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Topografía: Indicaciones de Echeandía

Algo de la poesía de Servando Echeandía se conocía a través de revistas y antologías. Pero no es hasta la llegada del nuevo milenio que aparecen tres libros suyos que ofrecen un cuadro más complejo de su creación. Pretextos, publicado en el año 2000, contiene una selección de poemas escritos entre 1976 y 1997; variaciones, de 2011, poemas de 1976 a 1982; y estudios, de 2017, poemas de 1989 a 1994.

Con gran paciencia y confianza Echeandía nos ha entregado selecciones de su poesía escrita entre los 20 y los 41 años. Dado que el poeta nació en el 1956, cabe preguntarse cuándo se podrá leer su poesía más reciente. Desde 1997 para acá nos faltan 21 años de poesía. En otras palabras, ¿vate, cuándo llegamos al presente?

Pero hay que suponer que la paciencia que Echeandía les exige a los lectores, o el suspenso al que los somete, debe tener una explicación. Hipótesis: el poeta confía en la vida y en la capacidad de la audiencia para apreciar la decisión de sus demoras, para que se fije en las constantes y en los cambios de su cosmovisión y escritura, para que le siga la corriente en su viaje de palabra a través del tiempo. Y tiene el poeta una relación interesante con el tiempo, o más bien, una gran conciencia de su paso. Me explico.

La conciencia de Echeandía de los efectos del tiempo en su cosmovisión y su concepto del lenguaje poético le lleva a reescribir y publicar los poemas en nuevas versiones. Por ejemplo, de los 56 poemas del libro Pretextos (2000) publicado por la editorial de la UPR (cuadernos de La Torre bajo la dirección del poeta Jan Martínez), 41 poemas son incluidos en los próximos libros; 33 en variaciones, y 8 en estudios. En otras palabras, Echeandía es instrumento, aliado o súbdito de la vida misma manifestada como tiempo que todo lo modifica, incluyendo los poemas. Estos no permanecen iguales, aunque siguen siendo los mismos. El vate nos diría que así es la vida: cambia y, a la vez, en su fondo, permanece igual. He aquí uno de los puntos cardinales de la poesía de Echeandía, la vida antes de la palabra y origen de ésta.

Para entender mejor la visión del poeta de la relación entre el lenguaje y la vida veamos la versión de 2011 del poema “no la palabra”.

“no la palabra, / que envejece, / se consume, se aminora imperceptible / y de repente nos suena / lejana y polvorienta / no la palabra, / que en su diáfana grafía / se transforma / hasta hacerse incomprensible, / ideograma indescifrable, / hieroglifo / no la palabra, / ni el sonido, / ni la voz / no la imagen, / ni el sentido, / ni la idea / sino la vida misma, / resplandeciente y pura, / que nace, crece, / perece y vuelve y nace, / que se suma y se consuma / inagotable” (p. 100, variaciones)

Hay cuatro grandes negaciones desglosadas y una gran afirmación. El poema le dice no a la palabra en tanto lenguaje “que envejece”, sujeto a la decadencia y caducidad. También le dice no a la palabra como “grafía”, lenguaje escrito, al perder su transparencia y volverse oscura o ininteligible. Y para que la negación sea completa, por si quedara algo fuera, leemos casi una lista de otros aspectos del lenguaje también negados: el sonido, la voz, la imagen, el sentido y la idea. Es decir, no queda nada del lenguaje poético que no haya sido rechazado. Al final, se afirma la vida justamente en su capacidad permanente y contradictoria de decaer, morir y renacer. En otras palabras, si bien el lenguaje es el instrumento de expresión, no se debe olvidar que el origen y la devoción del poeta debe ser la vida que sí posee la capacidad de regenerarse. Por eso mismo, en otro poema se nos advierte que la palabra poética, “como forma consumada, / sólo deforma”, es “simulacro fraudulento / de lo vivo” (p. 101, variaciones).

Pero, ??¿qué es la vida para esta poesía? Como lidiamos con lenguaje figurado no encontraremos definiciones de diccionarios, pero sí formulaciones metafóricas para crear un “perfil” de noción tan importante. Leemos: “ detrás de la palabra / está la vida: / silueta tibia, / figura pura / detrás de la palabra / está la vida, / presencia muda / a quien, advierto, / a menudo hay que cederle / la palabra (p. 102, variaciones) La vida, pues, es una verdad, una realidad asociada con la tibieza, el calor, la pureza, el silencio. Ante ella el lenguaje debe ceder.

En otro poema donde el hablante cuenta de su búsqueda detrás del lenguaje declara que su hallazgo final es la vida en un contexto que parece acentuar lo ético o espiritual (la humildad, la desnudez y la pureza): “allí no hallé / sino la vida en toda su humildad, / desnuda y pura, (p. 103, variaciones). Por lo mismo, late implícita una ética de la estética, un estado de alerta ante la posibilidad de cierto narcisismo artístico o poesía encerrada en sí misma. Se aclara en otro poema: “tantos poemas / que querrían / ser poesía / pero ésta / tiene poquísimo que ver / con versos, con poemas, con palabras” (p. 126, estudios) Y se insiste en otro: “ toda palabra / es postrera / [ . . .] toda poesía: silencio (p. 127 )

Justamente, la estrecha relación entre la vida y el silencio es otro aspecto importante de la poesía de Echeandía. Intrínseco a la vida es que opera misteriosamente desde el silencio anterior a la palabra. Este es requisito indispensable para que aquella ocurra. En el poema “aquí el silencio” luego de la descripción del lenguaje poético, (el “aquí”, como fallido “instrumento destrozado”, “herramienta enmohecida”) leemos una afirmación del vacío y el silencio (en el “ahí”) como origen de la poesía:

“pero ahí la voz, / el culminante esfuerzo, / el salto audaz hacia esa dimensión / donde el vacío se colma de sí mismo / y se desborda / siendo / ahí el silencio / que, saciado en sí de sí, / se arrima a su contraria orilla, / hasta la voz, / el canto, / las palabras” (p. 96, variaciones). El silencio también es un vacío, como el ser, que está lleno de sí. Acaso como un dios que trasciende las dualidades.

Finalmente, es clara la jerarquía: primero la vida, después la poesía. Pero la vida engendra la poesía desde su silencio casi o completamente divino. Ese silencio es la verdad original de donde todo sale y a donde todo ha de regresar. Visto así, la poesía de Echeandía es una suerte de indicaciones o testimonios de su “camino” o “tao” vital y lingüístico que da cuenta del silencio originario y creador siempre presente en todo. Para nuestro poeta, la vida y su silencio es, a la vez, el ser y la nada. No es contradicción ni incoherencia, es una visión poética integradora que quiere ir más allá de las dualidades. El poeta, a los 20 años, escribió en un poema de 1976, que no ha cambiado: “bajo distintas aguas / he contemplado el sueño, / y el sueño es todo uno: / fondo a colmarse de mundo / a la urgencia o al azar / de alguna imagen perseguida”. (p. 11, Pretextos) El fondo es la vida en todo su misterio y silencio, plenitud o vacío que la poesía debe expresar. En eso está Echeandía desde que empezó como poeta.

C.1989 (tercera entrega

Hoy volví y que con el mismo sueño. Lo mismo pero no. Era otra cosa. Era el mismo de antes. El sueño que no se me aparecía ya desde entonces. Entonces. No sé. En algún momento ya no vino más. Y anoche es que le dio por volver a la sustancia. Era otra cosa anoche, eran muchos militares. Parecían, además, benignos. Eran jóvenes. Había mujeres. Bien vestidas dentro de lo que cabe. Verde olivo pero sin manchas ni nada, algo sencillo, y pensado, quizás lo diseñé yo misma desde por allá desde esos territorios del no se sabe, o quién más podría haberlo hecho. Pero sí, ahí estaban. Qué más prueba. Entonces. Llevaban faldas pegadas y quizás un adorno liso como sobre el pecho, nada elaborado pero ese color terracota, será.

Venían a poner orden. Un orden. Alguno. Algún orden en algún lugar. Estaría desordenado. O no. No estuve allí antes para ver a qué venía lo de su llegada. No he encontrado cómo llegar al lugar que está justo antes del sueño. Cosas mías. El miedo habrá sido lo que había primero, y los venía llamando a que se hicieran el viaje largo y veloz desde las regiones. Pero ahora pasaba todo al revés. Ahora no era como antes porque ahora vino a ser el miedo lo que los trajo. El miedo no los temió, a ellos, no, a ellos los trajo. Y eso entonces será porque el miedo ya estaba aquí plantado desde hace. Ya estaba el susto. Venía haciéndose cosa fija entre nosotros.

No me fijé si llevaban botas y los rifles no llegaron a componerse en la imagen. Ahora otro asunto es lo que ellos tendrían en mente. Y con qué derecho tenían mente esas cosas de sueños, e incluso algo dentro de ella, de la mente insustancial, si cabe la pregunta. Con qué derecho los sin sustancia están cobrando realidad, y con ideas. Porque a algo habrán venido, las muy arregladitas con sus colores de tierra. Y que no me entero de las razones. Que no me dan las dimensiones del sueño para verles la maña. Que ahí se plantan como foto muy unidimensionales, sin pasado y sin causa y como si con ellos no fuera lo de venir a joder. Y que yo sé por dónde viene la cosa, pero también me detengo en el detalle de que se ven bien limpias.

Ellas, ellas son lo mismísimo que la ola, lo único que verde olivo y terracota y mujeres. La ola es el otro sueño y al final viene a ser todo lo mismo, si es que le buscamos bien la vuelta. O ya si nos ponemos en esas, también viene a la mismidad el sueño en el que me corren por calles oscuras que seguro acaban mal como de cunetas y sangre y finales de verdad últimos y también da lo mismo ese otro sueño, el de la maleta que se me olvida pero no hay manera de buscarla, es tarde y el avión arranca no se sabe a dónde y ahí me voy tan ligera como sin nada, arrepentida, o ya para irnos a todas, lo mismo que abrir la boca en el sueño para gritar que me ayuden que ya me muero que me hacen algo, que no, que no y que de ese grito no salga ni el sonido debilucho de un suspiro. Ah, pero el de la ola era bien persistente. Así que para ir atando cabos sueltos volvemos al tema de mi mamá.

De alguna manera o de otra manera la ola nunca terminaba de arroparme. Estaba siempre mi mamá cerca y ella como que la detenía o algo y hasta ahí llegó la angustia de tsunami. Pero ya ahora esto es lo inseguro que fue siempre, la tierra y el cielo al descubierto y todo lo demás tan sólo allí, puesto como por el viento y en un soplo. Y no he vuelto a soñar con esas olas, que era una pesadilla que me venía mucho cuando recién me mudaba a las grandes ciudades, las dos veces, mucho al principio. La ola la ola la ola que venía y se lo iba a llevar al mundo ese del sueño y eso era por un lado también un alivio, si todo no estaba la verdad como para aferrarse.

La ola que se va y los militares que han vuelto. Es en parte una tranquilidad que vuelve. Que ya por el simple hecho de llevar conmigo tantos años es una pesadilla como autóctona y que sabe mucho al recuerdo. Viene de vuelta como que es un anuncio de que ya te creías que te habías quedado sin miedos, pero no, que quién te fuiste a creer que eras, ni tan grande ni tan pequeña y que así tampoco se puede vivir olvidando. Vinieron sólo a manera de aviso. Las mensajeras de los trajes olivo. Las mensajeras del orden vinieron. Sólo vinieron silenciosas y en lo oscuro, no hicieron nada más que venir. Como diciendo esto en principio para avisar, que aquí estamos, que en cualquier momento, que ojo. La verdad es que ni nada dijeron. Es el orden. Son los cuerpos ordenados y el comentario sin palabras de que aquí estamos para ordenar, que no necesitamos permiso, que aquí somos ley. Todo eso con la mirada y con los cuerpos y con los uniformes y con lo que yo le añado, el detalle del adorno terracota y todo lo que no traspasa la barrera al despertar.

Parecían benignas pero a quién le importa, nadie se va a creer el cuento rosa en estos tiempos. Y el que me lee que se detenga y que se pregunte y que diga, si esto no ha sido un sueño que ha tenido y si no es que será un sueño de todos. Una pesadilla que hemos tenido en sintonía y que ni lo sabíamos, es que dice que los sueños casi todos se olvidan nada más abrir los ojos, y que se tome también en cuenta el impedimento de que al que va por ahí con un propósito no le van a interesar las pesadillas ajenas. Pero que me diga, si me equivoco, si no era que los militares, desde hace, estaban escondiéndose en el terreno seguro y tramposo de nuestros sueños.

Parecía por un momento que yo estaba hablando de mí misma y que esto era como hacer terapia con los miedos de alguien más. No pero eso es trampa y pasa que ahí está la tela amplia en el fondo común que es como un cielo que amenaza con caerse o doblarse en varios pliegues y si se dobla nadie me va a decir que no es como una ola decidida a arroparlo todo. Estábamos todos en el mismo barco mirando cocodrilos de fauces bien abiertas, o ballenas asesinas, o nos subimos todos en los mismos coches destinados a explotar y a hacer añicos la ciudad de fuego. Llevamos todos arrastrando esta carne atravesada con objetos que punzan que alguien improvisó para arma blanca cualquier cosa es buena, y también nos hemos ido caminando con la imagen fija de la pistola apuntándonos de frente. O si no por qué nos fuimos como nos fuimos los que nos fuimos y por qué se quedaron como se quedaron los que se quedaron.

Si ya lo dije. Teníamos el recuerdo futuro del orden silencioso y estático de las mensajeras verde olivo. Y lo que pasó es que hubo quien, sin darse mucha cuenta, decidió alcanzar el recuerdo desde antes con las manos en la maza, con cuchillo en cada mano no se fuera a quedar corto de ataque y para empezar a atacar nunca es muy temprano. Y se soltó. La lluvia de las balas como si fuera cosa de ponerle mantequilla al pan cada mañana antes de salir por la puerta. Y a cada uno nos cayó alguna lanza, algún casquillo, si tan siquiera un roce pero las más de las veces en los lugares clave.

Nadie no lo supo. Y que no venga con ideas como excusas, que el cuerpo es más que eso, y que el cuerpo sueña y sueña lo que teme. Y que si nos despertamos es porque ya estamos sabiendo demasiado como para. Cada mañana sabiendo más. El asunto es saber lo que se sabe que no es así como un asunto inmediato y ya estamos, no. Toma tiempo y toma sueños y toma despertares. Las de verde olivo se venían cuajando y lo veníamos sabiendo, que son materia de vieja historia, de un fondo confuso en el que ponerle orden a las cosas se traduce a la ligera en matar buena parte de esas cosas para que se facilite el asunto. Así que vinieron a matar a los que se estaban matando.

Será otra cosa: La feancia, la ruina y un tesoro

“Morale is very real. Perception is reality”

Anthony B. Gliedman

¡Qué feancia!

“¡Qué feancia! ¡Qué feancia!” dice una y otra vez Edgar, con los ojos vueltos a las alturas, refiriéndose a la ruinosa Habana, en Harry Potter se acabó la magia, una pieza teatral del Grupo El Público que se presentó allí en octubre pasado. Por razones que no vienen al caso, me encontraba entonces en esa ciudad en la que, a diferencia de Hato Rey en esos días, tenía agua y luz, a pesar de sus feancias. “El diccionario no recoge el término feancia –comenta Arliz Plasencia Fernández– pero a mi modo de ver, describe acertadamente la realidad visual, acústica y odorífera a la que nos enfrentamos día a día en casi cualquier punto de nuestra “maravillosa urbe capitalina.” Sólo que la feancia de las casas y edificios de La Habana obedece a calamidades de la economía, la historia, la cultura, distintas a las nuestras. Ya sabemos que el huracán dejó a la vista muchas cosas –concretas y figuradas– pero una de las que más nos golpea todavía, a cada momento, es esa feancia aglomerada en cada rincón, como prueba de la presencia humana: letreros, cables, postes (ahora derrumbados, pero desde siempre feocios y, sobre todo, excesivos), casas a medio hacer, sorpresivos balcones con columnas dóricas y corintias, inexplicables osadías de la ingeniosa arquitectura popular, aceras estrechas y obstaculizadas por carros, drones, grietas, rotos y carritos de papas asadas. Alguien estuvo aquí, comió aquí, vendió aquí, pasó por aquí.

Es como llegar a casa de alguien que pensaba mudarse y se ha arrepentido. Los muebles en el mismo medio, las cajas a medio abrir, periódicos estrujados por todos lados. Feancia y más feancia. Es como visitar a un pariente enfermo. El olor a encerrado y a orín se mezcla con la colonia barata. La luz apenas entra por las persianas medio entornadas. De fondo se escucha el rumor de las otras habitaciones. Ella pregunta con los ojos medio cerrados “y tú de quién eres”, y yo deseo que el tiempo pase pronto y salgamos de allí, que acabe el domingo espeso que empezó con la misa en la parroquia de Río Piedras y terminará con el horizonte del lunes en la escuela, también fea y aburrida. Feancia y más feancia.

No voy a recordarles que ha sido un año difícil. A mí también se me olvida. Y he descubierto que no soy muy memoriosa, que puede que me proteja del rencor con mi incapacidad para recordar los detalles, mi talento para echar una cubierta espesa sobre el ridículo, los malos ratos, las decepciones. No es que sea buena persona, es que soy olvidadiza. Por eso escribo, para recordar ciertas cosas.

“Perception is reality”

La primera vez que vi edificios cuadras y cuadras de edificios vacíos fue en una visita a la ciudad de Nueva York a finales de la década de 1980. La imagen de las ventanas pintadas me pareció un intento iluso e infantil, acaso desesperado, de alegrar la miseria. ¿Quién miraría aquellos paneles alegres en lo alto de aquellos ruinosos edificios como un acto de genuino afán ornamental? Hace poco me enteré que aquella extraña pesadilla era el Bronx en los tiempos del alcalde Koch, en pleno reaguinismo. Las casas no estaban completamente vacías. Los adornos eran impuestos por el gobierno de la ciudad. “Señora, sin su permiso, aquí tenemos la calcomanía para su ventana que está tan fea”, y pum, la pegaban allí arriba, para que desde la autopista el desastre pareciera menos desastroso.

Acabo de descubrir que aquello era un plan federal, con un costo de $300,000 para alegrar el vecindario en tres años. Para disimular “una estela de desolación que se había convertido en símbolo nacional de la decadencia urbana” según el NY Times, se preparó la escenografía de un vecindario feliz, el simulacro de la convivencia y la esperanza, con calcomanías que representaban cortinitas, toldos de colores y macetas de flores en los altos edificios. El periodista lo cataloga, según mi traducción, como “brochazos cosméticos en un área que parecía hasta el momento una ciudad bombardeada”.

El propósito era arreglar el vecindario, levantar la moral, desalentar a los vándalos y los adictos que ocupaban edificios abandonados y crear una mejor impresión entre quienes transitaban por la autopista. Las pusieron en 325 propiedades en docenas de vecindarios de Brooklyn, Queens, Manhattan y el Bronx. Cada calcomanía decorativa costaba seis pesos. La reacción no se hizo esperar y pronto los irónicos vecinos empezaron a pedirle al alcalde más calcomanías: imágenes de autos lujosos para colocar sobre sus chatarras inservibles, vitrinas de diseñadores de moda para tapar sus tienditas ruinosas, más representaciones de la bonanza económica para sus destartalados paisajes.

Mi sentido del humor entonces no llegaba a tanto, y mi imagen de las ventanas adornadas se quedó en mi memoria como una de esas feancias que nos estrujan el corazón.

El encanto de las ruinas

Alguna vez, sin embargo, amé las ruinas. Más bien las casas abandonadas. En mi imaginación, esos espacios correspondían a los escenarios de los cuentos fantásticos que leía de niña. En casa, además, se contaba la proeza de unos primos de Ponce que habían encontrado un tesoro, una caja de caudales con el pago de los jornales, en una hacienda abandonada. Aquello me impresionó y jugar a los exploradores con mis hermanas se convirtió en uno de mis juegos favoritos. Nosotras, sin embargo, teníamos limitada la aventura al reducido platanal del patio. No sé si era que los vecinos tiraban cosas o aquello había sido alguna vez un vertedero, pero mis hermanas y yo solíamos encontrar pequeños tesoros allí: muñequitos de plástico, canicas, piezas extrañas que nos parecían maravillosos artefactos.

En Toa Alta era mejor, porque solíamos explorar una verdadera casa abandonada. No sé cómo hacíamos para entrar allí. Puede que haya sido sólo una vez, pero lo recuerdo como si hubiera sido una actividad frecuente. Tengo la memoria vívida de la emoción de la aventura, y también del espanto de las advertencias de los adultos: murcielaguina, enfermedad, contagio. Ahora no queda la casa, murieron mis tíos, mis primos se fueron, apenas queda el pueblo y apenas queda mi memoria de aquella casa embrujada tan parecida a las hileras de las casas abandonadas de Río Piedras y, por lo mismo, siniestros espacios que acosan, como zombis, mis paseos por esto que algunos pretenden llamar ciudad. No hay calcomanía que alegre este desastre.

Trato de recordar qué se busca en una casa abandonada, en una casa encantada, en una casa en ruinas o en una isla de piratas: la maravilla de una historia y la posibilidad de un tesoro. Alguien lo ha dejado enterrado allí. Pensaban regresar a buscarlo, pero no han podido volver de donde fueron, posiblemente forzados, escapando de otros piratas que amenazaban sus vidas. Entonces, aparecemos nosotras, entramos al lugar hasta entonces oculto y lo descubrimos allí, deslumbrante.

Lo real

No sólo las calles, los edificios, los puentes, las verjas derruidas, nos muestran las marcas del azote, el abandono, la precariedad, también la vegetación señala aquí o allá parecida ruina y, en ocasiones, parecido impulso de sobrevivir.

Hace unos días, al entrar al recinto universitario de Río Piedras, quedé extasiada frente a un pequeño bosque de enormes árboles. Descubrí que eran de los mismos que había encontrado el día anterior en la Estación Experimental, los gigantescos guanacastes. Hay uno de ellos cerca de la carretera principal, cerca del Complejo Deportivo. El huracán no pudo con él, pero sí con la pequeña arboleda que lo custodiaba y ahora reina majestuoso y solitario en el paisaje. Su ancho tronco manifiesta los años que debe haber ocupado en aquel lugar, desafiando con su volumen los planes de construcción de finales del siglo pasado, ofreciendo sombra a los transeúntes, cobijo para cientos de pájaros, maravilla para quien lo contemple en su camino. Esos árboles sobrevivientes están por todos lados, entre los edificios vacíos y la gente triste, como recordándoles que, en efecto, perception is reality, y por eso mismo, allí están ellos, tan voluminosos y reales, todavía en pie.

Viaje a otra dimensión junto a Otto: Reseña de Ant-Man and the Wasp y Fanny y Alexander

Las mañanas dominicales en la ciudad de Nueva York asumen olores y sonidos que combinan con la luz tenue y los matices grises de los edificios. Entre las siete de la mañana y el mediodía de cada domingo, mi calle en el Bronx toma otras dimensiones. En contraste al bullicio de la semana, se ven familias dominicanas vestidas de punta en blanco saliendo a la iglesia, se puede oír el sonido del viento en los árboles por encima de las bocinas de los carros y hasta se puede confundir el sonido lejano del tren con el mar. Estos son los momentos en los que prefiero salir al cine. No es que me refugio en una sala oscura para cerrar los ojos ante la maravilla urbana, sino que mi experiencia de una buena película comienza desde que tomo las llaves y salgo por la puerta con Otto (mi hijo de doce años que siempre me acompaña al cine). Una realidad “contamina” la otra, la del cine, y mi experiencia de ambos lugares (el tangible de la ciudad y el virtual cinematográfico) se vuelve un tercer espacio. Es el proceso de transformación que ocurre en Annihilation (dir. Alex Garland, 2018), donde la presencia extraterrestre mezcla las estructuras genéticas de toda criatura convirtiéndolas en seres nuevos. Mis domingos transforman una buena película en una experiencia memorable, independientemente de su calidad artística.

El domingo pasado, Otto y yo salimos a ver Ant-Man and the Wasp (dir. Peyton Reed, 2018), la nueva película de los Estudios Marvel y la secuela de Ant-Man (dir. Peyton Reed, 2015). Ambas películas son de lo más liviano del universo cinematográfico de Marvel ya que dependen más de la comedia. Paul Rudd en el papel de Scott Lang/Ant-Man, maneja bastante bien el humor y las situaciones más serias de la historia. El personaje transita entre tres familias. La primera incluye a su hija, su ex-esposa (Judy Greer) y su nuevo esposo (Bobby Cannavale), que en la secuela acepta a Lang como parte de su círculo. El segundo grupo está formado por la graciosa pandilla de ex-criminales, que incluye a Luis (Michael Peña). La tercera unidad, que es el enfoque principal de la secuela, cuenta con Hank Pym (Michael Douglas) y su hija, Hope Van Dyne/Wasp (Evangeline Lilly). Pym es el científico que diseñó los trajes que le dan el poder a Ant-Man y a Wasp para reducir o agrandarse en tamaño. Los primeros diez minutos de la película plantean claramente el conflicto. Hank y su esposa, Janet Van Dyne (Michelle Pfeiffer), eran originalmente Ant-Man y Wasp. Tratando de desarmar un cohete, Wasp se redujo tanto que quedó atrapada en la Dimensión Cuántica (the Quantum Realm). Décadas después, padre e hija luchan junto a Scott por entrar a la Dimensión Cuántica para salvar a Janet. Pero tendrán que enfrentar los desafíos de un poderoso oponente, Ghost (Hannah John-Kamen); de la mafia y de las autoridades, ya que Scott está bajo arresto domiciliario.

Ant-Man and the Wasp tiene elementos muy efectivos. Las escenas de peleas son sumamente entretenidas ya que el director logra incorporar los rápidos cambios de tamaño de los héroes. Al mismo tiempo, Evangeline Lilly hace de Wasp un personaje fuerte y mucho más hábil que Ant-Man. Por esto, gran parte de la comedia depende del contraste entre una Hope en pleno control de su traje y las torpezas de Scott. Aunque bien logrado, estos contrastes no son nada nuevo y apuntan de manera predecible a un futuro romance entre Scott y Hope. Me parece más problemático el estereotipado personaje de Luis, el latino que existe en función de las necesidades de Scott y que no añade nada interesante a la historia.

Sin embargo, uno de los problemas mayores que presenta la película es el no explorar la Dimensión Cuántica. Este es un espacio salvaje y peligroso al estilo del Skull Island de King Kong (dir. Peter Jackson, 2005), donde la tripulación enfrenta una fauna diversa y fantástica que lucha por engullir a todo invasor humano. Los pocos atisbos que tenemos de la Dimensión Cuántica me hacen cuestionar cuán interesante hubiese sido la película si hubiesen adentrado más en este plano, dándole a la trama unos giros inesperados. El enfoque de la película en nuestra realidad hace de Ant-Man and the Wasp una película más, algo divertida, pero que no recordaremos después de unos meses.

Por otro lado, un domingo frío de marzo, salí con Otto a ver Fanny y Alexander (dir. Ingmar Bergman, Suecia, 1983). Aunque la versión que exhibieron en las salas de cine durante los ochenta dura alrededor de tres horas, la película que se pasó como miniserie televisiva en Suecia dura un poco más de cinco horas. El Film Forum de Nueva York exhibió esta última dividida en tres partes. Algo nervioso por la duración de la película ya que no sabía si Otto podría aguantar las cinco horas completas, compré taquillas para las dos primeras partes y decidí esperar a ver su reacción. La película cuenta la historia de los Ekhdal, una familia adinerada en la cual cada miembro es una explosión de presencia. El espectador conoce todo lo necesario de cada personaje en la gloriosa fiesta de Navidad que ocupa la primera parte de la serie. Entre el color y la música, se mezclan las fantasías del joven Alexander (Bertil Guve); la íntima relación de la matriarca, Helena (Gunn Wålgren), con su mejor amigo, Isak (Erland Josephson); y la relación extramarital entre el apasionado Gustav Adolf Ekdahl (Jarl Kulle) y una joven sirvienta. Los miembros de la familia y allegados no representan una moralidad tradicional y algunos son sumamente problemáticos. Pero el gozo y la teatralidad de este ambiente nutre la visión de Alexander y su hermana Fanny.

De momento, Bergman nos cambia el rumbo de la historia cuando Oscar Ekdahl (Allan Edwall), el padre de Fanny y Alexander, muere repentinamente. La joven viuda, Emilie (Ewa Fröling), no quiere estar sola y decide casarse con Edvard Vergerus (Jan Malmsjö), un obispo muy estricto y obsesionado con someter al rebelde Alexander con palizas y castigos. Los rojos brillantes de los Ekdahl son reemplazados por los grises de la nueva realidad de la familia Vergerus. De esta manera, la trama se divide entre tres dimensiones, la colorida casa Ekhdal, la fría casa Vergerus y la mágica casa de Isak. Esta última es el lugar donde esconden a Fanny y Alexander cuando los rescatan del aposento del obispo. La casa de Isak es una aventura de por sí ya que está repleta de oscuros recovecos poblados por títeres y hasta una figura andrógina que combina un iluminado cuerpo celestial y la sexualidad amenazante del infierno.

Bergman lleva al espectador a transitar diferentes planos demostrando como cada uno marca a Fanny y Alexander Ekdahl. La visión de Alexander y la pasión por el teatro de Bergman, le dan una belleza táctil a cada dimensión ocupada por los personajes. Las historias de Ant-Man and the Wasp y Fanny y Alexander giran alrededor de una familia luchando contra todo para rescatar a una figura madre de una dimensión peligrosa. Así como Janet Van Dyne está atrapada en la Dimensión Cuántica, Emilie y sus hijos son prisioneros en la casa del obispo, donde se acusa de sacrilegio toda chispa creativa. Al igual que los Pym-Van Dyne, los Ekdahl añoran salvar la viuda de su hermano y a sus sobrinos de la muerte en vida a la que han sido condenados. Sin embargo, el conflicto de los personajes de Ant-Man and the Wasp pierde urgencia ya que nunca vemos los peligros a los que es expuesta Janet y el director perdió una oportunidad para expandir en un nuevo mundo nunca antes visto en el universo fílmico de Marvel.

Ese domingo, no pudimos ver la tercera parte de Fanny y Alexander porque estaba totalmente vendida. Pero el martes después saqué a Otto temprano de la escuela porque era la última función de la tercera parte de la serie. Ant-Man and the Wasp es una película entretenida para un domingo aburrido. Pero Fanny y Alexander es la belleza misma y la perfecta justificación para cortar la clase de matemáticas.

Sobre Versión del viaje de Claudia Becerra

a Viviana, por los continuos naufragios

“Tú, lobo de mar,

hacia dónde esta nave haz de llevar”

–Nave sin rumbo, Sylvia Rexach

La metáfora: el viaje. Dicho de otro modo: el sin-rumbo, o quizás la búsqueda. Una metáfora tan antigua que se encuentra en los inicios mismos de la literatura. En la tradición puertorriqueña ha sido también privilegiada por los escritores, y quizás la imagen cumbre elaborada por Antonio S. Pedreira en Insularismo, la del país como un barco a la deriva, sea la más reiterada, polemizada y dialogada en torno a la isla.

Pero en “Versión del viaje” (Folium, 2018), la primera parte del poemario homónimo de Claudia Becerra, lo que tenemos es una renovación de la metáfora. O, lo que es lo mismo, un retorno a como se empleaba en la literatura puertorriqueña en momentos previos, lejanos, por un lado, a la institucionalización de la cultura y, por el otro, a la politización pedreireña de la metáfora (aunque siempre se tenga un mismo punto de partida: el estar embarcado). En “Versión del viaje” todavía prevalece la connotación existencial, amorosa, escurridiza del viaje, que encontramos en “Insomnio” de Santiago Vidarte (“Boguemos, boguemos / al son de los remos; / la noche convida”) o en La peregrinación de Bayoán de Eugenio María de Hostos (“A BORDO. ¡Otra vez, otra vez!”).

Inicia así:

1

No alcanzaste la sabia adivinación de los embarques.

Como ellos, no aprendiste la lección de la cumbre

y del leve hundir de la proa entre oleajes.

Tampoco la rápida adaptación de los mástiles,

el sano juicio y la trabajada ojera haciendo guardia

a la noche desprendida. Oyes crujir la madera

como una fractura de huesos en desuso.

Arriba la estrella. El ojo en su submundo.

Presientes que no impedirías el naufragio.

El primer poema ya sienta las bases del tono que dominará “Versión del viaje”. El sujeto poético (y con esto nos referimos a quien se encuentra a bordo de la embarcación) está ante un punto de partida movedizo, pasando de las alturas (“la cumbre”) al disimulado abismo (“leve hundir”). Nos encontramos, además, con un sujeto poético inseguro de sí mismo y de su viaje (“Presientes que no impedirías el naufragio”), con poca experiencia para la travesía que tiene de frente (“no aprendiste… Tampoco la rápida adaptación de los mástiles…”) y que quizás se emprendió de manera apresurada por alguna pulsión vital.

Pero en estos primeros versos también se evidencia una de las fortalezas de estos poemas líricos: la ambigüedad del destinatario. ¿Quién es el yo-lírico que habla, y cuál su relación con el sujeto poético a bordo? ¿Quién es ese “tú” que se empieza, sino a perfilar, sí a ‘acusar’ en este primer texto? ¿Será que el yo-lírico y el sujeto poético son uno mismo, que la propia voz poética se dirige a un “tú” interno? ¿O es que este yo-lírico que habla observa a un sujeto poético como se observan a los protagonistas de una novela: bajo un mundo sin Dios, desamparado?

La primera pieza interpretativa de “Versión del viaje” es, pues, el destinatario. El “tú”, después de todo, se podría leer como la palabra inicial del poemario, pero como sujeto omitido, suprimido (“Tú No alcanzaste la sabia adivinación…”). ¿Será este viaje un proceso de borradura de este sujeto poético? ¿O, por el contrario, de un redescubrimiento?

Mientras se progresa en “Versión del viaje” se va intuyendo cierto hilo narrativo que guía la lectura, que incluso va aclarando o complicando algunas de las interrogantes mencionadas anteriormente. Esta narrativa no se da por falta de peso lírico sino que, al contrario, es propiciada por él. Es casi una advertencia: durante la lectura de estos textos, siempre habrá que conjugar o balancear este hilo narrativo y sus lecturas más metafóricas o sugestivas. Si el primer poema marca la partida del sujeto poético hacia un viaje marítimo, el segundo señala el momento en el que, desde la embarcación, todo horizonte visible se convierte en mar. El tercero, en el que se juega con la idea de la libertad dentro del desvarío. El cuarto, la consciencia de los efectos de la travesía en el cuerpo, y el haberse entregado por completo al movimiento marítimo.

4

Sobre el labio superior, un sudor.

Saboreas la sal y acrecienta la sed.

Sin duda el deseo, pero ¿cuál su puerto?

… eres

la entrega irrestricta a la composición

de la ola. Brava conquista para quien

señale el deseo en el entretanto

de las aguas…

La soledad, el cansancio, la sed y el sudor. El cuerpo y el alma son uno en esta peregrinación sin destino, sin continente, y el efecto del viaje se intensifica con su progresión. El viaje inició de noche, pero continuamente se nos hace referencia al cambio de día, como para señalar el paso del tiempo. El cambio de días, sin embargo, resulta incapaz de dar muestra de transición entre estaciones del año, añadiendo a la ambientación (¿geográfica?) y a la ambigüedad de este viaje en lo que parece un mundo detenido.

11

Aquí la luz no anuncia los cambios

de estación. No hay luz de otoño,

de invierno o primaveral. Sólo luz

que acota la noche, la más temprana

una linterna que no enciende y golpeamos

dos y tres veces, desperezándola. Una

luz de primera mirada abierta al rocío,

verifiquen el pétalo – porque allá

yace el sol como si únicamente

fuera un efecto visual, aún tan bajo

y alejado de su centro, que nada

toca, apenas tibia. Sólo sale.

Poco a poco el sujeto poético se transforma a bordo a partir de este nuevo desarrollo sensorial (particularmente de la vista y el tacto) y de las reflexiones que surgen a partir del propio proceso peregrino, a la vez íntimo y corporal. La experiencia, pues, es la clave para entender la transformación.

***

La búsqueda es constante, y si se entra al mar es para, eventualmente, regresar a tierra. Primero solo se intuye el regreso a través de la desesperación del sujeto poético, como se expresa en el poema 5:

… Deliras una tierra y cubres el oleaje

con un sosiego vegetal, más verde quizás

por la dilación del día y tu pupila.

A lo que ahora buscas como una vuelta

al hogar de las palpitaciones:

acaso encuentres una versión de ti

que no incluya el miedo oriundo

o la consecución de nombres.

Acaso halles allí una versión del viaje

que finalmente te excluya.

Pero en el último tercio del poemario, las señales de la cercanía a la tierra empiezan a aparecer – como es de costumbre en diarios de viaje y de descubrimiento – hasta finalmente avistar y arribar a la isla que, luego nos enteramos, resultó ser también el punto de partida. A veces hay que darle media vuelta al mundo para cerrar el círculo.

12

Avistamiento de una isla.

Desembarcas el corazón,

tus acordes bruñidos por la inesperada

adversidad de cada uno de los puntos

cardinales. Tus ojos, dos brújulas…

… Qué será una isla

si no un bastión de seguridades simuladas,

donde caminar continuo es maniobrar giros,

toparse en la arena con la huella anterior,

ligeramente cambiada

por todo lo que compromete el paso

de un minuto sobre las cosas. Por eso,

puede que una isla sea comprender

la comedia del rodeo, la sorpresa

del círculo que no encuentra

otro círculo que se le parezca.

Fíjate ya, cómo vas de vuelta a tus pasos.

La isla parece también haber sufrido una transformación durante el transcurso del viaje a bordo del sujeto poético. Hay dos maneras de interpretar este hecho: o se lee una identificación y, por lo tanto, una transformación mutua entre sujeto poético e isla, que afectó la sensibilidad de ambos (“Nadie te preparó para el color de las amapolas”; “La incomprensión, se te ocurre, / es tu ceño arribando calmo sobre la arena”; “Todo nublado como si te acabaras / de frotar la mirada”); o se piensa que la transformación es un elemento inherente a la constitución de la isla, continuo como el movimiento de las olas y totalmente indiferente al destino del sujeto poético (“Olvida la permanencia / donde el tránsito es sitial. Hazte / sede prologada por los adioses… porque nunca despedimos aquello / cuyo timbre fue fragancia / de amapola sin visión de amapola”).

Quizá el recurso final de “Versión del viaje” sea acercar el poemario a la experiencia real de sus lectores isleños y diaspóricos, tan acostumbrados al ir y venir. Ahora se abre una tercera vía (que, por supuesto, no cancela las anteriores) a la interrogante inicial sobre el destinatario. El “tú” que inicia el poemario cobra un tono distinto en la medida en que, en estos últimos poemas, parecería que se dirige a los propios lectores, y que, sin haberse dado cuenta, quizás fueron los lectores quienes atravesaban una transformación durante el propio proceso de lectura, una lírica Fenomenología del espíritu isleño donde el lector, al final del texto, no es el mismo que lo inició. Porque, ¿cómo no identificarse con el regreso, casi siempre agridulce, al país natal?

Llegaste justo cuando todos se iban.

Vuelve, pues, a tus motivaciones.

… Cuán simpática la isla cuando no es

sino puerta que abre hacia fuera.

Y tú que finalmente comenzabas

el arribo, con tu flota necia, pasiva,

sin consigna. Tú, tan dado de repente

a la orilla como un desenlace.

***

Versión del viaje es el primer poemario que publica Claudia Becerra. Con 18 poemas, “Versión del viaje” es la parte más extensa del libro. Solo a esta parte se ha hecho referencia en este escrito. Las otras dos son “ínsulas de invisible”, con 10 poemas, y “Otra vez el mar”, con 7. Algunos de los hilos temáticos aquí señalados se continúan a lo largo del poemario. Se puede decir que, si el inicio del poemario está compuesto de textos que provienen del mar, los restantes ya parecen ser poemas producidos desde la isla.

Esta primera parte del libro, “Versión del viaje”, podría considerarse como un “poema largo” – aunque no pase de las 30 páginas. Se une a una importante sucesión de poemas-largos-breves publicados en los últimos años en la isla (Entre tanto amarillo de Amanda Hernández; Larga jornada en el trópico de Amarilis Tavárez Vales; Adentro crían pájaros de Cristina Pérez Díaz). Como si se conjugara de manera dialéctica la tendencia del mercado escritural hacia lo breve y la contratendencia hacia lo extenso.

Comentaba con un amigo que el peor destino que pudiera tener Versión del viaje es que se considere como un texto primerizo, aunque el dato sea, en sentido estrecho, certero. Pero soy optimista – siempre hay que ser optimista –, y creo que, aunque ocurriera este pronóstico, a la larga se volverá a descubrir el poemario, y entonces se ubicará en su lugar apropiado: allá en aquella colección de textos clásicos y entrañables que, a la vez que nos conducen a un lirismo marítimo, se despliegan para dialogar con lo mejor de la literatura de los continentes. Siempre, siempre, desde la orilla inestable de una isla, de la que a veces se escapa y a la que a veces se regresa.