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La razón de mi agradecimiento

Poco antes de su infame asesinato, el fundador y jefe del Ejército Popular Boricua nos envió una carta que he conservado como reliquia en paño antiguo. En ella dice: “siempre he estado por saber de tu raíz familiar por la razón que se desprende de nuestros apellidos. Pero nunca he podido establecer un vínculo, aunque a decir verdad, tampoco he tenido la oportunidad de investigar a fondo. Quizás haga falta un Félix Ojeda o un Estrade para saberlo”.

Lamentablemente, Filiberto Inocencio Ojeda Ríos (1933-2005) murió con el deseo de averiguar si estábamos emparentados. “Nuestra cepa de los Ojeda –confiesa en la carta que conservo—es de un campo de Naguabo que lleva el nombre de Brazo Seco. En realidad era un lugar hermoso, a pesar de su nombre”. (Brazo Seco forma parte del llamado Barrio Río y según el informe del Censo de 1930 unas 788 personas vivían en esa demarcación).

Aquí y ahora debo informar que mis progenitores, los dos, también nacieron en la misma comarca, en el oriente de la patria, donde la isla se eleva “como una rosa roja en su color más intenso”. Don Félix y don Inocencio, nuestros respectivos padres, estaban emparentados, eran primos y mantuvieron siempre una correcta amistad.

El 23 de septiembre de 2005, cuando se conmemoraba el 137 aniversario del Grito de Lares, apostados en un campo del sector Plan Bonito, en Hormigueros, agentes del FBI asesinaron a Filiberto. “Murió desangrado”, informa el querido amigo Luis F. Abreu Elías y seguidamente añade que el FBI entregó una escena alterada, prohibiéndole al Departamento de Justicia de Puerto Rico entrevistar a los asesinos.

Semanas antes del infame asesinato recibí la visita de un emisario suyo. Irradiando buenas vibras el enviado me decía: “El Viejo quiere verte”. Recuerdo que contesté: cuando sea, como sea y donde sea.

He podido concluir que Filiberto nos quería entregar, para pronta publicación, un diario del general Antonio Valero de Bernabé (1790-1863), el puertorriqueño amigo de Bolívar, una de las grandes figuras de la independencia de nuestra América. Pero Valero, “cuya vida fue una odisea de martirios y una epopeya de victorias” –al decir de Mariano Abril, su biógrafo, también sobresalió en la guerra de independencia de España contra la ocupación francesa a principios del siglo XIX.

En 1827, cuando se hacía inminente la guerra entre España e Inglaterra, Bolívar concibe su proyecto de llevar la guerra a la región del Caribe. Interesaba El Libertador arrancarles la isla de Puerto Rico que serviría de escala para llegar a La Habana. Y Bolívar posó sus ojos en Valero, pues el boricua “sería uno de los libertadores de su país natal,” en palabras del propio Bolívar.

Imagino que los francotiradores incautaron el Diario y lo tienen depositado en alguna oficina de la capital federal. Las organizaciones culturales de Puerto Rico están obligadas a recuperar y publicar el valioso manuscrito del general Valero. Sugerimos una edición de lujo, dedicada al fundador y jefe del Ejército Popular Boricua, pues el culto a los héroes debe de ser “la religión de los pueblos”.

*

Nunca conocí a Filiberto. Nunca estreché su mano. Nunca nos dimos un abrazo en señal de afecto o cariño. Pero guardo entre mis papeles una multiplicidad de documentos –de su puño y letra— cuando él se desempeñaba como sub-jefe de la Misión de Puerto Rico en Cuba (MPI) y delegado alterno de la Organización de Solidaridad de los pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), la entonces llamada Tricontinental, fundada en La Habana en enero de 1966. Esos escritos muy pronto se darán a conocer.

Claridad, el periódico de la independencia, reproduce a continuación, de manera íntegra, la carta de Filiberto fechada el 25 de julio de 2005 –día cuando algunos puertorriqueños conmemoraban el llamado “estado, libre, asociado”:

25 de julio de 2005

Puerto Rico

Compañero Félix Ojeda

Río Piedras, PR

Querido compañero:

A veces la vida da muchas vueltas y acerca a algunos seres humanos, aun estando distantes y en actividades desconectadas unas de las otras. Te digo esto porque llevo, en mi vida revolucionaria más de 40 años sabiendo de ti, de tus estudios, de tus logros y de los extraordinarios aportes que has realizado para difundir la verdadera historia de nuestro pueblo en lucha, y muy particularmente aquellos aspectos relacionados con las vidas de, en primer lugar, Betances, al igual que de Hostos y muchos otros.

Estando yo en Cuba, en el 1965, activo como sub-jefe de la Misión Permanente de Puerto Rico en Cuba y Delegado Alterno de la Organización de Solidaridad para los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), era informado de tu participación en Praga como representante de la FUPI en la UIE. Naturalmente, siempre he estado por saber de tu raíz familiar por la razón que se desprende de nuestros apellidos. Pero nunca he podido establecer un vínculo, aunque a decir verdad, tampoco he tenido la oportunidad de investigar a fondo. Quizás haga falta un Félix Ojeda o un Estrade para saberlo.

Viviendo yo en el Viejo San Juan a finales de la década del 1940, en una calle que daba hacia la Norzagaray, si mal no recuerdo, había un taller de reparación de maquinillas que pertenecía a Andrés Ojeda. No sé por qué pensé que a lo mejor tu ramal tenía esa procedencia, o quizás la de Juanita Ojeda en Jayuya. Bueno, simple curiosidad. Nuestra cepa de los Ojeda es de un campo de Naguabo que lleva el nombre de Brazo Seco. En realidad era un lugar hermoso, a pesar del nombre. De todos modos, aún tengo esa curiosidad.

Al pasar de los años he tenido el placer de cruzar caminos con persona cercanas a ti, que siempre me han hablado (por cierto con mucho orgullo y afecto) de cómo estás y de tus logros, que han sido muchos y muy destacados. Por el nombre común pues yo me he sentido orgulloso. Recientemente le hice un regalo a un alto funcionario de América Latina que consistió en un libro tuyo que lleva por título Peregrinos de la libertad, y para evitar complicaciones, en la dedicatoria lo firme “F. Ojeda” (naturalmente con una explicación al destinatario).

Tus trabajos históricos, al igual que los de otros amigos investigadores e historiadores han sido muy útiles para profundizar la conciencia puertorriqueña de nuestro pueblo, al igual que para lograr una mayor objetividad en los trabajos y escritos que nosotros hacemos. Unos, para establecer estrategias estrechamente vinculadas a nuestra realidad histórica, y otros para instrumentar líneas de acción revolucionaria.

Lo que motiva todos estos comentarios es que te estoy enviando copia de un documento que he preparado y que estamos a punto de difundir en América Latina y en Puerto Rico. Tu aporte, al igual que el de Paul Estrade, José Ferrer Canales (a quien le había dedicado el trabajo desde antes de su fallecimiento), Marisa Rosado y otros, como podrás ver al dar lectura a nuestro documento, ha sido fundamental. Esa es la razón de mi agradecimiento, que es inmenso.

Por lo demás, como no tengo la dirección de Estrade, y si no es un abuso de confianza, te voy a solicitar encarecidamente que le envíes lo que incluyo con su nombre, que es esencialmente lo mismo y una carta agradecida.

No pierdo las esperanzas de poder conversar contigo en algún momento. Quizás el documento te pueda dar, más o menos, una indicación de las motivaciones políticas, además de la satisfacción del abrazo revolucionario agradecido correspondiente y el intercambio sobre muchos asuntos que nos competen como patriotas y luchadores.

Mientras tanto, va, con afecto revolucionario y patriótico, el abrazo espiritual y los mejores deseos para ti y para todos tus familiares.

Filiberto Ojeda Ríos

(firmado)

Lo que trajo Frank Báez que trajo el mar.

Como deberían saber, Ediciones Aguadulce ha publicado un libro de crónicas del escritor dominicano, Frank Báez (Santo Domingo, 1978). Recientemente fue uno de los escritores nombrados por el Hay Festival en su edición de Bogotá 39 de 2017 como uno de los mejores narradores menores de cuarenta años en América Latina.

Báez nos visitó camino a Medellín para presentar el libro mentado, Lo que trajo el mar: crónicas, en Libros AC. En Colombia participó en el Festival del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo organizado por la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano. Se trata entonces de un esfuerzo y producto caribeño. Ediciones Aguadulce es una editorial independiente dirigida por la poeta Cindy Jiménez que editó, diseñó e imprimió en la isla este libro viajero.

Frank Báez llega a la redacción de En Rojo con una camisa de estampados color pastel que parece un jardín. Hace un calor de madre como corresponde a nuestra insularidad. Sin embargo, viene tranquilo, fresco. Como si llegara del mar. Percibo un gesto leve de curiosidad cuando entra a la oficina. No es para menos. Aquí hay un calendario chino que recuerda a una oscura novela china tropical, una foto de Fidel castro en uniforme de béisbol, afiches con el rostro del Che, obras de Rafi Trelles, Homar, Dennis Mario, y unos cinco elefantes coloridos sobre mi cabeza, que son herencia que dejó la directora del semanario cuando laboraba culturosa.

–Este es un semanario cultural y político– le aclaro.

–Ya veo– comenta, riéndose.

Su formación es en sicología. Curiosamente, su primer libro se titula Págales tú a los psicoanalistas (Editorial Ferilibro, Santo Domingo, 2007), con el que obtuvo el Premio Internacional de Cuento Joven de la Feria Internacional del libro. Pero su oficio es escritor. No solo porque hace su propia obra, sino que creó una revista digital, Ping Pong, cuyo propósito es dar a conocer la obra de autores emergentes de su país, y es editor de la revista Global. Pero, hablamos de la crónica y el poeta señala que le gusta el género porque, aparte de lo subjetivo que es todo ejercicio de escritura, en la crónica se trata de crear una subjetividad con una clara pretensión de honestidad. Eso aunque sabemos que, como lectores o escritores, las voces objetivas son sospechosas y modificables.

–Ser poeta es, de suyo, casi la creación de un personaje. Una ficción.

–Eso es la literatura– responde.

Y es eso, sin duda, un objeto, un mecanismo hecho de palabras.

AUTORRETRATO

Rodé al año y medio por las escaleras

hasta el segundo piso.

A los seis casi me ahogo en una piscina.

A los siete me arrastró la corriente de un río.

Me golpearon con un palo, con la culata de un fusil,

con una tabla. Me propinaron un codazo en la cara

y otro en el estómago, rodillazos,

machetazos, fuetazos.

El perro del vecino me mordió un brazo.

Me cortaron una oreja haciéndome el cerquillo.

Noqueado. Abofeteado. Calumniado.

Abucheado. Apedreado.

Perseguido por sargentos en motor. Por dos cobradores.

Por tres mormones en bicicleta.

Por muchachas de Herrera y del Trece.

Me han atracado treinta veces.

En carros públicos. Taxis. Voladoras. A pie.

Alguien me dio una bola y me dijo I am gay.

Me robaron un televisor, un colchón,

seis pares de tenis, cuatro carteras,

un reloj, media biblioteca.

Se llevaron varios manuscritos y cometieron plagio.

(Con lo que me han robado pudieran abrir

una compraventa en Los Prados).

Me fracturé el brazo derecho, el anular,

la cadera, el fémur y perdí cuatro dientes.

El hermano Abelardo me dio un cocotazo que todavía me duele.

En la fiesta de graduación me cayeron a trompadas y botellazos.

Luego publiqué un libro de poesía y una vecina lo leyó

y escéptica dijo que era capaz de escribir

mejores poemas en media hora, y lo hizo.

Accidente con un burro en la carretera.

Intento de suicidio en Cabarete.

Taquicardia. Hepatitis. Hígado jodido.

Satanizado en Europa del Este. Pateado por mexicanos en Chicago.

En Montecristi una mesera me amenazó de muerte

(ahora mismo, clava alfileres en un muñeco idéntico a mí).

Los vecinos sueñan conmigo baleado.

Los poetas con dedicarme elegías.

Otros con rociarme gasolina en la cabeza

y arrojar un fósforo y ver mis rizos en llamas.

Otras con llevarme a la cama.

Y hace semanas un policía me detiene y me pregunta

si yo no era el poeta que había leído poesía

aquella noche y le digo que sí y el policía

dice que son buenos poemas

y hace una reverencia o algo así.

El libro contiene textos que comenzaron a publicarse hace una docena de años. La idea inicial era crear un libro de viajes. Uno de esos viajes, el que correspondía al periplo Santo Domingo–San Juan, no logró realizarse al incendiarse el ferry que cubría la ruta marítima. Luego, el libro fue tomando forma con reseñas, reportajes, textos biográficos, ensayos, que se publicaron en revistas, suplementos y sitios de internet.

Le cuento a Báez que me emocionó “Mi padre y La isla del tesoro”. Mi padre me enseñó a leer y a escribir. El padre de Frank, el sociólogo Franc Báez Evertsz, le mostró al poeta la maravilla de las letras y, además, a nadar, a cuidar animales, a ser honesto, a ser libre.

“Los libros en casa, la biblioteca, la figura de mi padre en su cuarto de trabajo, el modo en el que me leía, eso me marcó. Nunca se me ocurrió que los libros o la lectura fueran algo que me traería problemas. Al contrario. La lectura es algo que me causa placer. Una de mis pasiones, gracias al ejemplo y enseñanza de mi padre, es la lectura.

Yo tendría catorce, quizás, quince años cuando me leyó un poema de Dylan Thomas que cambió mi vida. Pero, igual me pudo cambiar la vida Miguel Hernández, porque las lecturas eran amplias y con un gran criterio. También se alimenta uno de la música, el cine, hay tantas cosas, tantos escritores con los ue se siente uno cómodo y afín”.

–¿Qué hay después de las crónicas? Me atrevo a preguntar.

–Creo que narrativa. Después de tanta verdad quiero volver a la imaginación, donde puedo cambiar nombres y donde hay más posibilidades.

–¿Y la poesía?

–La poesía es siempre. La poesía siempre está ahí. Es el laboratorio en el que no hay prisa. Lo que me gusta de la poesía es que en ella hay más riesgo, que es más experimental y atrevida. Los géneros te permiten esos cambios naturales.

Son como estaciones de descanso sin descanso.

Exacto. Escribir para descansar de escribir.

Mejor que el sexo

Lo mejor es cuando

le pones seguro a la puerta

y sólo están tú y el poema

y no tienes más remedio que preguntarte

si eres tan bueno como te dijeron el otro día

o tan malo como dicen siempre.

O cuando uno escribe un poema

tan intenso que acabas viniéndote

con los pantalones puestos.

O cuando sientes que estás escribiendo uno

que van a leer tus tataranietos

y piensas que ellos van a sentir

lo que una vez sentiste

y creo que es Joyce quien dice

que se siente como si el otro al leer

estuviera inventando las palabras

del poema nuevamente.

Así como el guitarrista del metro

de Chicago que tocó una hermosa melodía

y luego golpeó su guitarra

contra el piso hasta hacerla añicos,

he roto papeles y poemas

para mi propio deleite.

Y escribir es como caminar.

Cada palabra que escribo

es un paso que voy dando.

¿Hasta donde he llegado?

¿He encontrado mi hogar?

Yo quiero invitarlos a leer Lo que trajo el mar, de Frank Báez, para que descansen de leer. Quizás se pregunten porque aderezo esta breve conversación que transcribo con poemas, si la razón para el encuentro es la publicación de un libro de crónicas. La respuesta es sencilla. Si quieren leer las crónicas busquen el libro.

La política y las protestas

Los calendarios avisan que en esta semana, iniciamos una nueva estación del año. En el hemisferio norte será otoño. En el sur, debe comenzar la primavera. La única cosa no garantizada es que la naturaleza agredida se acuerda de eso y tenga fuerza para renovarse. Em la Amazonia brasileña, justamente, em ese jueves 21, se reúne el Foro Social Amazónico, por la defensa de la floresta. La gran prensa defende el agronegocio, las empresas de mineria y el interés del capital. Sin embargo, todas las personas de buena voluntad saben que, si todo continúa así, em poco tempo, de toda la floresta amazónica, no quedará piedra sobre piedra, o mejor, ni la fauna, ni la flora.

A pesar de que em grande parte de América Latina y Caribe, las estaciones no si distingan mucho, setiembre representa siempre un momento de cambio. Desde tiempos muy antiguos, la humanidad ve los cambios de la naturaliza como apelo divino para que, junto com el universo, entremos también en profunda renovación de nuestras vidas. En esses días, las comunidades judías celebran el Hosh Hashanah, fiesta del Año Nuevo que agradece a Dios que recrea de nuevo el mundo y renueva su alianza con todas las criaturas. Indígenas y afrodescendientes tienen fiestas equivalentes.

En 1962, en Roma, el papa Juan XXIII pidió a Dios que la reunión de todos los obispos católicos en el Concilio Vaticano II fuera para la Iglesia una nueva primavera. De hecho, Dios lo atendió, al menos en parte. Es que ni Dios puede vencer la barrera levantada por los eclesiásticos acomodados y por los funcionarios de la religión temerosos de perder sus privilegios. Ahora, más de 50 años después, el papa Francisco propone que la Iglesia Católica se renueve en el cuidado con la naturaleza y el servicio solidario a toda la humanidad, especialmente a los más pobres, víctimas de la cruel desigualdad social. Si las Iglesias locales comprendieran esa propuesta y los grupos católicos, congregaciones y diócesis aceptaran esta propuesta, tendríamos una nueva primavera eclesial que podría ser útil a todas las Iglesias cristianas y a toda la humanidade. Por ahora, ya será una acción primaveral anticipar la naturaleza y comenzar el trabajo de primavera en nuestro modo personal de ser y de vivir. Como escribió el apóstol Pablo: “El ser humano renovado vive cada día y siempre un trabajo de renovación permanente a la imagen de aquel que lo creó” (Col 3, 10). Es Dios quien suscita en el mundo una tierra renovada y promete: “Hago nuevas todas las cosas” (Ap 21, 5).

Con la poesía de Frank Varela otra vez en Chicago (monólogo con dos piezas de canto)

Yo, anómalo entre pasajeros a su celular pegados. Veo alejarse a través de la ventana desde el interior del tren el hotel de lujo, hoy solo espectral, que en sus tiempos de gloria alojaba al mismo Al Capone. Hacia el poniente de la ciudad al mando de la camorra siciliana afincaría poco después la diáspora boricua de la posguerra. Paraje nostálgico en mi tour hacia el norte en corte diagonal. El aula de West Town, aún risueña en mi memoria. El olor, el de la crayola, en surtido de colores. Cuartillo de leche, achocolatada. Silabario, en inglés. Cupido, precoz… Y en casa, pronto, a tupir maletas para embarcarnos de regreso a la Isla.

Ciudad gris de los vientos, oh de ti, sin el follaje ambarino del otoño, ni la blancura de la nieve en invierno bajo la noche rosa. Oh de ti, sin tus flores del prado en primavera, ni el estío en las dunas a orillas del Lago Michigan.

I-Bridgeport, atávico y feral

Retorno en plan turístico a la urbe hoy despejada desde mi campo de vista móvil. Los carriles ladean ahora el infame Bridgeport. A distancia, avizoro los lindes invisibilizados de una vergüenza. Allí se ubica para la historia una de esas jurisdicciones fachas que cínicamente atenúan por acá con el double entendre aliterado de “Sundown Town”. Todavía en vísperas del siglo veintiuno, negro pillado allí después del ocaso devenía negro linchado y expuesto de madrugada a guisa de picota.

Acaso ninguno de los telefonoadictos entre los milenials que a mi entorno se descerebran tampoco conozcan a fondo sobre el barrio en lontananza que se arrima. Pues lo poblaron almas del trópico cuyo derecho a vivir en su mismo terruño de origen execró por vía epistolar en 1931 el médico caneca Cornelius P. Rhoads. Una vez más la borrachera del odio anubla. Desde el propio Washington y con saña aún más cutre encienden a las hordas del mismo talante que la del galeno genocida en Puerto Rico. Nunca querrán los viciados en la concepción exigua de la prepotencia blanca anexionar a un pueblo abetunado de mendicantes y quejicones. Los cipayos a su vileza, y a su limbo útil aquellos quienes votan en masa por apestillarse en grajeo permanente con un metonímico Bridgeport, el mismo que en la actualidad resucita y repta y cunde las babas de su veneno.

II-Boxeo, loción hidratante, versos varelianos

Estación de cambio. Aguardo en el andén por mi próximo vagón entre seres perdidos en el ciberoespacio. La pantalla de uno de ellos proyecta en silencio pietaje en torno al deporte para mí inicuo por antonomasia. Me permitiría asestar en defensa propia un buen jinquetazo de los mil demonios. Jamás el gusto bruto, por más que lo aderecen, de ver cómo a dos semejantes del raleo debido a las injusticias del capital maleado los inducen a canjearse golpes a menudo fatales entre sí. Algún día, si en efecto nuestra especie y sus dioses dejaran de precipitarse hacia el zafacón de la basura cósmica, luces de estrellas más incandescentes han de rebozar sus corazones. Entonces, cada vez que nuestro prójimo por venir en ese amor supremo vuelva la mirada sobre sus hombros, se preguntará: ¿cómo pudieron abaratarse tanto?

Llega el gusano metálico, calo en su intestino, y tomo asiento. Como siempre, bullo las más de las veces al margen de la tecnología digital. En cambio, por hábito fupista en la época aciaga de los escuadrones de la muerte, durante la cual también reinaba a la menor duda la inminencia de pernoctar en “el hoyo”, hasta hoy cargo en todo momento un buen libro a prueba de fuego contra el aburrimiento. De ahí que me acompañe el poemario de Frank Varela, Diaspora: Selected and New Poems (Arte Público Press, 2016).

El firmante, hacedor de la palabra en inglés desde la molienda diaspórica, nació en Brooklyn, Nueva York, 1949. Lo marcaron, como a mí, años postreros de brega dura en la progresía a caballo entre la colonia y el imperio. Brega también dulcísima desde antes por cuanto a mí toca: mi primer amor tórrido recayó en mi maestra de segundo grado de primaria al momento que la sorprendí detrás de su escritorio untándose loción hidratante en las pantorrillas.

Hablemos del libro.

Éste antologiza poemas de sus publicaciones anteriores, al cual suma de ñapa otro manojo hasta ahora inédito. De página a página contrapuntea la negación por partida doble (“a spic in the United States, / a gringo in the land of my parent’s birth”) y el sosiego que gracias a la imaginación sobreviene al recobrar la pertenencia primogénita a través de las minucias cotidianas. El humor asimismo agridulce de su voz, amén de las suturas íntimas, congenia a la primera generación de paisanos nuestros que ya en sajadas insólitas a raíz de una política celestina debió dispersarse desde edad muy temprana allá “donde la bestia de los diez cuernos / consume a sus refugiados con dientes de hierro y garras de acero”. A quienes entrañan tan peregrina gula por medio del Apocalipsis bíblico alude Frank Varela en “The Status Question”:

I

If Puerto Ricans had wings,

would there be a law against flying?

II

If we dreamed,

a law against sleeping?

III

And what if our voices harmonized,

would they stop us from singing?

IV

And our feet,

would they ban us from dancing?

V

What about our eyes?

would they blind us for seeing?

VI

And if we chose freedom,

would they deny us a place on a map?

III-Final de la ruta

Zumba “la bestia”, sea cual sea el desenlace del estatus más allá del único a merced del cual el timonel timonea su timón. Algo más iba a decir acerca de cómo se inocula y subyace en “la presa” un complejo de inferioridad cómplice. ¡Bah! No estoy hoy para sicologismos de la insensatez tan tristemente irrisoria como aquella de cuando chambeaba yo como intérprete en los tribunales de Cook County. Se abre el caso:

Una anciana sumida en el vacío insufrible de su soledad ansía morir cuanto antes. La pobre comisiona a un muchacho del gueto para que la estrangule. En el acto cae desmayada, y el bisoño de sicario a domicilio, ante el rostro cárdeno cuya sonrisa ya trasuntaba la placidez post mortem, huye de la escena a salto de mata. Poco después despierta vivita la otrora aspirante a difunta. Tanto se enfurece que acude a las autoridades con el fin de denunciar por incumplimiento al verdugo pacota. Lo arrestan con el fajo de billetes todavía en el bolsillo. Intenta defenderse. Se anuda en un dilema absurdo: Bueno…, sí, su señoría…, pero no…, que no fue mi intención estafarla; que sí…, sí, yo, de buena fe, hice todo lo posible para darle muerte. Sí, no…

Próxima parada. El tramo último de la gira ferrovial me conduce al aeropuerto. Junto con la poesía de Frank Varela he revisitado, fiel a las coordenadas de mis recuerdos íntimos en dos tiempos, el teatro, el café, la plaza, el parque…, y la escuelita de aquella novia hechicera mía. En breve, Puerto Rico.

Isla del encanto, oh de ti, sin tus puños de abominación contra lo intransigible, ni tu verdeluz libertadora. Oh de ti, sin tu destranque absoluto entre los síes y los noes, ni de tu lugar en el mapa soñado tras el dominio pleno de sus playas.

ealmenas@gmail.com

Será Otra Cosa: El País del aunque

Cualquier oración empieza con aunque. A cualquier aseveración responden con aunque. Al comenzar cualquier conversación invocan el aunque. Al terminar cualquier declaración musitan el aunque.

Por ejemplo:

Amamos el país, aunque sabemos que no tenemos razones.

Aunque no encontramos una sola evidencia para persistir, lo hacemos.

“No hay esperanzas para salir de esta crisis,” nos dicen, aunque nosotras las alimentamos.

“El país es inviable.” Aunque.

No se engañan. No lo hacen por vanidad, empacho ni costumbre. Cada vez que dicen la palabra, lo hacen con la certeza de su necesidad, con el convencimiento de su urgencia, con la conciencia de su oposición a la adversidad enfrentada.

*

Los turistas, propagados como la peste y convencidos de su rol central para rescatar al país de la “Crisis del Aunque” –como la han definido en los medios–, se maravillan con un lenguaje tan primitivo. Desde hace siglos, estas islas fueron descubiertas por gente como ellos, quienes, en vista de la inagotable generosidad de sus corazones, obsequiaron a los nativos lenguajes completos, verdaderos. En la era de los pos-descubrimientos –piensan los turistas– nadie debería ya padecer taparrabos lingüísticos.

Luego de ponderar la sesuda cuestión, y antes de marcharse, los turistas violan a una mujer, aunque no la violen.

*

Llegan estudiosos de toda disciplina: antropólogos, lingüistas, sociólogos, sicólogos, biólogos, zoólogos, botánicos, neurocientíficos. La fama del país víctima de la Crisis del Aunque se ha extendido a lo largo y a lo ancho del hemisferio. Nadie puede llegar a conclusiones definitivas sobre el empobrecimiento lingüístico. Las teorías, sin embargo, son profusas y para lograr cada una de ellas, los científicos aperciben grandes sumas de dinero de las agencias federales interesadas en comprender al enemigo, para exterminarlo mejor.

Luego de ponderar la sesuda cuestión, y antes de marcharse, los estudiosos violan a una mujer, aunque no la violen.

*

No faltan los administradores y los ejecutivos. Están a medio camino entre el turista y el científico. Su asombro se nutre a partes iguales de la impresión sin investigación y del cuidadoso manejo de infinitas tablas llenas de números. Prefieren los pronósticos a las teorías. Para formular sus recetas a futuro, usan un lenguaje de instrucciones mientras acarician, ávidos, las pantallas de los omnipresentes aparatos. En ellas, encuentran cuánto han subido sus millones en el brevísimo espacio entre una instrucción y otra. Sobre la Crisis del Aunque, los administradores y los ejecutivos se limitan a ordenar que se recorte la palabra. Les parece irrelevante determinar su origen o explicar su profusión. Aducen que cualquier gasto excesivo que provenga del común de la población amenaza con la supervivencia del país. Usar mucho una palabra, evidentemente, es un gasto excesivo.

Luego de ponderar la sesuda cuestión, y antes de marcharse, los administradores y ejecutivos siempre violan a una mujer, aunque no la violen.

*

Las vecinas de las islas del lado, tan cercanas que pueden ver y escuchar lo que acontece en el País del Aunque, no pueden comprender que nadie entre “Los Igualitos” –así llaman ellas a los visitantes– se percate de lo evidente: que el aunque es solo de las mujeres.

Tampoco pueden concebir que “Los Igualitos” no tengan el más mínimo sentido de pasado, pues las vecinas saben bien que hace ya varios años –no podrían precisar cuántos–, el puñado de hombres que mandaba en el País del Aunque ya no estaba. Dicho sea de paso, los visitantes se parecen tanto al puñado de hombres que mandaba que por eso fueron bautizados “Los Igualitos.”

Como los visitantes no se percatan de que el aunque es un lenguaje codificado, compartido solo por la porción de la población que ellos siempre violan aunque no la violen, y como tampoco registran la desaparición de los que mandan, ninguno es capaz de notar que, cada vez que abordan el avión para marcharse, dejan tras de sí una finísima estela de sangre.

*

Aunque no lo parezca, los estamos exterminando.