no puedo calcular bien su edad, para mí todas parecen quinceañeras. Una tenía una niña, la otra un bebé vestido de señor, como todos los varones de la tribu. La niña tenía una sereta hermosa, pinchada con coquetería. El nene luchaba por agarrar el celular de la madre, a pesar de que ella asegurara que nunca se lo cedía. Es tan difícil quitarle el celular. Tiene un año y le gustan también los animales, los bloques y los libros. Las madres de este país son bien severas con sus hijos. Quieren hacerlo bien, y deben ser firmes, sobre todo ante testigos. Les hablan con dureza a los niños más tiernos. A veces, asustan.

Los turnos se mueven lentos y a la hora de almuerzo se paralizan.

Pase por aquí, pase por allá. Todo parece una sarta de obstáculos, como si estuviéramos en un juego de video. Hay unos personajes fijos que responden lo mismo, porque es lo mismo lo que les preguntan, todos los días. Entre estos non-playable charaters hay dos vigilantes y tres funcionarios de información: una mujer enorme que viste una túnica dorada, un hombre joven de mirada amable y una señora de cara aburrida. En un cartel se advierte que para “dudas, preguntas y preguntitas” hay que hacer la fila larga. Entre los jugadores identifico los siguientes: La madre joven; La mujer con acento dominicano; El del oxígeno; El argentino y su hijo, el Flaco; El surfer que estudia para su examen de español; El joven que trabaja de noche; La pareja de ancianos; El padre joven con el niño incordio; El gordo amable que regaña al padre joven por quejarse de su hijo de dos años. (Los niños son del Señor, dice con tono sapiencial.); Las madres jóvenes que les sirven coca cola a sus niños; El bebé vestido de señor que pelea por el iphone para ver a Peppa Pig; La señora seria que toma nota en las fila.

Cerca de las tres empiezan a acelerarse los turnos y adquieren una inusitada velocidad. Todos se sorprenden y se alegran. El ambiente adquiere un carácter de algarabía. Nos vamos despidiendo según logramos el trofeo: el plastiquito deseado por el que hemos sacrificado la jornada de trabajo. Lo batimos en el aire al saludar adiós, adiós, a los compañeros de juego.

La señora seria que toma notas soy yo y al final del día habré conseguido el premio como los demás. En este real ID que terminé sacando, por si acaso y para no regresar hasta dentro de cinco años, tengo una expresión triste, como de derrota, como si hubiera perdido algo. Pero yo sé que es mentira, y pasé un día jugando a que tenía un país que a veces se parece demasiado al infierno.