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1968: Año emblemático y puerta al futuro

Hay años que se convierten en emblemas históricos. Por ejemplo, decimos 1898 y ya enunciamos mucho para muchos. Piénsese en la carga histórica que esa fecha tiene para españoles, boricuas, cubanos, filipinos y estadounidenses: es el final de un imperio y el comienzo de otro, comienzo y final que sacuden y alteran mundos. Creo que algo parecido ocurre con 1968 en otros contextos nacionales: Francia, México, Estados Unidos, Vietnam, por ejemplo. Aclaro de inmediato que esa fecha tiene particular significado y repercusiones muy concretas para mí como individuo. Las tiene porque mis experiencias vitales de ese momento fueron muy fuertes y sirvieron para modelar mi visión de mundo.

Me gradué de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras en mayo de 1968. Mis años universitarios fueron marcados por un nuevo auge en el activismo estudiantil, en el ámbito específico de la universidad, en el de la política nacional y en el amplio contexto internacional. Participé en el movimiento estudiantil de mis días, nunca de manera protagonista, sólo como soldado de filas, pero siempre fiel y constante. Esa participación me marcó para siempre. Por ello mismo, en mayo de 1968 ya de regreso a mi pueblo, al oír las noticias sobre las protestas estudiantiles en la Sorbona –el locutor de la emisora radial aguadillana, creo que por ignorancia y no por maldad, empleaba una metátesis y llamaba a la universidad parisina la Soborna– me sentía identificado con esos otros universitarios que por unas cuantas semanas pusieron en jaque al gobierno de su país. Cuando oía esas noticias sobre Francia pensaba en nuestra propia lucha contra la presencia del ROTC en el campus, lucha que reflejaba, entre otras cosas, nuestra oposición a la Guerra de Vietnam. Desde la remota y periférica Aguadilla –sí, llamé al locutor para señalarle su error ya que me parecía ofensivo y degradante– me sentía unido a los universitarios parisinos, aunque estuviera lejísimo del centro de sus acciones, las que marcaron la historia de su país y tuvieron repercusión alrededor del mundo, inclusive en mí, insertado de nuevo en mi provinciano pueblo tras mis años universitarios.

Por ello, cuando hace unos días me topé por casualidad y por suerte con un libro que parecía estudiar ese emblemático y hasta simbólico año (Antonio Elorza, Utopías del 68: de París y Praga a China y México, Barcelona, Pasado & Presente, 2018) no titubeé un segundo en comprarlo. Unos cuantos días más tarde lo leí con interés; lo devoré con ansiedad. Descubrí que el libro no era lo que buscaba o lo que este parecía ofrecer desde el título, pero, no por ello, dejó de ser de interés y digno de comentario. Por ello mismo y, sobre todo, por las posibilidades que me sugiere, por las puertas que nos puede abrir, decidí escribir estas líneas sobre un texto que parece estar más allá de mi campo. Aclaro que me acerco al mismo, como en tantas otras ocasiones y como con tantos otros libros, esencialmente como lector interesado y crítico, no como especialista, pues, en gran medida eso es lo que soy y lo que siempre he sido: un lector interesado y crítico. Desde esa perspectiva y con esas salvedades, comparto los siguientes apuntes sobre este libro.

Antonio Elorza, de origen vasco como lo evidencia su apellido, en 1968 era un joven profesor universitario en Madrid. Se había formado con distinguidos catedráticos españoles que trataban de mantener un cierto nivel de altura moral, rigor intelectual y libertad académica en el doloroso contexto de la universidad española del final del Franquismo. Elorza, como él mismo nos relata en el apéndice autobiográfico con que cierra el libro, también participó en las luchas estudiantiles de ese momento y quedó impactado por ellas. Durante sus años de estudiante fue marcado por José Antonio Maravall, especialista en el barroco y cultivador de la historia cultural, y por José Luis Sampedro, economista y politólogo de larga vida quien hasta hace relativamente poco, justo antes de morir, impactó al mundo español con comentarios políticos que repercutieron en la formación de nuevos partidos que tratan de distanciarse de la corrupción de los viejos. Pienso, por ejemplo, en su iluminadora introducción al librito de Stèphane Hessel, Indignés vous (2010), traducido al español como ¡Indignaos! (2011), libro e introducción que tanta repercusión han tenido o tuvieron en España, especialmente entre los jóvenes. Fue esta experiencia personal lo que llevó a Elorza a escribir Utopías del 68…, texto que aparece a los cincuenta años del movimiento estudiantil. ¿Es un homenaje a esos acontecimientos tan importantes y representativos de su momento? Para responder a esa pregunta y otras hay que examinar el contenido de su texto.

Tras una página donde presenta un diagrama que trata de resumir gráficamente la historia de ese año ejemplar y los movimientos que generó, el libro comienza con una introducción donde se discuten algunos de los pensadores que impactaron a los actores del 68. Apunto dos comentarios sobre este capítulo. Primero, no presenta las corrientes que impactaron a los activistas de todos los países que estudia ya que se centra, muy particularmente, en los que influyeron a los universitarios franceses. Segundo, presta mucha o demasiada atención a uno de esos pensadores, Herbert Marcuse (1898-1979). Más tarde, en el apéndice autobiográfico que cierra el libro, nos enteramos que Elorza hizo una de las primeras traducciones de este importante pensador al español, lo que puede ayudar a entender su marcado interés en apuntar su impacto sobre el 68, especialmente el francés y el estadounidense. En general el capítulo introductorio es muy vago y se centra desmedidamente en el ámbito intelectual francés, a pesar de que el libro promete una visión mucho más amplia, casi global, del 68.

El cuerpo del libro lo componen sendos capítulos donde se estudian los movimientos políticos contemporáneos en Francia, Italia, Checoslovaquia, China, Camboya y México. Como apéndice del capítulo sobre China se estudia en caso peruano, dado el impacto del maoísmo en Perú, impacto que se concretiza en el movimiento de Sendero Luminoso. Elorza nos ofrece una muy buena visión panorámica de la actividad política en cada uno de estos países, pero la selección de los mismos como focos de atención no crea un texto coherente o con objetivos claramente definidos. Los casos de Francia, donde se dio el movimiento estudiantil que ha marcado más que otros ese momento emblemático –sólo hay que decir París 1968 para evocar una imagen del fenómeno histórico–, y el de México –2 de octubre de 1968, día de la Masacre de Tlatelolco, suceso que, en cierta medida, se podría ver como un trágico cierre de ese emblemático año– son los hechos que mejor definen el momento, con sus logros, contradicciones y fracasos. Los casos de los otros países no se pueden colocar en el mismo contexto si lo definimos, como en los otros dos, ideológicamente por el impacto de los movimientos universitarios y cronológicamente por darse en la fecha concreta del 1968. Es innegable que en todos los otros casos, especialmente en los de China e Italia, la participación de los universitarios fue muy importante, hasta central, pero no fue la mecha que encendió el movimiento político del 68 en esos países. Esto es particularmente cierto en el caso de Checoslovaquia y Camboya donde las acciones políticas del momento se iniciaron desde la posición central de los gobiernos entonces dominantes y no desde la periferia de su mundo estudiantil. En el caso de China el movimiento de la Revolución Cultural, hecho que marca la década que Elorza emplea como marco histórico, sí tuvo como protagonistas a los universitarios, pero fue planificado, iniciado y ultimado por el poder central, por Mao mismo. En otras palabras, los casos que Elorza toma como paradigmáticos no forman una unidad coherente, definida por los movimientos estudiantiles, como en el caso mexicano y el francés, ni están delimitados por el marco temporal del 1968, como hito inicial ni final.

Además y sobre todo, al libro le falta un capítulo sobre los Estados Unidos, país que impactó a todos los otros estudiados y ámbito donde los movimientos estudiantiles fueron trascendentales en la política nacional del momento, especialmente en cuanto a la oposición a la Guerra de Vietnam, hecho que marca profundamente los movimientos universitarios en todos los demás países estudiados y que produce manifestaciones culturales e ideológicas que definen los llamados “Sixties”. ¿Cómo estudiar los movimientos estudiantiles a nivel internacional en esa década e ignorar las protestas en Berkeley, en Kent State, en Columbia, entre muchísimos otros casos de activismo universitario estadounidense?

Sorprende además la ausencia de una mera mención del movimiento de liberación homosexual iniciado en el caso de los Estados Unidos por la revuelta de Stonewall (1969), aunque en varios momentos se menciona de pasada esta corriente, aunque no este hecho, y aunque se reconoce la gran importancia que tuvo la liberación sexual dentro de ese contexto ideológico en Europa y en los Estados Unidos. Elorza destaca el fenómeno de la liberación sexual en general y en el contexto de pensadores como Marcuse quienes la apoyaban y la proponían como necesaria. Este es uno de los rasgos de importancia en la nueva ideología del 68 europeo y estadounidense, pero una que no se desarrolla debidamente en el libro.

Tras leer el cuerpo del libro esperaba que en su breve conclusión se atarían todos los hilos sueltos que iba el autor presentando en los capítulos centrales; esperaba que aquí Elorza nos ofreciera una justificación de la selección de los países que estudia y, sobre todo, que nos diera un cuadro coherente que explicara su visión englobante del 68 que parece ser nueva porque va más allá del fenómeno francés y porque excluye a los Estados Unidos. Pero así no fue: en las conclusiones no se ofrece esa visión de conjunto ni se da una imagen concreta y coherente del año 68 y su repercusiones. En verdad, aquí esencialmente se vuelve a los planteamientos del capítulo introductorio.

A pesar de estas graves fallas, Utopías del 68… es un libro que vale la pena leer por su repaso de la historia del momento y por su intento de definir y redefinir una década tan importante en el desarrollo político mundial. Fue para repasar y para escrutar lo que ocurrió en ese año emblemático que tanto me marcó que leí este libro. Es que, más que un homenaje al 68 –lo que se hace de manera muy indirecta pero efectiva–, el libro de Elorza intenta ver las repercusiones que los movimientos políticos de ese momento tienen aún sobre nuestros días. Por ello y por ejemplo, en el capítulo sobre México se enlaza la masacre de Tlatelolco de 1968 con el movimiento zapatista que estalla en 1994 y que aún sobrevive, aunque muy de capa caída.

Pero también leí Utopías del 68… pensando en nuestro 1968, en el mayo del 68 en nuestra universidad. Vietnam, la lucha por la independencia, la liberación sexual, las reformas universitarias, los grandes esquemas políticos estaban presentes entre nosotros, los universitarios boricuas de ese momento. Lo recuerdo todo muy vivamente. La lectura de este libro y lo que el mismo evoca en mí me hacían volver a ver, según pasaba sus páginas, la entrada de las fuerzas de la policía en el campus de Río Piedras, me hacían volver a oír los gritos de los estudiantes y los macanazos de los agentes policiacos. Es que al leer estas páginas vuelvo a nuestro 68, a nuestro pequeño pero también importante mayo del 68. Y es por ello mismo que pienso en la necesidad muy urgente de estudiar ese momento, por menor e insignificante que parezca y que en realidad sea en comparación con los grandes movimientos que Elorza estudia.

Quizás más que nuestro mayo del 68 específicamente, lo que debíamos estudiar sería el desarrollo de los movimientos estudiantiles en nuestra historia, comenzando por la huelga del 1948. Del 48 al 68 a nuestros días: ese estudio nos llevaría a colocar nuestro mayo del 68 en ese gran contexto que Elorza estudia y que parece revisar y revalorar. Por ello, entre otras razones, para mí valió mucho la pena leer este libro que parecerá fallido pero es de importancia.

13 de junio de 2018

Murillo del Río Leza, La Rioja

La espera que desespera

No te preocupes… Mañana viene el correo.

(El coronel no tiene quien le escriba,

García Márquez, 1958)

Por Giancarlo Vázquez López/CLARIDAD

Como en El coronel, que no tiene quien le escriba, los empleados de la Universidad de Puerto Rico, en Utuado (UPRU), experimentan un aura de incertidumbre y desesperanza al no obtener repuestas concretas sobre el futuro que le espera al recinto montañés.

Esa pesadumbre se ha intensificado cuando la matrícula del recinto se redujo sustancialmente en los últimos meses y cuando en las pasadas semanas se firmaron los traslados de tres profesores a las unidades de Ponce y Mayagüez. También, porque las condiciones de trabajo para los empleados y estudiantes son cada vez peores a causa de los recortes progresivos que viene sufriendo la UPR desde 2013, año en que se congeló la fórmula presupuestaria de la Universidad en $833 millones.

En mi búsqueda por personal administrativo para una entrevista sobre los efectos que puedan tener los recortes al presupuesto de la UPR para el año fiscal 2018-19, conocí a Mercedes Rivera, representante de la Hermandad de Empleados Exentos no Docentes (HEEND) en el recinto de Utuado.

Estando en su oficina, Rivera, evaluadora de expedientes académicos en Registraduría, me cede un asiento junto a su escritorio, agarra un paquete de papel sanitario y me dice: “Hasta papel de baño hay que traer aquí; que a veces uno va y no hay”. El Huracán María y la Junta de Control Fiscal (JCF) han sido eventos catastróficos para Puerto Rico y la UPR. “Las decisiones tomadas por la Junta, más el plan fiscal de la UPR, desde el primero hasta el último enmendado que llegó la semana pasada, todos son catastróficos”, expresó Rivera.

La Asociación Puertorriqueña de Profesores Universitarios (APPU) Capítulo de Río Piedras, publicó en su cuenta oficial de Facebook:

El doble discurso del nuevo presupuesto: dinero para la gerencia y crisis para la docencia

5 de julio de 2018

El pasado 30 de junio de 2018 la Junta de Supervisión Fiscal aprobó el presupuesto de la UPR para el año fiscal 2018-19. La JSF rechazó el plan fiscal sometido por la Junta de Gobierno, que a su vez había rechazado el que sometió el Presidente y que se discutió en la Junta Universitaria. El ente federal no solo determina la cantidad de dinero que recibirá la UPR del Fondo General del Gobierno, sino que pretende determinar en qué se gastará cada partida…

Rivera no pudo ofrecer datos sobre la reducción al presupuesto del recinto, pues es la Oficina de Presupuesto la que tiene esa información.

“No tengo conocimiento de cuánto es la reducción; sí sé que si te reducen presupuesto, son menos los servicios que vamos a poder dar, pero afecta en todo. Materiales de oficina e incluso el papel de baño. Yo compro mi papel, tape, bolígrafos, lápices, porque materiales no están comprando… Todo esto afecta, y nos afecta emocionalmente a nosotros”.

Aunque el rector interino de la UPR en Utuado, José Heredia Rodríguez, no estuvo disponible para una entrevista sobre la reducción al presupuesto del recinto y el efecto que esto tendría en los servicios administrativos, la información general es que para el año fiscal 2018-19, la Junta de Control determinó que la UPR operará con un presupuesto consolidado de $1,364 millones. Esto luego que el ente federal rechazara los $1,397 millones aprobados por la Junta de Gobierno Universitaria.

La APPU explica en la misma publicación citada que:

Algunos elementos contenidos en este presupuesto, y que son cónsonos con lo aprobado previamente en el plan fiscal para la UPR, son: aumento de $115 el crédito subgraduado y aumentos a créditos graduados; aumento en casi todos los servicios a los estudiantes; disminución a la aportación patronal al plan médico; aportación al Sistema de Retiro menor a la establecida para cumplir con la amortización de la deuda actuarial a 40 años, lo cual debilitaría el sistema [UPR]; eliminación de exenciones de matrículas, entre ellas a cónyuges e hijos de empleados; eliminación del bono de Navidad y, además, el cierre de programas académicos a través de los once recintos.

“Todos saben a nivel isla que el recinto de Utuado es el más vulnerable porque es lo que está en la boca de todo el mundo”, dijo Rivera quien cuenta con 23 años de servicio y, ante el panorama actual, no sabe qué va a suceder con su trabajo.

“Las consolidaciones es parte de lo que está sonando. En el mes de abril, el rector nos reunió para dejarnos saber que el recinto de Utuado se va fusionar con Mayagüez y que [por ende] los recintos [consolidados] van a perder algunos de sus programas. En Utuado se quedarán los de agricultura, según él”, añadió.

El Rector aseguró en dicha reunión que nadie se iba a quedar sin trabajo; que Mayagüez tiene espacio y los va a absorber. A esto Rivera le expresó que no era solo cuestión de que se quedaran sin trabajo. Que si a ella y a otros empleados [en su mayoría vecinos de Utuado y pueblos limítrofes] los van a absorber en Mayaguez, cómo van a hacer para llegar allá de lunes a viernes a las ocho de la mañana.

Según el plan fiscal, Utuado, Arecibo y Aguadilla van a pasar a Mayagüez. O sea, desaparecerán, y mucha gente se va a quedar sin trabajo.

“No me van a dar hospedaje y yo no puedo pagarlo cuando tengo una hipoteca acá. Es humanamente imposible. No hay ni cuerpo, ni carro que aguante eso… eso se llama despido tácito; me están obligando a renunciar. Eso de que hay cabida en Mayagüez… después yo me reúno con la Decana Académica y me dice que eso no es verdad. No hay espacio”.

A los cuestionamientos de Rivera, el rector respondió: “A mí también me va tocar viajar”.

Sabandijas y ratones

El recinto de Utuado –o bueno, la biblioteca–, enfrenta un problema de alimañas molestosas. Esto, como consecuencia de la falta de aire acondicionado desde antes de María. Ya se pidió un aire, pero no ha llegado.

Regina Oquendo, Directora Interina del Centro de Recursos para Aprendizaje, reconoció que el personal de la biblioteca ha dado cátedra a pesar de los inconvenientes y añadió: “Aquí hemos tratado todo, entendiendo que somos pocos y que nuestra matricula también se ha limitado”.

Oquendo, explicó que aunque los recortes en la UPR no son algo nuevo, en el caso específico de las bibliotecas, han sufrido serias disminuciones en los últimos tres años.

“Este año sí me limitaron el presupuesto, afectando la compra de recursos bibliográficos. Los electrónicos no se afectaron, excepto por las bases de datos de tecnología agrícola que llevaban con nosotros apenas un año”.

La biblioteca se vio limitada a adquirir las bases de datos que compra en conjunto con otras 14 bibliotecas de la UPR a través de un consorcio. En cambio, a pesar de que la biblioteca no pudo comprar las bases de dato de tecnología agrícola se le permitió tener acceso gratuito hasta el mes de septiembre…

Las clases empiezan el 13 de agosto y la matrícula ha bajado

A pesar de que las últimas noticias han sido que la UPR en Utuado no va a cerrar, circunstancias como los traslados, la reducción de matrícula, las condiciones de trabajo y el despido tácito, entre otras, ponen en duda este dato que ha lanzado un rayo de esperanza para quienes queremos ver el recinto abierto y en servicio, no solo de la comunidad estudiantil, si no del pueblo de Utuado.

Entonces, ¿a qué se refieren cuando dicen que el recinto no va a cerrar..?

Nueva Procuradora de la Mujer sin trayectoria de lucha

ccotto@claridadpuertorico.com

Para el movimiento feminista, la Oficina de la Procuradora de la Mujer (OPM) se ha convertido en una parte de los partidos políticos, al punto de que, desde la administración de Luis Fortuño, el primer ejecutivo no consulta su nominación con los grupos feministas como lo estipula la ley de creación de la citada oficina.

En apenas semana y media, el Gobernador nominó y el Senado confirmó a la licenciada Lersy Boria, como la nueva procuradora en propiedad de esa oficina. La nominación de Boria se dio luego de que el gobernador se negó a renominar a la licenciada Carmen Lebrón, quien ocupaba el puesto como interina. La acción del gobernador se produjo después de que Lebrón refiriera al Departamento de Justicia (DJ) la investigación sobre hostigamiento sexual en la Compañía de Turismo, que involucra a varios de sus allegados.

“No tenemos mucha información, excepto la que ha salido en los medios. Ciertamente entendemos que esta es una posición que debe venir a ocuparla una persona que esté capacitada sobre lo que son los derechos humanos de las mujeres. No es simplemente por ser mujer, no es simplemente por haber vivido la violencia que vivimos nosotras a diario en este país, es necesario conocimiento, es necesario una trayectoria”, declaró la profesora Sara Benítez, miembro del Movimiento Amplio de Mujeres (MAM) a preguntas de la prensa sobre la posición de las feministas al nombramiento de Boria.

Las declaraciones fueron dadas en medio de una conferencia de prensa en la que la Coordinadora Paz para la Mujer (CPM) denunció que las mujeres en Puerto Rico se encuentran en una crisis nacional ante la violencia de género. Benítez señaló que la Ley 20, recomienda que la persona designada al puesto sea recomendada por los grupos que trabajan con las mujeres. “Así que conocemos la Ley y sabemos que la función de la persona que ocupa esa oficina es una sumamente importante porque es una de defensa. No debe estar casada con ningún partido político”.

La licenciada Josefina Pantoja, de la Organización Puertorriqueña de la Mujer Trabajadora (OPMT), agregó que desde hace mucho tiempo, el proceso de nombramiento no ha sido consultado con los grupos feministas. Denunció que la última vez que el movimiento de mujeres fue consultado —o mejor dicho se les permitió hacer una recomendación—, fue bajo la administración de Luis Fortuño. En esa ocasión se recomendó a las compañeras Joan Vélez y Linda Lara, de ideología estadista, aunque identificadas como feministas. Las recomendaciones no fueron consideradas. Más aun, se descarriló el nombramiento de Vélez. “Desde entonces, prácticamente no hay vínculos en términos de la Ley y tampoco en términos de la Coordinadora y, sobre todo, con las organizaciones activistas”. Reconoció que con las organizaciones de servicios se mantiene cierta relación.

Aun cuando Benítez expuso que por años las organizaciones han venido compartiendo la agenda de las mujeres del País con las personas que han ocupado la Oficina, que han señalado en innumerables ocasiones la importancia de tener una educación con perspectiva de género y que se atiendan los problemas de las mujeres de forma integrada, reparó en que las funciones de la OPM no se limitan solo a la violencia doméstica. Pese a que Benítez expresó que desde la CPM están en disposición de compartir su agenda, aclaró que en estos momentos esa oficina “es parte de los partidos políticos, y nosotras no estamos participando, no nos parece pertinente en estos momentos participar”.

Frente a estas circunstancias reclamó que es importante que los grupos feministas sigan con su agenda, que es la de luchar por los derechos de las mujeres, de exigir la justicia para las mujeres como lo hicieron en el caso de O’neil, y en particular, exigir que la perspectiva de género sea transversal a todo el gobierno.

Abogadas y Abogados rechazan el nombramiento

El Colegio de Abogadas y Abogados (CAPR) también se expresó en contra de la nominación. En comunicado de prensa, la presidenta de la Comisión de la Mujer de ese colegio, Mariana Nogales Molinelli, y su presidente, Alejandro Torres Rivera, manifestaron su gran preocupación ante el nombramiento y confirmación de Boria.

“Llamamos la atención al hecho de que la nominada es una completa desconocida por las organizaciones de mujeres. No cuenta con un historial de luchas y compromiso con la equidad de género y la reivindicación de los derechos de las mujeres, como establece la Ley 20 que crea la Oficina de la Procuradora”.

Al igual que el movimiento feminista, los representantes del CAPR señalaron que el gobernador no hizo caso a la recomendación del estatuto para que las organizaciones sean consultadas, precisamente para evitar la intromisión del partidismo político en la designación. También denunciaron el hecho de que el nombramiento se hizo justo después de que la entonces procuradora interina, licenciada Lebrón, hiciera el referido al Departamento de Justicia sobre los incidentes de hostigamiento sexual en la Oficina de turismo, que culminaron con la destitución de su entonces director, José Izquierdo II. Sabido es que la inclusión en dicho referido de los licenciados Christian Sobrino y Alfonso Orona, funcionarios de alto rango muy vinculados al gobernador Rosselló, trajo como consecuencia la desafortunada expresión de la secretaria de Justicia Lic. Wanda Vázquez Garcés, de declararse sin jurisdicción, sin que hubiera dado inicio la investigación respecto a ellos y que, además, criticara la gestión de Lebrón. Lo próximo fue que el ejecutivo le relevara de sus funciones y nominara a la exdirectora de ACAA.

“El mensaje que está enviando el gobernador es uno de falta de transparencia y de que se toman represalias contra quien se atreve a denunciar la violación de derechos. En la OPM no solo fue relevada de su puesto la procuradora interina, sino otras empleadas que, aunque de confianza, pudieron tener responsabilidad en la investigación de hostigamiento sexual en Turismo. Sobre ellas, todavía la Procuraduría tiene gestiones pendientes, lo que puede poner en peligro el curso de la investigación y el apoyo que algunas de las víctimas están recibiendo”, denunció Nogales.

Ambos confirmaron que, desde la gobernación de Fortuño, el propósito de la ley que creó la OPM ha sido violentado y la entidad gubernamental se ha contaminado con el partidismo político, creándose una gran brecha entre la agencia y las mujeres. Tampoco se atienden con prontitud los problemas que estas enfrentan. Además, los procedimientos para la asignación de propuestas y fondos se han tornado más burocráticos, lentos y perjudiciales.

Entre la incompetencia y el pitiyanquismo

CLARIDAD

Cuando un gobierno privilegia por sobre todas las cosas el compromiso político a la hora de reclutar sus principales funcionarios, difícilmente podrá ser competente. Tampoco puede serlo, si funciona con la típica mentalidad colonizada que enaltece al que viene hablando inglés y con sello de gringo. Ese es el perfil del actual gobierno de Puerto Rico y si su gestión pudiera resumirse en dos palabras estas serían incompetencia y “pitiyanquismo”.

El gobierno que comenzó a armar Ricardo Rosselló a principios de 2017 ha implosionado varias veces desde aquel mes de enero, manteniéndose en estado permanente de reconstrucción. Aun cuando ha sido la administración colonial con menos taller, ya que la Junta de Control Fiscal (JCF) ocupa desde 2016 los principales campos de la gestión pública, son muy pocas las áreas donde ha demostrado alguna competencia administrativa.

Para colmo de males, le tocó lidiar con la mayor prueba de fuego para cualquier gobierno, que es la que sobreviene tras un desastre natural. El huracán María sacó a flote las carencias de una administración pública poblada de aprendices que nunca lograron llegar ni a mitad de la lección. Pero además de la gestión tras María, la mala nota se manifiesta en muchas otras áreas. Durante la segunda semana del corriente mes de julio, tras la cadena de eventos en torno a la Autoridad de Energía Eléctrica, hemos sido testigos de un nivel de incompetencia que raya en lo trágico.

La principal explicación para esa pasmosa realidad es haber pretendido armar un gobierno con los más fieles de la campaña política. Estos son en su mayoría personas jóvenes, algo que de por sí no es malo, pero cuando a la inexperiencia se une el requisito de la fidelidad extrema, la mezcla se torna corrosiva.

Durante uno de los múltiples escándalos de esta joven administración, el del llamado “Chat de Moca”, vimos que casi todos los que formaron parte de aquella conversación grupal (que juntaba a los más activos en la campaña política) pasaron a ocupar altos cargos del nuevo gobierno. La desfachatez con que aquel grupo conspiraba en una conversación cuasi pública para perturbar el resultado de las elecciones, destilaba infantilismo y fue precisamente esa pequeñez la que trasladaron a los altos cargos públicos con que fueron premiados tras la victoria electoral. Los puestos y “puestazos” fueron ocupados –algunos creados a la medida– por la misma pequeña tropa que se fajó en la campaña, que de la noche a la mañana pasó a ser ejército de ocupación. Esa mentalidad –la de la tropa que viene a arrasar el terreno recién conquistado – fue la que prevaleció.

Es posible que aquel grupo de militantes entregados a la campaña partidista pudiera haber sido eficiente en la tarea que ejecutaron, pero no es lo mismo destacarse en el fragor electoral que en el gobierno. La lista es grande y en apenas año y medio hemos visto demasiados ejemplos. La propia conspiración del chat, su encubrimiento, la incompetencia criminal desplegada durante la tragedia del huracán, el afán por ocultar los muertos que el desastre natural y la pobre gestión causó, los múltiples casos de corrupción y acoso sexual y, finalmente, la ambivalencia con que el gobierno ha enfrentado a la JCF, son todos ejemplos de lo que estamos señalando.

La otra palabra que mencioné al principio para describir al actual gobierno es “pitiyanqui”, palabra boricua que hizo entrada en el diccionario de la RAE como “imitador de estadounidense”, aunque allí se la adjudican a Venezuela. (Hasta donde sé la palabra fue creada por nuestro poeta Luis Lloréns Torres y desde sus versos viajó a muchos lugares, incluyendo a Venezuela.)

En lenguaje boricua un “pitiyanqui” es más que simple imitador de gringo. La palabra tiene aquí la carga sociológica con que tanto Albert Memmi como Frantz Fanon describieron al “colonizado”, engendro del más crudo colonialismo. Es aquel individuo que crece, no sólo imitando al metropolitano, sino también despreciándose a sí mismo, mientras pone en la más alta estima todo lo que trae colonizador o llega tras él. A lo de imitador aquí se le añade lo servil, que es lo peor.

En las administraciones coloniales puertorriqueñas siempre ha habido pitiyanquismo, sobre todo en las del anexionista Partido Nuevo Progresista, pero en este gobierno de aprendices, el servilismo ha llegado a la estratosfera. Cuando quisieron llenar la plaza del crucial del Departamento de Educación miraron hacia Estados Unidos, no para buscar a la versión moderna de Henry David Thoreau, lo que no hubiese estado mal, sino para traer a una tal Julia Keleher quien hasta ese momento sólo se había distinguido por escamotear contratos en la misma agencia pública. Ahora somos testigos del desmantelamiento calamitoso que vive ese Departamento como resultado de la gestión de la señora Keleher.

Esa tendencia, la de buscar mediocres en Estados Unidos a los que le extienden contratos escandalosos, se ha convertido en norma y en la segunda semana de julio vimos como el asunto hizo crisis en la ya maltrecha AEE. Cuando se vieron obligados a sustituir a los mediocres exmilitantes de la campaña que habían puesto al frente de esa crucial autoridad pública (Ricardo Ramos y Justo González), buscaron en EU a un tal Walter Higgins, a quien le prometieron cerca de un millón de dólares al año entre salario y bonos, estos últimos en clara violación de ley. Ya todos sabemos, con la renuncia de este Higgins y el despelote que siguió, cómo terminó el asunto.

Keleher y Higgins son dos ejemplos de una cadena bastante larga, que sin duda seguirá creciendo porque ni siquiera hemos llegado a la mitad del cuatrienio.

Bayamón

Por Eduardo Lalo/Especial para CLARIDAD

Quizá desde hace muchos años Bayamón fue una equivocación de San Juan. El pueblo de extenso territorio, cercano y al oeste de la capital, estaba en el camino de su expansión. Era inevitable que las calles y edificaciones de ambas municipalidades se encontraran formando una continuidad de brea y cemento. El hecho definitivo debió ocurrir en la década del 60 del pasado siglo, y al igual que ocurrió con Carolina y Guaynabo, lo que una vez fueron ciudades modestas y separadas, pasaron a ser extensos sectores del desparramamiento urbano de lo que se ha llamado el Área Metropolitana de San Juan.

Sin embargo, aun si la frontera entre las ciudades no era ya perceptible visualmente, ésta se preservó en las mentes. San Juan era marítima y lineal; Bayamón olía a tierra y había sido construida como un laberinto. Desde hace mucho es común afirmar que es fácil perderse en el dédalo de las urbanizaciones y barrios del inabarcable Bayamón, mientras que, sea cierto o no, casi todos presumimos de conocer a San Juan como la palma de la mano.

Por toda una época, para los que no vivían allí, Bayamón se redujo a un tapón. El vasto pueblo quedaba determinado por una suerte de monumento negativo, que adquiría dimensiones colosales e irritantes en la mañana y al caer la tarde, y que apenas veía decaer su vigor a lo largo del día. Su identidad automotriz era irónica, pues Bayamón languidecía en las imaginaciones como un desplazamiento casi estático por un buen pedazo de la carretera número 2. La ciudad era y sigue siendo esa vía sobrecargada y atroz, desprovista de un solo árbol, condenada al tueste irredento del sol, diseñada para los neumáticos: un homenaje al tubo de escape de un motor de combustión interna, en un universo distópico en el que los peatones han sido exterminados.

En varios y prolongados periodos de mi vida he residido a un paso de Bayamón. Mis rutinas y obligaciones se encontraban en otras zonas del Área Metropolitana, pero Bayamón era tan desmesurado y próximo que siempre me cobijó su sombra. Una noche, en la adolescencia, descubrí que era como cualquier ciudad: tenía una plaza, calles con casas y negocios, iglesia. Su condición suburbial causada por San Juan me había hecho, como a tantos otros, ciego a estas circunstancias.

Desde entonces regresé regularmente al casco urbano. Me interesaba más que el Bayamón plagado de centros comerciales y avenidas donde las aceras habían expulsado a los caminantes y acogido el parqueo de los carros. Conocí bien la vieja plaza y las calles aledañas que los sábados se llenaban de gente venida de pueblos circundantes. Conocí las tiendas ecuménicas y variopintas, que lo mismo vendían una peluca colorada que un crucifijo, una bola de baloncesto que un bongó. Caminé entre los vendedores ambulantes en tardes de sombra escueta y brisa imperceptible. Vi sobre el techo mismo de una casa el mejor anuncio imaginable de un dentista: una boca gigante con encías y dientes perfectamente alineados, capaz de resistir el ardor del sol y la violencia de la lluvia. Compré una botella de tinta Parker, en una farmacia que suplía la inclinación de su clientela a la automedicación alcohólica, con un estante repleto de canecas de Ron Palo Viejo, ubicada estratégicamente entre las aspirinas y la manteca de cacao. Vi recorrer las calles a las jaurías y a los mendigos, vi en las aceras los platos con restos de carne guisada y arroz blanco ofrendados por desconocidos para su manutención. Entré en cada visita a una papelería cercana a la plaza y entre libretas, lápices y panfletos con burdos dibujos de la geografía del mundo, leí los títulos de amarillentas ediciones de Doña Bárbara, La charca y Terrazo. Compré papayas y piñas, guineos y aguacates, una mochila militar, clavos, martillo y serrucho. Bebí batidas de guanábana y comí dulces de coco. Y años más tarde, volví a recorrer esas calles armado con una cámara y tomé fotos de maniquís descabezados, de carros amarrados con cadenas a los postes, de la entrada de un edificio donde un letrero ordenaba: “No orine aquí”.

Bayamón era una lluvia de realidad o, aún mejor, era el erotismo de lo que existía, de lo que éramos. Si alguien quería percatarse de la patente condición latinoamericana de Puerto Rico, sólo tenía que pasar una tarde en esta ciudad, que por décadas incontables ha votado por alcaldes empeñados en la obtención de la estadidad para Puerto Rico. En sus calles, entre su gente, bailaban sin descanso nuestros delirios colectivos y las insustanciales imágenes y palabras, que se han repetido por un siglo chocando contra lo que era y perduraba.

Esta semana regresé a Bayamón. En visitas anteriores ya había visto los inquietantes indicios. Los últimos años han sido complejos y hacía mucho que no le había podido dedicar toda una tarde a su casco urbano. El Cantón Mall y sus dos calles aledañas recordaban los viejos tiempos, pero no tardaría en comprobar que esto era todo lo que quedaba. Crucé al otro lado de la avenida para adentrarme por las calzadas en las que por muchos años había de todo: tiendas que vendían ropa y objetos que el ejército había decomisado, comercios que parecían bazares, locales en los que todavía vendían radios de baterías y discos, talleres en donde neveras, estufas o televisores de hace dos décadas se habían reparado y puesto a la venta. Tomé la más larga de las calles comerciales. Junto a la avenida todavía quedaba una joyería o una casa de empeño. Según se avanzaba, a lo largo de los cientos de metros de la calzada, todos los locales tenían las cortinas metálicas desplegadas. De los pisos superiores de las antiguas tiendas, se sospechaba el rumor de una radio o de una voz. Solamente un local tenía la fachada abierta. Era una antigua tienda militar y allí se hallaba un hombre flaco y mayor. Detrás de él ya no había nada que vender. Una acumulación azarosa y tupida de objetos y cosas, de ropa sucia y un refrigerador sin puerta, de un mohoso estante de ferretería y una pila enorme de periódicos viejos, atestiguaba que la tienda se había transformado en una casa. El antiguo dueño o algún empleado era ahora el ocupante de un local inalquilable.

Al final de la calzada había gente. Una mesa en la acera congregaba a tres o cuatro hombres. Al pasar junto a ellos uno dijo que su “seguro de vida era una mierda”. Tomé la calle siguiente. También había sido parte del hormiguero de antes. Una hilera de casas vacías, con las ventanas y puertas tapiadas burdamente por bloques de cemento, demostraban que una ciudad puede convertirse en un desierto.

Hacia el final de la calle, una casa parecía estar habitada pero era insólita: una especie de tableau vivant del desvarío. Detrás de la reja había una jirafa, más atrás en un círculo también enrejado, miraba un perro grande; en el centro, elevado por una estructura, despegaba una especie de helicóptero en miniatura pilotado por un muñeco. Sobre el aparato ondeaba la bandera dominicana y llevaba su nombre: “Cabra loca”.

He aquí el retrato de las ciudades de Puerto Rico luego de más de una década de depresión económica. Lo que alberga nuestra memoria ya no está. El pasado y el futuro han muerto y solamente perduran las ruinas del presente. En la única casa habitada de la zona, un inmigrante dominicano culminaba su periplo de un desastre a otro y armaba una fantasía en la que escapaba en un helicóptero defendido por una jirafa y un perro. El seguro de vida era una mierda, le escuché decir al hombre. Tenía razón. Décadas de bipartidismo totalitario y delirante han reducido a Bayamón a esto. El helicóptero estaba atornillado a un poste. La jirafa y el perro habían sido moldeados con cemento. Eran lo que más se parecía a nosotros. En esa calle convertida en desierto urbanizado se encontraba la pesadilla de Puerto Rico.