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Estación a la deriva (V)

LA PUERTA ESTÁ CERRADA. Yo me acerco, callado, y una ola de preguntas me acompaña. Cada paso parece ser el último, el definitivo, el que abrirá el sendero, pero acaso jamás llegue, y tal vez, en este largo camino hacia el encuentro, me pierda y me recobre, y cada vez tenga un rostro nuevo y cambiante. La puerta está cerrada, y en cada vistazo parece infinita, y su vocación de frontera no se agota, y su condición de límite es eterna. Me acerco con miedo, con cientos de temblores, y las manos palpitan en el vacío, y todo el cuerpo es un intenso carnaval de sensaciones, y los nervios se desbordan, y cada músculo prepara la tensión de la llegada, pero ésta se pospone, como si no existiera. La cercanía es imposible, la llegada se deshace a cada paso, y todo el recorrido es una tempestad, una agonía prolongada. La risa nerviosa se acentúa, y no sé si es un bufón que se burla o una oscura promesa de alegría, pero no llego, no me acerco, no consigo el alcance necesario para saberlo. La certeza se esfuma, y yo busco y camino, insisto tercamente en avanzar, y la puerta cerrada no se mueve ni el viento sale a recibirme. Quedo roto, con la puerta a la vista, con las manos sedientas, con las piernas que buscan el encuentro. Al final, sólo el vago recuerdo de un camino, la memoria abigarrada de un largo viaje incumplido, y el temblor que se queda, y la sed que permanece. Al final, en cada dedo, la urgencia de una pregunta: ¿cuándo? (1995)

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SENTADO SOBRE LA HIERBA en los Campos de Marte, acaban de leerme las cartas. Nada de lo dicho me sorprendió. Primero el pasado: logros y desilusiones. Presente incierto, de inconformidad con lo que me sucede, y de inestabilidad sentimental. Ruptura dolorosa para el futuro. Precaución con la envidia y la competencia. Después me leyeron la cruz, con idéntico resultado. Algunas cartas favorables. Problemas a encarar: se vislumbra suerte, pero requerirá esfuerzo. Debo cuidarme de X, a quien sigo aferrado. El cambio será duro, y estaré solo. La lectura se dio después de un sabroso almuerzo sobre la hierba: sándwiches, fruta, queso, aceitunas, mucho vino y tabaco. Se nos da bien esto de compartir la comida. Hemos aprendido a hablar, a callar, a dormir la siesta. Me leen las cartas por segunda vez: seguir con cuidado. Pasado, presente y futuro vinculados a “lo eterno-femenino”. Dolor y buena fortuna. (1995)

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LAS LLAMAS NO LO SABEN: son el fuego, / el fuego que arde y quema y nunca agota / su rostro indefinido. Cada gota / de agua da en su cara, como un ruego… (1995)

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ME LEYERON LAS CARTAS y el gran incrédulo que soy se lo creyó todo. Lo que me dijeron fue bastante impreciso y general, como podía preverse, pero tocó algunas fibras sensibles. ¿Creer o no creer? Para mí, ésa no es la pregunta. Que me hayan leído las cartas no significa que creo que sea posible saber algo de otro. Más importante que todo lo que me dijeron durante la lectura es lo que yo pienso sobre lo que me dijeron. Lo fundamental no son las palabras de la sibila, sino la impresión que me queda de mí mismo a partir de sus palabras, cotejadas con mi propia experiencia, intransferible. La sibila me dice que las cartas hablan de un búsqueda incompleta, de que a pesar de que he logrado cumplir ciertos objetivos importantes, algo me sigue faltando. ¡Y cuánto me falta! Bien lo sé. Lo malo es que no sé qué me falta, no logro vislumbrar qué es eso que busco y no encuentro. ¿Cómo satisfacer esta sed que me ahoga? ¿Cómo calmar el ansia que me llena y me vacía? ¿Cómo contener mis manos y mis piernas? ¿Cómo calmar mi boca y mi lengua, que incesantemente buscan la palabra que me salve, la que me muestre al fin que esta vida trivial no ha sido en vano? Mil preguntas, mil incertidumbres, y un llanto que no estalla, un profuso llanto que palpita en el fondo. No imagino el qué ni el cuándo. No cuento con un solo por qué. No consigo respuesta, y acaso pierdo las preguntas poco a poco, y todo es oscuro, como el sueño del origen, y todo va callando sin sombra ni eco, y yo voy sentado en otro tren, cansado de lo mismo, con una libreta en la mano y la mayor de las ausencias. (1995)

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LOS DÍAS SON LARGOS Y NO BASTAN. El tiempo va adelgazándose y perdiendo su certeza. París se borra poco a poco, y todo es como un sueño de flores, pan y vino. El paso por las calles va pareciendo un vago carnaval que se deshace. Las tardes largas son nada o casi nada. Las risas son tan falsas como el humo, como el paso del Sena, y Versalles es de pronto el infierno, como si lo hubiéramos soñado cuando niños, y esos jardines lineales fueran el mismísimo invento de los mil demonios de la noche. Sólo quiero correr, huir a cualquier parte. Sólo quiero estallar, no saber más de mí. Sólo quiero deshacerme y borrarme como el mismo espectro de París, que ya no es casi nada. (1995)

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OTRA MAÑANA EN EL TREN DE GRESSY A PARÍS después de una larga conversación en mi tosco francés con nuestros caseros. Estoy todavía tan nervioso que me tiemblan las manos. Malos entendidos. Algo ha sucedido entre la familia y uno de nosotros tres que aún no comprendo. La hospitalidad ha ido cediendo el terreno a una frialdad o sequedad palpable. En lo personal, no se me ha podido tratar mejor, pero es evidente que es hora de marcharse. Oportunamente, mañana salimos a Estocolmo. El tren está repleto. Cada rostro, algo descolorido, se extravía entre los otros. Los ojos se esquivan mutuamente. Todos quieren escapar de este encierro. Si dos miradas se cruzan, de pronto se desvían como si se hubiese presenciado una muerte o se hubiera visto a un demonio. Cada pasajero es él y su mundo, su completa incomunicación, y todo es una frontera infranqueable, un límite de hielo. Con el movimiento de la máquina sobre los rieles, las manos se rozan, los cuerpos sienten la apartada cercanía de otro cuerpo, y una abundancia de olores imprecisos prolifera, y las voces forman un tejido de murmullos imborrables. Unos miran a su vecino con un pavor antiguo, como si no se tratara de su hermana, su hermano o un amigo. Todos se desconocen con alevosía, y la velocidad va borrando las líneas de las manos, y todo va volviéndose indistinto. Cada vez es más veloz el silencio y la sombra, y todos, como una masa indolente, son casi uno y lo mismo, una ciénaga de voces y olores y colores. Pero uno escapa, uno que los mira, que siente en su cara ese silencio, y quiere gritar, pero sólo una lágrima sale de sus ojos, no más. (1995)

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MI ÚLTIMA NOCHE EN FRANCIA me devuelve la tristeza del día en que nos despedimos en San Juan. ¿Te acuerdas? Mis lágrimas se resistían a salir aquella noche, y sólo aparecía en mi rostro una leve sonrisa imprecisa y nerviosa. En el fondo, llorábamos, sentíamos cómo se desgarraban nuestros cuerpos y cómo se perdían nuestras manos en este rito de agua imposible y eterno. Mañana me voy de esta ciudad, y qué muchos adioses me llevo, como si no hubiera traído bastantes ya conmigo, como si mis bolsillos no estuvieran repletos de despedidas. No bastan dos manos para tanto desencuentro. No bastan dos piernas para tantos extravíos. No bastan dos ojos para estos mares de sal y de cansancio que manan por mi cuerpo. Hace dos horas me despedí de M. y de P. en el Jardín de las Tullerías, y resultó acostumbradamente triste. Hicimos otro almuerzo en la hierba: pan, queso, fruta, postres, vino y tabaco. Tomamos fotos, como admitiendo que luego nos serían necesarias, y que la certeza del adiós precisaba de evidencia. Ellas se van a Barcelona, a donde espero llegar a la vuelta de Suecia. Nos quedamos con unas ganas terribles de seguir riendo y seguir soñando que estamos en París, esta ciudad repleta de amor y de miseria, pero el sueño se esfuma y lentamente regresamos al hábito de nosotros mismos. Si estuvieras cerca, tan cerca como la piel y la sangre, tan cerca como el aire en la boca y el sudor en la frente, el adiós no sería tan difícil. Pero la certeza de tu lejanía es pavorosa. Me voy de Francia con más ausencias de las que traje. Al final de este viaje, volveré a Puerto Rico con un mundo de supremas lejanías, y para entonces ya tú no estarás. (1995)

c. 1989

Cristina Pérez Díaz

Yo no creía en Dios. Mi madre no creía en Dios. Ni mi padre. Sólo mis abuelas, algunas tías y algunas primas creían, y rezaban. Mi abuela materna rezaba mucho. Orar, es como ella le dice porque es evangélica. Yo en cambio todavía no me pregunté por la diferencia entre rezar y orar. Ahora me lo pregunto y voy a dejar la disquisición para después. Ahora lo que digo es que yo nunca he creído en Dios y nunca he hecho ninguna de esas cosas. Excepto cuando era niña. Y sólo en un momento bien delimitado. Antes de dormir le decía aquella oración a mi mamá. Esa era la única vez. Pero a diario. Que no pasara un día. Si había que hacerlo por teléfono se buscaba la manera. Yo buscaba como fuese a mi mamá para poder decirle: “Hasta mañana, bendición, que sueñes con los angelitos y que Dios te acompañe.” Todas las noches. La misma oración.

Se había ahogado desde hace tiempo en mi olvido. Es curioso, ahora me doy cuenta que se dice “mi memoria” pero no “mi olvido”, como si el olvido no nos perteneciera igual. Esa oración que había olvidado no ha dejado de pertenecerme. Debe haber sido el primero de muchos malos poemas que escribiría después. Como poema es feísimo, pero no importa. Esos dos eneasílabos y medio alejandrino son, en realidad, un hechizo, y en eso están mucho mejor logrados que cualquier poema que haya de escribir. Lo inventé en algún momento de mi infancia para despedirme de mi mamá antes de irme a dormir. Con ella me aseguraba de que todo iba a estar bien mientras dormíamos, mi mamá y yo. Garantizaba que el mundo no iba a cambiar radicalmente entre el momento en que me quedara dormida y el momento en que despertara. Bien mirado desde el escepticismo, se trata de unas ocho horas tremendas. A quién se le ocurre que se puede dejar el mundo así nada más a rienda suelta, sin esta mirada vigilante, y que así tan airada se vale estar segura de que todo va a seguir siendo como siempre. A mí esa idea ni se me ocurrió ni me parecía convincente. Yo lo que encontré fue a cambio una estrategia: esa oración ponía un encanto sobre las cosas para que no se fuera a ir todo al carajo.

Siempre la decía rápido y con un poco de vergüenza, yo no creía en Dios ni mi mamá creía en Dios y en nuestra casa no se rezaba ni se oraba ni nada de eso. Nosotras éramos comunistas y ateas, eso nos hacía especiales, eso me gustaba, me enorgullecía aunque no supiera ni media parte del significado. Era como si mis padres participaran de un secreto, como si supieran algo que no mucha gente sabía, y que era bueno y mejor que todo el chorro de burradas que se pasaban diciendo por ahí. Que si Dios, etc. Pero yo de todos modos decía esa oración, yo necesitaba decirla antes de cerrar los ojos y que… Aterrador. Así que la decía, rápido y con algo de vergüenza, la decía como si fuera una travesura. Me salía con la mía. Decía esa oración tan rápido que sólo mi mamá podía entenderla. Cuando mis amigas se quedaban a dormir en casa, yo iba al cuarto de mi mamá y la decía bien bajito y bien rápido y le daba un beso y me regresaba a mi cuarto, un poco abochornada, sí, pero segura. Y quizás como esa oración no tenía más que buenas intenciones y como la había compuesto así de súbito a una edad tan tierna, mi mamá la recibía como una ocurrencia chistosa, la dejaba pasar con ternura. A ella también le daba seguridad. Es posible que mi mamá estuviera también llena de miedos.

Era una especie de ritual entre nosotras. El ritual se acabó en algún momento de mi adolescencia. Habrá marcado el fin de mi niñez. Cuando ya no me atrevía a decir esa oración, porque ya era demasiado consciente de que yo no creía en Dios, cuando ya estaba muy orgullosa de saber que en mi casa, contrario a las casas de todas mis amigas, éramos comunistas y no creíamos en tonterías, ya ahí sí que no era posible cargar con la vergüenza de decir una oración. Por más mágica que fuera. La noche era ya la gran noche oscura que sería en adelante.

Tampoco creíamos en ángeles en mi casa. Pero cuando mi abuelo paterno murió yo tenía cinco años y me inventé que, como no habíamos tenido suficiente tiempo juntos en esta vida, seguramente él permanecería por ahí por el aire haciendo de mi ángel de la guarda. Mi abuelo era una persona muy amable, yo asumía que tendría también la amabilidad de no desaparecer del todo, de recuperar el tiempo que no tendríamos, de estar en mi futuro. Yo hablaba con mi abuelo Juan Carlos con frecuencia, pero creo que las más de las veces era a la hora de dormir. Esa era la hora en que los miedos sostenían su congregación. Bueno, a decir verdad, yo tenía miedos a todas horas. ¿Y cómo no? Para ser honesta, yo sigo siendo esa niña miedosa.

Pero mis miedos de infancia eran bien precisos. Por ejemplo, el miedo a lo que podía pasar mientras me bañaba. Justo cuando recorriera la cortina para salir de la ducha podía haber un luchador de lucha libre esperándome en la puerta del baño. ¿Para matarme? No sé. No sé qué pensaba que me iba a hacer el luchador. No me detenía en los detalles. Lo que fuera que fuera era parapelos. El luchador era feísimo y me haría algo todavía peor. Ah, pero yo tenía a mi mamá. Le pedía a mi madre que se sentara en el inodoro para hacerme compañía mientras me duchaba, y ella allí se sentaba con toda la paciencia. Hablábamos, no recuerdo de qué.

Como mi mamá se tenía que quedar ahí sentada todo el rato, me sentía culpable de hacerla perder el tiempo. Me duchaba rápido. Comencé incluso a contar los segundos. Alcancé cifras récord. No he de haber sido una niña muy limpia. Mi pelo, creo que era mi pelo el que más sufría. Porque encima del miedo estaba el asunto del desperdicio. A mí me habían enseñado que estábamos produciendo mucha basura en este mundo y desperdiciando mucha agua que un día se nos iba a acabar, así que yo usaba bien poquito shampú y poquita agua. Lo hacía todo rapidito. No había que gastar demás, no había que hacer a mi mamá esperar mucho tiempo, y sobre todo había que ser más rápida que el luchador ese que no le fuera a dar tiempo a llegar y…

Si el miedo al luchador era improbable, me guardaba bajo la manga otro miedo mucho más sustancial. Era posible, siempre existía la posibilidad, de que mientras me duchaba, y justo en ese breve lapso en el que yo desaparecía detrás de la cortina de la regadera, sucediera un golpe de estado. Un golpe militar. Yo no sabía lo que era un golpe de estado. Pero le decían también un golpe militar, así que yo me imaginaba que todo se llenaba de militares. Todo. Incluso el baño de nuestro apartamento, en el piso once de una torre de diecisiete pisos, en el pueblo de Trujillo Alto. Lo peor de todo lo horrible que sonaba la idea de todos esos militares por ahí era que me iban a sacar de la ducha desnuda. Con mucha suerte tendría tiempo para agarrar la toalla. Todos mis vecinos me verían así. Yo sabía, yo sabía que podía tener esa mala suerte, que siempre quedaba, al final del día, la posibilidad suelta de que el país fuera tomado por los militares, justo mientras yo me bañaba. Yo sabía ya que la historia tiene un sentido muy oscuro del humor. Y que bañarse todos los días no era tan buena idea.

No sé por qué el hecho de que mi mamá se sentara en el inodoro desvanecía todas las posibilidades funestas. Quizás pensaba que el luchador ni se atrevería a asomarse por nuestro baño porque mi mamá era una mujer temible. Bella. Y temible. Mi mamá tenía el gran poder de paralizar con la mirada. Bastaba con que abriera grandes sus ojos azulísimos: todo quedaba suspendido y azul. Seguro que no había luchador que pudiera contra eso. O quizás pensaba que los militares sacarían también a mi madre de mi casa, pero que mi madre, seguro, seguro, encontraría el tiempo para agarrar la toalla y envolverme en ella y evitaría que todos nuestros vecinos me viesen desnuda. Manipular el tiempo para que yo estuviera a salvo era otro de sus súper poderes. Y si llegara la noche y estuviéramos todavía fuera de nuestra casa, en el estacionamiento del edificio, por ejemplo, rodeadas por soldados con rifles, y si llegara a hacer un poco de frío, mi mamá se aseguraría de que yo tuviese al menos esa toalla. Sentada en el inodoro mientras yo me duchaba, mi mamá me hacía esa promesa silenciosa. La repitió una y otra vez sin preguntarme nada.

Cristina Pérez dirige Puerto Rican Review. Estudiante de literatura clásica.

Crucigrama: Octavio Paz

Horizontales

1. Octavio _______; escritor latinoamericano. Autor de Libertad bajo palabra; El laberinto de la soledad; El arco y la lira; Las peras del olmo; y, Salamandra.

4. Sonríase.

9. Perro.

11. Libro de ensayos de Paz publicado en 1991.

16. Permiso.

17. Río suizo.

18. Ensamblar.

20. Épocas.

23. Planta hortense comestible.

24. Socorro.

25. El laberinto de la _______; (1950) ensayo de Paz.

27. Constelación.

28. Ferdinand _______; pintor holandés.

29. Contracción.

31. Yerno de Mahoma.

32. Francisco Javier _______; militar español.

33. Quinientos en romanos.

34. Sábalo.

38. Altar.

40. Dueña.

41. Aquí.

42. _______ Gil; municipio de Colombia.

45. País natal de Paz.

48. De tono apagado.

50. Prefijo.

51. Pasado en _______; (1975) poemario de Paz.

52. Dirigirse.

53. Donde.

55. El fuego de cada _______; (1989) poemario de Paz.

56. Hijo de Noé.

57. Conozco.

58. Las peras del _______; (1957) libro de Paz.

59. Mamífero americano.

60. En forma de huevo.

Verticales

2. Arma blanca.

3. Áreas.

4. Nota musical.

5. Cólera.

6. Banquete.

7. Ente.

8. Preposición.

9. Puertas al _______; (1966) ensayo de Paz.

10. Soasáis.

12. Ciudad de Yugoslavia.

13. Se dirige.

14. Símbolo del calcio.

15. Asistirá.

16. Observas.

19. Roda.

21. Loma.

22. _______ de este; (1969) libro de Paz.

25. Astro rey.

26. Contracción.

28. Libertad _______ palabra; (1960) poemario de Paz.

30. El arco y la _______; (1956) poemario de Paz.

34. Quise.

35. Poco firme, fem.

36. Así en latín.

37. _______ Paz; autor de Convergencias; Puertas al campo; El fuego de cada día; Ladera de este; Pasado en claro; y, Los hijos del limo. Premio Cervantes 1981.

39. Calle de pueblo.

40. _______ Nervo; poeta mexicano.

42. Título inglés.

43. Prefijo.

44. Premio de literatura otorgado a Paz en 1990.

46. Río de Asia.

47. Puesta de un astro.

48. Escasos.

49. Los hijos del _______; (1974) libro de Paz.

54. Onda.

57. Sabana.

Reflexiones sobre El maestro 2 de Nelson Rivera, Gavin Sierra y Teófilo Torres

Pie forzado: ¿qué diría, que haría don Pedro Albizu Campos si estuviese vivo hoy? El maestro 2 difiere estéticamente de El maestro (1) de hace doce años. El montaje preciso dentro de un espacio teatral limpio y abierto de poco a poco encadenar, enjaular y blindar el cuerpo pero no la voz del don Pedro histórico de la primera contrasta con este nuevo Albizu contemporáneo. Los discursos de hace 68 años de Pedro-Teófilo Albizu-Torres, ahora en chaqueta y pantalón de mahón y casi sin maquillaje, enfrenta al mundo de la deuda de 70 mil millones, la junta de control fiscal, la desorganización social pos-María y la gobernación inepta Trump-Rosselló.

Por un lado, esta segunda versión causó confusión y fricción para varios miembros del público que me imagino tenían la expectativa de ver algo más parecido a sus recuerdos de la versión anterior. Por otro lado, como era difícil entender que la acción había terminado aún después de los fuertes aplausos, la mayoría de los espectadores quedaron en el teatro para mejor examinar los otros lados del ensamblaje de objetos que habían aparecido durante la acción pero que no pudieron ver bien de sus asientos. Tomaron fotos y “selfies” entre las composiciones y el equipo de producción tenía que pedir su salida para poder preparar la sala para la segunda función del domingo. Una obra que se convierte en galería me parece un logro especial.

Quiero destacar los otros logros de El maestro 2 utilizando como referente la primera obra: primero, el Albizu contemporáneo sin pretensiones de imitar y recrear el personaje histórico. Es la mejor forma de oír el texto original dentro de la actualidad y especialmente en relación a la política colonial estadounidense en la época de la Junta de Control Fiscal(JCF) y la lenta y problemática recuperación pos-María. Cualquier nostalgia por la imagen de otra época de más gracia o estilo personal desaparece: Muñoz Marín es Ricki Rosselló, Truman es Trump, la relación colonial no ha cambiado en 68 años. El gobierno mendigo pide migajas –o préstamos– de Washington que se gastan aquí para comprar votos y así mantener su partido en la gobernación.

Segundo, la colaboración plástica y textual entre el director-escritor Nelson Rivera, el actor-performero Teófilo Torres y el diseñador-escultor Gavin Sierra añade complicaciones a la función dialógica de la acción. Tanto los paneles de artículos que bajan como los carritos de objetos traídos por las ayudantes encierran y blindan al personaje Albizu-Torres de forma similar a las paredes de la jaula de la obra anterior.

Sin embargo, en este caso surgen múltiples sentidos nuevos: lo que baja o entra es basura: muñequitos inflables de superhéroes, toallas de playas con nalgas femeninas, cajas de cerveza, los boquetes de verja de ciclón rellenos de vasos plásticos, bolsas de compra de tiendas de renombre de Plaza las Américas (y otros malls); una minoría de los artículos son más básicos como un racimo de plátanos, pero en Puerto Rico también se importan comestibles tan básicos como los plátanos.

Para mí, esta instalación del consumismo representa lo que hemos recibido a cambio de 70 mil millones de dólares de deuda: nada de valor. Es lo que tenemos en vez de buenos sistemas de educación, salud, energía eléctrica, agua, transportación y comunicación. Aprendimos en septiembre pasado precisamente cuán deficientes son estos sistemas y cuán pobre y corruptamente los gobiernos de Puerto Rico desde los años 1950 en adelante han manejado los fondos y recursos públicos. Y Albizu lo dice.

Tercero, me parece que el texto (los discursos escogidos) son aún más radicales que los textos de El maestro 1. Son todos de 1949 y 1950, el momento de la lucha armada del Partido Nacionalista que proyectó tan bien el reciente documental 1950 de José Manuel Dávila Marichal. En estos discursos Albizu argumenta a favor de esa lucha y el necesario derramamiento de sangre para librar a Puerto Rico del yugo –“esclavitud”– colonial. ¿Lucha armada? ¿Derramamiento de sangre? Son términos de escalofríos para la gran mayoría. Tanto que uno puede apreciar los mártires y héroes nacionales, pero ¿no hay otro tipo de lucha que no sea armada?

La fuga de miles de puertorriqueños antes y después de María es una reacción al hecho de ser esclavos de deudas personales y de la deuda de los bonistas. Pero no son cimarrones la mayoría de los que quieren escapar la economía estancada por la deuda y el lento y doloroso proceso de la recuperación de María por perderse en la “diáspora”. Su deseo más bien es cambiar un yugo pesado para uno que esperan sea más liviano.

No hace falta análisis: de la dependencia colonial, del estancamiento económico, de la corrupción oficial, de la falta de auditoría de la deuda, de la imposición injusta de la junta, de la infraestructura debilitada, de la insuficiencia e incompetencia de los esfuerzos de recuperación.

Los análisis son brillantes; sabemos todas las razones y causas; pero ¿qué hacemos? Seguir votando para re-elegir los mismos gobernantes de siempre, los mismos partidos, la misma deuda, la misma falta de servicios básicos, el mismo coloniaje de siempre. ¿Cuál es la estrategia de cambio ahora? ¿Qué diría don Pedro ahora?

Cuarto, la sencillez de un hombre en ropa cotidiana actual sentarse en una mesa sin mirar directamente al público enfoca la energía actoral en el discurso hablado. Es la voz penetrante de Teófilo Torres que recrea la idea detrás del discurso de Albizu que puede viajar por el tiempo. Se puede blindar el cuerpo pero la voz no se tapa ni se calla. Este aspecto tan prominente en El maestro 1 se repite y crece en El maestro 2.

La instalación que va montándose alrededor del actor contribuye al establecimiento de su fuerza oral porque ofrece un contraste tan radical con el discurso. La voz habla de honor y sacrificio, de libertad y dignidad, de integridad y auto-suficiencia, de rectitud y justicia, y los restos, la basura dejada después de las compras, la insustancialidad de los gastos, sigue acumulándose en escena. En este caso, diferente a la obra famosa Respiro (Breath) de Samuel Beckett, la voz no se apaga sino sigue constante.

Una nota especial de agradecimiento a los tramoyistas Estefanía Montañez, Gabriela Alfred, Diego R. Colón, Sebastián Feliciano y los demás miembros del equipo de producción. Sus trabajos e intervenciones en escena al ensamblar la escultura final son cruciales al éxito de la obra.

La obra subió a escena en Sala Experimental Marichal, Centro de Bellas Artes, 21 -24 de junio de 2018.

Apegos de sobremesa

Me fueron a buscar a la escuela temprano porque corriendo por el patio metí los pies en un sumidero de fango que me tragó los zapatos. Yo estaba en primer grado, era bien pequeñita pero picoreta, decía mami. Entonces le dije al conserje Juan, que era mi amigo, que llamara a mi papá para ver cómo resolvíamos este problema. Cerca del mediodía papi me buscó y me llevó a casa de mi abuela Rosa que me esperaba con el almuerzo que jamás olvidé. Abuela me sirvió en un plato crema con diseño japonés azul, arroz blanco, habichuelas rosadas, carne guisada con papas y zanahorias, aguacate y un pocillito de jugo de china Suiza que yo llevaba en la lonchera. Recuerdo todo de aquél día, el calor sofocante de agosto, los pies hundidos en el fango y la sensación de estar descalzándome a fuerza del inclemente babote —y mira que hemos tenido que luchar contra ese babote la vida entera—, pero sobre todo recuerdo el hartazgo de comida que me dio esa señora abuela mía a la que quise tanto. Me sentó frente a ella en una banquetita y de sus propias manos, cucharada a cucharada me dio de comer. (Meses después me tocó darle de comer a ella y veinticinco años después a su hija, mi mamá. Las dos tuvieron que dejarme muy pronto. Casi casi tenían la misma edad cuando les tocó partir.) No olvido el estado de bienestar en el que me encontraba con aquella pancita llena de comida. El juguito casi no me cabía pero insistí.

Este recuerdo me acompaña desde entonces, recuerdo muy vivo en mi memoria que a veces llega sin motivo, y otras, como esta vez, me lo trae una lectura. Se trata de Mediterráneos (1997), de Rafael Chirbes. No es un libro que hable de abuelas exactamente, pero habla de viajes, mar, herencia, cultura y apegos. Se trara de una recopilación de artículos publicados por Chirbes en la revista gastronómica Sobremesa.

Chirbes, quien falleció en agosto de 2105, nos deja en este libro una mirada reflexiva sobre aquellas ciudades (Valencia, Creta, El Cairo, Benidorm, Alejandría, Venecia, Génova, Lyon), geografías y gentes que según él, le permitió redescubrirse y entender mejor los lugares en los que estuvo y su lugar entre ellos. Entonces, cada vez que rememoro ese último almuerzo que mi abuela me obsequió de sus manos a mi boca, además de hambre, nostalgia y rabia por lo perdido, me ayuda a entender mejor mi propio lugar y mi propio ser. Sigo siendo aquella niñita, con unos cuantos años más, que de vez en cuando come carne guisada, pero ya de una mano ajena, y deja sus zapatos enterrados con tal de huir del fango inevitable del camino. Esa niñita le ha dado de comer a su abuela y a su madre cercana la muerte y, piensa que es la cosa más satisfactoria que ha hecho en toda su vida.