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“Yo sólo hago los ojos”: la creación genética y la mística judeo-cristiana en Blade Runner

 

Fue mucho más abajo, quiso ser infernal. Y mucho más alto, un arcángel maldito. Maldoror, en la magnitud de la desdicha, celebra el Matrimonio del Cielo y el Infierno…

Pablo Neruda, refiriéndose al poeta Lautréamont

 

Manuel Martínez Maldonado

La antítesis que representa el creacionismo ante la racionalidad de la ciencia y la evolución, y la clonación, son algunos de los temas subyacentes de la película icónica Blade Runner de 1982. Basada en un cuento corto del extraordinario escritor norteamericano  Phillip K. Dick, llamado “Do Androids Dream of Electric Sheep?”, nombre genial en sí, el filme, además de lo que discuto en este breve ensayo, es paradigmático de los escritos del autor en los que se cuestiona cómo se distingue lo real de lo irreal.

Noviembre de 2019, la fecha en que se desenvuelve la trama del filme, resulta ser un futuro negro en el que el uso avanzado e inapropiado del clonaje genético ha alcanzado un especie de pináculo en el que una compañía de biotecnología molecular ha creado seres supradotados, llamados replicantes, para explotarlos como esclavos.

En un viraje de “la segunda llegada”, los replicantes vuelven al planeta tierra en búsqueda de su creador. Han estado haciendo labores, que solamente puden llevar acabo sus poderosos cuerpos y los cerebros privilegiados de algunos de su estirpe, en planetas y lunas -las colonias espaciales o exteriores- donde son esclavos. Su rebelión está impulsada por el deseo de prolongar su vida, ya que su creador, un empresario de gran poder financiero y científico llamado Tyrell (Joe Turkell), los ha diseñado para que su longevidad esté limitada a cuatro años. Por ese motivo, estos ángeles deslumbrantes, han descendido al infierno que presupone una ciudad en la que el cielo está perpetuamente oscuro y en la que la lluvia cae como un largo lloriqueo ominoso sobre la masa humana de ciudadanos que pulula en las aceras y las calles, y que habita apartamientos solitarios. La lluvia incesante, como la de Cien Años de Soledad (que según recuerdo duró cuatro años, 11 meses y cinco días)  y que a su vez, como esta, sugirere el diluvio universal, impide que se vislumbre la luz solar. Con regular periodicidad grandes bolas de fuego se alzan de columnas que extraen de las entrañas de la tierra sus gases más tóxicos. Más aún, el mundo ha dado un cambio étnico en el que predominan los asiáticos. El habla –el lenguaje callejero– es una jeringonza casi impenetrable: uno intuye (por la variedad de tipos asiátidos que se ven) que hablan japones y chino, camboyano, vietnamita y coreano, ciertamente inglés, pero de vez en cuando se escucha una que otra frase en alemán, y quién sabe qué otro idioma.

Los cuatro replicantes están representados por los actores Joanna Cassidy, Byron James, Darryl Hannah (en una actuación tragico-cómica que sobresalta el corazón del expectador) y el extraordinario y aterrante imán escénico Rutger Hauer. Todos son, por lo menos, de seis pies de estatura, fornidos y de constitución atlética. Son violentos–han asesinado a varias personas durante su escapada– y quieren que su creador les prolongue sus vidas. Son, además, ángel y demonio, virtud y maldad, víctimas y victimizadores y, como dice uno de los personajes del filme sobre uno de ellos, Zhora (Joanna Cassidy), beldad y bestia.

El haber regresado a la tierra les condena, por ley, a muerte. Ahora les persigue, no sólo la destrucción que ha sido programada en sus cuerpos para deconmisarlos, sino el “blade runner” del título, una especie de policía entrenado para detectar los replicantes y matarlos con su arma especialmente diseñada para tales propósitos. La muerte predicha los acompaña. Por no ser humanos nacidos de una mujer (la palabra “madre” les provoca ira y los incita a la violencia) tienen programada una fecha precisa para su muerte; al igual que los humanos saben que morirán, pero desconocen para qué fecha ha sido programada la exterminación de sus cuerpos. En otras palabras, estos tienen mácula pero no son fruto de ningún vientre. El concepto de un ser programado para la  autodestrucción, tiene su base científica en el concepto de apoptosis o suicidio celular que tienen normalmente las células de nuestro cuerpo y que, cuando falla, causa anomalías tales como tumores o cánceres.

El blade runner (Harrison Ford) es un cínico solitario que ansía alejarse de la ciudad adonde brille el sol y prospere la promesa de una vida sin violencia, y que esté apartada de la mugre urbana. En otras palabras, quiere escaparse para alcanzar el paraíso. No quiere emigrar a los lejanos planetas a los que continuamente invita una compañía con sus anuncios de neón que destellan en el costado de un dirigible, y que repite con voz seductora una japonesa que insiste en venderles boletos migratorios a los transeuntes de las calles inhóspitas. La compañía de bienes raíces de las colonias fuera del mundo (“off-world”) se llama Shimago-Domínguez lo que nos hace pensar que los orientales y los latinos se han convertido en el 2019 en explotadores de los caucásicos. Se ven pocos de estos últimos en el ambiente deprimente de la ciudad, aunque sí se les encuentra bebiendo, nonchalant, en bares sofisticados (una parodia del bar con personajes interplanetarios en Star Wars, a la que este film le rinde homenajes, no sólo con la presencia de Harrison Ford-Hans Solo, sino, entre otros, con paraguas que son reminiscentes de los sables de luz de los Yedi).

El Blade Runner se llama Rick Deckard, nombre que puede significar baraja (deck of cards), y, por lo tanto, no sorprende que tenga varias escondidas en sus manga. No estamos seguros de que él no sea un replicante de primera generación (los nuevos, los Nexus 6, son más fuertes y más grandes que él) y que de alguna forma esté relacionado con los sublevados. Tal vez, algunas de las células usadas para su clonaje dieron origen a los replicantes que ahora tiene que “retirar”, el eufemismo que describe el matarlos.

Tenemos, pues, los elementos para un replanteamiento teológico de los misterios cristianos judaícos. Existe un creador que decide la capacidad física e intelectual de sus “hijos” y que determina el período de longevidad que se les ha de asignar. Vende sus creaciones para que sirvan de esclavos fuera de este mundo y se llama Tyrell (¿tirano?). Un japones, que sólo hace los ojos, le dice a uno de los replicantes que “Tyrell lo sabe todo”, en otras palabras es omnisciente.  La compañía del creador está situada al tope de una pirámide tipo Maya (hay también motivos decorativos Maya en el edificio en que vive Deckard) en la que diseña y crea los replicantes mientras se dedica a un ritualista juego de ajedrez. La partida no es disímil a la que jugaba el Caballero (Max Von Sydow) con la Muerte en The Seventh Seal (el hombre buscaba el significado de la vida), pero en el caso de Tyrell, como veremos más adelante, su vida depende del resultado de la partida. Sabemos que, tarde o temprano, el rey ha de morir. Hay que recordar que los Maya tenían al tope de sus piramides –más chatas que las egipcias– cámaras rituales. Los hijos putativos de Tyrell –los replicantes ángeles-demonios que han decendido al mundo–buscan venganza, pero se ha enviado a Deckcard a retirarlos. Si es cierto que los replicantes son sus hermanos, el filme engloba en una tragedia fraticida (Caín y Abel es una referencia obvia) y parricida el centro de la “creación” (la pirámide) es donde se establecen las reglas de la vida. Me parece claro que Deckard es el hijo predilecto (¿y sentado a la diestra?) y, según dice Tyrell, el líder de los replicantes, Roy Batty, es el hijo pródigo.

Entra en el panorama una misteriosa mujer cuya expresión, empatía, recuerdos y el brillo de sus ojos (Los ojos de los replicantes tienen un destello áureo. ¿Será un broma o un homenaje a Carson McCulllers y su novela “Reflections in a Golden Eye”?) sugiere que es una replicante especial. Con el desarrollo del modelo de replicantes Nexus 6, estos son tan perfectos que tienen que ser detectados con la máquina especialzdada Voight-Kampff, que detecta anomalías en el iris ocular y la contracción de la pupila y la rapidez de esa respuesta. Las respuestas extremadamente rápidas de la pupila identifican a los replicantes. Rachel, que así se llama la replicante, ha sido implantada con memorias de su niñez y de su vida previa, pero son falsas memorias ya que, aunque reales, son de personas biológicamente naturales.

Si la Eva original fue la fuente de la discordia que llevó a la pérdida del paraíso, Rachel, es transgresora en su deseo de acccesar un pasado y unas memorias que no existen, y acelera el deseo de regreso de Deckard al paraíso. No se puede pasar por alto que es posible que haya sido clonada, posiblemente de las células madre (stem cells) de la costilla de un hombre. Es notable que la replicante, Zhora, tenga una culebra como parte de su acto en un club nocturno, pero le agradecemos al director Ridley Scott que fue co-guionista (con Hampton Fancher) que no fuera demasiado obvio, y que dejase esta pista de la serpiente y la referencia a Eva bastante alejada de Rachel. Sin embargo, Deckard sueña con un unicornio cuyo nombre, según la Biblia, acuñó Adán en el Paraíso. El unicornio representa la virtud y la pureza, pero también su cuerno ha sido asociado con María y Jesucristo y la unión de Cristo en Dios. En el sueño de Deckard es aparente que el unicornio vive en el paraíso, y la escena final de la versión de la cinta en DVD (la versión del director) deja claro que adonde está el unicornio es que Rachel y Deckard quieren ir. El policía que acompaña a Deckard en sus investigaciones es un oriental –podría ser japones–  llamado Gaff (James Eduard Olmos) que hace origami; lo hemos visto crear una gallina (en el apartamiento de Sebastian se están hirviendo huevos), una criatura bípeda (podría ser hombre o mujer) y, finalmente, el unicornio de papel de aluminio, que lo deja en el piso frente a la puerta del apartamiento de Deckard.

En el viejo testamento Raquel, madre de José y Benjamín, era una de las cuatro matriarcas judías y esposa de Jacobo, padre de los judíos y visionario de ángeles, que batalló con uno de ellos y de él recibió el nombre de Israel. En esta ocación Rachel va de vuelta al paraíso con el hijo predilecto y, ya que es un replicante especial, y posiblemente también lo sea Deckard, ¿será posible que ambos sean biologicamente fértiles y que de ellos dependa, ahora que el creador ha muerto, la salvación de la especie humana? ¿Podríamos argumentar que la segunda llegada de los ángeles-demonios era el calvario por el que tenía que pasar alguien para encauzar el mundo en vías a su recuperación? Es de interés, y evidencia de la minuciosa atención que le brindó Scott a su filme, la acertada partitura de Vangelis, nombre que quiere decir “mensaje de Dios” y que pienso enfatiza la teoría del filme como una subversión del concepto de la trinidad.

Lo que nos trae a Roy Batty, o será tal vez el “Rey Loco”, como sugirió Pauline Kael. Roy llega a su destino en la tierra buscando la forma de acercarse a su creador y cuando lo logra, el personaje que lo lleva clandestinamente a conocerlo, le dice “conoce a tu creador”; Roy le llama “padre”, pero anticipamos la violencia ya que unos minutos antes, es Roy (o Rey), el que ha proveido la solución al juego de ajedrez y le ha dado jaque mate al rey. El juego entre Tyrell y Roy, en el que ambos son el Rey, esconde parte de la trinidad que ha de ser Roy al fin y al cabo. Roy le da muerte al rey del juego de ajedrez; a Tyrell, rey de la corporación, lo asesina sacándole los ojos, en referencia a dos cosas. Una, al hecho que es por la respuesta ocular a la prueba V-K que se puede detectar a un replicante. Otra, al hecho de que Roy ha asesinado al tío que “sólo hace los ojos”. Roy regresa a buscar a Deckard en la última parte de la película, en la que se completa el misterio de la trinidad.

Luego de que Deckcard mata a Pris (Darryl Hannah) y Roy aulla y llora de pena, se agudizan en él los síntomas de la destrucción programada; se desnuda hasta que queda en esencia en taparabo. Para enderezar su mano derecha, que comienza a contraerse con los síntomas de una muerte inminente, se traspasa la palma de la mano con un clavo, salva a Deckard, a quien en un momento le llama hermano, y deja escapar una paloma blanca que ha sostenido en su mano izquierda. En estas secuencias se completa la idea de Roy como una especie de cristo, abandonado por su propio padre y ahora “crucificado”por la programación de muerte de su creador. Sorprende que este paricida haya salvado a su “hermano” fraticida (ya que Deckard mató los replicantes quienes son como él) y ofrezca el símbolo del espíritu santo, como redención de su sufrimiento.

No cabe la menor duda de que Blade Runner no tiene igual en el género de ciencia ficción. Si es cierto que tiene antepasados tan distinguidos como Metropolis de Fritz Lang, 2001: Space Odyssey de Stanley Kubrick y, sin duda, la más cercana a una visión judeo-cristiana (“La Fuerza”, Darth Vader o el ángel caído, Darth Maul un demonio con por lo menos seis cuernos), Star Wars de George Lucas, ninguna de las anteriores toca estos temas de forma tan subversiva como lo hace este filme. La ambigüedad insertada en la relación Tyrell-Roy-Deckcard tiene la intensión de difícultarnos la racionalización del misterio en ella como representante del misterio de la trinidad.La imposibilidad de predecir cual ha de ser el futuro de Deckard y Rachel, deja en un limbo la promesa de la salvación de la humanidad. Por otro lado, si Deckcard representa a Jacob, el marido de Rachel, que luchó con un ángel hasta triunfar y conseguir la tierra prometida, tal vez, no sólo es el hijo preferido que estará a la diestra del padre, sino una especie de Adán que ha de salvar el mundo y la humanidad.  En este sentido de optimismo, y en el dolor que emite el replicante Roy Batty ante la pérdida de un ser querido y su propia falibilidad corporea, este filme es más religioso y más conmovedor que la Pasión del Cristo de Mel Gibson. La obviedad y superficialidad emocional y teológica de esa cinta hace que ésta sea merecedora de muchas repuestas y revisitas. Tal vez debiera ser Blade Runner la que vemos el Viernes Santo.

No puede uno hablar de Blade Runner sin comentar algunos puntos sobresalientes de la textura de la película. El impacto visual del filme es inmenso, qué con sus oscuros, claroscuros y penumbras, y las luces cegantes contra la cámara. Muchas escenas, como la entrevista del replicante Leon (Byron James) por el policía Holden y el vuelo del múcaro a través del salón de Tyrell Corporation, son reminiscentes de Citizen Kane y de otros filmes de Orson Welles, y de Metropolis. Mientras que la cacería y retiro de Zhora y la espectacular muerte de Pris son referentes a Peckinpah. La influencia del filme noir sobre Blade Runner es innegable: la melancolía y la angustia de los personajes es palpable y hay un sentido de inescapabilidad del destino que tiene antiguos ecos en clásicos como Double Indemnity y The Postman Always Rings Twice. Igualmente, me pareció ver destellos de The Maltese Falcon en la primera visita de Rachel al apartamento de Deckard y, sin duda, su peinado y su ropa es retro-1940. En ese sentido hay también que destacar las breves tomas de los interiores del edificio Bradbury, una joya de la arquitectura Art Deco que confirma la afinidad del detective de esta cinta con Sam Spade y Philip Marlowe y que sirve de otro homenaje, esta vez a Ray Bradbury, uno de los grandes escritores de ciencia ficción.

Finalmente, hay que destacar que la película por primera vez nos hace conscientes del significado ético y social del clonaje y de sus abusos, de modo que Blade Runner es también pionera en este tema. Es algo que tendría que ser discutido en un ensayo separado. Basta señalar que muchas de las maldades y los abusos potenciales del clonaje están claramente expuestas en esta película excepcional. Además, es palpable que, desde su presentación, Blade Runner ha influenciado muchos filmes, no solo de ciencia ficción, sino de otros géneros.

 

 

 

 

 

 

 

Nuevo libro destaca la amplitud de la identidad puertorriqueña

Fotos Christian Rosado Medina/ Especial para CLARIDAD

El autor presentó el texto desde la Escuela Graduada de Trabajo Social de la UPR

 

En Rojo

 En miras de cuestionar las narrativas simples relacionadas con la identidad puertorriqueña, el Instituto de Política Social (IPS) de la Escuela Graduada de Trabajo Social de la Universidad de Puerto Rico presentó, el 21 de abril, el libro White, Black, Brown: Becoming Puerto Rican in Chicago desde la biblioteca del programa.

El texto, escrito por el historiador Michael Staudenmaier, discute el desarrollo de la diáspora puertorriqueña en Chicago y sus interacciones con las dinámicas raciales “complejas”. El coordinador del IPS, el Dr. Mikael Rosa Rosa, ofreció preguntas con relación a capítulos puntuales del libro.

“(Esta) es una escuela que reconoce que servir al trabajo social desde la Universidad de Puerto Rico nos da una oportunidad muy particular. Esta escuela se debe a Puerto Rico. Y cuando hablamos de Puerto Rico, hablamos de Puerto Rico en su concepto más amplio, en su expansión, reconociendo que hay un Puerto Rico que se une desde distintos espacios”, expresó la directora de la Escuela Beatriz Lasalle, la Dra. Elithet Silva Martínez.

José López, director del Centro Cultural Puertorriqueño Juan Antonio Corretjer en Chicago. Foto Christian Rosado Medina/Especial para CLARIDAD
Michael Staudenmaier y Luis Gutiérrez

Poco antes de las 7:30 a.m., estudiantes, docentes e invitados como el excongresista Luis Gutiérrez se dieron cita a la actividad. José López, director del Centro Cultural Puertorriqueño Juan Antonio Corretjer en Chicago, comentó por su parte que la diáspora aparece como un grupo marginado dentro del imaginario de la sociedad puertorriqueña.

“La conversación es bien importante porque, aquí en Puerto Rico, parte del problema es que la diáspora no ha sido reconocida y ha sido marginada de la historia. Si se habla algo de los puertorriqueños (radicados en los Estados Unidos) casi siempre es en Nueva York. No se le ha dado la importancia de la lucha de los puertorriqueños en Chicago. Para nosotros esto es importante”, elaboró el hermano del patriota excarcelado Oscar López Rivera.

Del mismo modo, López agradeció otras colaboraciones de Staudenmaier con el Centro  Cultural. El historiador trabajó, años atrás, como maestro de la escuela secundaria Pedro Albizu Campos, la única escuela puertorriqueña ubicada dentro de los EE. UU. El autor de White, Black, Brown también ha cooperado con diversos proyectos dedicados al antifascismo, el antiimperialismo y el anarquismo.

“Para mí, mi historia empieza como un white guy (hombre blanco) de Wisconsin. Mientras tenía 21 años, empecé una pasantía con la escuela superior Pedro Albizu Campos, en Chicago. No sabía nada, nada nada. Solo la geografía… Durante diez años, entre 1994 y 2004, trabajé de varias maneras en la escuela superior y la comunidad. Como en el apoyo de la campaña para liberar a los presos políticos”, compartió Staudenmaier sobre su relación con Puerto Rico. Para el historiador, aquellos años “lo formaron como adulto”.

El Dr. Rosa Rosa prosiguió a discutir, con el autor, conceptos como racial flattening y el nacionalismo dentro del marco de la comunidad diaspórica acomodada en Humboldt Park, Chicago. Estos conceptos– en particular la idea colorista del flattening– argüían que los puertorriqueños no guardaban distinciones raciales entre ellos mismos. En los años iniciales de la comunidad, cuenta Staudenmaier, había una fuerte tendencia hacia esta noción homogénea.

“Tenían la idea de que los puertorriqueños podrían convertirse en los próximos italianos, los próximos irlandeses. Como un grupo étnico similar a una identidad blanca. Por eso (los puertorriqueños) querían proponer unos aspectos de asimilación para la comunidad. En sus mentes, había una buena idea (como) evitar la discriminación de la policía o empleadores. En sus mentes, fue la ruta que antes había tenido éxito”, explicó el historiador.

El texto incluye, además, tensiones entre instituciones políticas como el Partido Nacionalista de Puerto Rico, con una presencia fuerte en Chicago, y los Caballeros de San Juan. No obstante, tras los hechos del 1 de marzo de 1954, cuando cuatro puertorriqueños irrumpieron en el hemiciclo del Congreso, el grupo emancipador prácticamente “desapareció”.

“En esta brecha, surgieron otros grupos más locales que tenían más ideas de asimilación. Además, querían establecer instituciones… como los Caballeros de San Juan, un grupo de apoyo mutuo de la Iglesia católica. En algún momento, en los 1960, tenían miles de miembros en Chicago… Había otros menos religiosos, pero la idea central de todo era afirmar ‘estamos aquí, nos quedamos aquí, no vamos a regresar en un futuro inmediato y necesitamos nuestras propias organizaciones’”, agregó Staudenmaier.

Dentro de esta nueva agencia comunitaria, nació una jerarquía racial entre la diáspora puertorriqueña. Los binarios del blanco y el negro, discutieron Rosa y Staudenmaier, se imponían como idearios ineludibles donde el blanqueamiento resultaba “mejor”. El director del IPS y el autor coincidieron que estas reacciones de los puertorriqueños de la diáspora suponen “una forma de cooptación” y una “adaptación estratégica”.

“Es una experiencia de generaciones. Hay una generación que, como adultos, llegaron a Chicago y otra que venía con sus padres desde niños. En Chicago, como adultos, ellos tenían sus propias ideas, muchas veces más radicales… (También) el contexto del movimiento de los Derechos Civiles de afroamericanos cambió mucho el contexto para los puertorriqueños”, detalló Staudenmaier.

Con protestas como los Division Street Riots y otros eventos de resistencia comunitaria, el historiador discute un sufrimiento común que la diáspora puertorriqueña notó a principios de la década de 1960. Recibiendo balas por las mismas razones, la brutalidad policíaca y la condición política de estos grupos propiciaron el surgimiento de los Young Lords y otras pandillas.

“Eran grupos muy pequeños que defendían un espacio reducido, como una cuadra”, describió el autor.

En los 60 y 70, agregó Staudenmaier, surge una identidad común y reconocida entre puertorriqueños y mexicanos fundamentada en la idea de ser “latinos”. Organizaciones como el Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) y las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN). Eventualmente, los intentos de organización alcanzaron escaños políticos, como con la elección de Gutiérrez a la Cámara de Representantes federal, en 1992.

La actividad, que coincidió con la asamblea estudiantil del recinto de Río Piedras, estaba citada para las 6:30 p.m. Como resultado, la presentación quedó pospuesta por una hora, pero decenas de estudiantes e investigadores acudieron a la discusión.

La sonrisa desafiante de Jafar Panahi

Especial para En Rojo

El cine está formado por fragmentos visuales que el director y el editor juntan como piezas de un rompecabezas para contar una historia. Algunos de estos fragmentos, si no todos, se vuelven frases visuales con las que identificamos una experiencia en el cine. Cuando hablo de frases visuales, me refiero a esas secuencias cortas o escenas en una película que persisten en el recuerdo. Esto ocurre por su poder visual, como el momento en el que los tres pistoleros se enfrentan en el duelo final en The Good, the Bad, and the Ugly (dir. Sergio Leone; Italia, España y Alemania Occidental, entre otros; 1967); por su impacto emocional, como en la primera escena de Lady Bird (dir. Greta Gerwig, EE.UU., 2017), donde la madre y la hija duermen en una cama de motel con una calma sumamente tierna; o por lo extraño de la imagen, como cuando el protagonista de 8 ½ (dir. Federico Fellini, Italia y Francia, 1963) levita sobre un tapón de carros atascados en un túnel. A veces, es una combinación de estos tres elementos o más. Piensen en una frase musical que recuerdan de una canción, aunque el resto de la pieza se ha olvidado. Revisito constantemente estos fragmentos porque son la experiencia concentrada de una película que dejó su marca en mí.

Las frases visuales del director iraní, Jafar Panahi, derriten todo mi cinismo en estos tiempos políticos tan difíciles. Sus películas retratan la inocencia, la resistencia y las conexiones que sobreviven la teocracia opresiva en Irán. Al mismo tiempo, demuestran el horror y la falta de humanidad del gobierno de los Estados Unidos y su alianza con Israel cuando Donald Trump amenaza que “una civilización completa morirá [esa] noche para no regresar jamás,” una advertencia funesta a Irán. Ya hemos visto los ataques militares a una escuela, donde murieron niños, maestros y padres. Los horrores del expansionismo político y religioso de Benjamín Netanyahu y su alicate, Trump, extienden un genocidio que todos debemos de condenar. Los personajes que habitan el Irán que retrata Panahi demuestran las vidas y las experiencias complejas de esa civilización que la maquinaria capitalista intenta erradicar. Las risas de los niños y la rebelión de una joven actora contrarrestan la deshumanización con una inocencia subversiva impresionante.

En The White Balloon (Irán, 1995), que Panahi escribió junto a otro de los maestros del cine iraní, Abbas Kiarostami, una niña de siete años, Razieh (Aida Mohammadkhani), ha perdido el dinero para comprar un pez dorado que ella quiere tener para la despedida de año. Desde el principio sentimos que la niña perderá ese billete cuando se acerca a unos artistas callejeros que juegan con serpientes. Mientras Razieh observa a uno de ellos hablando sobre la serpiente, el otro le roba el dinero. Ambos la molestan un poco con un intercambio algo jocoso, pero al verla llorar, le devuelven el billete. Es un momento mágico en un ambiente de fiesta que presagia el conflicto de Razieh a través de la película. Razieh pierde su billete al este caer por una alcantarilla. Su hermano mayor, Ali (Mohsen Kafili), llega a ayudarla, pero se les hace imposible alcanzarlo. Mientras toda la ciudad se prepara para las festividades alrededor de Razieh y Ali, estos consideran maneras de recobrar el billete sentados junto a la alcantarilla. De repente, Ali se levanta y corre hasta un niño que vende globos en la esquina. El niño es un joven afgano, que nunca es identificado por nombre en la película ni en los créditos, al que solo le queda un globo blanco amarrado a un palo largo de madera. Ali sabe que con ese palo podrán recobrar el billete. Las interacciones entre los tres niños van desde el coraje hasta la risa. En uno de los momentos más bellos del cine, el vendedor de globos les trae unos chicles. Dentro de la tensión y la incertidumbre que afectan a Razieh y a Ali, los tres mascan chicle y se ríen en silencio. Esa frase visual que emana un gozo irresistible refleja la inocencia y la camaradería entre tres niños que colaboran para un fin. La mayoría de los adultos a su alrededor no le dan importancia al problema de Razieh y Ali. Solo otro niño, un afgano, cuya comunidad inmigrante sufre la xenofobia iraní, logra sacarles risas alrededor de una alcantarilla de la ciudad. La hermandad formada entre tres niños que comparten un chicle es una sutil y poderosa frase visual que explota en un bolsillo de la ciudad retratada por Jafar Panahi.

En The Mirror (Iran, 1998), Bahareh (Mina Mohammadkhani, la hermana menor de Aida, la actora de The White Balloon) es una estudiante de primer grado con un yeso en su brazo izquierdo que espera a que sus padres la recojan al final del día. Pero estos nunca llegan. Entonces la niña decide regresar a su casa sola por las calles de Teherán. Sin pensar en los peligros que una niña puede enfrentar en una ciudad y desconociendo la dirección exacta de su casa, Bahareh nunca duda de su misión. Sin embargo, la película pasa de ser una sencilla historia de una niña que retorna a su hogar, a una metanarrativa compleja impulsada por el hastío de la joven actora que hace el papel de Bahareh. Mientras Bahareh va en una guagua pública, Mina deja su personaje y se rehúsa a seguir participando en la película. Ella se quita el yeso y declara que le prometieron que la filmación terminaría más temprano para ella poder ir a la fiesta de cumpleaños de una compañera. El director y varios técnicos interceden suplicándole a Mina que regrese para terminar la filmación. Pero ella se niega. Esa frase visual refleja el poder subversivo de una niña que con su insistencia desquebraja una narrativa tradicional. La película pasa de ser un reflejo de nuestra realidad a la realidad misma, pero sin perder la conexión a la historia original. Después de esa escena, nunca sabemos con certeza si la cámara de Panahi sigue a Mina o a Bahareh mientras ambas continúan su viaje hacia su destino.

La cámara de Jafar Panahi humaniza con una delicadeza que inclusive retrata la actitud ante la vida del director. En su documental, This Is Not a Film (codirigida con Mojtaba Mirtahmasb, Irán, 2012), Panahi cuenta la película que planifica hacer desde el arresto domiciliario al que lo condenó el gobierno de Irán. En un momento, Panahi habla por teléfono con su abogada. Esta le informa que es inevitable que Panahi cumpla un tiempo en prisión. La frustración de ser condenado por su creatividad y su reconocimiento internacional es clara. Panahi cuelga el teléfono y mira la cámara directamente con una sonrisa cansada y algo resignada ante su lucha legal. Su sonrisa es precisamente su resistencia, la misma que se siente mientras los niños comen chicle y cuando una joven actora se rebela en contra de su director.

 

Ricardo Alcaraz Díaz un verdadero cazador de milagros

ccotto@claridadpuertorico.com

Empezó en el periodismo como diseñador gráfico y de ahí transitó hacia la fotografía. Una larga trayectoria de más de medio siglo captando imágenes la vida del país, sucesos, rostros, la danza, el teatro, la vida cotidiana. El compañero Ricardo Alcaraz Díaz, muestra parte de esos 50 años en su reciente exposición, Cazador de Milagros, en el Museo de Arte Contemporáneo.

Puede pensarse que siempre le gustó la fotografía, pero Ricardo admite que no recuerda haber tenido una cámara en sus manos aunque hubiera un par en su casa. Supo que le encantaba cuando por casualidad tuvo una en ese centro que nos abre la mente y el corazón al conocimiento: el recinto de Rio Piedras, de la Universidad de Puerto Rico.

“Era estudiante en la UPR estaba en la FUPI y la FUPI tenia el periódico Poder Estudianti. Me reclutaron por pura carambola de la vida. Estaba en el verano del ’74 tomando una clase electiva de dibujo, simplemente por curiosidad para ver si tenia talento y descubrí que no tenia talento para el dibujo”. Sin embargo, el periódico necesitaba un diseñador gráfico. Un día de camino a su clase de dibujo el director del periódico, Feliz Colón, lo vio se saludaron.

“Nos saludamos y le digo que voy para una clase de dibujo, el pensó, no me lo dijo, se acabó la búsqueda es militante sabe de arte y así fue que me reclutaron para ser diseñador. Tomé un par de talleres relámpago con Piru Ramírez y así fue que me introduje en el mundo del periodismo”.

Un poco mas de un año después -cuenta Ricardo- el periódico necesitaba un fotógrafo. Para esa época no había celular. Muy poca gente llevaba una cámara a la Universidad. El colectivo hizo un serrucho y compraron una cámara usada, la que cayó en sus manos. “Rompo a tirar fotos y ahí descubrí que me gustaba la fotografía. No recuerdo haberme preguntado por qué no tomaba fotos si me encantaba mirarlas. En las revistas que me caían en las manos devoraba las imágenes. Pienso que esa fue mi primera inclinación, sin saberlo, mi encanto por la fotografía. Por ahí seguí hasta el sol de hoy”.

Ricardo no recuerda cuál fue ese primer evento en el que tomó una foto, si nos comparte que puede decir que se enamoró locamente de la fotografía cuando reveló su primera foto en el cuarto oscuro. “Cuando puse el papel el negativo en la ampliadora y eso empezó a salir, a mí se me pararon los pelos. Entonces me enamoré de verdad de la fotografía. No me acuerdo ni cual fue pero sí del momento en el cuarto oscuro”.

Alcaraz tuvo como taller de trabajo importante el periódico CLARIDAD donde fue fotógrafo y emplanador, dejando una impronta en ese oficio.

Pero 50 años tomando fotos tiene que haber alguna, insisto.

Apertura de la exhibición. Foto cortesía Frank Elías

Recuerda las que tomó en Vieques, en el 1979, cuando los pescadores se enfrentaron a los buques de guerra de la marina de guerra de EEUU, en donde participó como activista y fotógrafo. En ese tiempo todavía era estudiante de maestría en la entonces Escuela de Comunicaciones de la UPR. “Fue uno de los primeros eventos importantes que cubrí. Algunas de esas fotos están en la exposición. Otro momento fue la llegada de los nacionalistas excarcelados, que fue un evento apoteósico”.

Otro evento en el que considera cual tomó una de sus fotos más logradas, es la de la huelga del ’81 en UPR en Rio Piedras. Los profesores enfrentando a la fuerza de choque de frente a la Torre. También en la huelga del 2010 en la cual, nos dice, estuvo un año cubriendo los sucesos. De esta huelga ya hizo una exposición.

Por supuesto, también fueron importantes en su vida de fotógrafo las imágenes tomadas en Villa Sin Miedo. Aunque no tiene del día desalojo, fue varias veces a la comunidad, a la que se mudaron los vecinos en Sant Just, y tiene imágenes que considera son de sus mejores trabajos.

En la presente exposición, Cazador de Milagros, Alcaraz Díaz, tuvo como curador a Christopher Gregory-Rivera. El núcleo de la muestra -nos dice el fotógrafo- fue el tema de los archivos de la memoria, la importancia de los archivos. El curador no buscaba la foto espectacular si no la trama del recuerdo, Por eso la exposición incluye fotos de la cotidianidad que forma parte de la memoria personal y colectiva.

Destaca Ricardo que el día de la apertura, durante el recorrido con el curador Gregory-Rivera, éste señaló una foto de Villa Sin Miedo. Un joven preguntó qué fue Villa Sin Miedo, por lo que las imágenes se convirtieron en un archivo de memoria compartida.

En su medio siglo captando imágenes Alcaraz ha acumulado mas de dos mil negativos. Al presente -nos dice- está mas concentrado en digitalizar que en salir a tomar fotos, pero hace muchas cosas de las artes escénicas porque se lo piden. Su amor por la fotografía, por el respeto a su trabajo, lo motiva a dejar digitalizados la mayor cantidad posible de negativos, esas memorias de la vida del país para futuras generaciones.

A los jóvenes que empiezan en la fotografía, les recomienda a no procurar siempre la foto más espectacular. Algo que él hacía de manera intuitiva era mirar fotografías consistentemente: “no es que te vas a copiar, sino que vas entrenando la mirada, aprendes eso ser disciplinado. En mi caso he sido bien consistente”.

 

Cazador de Milagros, estará expuesta hasta este 27 de julio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuevo crucero narrativo de Ana Lydia Vega

Tomado de la pagina de la libreria Laberinto

Especial para En Rojo

 

1.Hacía muchos años, “quizás demasiados” como solía decir ella, que Ana Lydia Vega no publicaba un nuevo libro.  Había quien rumoraba que había “cerrado la tienda”, que ya no volvería a publicar nada nuevo, que hasta había quemado en una “hoguera de vanidades” todos sus archivos repletos de textos inéditos, que jamás recogería en libro lo que había ido publicado en revistas y periódicos, especialmente sus agudos y ndeliciosos comentarios sobre la política isleña.  En fin, que nos teníamos que conformar con los textos que ya habían visto la luz pública porque había dicho “nacarile del Oriente” y que nada nuevo suyo veríamos.  Pero, por suerte, acaba de salir en México una antología de cuentos donde se recogen nuevos textos suyos: Crucero caribe: cuentos selectos (Ciudad de México, Universidad Autónoma Metropolitana, 2026).  Y se rumora que escribe una novela…  ¡Albricias!

En esta antología se recogen cuentos ya clásicos como “Encancaranublado”, “Letra para salsa y tres soneos por encargo” y “Cosas de poetas”, entre otros.   Pero también aparecen nuevos cuentos que – no me cabe duda – entrarán en su canon personal y con el tiempo también en el del cuento boricua.  Por ello Crucero caribe nos invita a repasar su contribución a nuestra cuentística y a examinar su desarrollo a través de esas nuevas piezas.  Algo aquí adelantarnos para iniciar esas necesarias tareas; ese es el objetivo principal de este breve comentario, aunque reconocemos que, por suerte, mucho más queda por hacer.

 

2.

El libro abre con breve pero iluminador prólogo de Manolo Núñez Negrón muy apropiadamente titulado “Mapa de navegación”, apropiado porque nos explica cómo el libro está estructurado por secciones donde se agrupan cuentos que de alguna forma se relacionan.  El prologuista nos ofrece, pues, una excelente cartografía del libro; nos prepara para el viaje.  Núñez Negrón muy acertadamente clasifica el estilo más típico de Vega como “una gramática de la carcajada” y no se equivoca al así hacerlo porque gran parte de estos cuentos, no todos, pero sí los más característicos, pueden catalogarse bajo esa rúbrica.

Hay que apuntar, aunque así no lo hace el prologuista, que la colocación del primer y del último cuento en esta antología es reveladora y nos sirve para entender mejor los propósitos de Vega.  El libro abre con “Pasión de historia” y cierra con “Un domingo de Lilianne”, dos cuentos que ya conocíamos.  El hecho, aparentemente insignificante, sirven para retratar los objetivos de la autora al estructurar la antología y así definir mejor aún el mapa del conjunto.  Alfa y omega: el comienzo y el final siempre son posiciones privilegiadas y significativas en cualquier texto y aquí claramente lo son.

“Pasión de historia” es una historia de pasión ya que sus personajes están envueltos en relaciones problemáticas y hasta violentas.  Podemos colocar el cuento en el género policiaco; por ello no es casualidad que lleve como epígrafe una cita de Alfred Hitchcock.  Pero, para mí, lo más interesante del cuento es cómo Vega juega con las normas del género policiaco y, sobre todo, como es una violación de estas: la periodista/detective que lo protagoniza termina siendo la víctima y ninguno de los crímenes que son la base de la trama se aclaran.  Por ello y si seguimos las observaciones de Ana María Amar Sánchez, quien tan efectivamente ha estudiado el género policiaco en América Latina, podemos decir – y así lo hace esta estudiosa – que este cuento cabe perfectamente en ese contexto.  Así es ya que Amar Sánchez establece que “…el policial en América Latina se define por su trabajo de “deformación” y explotación de las variables implícitas en las fórmulas”.    El cuento de Vega cabe perfectamente bien en ese contexto latinoamericano.  Pero su final también apunta a otro rasgo de la narrativa de Vega: la autoconciencia de sus textos que muchas veces son meditaciones sobre el arte de narrar o espejos que se reflejan a sí mismo.  “Pasión de historia” es por ello un examen de lo que es el cuento para Vega, no sólo el cuento policiaco, y por ello ocupa esta posición privilegiada.  El cuento sirve para instruir al lector sobre la que hallará en el resto del libro.

A su vez el colocar al final “Un domingo de Lilianne” apunta a otro rasgo de la producción de Vega que está siempre anclada en un contexto puertorriqueño y retrata nuestra historia y situación política, aunque casi siempre, como en este cuento, se hace de manera indirecta.  Este se basa en un hecho histórico y está focalizado en personajes reales; se presenta la Masacre de Ponce a través de un día aparentemente normal de una de las hijas del fiscal de la ciudad, Rafael V. Pérez Marchand.  Pero todo se hace sin alardes de compromiso social, ni consignas políticas y sin identificar a los seres históricos.  Los cuentos de Vega siempre están anclados en nuestra realidad, histórica, como en este caso, o social, como en la mayoría de sus cuentos.  En la gran mayoría de sus textos se presenta la realidad social de forma oblicua o indirecta.

3.

Entre esos dos cuentos que sirven de hitos o marcadores en la antología aparecen otros ya publicados y los nuevos, los que llaman la atención de los lectores puertorriqueños.  Recordemos que la publicación de este libro en México implica que tiene como lector implícito al público mexicano.  Pero la gran mayoría de los lectores boricuas que ya conocen la obra de Vega están interesados en los nuevos cuentos.  Por ello son a estos a los que les presto más atención.  Por ello también es revelador que el libro esté dedicado “a Puerto Rico, mi isla ardiente, y a México lindo y querido”.  Vega tiene plena conciencia de quienes son sus lectores.

Son veinte los nuevos cuentos.  Entre estos no hallamos ninguno que se construya a partir del estilo que caracterizó los primeros que publicó, como “Letra para salsa y tres soneos por encargo” u otros de los que aparecieron en su primer libro, Vírgenes y mártires (1981), libro escrito en conjunto con Carmen Lugo Filippi, y en Encancaranublado y otros cuentos de naufragio (1982).  En muchos de esos cuentos anteriores el humor se producía por una sorpresiva yuxtaposición gramatical o por la creación de una palabra a partir de un vocablo popular.   El estilo provocaba humor por esas sorpresas lingüísticas.  Aunque esta técnica – lo que Núñez Negrón llama atinadamente la “gramática de la carcajada” – no predomina en los nuevos cuentos no desaparece por completo y en algunos se usa el discurso directo de la voz de un personaje del pueblo para acercarse a esa “gramática” a la que apunta Núñez.  Recordemos que el acercamiento a la cultura popular es un rasgo dominante en la escritura de Vega, tanto en su narrativa como en sus crónicas y ensayos.

Muchos de los nuevos cuentos son breves, brevísimos.  Uno de estos, “La última palabra”, es una meditación sobre la condensación o la síntesis narrativas y, por ello, alude al archiconocido cuento de Augusto Monterroso, “El dinosaurio”, compuesto sólo con siete palabras.  Como otros cuentos suyos, nuevos o ya conocidos, este es una especie de arte poética o, al menos, una meditación sobre la brevedad en el arte de narrar.  El más breve de los nuevos textos es “El evangelio según San Churubusco” que consiste de un breve párrafo que hace constantes referencia al cine clásico mexicano que fue tan popular en Puerto Rico en los años de formación de Vega y antes.  Por ello me pregunto si un lector puertorriqueño de hoy entenderá el humor que produce en los entendidos en la materia las alusiones a Sara García, a la ceja de María Félix y a Chachita.  Quizás este texto, que no cabe cómodamente en los parámetros del cuento clásico, lleve a un joven lector boricua a “María Candelaria” o “El Peñón da las Ánimas” o a otras películas mexicanas de ese momento.  (Espero que así sea.) Quizás ese sea el propósito de este breve texto que es un modelo de brevedad, humor y empleo de referencias a la cultura popular.

Algunos de los nuevos cuentos también cultivan el género policiaco y lo hacen con humor, atrevimiento y conciencia de las técnicas favorecidas por este tipo de narrativa.  Por ejemplo, en “Pillo fino” el elegante y desmemoriado ladrón termina sin su botín, pero no reniega de su pérdida y hasta le gustaría hacerle un regalo a quien lo disfrutará.  En “De qué mueren los taxistas”, además de ser un homenaje a la película Taxi Driver (1976), juega, como casi siempre en la obra de Vega, con nuestras circunstancias sociales y saca de una situación peligrosa una moraleja humorística.  La sexualidad sigue siendo temática favorecida, pero siempre desde una perspectiva trasgresora y humorística, como se puede evidenciar en “Tríptico de alcoba”.  Hay otros textos que adoptan directamente el discurso de los personajes para ofrecer una imagen grotesca e irónica de algún mal social.  Ese es el caso de “Discurso de graduación”, texto donde se denuncia la corrupción a través de una sarcástica defensa de la misma.  En otro caso, “Noticia de ultratumba”, también se denuncia la corrupción, en este caso la electoral, pero se hace desde una perspectiva fantástica pues son los muertos quienes hacen la denuncia.

4.

Este breve comentario de los nuevos cuentos de Vega que se incluyen en Crucero caribe apunta a la continuidad y a los cambios en su narrativa.  El humor, la crítica social, la sexualidad, el acercamiento indirecto e imaginativo a los problemas sociales son rasgos de su cuentística anterior que se hallan en estos nuevos cuentos.  Pero ahora se enfatiza menos el empleo de una lengua donde domina el choque lingüístico para crear humor.  Ahora abundan los textos más breves.  Pero todavía – y por suerte para todos sus lectores – la prosa de Vega deslumbra por su ingenio, su agilidad y su capacidad para entretener.  Por ello un texto nuevo titulado muy apropiadamente “Dios mediante”, texto que no creo que quepa dentro de los parámetros del género del cuento, demuestra la capacidad verbal de la autora quien se vale de expresiones y dichos populares donde se menciona a Dios para crear una página que quizás no sea un cuento, pero definitivamente es un deleitoso ejemplo de la maestría verbal de la autora.

Por esa sola página y por todas las otras que componen Crucero caribe le tenemos que darle las gracias a Ana Lydia Vega por este nuevo libro que esperábamos desde hace mucho tiempo, “quizás demasiado”.