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Juan Antonio Franco en nuestra Memoria

Especial para CLARIDAD

Juan Antonio Franco Medina, fallecido antes de tiempo a sus sesenta años, fue tan diverso como lo podía ser un diplomático de la nueva lucha de la independencia de Puerto Rico.

Fue Obispo de la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras, cinta negra en judo, dueño de la carcajada más espectacular de esta parte del mundo y esposo y padre excepcional de su compañera Ada e hijos Juano y Marilú.

Lo conocí en los años formativos del Partido Socialista Puertorriqueño (PSP) y su Seccional en Estados Unidos. Otros lo disfrutaron en sus años de postgrado en Santa Bárbara, California. Compartir con él en innumerables reuniones en el entonces Comité de Puerto Rico ante Naciones Unidas (COPRONU) fue mi privilegio.

En los tempranos 1990, Washington hubiera preferido abolir el Comité de los 24 en la ONU. Juan Antonio viajó, varios años consecutivos, a los estados insulares del Caribe Oriental a hacer trabajo diplomático por la supervivencia del Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas. Gracias a que seis de sus jurisdicciones, Saint Kitts y Nevis, Antigua y Barbuda, Santa Lucía, Dominica, Granada y San Vicente y Granadinas dijeron presente, se salvó en aquel entonces el Comité de Descolonización. Cuando falleció Juan Antonio, lo sustituyó en este trabajo, hoy abandonado, Elliot Monteverde, Olga Sanabria y, finalmente, este redactor. Como resultado neto de ese abandono es que hoy, en 2026, por poco no hay votación al no haber el quorum necesario al momento de votar.

De mis muchas experiencias junto a Juan Antonio, nunca olvidaré nuestra jornada en Harare (vieja Salisbury), capital de Zimbabwe (vieja Rodesia del Sur), en 1989, asistiendo a la Conferencia Ministerial del Movimiento de Países No Alineados (MNOAL). Integramos la delegación Juan Antonio Franco, Charlie Mohler (entonces delegado del PSP en La Habana y la OSPAAAL) y este redactor. Fue incorporada, por solidaridad, una delegada de la Unión Revolucionaria Nacional de Guatemala (URNG).

Fue un viajero incansable. Fue a Argentina, Chile, Perú, Colombia, República Dominicana, Brasil, Venezuela, Argelia, India y la Unión Soviética. En el Caribe viajó a Jamaica, Trinidad-Tabago y Guyana. En la década de los 1960 viajó a Addis Abeba junto al compañero Aaron Ramos y se reunió con el entonces Emperador Halie Selassie, símbolo de la independencia de los pueblos y autoproclamado “Dios en la Tierra”.

De 1970 a 1973, viajó extensamente por América Latina representando a la Federación Universal Movimiento de Estudiantes Cristianos (FUMEC). Fue en la década de 1970 cuando Juan Antonio asistió al hermano de un amigo boliviano a escapar clandestinamente y esconderse en Perú. Ese amigo fue recibido en San Juan en 2005 por COPRONU.

Fue catedrático en la Facultad de Ciencias Sociales en el Recinto de Rio Piedras de la UPR. Llevaba sus estudiantes universitarios a Sudáfrica, Zimbabwe y Zambia. Nuestro hijo mayor tuvo esa experiencia dos veranos casi consecutivos. Como padres, le guardamos un agradecimiento eterno.

Juan Mari Brás fue específico ante el fallecimiento de Juan Antonio:

«Nunca he creído, al pie de la letra, en el lugar común que escuchamos con frecuencia de que nadie es indispensable en una lucha. Eso depende del tiempo, el espacio y las circunstancias particulares de esa lucha. El pasado sábado en la mañana murió súbitamente el Rvdo. Juan Antonio Franco, pastor evangélico, profesor universitario y patriota puertorriqueño. Su vocación patriótica la conjugó perfectamente con sus otras dos vocaciones, así como con el deber de solidaridad internacionalista que fluye siempre del patriotismo de los socialistas. Apenas hará de diez días estuvimos reunidos, en el local de la Fundación Francisco Manrique Cabrera en Hato Rey, un grupo de quienes atendemos anualmente el caso de Puerto Rico en Naciones Unidas, bajo la presidencia del Reverendo Franco, quien había sustituido a Wilma Reverón en la presidencia del Comité Puerto Rico en la ONU. Nos proponíamos iniciar el seguimiento del trabajo conducente a elevar cualitativamente los triunfos alcanzados en los dos últimos años en el Comité de Descolonización de Naciones Unidas. A propuesta suya, se aprobó en principio un ambicioso programa de trabajos, publicaciones, viajes y conferencias que, al término de tres años, para el 2005, esperábamos nos lleve a inscribir el caso de Puerto Rico, como tema separado en la agenda de la Asamblea General de la ONU. Franco era, sin lugar a dudas, la persona más idónea para dirigir ese aspecto tan importante de nuestra lucha por la completa descolonización de la independencia de Puerto Rico. Su humanidad vital se desbordaba continuamente en simpatías hacia todos lo que le ganaba la fácil proximidad de quienes le acompañaban, aquí y en otras partes del mundo, en las tareas de cada momento. Logró el equilibrio muy evidente entre su inquebrantable fe religiosa y la dedicación a las causas sociales, destacando con el ejemplo de su vida, la verdad de que no hay contradicción, ni puede haberla, entre la fe religiosa y el compromiso social frente a los problemas mundanos de la humanidad. Por eso el domingo, en la actividad realizada en la tarde por familiares y con feligreses suyos de la Iglesia Evangélica Unida de Río Piedras. Cantábamos su vida y llorábamos su súbita muerte por igual, ministros y dirigentes independentistas, junto a la gran familia de aquellos a quien Juan Antonio Franco Medina sirvió con tanta autenticidad en ambas responsabilidades. En este preciso momento el vacío que deja Juan Antonio Franco en el Comité Puerto Rico en la ONU es uno muy peligroso.

Ese Comité ha sido, históricamente, el principal responsable de los logros obtenidos en Naciones Unidas a lo largo de los últimos treinta años. Y esos logros han sido, a la vez, uno de los verdaderos pilares en que se ha ido montando el proceso, ya irreversible, de la descolonización de Puerto Rico. Por eso, hago un llamamiento a todos los compañeros y compañeras que han acumulado en el pasado experiencia en las lides diplomáticas del trabajo internacional, y especialmente el que se dirige a monitorear-el caso de Puerto Rico en la ONU a que activen sus participantes en el Comité Puerto Rico en la ONU, a ver si entre todos podemos compensar, con nuestro esfuerzo redoblado, el duro golpe que representa para nosotros la ida del querido compañero y hermano. Que Dios lo tenga en su gloria y que desde ella, nos pueda alumbrar el camino escabroso de esta lucha incesante por la libertad de una de las últimas colonias del mundo.»

¡Honor a Juan Antonio Franco Medina! ¡Honor!

 

 

Recoger los juguetes

A guardar, a guardar
cada cosa en su lugar
sin romper, sin romper
que mañana hay que volver.

(Lo que sigue es un fragmento de Las tareas, libro recientemente publicado por PLATANAL, y que forma parte de la colección Madreselva, maternidades feministas. El fragmento fue seleccionado por la autora para publicación en En Rojo)

Recoger los juguetes es lo más parecido al mito de Sísifo, en el universo infantil. La roca inmensa son los crayones desperdigados por toda la alfombra, a veces partidos en mil pedacitos y sin el papel que los envuelve, y los papelitos de a retazos minúsculos e imperceptibles, porque a Hija Mayor le encanta ahora eso de pelarlos conscienzudamente, con toda la atención del mundo puesta en la tarea. La roca toma también la forma de los rompecabezas cuyas piezas pueden estar desperdigadas en cualquier parte, pero me preocupan especialmente cuando las encuentro en la alfombrita donde apoyo al bebé. Soy una madre-rastrillo a la caza de piezas minúsculas de lo que sea, alrededor del bebé, presa del pánico frente a la posibilidad de que se me quede alguna: el borde de la tostada del desayuno, rompecabezas, migas de pan, animalitos de plástico, un arándano, piezas de encastre infinitas. Roca son los pañales llenos, en el suelo, en el borde de la cama, al pie del tacho de basura cuando ya no caben. Roca las maderitas para hacer torres y ciudades. Roca los zapatos sueltos, una media puesta como sombrero y los muñecos, boca abajo, rendidos por completo después de un día de juego con mi niña de casi tres años.

Recojo un muñequito de Cenicienta, el mismo que horas más tarde hará una exploración durante la hora del baño. Cenicienta cambia la opulenta carroza por un submarino hecho a base de una tetera de silicona, pequeñita, no necesita más: ni lacayos, ni cochero, ni zapatos de cristal; se basta a sí misma para hundirse en un tupperware con espuma, a manos de Hija Mayor. Sonrío mientras la veo hacer. Adelante, Cenicienta. Sin duda, es mucho más interesante hacer expediciones submarinas que asistir a bailes de palacio. Vamos, amiga, vete al fondo del mar, como Alfonsina, cinco sirenitas te llevarán/ por caminos de algas y de coral. Mejor sirenas que príncipes, querida, pero tu voz, tu voz, no la entregues por nada del mundo.

Recojo un muñequito de Cenicienta y me veo de pie, en el salón de clase, frente a una treintena de niños que pisan apenas la adolescencia, 12 años, 13, primer año de escuela secundaria. Soy La de Lengua y Literatura, antes de ser La mamá de, mucho antes. Digo Cenicienta y ellos, qué le pasa a esta mina, se cree que tenemos seis años, pensarán. Pero entonces, llega la magia y aunque han pasado más de diez años seguro, acaso quince, todavía recuerdo como hoy la transformación de sus gestos, no solo de sus caras, sino de sus cuerpos, coptados por la magia del relato. Al principio, lánguidos, desparramados en la silla, la mirada desconfiada que destila adolescencia en ciernes. Poco a poco, empiezo a tejer despacio. El silencio. La atención. El relato, es el relato, nada más y nada menos que un cuento de hadas en su versión germánica, brutal, alejada completamente de la fantasía gringa de Disneylandia. Se extrañan, se miran entre sí, se acomodan en el banco y splash! La sangre salpica a los de la primera fila cuando las hermanastras se cortan los dedos de los pies, los talones, el charco que crece debajo de sus faldas, los pájaros que dan el aviso, que les pican los ojos y las dejan ciegas, como castigo por su maldad. El efecto de los cuentos de hadas no falla nunca, año tras año, ahora todos quieren leer más. Sonrío. Es mi pequeña victoria. Suena el timbre del recreo y siguen comentando entre ellos, algunos se acercan a mi escritorio y me piden más relatos de este tipo, les prometo otras versiones, otros cuentos. Nos despedimos, busco un café y salgo a fumar a la calle hasta la próxima clase. Adoro a estos pibes.

Recojo, junto con los juguetes, historias, relatos, memorias. Recuerdo cómo llegaron esos juguetes a nuestra casa, quién les regaló a mis hijes cada cosa, en qué momento y por qué. Lo mismo me ocurre con la ropa, cada una de las piezas minúsculas que voy juntando del suelo, en seguida hago una lista mental de cómo llegaron a casa. Si eran nuevas o las heredamos de otros bebés, de otras infancias; si tienen manchas, qué figuras forman, en el pecho, en los puños, en el culito; si muestran algún agujerito diminuto que merece la pena alguna puntada o si el agujero ha crecido desmedidamente. En las últimas semanas, Hija Mayor ha encontrado un placer indescriptible en meter su dedito y hacerlo cada vez más grande hasta deformarlo por completo, como cuando se enrosca un rizo, entretenida, o tira de un hilito suelto o se muerde una uña.

Del piso levanto también mis propios cabellos, de a mechones, están por todas partes. Cuánto dura el posparto y la caída del pelo tan brutal, igual que se me cae el otro hilito, el del pensamiento, y no me es posible retener ideas, completar una frase, terminar una clase de forma coherente. Qué hago trabajando de forma remunerada en este tiempo, en el que mi cabeza no funciona como una intelectual, solo como madre. Funciona para recoger, acunar, dormir a mis hijes, dar teta, alimentar, bañar, vestir, consolar, amamantar, cantar una nana, cantar muchas nanas, contar un cuento, contar muchos cuentos, decir sana sana, colita de rana como una pitonisa sabia, dar el remedio en jeringuilla, reconocer el camino en medio de la oscuridad de la noche con un bebé en brazos, para cambiar pañales, abrir cajones, sacar un pijama limpio y cambiar el otro vomitado, por ejemplo. Qué es eso de trabajar como si no tuviéramos hijes y tener hijes como si no trabajáramos. Quiero tiempo para recogerme a mí misma. Recojo mis cabellos del suelo, mis ideas, mis libros, mis diarios, mis presencias, mis carencias, mis intentos de, mis ausencias de, mis tetas caídas, mi panza flojita, mis dolores de cintura, mis pies dos tallas más grandes. Recojo versos, párrafos enteros, citas incompletas, pedazos de este libro, de mi infancia, de mi maternidad primera, de mi maternidad segunda, de mi matrimonio, de mi familia de origen, de la familia que yo misma he conformado de adulta. Recojo y sostengo a mis hijes, a mí misma, a la posibilidad de ser y de hacer la madre. Del piso levanto pedazos de mí que ya no son míos, voy recogiendo la piel de serpiente de otros tiempos, la roca de Sísifo de otros tiempos, las madres de otros tiempos, las que maternaron antes que yo. Me nacen escamas, alas, cola de pez, una lengua bífida, manchas en la cara. Las madres pueden también ser monstruas y sus crías, la maravilla.

Todos los caminos conducían a este: Güeros y las sendas de la era neoliberal

Especial para En Rojo

Güeros (2014, Dir. Alonso Ruizpalacios) narra la historia de Federico “Sombra” Ruiz (Tenoch Huerta) y su compañero de apartamento, Santos (Leonardo Ortizgris). Su hermano menor, Tomás (Sebastián Aguirre), llega a la ciudad mientras se extiende una huelga ficticia en la UNAM, donde estudian Sombra y Santos. Esta huelga guarda estrecha relación histórica con la huelga de 1999-2000, en la que el movimiento estudiantil tomó la Ciudad Universitaria por 10 meses (entre abril del 1999 a febrero del 2000) en respuesta a las reformas neoliberales y la imposición de cuotas bajo la administración de Francisco Barnés de Castro.

Tomás llega a un apartamento sucio y sin electricidad en el conjunto habitacional Integración Latinoamericana. Su hermano mayor no tiene dinero y anda en una depresión profunda: la universidad está tomada hace 163 días y Sombra no logra empezar su tesis. Sufre ataques de pánico constantes, a menudo pasa días sin salir de la casa y le roba electricidad a la vecina.

Desde el primer momento, la película presenta dos sendas que Sombra puede emprender:

Uno de los caminos se manifiesta a través de la radio del carro. Le convida la voz de Ana, su interés amoroso y estudiante de literatura latinoamericana. La líder del movimiento estudiantil convoca a una asamblea.

De manera paralela, emerge otro punto de interés: Sombra se percata de que su hermano menor escucha compulsivamente un cassette en su walkman: Güeros, del enigmático Epigmenio Cruz. Es música que escuchaba su difunto padre y que han heredado los hermanos. Aquí se elabora el poder mítico del segundo camino: cada vez que alguno de los personajes escucha la música de Epigmenio Cruz, la cinta sonora de la película no registra sonido alguno. El silencio provoca un efecto de desfamiliarización que indica que lo que suena allí queda más allá del alcance del lenguaje fílmico. Este rock inefable que “una vez hizo llorar a Bob Dylan” dista mucho de la voz dulce de Ana y su invitación a participar de la huelga: se resiste a la profanidad de la representación.

La elección es casi automática: los universitarios se encontraban en “huelga de la huelga” y deciden emprender el segundo camino. A través de un recorte de periódico, descubren que Epigmenio Cruz agoniza en el hospital. El primer episodio termina con la fuga del apartamento cuando su vecino se harta del hurto de electricidad. Sombra sufre otro ataque de pánico y terminan en el hospital, donde continúan la búsqueda de la leyenda del rock mexicano.

A partir de este punto, la película se torna road movie de la errancia. La desorientación en este laberinto adquiere proporciones físicas y dicta el ritmo de la película. Los tres jóvenes se pierden y temen por su vida. Ante la pregunta franca de Tomás, “¿Dónde estamos?”, la contestación de Sombra ,“En la Ciudad de México”, expresa el carácter totalizante de un espacio siempre ajeno y capaz de reproducir infinitos rumbos sin salida. En su desorientación de diletantes enajenados, la ciudad les encierra en movimientos azarosos. Funciona como ese laberinto que describe Juan Villoro en El vértigo horizontal: “El chilango asume la vialidad como una lotería”. Ya de noche y como por arte de magia, la ciudad les devuelve a una de las entradas de Ciudad Universitaria mientras aún se lleva a cabo la asamblea estudiantil.

Dentro de la universidad, Sombra sostiene una discusión con un estudiante huelguista, y la película toma un giro decisivo: alguien le pregunta al joven manifestante sobre el guion de la película. Sale una claqueta ante la cámara, el estudiante se voltea hacia el espectador y se rompe la cuarta pared mientras expresa cándidamente su desaprobación del proyecto: no le gusta porque es una película de correteadas en la que los jóvenes apáticos, quienes rayan peligrosamente en ser esquiroles (rompehuelgas), quedan retratados como héroes.

El quiebre del pacto ficticio resulta fulminante. Por una parte, la experiencia en la asamblea parece quedar fuera de la diégesis, como si no fuera digerible por la ficción fílmica. Por otra parte, a partir de este momento se exacerba el tono cínico y descreído de los protagonistas, quienes hacen comentarios críticos sobre el cine de arte mexicano. De cierta manera, Güeros parece querer deconstruir el poder representativo de su propio guion ante el desasosiego que los grandes procesos socioeconómicos imponen al individuo. Este cine es incapaz de rescatar las ánimas en pena del México neoliberal y la película quiere enfatizarlo. Mientras que la música de Epigmenio Cruz permanece en el misterio de lo sagrado y lo privado, la entrada en Ciudad Universitaria y la cercanía con la asamblea reclama un corte en la continuidad ficticia de la película y una transferencia a lo “real” del comentario colectivo.

Todo el ambiente de la película se contamina de esta actitud desmitificadora. En el zoológico de Chapultepec, los jóvenes conversan con una compañera de trabajo de Epigmenio. Ella les revela que es la chica que aparece en la enigmática carátula del cassette y les cuenta cómo un lío amoroso entre Epigmenio, su antiguo productor y ella le impidió participar en Avándaro (el Woodstock mexicano de 1973) y hacerse más famoso. Mientras más progresan en su periplo citadino, todo parece perder su aura de importancia y trascendencia. Incluso Ana se da cuenta que se le ha olvidado la manifestación que ella misma convocó.

La búsqueda culmina en una pulquería en Texcoco, donde encuentran a Epigmenio Cruz, con la mirada perdida frente a un programa de reality tv, dibujando. Luego de rechazarles, Sombra pronuncia un monólogo conmovedor, pero Epigmenio se ha quedado dormido y la leyenda, para todos los efectos prácticos, ha muerto.

Regresan en carro hacia la ciudad, mientras Sombra y Ana se besan. Cuando termina el plano primerísimo del beso, el frenesí automovilístico culmina y se encuentran en medio de un tapón. De inmediato se percatan que la manifestación de los huelguistas les pasa por al frente.

Ana se baja del carro y camina hacia la progresión de manifestantes. Sombra se baja y va tras ella, pero la pierde en la muchedumbre. Desde el carro Tomás le grita. Se miran y Tomás sonríe. El hermano menor le tira una foto desde lejos, entre el mar de gente que le pasa de largo. Sombra parece prepararse para marchar y la fotografía congela la toma en su sonrisa. Es un final algo ambiguo y de ninguna refleja un despertar de conciencia política. Más bien, parece ser una llegada circunstancial a lo ineludible.

Los jóvenes perseguían un mito, una memoria del pasado, pero todos los caminos conducían a este. Donde terminaba la laberíntica senda de la nostalgia por el 68, con sus espectros contraculturales y su desembocadura en el presente neoliberal, irrumpía desafiante la otra. El carácter masivo y rectilíneo de la marcha le ofrece a Sombra cortar el enredo citadino. No es la gesta del héroe solitario a la que estamos acostumbrados, pero en un mundo en el que se exige participación en un entramado que cancela alternativas, también va aumentando la presión de los pasos obstruidos. Quizás sí sea posible que el cine represente una redención: por el medio el fin de la historia rompe una larga marcha de quienes se han quedado sin camino.

Las mujeres que cosieron la revolución

ESPECIAL PARA EN ROJO

Foto: Charles E. Rotkin, Puerto Rico: Caribbean Crossroads (1947).

Despliego las copias digitales de los sumarios de 1868 y la pantalla me devuelve el reflejo de una selección deliberada del Estado. El polvo de los legajos judiciales se levanta como residuo de una persecución que buscaba cuellos para la horca. Durante décadas la historiografía oficial extrajo de ese despojo una sola figura femenina, puliéndola hasta convertirla en un bronce aceptable. El resto de las mujeres se disolvía en la mancha de lo anecdótico. Me niego a rescatar heroínas para adornar el relato patrio; prefiero interrogar el mecanismo exacto que convirtió la acción colectiva en una biografía suelta; el archivo guarda el silencio de quienes sostenían la estructura y ese silencio pesa mucho más que las proclamas impresas en las islas vecinas.

La conspiración exigía un cerebro invisible, una logística de sociedades secretas y claves masónicas operando bajo la amenaza constante del destierro; ese cerebro necesitaba un cuerpo físico donde esconderse, respirar y planificar sin levantar sospechas. Las haciendas y las casas se convirtieron en la infraestructura misma de la rebelión, un espacio donde Obdulia Valentina Serrano Ríos arriesgaba su libertad y la de sus tres hijos cada vez que la puerta de la hacienda El Triunfo se abría para los insurgentes. La domesticidad se volvió trinchera y las mujeres que cocinaban para los conspiradores no sabían si el arroz que hervían sería el último antes de que las tropas españolas irrumpieran con las bayonetas. Cuando las autoridades registraron el hogar de Ana Martínez Pumarejo buscando a su esposo Francisco José Méndez y a sus hijos Aurelio, Gerardo y Zoilo, ella abrió la puerta con las manos manchadas por la cáscara de guineos y respondió sin bajar la voz. La memoria oral le atribuye una respuesta que desnuda la complicidad total: “Mi esposo y mis hijos están en la Revolución cumpliendo con su deber. Búsquenlos allí”. La frase impregnó la casa llenándola de valor para revelarse como la manifestación de una unidad familiar que había decidido cruzar la línea de la legalidad colonial, asumiendo que la casa entera era un campo de batalla y que el castigo caería sobre todos por igual.

La familia funcionaba como el canal principal de movilización; no era la única estructura que sostenía la rebelión. María Eduviges Beauchamp Sterling formaba parte de una red de sangre que se extendía más allá de su propio cuerpo: Elías y sus cuatro hermanos, junto con un sobrino de apenas catorce años, participaron activamente en la insurrección, y todos los adultos terminaron encarcelados. La documentación inédita rescatada por el historiador Joseph Harrison Flores la señala como la verdadera “Brazo de Oro”. El título apócrifo de Mariana Bracetti se deshace al contacto con el archivo. Betances la distinguió como “benemérita patriota”, un rótulo de bronce que choca con la realidad íntima de una mujer maltratada por su esposo. Los informes oficiales confirman que gestionaba los fondos de la causa y reclutaba adeptos, operando además el contrabando de revólveres. Su nombre aparece en los interrogatorios como el centro gravitacional de una familia que el Estado colonial reconocía como peligrosa por su capacidad de reproducir la rebeldía generación tras generación. Esa capacidad se confirmó décadas después cuando Elías Beauchamp, descendiente de esa misma estirpe, ajustició al coronel Elisha Francis Riggs el 23 de febrero de 1936 y fue asesinado ese mismo día. La familia Beauchamp fue una herencia política que se transmitió por las mesas de cocina y los susurros en los patios traseros, encontrando en el siglo XX una continuidad que el relato oficial nunca supo cómo acomodar.

Desplazar el foco hacia el trabajo material obliga a mirar las manos que manipularon telas y agujas para producir las banderas de un ejército que apenas se formaba. Los archivos militares y las declaraciones de los delatores revelan la existencia de al menos seis banderas vinculadas a la gesta, desmontando el mito de una sola reliquia sagrada. Una de esas telas, capturada en Camuy por el Comandante Iturriaga, yace hoy en el Museo del Ejército de Toledo, lejos de la tierra que debía cubrir. Mariana Bracetti aparece en los documentos como encargada de las comunicaciones en clave sobre la planificación y ejecución de la revuelta, mientras la costura del símbolo fue obra de otras manos. Rosalía Márquez en Mayagüez y Dolores González de Cos en Arecibo unían retazos en la penumbra, entrelazando su labor con una movilidad en el espacio público que las nociones de género de la época subestimaban por completo. Jornaleras y mujeres esclavizadas transportaban armas y alimentos bajo el amparo de faldas amplias, sintiendo el bulto pesado contra las piernas y el frío del machete oculto, aprovechando la ceguera selectiva de unas autoridades que las consideraban inofensivas. La aguja y el bulto bajo la falda operaban como pliegues del cuerpo, sosteniendo el peso de una insurrección que el poder colonial se negaba a ver en su totalidad. Muchas de esas costureras no dejaron nombre en los sumarios. El Estado solo sabía leer la rebelión cuando venía firmada por hombres con apellidos de hacendados; sus dedos callosos y la tela pegada a la piel eran tan parte de la revolución como las proclamas de Betances.

Entre los presos, los hacendados son una minoría casi invisible: 4.5 por ciento, frente a un 39 de jornaleros y un 10 de esclavos; la revuelta no fue asunto de élites. Entre los nombres que sobreviven al filtro de los sumarios emerge Francisca Brignoni, una morena libre de Juana Díaz arrestada en Ponce por manifestaciones subversivas, cuya presencia en el registro judicial fractura la imagen homogénea del independentismo decimonónico. La mulata María Vásquez y Romana Galindo, con el cuerpo ya marcado por décadas de trabajo, fueron acusadas en Vega Baja y excarceladas por falta de pruebas; el solo hecho de que sus nombres aparezcan en los legajos revela que la revolución atravesaba las líneas de raza y clase de una manera que la historiografía posterior intentó suavizar. Los nombres que faltan en los papeles son la prueba de una red que supo esconderlos del Estado. Un Estado más preocupado por castigar a los hombres que lideraban que por rastrear a las mujeres que sostenían la estructura.

La represión española castigó cualquier transgresión de los roles de género con una violencia que los sumarios apenas insinúan entre líneas. Celia Broagau, tras ver caer a su padre en combate, enfrentó a las tropas españolas armada con un machete cuando fueron a registrar su casa, y fue arrestada de inmediato. Rosa Medina fue detenida por loar públicamente a los insurgentes cuando pasaban frente a su casa en San Sebastián, un gesto que parece menor pero que en el contexto de 1868 era una declaración de guerra. El castigo cayó sobre aquellas que usaban sus hogares como espacios revolucionarios. Obdulia Valentina Serrano Ríos y Mariana Bracetti, concuñadas y grandes amigas, compartieron la misma celda en la prisión de Arecibo, donde ambas fueron torturadas antes de ser exiliadas. Obdulia partió con su esposo a Santo Domingo y luego se radicó en Boconó, estado Trujillo, en Venezuela, donde falleció lejos de la tierra que había ayudado a conspirar. Dolores González de Cos se mudó a la provincia de Samaná, en la República Dominicana, después de la amnistía. La red revolucionaria se extendía por todo el Caribe, y el exilio guardó sus nombres en otros idiomas.

La amnistía general de 1869 que liberó a los presos de Lares fue el resultado de una operación política en la que las familias de los encarcelados tuvieron un papel que la historiografía ha mencionado solo de paso. Mientras Eugenio María de Hostos y Manuel Alonso negociaban en Madrid, las mujeres de la Isla sostenían la presión desde sus casas tejiendo redes de apoyo que cruzaban el Atlántico. El decreto se firmó el 21 de enero de 1869. Esa acción política organizada y efectiva fue borrada del relato porque no encajaba en la imagen de la mujer dócil y apolítica que la historiografía tradicional posterior necesitaba construir. La amnistía cruzó el Atlántico en un sobre con olor a sal.

La escritura de la historia recorta lo que incomoda, dejando fuera el rastro de la mujer que desafiaba a los soldados en la puerta de su casa, ocultando a las familias que sostuvieron la presión política para forzar la amnistía de 1869. Tras la represión de 1868 y los sucesos de 1887, los intelectuales liberales y autonomistas necesitaban distanciarse del radicalismo separatista. Salvador Brau institucionalizó la imagen paternalista de la mujer puertorriqueña confinada a la cabaña dedicada a las labores propias de su sexo, una imagen que no representaba un reto al orden y la jerarquía social existente. El olvido fue una decisión política para hacerlo compatible con un proyecto de gobierno propio moderado que no toleraba la indocilidad femenina. La cabaña de Brau todavía tiene las ventanas cerradas.

Para el independentismo, el Grito de Lares se ha consolidado como la fecha que más convoca, una peregrinación anual que desde 1930 —cuando Pedro Albizu Campos llamó a reunirse allí porque “Lares es el altar de la Patria”— reafirma el derecho a la libre determinación. La plaza de Lares se llena de discursos y banderas de tela nueva cada septiembre, y esa memoria convive con un silencio estructural: el Estado nunca ha hecho suya esta historia. En los libros de texto, Lares ocupa una línea, y a veces ni eso. Amplios sectores de la isla, situados fuera de ese círculo de resistencia, ignoran o desaprueban lo que ocurrió en 1868, y las mujeres fueron borradas: primero por la historiografía liberal del siglo XIX, y luego por un sistema que prefiere no recordar que un grupo de jornaleras, esclavizadas y esposas de hacendados se atrevió a desafiar el orden establecido. A pesar de que Lares nunca dejó de recordarse, el relato se construyó en torno a los héroes y mártires masculinos y a una sola figura femenina excepcional a la que se le inventó el apócrifo título de “Brazo de Oro”. Honrar la gesta implica mirar más allá del monumento y cuestionar quién decide qué nombres se graban en la piedra y cuáles se dejan a la intemperie, porque las mujeres del 68 operaban en los márgenes de una sociedad que las quería invisibles y mudas. Cada septiembre, la plaza se llena de banderas nuevas y las costureras siguen sin nombre.

La historia oficial prefiere la sombra fría de una sola heroína; la revolución se sostuvo sobre el sudor de muchas mujeres cuyos nombres el Estado nunca mencionó, o nunca quiso, deletrear. Al cerrar la aplicación me queda la imagen de esas manos cosiendo en la penumbra, el frío del machete oculto bajo la falda, y la certeza incómoda de que el archivo siempre estará incompleto, sobre todo cuando la memoria pública decide quién merece ser recordado.

Vivo en un pueblo de cuento. (3)

 

Periodista okupa en Casa Pueblo

El niño

3.1 Introducción

Esta mañana he salido al balcón de la Casa de las Mariposas y una nube de flores amarillas bailaba con el viento. He parpadeado un par de veces y entonces he visto que eran mariposas rubias. Me bajó la nota no sé qué pajarraco del demonio que me taladraba el oído derecho con su insistente piú, piú, piú, chochín, chochín, chochín, piú, piú, piú.

Tardé dos semanas en entender a Melvin, un personaje vivo tan querido en Adjuntas como don Alexis Massol. Ese es el que la segunda vez que subí al colmadito de Sharon en el Alto de Cuba me dijo “se te quiere”. El que a partir de la tercera ocasión que compartimos me dice cuatro veces “te quiero” cada vez que me ve. Se la pasa con Piasita en lo de Sharon y si él está sentado al lado de don Wilfredo Piazza Monroig cuando yo llego, me cede la silla. “Que no hace falta, Melvin, quédate ahí”. Pero mi poco confiable pareja de dominó se desvive por los demás y no hay manera de convencerlo de hacer lo contrario cuando él ha decidido ofrecerte lo que sea. Muchos colmados y chinchorros familiares de Puerto Rico disfrutan de esa figura: ese señor sin horario regular, pero que se la pasa allí ayudando sin salario fijo por un par de cervezas, el almuerzo y algún guiso o mandado, al supermercado o a la ferretería, que le pueda salir con alguno de los clientes, habituales o pasajeros.

Melvin me recordaba a Ojitos, del callejón de la Tanca, o el Quemao del Batey, en el Viejo San Juan.

Pero Melvin tiene un superpoder. No hay doña que pase cargada ante su vista a la que no la libere del peso y la acompañe hasta su casa con las compras. No hay carro que pase por el negocio del que no sepa la historia de su dueño o dueña porque les hizo un favor. Hace unos días se perdió por un rato y apareció luego con un saco de aguacates que repartió entre los parroquianos. Estaba riquísimo el que me tocó a mí.

Esta mañana subí temprano al negocio de Sharon para llevar ejemplares calentinos del periódico de Casa Pueblo. Antes de llegar, me crucé con Melvin, que iba con cara de asustado. Le grité “güepa”. Me miró desde la acera del frente como si lo fueran a atracar y siguió caminando con cara de terror, mirando a los lados.

En el colmadito, le pregunté a Sharon si le había pasado algo a Melvin, con el que me acababa de cruzar y no me saludó. “Ah, no, eso es que se preocupa mucho. Va camino a ingresar un dinero que yo le he dado”, me tranquilizó la jefa.

La semana pasada Melvin se la pasó anunciando que el domingo cumpliría 61 años. Las calles frente al colmado son un paso constante de vecinos de todas las edades que lo tratan como a un tío muy querido. Me empiezo a sentir un poco molesto porque muchos de los que pasan en carro o van a comprar un jugo le hacen chistes homófobos. Chistes homófobos desde el cariño caribeño y el reconocimiento al personaje.

Hay momentos en los que no sé leer la situación, pero comencé a decirles a cada uno de los chistosos que lo dejaran tranquilo. Yo, el salvador blanco.

A la tercera que digo que lo dejen en paz, Melvin me educa exagerando la pluma: “¿Pero qué pasa? Eso no es pecado”.

Tengo que pedir que me cuenten en profundidad la historia de los tres huérfanos que crió.

El sábado, víspera de su cumpleaños, las muchachas del colmado le regalaron una corona de papel y una banda roja de Miss Universe. Cuando lo vi allí, orgulloso, disfrutando de su corona y la banda, me salió del alma decirle “hola, mi reina”.

Me pasé la tarde del sábado allí junto a mi reina, quien por primera vez se quedó horas sentada en la misma silla de plástico como en un trono, en el asiento del colmadito más visible a los vecinos y transeúntes.

Sharon cocinó allí mismo la sopa más sabrosa que he comido en mi vida.

Ahí fue que me acordé de Mama Jay, la mujer transexual que había vivido en varios infiernos y ahora dedicaba su vida a alimentar a los más desfavorecidos en Beirut, el Líbano. Melvin poseía un amor muy parecido al de Mama Jay, así que comencé a pensar en cómo redactar un perfil de Melvin. Pero todavía no entendía muchas cosas. Así que le pregunté a Sharon qué es lo que pasaba con los chistecitos homófobos.

Su contestación, que me dio llevándose las manos al corazón me hizo comprender lo que no había visto en dos semanas de interacción: “no, no, no, Melvin es solo un niño de 61 años”.

 

Niños analógicos.

3.2 Continuación

Los españoles siempre hemos sido muy crueles desde chamaquitos. Mi primo Carlos y yo nos dedicábamos a cazar lagartijas (como los lagartijos boricuas, pero que se quedan pequeñitas, trepan por las paredes y caminan por el techo como la niña del Exorcista). Les cortábamos la cola (o ellas mismas se automutilaban al tratar de escapar) y esperábamos a que les creciera. A los dos minutos ya nos cansábamos de esperar, así que al día siguiente hacíamos lo mismo esperando unos minutos más. Nos volvíamos a aburrir y soltábamos al animal mutilado. (Un mes después, empezábamos a ver lagartijas con colas desproporcionadamente pequeñas, amorfas, descoloridas). En una traumática ocasión, estábamos mejorando la precisión de nuestros tirachinas (hondillas) cuando acertamos y abatimos una golondrina, cuyo cadáver dejamos abandonado orgullosos de nuestro éxito. Al llegar cada uno a su casa presumiendo, nuestras muy católicas madres nos bajaron la nota recordándonos que las golondrinas le habían retirado la corona de espinas a Jesús en la cruz. Un programa de poesía en La 2 de Televisión Española recordaba esa noche aquel poema de Gustavo Adolfo Bécquer que decía: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar…”.

Al día siguiente, sin haber dormido por la culpa, por nuestra gran culpa, fuimos a buscar el cuerpo inerte de la golondrina. La enterramos con mucha pompa en un infantil funeral cristiano celebrado en un cercano terreno baldío. Asistió una multitud de cinco o seis primos compungidos y arrepentidos menores de diez años.

En Puerto Rico, los niños eran menos crueles y más creativos. En Adjuntas, los nenes atrapaban lagartijos y no les cortaban la cola. En el pueblo del Gigante Dormido y Casa Pueblo, los niños cazaban lagartijos, les apretaban la quijada para que abrieran la boca y se los acercaban al lóbulo de la oreja. Entonces, dejaban de apretar y el lagartijo mordía la oreja y ahí se quedaba hasta que le volvieran a presionar la mandíbula. Y así iban a la escuela con sus pantallas (pendientes, zarcillos) vivientes, con guille de Bad Bunny décadas antes de que naciera Benito.

Aquella era una infancia de jugar con lo que te encontraras por la calle.

Si encontraban dos flores de pabón (muy parecidas a la flor de maga) justo antes de abrirse, las arrancaban por el tallo y disputaban un duelo que consistía en derribar a porrazos, más bien florazos, el capullo del arma del contrincante.

Cuando la calle del Agua no estaba canalizada, llovía y se convertía en quebrada “y nos veías a los muchachos debajo del chorro de agua mojándonos”, cuenta don Wildfredo “Piasita” Piazza Monroig, memoria viva de Adjuntas.

“Cuando estaba seco, entonces había un llano y jugábamos a lo que llamábamos las bolas de corote”, que en otras partes se llaman canicas.

Se jugaba a la olla y a la sartén, dependiendo de cómo se configuraban los dedos para disparar. A la olla jugaban con centavos que se ponían dentro de un círculo y el que conseguía sacar un chavo prieto con la canica se lo quedaba. Cuando se trataba de meterla en un hoyo, se llamaba “bolitijoyo”.

“Había un tipo del barrio que se escondía hasta que aparecía diciendo “soruka, soruka” y se llevaba todas las canicas y los chavos. Y ahí se quedaban la mayoría de los niños llorando”.

Para Reyes, los chamacos de Adjuntas de aquella generación analógica pedían un sombrero de vaquero, el palo con cabeza de caballo, el lazo de plástico y una baquetita con revólveres de mentira que disparaban fulminante. Improvisaban una cantina en un escalón y se pasaban más tiempo discutiendo quién mataba a quién que disparando.

“Yo quería ser siempre el muchacho que gana en la película, no al que lo matan. Pero era una niñez sana, muy sana”, defiende Piasita. Bang, bang, bang.

Al trompo también se jugaba a la olla, pero en lugar de centavos cada jugador tenía que poner dos trompos y el que sacaba alguno de un pullazo se lo quedaba.

Con la baraja los niños jugaban “romin” apostando “pasquines de muñequitos” de superhéroes, que se compraban a diez o quince centavos entonces y “que ahora valen una fortuna”.

Con las cartas también jugaban al “monte”, que acabó siendo prohibido “porque los mayores empezaron a jugarlo en los negocios apostando mucho dinero”.

Entre partida y partida compraban a una señora que vendía por la calle unos dulces que se llamaban pirulís y se pagaban a centavo. Si la señora no aparecía, los nenes se iban para la casa de Julio Torres, donde compraban unos “bizcochitos coloraos” a dos centavos: “riquísimos”.

Julio Torres tenía una máquina de pinball que costaba cinco centavos la partida. Pero para jugar, mientras un amigo tenía que velar por que no apareciera ninguna madre, porque “no querían que jugáramos allí”.

“Como entonces éramos pobres, había que conseguirse los cinco centavos” y los niños de Adjuntas los conseguían robando huevos de gallina para venderlos.

“Nos metíamos en los bajos de la casa de la abuela. Le robábamos los huevos de la gallina, se los vendíamos a Juli por cinco centavos y chau, pal pinball”. Más de uno acabó con los huevos hechos tortilla en los bolsillos al salir corriendo asustado.

La mayoría de los niños eran pobres y muy pocos tenían para comprar chiringas, así que aprendieron a fabricar “capuchinos” con papel de estraza, de libreta o de periódico.

“Eso es papel y hilo. Más nah”, dice Nando, otro cliente habitual del colmadito de Sharon en el Alto de Cuba que me enseñó a hacerlos a mí con un folio.

Los niños de Adjuntas hacían duelos de capuchinos. Le colgaban una “navajita” en la cola. Se trataba de derribar al contrincante de una embestida con el morro o cortándole la cola con la navajita.

Melvin, otro constante del colmadito, recuerda los “tirapeos”, que se fabricaban haciéndole un cono de aire en una esquina de un papel: “Lo coges por la puntita, lo aplastas y hacen ¡pah!”.

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