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Será otra cosa: Ventimiglia

Rocío nunca me toca. Ahora me pasa la mano por la cabeza. Es un gesto breve. Quiero tirarme encima suyo en ese momento, enterrar la cabeza en su falda, asfixiarme de llanto hasta el último respiro. Pero sé que si me inclino lo más mínimo no saldré nunca de ahí. Voy a perder este ínfimo residuo de control que me ha sostenido todos estos días. Así que me volteo a recoger los bultos, los lanzo al baúl, tiro la puerta. No reparo bien en lo que hago pero quedo sentada al volante, pongo la radio y Rocío acomoda a la niña, que a su vez dice mi nombre varias veces. La miro por el espejo retrovisor como si la escuchara y hago un esfuerzo tremendo para iniciar el motor. Todo listo. Bajo los cristales, observo de nuevo las mimosas, encendidas en esta época del año, un amarillo casi naranja de tan intenso. Acelero, agarramos carretera. El peso de saber que voy dejando atrás el oeste es casi insostenible. Pero nadie se entera realmente.

La niña me habla de su gato, no puedo recordar su nombre; de sus cubos de arena, de los caracoles que dejamos abandonados ayer por irnos a ver la puesta del sol, de por dónde se extiende la playa hasta Cataluña, hasta Lima, hasta Rincón. Yo solo puedo pensar en cada grano de tierra que, metro a metro, empieza a separarme más y más de este lado del mundo, donde quiera que esté. Y siento la desesperación mánica, el impulso de no detener más el vehículo, no importa lo que se venga encima. Pero sé que darle cabida al menor signo de debilidad me hundiría, me descontrolaría. Así que subo la música, le contesto a la niña algo muy genérico. No sé si acierto en algo pero ella conoce este estado. Le sonrío por el retrovisor como quien se excusa de lo inevitable y vuelvo a mirar al frente, el sol inclinándose ya hacia el horizonte.

Hay algo del silencio que me alivia pero también ahonda mi situación. Es feriado y han puesto por radio un especial de rock de los 80 y 90. Nos regocijamos pero increíble. El trayecto es largo y necesitamos sobrevivirlo lo mejor posible. Es un especial melancólico en el día particularmente melancólico de un periodo demasiado melancólico. Pienso que entre tanto desconsuelo hay también un disfrute cruel, un placer intenso en la contrariedad.

Close your eyes, give me your hand, darling… (The Bangles, 1988). Rocío y yo comenzamos a tararear suave “Do you feel my heart beating? Do you understand? Do you feel the same, am I only dreaming?”

En poquísimos minutos ya estamos turnándonos los coros, cantando, sí, a boca de jarro (“Is this burning, an eternal flame”); pasando juicio sobre quién se sabe mejor la canción. (“Say my name, sun shines through the rain. A whole life, so lonely, then come and ease the pain”).

La niña observa maravillada, la veo por el retrovisor. De pronto me sorprendo sintiéndome extraña, insólitamente feliz. “I don’t wanna lose this feeling, ohhhh…”.

II.

El locutor sazona la selección musical con cuentos chistosos de la época que apenas comprendo. Pero es su voz semidulce la que me rescata en los interludios y abona a mi consuelo. “Francesco Saverio, Francesco Saverio”, lo nombran las entusiastas radioescuchas, pidiéndole los numeritos dorados de lo que imagino como los equivalentes italianos de los bailes de marquesina de los 90.

-Per vedere se ho messo la canzone Aha, Francesco Saverio.

– Naturalmente il vostro desiderio è legge, signorina, contesta él con ese tono de caballerosidad que nunca escuché en la radio pop.

“Take on me, take on me. Take me on, take on me. I’ll be gone in a day or two”. Aha, 1985.

Vuelvo a mirar a la niña por el espejo, emocionada como una cantante amateur. Va tarareando disparates tratando de alcanzar nuestro nivel de expertise sin saber que es inútil. Demasiados años de práctica, más de treinta, nos separan. Así vamos, desde el oeste, de regreso a Venezia tras unos días buscando lo que se nos había perdido hacía 13 años en el mar de Ventimiglia. Poco a poco, la euforia por el rock va cediendo de nuevo al silencio en este regreso de verano.

III.

-Mamá, escribe lo que te voy a decir, dice largos minutos más tarde, rompiendo aquello que se ha alargado ya demasiado. Rocío saca libreta y boli con parsimonia pero sin titubeo, como quien ya conoce este ritual.

-Querido papá: Sé que estás muy ocupado en tu trabajo. Pero yo te extraño. No has debido irte.

Miro a Rocío, que escribe, aunque alcanza a mirarme también, de reojo.

-Acá hay un lugar de comer. Te va a gustar, le digo como tratando de alivianar aquel aire espeso.

-Por qué no me visitas a Italia, papá. Estamos acá por el verano con la Ali. Hemos ido a Livorno, Firenze, Venezia y también a… ¿Dónde estábamos, Ali?

-Ventimiglia. Venga mi niña, vamos a comer.

-Ventimiglia, papá. Trae la libreta y el boli, mama. No he terminado.

-El mar es fuerte acá.

-Una mesa afuera, por favor.

-Escucha.

-Es el Mar Liguriano.

No quiero entrar en cosas muy específicas, qué sé yo. Dos cervezas, un zumo de naranja.

La niña se aleja para ver la orilla del mar. Nos hace señas para que nos fijemos.

-Tiene que ver a su papá, Rocío.

Hace ese gesto, como si enfermara del estómago. Trinca los labios.

-Es su padre.

Se lleva los dedos a la sien, baja la cabeza como si se protegiera de un dolor muy fuerte por el sol.

-Puede ser lo peor. Pero saber que existe, quién es, lo que hace, dónde está.

-Un horror, es un horror de padre. Nos abandonó.

-La responsable de que ése sea su padre eres tú.

Un micro-segundo y ya estaba arrepentida de haberle dicho aquello. Siempre me arrepiento de las cosas que termino diciéndole, como una bala, a Rocío. Nunca la había visto llorar. En cualquier caso, hubiese imaginado un llanto contenido, casi como un desliz. Jamás imaginé algo tan expansivo y profundo.

It’s the eye of the tiger

It’s the thrill of the fight

Rising up to the challenge of our rival

And the last known survivor

Stalks his prey in the night

And he’s watching us all with the eye of the tiger

(Survivor, 1982).

La niña regresa. Rocío se limpia las lágrimas con la servilleta mientras le sirvo más cerveza de la botella, el vaso todavía con un poco de escarcha. Hace que le arregla el pelo a la niña, trata de sonreír.

Le pasa la mano a su mamá por la cabeza y agarra su jugo, lo bebe. Rocío la besa también y llora pero más suave, el llanto contenido que yo había imaginado.

(Turn around)

Every now and then I get a little bit tired

Of listening to the sound of my tears

(Turn around)

Every now and then I get a little bit nervous

That the best of all the years have gone by

(Turn around)

Every now and then I get a little bit terrified

And then I see the look in your eyes

(Bonnie Tyler, 1983).

El sol está por ponerse. En cuestión de segundos, el cielo es un campo minado de rosados y naranjas. Exactamente como en las puestas de Rincón, Puerto Rico.

-No te preocupes, mamá. No tienes que enviar la carta.

Crucigrama: Eduardo Galeano

Horizontales

2. Eduardo Germán María Hughes _____; escritor uruguayo. Autor de Memoria del fuego, Días y noches de amor y de guerra, La piedra arde, Voces de nuestro tiempo, Espejos: Una historia casi universal, Ventana sobre Sandino y Bocas del tiempo.

10. Dicho de un caballo o de una yegua: Que tiene tres pies blancos, pl.

11. Las venas abiertas de _____ Latina (1971); libro de Galeano censurado durante los gobiernos militares de Chile, Argentina y Uruguay.

14. El libro de _____ abrazos (1989); escrito por Galeano.

17. El fútbol a _____ y sombra (1995); libro de Galeano.

18. _____ como ellos y otros artículos; libro de Galeano publicado en 1992.

20. Capital de Perú.

23. Río de Italia.

26. Días y noches de _____ y de guerra (1978); libro de Galeano.

27. Océano.

28. Costal.

29. Siglas de Euskadi Ta Askatasuna, en español ‘País Vasco y Libertad’, organización revolucionaria vasca.

30. Ante Meridiano.

31. Carta de la baraja.

33. Guido Álvaro Peredo Leigue, conocido como _____ Peredo; guerrillero boliviano asesinado en 1969.

34. Que no creen en dios alguno, fem.

37. La piedra _____ (1980); libro de Galeano ilustrado por Luis de Horna.

40. Época.

43. _____ del fuego; trilogía escrita por Galeano. Publicada entre 1982 y 1986, se compone de los títulos Los nacimientos (1982), Las caras y las máscaras (1984) y El siglo del viento (1986).

44. Edgar Allan _____; escritor, poeta, crítico y periodista.

45. _____ Galeano; autor de Ser como ellos y otros artículos, Nosotros decimos no, América Latina para entenderte mejor, Amares y Patas arriba: Escuela del mundo al revés. Apoyó la independencia de Puerto Rico.

46. Ventana sobre _____ (1985); libro de Galeano.

Verticales

1. América Latina _____ entenderte mejor (1990); libro de Galeano.

2. Nombre genérico de las piedras preciosas.

3. Campeón.

4. Grito de _____; gesta de independencia de Puerto Rico el 23 de septiembre de 1868.

5. _____ descubrimiento de América que todavía no fue y otros escritos (1986); libro de Galeano.

6. 13 de _____ de 2015; fallecimiento de Galeano.

7. Negación.

8. De hueso, fem.

9. Espejos: Una historia _____ universal (2008); libro de Galeano.

12. Letra griega.

13. Siete imágenes _____ Bolivia (1971); libro de Galeano.

15. Ondas.

16. Cavidad grande y muy profunda en la tierra.

19. 3 de _____ de 1940; nacimiento de Galeano.

21. Municipio de Puerto Rico.

22. Olor agradable.

23. _____ arriba: Escuela del mundo al revés (1998); libro de Galeano.

24. Rezas.

25. _____; ciudad natal de Galeano.

27. Acusativo o dative de pronombre.

32. Señor, abrev.

35. Bocas del _____ (2004); libro de Galeano.

36. _____; libro de Galeano publicado en 1993.

38. Hueso del muslo.

39. Del verbo traer.

41. Andrés Quintana _____ (1787–1851), político, escritor, poeta y periodista. Fue diputado y firmante del Acta de Independencia de México.

42. Nosotros decimos _____ (1989); libro de Galeano.

Mi fuego interior o la moral del fracaso

A veces, cuando me entra el mal humor, estado casi permanente en mi aún joven existencia —fuego interior, me gusta decirle— intento racionalizar lo irracional y reconfortarme en la idea de que soy hija de la modernidad. Eso aunque algunos insistan en que debo ser posmoderna. Ese fuego interior que se apodera de mi es producto de las frustraciones, varias, y me produce ansiedad, mucha. Las cosas que pasan en mi entorno me afectan por más que yo quiera darle el “fuck it treatment”. Que digamos estupideces por Facebook me enerva; que critiquemos a la Vampi de Lajas de forma desalmada y humillante, desde una superioridad moral impostada y asquerosa, para luego enviar imágenes de la virgencita y cadenas de oración, o imágenes de niños moribundos para que le pongamos “Amén” si deseamos que se salven, me da ganas de morirme con el niño y de hacer un video con la Vampi, respectivamente. Que además, seamos incapaces de reaccionar ante las injusticias sociales porque el fanatismo político nos come, me enferma. Que digamos que el paciente de cáncer que murió, perdió la batalla, me da ganas de metérmeles por dentro a ver si entienden que el enfermo no es un gladiadior ni un guerrero ni nada de eso que está de moda decir. Usemos mejores metáforas con las que responzabilicemos menos al enfermo por su enfermedad y  muerte. Por experiencia sabemos que las derrotas no son bien vistas y que jamás se perdonan. A nadie le gusta perder. Entonces, que quede claro que el evento éste, al que llamamos vida, no es una competencia, y en definitiva, tiene como único destino la muerte, que le llega a todo el que está vivo.

Que estemos día y noche pisando en el jodido lugar común, que seamos incapaces de salirnos del rebaño y pensar más allá de la norma y lo establecido, hace que cada día me sienta más sola. Claro, estos son unos ejemplos insignificantes al lado de tantísimas otras cosas que afectan para mal la existencia de cualquiera. Hago esta salvedad porque existe otro tipo de gente que también me saca la hiel partiendo pelos, poniendo puntos sobre las ies y reclamando matices con excesiva corrección política, pero incapaces de reconocer que esta actitud perpetúa el “establishment” y recorta nuestra libertad de expresión al pretender acallar las opiniones disidentes o disonantes. Y es que de un momento a otro somos todos un montón de neo mojigatos. Entonces, para estos narcisistas morales digo que sí, existen otro montón de cosas importantes, pero sobre las que no pienso hablar ahora. El púlpito se los dejo para que sean otros los que se regocijen en su heroísmo de buena conciencia.

Dicho esto, retomo el hilo. Decía que el fuego interior se me enciende ante cosas que pueden parecer mínimas, por eso supongo que un taller de esos de manejo del coraje no me vendría mal, o tal vez leer un poco más a Séneca y dejar de justificarme bajo la idea de que soy moderna y que el moderno siempre tiene una incomodidad/inconformidad existencial. Sin embargo, estando las cosas como están, no hay otra manera; se hace evidente y me gana la sensación de derrota.

El fracaso es parte de nuestra constitución existencial y por lo tanto, se manifestará en las múltiples representaciones que creamos de la realidad. Por ejemplo, para el húngaro György Lukács (1885-1971), filósofo marxista, esteta y crítico literario, la novela surge como forma de expresión de la modernidad. Es una forma que se distingue de la tragedia y la epopeya griegas (fromas de la antigüedad clásica). Una estructura que mediante variados elementos de composición —estrategias, artificios literarios, personajes, argumentos— expresa una época, un tiempo específico: la modernidad; el tiempo de la pérdida/ausencia o del “desamparo trascendental”, término utilizado por Lukács en su ensayo histórico-filosófico Teoría de la novela (1916), para referirse a la vacuidad que reconocen —él y filósofos anteriores—, experimenta el hombre en la realidad de su tiempo. Ese vacío al que aluden nace de una escición, una ruptura que se da entre lo finito y lo infinito; es la muerte de Dios, en palabras de Nietzsche. Este concepto —la muerte de Dios— se utiliza como metáfora para representar los cambios producto de la modernidad en la historia social y política, y en relación al conocimiento que el hombre tiene del mundo. Dios ha dejado de ser la opción “universal” y se ha convertido en opción personal-individual que resulta insuficiente para responder las interrogantes del hombre moderno.

Con la modernidad surge un desgarre entre los ideales y el mundo, resultando de esto que el hombre quede desprovisto de valores o ideales sobre los cuales descansar su existencia. Desde entonces vive en una eterna búsqueda de sentido. La novela es uno de esos intentos de búsqueda infructuosa, pero no por eso desdeñable. En esta ocasión, el recordatorio de esto nos lo hace el escritor Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948), quien en su ensayo titulado “Por una biografía del fracaso”, contenido en su más reciente libro Impón tu suerte (2018), reconoce la falta que hace un “mapa de confesiones de honrosos fracasos que, ampliando el panorama crítico desde dentro de la creación misma de la literatura, ayudaría a los autores a contrastar problemas y a trabajar con mayor conocimiento del terreno… Desde El Quijote en adelante, la moral del fracaso es la verdad ética, e incluso la verdad metafísica de los héroes de la novela moderna. A fin de cuentas, hay que aceptar el fracaso, sin rencor ni vergüenza, como prefiguración natural del destino” (39).

Nuevas corrientes de esclavitud

En el mundo actual, la esclavitud sigue siendo una llaga tan pesada y cruel que la ONU consagra anualmente el 23 de agosto como “Día internacional del recuerdo del tráfico de esclavos y de su abolición”.

El lenguaje es ambiguo. No se puede hablar de recuerdo del tráfico de esclavos como si eso fuera sólo un mal recuerdo. No lo es. La misma ONU sabe que, cada día, en las fronteras de algunos países de África, todavía se ven camiones apiñados de niños y adolescentes llevados al tráfico de esclavos. En países “del primer mundo”, el tráfico humano se hace clandestinamente, de forma igualmente cruel y violenta.

La misma ONU calcula que todavía existen más de 800 mil personas sometidas a regímenes de esclavitud. Los campesinos trabajan como esclavos en granjas que son verdaderos campos de concentración. Mujeres son obligadas a prostituirse. Niños son robados de sus casas hasta para servir como donantes de órganos. Eso ocurre en todos los continentes. En Brasil, ese problema es tan grave que, en 2014, la conferencia de los obispos (CNBB) lo tomó como tema de la Campaña de Cuaresma.

En 2017, en todo Brasil, el Ministerio de Trabajo del actual gobierno ilegítimo actuó 131 empresas que mantenían a personas en régimen análogo a la esclavitud. En el campo, la agricultura y la ganadería son sectores en los cuales se han aún encontrado campesinos aprisionados con corrientes eléctricas. En las ciudades, es sub-humana la situación de trabajo de muchos obreros de la construcción civil y del sector textil.

La explotación del otro al servicio del lucro no es un abuso del sistema. Es la misma lógica del capitalismo. Si se considera legal que cinco brasileños posean una riqueza equivalente a la mitad de la población, eso solo puede darse como fruto de la explotación del trabajo y de la fragilidad de las personas. El papa Francisco siempre nos alerta en contra la cultura del individualismo y de la indiferencia. En julio de 2013, en Lampedusa, la isla italiana a donde intentan llegar miles de migrantes clandestinos, el papa declaró: “Pidamos a Dios la gracia de llorar por la crueldad que hay en el mundo y en nosotros, incluyendo aquellos que toman decisiones socioeconómicas que abren el camino a dramas como este”.

Las Iglesias cristianas tienen como misión testificar el proyecto divino de paz y justicia en el mundo para vencer todas las estructuras inicuas. Más que en tutelar la sociedad y querer imponer a todos leyes y reglas que las iglesias crean para sus fieles, los cristianos están llamados a testimoniar la verdad de lo que san Pablo escribió: “Fue para que seamos libres que el Cristo nos liberó “(Gal 5, 1).

El Maestro 2

Dirigida por Nelson Rivera y el artista plástico Garvin Sierra, El Maestro 2 se estrenó en la Sala Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes, del 21 al 24 de junio. La iluminación estuvo a cargo de Pedro Iván Bonilla; la producción ejecutiva a cargo de Y no había luz; los servicios técnicos a cargo de Tranki, Inc.

La obra inicia con el actor Teófilo Torres sentado frente a un pequeño escritorio, con una taza de café a mano y, frente a él, una pequeña libreta. Sobresale el hecho de que el escritorio se encuentre sobre una superficie de grama que se extiende quizás unos 6 pies hacia adelante de este y del personaje. La iluminación en este momento es tenue y concentrada. El personaje, vestido casualmente, y quien debiera entenderse como contemporáneo de los espectadores, lee o recita en voz alta palabras que pronto se reconocen como pertenecientes a discursos de Pedro Albizu Campos.

Si bien es cierto que, contrario a la primera parte de El Maestro, Teófilo no hace el papel de Albizu, las palabras de su personaje continúan siendo en su totalidad las del líder nacionalista. La articulación de Teófilo aquí es lenta, en ocasiones algo acartonada, probablemente para alejarse y distinguirse de la figura histórica que anteriormente protagonizó. Eso sí, esta nueva articulación ayuda a que aquellos momentos en los que se acerca al tono de voz y al estilo de Albizu se caractericen por su inusitada fuerza y resonancia.

La selección de los parlamentos –que, según expresó Nelson Rivera para El Nuevo Día (21/6/2018), provienen de discursos pronunciados entre los años 1948 y 1950, años de discusión intensa provocada por la elección de Luis Muñoz Marín y el camino hacia la aprobación de la Ley 600– busca, sin querer descontextualizar el momento histórico y el espacio de enunciación original, demostrar las conexiones que existen entre las coyunturas de aquella época y la nuestra. En el parlamento del personaje, resuena la Junta de Control Fiscal cuando recita fragmentos que se refieren al control que tiene el gobierno estadounidense sobre la colonia. Resuena FEMA y las nuevas ayudas federales cuando se habla de las migajas con las que se “compran” a los niños puertorriqueños. Incluso aquellos aspectos que más han envejecido del pensamiento albizuista y nacionalista, como el que se refiere a sus políticas de género y en torno a la mujer, se movilizan en la obra, quizás por un lado para no borrar por completo lo que nos separa de aquella figura histórica, pero por otro para recordarle al público las importantes jornadas de los últimos dos años del 8 de marzo, Día internacional de la mujer trabajadora, y de esa manera, tensamente, sostener en el presente incluso algunas diferencias que se tienen con el pasado.

En la medida en la que progresa la obra, se van trayendo a escena instalaciones artísticas que quizás como mejor se podrían describir sea como pequeños conglomerados de mercancías, o “instalaciones-mercantiles”. Otras instalaciones, en lugar de ser traídas, descienden desde arriba del escenario. Aquí se puede apreciar lo que el director Nelson Rivera expresó en el artículo anteriormente citado: “La pieza fue creada para ser presentada en la Sala Experimental Carlos Marichal del Centro de Bellas Artes de Santurce. En ese espacio, el público está sentado alrededor del escenario” (El Nuevo Día 21/6/2018). Y ese “estar alrededor” se aprovechó al máximo con la introducción de estas instalaciones. Poco a poco el personaje se va perdiendo de vista. Primero, solo a ciertas partes de la audiencia, aquellos frente a quienes se colocaron las primeras instalaciones. Finalmente, se pierde por completo de la vista de todos en la medida en que se forma un cuadro de instalaciones alrededor del personaje, una “cárcel mercantil” que, paradójicamente, mientras hace perder de vista al personaje, se hace más visible debido a la iluminación creciente. Ante la pérdida del personaje, la visibilidad de los objetos. El espacio teatral casi se borra para convertirse en un “inmenso arsenal de mercancías” (Marx, Contribución a la crítica de la economía política).

¿Qué se encuentra en estas instalaciones? En una, muñecos inflables de Sponge Bob y Jimmy Neutron. En otra, la lotería tradicional en tablillas de madera. Un yeso y unas muletas, amarradas a una verja. Tablas de madera con galones de Clórox. Una gran lista de cortes de carne y sus precios. Etc.

Las instalaciones-mercantiles cumplen una función clave en la obra: hacen hincapié en que el imperio y el sistema capitalista al que se enfrenta el Puerto Rico de hoy día es distinto al enfrentado por Albizu Campos, pues la violencia política frontal – que todavía existe – es acompañada por una violencia por parte del mercado, reificante, insistente, y que permea todos los segmentos de la vida social y cotidiana, como lo demuestra la gran variedad de “productos” insertados o referidos en cada instalación. Como si se dijera que la lucha emancipatoria también tiene que darse en este campo económico, donde el único producto local que aparece en escena es ¡la lotería tradicional![1]. El mercado, también, es capaz de encarcelar y limitar. Y los 30 mil millones de ayudas federales asignados posterior al huracán María son, también, de una manera compleja y contradictoria, un bombardeo apaciguante producto de la relación colonial.

La alusión al encarcelamiento de Albizu a través de estas instalaciones es evidente. Pero más enigmático aún es el hecho de que, dado que no es Albizu quien es representado en escena, no sea el personaje histórico quien es encarcelado, sino sus palabras encarnadas en un personaje contemporáneo. Este entrampamiento obliga a la audiencia, curiosamente, a concentrarse en aquello que queda atrapado pero que todavía es capaz de percibirse: la palabra. Si bien es cierto que el personaje que habla no es Albizu Campos, al perderlo de vista se podría decir que se deja a un lado la distinción entre el personaje histórico y el personaje ficticio. Es decir, al perder de vista al personaje contemporáneo, cobra fuerza el recuerdo de quien originalmente enunció las palabras. El encarcelamiento, pues, es interpretativamente ambiguo, pues hace surgir tanto como hace desaparecer.

De manera quizás ominosa, al concluir la obra, las instalaciones-mercantiles permanecen para que el público vaya a la escena y las aprecie de cerca, mientras el personaje/actor sale del espacio teatral. Como si la obra produjera una emboscada final: los espectadores, al observar las instalaciones, parecerían participar de la vida social reificante que se critica a través de las propias instalaciones. ¿Una victoria de los objetos que llevan a cabo el encarcelamiento? Quizás. Pero la permanencia del capital, espero (es una obra que, después de todo, enmarcada en la derrota, apunta a la esperanza, a un futuro distinto), debiera ser solo pasajera.

Está abierto al debate cuánto del llamado político de Albizu tiene vigencia hoy día, aunque las conexiones entre la coyuntura suya y la nuestra quedan bien sugeridas en “El Maestro 2”. Quizás solo un futuro vislumbrable, fuera de la escena y de la obra teatral, sea la única manera de idear un posible desenlace a este encarcelamiento que, aunque aluda al pasado, ocurre en nuestro presente. (¿Será significativo que por donde único no se logra atrapar al personaje sea por encima suyo? Como para decirnos que se debe tomar el cielo por asalto.)

Nota:

[1] Lowell Fiet, en una aguda reflexión sobre la obra y publicada en En Rojo (5 al 11 de julio, 2018), interpreta los objetos de las instalaciones de la siguiente manera: “lo que baja o entra es basura… Para mí, esta instalación del consumismo representa lo que hemos recibido a cambio de 70 mil millones de dólares de deuda: nada de valor. Es lo que tenemos en vez de buenos sistemas de educación, salud, energía eléctrica, agua, transportación y comunicación. Aprendimos en septiembre pasado precisamente cuán deficientes son estos sistemas y cuán pobre y corruptamente los gobiernos de Puerto Rico desde los años 1950 en adelante han manejado los fondos y recursos públicos. Y Albizu lo dice”.