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¿Enmendará la Junta el Código Civil?

Una de las medidas que contempla el plan certificado por la Junta de Control Fiscal es la eliminación de la ley que penaliza en “despido injustificado” de empleados en la empresa privada. El estatuto, generalmente conocido como “Ley 80”, ya fue enmendado por la administración de Ricardo Rosselló en 2017 para, entre otras cosas, reducir la compensación –“mesada”– que está obligado a pagar el patrono ante ese tipo de despido. Ahora se plantea su total eliminación, algo que efectivamente propuso Rosselló hace unos meses y luego retiró por la ola de indignación que se propuesta provocó.

Lo primero que se debe aclarar sobre este estatuto es que no prohíbe o penaliza todo despido. El que se produce por razones “económicas”. Tampoco lo son los despidos que se decretan por el cierre o reestructuración del negocio ni el que se produce debido a una supuesta “conducta desordenada” del trabajador. Frente a esos despidos el patrono no está obligado a pagar compensación alguna. Sólo cuando se logra probar que la terminación del empleo no respondió a ninguna de esas causas, convirtiéndose en “injustificado”, el patrono está obligado a pagar la mesada que en la última de la ley quedó bastante reducida.

Buena parte de los abogados que practican el derecho laboral creen que la Ley 80, según fue interpretada por los tribunales, terminó protegiendo más al patrono que al trabajador. Esta conclusión no se basa solamente en la apretada definición de lo que es “injustificado” según el estatuto, ni en lo menguado de la llamada mesada, sino en una decisión del Tribunal Supremo de Puerto Rico emitida hace varias décadas donde se estableció que el remedio que provee la Ley 80, la mesada, es “exclusivo” y que, por tanto, cuando se trata de un despido injustificado el patrono no está obligado a enfrentar ninguna otra causa de acción ni a pagar más compensación que lo que mandata esa ley. Sólo los despidos discriminatorios (por raza, edad, sexo, etc.), penalizados por legislación especial, se salvan de ese mandato del Supremo.

Desde hace más de un siglo en Puerto Rico existe otro estatuto, recogido en el artículo 1802 del Código Civil, que obliga a toda persona que actúa con “culpa o negligencia” a reparar el daño que sus acciones provoquen. La conducta prohibida tiene, como vemos, de una definición amplia y, además, el estatuto no dispone límite alguno en cuanto al monto del daño recobrable. Quien actúe de forma culposa o negligente está obligado a reparar todo el daño que sus actos provoquen. Este artículo de nuestro Código Civil es la base de las acciones de “daños y perjuicios” que se litigan todos los días en los tribunales puertorriqueños.

En todo despido injustificado de un trabajador existe culpa o negligencia. No se trata, como ya vimos, de un empleado que dejó de ser necesario debido a una reestructuración de la empresa ni que la situación económica o su “conducta desordenada” llevó al patrono a prescindir de él. Es injustificado porque respondió al puro capricho o a un acto negligente o de maldad de parte del patrono o de algún gerente.

Según el mencionado artículo 1802, el trabajador víctima de ese acto culposo o negligente tendría derecho a ser resarcido de todo el perjuicio que el despido le causó. Si como resultado de quedarse desempleado perdió su casa y sufrió graves daños emocionales, la compensación debe ser grande. Además del empleado directamente perjudicado, los miembros de su familia afectados por las consecuencias del despido, también podría reclamar al amparo del Código Civil.

Sin embargo, mientras exista la Ley 80 y, dada su vigencia, se mantiene la vieja decisión del Supremo que concluyó que el remedio que esta provee es de carácter exclusivo, ninguna de esas reclamaciones del empleado despedido y de su familia puede hacerse en nuestros tribunales. El trabajador se tiene que conformar con la mísera mesada y su familia se queda sin causa de acción bajo el artículo 1802 del Código Civil. Así fue como la ley que se suponía protegiera al trabajador frente a las acciones abusivas del patrono se constituyó en la práctica en un escudo protector para el propio empleador.

Si se elimina la Ley 80, la vieja decisión del Tribunal Supremo se vuelve académica porque el llamado remedio exclusivo deja de existir. Los patronos entonces quedarían expuestos a los efectos del artículo del Código Civil que penaliza toda conducta culposa o negligente. Tanto el trabajador afectado como sus familias podrían acudir al tribunal a reclamar que sus daños sean resarcidos.

Este análisis deben estar haciéndolo ahora mismo alguno de los costosos asesores de la JCF y, más aun, los abogados de los bufetes que se dedican a defender a los patronos. Ya deben haberle advertido a Natalie Jaresko y a José Carrión III que si eliminan la Ley 80 también tienen que enmendar el Código Civil para impedir que los efectos amplios del artículo 1802 lleguen hasta las acciones culposas o negligentes de los patronos en materia de despidos. Ambas acciones – la eliminación de la Ley y la posible enmienda del Código Civil – dependen de la Legislatura de Puerto Rico y, hasta ahora, este cuerpo se ha manifestado en contra de la eliminación de la Ley 80. Pero si reculan como tantas veces lo han hecho y aprueban su eliminación, habrá que estar muy vigilante de que en el mismo trámite no procedan a enmendar el Código Civil.

Amor con amor se paga, gracias Jan

El próximo domingo, 6 de mayo se celebrará la actividad anual para reconocer la labor de la Misión de Puerto Rico en Cuba Juan Mari Brás – único espacio en el que se reconoce a Puerto Rico como nación– y para recaudar fondos para asegurar su permanencia y funcionamiento.

Justo el año pasado, la Misión cumplió 50 años de fundada y la actividad en Puerto Rico fue dedicada a esa admirable gestión de décadas. Años anteriores, sin embargo, se le ha dedicado el evento a diferentes figuras del quehacer artístico, cultural y político de Puerto Rico. Por ejemplo, Pablo Marcano, Roy Brown y Zoraida Santiago, Danny Rivera, Andy Montañez, la Orquesta Nacional Criolla Mapeyé, Doris Pizarro, entre otros y otras han sido homenajeados.

Este año, la fiesta será en honor a la abogada especializada en derechos civiles, Jan Susler, quien ha dedicado la mayor parte de su carrera profesional a representar a prisioneros políticos puertorriqueños: hombres y mujeres que han luchado por la independencia de Puerto Rico. Al último prisionero político que Susler apoyó legalmente en el proceso de excarcelación fue a Oscar López Rivera, de quien se hizo muy amiga, al igual que de los otros y otras ex prisioneras.

Susler ha ejercido como abogada por más de 40 años. Se especializa en los derechos de los confinados, conducta policíaca impropia y derechos civiles, y ha trabajado en la firma People’s Law Office en Chicago desde 1982. En el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, ha sido una de los pocos estadounidenses que hablan a favor de la descolonización de Puerto Rico.

A pesar de que nació en Estados Unidos, en Chicago, Illinois muchos y muchas la consideran puertorriqueña e incluso dicen que nació en el lugar equivocado. “Amo al pueblo puertorriqueño y al país. Respeto y admiro la increíble resistencia del pueblo ante cientos de años de colonización, y me siento bien amada y aceptada. Me siento muy privilegiada de poder tener esta maravillosa relación cercana con el pueblo puertorriqueño. Soy sumamente bendecida”, dijo la homenajeada.

Y es que desde que se mudó a Chicago en los ‘80 y comenzó a trabajar para la People’s Law Office, se acercó a la comunidad puertorriqueña, a las familias de los prisioneros que defendía y a comenzó a viajar mucho a la Isla.

“Sobran las razones para dedicarle la actividad a ella”, le comentó a CLARIDAD Néstor Nazario, parte del comité de trabajo del evento. “Hay mucho entusiasmo y estamos contentos de que se le reconozca a ella”, continúo Nazario quien además comentó que a Susler no le gustan los homenajes porque “no hace las cosas a cambio de algo”.

El Centro de Convenciones de Coamo será la sede de la actividad, que contará con música bailable, con Nueva Trova, con la presencia de muchos y muchas de los compañeros exprisioneros(as) políticos(as) puertorriqueños(as), con un acto protocolar para la homenajeada y con una cena para los presentes.

Los boletos están a la venta por un costo de $30.00.

En Memoria del amigo Juan González Feliciano

Juan González Feliciano fue un hombre que al decir del poeta español, Antonio Machado, supo ser “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Juan fue un bueno cabal. Debidamente terminado en cuanto a todas las dimensiones de lo que se requiere de un ser humano para merecer reclamar dicha condición; las que podríamos señalar, aunque suene redundante, que se trata precisamente de ser “humano”. Juan era un hombre profundamente humano. Era capaz de tratar a los otros con la misma consideración y respeto, y con el reconocimiento de la misma dignidad esencial que siempre supo exigir para sí.

Por mano propia, Juan supo construir de sí mismo el rompecabezas acabado de un hombre bueno; sin que le faltaran piezas. ¡Y vaya que esa forma de ser le rompió las cabezas a tantos, a quienes en sus pequeños y egoístas esquemas mentales no caben la solidaridad, el desprendimiento, el sacrificio, la generosidad y la afabilidad que emanan naturalmente de los seres como Juan!

Y es que, así como fue un batallador constante y consistente en la fatigosa y a veces frustrante lucha diaria por las mejores causas de su país y el derecho negado a la vida digna de sus compatriotas; en Juan se hizo verdad aquella frase de Marx de que “la felicidad es la lucha”. Juan, siempre de buen humor y capaz de regalarnos una sonrisa o un comentario jocoso, aunque se encontrara en el medio de una ardua batalla, o abatido por la decepción de quienes desviaban el camino. Juan, que siempre supo ser conciliador, porque nunca fue mas importante su orgullo personal que el adelantar las causas que lideró.

Frente a quienes principalmente se preguntaban: ¿qué es lo más que me conviene en estas circunstancias? Juan siempre se obligaba a preguntarse a sí mismo: ¿qué es lo correcto? ; porque Juan era un hombre de principios, no de conveniencias.

Mientras por más de cinco siglos, una lastimosa y humillante herencia de colonialismo y explotación nos mantiene empantanados en este país, con sus versiones modernas de aquellas tres “b” del “baile, botella y baraja”, Juan supo ser estandarte de las tres “v”: visión, valentía y voluntad, las que siempre predicó con su ejemplo.

Con su forma de actuar Juan trazó el camino de una ética del nosotros, frente a los promotores de oportunistas ideologías del yo. Por eso, la figura de Juan siempre seguirá siendo un referente de honestidad, compromiso, entereza y de buen proceder, para quienes le conocimos. Y por eso seguirá estando presente entre nosotros, mirándonos firme y a la vez sonriente, cada vez que tengamos que resolver el predicamento de escoger entre lo fácil y lo correcto; entre lo personalmente beneficioso y un genuino compromiso de amor al prójimo; entre la seducción o el temor que infunde el poder desnaturalizado y nuestro compromiso con la defensa de los derechos de la persona humana. Para elegir sabia, solidaria y valientemente, siempre podremos preguntarnos: ¿qué hubiera hecho Juan, en estas circunstancias?

Palabras pronunciadas en la actividad de despedida.

CON-TEXTOS: Se vende una isla

“…creemos ser país,

y la verdad es que somos paisaje.”

Nicanor Parra

“…Ningún país en el que se haya privatizado el sector eléctrico ha tenido los beneficios esperados. … La privatización … puede ser considerada una estafa perpetrada para despojar a la sociedad de su legítimo control sobre un servicio público esencial. Es un truco concebido y ejecutado por grupos de poder

que buscan beneficiarse del control privado…”

Sharon Beder

Energía y poder: la lucha por el control de la electricidad en el mundo

(editado por el Fondo de Cultura Económica, 2005)

La venta de la Autoridad de Energía Eléctrica anunciada por el gobernador Ricardo Rosselló como la cesión de todos sus “activos” a la empresa privada –de consumarse según propuesta– constituiría el mayor disparate cometido por gobierno alguno en la historia moderna de nuestro país. Una mayoría de los puertorriqueños, sin embargo, apoya la propuesta, víctima de los múltiples argumentos falaces con los que ha sido irradiada a mansalva a través de la narrativa partidista, con el aplauso disléxico –pero vociferante– de los oscuros intereses privados que se beneficiarían de este despojo. Es una verdad profunda como el mar que configura nuestra determinante condición isleña. A veces lo obvio está delante de nosotros a un palmo de narices, pero nuestros ojos no lo ven. Nuestra geología, topografía, tamaño y ubicación geográfica demasiado alejada de los continentes más cercanos, nos convierte en un entorno muy poco apropiado para este tipo de privatización monopólica.

Nadie en su sano juicio puede afirmar que no es cierta la premisa oficial de que durante las pasadas décadas, la administración pública del monopolio natural de la generación, transmisión y distribución de energía ha sido deficiente, lastrada por el virus hasta ahora incurable que asedia sin misericordia sus órganos ya necróticos: los componentes de la alta y mediana gerencia y los políticos de turno que éstos apoyan. Mientras, el trabajador que con sus manos y mentes diestras la producen, pierde su espacio en la estructura operacional de la empresa para detrimento del servicio esencialísimo que es la producción y distribución de energía en una Isla alejada de toda masa continental. La fuerza obrera ha sido reducida a un número tan exiguo que hasta convierte en peligroso el permitir que continúe esa tendencia mientras se suceden apagones tras apagones masivos. Mientras, los partidos de turno continúan repartiéndose los escritorios ejecutivos a cambio de donaciones y apoyos en campañas políticas a candidatos que se turnan en el agarre a la cúpula decisional.

Nuestra gente aún no se percata de ello, pero es falaz afirmar que la solución consistente en pasar de un monopolio natural público a uno privado es buena para el país y redundará en una reducción de tarifas y facturas. El aserto es patentemente falso, ya que, en síntesis bidimensional, supondrá que a quien se le vendan los “activos” –como todo conglomerado capitalista que aspire a sobrevivir en el feroz mercado global de la energía– perseguirá obtener una ganancia tan pronto como a mediano plazo y además, precisará retener una parte sustancial de esas ganancias para enfrentar la inversión inmediata y a largo plazo que requerirá el reconstruir y mantener un sistema viejo, obsoleto, devastado, prácticamente en el piso, luego del paso de los potentes fenómenos atmosféricos que obnubilaron el 100% de su capacidad generatriz y operacional. En varios sectores de la ruralía no tan rural –incluyendo Guaynabo y Aguas Buenas, por dar un ejemplo que conozco– las líneas que restablecieron el servicio después de cinco (5) meses de la debacle, hoy día, a apenas un par de meses del comienzo de la nueva temporada de huracanes, penden de varios arboles de almácigo. Tengo fotos.

De hecho, en otras islas comparables a Puerto Rico como Hawái y Singapur  –esta última no tan lejana a una plataforma continental como nosotros– el costo al consumidor y usuarios de la energía eléctrica –incluyendo empresas y gobierno– es sustancialmente mayor al que pagamos en Puerto Rico, aún a pesar de la ineficiencia administrativa de la AEE, la que repito, no disputamos.

En Singapur, la isla/nación más próspera del mundo, con población y extensión comparables a Puerto Rico, el Gobierno mantiene el control público de la generación e infraestructura. Al presente, explora la posibilidad de una concesión controlada de opciones a la empresa privada para desarrollar tecnología de energía renovable, la que al presente es mucho más costosa para los habitantes de Singapur en tarifas medidas a base de kilovatios/hora. Nunca se les ha ocurrido –ni se les ocurriría– vender los “activos” de su infraestructura. ¿Por qué? Porque le estarían vendiendo la isla a perpetuidad a una gran multinacional. Ello es así porque el universo de residentes, inmigrantes, visitantes, turistas, empresas pequeñas, medianas o grandes –incluyendo filiales de compañías multinacionales o conglomerados de manufactura, comunicaciones o servicios– se verían obligados a pagar la tarifa que establezca la empresa que adquiera los “activos”. Esos activos que en el caso de Puerto Rico el gobernador ha propuesto “vender” incluyen los activos intangibles. El principal activo intangible somos nosotros mismos como conglomerado económico–social–ciudadano: el equivalente al futuro de nuestra existencia como pueblo por generaciones y generaciones. Eso sencillamente no puede ser objeto de valoración o “tasación”. El valor intangible de un mercado cautivo derivado de nuestra condición isleña es incalculable. Como dice el anuncio de Master Card, “priceless”.

Están vendiendo la Isla, a nosotros, a nuestro país, a nuestra economía, ad perpetuam. ¿O es que alguien cree que luego de vender los “activos” podrá el gobierno de Puerto Rico recomprarlos a la Con–Edison, o a la PUMA o a la Mobil, o al conglomerado que sea?

En Hawái, contrario a Singapur, hay una pseudocompetencia de tres grandes empresas en cada una de las principales islas. Aun así, el costo por kilovatio/hora es mucho más caro que el de Puerto Rico (30¢ k/h, similar al de Singapur). Los propios hawaianos así lo reconocen:

“The isolated geographic location also contributes to the higher cost of electricity because we don’t have any nearby utility companies from which to draw power in the event of a problem. So, for system reliability, we must have reserve generating capacity and multiple distribution routes.” https://www.hawaiianelectric.com/billing–and–payment/rates–and–regulations/average–price–of–electricity

Lo que abordamos antes no es nuevo. Ya lo había dicho Franklin D. Roosevelt durante su discurso inaugural como presidente de EU en el 1958:

“…ninguna Comisión ni la Legislatura misma tiene el derecho, por ninguna causa, a dar un sólo kilovatio en perpetuidad virtual a ninguna persona ni corporación. La Legislatura, en este sentido, es solo un fideicomiso de la gente.”

Rexford Guy Tugwell, The art of politics as practiced by three great americans: F.D. Roosevelt, L. Munoz Marín and Fiorello LaGuardia

El deber fiduciario de la Legislatura es detener esta venta. Comentarios a: rei_perez_ramirez@yahoo.com

La “joya de la corona”

Las palabras viajan con los vientos y penetran en las mentes de la humanidad. En ellas se mezclan con las memorias y las impresiones, formando una arcilla que permite interpretar el mundo. Cualquier expresión es obra de muchos y viene de lejos: de la noche de los tiempos, de otro país o de un significado que ya poco o nada tiene que ver con el uso contemporáneo de la expresión.

En boca de comentaristas de radio, en la prensa escrita, en las conferencias públicas de los políticos, en conversaciones de cualquier esquina, de un tiempo a esta parte se usa una expresión rancia y, hasta cierto punto exótica, que bajo el sol puertorriqueño ha venido transformándose, cambiando de tono, alterando su significado. Una y otra vez se escucha que esto o lo otro, tal dependencia del Estado, tal institución u organismo o, incluso, una u otra persona son la “joya de la corona”.

Puedo equivocarme, pero entiendo que la expresión se origina en los debates políticos de Inglaterra, en la época de su Imperio. Por ello, ésta alude a un sistema político (la monarquía) y al distintivo simbólico de la autoridad de ésta (la corona del rey o la reina). Las coronas reales son objetos suntuarios, símbolos del exceso de poder y riqueza centrados en un individuo, y por ello han sido realizadas con piedras y metales preciosos. La “joya” sería, por tanto, una de las piedras valiosísimas que adornan la corona del monarca: la más grande o la más preciada. Por esto mismo, la que resulta más deseada, la que puede producir más beneficios.

En el contexto británico de época, esta expresión debe haber sido pronunciada por primera vez por un parlamentario, que en un exceso retórico, se refería a algo tan carente de poesía como una colonia. Como tantos políticos, éste, al hablar, combinaba el eufemismo con la grandilocuencia: una imagen en apariencia engrandecedora, ocultaba el sudor y la sangre de los habitantes de un territorio apropiado por la fuerza. Aludir a la joya de la corona significaba, en realidad, identificar lo que bajo ningún concepto se estaba dispuesto a dejar en manos de otro, debido al caudal de beneficios que se estaban y se podría continuar extrayendo de ella. Históricamente, la joya de la corona era la India: la enorme colonia asiática que entonces rebasaba las fronteras del país actual, e incluía a Pakistán y Bangladesh, con su variedad alucinante de pueblos, lenguas, climas y riquezas. La expresión, entonces, se refería a unos recursos apropiados, que de ninguna manera se estaba dispuesto a entregar a otro o a devolver a sus dueños originales.

Desde hace unos años, politólogos y políticos aluden sin descanso a nuestra “joya de la corona” y casi invariablemente la expresión se asocia con la Autoridad de Energía Eléctrica. El proceso, sin embargo, es confuso, porque más que una “joya” se están refiriendo a una ex joya. La AEE resultaría, en palabras de estos fenómenos del tiro de la vaqueta, en algo que misteriosamente, a pesar de su condición de ex, continuaría siendo objeto del deseo. Una AEE con deudas estrambóticas, con un sistema que es un harapo de parches, diezmada por la cantidad de profesionales que se han lanzado por las “ventanas” de retiro, regentada en los ambientes enrarecidos de los cuartos cerrados y las negociaciones secretas, continuaría milagrosamente poseyendo los potenciales de lucro de antaño, los de ese tiempo mítico anterior a su saqueo bipartidista.

No existe tal “joya de la corona”. La AEE no es ya la Autoridad de Energía Eléctrica, sino la Autorización de Espejismos Exagerados, para politólogos necesitados de llenar minutos hasta la llegada salvadora de los comerciales, o para políticos empecinados en concebir el servicio público como un juego de póker en el que se tiene un as escondido en la manga.

Como la India en tiempos del Imperio Británico, la AEE es una joya robada. Ésta ya no está en la mina donde fue creada por lentas acciones milenarias y, en nuestro caso, no se encuentra ensartada en la corona de un monarca, sino que se ha transustanciado en mansiones y piscinas, en casas de playa y portafolios de acciones y valores que ahora pertenecen, en exclusividad, a ingenieros, empresarios, abogados, cabilderos y políticos.

La joya puertorriqueña es, por tanto, una ex joya o, si se quiere, una joya hurtada. Sin embargo, el deslumbre de su espejismo, sirve para ocultar la verdadera joya del Estado puertorriqueño. Cabe decir que la actual joya de la corona boricua no es ni un rubí ni una esmeralda, no clasifica siquiera como piedra preciosa, y tiene una triste vinculación con la joyería de fantasía. Esta ausencia de categoría, esta condición de baratija, no la han despojado de un charm rudo y primitivo.

La verdadera joya de la corona puertorriqueña es la Comisión Estatal de Elecciones. No en balde, no hace tanto, su brevísimo director justificó el pago público de servicios de automóvil, combustible y chófer debido al estatus máximo de su cargo. No en balde, en un chispeante intercambio de mensajes electrónicos el breve director se convirtió rápidamente en un ex juez y ha tiznado, con alborozados mensajes de pocas palabras, a medio círculo íntimo del gobernador.

No importa a qué cifra inaudita de millares de millones de dólares ascienda la deuda de la AEE, ex joya de la corona, o del gobierno o de los planes de retiro, pero a la CEE no se le puede reducir un centavo de su presupuesto. Al gobierno se le ha impuesto una Junta que equivale a elevar al cubo la colonia. A los protagonistas del bipartidismo totalitario los han reducido a jugar sus partidos de pelota dura en los confines de una mesa de dominó y no hay cancha para tanta gente. Pero mientras controlen la CEE habrá trabajo y esperanza, un lugar para dar rienda suelta a los turbios manejos de siempre, una pequeña república del partido que permitirá soñar con la victoria en las próximas elecciones y con la casa que se mandará a construir en un suburbio de Maryland o la Florida cuando, como los ingleses en un día de 1947 quieran llevarse, escondidas entre la ropa sucia o disimuladas en las tiernas maletas de sus hijos, los pedacitos de la joya de la corona.

El autor es escritor.