Inicio Blog Página 1992

Cuento: Al calor de la ausencia

Un cuento no es un cuento es trabajo. Es un frio empaquetado para recuperar el calor de la ausencia.

A María, que ha sabido ser amiga también.

A Rafah, que sabe de la extensión de la palabra

“Si uno pudiera quitarse un brazo, una pierna y

los huesos que más pesan, andaría aliviado.

Es mucho el esqueleto el que cargamos y cansa”.

Miguel Ángel Asturia, El Papa Verde

1.

Soy un enfermero diferente. Aunque, nuestro calendario de trabajo está muy cargado y los turnos además de agotadores, muchas veces son inhumanos; busco a pesar de ello el mayor espacio posible para conversar y darles alguna atención especial a aquellos pacientes que no reciben visitas ni de familiares ni amigos. En el progreso o deterioro de la enfermedad escribo un diario lo más fiel a las conversaciones, a sus anécdotas y a las experiencias que viven aquí. Las conversaciones y la escritura me sirven para mejorar la atención a otros pacientes a mi cargo y compensar en mis ratitos libres o de descanso, en mi casa, una frustración por el gusto de escribir. En otra vida seré escritor.

Hay pacientes que retan mis habilidades más que otros. Éste, de quien escribo, además de confundir mi emoción; ha exigido más de un talento que no poseo. Me ha llevado a un punto en la escritura donde no sé cuándo le soy fiel a sus palabras o cuando, en un arrebato de ilusión literaria escribo más bien de lo que pienso. El tiempo de narración y la persona se me han enredado tanto que mi zafacón está lleno de versiones; como si hubiera olvidado que escribía un diario y no un cuento. Irremediablemente, he transferido esa confusión al relato que sigue.

2.

Hace un año, mientras intentábamos entender la incomodidad del fracaso continuo de mis proyectos, le dije a un amigo: “Luis, pienso que estoy listo para vivir el fracaso como una tragedia más de la vida. Igual que he vivido con pasión el amor y la felicidad puedo soportar el límite y las consecuencias más graves de los errores cometidos.” Luego de escuchar atento, él comentó, “es muy importante lo que acabas de decir, estás poniendo tu ser a disposición del universo.” Luis es mi mentor espiritual, me hizo consciente de “la fuerza sanadora” de mis palabras. Y así es como, de aquel momento en adelante, he vivido con relativa tranquilidad los resultados de aquella pesadilla que fue ser un comerciante arruinado. He llegado a aceptar vivir, desde entonces, lo que llamo una ética de la pobreza, saber vivir con poco.

Suicidarme, para no vivir la parte del sufrimiento que merecía o me tocaba no era posible. Además de que esa valentía no vino incluida en mi temperamento, para mí no es opción, la considero una cobardía. Me parece más noble vivir la tragedia del fracaso en toda su perturbación esplendorosa. Sólo que disfrutaré de ella, como una suerte de budista, en la ausencia y el vacío. Así desilusionado por completo.

Aquel día, que hable con Luis, tenía muchas razones para querer desaparecer. Estaba en ruinas, “que es un decir de mi vida”. Sonrió. Los acreedores aún después de la quiebra me importunaban, la familia se había ido en desbandada y caminaba la calle, comprensiblemente sintiendo miradas largas sobre mi espalda. Estaba más solo que nunca. Donde único encontré cierto refugio fue en escribir, siempre me ha gustado escribir. En estas condiciones, qué propósito podía tener la escritura ¿entretenerme? Si lo que escribía era incomprensible, los cuentos parecían que comenzaban todas las veces, no podía construir una trama que no fuera encerrándose en sí misma; buscaba adentro y adentro me quedaba, de la poesía para qué contarte, estaba cargada de inseguridades y mil dudas.

Ahí, como si fuera él quien me ponía una inyección, vi retratada mi lucha con la escritura. Era como escuchar el espejo al frente. Le interrumpí, me excusé y salí a visitar otro paciente. Debo vigilar los espacios para otras descargas, con otra inteligencia, pero descargas igual. La mañana siguiente, como si hubiéramos acordado una consulta y luego de las formalidades que justificaban mi presencia, retomó como si estuviera ante un siquiatra. Eso parecíamos, paciente y siquiatra. Aunque era yo quien anotaba, siento que el paciente era yo.

3.

Era una mañana de ésas que lo exageraba todo. Final de agosto, cruel y deleitoso a la misma vez, filtraba por la ventana un calor insoportable y corría un fresquito de lluvia que era el cielo entre tanto ahogo. Entre la lluvia y la llovizna, la soledad era otra forma de estar ausente, era enternecedora y permitía un poco aliviar el calor. Hubiera faltado, (se atrevió a bromear), un fundillo musical y el banquete hubiera estado servido para honrar aquella ética de ser feliz más allá de las circunstancias. Sentía el regocijo de la frescura de la lluvia, esa forma de comulgar con los espíritus, a pesar del calor, sin embargo, mi mente estaba en otro lado.

Esa mañana venía de cruzar la noche entera, desvelado otra vez. Las horas de desvelo habían hecho triza la posibilidad de disfrutar, a cabalidad, la lluvia tan afín a mi ser. La lluvia cuando es así tierna en su caída, perezosa, y si con alguna neblina, aquí o allá, si en el campo de Cayey, ya es el colmo del gozo. Nada, ese día, sin embargo, me despertaría, siquiera gotas de amor, a hermosura alguna. El cuerpo tramaba su reclamo por abandono. Me había acostado con la impresión de una herida en el pie diabético. Tan pronto amaneció, miré el pie de nuevo: esto se jodió, me dije. Cero Condado Plaza hoy, que era mi contención principal, en aquel día. ¿Para que ir a estorbar a la protesta? Esto luce y huele mal, mejor voy al podiatra.

4.

–Sí, buena, es para saber si el Dr. García me puede atender hoy. Creo que es una emergencia.

–¡Hay bendito!, es imposible.

–Es una emergencia.

–Lo entiendo, pero estamos llenos hasta febrero. Este año no estamos cogiendo citas nuevas.

–Yo no soy un paciente nuevo, el doctor ya me ha atendido anteriormente.

–Lleva mucho tiempo sin venir y las citas se llenan.

–Si con ustedes tengo que esperar hasta febrero para que otro podiatra me atienda tendré que esperar a agosto del año que viene, a esta misma fecha, con suerte.

–Caramba lo siento, pero inténtelo.

–Maldita… me enganchó.

Estaba que echaba chispas. Me quedé pensando unos minutos. Observo bien el pie y vi que estaba bien hinchado. Los dedos y alrededor de la herida estaban amoratados y salía un olor desagradable de la herida. La herida lucía fea. Comencé a vestirme. Listo ya, sin desayunar nada, cojeando caminé al tren. Me presenté por mis pantalones a la oficina del podiatra.

–Entienda por favor, el doctor no me permite añadir más pacientes.

–Es una emergencia, déjeme entonces hablar con él.

–Voy a hablar con él para complacerlo. Pero ya sé la contestación.

–Dígale que no me voy de aquí sin cita para mañana por lo menos.

–(Luego de consultar). Lo verá a lo último. Él se tiene que ir a la una. Si tiene espacio antes de la una, lo atenderá.

–Me arriesgo, qué se va a hacer.

Mejor, pensé, ser mal atendido en la esperanza, que bien atendido en lo irremediable.

5.

Jamás una espera se me hizo tan larga. Ni cuando Camila retrasaba su llegada y el tiempo se me hacía una eternidad. Miraba el reloj, desesperado, como si fuera un malhechor que quería torturarme a paso lento e indiferente en su avance. Ver llegar aquel reloj marcando las 12:15pm y que aún quedaran tres pacientes antes que yo, me tenía como olla hirviendo. Suerte que ese día no había nadie hablando en contra de la protesta en Condado Plaza pues creo que me hubiesen sacado con camisa de fuerza de allí. No sabía qué hubiera sido peor, que la gente hiciera comentarios del derecho del otro, para que le permitieran entrar al hotel, el silencio que prevalecía en la sala de espera o el maldito reloj aquel a paso amargado hacia la una.

–Hay bacterias, la herida huele muy mal. Limpie la herida, le dice a la enfermera, y lo venda. Ese pie, dirigiéndose a mí, tiene que estar vendado todo el tiempo. Le dejo un referido para una radiografía. Si la bacteria llegó al hueso, me temo que perdió el pie.

–Vamos a ser optimistas doctor.

–(Como si no me escuchara, algo molesto), Úntese esta crema, dos veces al día. Compre este antibiótico. ¿Tiene medicina su plan?

–No.

–No importa, lo hay genérico. Tenga la receta. Cuando tenga los resultados de la radiografía lo veo en diez días.

Se quitó la bata y se fue como alma que lleva el diablo.

6.

Así comencé a desaparecer. Se llevaron mi pie derecho y me dejaron un dolor inmenso en el hueso. El dolor era lo suficiente intenso como para probar mi resistencia al dolor y mi motivación para seguir viviendo. Tenía una teoría sobre el dolor que me vino muy bien en la recuperación: si el dolor es tan fuerte que no lo puedas resistir es seguro que te desmayas, como sucedió. Si no te desmayas, el dolor entonces no es tan fuerte que no lo puedas resistir. Así me pasaba comparando cuándo dolía menos y cuándo más. Inspirado en Procol Harum, le llamo a esta teoría: un blanco, más pálido que el blanco. El pálido era cuando me desmayaba.

Lo que más me sorprendía, según las noticias de mi condición empeoraban era que me gustara y hasta disfrutara la idea de estar conciente según iban mutilando o amputando partes de mi cuerpo, poco a poco. No fue eso lo que le quise decir a Luis cuando le manifesté que estaba listo para vivir el fracaso, pero sí, ésa me parecía, más fiel, la tragedia que estaba viviendo.

Imagino que ésa hubiera sido la enfermedad ideal del Marqués de Sade. Ver vivo como el cuerpo se lo van desapareciendo a uno no es una oportunidad que todo el mundo tiene. El pie no está ahí, pero yo sigo aquí. El pie está más allá de mi presencia y como esos muertos que adoramos no me abandona, vivo su ausencia. Entre la soledad y el abandono de los seres queridos uno se va convirtiendo con el tiempo en un observatorio de ausencias más que un ser vivo. Así al calor de la ausencia uno va preparándose cada día para desaparecer, pero que dentro de esa cotianidad vayamos constatando como el cuerpo va desapareciendo antes que uno como que no es fácil de asimilar. Esa sensación de que el pie está aún ahí es como si el espíritu se olvidara que sobrepasó el límite del cuerpo y regresase confundido. Los espejos entonces son una pesadilla, te recuerdan lo que quieres olvidar.

7.

–La circulación en esa pierna es mala. Supongo que le debe doler.

–Bueno doctor, mientras tenga dolor sé que la pierna está ahí. Cuando no me duela más, me va a doler en otro lado y ahí van a estar ustedes, listos para resolver.

–Si así lo quiere entender, pues sí, aunque suene duro, es cuestión de estar vivo o muerto.

–Vivo para quién, doctor. Muerto para quién.

Yo estaba presente en el intercambio. Ahora era él, quien estaba molesto. El doctor no le pudo decir; para su familia pues nadie iba a visitarlo. Se limitó a decirle: “Tenemos que ser agradecidos con la vida.”

Ése y varios días más se quedó callado. En aquel silencio extenso como su mirada perdida vio desaparecer su pierna. El llanto, también, era parte de su alivio en secreto, los ojos rojos lo delataban cuando me acercaba a tomarle los vitales. El muñón en la rodilla tenía que dolerle como para que lo drogáramos, pero no aceptaba más allá de una pastilla de Percocet, porque la morfina o cualquier otro medicamento fuerte decía le creaba vicio y lo adormecía como un bobo. “Si no vas a vivir el sufrimiento, suicídate.” Me dijo con esa actitud estoica que le distinguía de los demás pacientes.

Uno de aquellos días que tenía que estar doliéndole hasta el pelo, me habló pausado. ¿Quieres que te diga la verdad? No sabía lo que decía cuando le dije a Luis que estaba listo para vivir la tragedia. Nadie está listo para este dolor. Cuando te van amputando, ya no sabes si es la vida o es la muerte quien es caprichosa. ¿Qué será lo próximo que la vida dejará ir; qué será lo próximo que la muerte vendrá a buscar? Y en el centro, esta consciencia desposeída de toda vitalidad para continuar o terminar.

8.

–Tienes cáncer en la piel. Esa mano tiene que irse, si queremos salvar el brazo.

–No, no doctor, cómo va a ser. Llévese el brazo de una vez. Así me economiza un dolor que tan caro me salen en estos días.

–Ciertamente, usted me sorprende.

–Quiero ver el espectáculo completo, haga lo mejor doctor para que esta alegría de verme sin mi cuerpo, no desaparezca.

–Cálmese, que aquí nadie va a desaparecer.

No sé porque le dijo, cálmese. Él estaba muy calmado. Cuando siguió hablando sí que lo vi un poco agitado y tanto a mí como al doctor nos confundió.

–¿Cuándo viene por el otro brazo y la otra pierna? Voy a necesitar aprender la clave Morse. La pistola de Johnny al lado de la mía será de agua.

–¿La pistola de quién?

–Nada doctor, son chistes negros a lo Dalton Trumbo; cosas de intelectuales.

El doctor, se notaba que resintió la ironía y estaba hasta un poco herido en su orgullo. Así que decidió cambiar el tema.

–¿Está orinando bien?

–Ese sí que no, ese desaparece conmigo.

El doctor no tuvo más remedio que reírse.

9.

Cuando le llegó el turno a la otra pierna, sus órganos estaban comprometidos.

–No vale la pena otra operación. Vamos a darle de alta. Prepárelo para salir. (Y se fue.)

La torpeza del doctor merecía un premio al más bruto. Él estaba despierto. Me hizo señal que me acercara. En lo que llamo, un momento de lucidez; de esos que suelen ocurrir con muy pocos pacientes, me habló. Le acerque el oído y me dijo:

–Dile a ese tonto que hace tiempo que morí. Sólo que pedacito a pedacito. Estoy con lo que de mí se ha ido. Que se lleve el resto que no me hace falta. Mi corazón late en otro lado. Nada me duele. Dile, que no soy ya un observatorio de ausencias. Ahora estoy abrigado al calor de la ausencia misma.

Ese día me faltaban tres horas para terminar mi turno, hasta las doce del mediodía. Cuando vi desaparecer la camilla que lo llevaba, fui directo y les dije a los compañeros, que me iba que no me sentía bien.

Llevo dos días sin ir a trabajar, escribiendo, tratando que las notas que poseo de mi diario tengan sentido.

Tres megaproducciones para comenzar la oferta veraniega: Alien: Covenant, Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales y Wonder Woman

Tanto el verano como el receso navideño son los espacios más importantes para lanzar megaproducciones que apelan a un público amplio que va en busca de entretenimiento para toda la familia y también para “target audiences” como adolescentes y jóvenes adultos. Ya hay un gran número de estos filmes estrenados o anunciados por venir este verano.

Alien: Covenant

Director: Ridley Scott; guionistas: John Logan y Dante Harper; autores: Dan O’Bannon, Ronald Shusett, Jack Paglen, Michael Green; fotocinematógrafo: Dariusz Wolski; elenco: Michael Fassbender, Katherine Waterston, Billy Crudup, Danny McBride, Demián Bichir, Carmen Ejogo, Jussie Smollett, Callie Hernández.

Es 2104 en la nave Covenant cuya misión es llegar a Origae-6, lugar seguro para desarrollar la nueva colonia y hacer nacer los embriones que aseguran la continuidad de la especie. El grupo lo componen parejas y amigos que garantizan una organización social en armonía y con conocimiento y destrezas que le permitan sobrevivir cualquier adversidad. Recordemos que es la secuela de Prometheus (2012) pero esta vez el robot o persona sintética es una versión mejorada del original David. Será Walter quien pueda resolver los problemas, guiar la nave, alertar el peligro y llevar una bitácora como la historia de este experimento.

Casi desde el principio que nos adentramos en la nave, la normalidad se descarta cuando sucede algo impredecible que le cuesta la vida al capitán. Luego viene una disputa por quién asumirá esa posición y la armonía parece desaparecer. El primer error de la tripulación es desviarse de su lugar de aterrizaje al creer haber encontrado algo mejor y más cerca y de descartar que los estudios anteriores indicaban que el lugar más lejano era el más seguro. Desde el momento del aterrizaje de la mayor parte del grupo comienzan los peligros los cuales no estaban preparados para esquivar. Walter intentará protegerlos y alertarlos pero cada uno tiene una manera de ver su entorno. Y entonces encuentran a David, exactamente igual a Walter, pero con la experiencia de la expedición anterior.

La historia y cada episodio nos mantiene esperando lo inevitable pero sin saber cómo o dónde surgirá. ¿Y qué decir de la actuación de los dos Michael Fassbenders? Fascinante.

Pirates of the Caribbean: Dead Men Tell No Tales

Directores:Joachim Rønning y Espen Sandberg; guionistas: Jeff Nathanson; fotocinematógrafo: Paul Cameron; elenco: Johnny Depp, Javier Bardem, Geoffrey Rush, Brenton Thwaites, Kaya Scodelario, Kevin McNally, Golshifteh Farahani, David Wenham, Stephen Graham, Angus Barnett, Martin Klebba, Adam Brown, Giles New, Orlando Bloom, Keira Knightley, Paul McCartney.

Esta secuela de ese primer y fascinante Pirates of the Caribbean: The Curse of the Black Pearl de 2003 con su fabulosa antiheroína—por rechazar la vestimenta y comportamiento de una joven de su tiempo y querer viajar los mares con sus peligros y aventuras —interpretada por Keira Knightley, completa el círculo de ese primer romance con Will Turner al comenzar con el niño Henry Turner quien busca rescatar a su padre del hechizo de vagar eternamente por los mares y nunca llegar a tierra para estar junto a sus seres queridos. Nueve años después el joven Henry ya tiene problemas con la armada británica y, casi por accidente, se vincula con otro espíritu libre, Carina Smythe, quien también es perseguida por las autoridades por considerarla bruja al no poder aceptar su conocimiento de la astronomía y relojería. Y en ese ambiente de persecución y escape se topan con Jack Sparrow —más desgastado que en la secuela anterior— ahora sin su barco y tramando robar la caja fuerte del banco central. Esta escena de movimiento acelerado continuo, choques de todo tipo, entradas y salidas de múltiples lugares es sin duda de las mejores secuencias del filme.

Los críticos (A.O. Scott del NYT por ejemplo) que han odiado la historia ‘goofy’ de Pirates of the Caribbean desde el principio rechazarán igualmente “Dead Men Tell No tales”. Pero los que como yo disfrutan de la parodia, ironía, hipérbole y desarticulación de secuencias y, además se gozan a un Johnny Depp/Jack Sparrow que no se toma nada en serio y que ve la vida a través de sus recuerdos distorsionados avivados por su apetencia por el alcohol y las mujeres, esta secuela satisface enteramente. Se integran, como antes, las mujeres fuertes y valientes (Carina Smythe), los archienemigos memorables (Salazar), los barcos peculiares de sus capitanes, la burla y derrota del ejército británico y, en este caso, la reunión de los principales personajes del principio: Elizabeth, Will y Barbossa.

Wonder Woman

Directora: Patty Jenkins; guionista Allan Heinberg; autor: William Moulton Marston; fotocinematógrafo: Mathew Jensen; elenco: Gal Gadot, Chris Pine, Connie Nielsen, Robin Wright, Danny Huston, David Thewlis, Said Taghmaoui, Ewen Bremner, Eugene Brave Rock, Lucy Davis, Elena Anaya.

Como siempre digo de los personajes e historias que surgen del mundo de los comics, no soy seguidora ni conocedora de este género. Por eso cuando veo un buen filme basado en DC Comics, Marvel o los admirados dibujantes japoneses tengo gran interés en comentarlos aunque los fanáticos me caigan encima. El recuerdo que tengo de la serie de TV de Wonder Woman/La mujer maravilla es que nunca la vi y que lo que noté de sus anuncios era el uniforme tan fuera de tiempo que tenía. Lo que me atrajo de esta versión cinematográfica fue su acogida por feministas de todas las generaciones, su dirección por una mujer y la integración de Robin Wright a su elenco. Y nunca me defraudó precisamente porque aparte de las amazonas y su mitología que siempre ha sido de gran interés para mi, el contexto de la 1era Guerra Mundial y su temática antibélica y el personaje de Steve Trevor (interpretado por Chris Pine) como co-narrador que fluctúa entre la irrealidad, ironía y sacrificio personal para el colectivo armaron una narrativa fascinante.

La historia utiliza dos campos de batalla: por un lado Themyscira, la isla donde las mujeres amazonas se entrenan para defenderse de un ataque que consideran inminente aunque hayan pasado muchos años de expulsar a Ares y establecer la paz, y los frentes de batalla, especialmente en Bélgica, casi al final de la guerra donde inferir el mayor daño posible al enemigo era la política a seguir. Ese paraíso que representa Themyscira cambia cuando vemos el brutal entrenamiento a que se someten estas mujeres dirigidas por la General Antiope (una maravillosa Robin Wright). Ese cuadro defensivo prevalece aun cuando la Reina Hippolyta (la madre de Diana-Wonder Woman) argumenta que ya están fuera de peligro. Antiope y Diana convencerán a la Reina de entrenarla porque ambas mujeres saben que es ella la escogida a enfrentar a Ares cuando sea su próximo ataque. Cuando Diana y las amazonas salvan a Trevor de un comando alemán, esta isla protegida queda atrás.

Diana cree firmemente que Ares es el causante de la Guerra Mundial y porque es su misión asegurar la vida y mantener la paz, se adentra en los últimos meses de este brutal enfrentamiento (el Armisticio se firma el 11 de noviembre de 1918). Junto a Trevor y luego con su grupo de amigos marginados (Sameer, Charlie, Chief) se acercan a la política británica a través de un aliado, Sir Patrick Morgan, y luego de frente al general alemán Erich Ludendorff y la científica española Isabel Maru. La larga batalla final es abarcadora y reveladora del verdadero poder y misión de Diana.

Será otra cosa: La solidaridad del año de las papas perdidas

Por Ana Pérez Leroux Especial para En Rojo

Irlanda es verde, escandalosamente verde, más verde que Puerto Plata, o el Yunque, si me pueden ustedes creer. Tiene inviernos muy suaves, al menos así lo consideran en el Norte del Atlántico. Posee también un peculiar ecosistema que incluye vegetación ártica, alpina y mediterránea. Los veranos son lo opuesto: ocupa el tercer lugar en el concurso de los veranos más fríos de Europa. Hay unos pocos días de sol, y el resto, lo que los residentes de allí llaman lúgubremente Irish weather, es decir, “clima irlandés”.

Los irlandeses recuerdan su historia. Recuerdan bien el yugo y el esfuerzo de la independencia, la pobreza y la afluencia. Recuerdan que tenían idioma propio, y tratan de mantenerlo en vida. Los lingüistas irlandeses vigilan con amorosa preocupación cada subida y bajada de los datos demográficos del uso del idioma gaélico.

El chofer de la guagua de Barrat Tours nos va señalando lugares de interés, bordando el recuento con pedacitos de historia, geografía y bioestadísticas. Siempre que cabe el caso, apunta con cuidado cuando una observación se aplica a ‘La república de Irlanda”, o a “Irlanda del Norte, que está bajo el dominio del Reino Unido”. Como turista, debes esperar que te pregunten que si tienes familia irlandesa. Como los caribeños, los irlandeses tienen larga experiencia de diásporas. Una gran porción del turismo consiste en descendientes de irlandeses, desperdigados por el mundo, que regresan a trazar las raíces genealógicas en la superficie gris y mohosa de una cruz de piedra, a pisar las aldeas de los abuelos y a beber cerveza en el bar que comparte el nombre familiar.

Se deleitan en su unicidad, sin olvidar la universalidad de la experiencia humana. No hay serpientes en Irlanda. Excepto, por supuesto, los políticos, te explican con cara seria y sonrisa en los ojos. Aman su historia. Visitan con igual afecto el castillo del rey John, en la ciudad de Limerick, como el dolmen funeral de Poulnabrone. Se trata de un portón hecho de tres lajas enormes de piedra, en la cual enterraban los huesos de los fallecidos. Orientado hacia el oeste, ocupa un lugar prominente, en el medio de un campo pedregoso en la región del Burren. Un desierto de piedras, dicen los residentes locales. En el medio de estos campos están las erráticas, unas rocas gigantescas que se originan a centenares de kilómetros, arrastradas por un antiguo glacial. Las erráticas son ésas, nos dice el guía, que están ahí paradas, en el medio. No son como las otras piedras; llaman la atención.

En ningún momento se olvidan los irlandeses de los millones que murieron en la hambruna de las papas. No olvidan que el país había producido otras cosechas y que los terratenientes las habían exportado por ganancia. Tal indiferencia al sufrimiento ajeno, tal callosidad en la textura del alma, no logran perdonar. En County Clare hay un hermoso y triste monumento en bronce a las víctimas de la hambruna. Un niño con la mano extendida, llamando al portón de la entrada al orfanato. El niño, pequeñito, un escuincle. El portón enorme y amenazador.

Pero hay otro monumento, que expresa otro sentimiento, colocado en el medio de un parque en Middleton, County Cork. Nueve plumas plateadas, gigantescas, curveando hacia los cielos. Conmemora un inmenso acto de humanidad, cuando un grupo de la tribu Choctaw se reunió, en marzo de 1847, para realizar una donación de fondos de ayuda para los irlandeses.

Los Chocktaw fueron forzados a evacuar sus tierras ancestrales en Alabama por el presidente Jackson, también descendiente de irlandeses. Solo dieciséis años antes habían caminado la marcha forzada a Oklahoma que les costó miles de habitantes, víctimas de malnutrición, enfermedad e interperie. Uno de los primeros episodios de lo que luego la historia bautizó con el poético nombre de ruta de las lágrimas. Los Chocktaw sintieron afinidad por los irlandeses, en cuya situación reconocían una experiencia familiar: los pesares de la supresión cultural, la perdida de la tierra, la migración forzada y la falta de alimento. El morir de hambre en un mundo de abundancia, donde las conquistas de unos son los duelos de los otros. Esa generosidad de los más pobres entre los pobres la vimos también hace poco cuando una escuela de niños haitianos mandó una donación a las víctimas del desastre de Fukushima. En el curriculum vitae de la humanidad, estos actos son lo que nos redimen.

La semana pasada, miembros de la tribu Blackfoot ocuparon el Parque de la Reina en Toronto. Queen’s park es un parque en forma de óvalo que ocupa el espacio entre el parlamento provincial, y la facultad de música de la Universidad de Toronto. Es hermoso, con un par de monumentos militares, y una hermosa arboleda de arces y cedros, repleta de ardillas. Es lo que cruzo yo cada día para ir de mi oficina hasta el departamento de estudios hispánicos. Davyn Calfchild, jefe hereditario de la Nación Siksika, hace un ayuno de trece días en el medio de este parque central, en llamado de atención a las penurias de las comunidades indígenas. En el medio de la celebración del 150 aniversario de la nación, las tribus de las primeras naciones observan con consternado silencio cómo Canadá prefiere acoger refugiados del mundo, antes de atender a los domésticos. En una carretera en Nova Scotia, un letrero nos pide que recordemos la historia completa: “Canadá, 150 años. Los Mikmaks: 13,000”. Antes de la construcción del hermoso Dolmen de Poulnabroune, estas tierras de las Américas eran ya cuna de civilización.

Pongamos en medio del ruido cotidiano, la siguiente idea errática, a ver si se nos tropiezan los periódicos y noticieros. La idea es simple y vertical, como las rocas levantadas por los hombres de la edad de hierro. En estos años de las papas perdidas, no nos salvarán ni los grandes, ni los poderosos, ni el petróleo ni el dinero. Sólo la rosa blanca, que en junio como en enero, nos da el amigo sincero: nos tiende una mano franca.

Agosto de 1983, en ninguna parte

En 1939, en el Gran Teatro de Posnan, un bailarín remató su solo con dos vibrantes taconazos y, para su estupor, vio que el suelo temblaba, los vidrios se hacían añicos y la gente huía despavorida de la sala. Era un gran bailarín, y lo sabía, pero incluso a él mismo le sorprendió su potencia, hasta que se dio cuenta de que estaban cayendo las primeras bombas alemanas sobre Polonia.

A los polacos siempre les ha sido difícil diferenciar los hechos individuales de los hechos colectivos en su país. Se dice en Polonia que el reflejo de autodefensa es el sentimiento patrio nacional. “Vivo en un país inventado hace mil años por los alemanes como un tapón, una muralla de defensa que los protegiera de Rusia. Ese muro se hizo reversible y eso determinó nuestro futuro. No tenemos identidad; tenemos sólo ese reflejo de mirar a ambos costados todo el tiempo. Ninguno de nosotros ha sabido ser otra cosa. Este país no olvida nunca su historia, pero la mayoría de las veces no la entiende”, escribió Kazimierz Brandys en 1975, en extrañas circunstancias: después de participar en la Resistencia durante la guerra y de apoyar hasta la obsecuencia al gobierno comunista posterior, había llegado a la madurez en un ostracismo doble: lo despreciaban por igual el régimen y los disidentes y emigrados.

En su juvenil experiencia de la clandestinidad había conocido la mínima distancia que existe entre el heroísmo y la traición. En la posguerra pudo dar fe de cuán baratas se vendían las almas. Así se fue edificando en Polonia, según él, ladrillo a ladrillo, el fenómeno colectivo de la desaprobación de uno mismo: “Uno sentía que no había cumplido su deber con respecto a la realidad, que no participaba en ella con todo el espíritu. Déjenme dar un ejemplo. El año pasado, en la pensión donde estaba, le robaron a alguien un anillo. Mi primera reacción fue cerrar con doble llave mi puerta. No por temor de que me robaran algo, sino de que alguien dejara el anillo robado en mi cuarto. Se puede vivir así. Sería una exageración decir que vivimos desesperados. Se vive en la miseria de la imaginación. El propio destino nos aburre como una novela mediocre y ya leída”.

Brandys había escrito él mismo una novela así, en sus años mozos: una mediocre tetralogía, de tan fervoroso realismo socialista que un jerarca del partido le dijo una vez al oído: “Muchacho, no exagere tanto. Ponga un poco de realismo, además de espíritu socialista”. Cuando por fin se animó a renunciar al partido no fue en 1953, con la muerte de Stalin, ni cuando los tanques rusos entraron en Hungría, sino recién en 1966: los disidentes y emigrados lo despreciaron por su conversión tardía y el régimen lo mandó a purgar su apostasía en remotas aulas de provincia. Según confesión propia, hasta él mismo se había olvidado de él cuando se le avisó, en 1975, que había sido invitado a Oslo, a unas jornadas docentes, una invitación tan menor que el régimen le permitió ir. Al llegar a aquel congreso pidieron a todos los participantes que llenaran un cuestionario de veinticinco preguntas, a modo de currículum. Era un mero formulario a la manera socialista nórdica, pero aquellas preguntas interpelaron a Brandys como un tribunal donde debiera dar cuenta de toda su vida: convirtió un currículum en un acto de confesión.

Durante la guerra, el joven Brandys había hecho entrar a una muchacha en la Resistencia. La chica era una aspirante a actriz que trabajaba en el famoso café Melpómene. Un día se entera de que sus padres han muerto en Auschwitz y empieza a beber y a buscar hacer contacto con la Resistencia. Brandys la tomó, aunque era él mismo un perejil, porque la chica no iba a durar mucho si seguía exponiéndose de esa manera. Le hizo creer que la ingresaba a la organización pero no informó a nadie y mientras tanto le daba mínimas tareas banales que no implicaran peligro. Incluso le dio un nom de guerre para que se lo creyera más: Mewa, que significa gaviota, porque ella amaba a Chejov.

Todo iba inocuamente bien hasta que comenzaron las suspicacias dentro de la Resistencia entre comunistas y nacionalistas católicos. Corría la voz de que había tribunales secretos y ajustes de cuentas. Brandys recibió en un mismo día la orden de comparecer ante los nacionalistas católicos y un aviso de Mewa de que estaba embarazada. Por llevarla fuera de la ciudad, con unos parientes que tenía en el campo, Brandys incumplió las órdenes de plegarse a los nacionalistas católicos. Sobrevivió de milagro a un ajuste de cuentas y a un simulacro de fusilamiento y, en el caos del fin de la guerra, llegó a pie hasta aquella casa de parientes en el campo y volvió a pie a Varsovia con una bebé en brazos, que crió como si fuera suya porque a la madre, a la pobre Mewa, se la habían llevado los nazis a los campos. Esa bebé ya tenía treinta años y estaba casada y hacía su vida en Polonia casi sin hablarse ya con él cuando Brandys se sentó a contestar aquel cuestionario en Oslo en 1975 y se topó con la pregunta: “¿Tiene hijos?”.

Después de asistir mecánicamente a cada jornada del congreso volvía de raje a su habitación a seguir contestando el cuestionario. Cuando llega el momento de retornar decide ocultarlo en un doble fondo de su valija y llevárselo a Polonia. El último día del congreso se le acerca un polaco exiliado, que está en Noruega en viaje de negocios, y que recuerda a Brandys de los buenos tiempos del café Melpómene. Le cuenta que le llevó años llegar a Canadá desde que lo liberaron de los campos pero lo logró junto con su mujer, dice, y saca una billetera y muestra una foto de familia: él, dos hijos sonrientes y una mujer, Mewa. Brandys recuerda al instante una postal que llegó hasta sus manos en Varsovia después de rebotar de dirección en dirección, en los primeros meses de posguerra, y que sólo decía, sin firma debajo: “Estoy viva. Olvídenme”. Eran tantos los que pedían eso en aquellos meses posteriores a la guerra, que Brandys creyó que la postal no era para él.

Le llevó años ganarse a Brandys el respeto de disidentes y emigrados, pero lo consiguió por fin con su libro Variaciones postales, que hoy es un clásico y que Adriana Hidalgo anuncia que publicará en estos días en nuestro país: fue por eso que me acordé de aquel cuestionario en el doble fondo de la valija que Brandys se llevó de Oslo a su monoblock polaco de provincia, donde le eliminó las preguntas y le sumó el encuentro con el polaco exiliado y después logró que alguien sacara el manuscrito de Polonia y lo llevara hasta París. De título le había puesto La irrealidad, pero cuando salió acá en Sudamericana, en agosto de 1983, se llamó: En Polonia, es decir en ninguna parte, la famosa frase inicial del Ubú Rey, y apostaría lo que no tengo a que la mano invisible que realizó ese exquisito cambio fue la del gran Enrique Pezzoni, puedo incluso verlo sentado en su escritorio de la editorial, en la casona de Humberto Primo y Defensa, a la luz de una lámpara, lápiz en mano, mientras afuera se extinguen con lentitud exasperante aquellos últimos días de la dictadura, antes de las elecciones de 1983.

Reproducido de www.pagina12.com.ar

Trump: manotazo de ahogado en el Caribe

A Donald Trump lo acechan tiempos difíciles. Sus bravatas de campaña siguen en el plano de la retórica y no se traducen en hechos. Lo esencial de su promesa: el retorno de los empleos que emigraran a China y otros países de bajos salarios ha caído en oídos sordos de los CEOs de las grandes transnacionales estadounidenses que pagan en aquellos países la décima parte del salario que deberían oblar en Estados Unidos para obreros que, además, trabajan más de ocho horas diarias y están expuestos a muchos más accidentes de trabajo.[1]

El muro que dividiría la frontera entre México y Estados Unidos tiene remotas posibilidades de concreción, y no sólo por su fenomenal costo cinco o seis veces superior al que anunciara Trump en su campaña. Aparte, fue condenado públicamente por el Papa Francisco y Angela Merkel en su reciente visita a México. El escándalo del “rusiagate”, aunque sea una farsa montada por sus enemigos dentro de Estados Unidos se yergue como una letal amenaza a su permanencia en la Casa Blanca. En el Congreso suenan tambores de guerra reclamando un juicio político al nuevo presidente. Tampoco lo ayudan los oscuros negocios de su yerno y la clara incompatibilidad de intereses entre su emporio empresarial y su función como presidente.

La ruta de escape ante tantas tribulaciones internas ha sido la usual en estos casos: un gesto de reafirmación de su autoridad en la escena mundial, para demostrar que el gigante todavía está allí y que en cualquier momento puede pegar un zarpazo brutal. Un bombardeo sin sentido –y con sorprendente mala puntería- a un aeropuerto en Siria como para decir “aquí estamos” en un escenario cada vez más dominado por la presencia de Rusia e Irán o arrojar sin ton ni son la “madre de todas las bombas” en una zona remota y despoblada de Afganistán. Por último, un amenazante desplazamiento de la Flota del Pacífico hacia las proximidades de Corea del Norte en represalia por sus experimentos misilísticos, movida que quedó sólo en eso Japón ni bien Tokío y Seúl advirtieron al bocón de Washington que la capacidad retaliatoria de Pyongyang podría provocar enormes daños en varias ciudades de Japón y Corea del Sur.

Y ahora Cuba, esa vieja y enfermiza obsesión que frustró a once presidentes norteamericanos y que ahora está a punto de cobrarse una nueva víctima en la persona del magnate neoyorquino. Con su nueva política, atizada por la mafia no sólo anticastrista sino sobre todo antipatriótica de Miami, esa que no tiene reparo alguno en provocar sufrimientos a su pueblo con tal de promover su ilusoria agenda contrarrevolucionaria, Trump comienza a desandar el camino iniciado por Barack Obama. Lo hace, hasta ahora, de manera parcial: las embajadas quedan abiertas, muchas operaciones comerciales seguirán su curso y los cubano-americanos continuarán visitando la isla. Pero esta estúpida regresión a los tiempos de la Guerra Fría, a un pasado que ya no volverá, ocasionará nuevas complicaciones para el ocupante de la Casa Blanca. Por una parte, porque reavivará las llamas de la tradición antiimperialista de Martí y Fidel, profundamente arraigada en el pueblo cubano que cualesquiera sean sus opiniones sobre la Revolución rechaza visceralmente las ambiciones coloniales de su vecino. Por otra parte, al reinstalar trabas a las relaciones económicas entre las empresas norteamericanas y Cuba Trump abrirá un nuevo frente de conflicto al interior de Estados Unidos. Y esto es así porque son muchos los empresarios –en la agricultura, comercio, hotelería, aviación, informática, etcétera- que consideran a los trogloditas de Miami una rémora impresentable e irrepresentativa de la gran mayoría del exilio económico cubano cuyas absurdas pretensiones les cierran una atractiva fuente de negocios y favorecen a sus competidores de otros países.

Habrá que ver lo que pueda ocurrir con la nueva política de Trump cuando estos poderosos actores locales de la política norteamericana presionen sobre la Casa Blanca para defender sus intereses. O cuando el estadounidense común y corriente se dé cuenta de que de ahora en más podrá seguir viajando sin restricciones a Corea del Norte, Sudán, Siria e Irán, países incluidos como “estados fallidos” por el Departamento de Estado, pero no a Cuba. Lo más probable será que se fastidie y que piense que tenían razón los 35 profesionales de la Asociación Psiquiátrica Americana cuando dieron a conocer una carta abierta en el New York Times asegurando que el nuevo presidente “muestra indicios de una severa enfermedad mental.

Notas:

[1]Cf. https://www.huffingtonpost.com/2012/03/08/average-cost-factory-worker_n_1327413.html [2] https://www.excelsior.com.mx/global/2017/02/16/1146714

Reproducido de www.rebelion.org