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Romero, santo por ser humano

Por, toda América Latina y el Caribe, llega la noticia: en agosto, el papa Francisco va a canonizar Oscar Romero. Aún hay personas que piensan: ahora Romero sí será santo. San Pablo nos dice que todos los bautizados son santos porque son santificados por Dios. El proceso de canonización solamente confirma que el es un ejemplo de santidad para todos.  Desde su martirio, el 24 de marzo de 1980, las comunidades cristianas de América Latina y el Caribe siempre lo han llamado “San Romero de las Américas”.  En el año 2000, la Iglesia Anglicana puso su figura como santo, junto con otros mártires del siglo XX en el atrio de la Catedral de Londres.

Al canonizar a Oscar Romero, el papa recuerda que Dios está con sus profetas, si en su tiempo de vida, estos son ignorados e incomprendidos. Romero sufrió mucho, no solo por parte de sus enemigos políticos, sino también por parte de muchos obispos y curas que lo consideraban exagerado en su cuidado con los pobres.

Pocos días después del martirio de Romero, Jon Sobriño escribió: “Aunque parezca raro decir eso Oscar Romero fue un hombre que creyó en Dios. Romero tuvo el coraje de creer en Dios, abandonando las imágenes de Dios ligadas al poder y a la sociedad injusta. Para Oscar Romero, creer en Dios significó asumir radicalmente la causa divina, la voluntad de Dios para el mundo. En la Universidad de Lovaina, el arzobispo declaró: “Estar a favor de la vida o de la muerte. No hay posibilidad de quedarse neutro. O servimos a la vida o somos cómplices de la muerte de muchos seres humanos. Acá se revela la nostra fe. Cremos en el Dios de la vida o usamos el nombre de Dios para servir a los artífices de la muerte”. Cuando se niega la dignidad del ser humano se niega la existencia de Dios. Por causa de eso, después de diversas amenazas de muerte, en la tarde del 24 de marzo de 1980, Oscar Romero fue asesinado, cuando celebraba la misa en una capilla del hospital de la ciudad.

Desde la muerte de Oscar Romero, en El Salvador, la guerra civil fue superada. El país vive un proceso de integración en el continente y busca fortificar la justicia para el pueblo empobrecido. De todos modos, la desigualdad económica sigue siendo escandalosa y la sociedad vive un fuerte clima de violencia. En este momento del mundo, el papa Francisco insiste que obispos y curas, así como todos los bautizados sean profetas, asumiendo el cuidado con todo el pueblo y la naturaleza. La figura de Romero nos enseña a como vivir eso, siendo plenamente humanos.

Será otra cosa:Siempre te tienes que ir

La economía es una ciencia

“En el decenio que siguió a la crisis

se notó la declinación del coeficiente de ternura

en todos los países considerados

o sea

tu país

mi país

los países que crecían entre tu alma y mi alma de repente

duraban un instante y antes de irse

o desaparecer

dejaban caer sábanas llenas de nuestros sexos que salían volando alrededor como perdices

quiere decir que cada vez que hicimos el amor dejábamos nuestros sexos allí?

y ellos seguían vivitos y coleando como perdices suavísimas?

qué raro

mirá que lavábamos las sábanas con subordinación y valor

para que los jugos de la noche pasada no inauguraran el pasado

y ningún pasado pusiera una oficina entre nosotros para ordenarnos el hoy

porque el alma amorosa es desordenada y perfecta

tiene mucha limpieza y lindura

se necesita todo un Dios para encerrarla

como le pasó a don francisco

que así pudo cruzar la agua fría de la muerte

es bien raro eso de nuestros sexos volando

pero recuerdo ahora que cada vez que yo entraba en tu sexo

y me bañaban tus espumas purísimas con impaciencia

y dulzura y valor

me parecía oír un pajarerío en el bosque de vos

como amor encendiendo otro amor

o más, es cierto que cada vez nuestros sexos resucitaban

y se ponían a dar vueltas entre ellos

como maripositas encandiladas por el fuego

y se querían morir de nuevo buscando incesantemente la libertad

y había un país entre la vida y la muerte

donde todo era consolación y hermosura

y no poseíamos nuestro corazón

y nuestros sexos se perdían como almas en la noche

y nunca más los volvíamos a ver

para entender

estudio los índices de la tasa de inversión bruta

los índices de la productividad marginal de las inversiones

los índices de crecimiento del producto amoroso

otros índices que es aburrido hablar aquí

y no entiendo nadaå

la economía es bien curiosaå

al pequeño ahorrista del alma lo engañan en wall street

los sueldos de la ternura son bajos

subsiste la injusticia en el mercado mundial del amor

el aprendiz está rodeado de nubes que parecen elefantes

eso no le da dicha ni desdicha

en medio de las razones

las redenciones

las resurrecciones

se lleva el alma a la nariz para sentir tus perjúmenes

estoy viendo volar los pajaritos que te salían del sexo

mejor dicho

de más allá todavía

de todo lo que valías

o brillabas

o eras

y dabas como jugos de la noche”.

– Juan Gelman

No hablo de la tristeza de irse por su efecto directo en la economía ni en la sociología ni en la producción de bienes ni en la base contributiva exactamente. No es cuestión del País aunque piense obsesivamente en él. Mucho. Todo. No voy a decir “el país pierde mucho cuando te vas” ni “el país sigue perdiendo talento”. Hablo de otra cosa.

Ya sé que la diáspora, que el trasnacionalismo aportan un mundo. Que se movilizan, que viven emocionalmente aquí. Sé del Puerto Rico que montan allá, que escriben y se comunican y vienen muchísimo, que circulan. En fin, que “aportan”. Es lo que dice últimamente todo el mundo: “aportan”. Estipulado todo.

Pero hablo de lo que se pierde cuando no se está. ¿Quién contabiliza eso? Poder salir a la calle en chancletas a hacer cualquier cosita sin importancia. O salir a tomarte un café, o a nada, a caminar sin rumbo. Encontrarte con la gente en el bar de la esquina, darte una cerveza, terminar un día en la playa sin saber que ibas para allá.

Se van los amigos, la familia. Con el último anuncio me detengo, respiro. Pondero esta situación porque siento la espina de un no sé. Me obligo a buscar la pista justa; qué es esto para una que se queda. En esta transacción hay, envuelta, una promesa de soledad. La sensación –realmente la certeza– de tener un aliado menos, no en lo político, ni siquiera en lo sociológico, mucho menos en lo cultural: En la cotidianidad. En eso que, me he convencido, es el paliativo de primera necesidad, constante, pequeño, de la crisis. El trasnacionalismo, las tremendas aportaciones de la diáspora no me aplacan ese precipicio.

Navegar un país en crisis requiere astucia y empeño. Sobrevivirlo   emocionalmente con la mayor entereza posible requiere de muchos pequeños rituales de la cotidianidad. Café, por ejemplo. Mucho, beberse todo el posible es lo más indicado. Con azúcar morena, poquita, y la leche bien hervida. No cafés tibios, no cafés pálidos. Hirvientes, oscuros. Le salva la vida pequeña a cualquiera pero hay algo más en esa ecuación. El ritual del café sola es un gusto sofisticado. Pero el café que llega a la cama con un amor (hombrón, mujerón, a su preferencia), ese redime esta crisis económica todos los días, esta regresividad, esta incertidumbre.

Para ir cambiando un poco el tema, si yo tocara fondo, me aferraba a tu café de la mañana. Pagaría con él. Ésta y cada una de las deudas. Hasta el último grano.

Aunque, para ser honesta, llevo años con una sola imagen (radical) cada vez que se me ha cruzado la posibilidad de irme yo también: la del coco frío y la alcapurria de jueyes con mucho pique frente a la playa de Vacia Talega. Hay algo ahí. Una noción muy poderosa y simple de felicidad. Si me preguntas, para mí la felicidad es beberme ese coco, tragarme el salitre, ingerir esa grasa divina frente a una playa justa. Si hablamos de riquezas, de patrimonio y capital de bienestar; de valores, de créditos, de deudas impagables, el mar, coco con whisky y alcapurria de jueyes con mucho pique is the way to go. La riqueza es el acceso a la vida, a la playa, al sol y a los placeres sencillos, auténticos, los que en nuestro pequeño país podemos encontrar sin muchos medios ni recursos ni planificación, en chancletas, ‘shores’, pelo suelto y carretera. Los economistas le llaman capital de bienestar, calidad de vida, indicadores de no sé qué. Yo le llamo devoción linfática, sentir la sangre donde pongo el deseo y el amor.

Sufro en extremo la partida de amistades a quienes ni siquiera veía demasiado a menudo. No importa. No quiero que nadie tenga que irse. Quiero que nos quedemos todos aquí, viviendo la destrucción, muriendo un poco todos los días pero conspirando y tirando golpes al aire juntos.

Mi caos es mi caos, repito a menudo. Además, ocurre que si recorro las montañas, cierta costa aún escondida de este país, si entro por una calle sin salida o encuentro un colmado viejo, vacío, en el camino, hay algo allí que yo comprendo: un arquetipo, información (¿sanguínea, linfática, radiográfica?) de esta especie de campo (¿cuerpo?) magnético nuestro. Si me meto por donde no debo, sé salir, librarme de algo.

Sólo aquí sé por dónde meterme, de qué gentes y lugares huir, sé exactamente dónde residen el pánico y la dulzura, el mar real, profundo, salvaje y el mar–postal, el mar–hotel. El monte verdísimo, bestial, aislado cual isla sobre isla, su vida mísera y simple. Y el monte chic, los Jájomes y los Cerros de las Mesas, donde las alcapurrias son pequeñitas, ínfimas, platos exóticos de coctel.

Tengo, incrustado en la devoción, un mapa perfecto de este archipiélago. Sé que tú también. Eso, allá, acá, por todas partes de este país ultramarino, diaspórico, errante, es lo que hay que defender.

En contrado en las redes: Sobre la palabra puñeta y su desemantización

En homenaje de cariño a la memoria de Rubén del Rosario y Manuel Álvarez Nazario

La palabra puñeta no es una mala palabra. Antiguamente y hasta el siglo XIX se refería a los puños de las camisas y blusas de mangas largas que se abrochaban con yuntas o gemelos. También se refería al encaje de volantes con el que se remataba la terminación de la pieza de vestir. Era un proceso trabajoso e incómodo que los sastres y costureras detestaban, pues para hacer la puñeta se utilizaban telas gruesas a las que había que endurecer con refuerzos de entretelas almidonadas o enresinadas. Una forma de enseñar a dar puntadas invisibles a los aprendices era ordenarles a hacer las puñetas de las mangas de camisa. Era una especie de castigo para los empleados de un taller de costura que no querían aceptar trabajos difíciles. En ese sentido “hacer la puñeta” se convirtió en algo deplorable pero no inmoral. Con el tiempo la palabra puñeta pasó a significar: masturbación u onanismo. Por su nueva acepción sexual se convierte en una palabra sicalíptica y vedada su expresión en público.

El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española explica sus significados:

1. puñeta. f. Encaje o vuelillo de algunos puños.

2. f. Pejiguera, dificultad, molestia a hacer ~s.1. loc. adv. coloq. U. para desechar algo, o para despedir a alguien, despectivamente o sin miramientos. Mandar a hacer puñetas: Vete, anda a hacer puñetas.

3. loc. adv. coloq. para manifestar que algo se ha estropeado o que un asunto ha fracasado. “El televisor se ha ido a hacer puñetas. Mi ascenso se fue a hacer puñetas”.

4. loc. adv. coloq. sanseacabó. Dejad el trabajo como está y a hacer puñetas, que ya es hora .hacer, o hacerse, la ~.

5. frs. Masturbar o masturbarse.2. frs. coloqs. hacer la pascua.puñeta, o puñetas.1. interjs. U. para expresar asombro o enfado.

Actualmente los jóvenes hablantes emplean la palabra “puñeta” como interjección (interjección. Del latín interiect?o, -?nis).1. f. Gram. Clase de palabras que expresan alguna impresión súbita o un sentimiento profundo, como asombro, sorpresa, dolor, molestia, amor, etc. Sirve también para apelar al interlocutor, o como fórmula de saludo, despedida, conformidad, etc.; p. ej., eh, hola).

Así que no hay por qué molestarse con la palabra. Siempre he afirmado lingüísticamente y explicaba a mis estudiantes universitarios que no existen malas palabras sino malas intenciones. El lenguaje es una creación cultural relativa. ¿Cómo explicarnos que en España se permita libremente el uso de la palabra “bicho” para referirse a los insectos. O sea que en España los bichos pican y en Puerto Rico preñan.

Entre los adultos hay cosas peores que los jóvenes aceptan como parte del canon cultural. Dejémonos de necedades y empleemos el tiempo en cosas más aleccionadoras: ¡puñeta!

En el deporte «casi» siempre ganan los mejores

Aunque en el deporte ”casi” siempre ganan los mejores, es precisamente ese “casi” lo que le da razón de ser a la competencia, pues abre los espacios para que equipos y aun atletas individuales de menos talento puedan derrotar a los que sobre el papel lucen superiores.

De lo contrario, las competencias no se celebrarían y simplemente se declararían ganador@s a los que salieran con las mejores evaluaciones, especialmente ahora en que han proliferado complicadas fórmulas matemáticas, que permiten ser más precisos a la hora de evaluar lo ocurrido anteriormente, para así poder proyectar resultados por delante.

En ocasiones hay eventos en los que se presentan detalles intangibles que generan resultados poco probables, como ocurrió con la tenista boricua Mónica Puig, a quien no se la ganaba nadie en los Juegos Olímpicos de Río, aunque no había base científica o analítica para pronosticarlo.

En un torneo largo de un deporte colectivo, (Grandes Ligas de 162 juegos y NBA de 82), probablemente hubiera sido dificilísimo que Puerto Rico hubiera quedado subcampeón y menos aun, con mejor marca (7-1) que el titular (6-2). Sin embargo, en un certamen como el Clásico de Béisbol, en el que participan 16 equipos divididos en cuatro grupos, luego de dos rondas se efectúa un juego semifinal de “muerte súbita”, que incluso permite situaciones en las que equipos con peores marcas superen a otros. Recordemos que Puerto Rico quedó segundo en el 2013 con cuatro derrotas (5-4), al perder con Dominicana (8-0) en el final. Irónicamente, Japón tuvo que conformarse con el tercero, a pesar de haber quedado con 5-2 y Cuba quinto con 4-2.

Los veteranos y guías de la escuadra fueron el receptor Yadier Molina (34), el bateador designado Carlos Beltrán (39) y el jardinero izquierdo Angel Pagán (35), quien sigo sin explicarme las razones por las que se mantiene sin trabajo para la temporada de Grandes ligas que está por comenzar.

Yadier pareció compenetrar muy bien con el juego refrescante del intermedista Javier Báez (24), el campo corto Francisco Lindor (23) y el antesalista Carlos Correa (22), que son alma, vida y corazón del equipo y que nos permiten mirar con certero optimismo nuestro futuro. Además, ellos le inyectaron a nuestro juego alegría y confianza, sin caer en faltas de respeto a los rivales o al deporte.

De la diáspora reclutamos a T. J. Rivera (28), a quien no le tembló el pulso a la hora de defender la inicial, que no es su posición. Eddie Rosario (26), poseedor de un cañón por brazo fue nuestro jardinero derecho, mientras Reymond Fuentes (26) y Kike Hernández (25) hicieron lo propio en el central.

Por fin tenemos brazos

jóvenes a la vez

Nuestra mayor debilidad colectiva en las últimas décadas ha sido el cuerpo monticular y ahora apenas comenzamos a acariciar una generación de tiradores de talento y futuro prometedor. Sin embargo, los dueños de equipos de las Mayores sabotearon la consolidación del grupo. Aquí hay que recordar y reconocer que en ese aspecto del juego no tenemos la calidad y mucho menos la profundidad de Estados Unidos y Dominicana y posiblemente Japón.

Por ejemplo, a nuestro cerrador Edwin Díaz, de apenas 22 años, pero con una recta de cien millas, Seattle no le permitió lanzar en la primera ronda, en la próxima lo limitó a una entrada y hubo que rogarle para que le permitieran estar disponible para otra en el juego final. A José Berríos (22), Minnesota también lo limitó y el trato de Tampa Bay a José de León (24) le ganó la descripción de “descaro” por parte del dirigente Rodríguez.

Para poder salir adelante, tuvimos que recurrir a Seth Lugo, otro componente de la diáspora, que con 27 tuvo un bautismo de fuego más que destacado con los Mets, como relleno ante el montón de lesiones de sus tiradores de cabecera. El espigado derecho de 27 venció al trabuco de Venezuela en nuestro debut y luego al no menos poderoso de Estados Unidos, contra el que también abrió el final.

#Los Rubios

No se sabe a ciencia cierta (o no se ha dicho) quién fue el jugador de Puerto Rico que concibió la idea –cual encendido de bombilla amarilla de 120 watts en la estampa de un cómic– de que todos se pintaran los cabellos de rubio durante el Clásico Mundial de Béisbol, naciendo así lo que convirtió en marca ritual unificadora y símbolo del equipo boricua.

Solo sabemos que todo comenzó en un chat de los jugadores de Puerto Rico mientras entrenaban en Arizona. Se cuenta que uno de los jóvenes peloteros lanzó la pregunta al grupo sobre qué podían hacer para fomentar la unidad entre el grupo, algo que fuera original. “Vamos a pintarnos el pelo de rubio”, dijo el jugador, misteriosamente nunca identificado, en su espontáneo bombillazo, como si lanzara otra recta para calentar el brazo en el bullpen, solo que esta alcanzó 110 mph y dejó la trocha del receptor botando humo.

Varios de los jugadores acogieron la idea con entusiasmo y al otro día aparecieron las primeras cabezas rubias, como hongos que brotan en el pasto tras un aguacero. Otros, inicialmente no tan emocionados o francamente escépticos con el asunto de la rubiez, fueron floreciendo poco a poco una vez iniciado el torneo, como girasoles de campo o enredadera de canarios, a medida que Puerto Rico ganaba sus primeros desafíos hasta que todo el equipo, incluyendo la mayor parte del personal técnico, lucía algún tono arrubiado, desde el claro casi platinado hasta el rústico “amarillo pollito”

Hasta los que llevan cabeza rapada como Carlos Beltrán y el coach Carlos Delgado se tiñeron sus barbas y chivas mientras que el dirigente Edwin Rodríguez quedó exento y excusado debido a su probada efectividad de 0.00 en pelo cranial y facial. Igor González, otra de las exestrellas del cuerpo técnico se fue en huelga de tinte –parece que fue el único entre los que visten de uniforme– pero por suerte su desentono apenas fue notable debido a la prudencia y el disimulo que permiten las gorras y el ámbito de su misión que lo mantenía casi todo el tiempo encuevado en el dugout.

Lo que comenzó en el chat fue llevado a referéndum democrático en el clubhouse donde la mayoría peloteril alzó solemnemente las manos en apoyo a la moción y así nacía oficialmente el ahora afamado #Teamrubio, también conocido como “Los Rubios”, #Losnuestros y a quienes algunos también llamaron los “BorinCanos”.

La fiebre de los rubios tiene un contenido simbólico según han comentado los propios jugarores, como el lanzador José Berríos, quien ha dicho que el color representaba el oro que aspiraban a conquistar en el torneo. El propio Berríos y Carlos Correa, (que inicialmente estaba entre los tímidos) el capitán Yadier entre otros, han señalado el propósito del teñido colectivo como parte de la diversión, aquello de pasarla bien, eso que da sentido a la palabra “juego” que usamos para caracterizar un deporte como el béisbol y un partido en particular que todo Boricua conoce como “un juego de pelota”. Sí, se goza pero se sufre, como dice el adagio revertido.

Otro objetivo importante, el más que se menciona probablemente por todos los jugadores, es el de unir al equipo e incluso crear la fiebre que ayudaría a unir al pueblo en torno a ellos.

Y tiene perfecto sentido porque todo el mundo sabe que el deporte es a la vez guerra y fiesta, ritual de danza y combate y tanto en una faceta como la otra los participantes tienden a marcarse, a pintarse, lucir distintivos y banderas y colores que reflejan identidad, apoyo, cohesión de grupo y distinción del rival. Así que por qué no el cabello pintado de oro, como guanín de cacique taíno que se lleva sobre la cabeza en vez de en el pecho.

Hay otro elemento que se ha mantenido silente, por debajo del radar, pero llegó a resonar en conversaciones en los estadios, entre el dougout y el clubhouse y el terreno de juego: la suerte, el amuleto. Y ahí entramos de lleno en una dimensión fundamental de la cultura béisbolera que es la cábala, hija ritual de la magia y la superstición, y pariente de las fiestas y guerras primitivas.

Es posible que las creencias religiosas de algunos en el equipo, que ven con malos ojos todo lo que suene a mal de ojo, brujería y superstición hayan llevado a la prudencia en cuanto a manifestar abiertamente que además de unidad, de oro ganador y de vacilón y juego también había amuleto y ritual de suerte en el pelirrubioso asunto.

Porque no solo es ritual el acto casero o de salón de estilismo de someterse al tinte, como el jocoso vídeo a cámara rápida que posteó la esposa de Angel Pagán, Melody, mientras pintaba el cabello a nuestro primer bate y al lanzador Orlando Román. El gesto ritual se ejecutaba –todo el mundo lo vio- cuando se hacía un logro sobre el terreno como batear de hit, al llegar a la base el jugador, lo primero que hacía era levantarse la gorra y frotarse los mágicos pelos rubios, confirmando así la eficacia de la cábala dorada, amarrando en complicidad al equipo alegre y contagiando así a los fanáticos y nuevos adeptos boricuas. En el partido contra el Reino de los Países Bajos se pudo ver cuando uno de los rubios alcanzó la primera base mediante incogible y olvidó el ritual por lo que un par de sus compañeros le gritaban y le hacían señas desde el dogout para que se levantara la gorra y se frotara la moña rubia, de atrás hacia delante, como era el gesto acuñado.

Pero esto de las supersticiones y cábalas es, como dicen, en broma y en serio. En la pelota se habla de maldiciones, como la de la cabra en Chicago –que le costó 71 años a los Cubs sin llegar a la Serie Mundial por no haber dejado entrar al parque una noche de campeonato a un asiduo fanático que solía ir con su inseparable cabra, provocando que este lanzara la terrible maldición; también la del Bambino que persiguió a Boston por décadas por haber vendido al gran Babe Ruth a los Yankees.

Así como en el fútbol africano abundan los hechiceros especializados en el deporte por acá suelen encomendarle sus equipos presumiblemente al mismo dios, poniendo a la deidad en un complicado dilema de favorecer a un equipo sobre otro cuando ambos le suplican por la misma gracia y solo uno puede ganar. De estos fervores conozco antecedentes porque sé la historia de una Elena Dávila (¡mi santa madre!) que junto a otras mujeres fanáticas a toda prueba de los Cangrejeros del Santurce, le colgaron personalmente al cuello una especie de escapulario de La Milagrosa al cuarto bate y rey de los toleteros invernales y las Ligas Negras, Willard Brown, y a otros integrantes del legendario “Escuadrón del Pánico” cuando partían hacia La Habana en 1953 rumbo a la conquista de la Serie del Caribe.

En la Pelota se sabe de mil cábalas, entre ellas las individuales, de jugadores que no pisan la línea de foul cuando entran al terreno, otros que entran literalmente siempre con el pie derecho al terreno, o la colectiva de virarse todos las gorras al revés para atraer la suerte. Se dice que Roger Clemens, por ejemplo, tocaba la imagen en la placa de Babe Ruth en el parque Fenway como quien le toca la barriguita a una estatuilla de Buda, el lanzador del Detroit, Mark “El Pájaro” Fydrich en los 70 remeneaba el terreno de la Lomita de lanzar con sus manos, como niño que juega con tierra, y con absoluta convicción animista le hablaba a la bola antes de lanzarla, algo que en una circunstancia distinta le hubiera valido un referido psiquiátrico. También se ha dicho que la moda de dejarse cabellos largos y frondosos bigotes, también a principios de los 70 cuando ello todavía era una estética ajena y excepcional en el béisbol de Grandes Ligas, era una cábala de los Atléticos de Oakland, que ganaron tres campeonatos con el asunto. En ese sentido, el gesto de los Rubios, parece tener antecedentes en ese caso de peludos y bigotudos.

Los caribeños arrubiados también marcaron otra de las muchas diferencias culturales que fueron objeto de discusión durante el torneo, particularmente entre los jugadores y fans del equipo de Estados Unidos y los caribeños, incluyendo boricuas, dominicanos y curazaeños que juegan como Holanda, o el Reino de los Países Bajos. El lucimiento, las celebraciones, la alegría y bravado sin inhibiciones de los caribeños, contrastaba la sosera, la inexpresividad estoica, excepto por algún gesto o grito de guerra cavernícola, de la mayoría de los jugadores estadounidenses.

Además, en la estética béisbolista, particularmente la de las Grandes Ligas, no suele figurar el tinte de cabello como elemento, ni el exceso de anillos faciales, ni despliegue prolífico de tatuajes (aunque los tengan no se notan por los uniformes) como sí ocurre constantemente en el mundo del baloncesto. En la pelota, sobre todo entre los estadounidenses, existen en estos tiempos los jugadores clásicos clean cut de siempre, los que llevan barbas tipo hipster y una buena representación de peludos y barbudos, que saltan a la vista, no como anarquistas o hippies sino como sujetos campestres, que cuando no tienen un bate en la mano cargan una escopeta de caza por algún bosque o que bien pudieron haber sido mediocres cantantes de música country. Los mulatos caribeños boricuas con pelos pintados de rubio, festivos y escandalosos, también eran una afrenta a ese mundo de estética varonil y de géneros muy estrictamente definidos en donde teñirse de rubio es un reto al sentido de masculinidad de muchos.

Así pues, a medida en que Puerto Rico y los Rubios iban batiendo a los distintos rivales sin perder un solo partido, con impresionantes demostraciones cada noche, los puertorriqueños, particularmente los varones, comenzaron a pintarse los cabellos rubios en números que aumentaban día por día; como si fuera un guión del realismo mágico, el contagio era exponencial, se reportaba escasez de tintes de cabello en farmacias y salones, aparecían ofertas y baratillos, quizás algunos recordaban a Dennis Rodman con su afro teñido pero pocos recordaban que Roberto Roena había sido pionero en esa jugada bien a principios de los 70; venían a la mente los raperos de los 90 como el difunto Mexicano y el productor Niko Canadá también antecedentes de pelos arrubiados, pero ahora era todo el equipo y miles, literalmente miles de boricuas, sobre todo aunque no exclusivamente jóvenes (ver al editor de estas páginas Elliott Castro, quien lo hizo a nivel de promesa –otra vertiente de la cultura mágica beisbolista y deportiva en general) y los rubios crecían y se multiplicaban por todo Puerto Rico y su diáspora multiplicado aún más por las imágenes en ‘selfies’ y memes por todas las redes y medios posibles, en combinación con las gorras y camisas peloterioles rojas en el supermercado, en las plazas, restaurantes, en las calles y aceras y guaguas y talleres de mecánica y sobre todo en barberías y llovieron las polémicas cuando chicos escolares fueron suspendidos en algunas escuelas por violar reglamentos, recibiendo algunos amnistías como la decretada por la rubia alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz a varios alumnos municipales; todo en nombre de la fiebre béisbolera, del orgullo ante las hazañas de nuestro equipo invicto venciendo a gigantes como Estados Unidos, República Dominicana, Holanda hasta que llegó el momento en que los Rubios parecieron invencibles y el Pueblo creyó y los pensó imbatibles y veíamos el oro acercarse, en sueños, el oro de Mónica, el oro recordado y ansiado por cada cabeza entintada de rubio.

Pero entonces operó la magia inversa, se había cumplido el número mágico del 7-0 en partidos invictos, el medio hijo de la diáspora herido en su orgullo por mentadas de madre, bajo la bandera y armamento de la fuerza imperial que enfrentábamos, y con el emblema patrio tatuado en el brazo cual antídoto maléfico silenció las armas Boricuas como si alguien, además del brujo en la loma, hubiera lanzado un hechizo que rompió el ánimo y la magia de la tropa nacional.

Ciertos analistas especializados en los aspectos esotéricos del béisbol señalaron como elemento fundamental para que se haya quebrado el hechizo ganador de los Boricuas ls sorpresiva aparición en Los Angeles del gobernador Ricardo Rosselló con su cabello pintado de rubio y una gorrita roja del equipo. Cuando vieron eso los brujos Boricuas y caribeños en general supieron que la (mala) suerte estaba echada, el maleficio consumado y no había nada que buscar. El círculo dorado se quebraba ante el imprudente gesto del gobernante colonial, figura polarizante y politizadora, infiltrado en la representación de Los Rubios. Salazón absoluta. Mal agüero sin duda. Por tanto, pasó lo que tenía que pasar. El 7-0 perfecto se convirtió en un 7-1 fatal y final mediante un rotundo 8-0, con el que terminó el nefasto partido y murieron los rubios (y con ellos nosotros) en la orilla luego de mucho y bien nadar. Los números. La Cábala.

Y así luego de un merecido recibimiento de héroes, luego de sacudirnos el pasme de la muerte deportiva, Puerto Rico pasa la página hacia pasajes más escabrosos y luchas más retantes que las de la Pelota, con una satisfacción de haber gozado grandes victorias y una espinita de frustración por la severa derrota al final, pero en balance alentadora, en balance nos da fuerzas para las luchas que nos ocupan y se avecinan, y a pesar de que algunos comenzaron a buscar modos de quitarse los pelos rubios, (Rosselló II se lo eliminó de una sola lavada) seguimos viendo todos los días, por todos lados a los rubios pintados, como memorabilia ambulante en carne y hueso de la fiebre del Clásico Mundial de 2017. Vistos de cierta forma tal vez, como zombis mordidos y marcados sobrevivientes de una batalla perdida pero también como guerreros inspirados y festivos dispuestos a luchar hasta lograr la victoria.