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Crucigrama Miguel Pou

Horizontales

1. Miguel _____ Becerra; pintor, dibujante y educador puertorriqueño. Autor de Retrato a pluma del tío Ramón, Los coches de Ponce, Las calesas de Ponce y Retrato de Betances.

4. _____ de montaña; pintura de Pou de 1923.

9. Punto cardinal.

12. Obscuro.

14. Paisaje _____ de Aibonito; dibujo de Pou de 1946.

16. Carta de la baraja.

17. _____ en la cocina; óleo de Pou de 1941.

18. Camino _____ mercado; obra de Pou.

19. Acaba, finaliza.

21. Ángel _____; escritor uruguayo ya fallecido considerado uno de los principales ensayistas y críticos latinoamericanos.

23. Nombre de la letra l.

28. Río de Alemania.

29. Escuela de Artes _____ de Puerto Rico; Pou fue su primer director.

33. Mil en números romanos.

34. Escuchar.

35. Niñera.

36. Hogar.

38. Sonido producido por la vibración de las cuerdas vocales.

39. Repollo.

41. Labré.

42. Caballería de color muy parecido al de la canela.

44. 24 de _____ de 1880; nacimiento de Pou. Otras fuentes indican que nació en abril.

47. Miguel Pou _____; su obra ha sido reconocida en Puerto Rico e internacionalmente. Autor de Raza soñadora, Las lavanderas en patio de Ponce y Julia en la cocina.

51. _____ Belén Montes; puertorriqueña, prisionera política de EEUU.

52. Mi hijo _____; óleo de Pou de 1927.

53. Las lavanderas en _____ de Ponce; óleo de Pou.

54. Relatado.

Verticales

1. _____; ciudad natal de Pou.

2. Forma de pronombre.

3. Orden gubernativa injusta y tiránica.

4. Puerto Rico, siglas.

5. Hizo mal de ojo.

6. Cuarto principal de la casa.

7. San _____; ciudad donde falleció Pou.

8. Símbolo del erbio.

9. Sazonar con sal.

10. Algún.

11. _____ Baldorioty de Castro; retrato pintado por Pou que fuera premiado por el Ateneo Puertorriqueño.

13. Utiliza.

15. Cantina.

20. _____ hombre de la montaña; obra de Pou.

22. _____ Pou Becerra; autor de más de 300 obras, entre ellas, La promesa, San Juan de Dios, El vendedor de hamacas y Casablanca.

24. Olfateaba.

25. Existe.

26. Tercera nota musical.

27. 6 de _____ de 1968; fallecimiento de Pou.

29. Tiempo que se mantienen sin mudar la pluma los azores, los halcones y otras aves de rapiña.

30. Causen ruina.

31. Pensar.

32. Adobó, condimentó.

37. Retrato a pluma del _____ Ramón; obra de Pou.

39. Las _____ de Ponce; óleo de Pou de 1940.

40. Reza.

43. Destapan.

45. Pagó, forma coloquial en Argentina y Uruguay.

46. _____; así se conoció a la guerrillera Haydée Tamara Bunke Bider.

48. Perder el equilibrio.

49. Preposición.

50. _____ soñadora; óleo de Pou de 1939.

Las bombas nuestras de cada día.

En estos días el mundo recuerda con dolor los días en los cuales el gobierno de los Estados Unidos lanzara bombas atómicas sobre las poblaciones civiles de Hiroshima (6 de agosto de 1945) y, dos días después sobre Nagasaki. Desde ahí las guerras evolucionaron de conbates restringidos a la destrucción masiva. Hoy, las bombas de Hiroshima a Nagasaki parecen juguetes infantiles conparadas con las centenares de bombas que nueve potencias mundiales amenazan con usar.

Actualmente, los grandes imperios mantienen guerras en África y en el Oriente Médio. Así, sus empresas venden armas cada vez más sofisticadas y caras. (El mercado de armas es la segunda fuente económica del mundo, detrás de las drogas). Sin enbargo, para sus intereses colonialistas en América Latina, el imperio norteamericano promueve lo que él mismo denomina “guerra de baja intensidad” o “guerra de cuarta generación”. En las calles de Nicaragua, jóvenes protestan violentamente contra un gobierno que traiciona sus propuestas iniciales. Y la violencia policial los reprime. Sin enbargo, lo que les espera será sin duda mucho peor. La guerra económica contra el gobierno de Venezuela hace la vida del pueblo muy dura y difícil. Y al gobierno de Estados Unidos, esas desestabilizaciones de gobiernos electos le cuestan apenas unos pocos millones de dólares y no arriesgan la vida de ningún soldado norteamericano. En pocos años, el imperio ya ha logrado reconquistar casi toda América Latina. Sienpre que sea posible, EEUU paga lo que sea necesario a los propios gobiernos locales y los propios políticos brasileños y chilenos cuidan la recolonización. Cuba y Bolivia parecen la aldea de los galos de Asterix que, sin poción mágica, resisten al Imperio. Sin enbargo, los propios gobiernos vasallos del imperio se esfuerzan en dificultar cada vez más el proyecto de integración latinoamericana de Bolívar y del presidente Chávez.

En Brasil, el único que aún podía hacerle frente (Lula), con o sin respaldo de la ley, es mantenido en la cárcel. Poco importa que eso abriera a los ojos del mundo todo el proyecto inicuo del imperio y de sus vasallos.

Las bombas de Hiroshima y Nagazaki son anualmente recordadas. Sin enbargo, ¿quién recordará que entre mayo y junio de ese año más de 600 migrantes perdieron la vida en el Mar Mediterráneo por culpa de los gobiernos de Italia y de países europeos que cierran los puertos a sus enbarcaciones? ¿Cuántos migrantes murieron en estos días tratando de atravesar las fronteras de los Estados Unidos? ¿Cuántos verán a sus hijos e hijas de seis u ocho años ser llevados a campos de concentración del gobierno denocrático de la mayor potencia de la Tierra?

En los EEUU, hace más de un siglo, las personas respiran la guerra y la sociedad habla de violencia. El país tiene 310 millones de personas. Hay registradas legalmente más de 270 millones de armas en manos de particulares. Las personas son entrenadas para matar y morir. En esa cultura pautada por las armas, el desequilibrio psíquico y los accesos psicóticos de alguien fácilmente se expresarán a través del canal que la sociedad más ofrece: la violencia. En Brazil, noche y día, sin cesar, periódicos, revistas y programas de televisión sienbran y cultivan la misma violencia cono política, para mantener la cultura que permite la desigualdad. Este virus provoca males a toda la sociedad, pero el riesgo es que el veneno acabe matando hasta quien lo fabrica y lo vende.

Gracias a Dios, los movimientos sociales se rearticulan. La sociedad civil internacional se afirma cono sujeto de derechos y conquistas. Las religiones son llamadas a retomar su vocación de testigos de Dios Amor y fuente de paz. Todas las tradiciones espirituales pueden unirse en un gran movimiento para trabajar por la paz, tanto en el corazón de las personas, cono en las estructuras sociales. Al recordar las bombas de Hiroshima e Nagazaki, tenenos que acabar también con la bomba del hambre que mata diariamente más que las armas de guerra. Y necesitamos también cortar por la raíz el germen de la violencia instalada en la sociedad de la intolerancia y de la desigualdad social. Jesús habló: “son bendecidas las personas que trabajan por la paz porque, al hacerlo, ellas hacen lo que Dios hace” (Mt 5, 9).

c. 1989 (quinta entrega)

Cristina Pérez Díaz

Suena el cassette con mi voz de cuatro años en el walkman que me acabo de comprar. “Corran que corran que corran, corran que corran por mí.” Suenan de nuevo esas “r” híper pronunciadas. La canción es sobre una galleta de jengibre que sale corriendo del horno tan rápido como lo abren. Imagino un par de niños abriendo la puerta ya casi mareados por el olor a azúcar y mantequilla, queriendo atracar con velocidad de pájaro pesquero, y la galletita con figura medianamente humana saltando al piso y corriendo y cantando: “Corran que corran que corran, corran que corran por mí.” Y no duraría mucho rato la escena, la canción es corta, ha de interrumpirse allí donde los niños la alcanzan y zanjan sus dientes sobre el sabor ya tan olfateado. Pero no, en mi casa nunca hicimos galletas de jengibre. Yo solo cantaba la canción. La cantaba y la interrumpía después de repetir el coro tres veces: “Corran que corran que corran, corran que corran por mí.”

Se me ha quedado esa línea en la cabeza. Fuera de contexto pierde el tono juguetón de la escena infantil hogareña y gana en ominosidad. La canto ahora con voz madura y empieza a tomar un tono más bien angustioso y medio operático. Y no me queda claro a quién se la dirijo. Si se trata de una persecución inocente, o de un juego macabro que terminará con puñales, etc. Es una fuga, eso es claro. Y una invitación a la caza. ¿Quiénes son esos corredores? ¿Y por qué querrían hacer el esfuerzo de correr por mí?

Regreso a mis pesadillas. Compongo una escena con estos dos recuerdos de distinta naturaleza: una pesadilla y una canción grabada. Ahora juntas: un grupo de militares me persigue mientras yo canto con voz de soprano decaída: “Corran que corran que corran, corran que corran por mí.” Pero la composición es un gesto injustificado. Ahora la memoria y la pesadilla se combinan para producir una realidad innecesaria. Un surplus de mis miedos. ¿Para qué?

La escena al menos es bella. Ya decía antes que el ejército de mujeres vestidas de verde olivo se veía bien, que era una bandada de cuerpos diseñados, decorosos. Ahora parecen como pájaros inverosímiles en formación triangular, corriendo con pasos limpios y en secuencia tras de mí. El sonido que producen sus muchas botas sobre el piso es cruel de tan uniforme. Es todo innecesario. ¿Para qué producir esta imagen militar? ¿Y quién habría de creérselo, que me persiguen a mí, que no he hecho más que vivir como empapelada a un escritorio desde donde escribo como cartas más bien inofensivas? Pero mi canción las llama, mi canción de jengibre y miedo llama a las mensajeras verde olivo y ellas vienen prontas. Improntas. Vienen. Vienen por mí.

Todo lo que aparece ahora en el mundo se suma a mi relato y lo que se va componiendo no es tanto una novela como una secuencia de escenas cinemáticas, o una ópera improbable. El relato es el relato de mi mente, también improbable. De esta suma de pensamientos y percepciones desordenadas que se van apilando y ya pasó una semana y me toca otra entrega y aquí está: hablemos de mis pesadillas y de los años finales de la década del 80, pero hablemos mejor de cualquier cosa y no dejemos de hablar nunca de mi niñez y de la niña miedosa que se sienta al lado mío en el tren del tiempo, me mira fijamente a los ojos y me dice que me calle pero no sé qué exactamente debo callar.

Ahora por qué no proponemos algo novedoso. Es la niña la que corre, no soy yo, pero canta con mi voz madura desde mis treinta y tres años actuales. La incongruencia entre cuerpo y voz debería asustar a la estampida de militares verdes, y no lo hace, ellas son otra cosa hecha de una sustancia que se despliega solo aquí mientras escribo y por eso perdónenme, tengo que seguir. De repente, la niña se detiene y voltea, deja de cantar y saca de la nada así como aparecen los objetos en los sueños desde la densidad de la inmateria un violín. Tiene las cuerdas oxidadas y el arco anda descabellado. Aún así la niña lo toca y es una música como de lodazal. Así que las soldadas se hunden en el suelo marrón y muy mojado, las botas hasta las rodillas, tan pesadas que ya no se puede ni pensar en dar un paso.

Nos hemos salvado. Quedan allí más bien plantadas, como que de pájaros pasaron a ser más bien árboles pantanosos. El violín ha cumplido su propósito y desaparece de la imagen así mismo como hizo su presencia. Ahora soy yo quien está parada mirando el nuevo bosque. Al haber perdido el apoyo de un suelo firme, noto que son incapaces de disparar. La batalla está ganada a medias. Necesito una estrategia para quitarles los rifles que no son rifles son escopetas. Necesito, necesito, realmente, pájaros.

Entonces no era que no sirviera para nada esto de ir componiendo un relato arbitrariamente desde la combinación de todos los materiales a la mano. Ahora ya vimos que sí, que en este ejercicio aparentemente banal, los pájaros les tiran a las escopetas.

Agua Maravilla

La caja la recibió abierta y rebuscada. Luego de contar los frascos y de hablar con su madre, confirmó que le faltaban cosas. Siempre pasaba, pero no tenía a quién reclamar. Solo le quedaba esperar el próximo paquete y rogar que esta vez su madre pudiera envasar las cremas en otros recipientes menos llamativos, quizá. Llevaba año y medio en la cárcel. Todavía se dilucidaba el caso, pero por lo que se ventilaba en los medios, solo se tramitaba su extradición, pues le tocaba una condena larga en una institución federal.

Desde el día cero había sido fiel a su rutina nocturna: primero se lavaba bien para sacar todas la impurezas, la piel muerta de la cara y dejarla bien fresca; luego, tonificaba todo el rostro con agua de rosas y lo humectaba con crema Pons, tal como su madre le había indicado en sus últimas conversaciones. En la mañana volvía a lavarse la cara —con la limpiadora de Estée Lauder, porque el jabón de baño era muy fuerte para su piel delicada y bella—, la humectaba nuevamente con Pons y se aplicaba protector solar por si tocaba salir al patio. Una vez a la semana: la mascarilla reafirmante para el cuello y las manos.

Wichito no era maricón. ¿Un machote como él? Jamás. Lo que sí era él era un mamito, con placa y pistola, y muy pocos escrúpulos, con tan pocos que hasta le costaba acatar las leyes de la naturaleza. Bueno, con solo decir que era un asesino basta.Otal vez, no. Tal vez habría que añadir que abusaba del poder que tenía y que era un engreído. Cuando ingresó al cuerpo policial sus ínfulas eran inmensas, no dudaba en exhibirse como el que más frente a sus amigos y familiares. Venía al pueblo a desplegar su poder y testosterona por las cuatro esquinas. Cuando hizo lo que hizo, a muy pocos les sorprendió. Eso se veía venir de un hombre como él que, sin encomendarse a nadie, tumbaba cocos con su arma de reglamento mientras los chamacos del barrio trepaban la palma al mismo tiempo. En esas tardes de paseo por el campo, cansado, se tiraba bajo el palmar a fumarse un pitillo de mariguana de los que guardaba en su cajetilla de cigarrillos. Era todo un ejemplar; un Agente de Arrestos Especiales que mató a un jovencito que suplicaba por su vida arrodillado y esposado. No le temblaron las rodillas, para eso era todo un macho de Ley y Orden. Pero ver los surcos del tiempo marcados en su rostro lo hacía cagar blandito. Todos tenemos nuestro talón de Aquíles, supongo. Entonces, decidió buscar la fuente de la juventud en la cárcel y gastarle el dinero a su familia a partes iguales entre productos de belleza y abogados. Ya son cuarenta años de la muerte de la joven víctima de Wichito, y Wichito sigue vivo y preservado. Entonces pienso en lo mucho que hay que quererse. Quererse con cojones.

Estación a la deriva (X)

ÁMSTERDAM, 1995 // No estoy aquí. No estoy, no estuve nunca. / No veo esta ciudad que se abarrota / de rostros sin historia. Me es ignota / y acaso necesaria. Esta voz trunca / la dice y la desdice sin saberla / y apenas sin oírla. En cada calle / tan suya ella se guarda su detalle / y tú el tardo deseo de tenerla. / Las putas y la hierba, la bocina / de un tren gastado y viejo que camina / por los pasillos de este laberinto / que es Ámsterdam, la sucia, la que implora / las sobras del amor, la que atesora / un sueño en cada cual, tal vez distinto.

*

ÁMSTERDAM ES TAN DISTINTA a las ciudades que conozco que apenas comienzo a asumir que estoy aquí, caminándola. Hoy el día ha sido de pura y deliciosa disipación. Caminamos calles delgadas, entre viejos edificios, bordeamos canales interminables, visitamos varios cafés, tomamos cervezas aquí y allá, fumamos y alucinamos por las calles no menos alucinantes. Felizmente, aquí todo dista de lo que conozco. Las mujeres, bellísimas, conducen sus bicicletas en minifaldas cortísimas, bellas mujeres de cuerpos aún más bellos, calmadas. Por cada esquina ves un derroche de belleza inusitado, y todo te sorprende con calma, sin la urgencia de tener que escapar al instante. Hoy recorrimos las calles de la parte más antigua de la ciudad, parándonos dondequiera, dialogando, comiendo, bebiendo, fumando. Cavilamos sobre todo y sobre nada, sobre la posibilidad de ser otros, sobre la posibilidad de que este viaje a Europa nos haya cambiado irremediablemente. Escribir aquí, en el tercer piso de un hotel barato, frente a un canal, junto a la grandiosa estación central de trenes; sencillamente estar aquí, trazando líneas para que se las trague el olvido, es ya de por sí vivir de otra manera, es saber que existen otros mundos habitables, y que la pobreza de nuestro encierro insular puede ser abolida. Estar aquí es poder dejar de ser esto o lo otro, y sencillamente no tener tan claro qué es lo que soy, si algo soy. Estar en Ámsterdam es no sentirme solo dentro de la soledad absoluta, es habitar miles de cuerpos y de formas, e ir poco a poco diluyéndome en los otros, los que me confirman y me niegan, los que creyeron mirarme y que no vi, pero estuvieron allí, formando una tela infinita y cambiante. Ámsterdam es ahora para mí esa tela de Penélope tejida y destejida cada noche y día. Estar aquí, en la deliciosa y sucia Ámsterdam, donde abundan el sexo y el arte, el alcohol y la hierba, es al fin y al cabo descubrir que soy otro, acaso desconocido para mí mismo, y que siempre he buscado secretamente alejarme de la lucidez de los cuerpos lastimosamente reprimidos, y que el asceta puede ser un gran resentido, hambriento y sediento de aquello que aparentemente repudia. Soy otro, he sido otro, dos días en Ámsterdam me han bastado para saberlo. Sé que Ámsterdam siempre será un sueño al que buscaré regresar.

*

LAS CALLES CEDEN, SUCIAS, al que pisa / con vago afán, con paso tembloroso, / y en súbito delirio una sonrisa / emerge de lo oscuro. Ese reposo / estalla entre las piernas de la prisa / y le deshace el rostro, ya borroso, / y le mutila el vientre y la esclaviza / hasta abolirla. Muero en el dudoso / preludio de las calles, y sonrío / con una risa extraña. Me extravío / y siento que me llaman a lo lejos, / en un rincón del mundo que no he visto / y acaso no veré. Tan sólo existo / en la fugacidad de los espejos.

*

EL AGUA ME INTERROGA EN CADA ESQUINA. / Me pierdo y me recobro en ese rito / de arena. Cada calle que transito / me muere y me renace. Una bocina / de tren me llama. Habito la escalera / que desciende al canal, y en ese trance / decido asesinar la tonta espera. / Ella muere a mis pies. Que en paz descanse. / El agua me interroga en los rincones / del mundo, y se desborda en los salones / y me saca a las calles. Yo camino / y corro y me sujeto de los puentes / pero el sonido sordo de la gente / se rompe en mí y me arrastra a su destino.

*

PARA HABLAR DE UNA CIUDAD ALUCINANTE habrá que alucinar, que descender en el rito difuso de las hierbas y las sales. Para hablar de Ámsterdam habría que usar otra lengua en la que el miedo y el deseo, la sal y la sangre, se mezclaran y fueran uno y una. Habría que difuminar los sentidos, dejar que el tacto, el olor y el sabor hablaran, permitir que cada sensación y cada disipación fuera relatada en sus propios términos, en su propia lógica de sudores y locuras. Para hablar de Ámsterdam sencillamente habría que beber y fumar como si se acercara el fin del mundo, y este paseo que damos fuera el último y definitivo. Para hablar de esta ciudad habría que tomar un largo respiro y sentir cómo cada cosa te llama y cómo el flujo de todo es el flujo propio, el de los pasos propios que se dejan llevar. Y sonreír y sonreír, hasta disiparse en la risa.

*

VOLVER A TI, VOLVER. Volver al sueño / de no soñar. Volver, volver aprisa / y nunca despedirse o tener dueño. / Volver aunque nos cueste la camisa. / Volver a ti y pisarte en la tiniebla, / beber el magma inquieto de tu origen / y compartir el tacto que te puebla, / besarte en cada estatua que te erigen. / Volver a la promesa de tu boca / y en ti sentir que el orbe se trastoca / para decirte, a ti, la más querida / de entre las soledades en que habito / y así sentir que el rito es infinito / y que en el rito se nos va la vida.

*

HEMOS NACIDO SIN DIOS QUE NOS PROTEJA. Hemos nacido sin padre ni madre, sin tierra, sin historia. Hemos nacido tan abismalmente solos que es difícil decirlo. Nacimos sin promesa de salvarnos, sin sueños por cumplirse. Nacimos desatados al mundo, con la furia de sabernos sin raíces, con la alegría indecible de no estar atados. Nacimos de nuestra contradicción perpetua, de la pregunta incontestable, de la piedra que rueda cuesta arriba y cuesta abajo. Nacimos de Sísifo. Nacimos de un vientre sin rostro, pero añoramos dicho rostro, su cuerpo, sus sales. Nacimos de la contrariedad de haber nacido, de ese dolor profundo, de esa herida que no sana, y al final sólo queda la muerte, la desnuda muerte que va puliendo sus gemas.

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SOBRE EL TACTO FUGITIVO / de tus dedos voy forjando / la pregunta: ¿cómo? ¿cuándo? / ¿Se me escapa algún motivo? / En el rostro frío, esquivo, / me recobro y me retengo. / De este mágico abolengo / de caricias desprendidas / nacen mil cosas queridas / que querría y que no tengo.

*

NO NOTARÁN LAS CALLES QUE ESTOY VIVO. / Seré una cosa más, un amuleto / del viento, la promesa de un secreto / que no revela nunca su motivo. / No ser en un balcón, no ser al lado / del tren o de un café lleno de gente . / Esa es la solución: no se de frente, / de espalda, bocarriba o de costado. / No ser. Que sólo el mundo viva y sea, / que nos borre la espuma en la marea / y se deshaga en cada movimiento / el paso que hemos dado hacia el abismo. / Que todo, en un morir consigo mismo, / se borre. Que este verso se haga viento.

*

QUE SE ROMPA LA NOCHE y el hueco que quede se haga inmenso. Que el vino que fluye por mi boca traiga nombres antiguos. De la sal surge el recuerdo, de la sal en los ojos, de las sal en el vientre y en la piel. De los mares de sal que fluyen por la espalda se sacian los ríos, pero la sal y se derrama el agua. Que se rompa la luz y en la tiniebla podamos gozar el rito antiguo. Que se rompan las calles de París, pero que queden tan grabadas en mi mente que pueda habitarlas a mi antojo. En medio de esas calles te hallaré, tan descansada de mí que has de matarme. Entre rostros nacerás y crecerás como ninguna, y en el mismo centro de tu anonimato gritarás mi nombre. Que se rompa mi nombre. Que se rompa esta sílaba de viento. Encuéntrame fugaz, sentado en un café, rondando librerías, sorbiendo el vino que ahora sorbo. Encuéntrame proteico, polimorfo, en el rito mismo de las mutaciones. Encuéntrame en las metamorfosis del silencio, en las variaciones de esta soledad entre multitudes. Encuéntrame feroz, en la embestida, deshaciendo la brecha que nos guarda, rompiendo de golpe esta distancia de siglos, y arrástrame, deshecho. Pero antes, que se rompa la noche y que quepamos en el hueco que quede, y que ese abismo nos colme y nos exceda, para que no volvamos a estar solos, y una vez reunidos en el rito del vino y de las sales, ya no seamos dos, sino uno solo, roto y desbordado en el vacío.