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Cómo (no) desafiar la violencia racista

Por Aviva Chomsky

Mientras el “nacionalismo blanco” y el llamado “alt-Right” han ganado prominencia en la era Trump, una reacción bipartidaria se ha unido para desafiar estas ideologías. Pero gran parte de esta coalición se centra en las movilizaciones y en la retórica individual, extremista y llena de odio, más que en la violencia profunda, diplomática y, aparentemente, más políticamente correcta que impregna la política exterior y doméstica de Estados Unidos en el siglo XXI.

Todo el mundo, desde los republicanos más convencionales hasta la izquierda “antifa” [antifascista] pasando por los diversos demócratas y los ejecutivos de corporaciones, se muestran ansiosos y orgullosos por denunciar en voz alta e, incluso, enfrentándose físicamente a los neonazis y a los supremacistas blancos. Sin embargo, los extremistas en las calles de Charlottesville, o aquellos que hacen el saludo nazi del Reichstag, están involucrados sólo en una política simbólica e individual.

Incluso el asesinato de una contra-manifestante fue un acto individual, uno de los 40 asesinatos al día que ocurren en Estados Unidos, la gran mayoría por armas de fuego (el doble muere todos los días por los automóviles en eso que llamamos “accidentes”, pero que evidentemente también tienen una causa). Los manifestantes se apresuran a desplegar una energía extraordinaria denunciando el racismo de pequeña escala, pero ¿qué pasa con el racismo a gran escala? No ha habido ninguna movilización semejante, ni siquiera ha habido alguna en absoluto, contra lo que Martin Luther King llamó “el mayor proveedor de violencia en el mundo de hoy”. Solo en 2016, el gobierno de Estados Unidos arrojó 72 bombas diarias, sobre todo en Irak y en Siria, pero también en Afganistán, en Libia, en Yemen, en Somalia y en Pakistán, produciendo cada día un 9/11 en esos países.

Históricamente, los individuos y las organizaciones que luchan por cambiar la sociedad y la política de Estados Unidos han utilizado la acción directa, los boicots y las protestas callejeras como estrategias para presionar a los grandes poderes para que cambien sus leyes, instituciones, políticas o acciones. Por ejemplo, durante los sesenta y setenta, el sindicato United Farm Workers les pidió a los consumidores que boicotearan las uvas para, de esa forma, presionar a los grandes productores para que se sentaran a negociar. Los manifestantes contra la guerra en Vietnam marcharon en Washington o presionaron a sus representantes en el Congreso. Más tarde, también tomaron medidas directas: registraron votantes, protestaron contra la proliferación de armas nucleares, realizaron sentadas frente a trenes que llevaban armas a Centroamérica.

Todo este tipo de tácticas siguen siendo opciones válidas hoy en día. Sin embargo, ha habido un cambio desconcertante que nos alejó de los objetivos reales, desviando la atención y usando las mismas tácticas para simplemente mostrar nuestra solidaridad y expresar cierta indignación moral y poco más. Recuerdo la primera vez que, allá por los setenta, en Berkeley, participé en la marcha contra la violencia de género que se llamó “Recuperemos la noche”. Mientras hombres y las mujeres marchábamos por el campus sosteniendo velas, me preguntaba si alguno pensaba que los violadores cambiarían de opinión por el hecho de que grandes sectores del público desaprobaban la violación.

Con los años he llegado a ver, creo que cada vez con más claridad, lo que Adolph Reed llama “Posing as Politics” (Simulando política). En lugar de organizarse para el cambio, los individuos buscan realizar una declaración sobre lo que creen justo. Pueden boicotear ciertos productos, negarse a comer ciertos alimentos; pueden concurrir a marchas o en manifestaciones cuyo único propósito es demostrar la superioridad moral de los participantes. Los blancos pueden decir en voz alta que reconocen la injusticia de sus privilegios o se pueden declarar aliados de los negros o de cualquier otro grupo marginado. Las personas pueden manifestarse en sus comunidades afirmando que en ellas “no hay lugar para el odio”. Pueden, también, participar en contra-marchas para levantarse contra los supremacistas blancos, contra los neonazis. No obstante, este tipo de activismo solo enfatiza y revindica una auto confirmación del individuo en lugar de buscar un cambio concreto en la sociedad o en la política. Son profunda y deliberadamente apolíticos en el sentido de que no tratan de abordar cuestiones de poder, recursos, toma de decisiones ni de cómo lograr un cambio concreto.

Curiosamente, estos activistas que han reivindicado la responsabilidad por la justicia racial parecen estar comprometidos con una visión individual y apolítica de lo qué es el problema racial. La industria de la diversidad se ha convertido en un gran negocio, tanto para las universidades como para las empresas que buscan el sello de inclusividad. Las oficinas para la diversidad de los campus canalizan la protesta de los estudiantes en una especie de alianza con la administración y los conducen a pensar en las partes en lugar de ver el conjunto. Aunque son expertos en la terminología del poder, como la diversidad, la inclusión, la marginación, la injusticia y la equidad, evitan cuidadosamente temas más escabrosos como el colonialismo, el capitalismo, la explotación, la liberación, la revolución, la invasión y otros análisis concretos sobre temas nacionales y mundiales. Así, la masa es movilizada a través de una lista cada vez mayor de identidades marginadas, permitiendo que la historia y las realidades raciales sean neutralizadas por la Teoría de la diversidad, como si fuesen bolas de billar rodando entre las diferentes identidades, todas despojadas de su historicidad. Rodando por una superficie plana y, en ocasiones, chocando unas contra otras.

Pero no nos confundamos. Los blancos nacionalistas que marcharon en Charlottesville enfermos de odio, tan repugnantes como pueden serlo sus mismos propósitos, no son los responsables de las guerras de Estados Unidos en Irak, en Siria y en Yemen.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de escuelas públicas se haya convertido en una red de corporaciones privadas.

No son ellos los responsables de que nuestro sistema de salud sea inequitativo y discriminatorio hacia aquellos que no son blancos, dejándoles servicios precarios y condenándolos a una muerte prematura.

No son ellos los que excluyen y desalojan a la gente de color de sus casas.

No son ellos los autores del capitalismo neoliberal con sus devastadores efectos sobre los pobres de todo el planeta.

No son ellos los que militarizan las fronteras para hacer cumplir el apartheid mundial.

No son ellos quienes están detrás de la explotación y quema de combustibles fósiles que está destruyendo el planeta, siendo los pobres y las personas de color los primeros en perder sus hogares y sus medios de subsistencia.

Entonces, si realmente queremos desafiar el racismo, la opresión y la desigualdad, debemos dejar de mirar a esos pocos cientos de manifestantes en Charlottesville y poner de una vez por todas el ojo en las verdaderas causas y en los verdaderos gestores de nuestro injusto orden mundial.

Ni unos ni otros son difíciles de encontrar.

Reproducido de www.rebelion.org Traducción de Jorge Majfud. La autora es profesora de historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, en Massachusetts. Su último libro es Undocumented: How Immigration Became Illegal (Indocumentados: cómo la inmigración se convirtió en ilegal. Beacon Press, 2014)

Ecosocialismo, ¿la única utopía?

a Violeta y Nicolás, parte del futuro

La columna más reciente de Edgardo Rodríguez Juliá trata, en esencia, sobre las utopías y sus límites. No se refiere a las utopías con una connotación necesariamente negativa, como aquello que es ilusorio, fantástico, imposible de lograr. Se trata de ver en la utopía un modelo a seguir. Estamos cerca, entonces, al uso de la palabra que se emplea en aquella frase (algo cursi, pero no por eso menos significativa y sugerente) de Fernando Birri: “La utopía está en el horizonte. Camino dos pasos, ella se aleja dos pasos y el horizonte se corre diez pasos más allá. ¿Entonces para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar”.

“La única utopía” (El Nuevo Día 12/8/2017) [1] comienza, como suelen comenzar los artículos periodísticos recientes del autor, con una burla amarga, resentida y desencantada de la izquierda global y local. En este caso, luego de caricaturizar a aquellos “adolescentes rebeldes” y “hippies” de los sesenta  –lectores de Jack Kerouac y Allen Ginsberg– pasa a retratar a “los más ingenuos” de estas décadas de la segunda mitad del siglo XX. Para Rodríguez Juliá éstos son, por supuesto, los seguidores del marxismo.

Varios eventos históricos, como la guerra de Vietnam, llevaron a la “radicalización demente de muchos hijos de la pobreza y la abundancia”. A pesar de esto, la utopía marxista parecería ser pasajera, pues con el tiempo se “reduciría” o se banalizaría, convirtiéndose en un mero apéndice cultural, “una vaga adhesión al rock, o a la Nueva Trova”. La nueva “utopía personal” que tomará su lugar será aquella de la democracia liberal y la clase media: ante el Seguro Social, los empleos en las comunicaciones, en la publicidad y en las finanzas, la obsesión con el consumo y “la promesa de un progreso ilimitado”, aquel antiguo “sujeto libertario” reconsideraría su previo posicionamiento utópico acomodándose a sus nuevas aspiraciones materiales. En la medida en que estas aspiraciones se expanden por el globo, la democracia liberal se convertirá en una “utopía universal”. A partir de este momento, la columna dejará atrás su carácter burlón para dedicarse de lleno a discutir la democracia liberal, la que se deja entender implícitamente como “la única utopía” que queda.

Donde verdaderamente acierta la columna de Rodríguez Juliá es a la hora de trazar los límites de esta utopía liberal. Si bien es cierto que la democracia liberal ha creado una población con cierto acceso a la educación, la salud y el consumo, es un sistema que se fundamenta en la producción de mercancías destinadas a la venta y a la creación de la riqueza para manos privadas. Su guía es, por lo tanto, la ganancia privada. Y las contradicciones de este sistema han aflorado con particular vehemencia en estas últimas décadas por dos vías: por un lado, la creciente desigualdad producto de las medidas de austeridad luego de la última crisis mundial y, por el otro, el cambio climático, en gran medida un resultado de la generación energética “sucia”, basada en recursos no renovables. Todos los países han sido testigos de las consecuencias de este cambio: sequías e inundaciones, temperaturas extremas (tanto altas como bajas), el alza en los niveles del mar, etc. La democracia liberal se fundamenta, por lo tanto, en la destrucción ambiental. En palabras de Rodríguez Juliá, la paradoja interna de la democracia liberal es la siguiente: “para crear una clase media global, y superar la desigualdad, tendríamos que continuar con el saqueo del planeta.”

Pero incluso esta “superación de la desigualdad” está puesta en duda en el escrito de Rodríguez Juliá dado que reconoce las brechas económicas y sociales que se expanden cada vez más en las distintas partes del mundo. El problema mayor, sin embargo, continúa siendo el que señaló anteriormente: “A pesar de la desigualdad social y económica  –cada vez mayor, entre toda la población mundial–, la reflexión necesaria es sobre la vulnerabilidad del planeta como tal, la sobrevivencia de los humanos en esa nave espacial que llamamos Tierra”. Más adelante, reitera: “Hoy por hoy, la contaminación ambiental que ha resultado en el cambio climático, la degradación de la atmósfera mediante la quema de combustibles derivados de fósiles de carbón, se ha convertido en máxima prioridad para la civilización.”

“El cuestionamiento”, para Rodríguez Juliá, “sería si podríamos crear suficiente riqueza para financiar el Estado Benefactor, atemperar la desigualdad creciente y no devastar el planeta”. Sin embargo, ya en su artículo quedaron claras las tendencias estructurales de lo que venimos llamando democracia liberal: una lógica económica que requiere del saqueo del planeta para la producción de mercancías, que requiere de un consumo creciente para generar ganancias, que requiere una clase media que se fundamenta, precisamente, en un estilo de vida consumista para nutrir un ilógico círculo vicioso, dañino y en constante expansión. Por lo tanto, require de la creciente producción de mercancías a costa de la desigualdad social y la destrucción ambiental. Partiendo de lo dicho, cabe preguntarse: ¿es, verdaderamente, la democracia liberal la única utopía posible? ¿No existe un modelo a seguir más adecuado a nuestras vidas y al planeta? ¿Es imposible superar las contradicciones planteadas  –y ahora dejémonos de eufemismos – por el capitalismo contemporáneo y su afán destructivo, expansionista y desplanificado?

Es aquí donde la columna de Rodríguez Juliá se estanca, dejándonos en el aire ante los límites de la democracia liberal. Parte del problema de su análisis tiene que ver con una de las utopías descartadas al principio de la columna: el marxismo. Al día de hoy, no existe un acercamiento más riguroso y una crítica más voraz al funcionamiento interno del sistema capitalista en el que vivimos. Un sistema que tiene como fundamento la propiedad privada de los medios de producción y que impulsa el movimiento económico y social a partir de la competencia y la producción de una ganancia individual y privada. El capital de Carlos Marx cumple 150 años de su publicación, y todavía hoy mantiene una vigencia impresionante; donde queda rezagado, nos brinda las herramientas analíticas más propicias para entender los cambios que han transcurrido en este sistema económico. El propio Rodríguez Juliá en su columna no puede hacer más que referirse al “atinado análisis que hizo Marx de la irracionalidad del capitalismo”. Dado que ha sido el acercamiento más certero del sistema económico en el que vivimos, ¿no podría el marxismo brindarnos aquella utopía necesaria que rebasa las contradicciones actuales de la democracia liberal?

¿Qué propone el marxismo? Propone, en síntesis, la planificación económica: en lugar de una producción privada, regida por la competencia y la ganancia egoísta, la economía y la producción sería centralizada y colectiva, obra de toda la sociedad; en lugar de crear mercancías para la venta y el enriquecimiento de los capitalistas, sin importar el costo social y ecológico de lo que se produce y cómo se produce, la sociedad decidiría democráticamente qué y cómo producir lo que verdaderamente necesita [2]. Una economía planificada le daría fin a las crisis cíclicas producto, entre otras cosas, de la anarquía del mercado, lo que ha caracterizado al sistema capitalista desde el siglo XIX. A través de una verdadera planificación, además, empezaría a disolverse una parte importante de las desigualdades que imperan en este sistema económico. En la medida en que la ganancia deja de ser privada y se convierte en obra colectiva de toda la sociedad, se es capaz de llevar a cabo una verdadera distribución de las riquezas producidas.

Para lograr una economía planificada, habrá que abolir la propiedad privada de los medios de producción tal y como la conocemos (lo que no descarta que existan la práctica cooperativa y la existencia de pequeños negocios o emprendimientos autogestionados en áreas estratégicas). Debido a la constitución clasista de la sociedad, y que la clase capitalista, dueña de los medios de producción, no va a abandonar lo que ahora tiene y que le brinda grandes ganancias económicas, como único se podría lograr esta economía es a través de la toma del poder del Estado por parte de las grandes mayorías que componen la población, en particular la clase trabajadora, que, por distintas razones, debería liderar este proceso.

Desafortunadamente, gran parte de la historia del marxismo le ha dado la espalda al problema ecológico, irónicamente asumiendo en muchas ocasiones unas posiciones económicas productivistas  –es decir, demasiado enfocadas en producir por producir– en lugar de unas enfocadas en producir responsablemente y racionalmente para el bien de la sociedad y su entorno. La Revolución rusa, que conmemora ahora sus 100 años, fue un ejemplo demasiado breve de la posible interrelación entre la crítica económica y la crítica ecológica; la contrarrevolución estalinista terminó por reproducir los elementos más destructivos de la producción capitalista a través de la generación de energía a partir de la quema de recursos no renovables o de fuentes nucleares [3]. China hoy es uno de los grandes contaminantes del planeta. Sólo Cuba, a su manera, ha logrado servir de guía en algunas áreas del tema ambiental. Pero a pesar de los ejemplos limitados, las herramientas que brinda Marx persisten, y en las últimas décadas lo que por mucho tiempo fue un asunto ignorado ha ido cobrando más fuerza, a tal nivel de desembocar en uno de los campos y los debates actuales más ricos dentro del marxismo: el ecosocialismo.

“El ecosocialismo es una corriente política fundamentada en una certeza esencial: que el preservar el equilibrio ecológico del planeta y, por lo tanto, un ambiente favorable a las especies, incluyendo la nuestra, es incompatible con la expansión y la lógica destructiva del sistema capitalista” [4]. Une políticas “rojas” con políticas “verdes”, partiendo de la premisa de que una sería insuficiente sin la otra. Un movimiento socialista que no esté preocupado por el problema ambiental no sólo continúa reproduciendo los límites del sistema de producción capitalista, sino que está destinado a alienarse de los movimientos populares ecológicos y de la comunidad científica. Por otro lado, un movimiento ambientalista que no asuma la crítica económica del capitalismo y se limite a meras reformas está, en última instancia, destinada al fracaso; como bien sugirió Rodríguez Juliá, ante la lógica de la ganancia, son insuficientes las reformas a las que están dispuestos los capitalistas y los gobiernos del mundo. “¿Cuál es la solución? ¿La austeridad individual, como proponen tantos ecólogos? ¿La reducción drástica del consumo? La crítica cultural del consumismo es necesaria pero insuficiente: se tiene que combatir al propio sistema de producción. Sólo una reorganización colectiva y democrática del sistema de producción puede satisfacer las necesidades sociales reales, reducir el tiempo de trabajo, suprimir la producción innecesaria y peligrosa y reemplazar las fuentes fósiles con fuentes de energía renovable. Todo esto conlleva intervenciones radicales en la propiedad capitalista, una extensión del sector público y, en otras palabras, un plan democrático y ecosocialista” [5].

Aunque quizás a primera vista parecería como si esto fuera un debate alejado de nuestra realidad, la de una colonia en crisis económica, social y política, no hay que ir muy lejos para entender la importancia de unir la crítica económica con la ecológica. Quienes mejor entienden estos ejes como inseparables quizás sean los residentes de las comunidades de Peñuelas que se oponen al depósito de cenizas producto de una generación energética a partir de la quema de carbón, la que se ha comprobado como peligrosa, sucia y contaminante. ¿Por qué existe, entonces, esta práctica de quema de carbón en la isla? Su único fin “lógico” es la ganancia de una empresa privada apoyada por la ineficiencia y la corrupción de nuestro aparato gubernamental. (Ya lo habrá dicho Ernest Mandel anteriormente: la racionalidad burguesa es racionalidad a medias, y siempre lleva adentro de sí lo irracional.) Quienes mejor pueden entender la importancia de la propuesta ecosocialista de unir la crítica económica con la ecológica quizá sean los residentes de Arecibo, que por años se han opuesto a la construcción de una incineradora de basura que traería problemas de salud para la población a través del envenenamiento del aire, de los cuerpos de agua cercanos y de la industria ganadera y lechera aledaña.

En este sentido, aunque Puerto Rico no sea a nivel global uno de los causantes principales del calentamiento global, no por eso dejan de tener vigencia los principios de la propuesta ecosocialista. Ante nosotros recae la defensa de nuestras playas, nuestros recursos naturales, las especies de la isla y nuestra gente; ante nosotros, los retos para por fin deshacernos de la quema de carbón, de la incineración de basura, de la contaminación lumínica. Eventualmente, habrá que terminar por completo con la producción de energía a partir de recursos no –renovables, con el manejo de desperdicios basado casi exclusivamente en los vertederos, con una agricultura que contamina a la vez las cosechas y las tierras, teniendo un efecto negativo en la población. Todas estos problemas ya cuentan con un grupo nutrido de activistas y de personas dedicadas provenientes de distintas disciplinas, entre las cuales no escasean acercamientos científicos. (En estos últimos años en particular, la agricultura ha sido un tema de interés creciente para una población joven cada vez más preocupada por la producción de alimentos a partir de métodos agroecológicos [6].) Ni se debe olvidar el carácter internacional de esta lucha, ni se debe perder de vista cómo ella interfiere y atraviesa gran parte de nuestra vida social.

El camino hacia el ecosocialismo, es decir, hacia un mundo con una economía planificada democráticamente y responsable ante el ambiente y el planeta, es uno que pareciera ser lejano o imposible. No en balde se refiere Rodríguez Juliá en su artículo a “ese esfuerzo sin duda utópico de salvar la Tierra como hábitat de la humanidad”. Y quizás habrán lectores de esta columna que verán en la propuesta ecosocialista otra utopía impracticable. Por mi parte, creo que hay razones de más, tanto económicas como científicas, que le dan sostén a la propuesta ecosocialista. La pregunta retórica que le da título a este escrito, en mi opinión, debería contestarse con un rotundo y necesario ‘sí’, aunque en la época en que vivimos respuestas tan definitivas crean tanta sospecha. Quizás en otro momento valdría la pena entrar más en detalle al respecto, pero aquí quisiera concluir con un punto algo más sencillo aunque apremiante. La crisis ambiental lleva a la precarización del bienestar social en general y una mayor profundización de la desigualdad social a un ritmo demasiado acelerado. Algunas de las ciudades principales de la historia, más pronto de lo que uno pensaría, quedarán bajo agua ante el alza de los niveles del mar, con la misma rapidez que en la isla se observa que el mar le ha robado terreno a Cabo Rojo y a Culebra. Las temperaturas extremas harán cada vez más difícil la vida en el planeta y la producción de comida para todos. A esto se le añade el daño ambiental que ya se le ha hecho a distintos ecosistemas y a distintas especies de plantas y animales, daño que todavía está por verse si es posible revertir. Las repercusiones son evidentes. En fin, si la alternativa a nuestra sociedad no es ecosocialista, o si no la logramos pronto, la especie humana y, por lo tanto, de la vida social que conocemos hoy día concluirá. No queda más que terminar con el sistema producción capitalista que, en palabras de Marx, “sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de la producción socavando al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el ser humano”.

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[1] Para acceder a la versión electrónica, pueden utilizar el siguiente enlace: https://www.elnuevodia.com/opinion/columnas/launicautopia –columna –2348290

[2] Un ensayo que de una manera rigurosa y a la vez clara ejemplifica lo que significaría una economía planificada, a la vez que ayuda a visualizar algo que por otro lado pudiera parecer abstracto, lo es “En defensa de la planificación socialista” de Ernest Mandel. Aunque la traducción al español es difícil de conseguir, en el siguiente enlace se puede acceder a su versión original en inglés: https://www.marxists.org/archive/mandel/1986/09/planning.html.

[3] Para un estudio reciente sobre los intentos de preservación natural y los avances ecológicos y científicos en los primeros años de la URSS previo al estalinismo, ver el excelente ensayo de Daniel Tanuro, “La demasiada breve convergencia entre la revolución rusa y la ecología científica”: https://vientosur.info/spip.php?article12890

[4] La definición se la tomamos prestada a Michael Löwy, del prefacio de su libro Ecosocialism. A Radical Alternative to Capitalist Catastrophe. Para un estudio introductorio a la vez que profundo sobre el tema, ver de este autor: “¿Qué es el Ecosocialismo?”, del 2004. “La cuestión ecológica es, en mi opinión, el desafío más grande para una renovación del pensamiento marxista en el siglo XXI. Ésta exige a los marxistas una revisión crítica profunda de su concepción tradicional de las «fuerzas productivas», así como una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna”. El ensayo se encuentra en el siguiente enlace: https://www.democraciasocialista.org?p=1526

[5] Nuevamente le tomamos un párrafo a Michael Löwy, del antes mencionado prefacio de Ecosocialism. A Radical Alternative to Capitalist Catastrophe.

[6] Recientemente en las páginas de En Rojo se publicó un artículo importante titulado “Ian Pagán Roig: revolucionario de la tierra” que, aunque centrado en una figura y en el proyecto del Josco Bravo, da indicios de lo que significa este movimiento agroecológico en Puerto Rico. “Más allá de una agricultura productiva, que es el enfoque ciego de la agricultura convencional, nos toca pensar en una agricultura adaptada a un planeta cambiante, a una agricultura resiliente”. Para acceder al artículo en su versión electrónica, ir a: https://claridadpuertorico.com/content.html?news=02C47878F513B63C2E9D8848B48E84C9

Federación de Maestros insiste en detener desmantelamiento de sistema de retiro

La Federación de Maestros de Puerto Rico (FMPR) reiteró su llamado al gobierno de Ricardo Rosselló Nevares, “a detener el robo de las pensiones de los maestros y maestras activos y jubilados aunque ello signifique desobedecer a la Junta de Control Fiscal federal”.

En comunicado de prensa enviado este lunes el sindicato sostuvo que el desmantelamiento del Sistema de Retiro de Maestros (SRM) para que las pensiones dependan cada año de las asignaciones presupuestarias “pone a nuestros pensionados a merced de la insuficiencia Fiscal” La presidenta de la FMPR, Mercedes Martínez Padilla, rechazó además la determinación de la Junta de Control Fiscal (JCF), incluida en el Plan Fiscal que aprobó el gobierno, de recortarle al menos un 10% a las pensiones. “Somos ‘los más vulnerables’ de que los que habla, la administración de Ricardo Rosselló. No podemos aportar más mientras los capitalistas millonarios no aportan nada”, afirmó.

Recordó que el gobierno dejó de hacer su aportación a las cuentas de retiro de los empleados públicos lo que los ha colocado en una situación precaria. La Federación precisó que el Plan Fiscal presentado en marzo de 2017 por el gobierno a la Junta y reafirmado por ese organismo el 4 de agosto de 2017 dispone:

– Reducir el total de los pagos de pensión anual en un promedio de un 10%.

– Los empleados actuales que están inscritos en los planes de beneficios definidos (BD) del SRM y SRJ, junto con los empleados del SRE, dejarán de acumular beneficios futuros en virtud de dichos planes.

– Los empleados en los planes de retiro de beneficios definidos e híbridos dejarán de acumular nuevos beneficios en esos planes.

– En adelante, todos los empleados participarán de cuentas de retiro de aportación definida (AD) tipo 401(k).

– El gobierno no incurrirá en ninguna obligación financiera futura con los participantes bajo el plan de AD. El plan será financiado únicamente con las aportaciones de los empleados.

La portavoz de los maestros federados denunció que someterse a las disposiciones del PF significará una verdadera crisis humanitaria para los pensionados del gobierno, en especial para el magisterio que no tiene Seguro Social. La Federación de Maestros insistió en exigirle al gobernador Ricardo Rosselló que incluya en esta sesión legislativa el proyecto preparado por el Capítulo de Jubilados de la FMPR que establece una contribución especial del 2% a las empresas foráneas y que inyectaría unos $700 millones, solidificando el Sistema de Retiro de Maestros (SRM).

“Que le exija su parte a los grandes intereses, las empresas millonarias que disfrutan de generosos subsidios y exenciones y aportan muy poco. La Carta Circular 1300-46-17 de Hacienda debe ser revocada. Reclamamos que se cumpla con la Ley 91 sobre el retiro de maestros que establece las pensiones de beneficio definido, garantizando el 75% del salario de manera vitalicia, al cumplir 30 años de servicio y 55 de edad “, planteó Martínez Padilla.

La Federación al igual que los grupos Educamos y Unete consideran que el gobierno debe pagar la aportación patronal y que no se debe vender la cartera de préstamos del SRM que produce ganancias millonarias, por lo que exigen que el reciente proyecto de Ley, aprobado por la Legislatura (PS1163) que liquida los activos del Sistema de Retiro de Maestros, debe derogarse.

Aun cuando la Federación dijo que respaldará cualquier acción legal que se radique para defender a los jubilados, defendió que “la mejor carta para revocar la destrucción de los sistemas de retiro es organizarse para luchar contra los atropellos a la calidad de vida de los maestros y maestras”.

Con paso adelante en Puerto Rico el diseño comunitario y participativo

Habitar un espacio requiere saberse de ese lugar y sentirse parte integral de la conformación del mismo entorno. Esa experiencia incluye una amplia gama de elementos que va desde cómo se interactúa entre vecinos hasta cómo se es partícipe de las prácticas de diseño, planificación y construcción de ese espacio colectivo.

Mucho se habla sobre la necesidad de la participación ciudadana en la toma de decisiones que atañen a sus espacios, sin embargo, poco se hace al respecto. Recientemente, inauguró en la Galería San Juan Bautista, ubicada en el primer nivel de la casa alcaldía de la ciudad capital, la primera exposición de diseño comunitario y participativo en Puerto Rico, titulada Escuchando las voces. “Esta exhibición nos propone un cambio de actitud, convertirnos de consumidores pasivos a protagonistas en la producción de los entornos que habitamos y los productos y servicios que usamos”, según esboza el catálogo de la exposición.

Según el arquitecto Edwin Quiles, fundador de la exhibición junto a las doctoras Omayra Rivera Crespo y María De Mater O’Neill, este proyecto, que emprendieron en 2015, es multidisciplinario “porque lo que queríamos era mostrar de muchas maneras cómo la gente se podía involucrar y participar en decisiones que se toman sobre cómo uno vive en su lugar”, dijo a CLARIDAD el arquitecto.

Esta primera exposición acoge varios proyectos de temas urbanos que utilizan el diseño comunitario desde las perspectivas de artistas gráficos, performeros, coreógrafas, activistas urbanos y arquitectos. Precisamente, otro de los propósitos a la hora de idear este proyecto colectivo fue evidenciar que son posibles tales integraciones. Las iniciativas comunitarias incluidas en la exposición son: Casa Taft 169, Coco D’ Oro, Energía Roja y Negra, Estudio Lero Lero, La Maraña, Oficina de Alianza del Municipio de San Juan, PISO Proyecto, Proyecto Enlace, Rubberband Design Studio, Taller Creando Sin Encargos, Taller de Arquitectura y Urbanismo, Taller de Diseño Comunitario, Taller de Arquitectura, Taller de Planificación Social y Urbano Activo.

Todas estas propuestas buscan, a través de metodologías diferentes, percibir y documentar los verdaderos deseos de las poblaciones y las formas en que éstas visualizan los espacios que habitan. Según aseguró Quiles, en los últimos 10 años ha habido un “boom” en este tema porque hay mucha gente joven haciendo gestiones de diseño comunitario y participativo.

Algunas estrategias que han implementado los proyectos que aúna esta primera exposición son: organizar desayunos colectivos en la calle, ocupar un espacio para desarrollar un parque recreativo infantil, planificar bicicletadas para conocer la comunidad, crear planes de desarrollo de viviendas, pintar murales y levantar jardines urbanos, así como desarrollar un centro cívico autogestionado en una casa abandonada.

Edwin Quiles comentó durante la entrevista con este medio que hubo un caso de amenaza de desalojo de viviendas por parte de algún alcalde y los profesionales que manejan estos proyectos estuvieron aptos para trabajar con la comunidad en el desarrollo de contrapropuestas, las cuales los ciudadanos utilizaron en un proceso de negociación. En ese caso, “el diseño participativo fue una manera de empoderar a la comunidad para que pudieran discutir con el alcalde”, recordó Quiles.

Aunque mayormente las iniciativas se han gestado y desarrollado en San Juan (Santurce y Río Piedras), la labor de estos proyectos se extiende a Arecibo, Caguas, Cataño, Toa Baja, Ponce y Vieques, y al exterior de la isla en Haití; Chiapas, México y Estados Unidos.

Otro objetivo de esta exhibición, respaldada económicamente por el Municipio de San Juan y cuyo agente fiscal fue la organización sin fines de lucro Beta-Local, es provocar el intercambio de saberes entre los diseñadores urbanos (profesionales) y las comunidades. A juzgar por el arquitecto Quiles, la crisis y las políticas de austeridad han conducido al empoderamiento ciudadano, lo que ha provocado el surgimiento de múltiples propuestas de base comunitaria. En aras de apoyar esa participación ciudadana en la gestión de proyectos urbanos, esta exposición se propuso dar a conocer diferentes experiencias para que sirvan de referencia en la creación de otros procesos de verdadera democracia.

De igual forma, según explicó la doctora Omayra Rivera Crespo, la exposición partió del interés de que los estudiantes de arquitectura o diseño gráfico “creen consciencia social y aprendan que no solamente es hacer grandes edificios, sino que hay otro tipo de arquitectura… que sepan que la mayor parte de lo que se construye no son grandes edificios, sino cosas pequeñas e importantes, cotidianidades que vive la gente”.

El concepto de la participación

Para Edwin Quiles participar en el diseño de nuestros espacios es “ser parte, tener voz y voto en las decisiones para que los espacios funcionen de acuerdo con nuestras necesidades físicas y emocionales y poder vivir mejor en ellos…La participación es una mesa de trabajo y conversación abierta donde se aprende y se enseña a hacer lugares donde la gente se sienta propietaria. Es también encender chispas, detonar iniciativas y mostrar otras posibilidades de pensar y hacer. Participar es hacer una reflexión sobre qué somos y cómo esto se refleja en los lugares que habitamos”.

El fundador del Taller de Arquitectura y Urbanismo comentó que en Puerto Rico, tal vez por falta de una cultura de participación ciudadana o por falta de manejo de términos técnicos, es común entre los ciudadanos la dificultad para mirar críticamente y opinar sobre temas de diseño, “sin embargo, mucho del conocimiento necesario para diseñar parte de la misma gente, no es técnico ni medible. Tiene que ver con la cultura, los estilos de vida, las maneras como la gente se relaciona, cómo vive y quiere vivir, cómo es y quiere ser con los procesos cotidianos…”.

Asimismo, Quiles definió participación como “Una herramienta poderosa de la democracia. Por eso causa temor; temor a que la gente se aguze y aprenda a detectar y denunciar, a defenderse de proyectos que no les conviene…”

El arquitecto expuso en el catálogo de la exposición que “las decisiones sobre la ciudad, su estructura y sus espacios son tomadas en gran medida por políticos y empresarios o promotores privados con el apoyo del capital financiero, cuyos objetivos e intereses pocas veces coinciden con los de nosotros, los demás, los ciudadanos de a pie, la mayoría”. Cambiar esa realidad requiere organización ciudadana basada en el diálogo, la orientación, la propuesta de alternativas, el apoyo a alguna iniciativa, la colaboración y participación activa. Eso han estado realizando los proyectos que abarca Escuchando las voces. A eso motiva esta primera exposición en Puerto Rico, que es sólo una muestra, un comienzo de conversación.

Precisamente, el próximo jueves, 24 de agosto a las 7:00 de la noche en la Galería San Juan Bautista habrá un conversatorio con otros grupos – no incluidos en la exhibición – que están trabajando con el diseño participativo y comunitario. La actividad estará abierta al público general.

Escuchando voces finaliza en la Galería San Juan Bautista el 3 de septiembre, pero ya se ha programado una agenda de exhibiciones: del 4 al 9 de septiembre en el Colegio de Arquitectos y Arquitectos Paisajistas de Puerto Rico; del 14 al 27 de septiembre en la Escuela de Artes Plásticas y Diseño; del 28 al 10 de octubre en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Más adelante, se expondrá en la Universidad Interamericana de Fajardo, en la Universidad del Sagrado Corazón y, muy probablemente, en Casa de Las Américas en La Habana, Cuba.

Fiesta de horas extras en la AEE

A la gerencia de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE) el estado en que se encuentra la corporación pública parece tenerles sin cuidado. La deuda de $8,300 millones que se disputa en el tribunal, la autorización de la jueza Laura Taylor para el inicio de un proceso de bancarrota, la posibilidad inminente de que le nombren un síndico que culmine en su privatización y que los consumidores reciban un aumento en tarifas, son sólo algunas de las situaciones a las cuales se enfrentan. Mientras tanto, el descontrol en el pago de horas extras reina en la División de Servicios al Cliente, con la anuencia de su director, Aldo Rodríguez, el director ejecutivo Ricardo Ramos Rodríguez, y el sub director de Administración de la AEE, licenciado Jhon Uphoff. Una fuente de entero crédito reveló a este semanario que tan reciente como este 24 de julio, Rodríguez, quien antes ganaba $25.42 la hora, y ahora gana $47.42, para un total de $92,469, al año se fue con su staff para Vieques, supuestamente a arreglar una escuela.

En su séquito se llevaron a personal ejecutivo, como el segundo al mando, gerenciales y hasta algunos unionados. Para el viaje les pagaron tiempo extra de 6:00a.m. a 7:00p.m, más dietas de desayuno, almuerzo y comida y estadía en hotel.

En cuanto al servicio al cliente aun cuando al presente los clientes que pierden su servicio de energía tardan más en recuperarlo, eso contrasta con la fiesta de horas extras que tienen los empleados en la Oficina de Servicios Técnicos. Ésta es la oficina a la que los clientes deben llamar para que se les reinstale el servicio.

Los técnicos de la oficina de Aguadilla parecen estar a la cabeza en el cobro de horas extras. La información en poder de este semanario revela que al menos seis empleados de esa oficina han cobrado horas extras en meses recientes las cuales se salen de la norma. Las horas extras de trabajo están entre las 123 horas, 92 horas, 87 horas. La hora extra se paga a $46.00 la hora. Estos seis empleados tienen salarios entre los $3,075 el que menos a $4,800 el que más, a lo que se le suma el pago de dietas. Algunos han llegado a cobrar hasta $6,808 en horas extras de “trabajo”, el promedio está en $1,500 por horas extras al mes. Esta oficina tiene otros 17 empleados.

La Oficina Técnica de Mayagüez tampoco se queda atrás. Aquí cinco empleados con sueldos de $4,200 a $4,800 han cobrado horas extras entre $150 a $117 el que menos. En un periodo de tres meses en horas extras nada más han cobrado entre $5,525 a $3,552. 50 más su salario y dietas. De los 11 empleados en esta oficina los otros seis, han cobrado horas extras entre 85 a 70.06. Todos con el mismo renglón de $46.00 la hora. Hay un grupo de cinco empleados de los cuales uno de ellos ha llegado a cobrar hasta $18,118 en horas extras y $1,500 mensuales en dieta. Hay otros que en horas extras sumado a su sueldo han cobrado $16,197.20 en un mes.

Este despilfarro en horas extras y dietas se reparte en todas las oficinas técnicas de la AEE entre trabajadores rojos y azules identificados con la alta gerencia.

Consultado por CLARIDAD el presidente de la Unión de Trabajadores de la Industria Eléctrica y Riego (UTIER), Ángel Jaramillo, confirmó que esa dinámica se da en la AEE, “ no lo dudo es algo que la UTIER ha ido denunciando la forma de alcanzar dinero apuntándose tiempo extra”.

Este medio, además, recibió información de que la Oficina de Ética Gubernamental (OEG) investiga la posibilidad de un conflicto ético por parte de Ramos Rodríguez por estar ligado a una empresa que tiene contrato con la AEE. La Oficina del Contralor (OC) también recibió una querella sobre el mismo particular, según confirma una carta de la OC. CLARIDAD se comunicó con la OEG para confirmar esta información pero a la hora de cierre todavía no había recibido contestación.