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Con qué se hace el cine

Alexander Kluge recorre Beirut en guerra. No ha filmado todavía su versión de diez horas de El capital, de Marx, pero ya ha hecho suficientes cosas en la televisión pública alemana para merecer los destinos que nadie más quiere (la televisión alemana prefiere tener lejos a Kluge). Beirut es noticia de ayer entre los corresponsales de guerra. Kluge no sabe qué está buscando, hasta que encuentra, caminando entre las ruinas, el cineclub Eldorado. Funciona en un edificio derruido. Sus dueños han apartado los escombros y levantado una precaria tienda de lona sobre la losa de hormigón, donde han instalado el proyector. Si se corta la electricidad (cosa que sucede seguido), el proyector sigue funcionando a manivela. La pantalla es un patchwork de sábanas cosidas. La gente se sienta en sillas de plástico todas diferentes, rescatadas de bares bombardeados. No hay boletería. El matrimonio va silla por silla, el precio de la entrada es a criterio de los espectadores. Las funciones sólo son diurnas y empiezan cuando se ocupan más de diez sillas (hay una treintena en total pero algunos llegan con su propio asiento). El ruido de los bombardeos se mezcla con el sonido de la película. Kluge pregunta si no temen que les caiga una bomba. Mejor estar en las ruinas, le explican: los edificios derrumbados rara vez son atacados de nuevo. No hay mejor lugar en la ciudad para aquellos que no tienen los medios para irse de Beirut. El matrimonio que regentea el cineclub le dice a Kluge que no es fácil conseguir películas en una ciudad en guerra, así que a veces repiten varios días seguidos la programación. A la audiencia no le importa, son habitués, no preguntan qué película dan, van al cine como si fueran a misa.

Kluge vuelve a Alemania, conoce de casualidad a un viejo oficial del ejército que estuvo en el bunker de Hitler, le pone una cámara delante para entrevistarlo. El viejo oficial dice que fue destinado allí el mismo día en que se supo la muerte de Roosevelt (por la mañana) y el fracaso de la columna Steiner para frenar a los rusos en las afueras de Berlín (al mediodía). Los pasillos de la Cancillería estaban vacíos, todos estaban bajo tierra, en el bunker. Después de señalarle un catre para que dejara sus escasas pertenencias, al oficialito le dieron una entrada para la función de cine que habría esa tarde. ¿Cine? Sí, el propio Führer ha elegido el programa. El oficial va con su papelito en mano a la sala donde se proyectará la película. Es en la superficie, en uno de los enormes recintos de la Cancillería. El techo no existe. Los ventanales están rotos. Hay filas y filas de sillones traídos para la ocasión. En cada uno un número, confeccionado con la misma tipografía que la entrada, por la imprenta oficial del Reich. Un viento helado mueve las únicas luces de la sala, una ristra de lamparitas adosadas a cables clavados precariamente de las paredes. Los generales están con los abrigos puestos, las damas con sus tapados de piel. El proyeccionista espera una señal del comando antiaéreo. Cuando éste le anuncia que las condiciones climáticas han mejorado (con cielo despejado hay menos ataques aéreos), comienza la proyección. El Führer no se ha presentado. El viejo oficial le dice a Kluge que todavía recuerda la película, así como el canto de los pájaros que llegaba de los jardines y las miradas furtivas al cielo y a los relojes de parte de los asistentes a la función.

Kluge le pide que hable de la película pero el viejo oficial le pregunta en cambio si recuerda a Harry Liedtke, la gran estrella masculina de la UFA, el Hollywood alemán de los años ’30. Liedtke estaba en su villa de las afueras de Berlín en aquellos días de abril de 1945, cuando oyó gritos de la casa vecina, se vistió rápido, manoteó una Browning que tenía en un cajón y se aventuró al jardín vecino, donde se encontró a un puñado de soldados rusos que estaban violando a la dueña de casa. Alto o disparo, dijo Liedtke. Los rusos lo miraron morosamente y lo acribillaron a balazos. Cuando se acercaron al cadáver descubrieron que la Browning era un arma de utilería. Si Liedtke hubiera bajado las persianas de su casa, como tantos alemanes de aquellos días, habría sobrevivido, dice el viejo oficial. Pero en ninguna de las películas en que actuó había tenido un papel así: sólo sabía hacer lo que hizo. Lo que me gustaría saber, agrega, es si alguno de aquellos rusos lo reconoció, teniendo en cuenta que las películas de la UFA eran muy populares allá antes de la guerra.

Estaba por hablarme del film que vio en el Reichstag aquella tarde, le dice Kluge. Ah, sí, reacciona el viejo oficial. Era una vieja película muda, con Liedtke y Asta Nielsen, si mal no recuerdo. Una dama mantenida por un hombre mayor que se enamora de un joven trotamundos. El joven mata a su rival y va a prisión. Ella le escribe y lo espera. Pero los años pasan, se queda sin dinero y es una vieja en harapos cuando su amado sale por fin de la cárcel. El recién liberado busca con los ojos a la amada, se decepciona cuando sólo ve delante de los portones de la cárcel a esa vieja, escupe al piso y se aleja. La cámara muestra fugazmente la expresión de la mujer, pero prefiere hacer foco en su mano, que se alza para llamar la atención del amado y enseguida se contrae en un puño blando que aferra el paño del abrigo raído como si se estuviera estrujando el corazón. El viejo oficial no dice que así estaba toda la audiencia de aquella función. Está pensando en otra cosa: que el recién liberado no reconoció a su amada al salir de la cárcel tal como aquellos rusos no reconocieron a la estrella de la UFA en aquel viejo de 67 años que los amenazaba con una pistola de utilería.

Habrá puristas que digan que Liedtke no actuó en ninguna película con Asta Nielsen (que sí protagonizó aquel film mudo, titulado Desplome y estrenado en 1921) y que, si bien puede suponerse que fueron soldados rusos los responsables de la muerte de Liedtke, no hubo ni pistola de utilería ni intento de socorrer a una vecina: su cadáver fue descubierto con la crisma rota por una botella, en la cocina de su villa en las afueras de Berlín (no había otras señales de violencia, ni de saqueo, en la casa). Pero al viejo oficial esos detalles no le interesan. Y a Alexander Kluge tampoco. Marx dijo alguna vez que todo es a la vez subjetivo y objetivo en última instancia. Kluge ha intentado transmitir esa idea toda su vida: en su versión de diez horas de El capital, en sus diecisiete largometrajes, en sus treintipico documentales y más de tres mil horas de programas culturales para la televisión pública alemana. “Pero mi obra principal son mis libros”, dice él. En particular uno, llamado 120 historias del cine, en el que ofrece esta declaración de principios: “Para mí, el cine es inmortal, y más antiguo que el arte de filmar, y creo con firmeza que incluso cuando los proyectores hayan dejado de traquetear, habrá algo que funcione como cine. Porque lo que yo llamo cine es aquello que antes de producirse nadie se lo podría haber imaginado y después no admite repetición”.

Crucigrama: Carmen Conde

Horizontales

1. Ciudad donde nació Conde en 1907.

7. Utilizaré.

9. Combate.

10. Háblales.

12. Soasé.

13. Anudo.

14. Cantina.

15. _______ Conde; escritora española. Cultivó la novela, el teatro, la poesía y el ensayo. Autora de Pasión del verbo; y, Mujer sin Edén.

17. Juan Carlos _______; escritor uruguayo.

19. Ensamblar.

23. Entregué.

24. Junte.

25. Dios egipcio.

27. Departamento de Nicaragua.

29. Ciudad donde murió Conde en 1996.

31. Existas.

32. Arma blanca.

35. Reúno.

36. Pesado, molesto.

38. Del verbo emitir.

40. Carmen _______; autora de Cita con la vida; y, Desde nunca. Real Academia 1978.

42. Pasión del _______; (1944) libro de Conde.

46. Causar.

50. Coloca.

51. Cólera.

52. Medida de longitud, pl.

53. Te atreves.

Verticales

1. Molusco comestible, pl.

2. Argolla.

3. Reverberarían.

4. Fabricamos.

5. Mes hebreo.

6. Aliñada.

7. Usted, abrev.

8. Afirmación.

11. Ahora.

16. Notifique.

18. Ciudad italiana.

20. Nota musical.

21. _______ sin Edén; (1947) libro de Conde.

22. Prefijo.

23. _______ nunca; (1982) libro de Conde.

26. Venere.

28. Tate.

30. Símbolo del rutenio.

33. Diosa romana de la agricultura.

34. Figura geométrica.

36. Escuché.

37. Lengua provenzal.

39. Parte del ejército.

41. Producto resultante de una actividad artística; pl.

42. Vacía.

43. Arroyo.

44. Federico de _______; crítico español.

45. Virtud teologal.

47. Cita _______ la vida; (1976) obra de Conde.

48. Altar.

49. Antiguamente la nota do.

Pablo Neruda, poeta del más acá de Concha Meléndez

La Editorial Tiempo Nuevo ha publicado el libro de Concha Meléndez titulado Pablo Neruda, poeta del más acá. Es un proyecto que había quedado en el tintero. En la década del cincuenta, Federico de Onís le solicitó a Meléndez que organizara todo lo que había escrito desde su pionero ensayo publicado en la Revista Hispánica Moderna (Nueva York) en 1936. Dada a la tarea, solamente llegó a escribir el prólogo. Hoy se divulga con la totalidad de los ensayos que la primera estudiosa de la obra total del joven Neruda realizó a lo largo de su vida. Es una labor del Seminario Federico de Onís de la Universidad de Puerto Rico que dirige el doctor Miguel Ángel Náter catedrático del Departamento de Estudios Hispánicos.

La curiosa frase del título del libro de Concha Meléndez “el más acá” la toma su autora de Geografía de Pablo Neruda, como lo revela en su Introducción. Se trata de una forma de afirmar la “residencia en la tierra” del poeta, opuesta al más allá de la metafísica. Para crear –como lo afirma Concha– su “extremo imperio de terrestre poesía”. Vale recordar aquí que con gran tino, y mucho antes de las Odas elementales, Gabriela Mistral nombró en 1936 a Neruda con un delicioso oxímoron que nunca he olvidado: “místico de la materia”. Años más tarde, en su “Oda a las cosas” el poeta le daría la razón, cuando dice: “Amo las cosas loca, / locamente”, porque “todo tiene / […] la huella / de unos dedos, / de una remota mano / perdida / en lo más olvidado del olvido”.

Pablo Neruda, poeta del más acá se estructura como un círculo: tras la Introducción de Náter y la Introducción de Meléndez, va del aleph (un ensayo de 1936) hasta el omega (otro de 1975) y se muerde la cola, pues este último complementa y alude al primero. Los ensayos son los siguientes: “Pablo Neruda en su extremo imperio: vida y obra (1936), “Leopoldo Santiago Lavandero y los poemas de Neruda (1937), “España en el corazón de Pablo Neruda (1940), “Tercera residencia de Pablo Neruda (1950), “Pablo Neruda: residente en la tierra y amador de América” (1972), “Camino y conversión de Pablo Neruda (1972) y “Epílogo a Pablo Neruda (1975), este último inédito, extraído de los archivos del Seminario Federico de Onís.

Si bien la Maestra indaga en las pulsiones del poeta, también emerge como pionera en la descripción de su arsenal de recursos formales. En inventariar símbolos nerudianos es decididamente pionera. Concha Meléndez concluye si reflexión en torno a Residencia en la tierra así: “En el vasto imperio de las confusiones se han abierto caminos anchos. Pero no agota Pablo su sed. La angustia es el océano que lleva a su espalda; su voz, cuando cerramos el libro, nos persigue con insistencia de timbre fijo. […] Nadie mejor que Neruda en la poesía hispánica podría hacer suyas con más derecho, las palabras de Apollinaire: Piedad para los que combatimos siempre en las fronteras de lo ilimitado y del porvenir”.

Al insistir en el epílogo en el carácter pionero de su crítica nerudiana, Concha Meléndez le atribuye el mérito a su patria, diciendo: “Puerto Rico, la isla con frecuencia ignorada por los más que deben reconocerla, se adelantó en el tiempo”.

Mercedes López-Baralt

Profesora Emérita Universidad de Puerto Rico

Espiritismo, el Viejo, un bacalaito y la independencia

Auna botánica de su propiedad se dedicaba por entero mi madrina. En la trastienda separada por un cortinaje de teatro también oficiaba como médium. Mi hermano y yo, a la sazón de unos seis y ocho años, a veces la ayudábamos con los arreglos de su dispensario para las curas espirituales. Y ella en gratitud generosísima nos pagaba por jornada un tesoro. ¡A peseta por cabeza! ¡Cómo nos enriquecíamos a nuestro parecer y, sin saberlo aún, en más de un sentido!

I- Un milagro

Resulta que una tarde hallamos cerrado aquel tabernáculo adonde se daban cita hasta las ánimas de tiempos muy remotos. Mientras esperábamos a que volviera a recibir la clientela todavía doliente de carne y hueso, nos divertíamos inventariando a través de la vitrina los bienes conjurantes con los poderes del más allá. Entre ellos, figuraba un cromo con la faz de quien sintió mi hermano como que lo miraba a través de los párpados caídos.

La pintura de marras representa el paño de la Verónica del relato apócrifo según el Evangelio de Nicodemo, atribuida a Gabriel Cornelius von Max, pintor austriaco nacido en Praga, y aficionado de la parasicología, de cuya paleta tenue nace el aire algo místico de sus trazos. Data de 1915, el mismo año de su fallecimiento.

En eso llegó mi madrina. Que ¡qué!, exclamó, mientras abría la puerta. Que ¿te abrió los ojos? Días después cunde la gloria en el barrio. Mi hermano, el elegido por virtud de la mirada mesiánica, se instituía como el niño apóstol de la fe sincrética. —Pero si solo se trata de una ilusión óptica, nos dijimos entre nous. ¡Y esta gente nuestra se la cree de veras!

II- En todas partes cuecen habas

No el viejo, ateo incólume según corresponde a todo rojo que a su vez defendía la independencia fundada en el humanismo de acción, estrictamente lógica y racional, la de la “fe matemática” que inspiraba a Hostos. Ni de creyentes heredamos nosotros sus hijos el apodado “gen de Dios” de la bioquímica, a la merced del cual nuestra especie suele confundir un sentido innato de optimismo con la expresión religiosa.

Además, hasta el día de hoy, la comisión del Vaticano encargada de certificar milagros entre el aluvión de solicitudes recibidas desde todas las partes del mundo los tamiza de primera instancia conforme a dos criterios preferenciales. A saber, 1) el acaecimiento sobrenatural debe haberse ejercido como respuesta a la devoción, o bien a las oraciones cursadas exclusivamente a santos acreditados, y 2) solo ameritan considerase los milagros susceptibles a lapsus o incomprensiones todavía pendientes en la ciencia. Y, claro, como suele suceder con los atascos que engorran aún más las gestiones burocráticas, este proceso formal en manos de la realeza pontífice oriunda de Italia muchas veces responde asimismo a sobornos de los interesados en cuestión.

Tutto il mondo è paese, en todas partes cuecen habas, rezongaba el viejo. Tampoco son pocos los milagros revocados a raíz de los deslices celestiales, agregaba, ni pocos a quienes la Iglesia ahora quisiera descanonizar. A veces le basta echar a correr un rumor que tache a los impropios de su grey, como aquel que censuraba las mariconerías del papa embellecedor de Roma, Paulo II, y su muerte de un infarto masivo mientras lo penetraba un paje. La infalibilidad del Todopoderoso, a la hora de elegir a sus vicarios, a veces se le duerme en la corriente.

III- Deleites temporales

Poco después de fundada en 1903 la Federación de Espiritistas de Puerto Rico, su latencia consonante con la secularización del pensamiento se hizo sentir a través de las recomendaciones de su comité de unidad y desarrollo. Su punta de lanza consistía en crear centros con escuelas y bibliotecas basadas “en principios racionalistas y laicos”, y de ahí irrigar también, mediante clínicas propias, la calidad de sus cuidos a la salud mental y física. Sin beatificación oficial alguna, llegaron a contarse más de un centenar de estos centros estratégicamente espaciados de punta a punta en el país.

Fe y ciencia, ¿cómo conciliar dos dominios entre sí mutuamente excluyentes? El espiritismo puertorriqueño a mediados del siglo XIX calcaba la exploración translímite a la que se aventuraban los ramales del conocimiento y la imaginativa en Europa. Frente a la incertidumbre imputada al desenfreno en el orden material, la sugestión de un mundo incorpóreo infundía la antítesis equilibrante sobre todo en los escritores afiliados bajo la rúbrica del modernismo. A fin de cuentas, las sesiones desembocaban en metafísica presta cuando menos a la doma del progreso y su escalada hacia el bien común. Ponerse al día en el reino de las intangibilidades sedujo incluso al clero más juicioso. En cambio, como era de temerse, el Sumo Pontífice Pío X pronto lo amonesta mediante su encíclica de 1907. Más que nunca le apremiaba “guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa fe”.

Así la asiduidad con que los espíritus se expresaban en la lengua inglesa despertó en América Latina cierta yankifobia (Rufino Blanco Fombona), “la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” rezaga no obstante la descolonización de Puerto Rico, donde ya desde la época española despojarse del maltrato implicaba “gozar de los deleites temporales del pecado”. Y ello no sólo de acuerdo con la misma Biblia que días antes de la invasión de Estados Unidos por la ensenada de Guánica invocaban los presbíteros a favor del nuevo imperio. También en los entrometimientos de Washington se divisaba, sin más, un plan divino. El senador republicano y expansionista de entonces Albert J. Beveridge argüía que “no en vano ha estado Dios preparando durante milenios a los pueblos teutónicos y angloparlantes. Nos ha hecho adeptos en el gobierno para que nosotros se lo administremos a los pueblos salvajes y seniles”.

IV- Mejores luces

El mismo Martín Lutero se angustiaba de no poder desenmarañar tanto desacierto biblicista. “De haberlo sabido, jamás me habría dedicado a ser predicador”, se quejaba después de zamparse una jarra de cerveza. Siglos después, el otro, Martin Luther King Jr., se siente obligado a remendar las moralinas del evangelio. Lo del buen samaritano, virtud hueca, chantaje: La verdadera compasión no radica en tenderle de paso una moneda al mendigo sino en restructurar hoy por hoy, bajo mejores luces, la estructura que produce mendigos. Multiplíquese cada año por dos el acopio total de nuevos saberes del año anterior y se obtiene esa cantidad de luz que así crece desde que la ciencia es ciencia y el fuego, fuego. Sea como sea solemnizada, la fe a cambio de la “vida eterna” después de muertos, inutiliza.

“Quiero comerme un bacalaíto” fueron las últimas palabras del viejo poco antes de morir. Era uno de sus muchos deleites temporales, ajeno a las tramoyas entre los seres que esperan de este mundo y los de ultratumba. Entre sus amuletos espantabrujos más preciados ostentaba una escopeta de dos cañones. No hubo velorio, sino noche de bohemios. Nada del signo ese atroz de la tortura y el sacrificio papanatas de los cautivos. Lo enterramos libre en una lomita cerca del campo donde afincó su estirpe materna, con música de Andrés Jiménez, y la bandera en alto de Puerto Rico, la del azul celeste. Sonaron a modo de salva los versos de su compueblano José Gautier Benítez. Y allí yace bajo su sol de fuego. Fuego, fuego, en más de un sentido. ¡Vaya!

Será otra cosa: Contra natura 1

Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

–El mundo es eso– reveló. Un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano, “Un mar de fueguitos”

(El libro de los abrazos)

Durante los últimos días de junio de 1969, en el Stonewall Inn de la calle Christopher, en la ciudad de Nueva York, se encendió en Estados Unidos el fuego que arde de una mecha siempre alerta, milenariamente, en todo el planeta. Una multitud de cuerpos disidentes, raras, cuir, negras, mestizas, empobrecidas, le opuso la fuerza de su convicción a la fuerza represiva y violenta de la policía. La última, como acostumbraba hacer, se disponía a realizar una redada de desalojo, apropiaciones violentas de cuerpos diversos, arrestos arbitrarios y toda suerte de estrategias para continuar infundiendo el miedo que hoy, seguimos combatiendo. Uno de los cuerpos protagonistas fue Sylvia Rivera, trans-boricua de Nueva York, quien convirtió su vida en la lucha toda como “transgender activist, advocate for drag queens and other gender non-conforming people, and the voice and support for countless queer youth.”2 Lo que vino a llamarse la rebelión de Stonewall se evoca todos los años a fines de junio con salpafueras cuir en todo el planeta. Quien se acerca, se enciende.

Durante los primeros meses del año 2005, en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico, se encendió en el oeste de nuestro país el fuego que arde de una mecha siempre alerta, milenariamente, en todo el planeta. Un estudiante, Johnny Miranda, declaró la necesidad de un salpafuera cuir en el Recinto, espacio de muchos modos opresivo, y actuó en pos de conseguirlo. Lo que vino a llamarse el Coloquio ¿Del otro lao? se evoca cada dos años en un evento que organizamos desde el amor a todas las diversidades y desde el compromiso político por otra vida posible en nuestro archipiélago. Quien se acerca, se enciende.

Solo consigno dos fueguitos del mar infinito que es el archipiélago puertorriqueño, dondequiera que estemos. Uno de esos fuegos –Stonewall– es más reconocido y visible que el otro –nuestro Coloquio en Mayagüez–, pero ambos nos enlazan con el mar inmemorial de fueguitos disidentes y rabiosos que saben bien, en el cuero y en la carne, que otros modos de convivencias, de gestas políticas, de amores colectivos, son posibles y urgentes. Lo saben no solo porque los imaginan a futuro, sino porque los construyen aquí dentro, aquí mismito, en nuestra realidad, todos y cada uno de los días.

La séptima edición del Coloquio ¿Del otro lao?, que coincidió y se unió al Paro Internacional del 8 de marzo, tuvo como eje temático “Trans, inter y otras rutas urgentes para el devenir cuir.” Dedicamos el evento a todos los cuerpos disidentes, raras, cuir, pero, muy especialmente, a aquellos que se identifican como trans e intersex. Si algo nos queda claro cuando nos ocupamos de aprender (y el Coloquio ofrece mucha oportunidad para hacerlo), es que las personas trans e inter son quienes más nos acercan al fin del heteropatriarcado que tantas vidas ha asesinado, literal y simbólicamente. Los cuerpos trans e intersex han sido, indudablemente, protagonistas de nuestras luchas cuir por la justicia, y debe ocasionarnos rabia para la acción que, a la vez, hayan sido tantas veces olvidadas, en el panorama general de los modos en que se cuenta la historia y, aún más trágicamente, al interior de nuestras propias luchas.

Hace más de 40 años, Monique Wittig escribió que nuestras luchas persiguen no solo romper el contrato heterosexual (lo que llamó “el pensamiento de la dominación”), sino “destruir políticamente, filosóficamente y simbólicamente las categorías de ‘hombre’ y ‘mujer’” (El pensamiento heterosexual y otros ensayos, énfasis añadido). Los cuerpos trans e inter cumplen en su propia carne ese objetivo radical y liberador. Honramos, pues, sus cuerpos, sus voces, sus cuentos, sus deseos, sus ganas, sus pasiones. Reconocemos y celebramos sus fuegos que arden, todas y cada una de sus llamas, que viven y mueren demostrando que la especie humana no es más ni menos que cualquier otra especie: una continua evolución, un devenir incesante, o en los versos de Ernesto Cardenal:

parientes todas las especies

de las orquídeas a las lombrices

bacteria gradualmente dinosaurio

luego el dinosaurio se volvió ave

también nuestro ancestro molusco

Sólo hay un animal

En un universo cuántico no local

donde estamos interconectados

a pesar de distancias inmensas

(El origen de las especies)

Destruyamos, pues, el régimen sanguinario de las esencias puras, que mata en nombre de la natura. Destruyámoslo porque sabemos que la naturaleza lo que dicta es trans-formación y entre-cruzamiento sin confines, sin límites, sin policías: “Lo que Darwin descubrió […] es que estamos entrelazados / si uno resucita / resucitan todos” (Ernesto Cardenal). A quienes nos quieren muertas de miedo, de dolor o de cuerpo, les gritamos: “nos tienen miedo porque no tenemos miedo;” son ustedes la contra natura.