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Los martirios de hoy y la cruz de Jesús

En esos días, en Brasil, conmemoramos el martirio de Marielle Franco, consejera municipal de Rio de Janeiro y de su chofer Anderson Pedro Gomes, asesinados en el centro de la ciudad el 14 de marzo. Tres días antes, en Pará, fue asesinado el militante social Pedro Sérgio Almeida, representante de la Asociación de los Negros de la Amazonia. En ese año, son decenas de militantes sociales asesinados por su lucha en defensa de los derechos humanos.. Quien es cristiano no puede dejar de ligar esas muertes violentas al martirio de Jesús que las Iglesias celebran en esos días.

No deja de ser extraño: las Iglesias celebran el memorial de la pasión de Jesús. Sin embargo, quien parece estar siguiendo los pasos de Jesús en su testimonio de dar la vida por los demás no son los más religiosos o personas que dicen hacer eso por causa de la fe.

En las últimas décadas, en toda América Latina, muchos hombres y mujeres dieron la vida por el pueblo y por la justicia, a causa de la fe. El 24 de marzo, celebramos el martirio del obispo Oscar Romero, asesinado en El Salvador, en el momento en que celebraba la eucaristía. Así como él, muchos hermanos y hermanas han dado la vida para realizar en el mundo el proyecto divino de justicia, paz y liberación. Sin embargo, en la mayoría de los casos, esas personas no han contado con apoyo y comprensión de los pastores de la Iglesia. ¿Por qué la Iglesia que celebra la pasión de Jesús tiene dificultad en reconocer y en vivir el martirio como Jesús vivió?

Hoy interpretar la cruz de Jesús como sacrificio oferecido a Dios para la salvación del mundo parece inadecuado. Además de presentar a Dios como una divinidad cruel que para reconciliarse con el mundo necesita la muerte de su propio Hijo, esa teología separa la muerte de Jesús de todas las otras muertes violentas, ocurridas por la justicia y la liberación.

De hecho, la cruz era el suplicio que los romanos reservaban para los esclavos rebeldes y los que subviertían el orden imperial. Con esa acusación, hecha por las autoridades religiosas, ligadas al poder político que dominaba aquella región, Jesús fue condenado a morir en la cruz.

La muerte de Marielle, Anderson y Pedro, así como la de Oscar Romero y de tantos otros nos desafían a comprender y celebrar la memoria de la muerte de Jesús como martirio y no como sacrificio. Y ahí sí, la fe en la resurrección de Jesús nos hace ver más allá de la muerte. El martirio no es sólo una forma de morir, sino, sobre todo, una forma de vivir. Creemos en la resurrección. Por eso, a través de la continuidad de la lucha, nuestros mártires son testigos del mismo proyecto pascual de Jesús.

Será otra cosa: Autoayuda para navegar película casera de 6 meses y todas las crisis al tiempo

Tomé fotos esos meses del huracán. Fotos nimias, nada artísticas, ni siquiera interesantes. Confío poco en mi memoria, y sabía que todo aquello sería irreproducible a lo largo del tiempo. No eran fotos de la destrucción ni de la desgracia. No. Tomé fotos de aquella postración inédita, su languidez, de la oscuridad y la sed, del calor, fotos de la paciencia y el desasosiego. Hasta del tenernos, de los baños fríos a cualquier hora, de una brisita incipiente que en algún momento comenzó a aliviarnos, de la inestabilidad y el no saber nada tomé fotos. Del temor. Luego ya no tomé fotos de todo lo que empezó a surgir. Los huracanes los recuerdo siempre como épocas suspendidas de la vida, un tiempo de acción lenta y memorable que yo sé que un día, dentro de muchos años, aún invocaré casi sin audio -apenas alguna palabra clave lanzada entre escenas sin editar- como una película casera y vieja que solo alguien de su tiempo insiste en observar.

Aún así, este huracán no tiene equivalente en mi memoria. Ya van seis meses que parecen seis años. Tengo luz desde noviembre. Una dice eso hoy día y te acusan de privilegiada. Hay algo ahí. Divago. Decía que van seis meses. Otro anciano murió en Morovis el día que se cumplió ese medio año. Necesitaba un respirador artificial y su comunidad está “sin luz desde Irma”, una frase que se ha vuelto la más extrema, realmente abominable.

Una de las cosas más violentas del mundo es tener que continuar la vida diaria sabiendo todo lo que ha pasado. Sabiendo que viejos y viejas han muerto de sed, de hambre, de falta de atención médica en nuestro país porque no hubo ayuda a tiempo. Eso no tiene perdón. ¿Quién va a hacerse responsable de lo que ocurrió aquí? ¿Cómo ha podido ser? ¿Eres de quienes se culpabilizan diciendo que lo hemos permitido? ¿O eres de quienes recuerdan que nosotros mismos, eso llamado “el pueblo”, “las comunidades”, “la gente”, fuimos los únicos que evitamos una hecatombe mayor? ¿Realmente podíamos evitar este desastre? ¿Cómo? ¿Convenciendo a alguien de otra cosa? ¿Escribiendo, repartiendo miles de boletines? Es cierto que los muertos hubiesen sido muchísimos más, de no ser por las miles de personas que se movieron aquí y allá para ayudar. ¿Pero y qué tal la gente que no estaba muerta pero ya vivía muy mal? Gente a la que se le fue el techo pero tú llegas a su casa y sabes que allí ya se malvivía, se subsistía a muy duras penas desde antes. Las ciudades son un fenómeno escondiendo la pobreza.

Aún quienes ya tenemos luz, todavía estamos resolviendo cotidianamente los efectos de ese y todos los huracanes subsiguientes. Pero este tampoco es el punto. Busco decir que esa película vieja, casi muda, no se me borra de la sensacionalidad. Hay un mareo, un vacío que vuelve bastante. A menudo regreso a ese tiempo suspendido, a los episodios lacónicos, a la incredulidad más lenta del universo.

Hace años vengo escribiendo sobre cómo la felicidad en nuestro país es un asunto cada vez más privado. Por años invertimos en ampliaciones de terrazas, barbacoas, sillas sobre sillas de plástico, hasta piscinas o parcelas cerca de la playa o el campo. Pero el punto es que invertimos en todo eso a falta de una inversión pública en proyectos colectivos.

Ahora, las ruinas de aquel país que fuimos dejando afuera nos subrayan esa condición de la parcela privada, de la felicidad a puerta cerrada, íntima, a cuentagotas, en que hemos vivido por años. Nuestras crisis (económicas, fiscales, políticas, sociales) ahora llevadas más allá del límite con los efectos de la negligencia crasa ante el desastre climático, son mucho más monstruosas que esas terrazas y marquesinas con sillas plásticas que habíamos armado. Ya rompieron puertas y ventanas, otras se colaron por las grietas y rendijas, pero inundaron nuestros aposentos. Nuestras crisis son fatales pero tienen algo peor que su propia naturaleza: una administración pésima, violenta, infrahumana, insostenible.

Al menos de mi parte, ha ocurrido lo que nunca pensé: ahora me la paso leyendo artículos sobre cómo evitar deprimirse con todo lo que está pasando (en el mundo, en EEUU, en Puerto Rico). Yo, que toda la vida hablé con tanto desdén de la literatura de autoayuda, ahora colecciono estos artículos, a mi (nuevo) entender valiosos. Para contrarrestar el pudor con entereza, he ido armando mis propios consejos, que compartiré con ustedes solo para darle a este artículo un tono un chin menos tétrico, una nota de futuro. Ojalá puedan añadir sus propias estrategias de autoprotección y lucha para otro presente.

• Recordar y honrar a nuestros ancestros luchadores. Ellas y ellos pasaron por mucho más que esto. A los míos, los honro a diario. A veces es tan mala la situación, que debo honrarlos a cada hora, en cada momento. Parte de honrarlos es también consolarme con que no estén aquí sufriendo este tiempo tétrico.

• Proteger nuestras relaciones. Lo más preciado que tenemos son nuestras buenas relaciones: el amor, la familia, las amistades. Hay que cuidarlas, darles el tiempo y la importancia que tienen.

• Organizar la rabia, el dolor, la indignación. No actuemos a solas. Busquemos unirnos a algún grupo u organización aunque sea pequeño o crea uno propio. Aporta tu talento y tu malestar a una de las múltiples causas que nos han dejado las crisis.

• Puerto Rico tiene hoy una lista larga de enemigos reales. Es importante ser críticos entre nosotros pero, en este momento, enfocarse y no desperdiciar la energía es vital. Hay que mantener los cañones enfilados hacia esos enemigos, no hacia los amigos ni hacia la gente que lucha ni hacia organizaciones que a lo mejor no te gustan o no te inspiran confianza pero que, definitivamente, no son los enemigos.

• No es momento de aspirar a la perfección. Tampoco es momento de vivir vicariamente el proyecto que siempre quisiste crear y no has creado, mediante la crítica minuciosa y constante a un proyecto similar. Cada grupo y organización tiene un rol, un propósito. No podemos pretender que esos roles y posiciones sean todos los mismos ni que ciertos grupos asuman la agenda que nosotros entendemos deben asumir. Cada quien va a actuar según su agenda y esta no necesariamente coincidirá con las demás. Lo importante es poder buscar lugares lo suficientemente comunes en esas agendas diversas.

• En estos días trato de tener más compasión con la gente cercana, con colegas, compañeros e incluso con gente con la que difiero pero cuyo trabajo es importante y merece respeto. De nuevo, a veces me pierdo pero trato de guardar toda mi ira y malestar para atacar (de distintas formas) a los que atacan la integridad y posibilidad de nuestro País.

• Bajarle 2 (o 10) a la inmersión en las redes sociales ayuda mucho. De nuevo, hay que guardar y enfocar bien las energías y las redes consumen demasiada, muchas veces sin un fruto lo suficientemente sustantivo.

• Hay que buscar la esperanza donde sea que esté. Hay muchos grupos y organizaciones haciendo una gestión extraordinaria. Apoyémoslos. Toda ganancia es buena y, si crece o es constante, puede ser inspiradora.

• Hay que obligarse a hacer las cosas sencillas que a una le gustan y le ayudan a sentirse mejor. Hacer ejercicios, ir a la playa, explorar la naturaleza, caminar un poco para despejar la mente, subir una montaña, leer, tomarse un café con alguien, hasta darte un baño largo.

• Compartir lo que tenemos. Hay mucha gente pasando necesidad. En momentos así, es bueno pensar en la red de la araña. ¿Qué puedo hacer por esta persona para ayudarla a no caer? No hablo solo de cosas materiales. Hablo de apoyo emocional, atención médica (si eres médico o enfermera, por ej), acompañamiento, hacer comida de más y compartirla, pagar un café pendiente si puedes hacerlo. La consigna es no dejarnos caer. Fortalecernos para resistir y transformar esta realidad, aunque haya que empezar de nuevo, ya no de las cenizas sino de los escombros.

Los Oscar y breves de marzo

Las nominaciones a los Oscares sorprendieron a muchos por su diversidad: tanto un afroamericano como una mujer, dos de los grupos principales sin poder, estuvieron en la lista de finalistas para mejor dirección y por primera vez una mujer fue nominada en la categoría de cinematografía. Pero la noche de los Oscares fue muy tranquila ya que los ganadores habían sido anteriormente premiados y seleccionados como los mejores en los Golden Globes, BAFTA, los gremios de Hollywood y, algunos, por el Festival de Cine de Venecia en septiembre, el tercer festival más prestigioso en el mundo del cine (Cannes y Berlín son los otros).

El hermoso y extraordinario filme The Shape of Water del mexicano radicado en Hollywood, Guillermo del Toro, ganó en tres de las categorías más importantes: película, dirección y música, además de diseño de producción. Ya este filme había recibido el BAFTA casi en las mismas categorías, el Golden Globe por mejor director y música, seleccionado por el gremio de directores y en Venecia mejor película entre otros premios. Three Billboards Outside Ebbing, Missouri recibió el Oscar por las actuaciones de Frances McDormand y Sam Rockwell. Ya habían recibido premios en las mismas categorías de Golden Globes y BAFTA y por mejor guión en Venecia. También ganó el premio del gremio de actores (SAG) para ambos y por ensemble/trabajo en conjunto. Como Lady Bird, primer filme de la joven actora Greta Gerwig, fue la revelación de las producciones de 2017, junto a Get Out de Jordan Peele quien ganó mejor guión original, nada más tenerlo competir en cinco categorías fue un logro inesperado. Los Golden Globes ya habían premiado a Saoirse Ronan como Actora en Comedia y a la Mejor Película/Comedia.

Gary Oldman interpretando a Winston Churchill en Darkest Hour continuó obteniendo el premio por Mejor Actor como lo había hecho en todas las premiaciones anteriores. Nosotrxs como hispanoamericanos también nos regocijamos en el triunfo del talento mexicano con Guillermo del Toro y los compositores y creadores del filme animado Coco. A esto se le añade el Oscar por Mejor Película Extranjera a Una mujer fantástica (exhibiéndose ahora en Fine Arts de Miramar) del chileno Sebastián Lelio con la actora Daniela Vega quienes estuvieron presente para recoger la estatuilla y hasta presentar una de las categorías. Tanto Lin Manuel Miranda en la antesala de los Oscares, como Common cantando “Stand Up for Something” del filme Marshall y nuestra Rita Moreno, espléndida a sus 86 años celebrando el 56 aniversario de su Oscar por West Side Story, insertaron a Puerto Rico en sus palabras.

A Wrinkle in Time

(directora Ava DuVernay; guionistas Jennifer Lee y Jeff Stockwell; autora Madeleine L’Engle; cinematógrafo Tobias Schliessler; elenco Storm Reid, Daric McCabe, Chris Pine, Gugu Mbatha-Raw, Levi Miller, Reese Witherspoon, Mindy Kaling, Oprah Winfrey, Zach Galifianakis, Michael Peña)

Este proyecto multimillonario (su costo de producción subió a más de 100 millones) tiene un elenco extraordinario de celebridades en papeles pequeños pero claves para el viaje que emprenderán los jóvenes, Meg, Charles Wallace y Calvin en la búsqueda del padre de Meg quien ha desaparecido del entorno conocido y tanto ellos como las hadas madrinas —Mrs. Whatsit, Mrs. Who y Mrs. Which— tienen la confianza de encontrarlo en otra parte desconocida del universo. No hay duda de que uno de los propósitos principales del filme —aparte del primordial de Disney que es atraer y entretener a una audiencia amplia de edades— es diversificar la mirada acostumbrada del público. Por eso se borran las divisiones raciales y étnicas al presentar familias, círculos de amistades, escuelas que cruzan estas barreras construidas por los prejuicios y poder de los supuestos grupos mayoritarios. Puede que el bullying que recibe Meg en la escuela como una chica de 13 años sea por su pelo rizado, su seriedad y renuencia a integrarse a los grupos académicos, deportivos o sociales, el escándalo de la desaparición de su padre que se toma como abandono de hogar, pero no tiene su raíz en odios enraizados de la sociedad estadounidense. La historia trata de superar esas divisiones para dar especio al intelecto y a las emociones, cuya unión es la esperanza de un futuro mejor.

Una vez emprenden su viaje a otros lugares del universo que incluyen las nubes ennegrecidas donde reside el mal, sus conductoras/asesoras/protectoras por parte del camino son las mujeres que lo cuestionan todo (What, Who, Which). Son ellas las que le darán el valor que necesitan lxs jóvenes para lanzarse a un universo desconocido. Luego surgen dos otros guías, Happy Medium como el enlace a una zona neutral y Red como el guardaespaldas de IT en Camazotz, la región de la oscuridad. El despliegue de luz y de tonos grisáceos, el movimiento de objetos en el universo, los grandes espacios donde la imaginación construye posibilidades es un viaje hermosísimo en que nos embarca DuVernay (Selma 2014; el documental 13th 2016), pero a veces el viaje prolongado debilita la trama “real” que queda suspendida durante la travesía.

I, Tonya

(director Craig Gillespie; guionista Steven Rogers; cinematógrafo Nicolas Karakatsanis; elenco Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Julianne Nicholson, Paul Walter Hauser, Bobby Cannavale)

Aunque no es un estreno de este año, sí nos llegó hace un mes gracias a los premios recibidos por Allison Janney en el papel de la madre despiadada de Tonya Harding, la que fue campeona de patinaje y casi representó a los Estados Unidos en la Olimpiadas de Invierno de 1994. Como los escándalos son los que quedan en la memoria más tiempo, Tonya se conoce por haber sido suspendida por el Comité Olímpico y prohibida de participar en cualquier torneo por existir la sospecha de que fue partícipe del asalto a Nancy Kerrigan, su contrincante más cercana. No importa si después de una investigación exhaustiva se encontró que los culpables fueron su exmarido, Jeff Gillooly, y el amigo de éste, Shawn Eckhardt, la sola apariencia de tener conocimiento de lo que tramaban, excluyó a Tonya del deporte de por vida.

Aparte de las excelentes actuaciones de Janney como la madre que nadie quiere tener pero que sabemos existe detrás de las sonrisas de las niñitas que compiten en deportes, concursos de belleza, papeles en cine y TV, de Margot Robbie como la protagonista y todos los papeles de reparto que también incluye a Bobby Cannavale como Martin Maddox, representante (odio llamarlo periodista) de la prensa farandulera y amarilla, el estilo es lo que hace del filme uno muy especial. Imita el género del documental (mockumentary) y desde el comienzo todos los integrantes del drama le hablan directamente a la cámara para dar sus propias versiones de lo que sucedió. Se darán las contradicciones, las acusaciones entre sí, sus autobiografías acomodadas a su favor y se tejerán los sucesos y el tiempo que fluctúan entre varios pasados y el presente. Todxs tendrán razón y todxs falsificarán la verdad a su favor. Pero para mi lo más revelador es el abuso físico y mental que sostiene Tonya, primero de su madre y luego de su marido a través de la larga y tormentosa relación entre ellos.

Gigi: Tu medalla y la de Mónica no son iguales

Como periodista estoy consciente que meterse en temas escabrosos va a generar críticas y estoy listo para afrontar las que vengan relacionadas con este escrito, pero sentí la necesidad de no quedarme callado. El que me conoce o ha seguido mi trayectoria como periodista deportivo sabe que si bien el deporte que más he cubierto ha sido el boxeo, el deporte que me ha apasionado desde muy pequeño ha sido el tenis. Esta explicación es necesaria para que mi escrito sea visto en su justa perspectiva.

La pasada semana mientras Mónica Puig hacía su sorpresivo avance en el Miami Open de Tenis algo llamó mi atención mientras Mónica hacía una de las grandes remontadas de su carrera al vencer a la #2 del mundo Caroline Wozniacki (y sin duda su victoria más significativa desde los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro), el comentarista del Tennis Channel comentó que Mónica era la primera puertorriqueña en ganar una medalla olímpica.

Gigi Fernández, como ha hecho en otras ocasiones, se expresó en las redes sociales con el siguiente tweet:

Why does @tennischannel insist on saying that monica Puig is the first Puerto Rican to win a gold medal. I vaguely remember winnng 2 @thetracyaustin tell your co host.

En el que les recordaba a todo el mundo que ella lo había logrado primero y es obvio que le molestó el comentario basado en lo que escribió.

Gigi, lamento decirte que no tienes derecho a eso. Desgraciadamente para ti, y las razones tú las sabrás mejor que yo, consideraste que tú mejor oportunidad de ganar una medalla olímpica era en representación de los Estados Unidos. Ése es tu derecho y se te respeta, incluso aún recuerdo haber visto tu premiación en el 92 y no entender por qué si una boricua ganaba oro cantaban otro himno. Ya cuando ganaste en el 96 lo entendía y recuerdo haberme molestado al oír el himno de Estados Unidos, pero recordé unas palabras que me había dicho mi mamá bien temprano en la vida: “cada cual toma sus decisiones y se atiene a las consecuencias”.

Mónica, a diferencia de ti, decidió que su mejor oportunidad para ganar una medalla era con el uniforme que decía Puerto Rico y aunque su ruta era improbable logró el oro y la admiración de un pueblo. Que tu decisión te dio tus medallas y están en la historia olímpica de Estados Unidos y la de Mónica quedará siempre grabada en el corazón de los puertorriqueños.

Ella siempre será reconocida como la primera puertorriqueña en ganar un oro olímpico para nuestro país y la razón es bien sencilla las primeras palabras del himno cuando tú ganaste fueron “Oh say can you see” y las de Mónica fueron “La tierra de BORINQUEN…”

La marcha de las caretas

La frase “es un fenómeno cíclico”, a menudo utilizada para explicar la destacada presencia puertorriqueña de hace algunos años en la posición de receptor, ignora la historia. Existen acontecimientos concretos que nos enseñan cómo hemos alcanzado nuestra actual hegemonía. Para comenzar, hagamos un repaso de la situación en los comienzos del beisbol, desde 1896 hasta mediados de los cuarenta. La receptoría fue la última de las posiciones en desarrollarse porque los peloteros boricuas de entonces no contaban con fortaleza física ni tampoco con experiencia en el manejo de lanzadores. Por lo tanto, en las primeras temporadas celebradas en Puerto Rico, la mayoría de los equipos contrataban refuerzos para ocupar la receptoría.

Casi todos provenían de las Ligas Negras, lo cual permitió que se viera en acción a los mejores de estos tiempos. Una lista abreviada incluye a Joshua Gibson, Roy Campanella, William Perkins, el receptor favorito de Satchel Paige, y Quincy Trouppe , un estudioso del juego, especialmente de las posiciones de lanzador y receptor. Trouppe fue subido a las Grandes Ligas a los treinta años y tuvo un gran total de diez turnos al bate. También jugaron aquí John Hayes, Ted Young, Clarence Palm, Robert Clarke y Frank Duncan, quien participó en las llamadas temporadas extranjeras que comenzaron en 1925 y que consistían de equipos del Caribe y Estados Unidos que visitaban Puerto Rico para celebrar series largas. Sobre Duncan hay que añadir que años después fue muy influyente en el desarrollo de Hiram Bithorn. Además, dejaron huellas en los diamantes de Puerto Rico Paul Richards y Ernie Lombardi, el primer catcher campeón bate de las Grandes Ligas en el año 1935.

La Segunda Guerra Mundial obligó a los equipos a reducir gastos. Se eliminaron los refuerzos y se jugó con solo cuatro equipos. Aun así, tuvieron dificultades para cubrir la posición de receptor, y conste, que el itinerario consistía de dos partidos semanales. Ambos se celebraban los domingos en forma de doble juego. Los Cangrejeros dependían de Nenaco Vilá y Juan Ledeé; San Juan contaba con Luis Morales, Pepe Carbia y Antonio Aponte; Mayagüez alineaba con el pequeño Pedro Vélez y los Leones tenían al mejor del grupo, Griffin Tirado, quien recibía casi la temporada completa. Era tal la escasez de receptores, que muchos equipos se vieron precisados a utilizar peloteros establecidos en otras bases para poder cubrir el área detrás del plato. Alfredo Olivencia, una tercera base, actuó como receptor. Juan Sánchez, un guardabosque, fue transferido a la receptoría por los Cangrejeros. Todavía, años después, Vicente Villafañe se puso los aperos, igual que Efraín Blasini, una tercera base. Quizás el caso que mejor demostraba la falta de receptores fue el de Cefo Conde, un lanzador que se vio obligado a recibirle nada menos que a Satchel Paige. “A Page se le podía recibir en una silla de ruedas. El problema hubiera sido que me tocara recibirle a un novato loco y descontrolado”, comentó Cefo.

Al finalizar la guerra, los equipos regresaron al sistema de los tres refuerzos y mantuvieron las mismas cuatro franquicias en operación. Santurce entregó la posición a Vitín Cruz, quien fue seleccionado Novato del Año. Mayagüez ya contaba con Chaguín Muratti y con uno de los primeros receptores boricuas que poseía las herramientas físicas: el subestimado Luis Villodas. Ponce continuaba con Griffin Tirado recibiendo todos sus juegos y San Juan fue el único equipo con catcher importado, Robert Clarke, que también actuó como dirigente.

Durante los próximos cinco años la participación de los receptores boricuas continuó en aumento. San Juan encontró una solución a largo plazo en José Enrique Montalvo, quien comenzó como regular en 1946. Este fue un buen receptor con movilidad y atributos físicos. Jugó brevemente en las Grandes Ligas. Mayagüez había resuelto el problema, no con uno, sino con tres receptores boricuas que fueron Luis Villodas, Chaguín Muratti y Humberto Pita Martí. Al final de la década, Santurce consiguió un receptor que cubrió la posición por muchos años de forma destacada. Este fue Valmy Thomas, que logró establecerse en las Grandes Ligas y fue el primer receptor nuestro en hacerlo quince años después del debut de Hiram Bithorn en 1942. El segundo receptor puertorriqueño que tuvo participación en las Grandes Ligas fue Eliseo Rodríguez, un aguerrido combatiente que jugó unos veinticuatro partidos con los Yankees de Nueva York en 1968. En total, dos receptores de Liga Mayor en un cuarto de siglo.

¿Por qué cincuenta años después tenemos tantos receptores sobresalientes en las Grandes Ligas? Siempre hemos sostenido que la diferencia más importante entre el beisbol actual y el del siglo veinte es el tamaño de los jugadores. Los receptores del pasado tenían las habilidades, la inteligencia y el deseo; pero no contaban con la fortaleza física producto de una buena nutrición y un régimen de ejercicios. De hecho, la mayor parte de los peloteros “del pasado” tenían otros trabajos para así poder cumplir con sus necesidades económicas. A medida que la alimentación de los puertorriqueños mejoraba, también su progreso corporal. Esto coincidió con otros factores que contribuyeron a abrir camino a los aspirantes boricuas: el aumento en la cantidad de equipos de Grandes Ligas y un interés cada vez menor de los jóvenes norteamericanos en ocupar la posición más peligrosa del beisbol. Sabían, especialmente los provenientes de universidades, que no era realista hacer proyecciones para una carrera larga jugando en la receptoría.

El argumento final resulta difícil de probar, pero es uno de los que más nos atrae. No es posible producir receptores de la calidad de los hermanos Molina, Iván Rodríguez, Benito Santiago, Javier López, Santos Alomar y otros sin el apoyo de una tradición como la que ha tenido Puerto Rico en esta posición. Gibson, Campanella, Perkins, Bench, Munson, Carter y muchos más dejaron un sedimento que luego aprovecharon quienes a pico y pala hicieron posible que pudiera decirse “en Puerto Rico hay receptores”. Algunos son Rafael Casanova, Fachy Rosado, Vitín Bermúdez, Bienvenido Rodríguez, Pichinga García, Rafita Zabala, Vicente Antonetti, León Tirado, Eduardo Nichols, Ismael Solla, Omar Cordero, Antonio Aponte, Charlie Rivero, Sixto García, Wilfredo Brea Ramírez y muchos más. Hubo un tiempo que en Puerto Rico se contrataban refuerzos para que jugaran la receptoría. Hoy los receptores puertorriqueños refuerzan al beisbol de Grandes Ligas. Además de ser un dato histórico ahí hay una lección.