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ICE en los aeropuertos

 

Especial para En Rojo

 

Amigos y amigas viajeros y viajeras, durante décadas, el aeropuerto fue uno de los espacios más fascinantes de la modernidad: un lugar de tránsito, promesa y apertura. Era, en muchos sentidos, la puerta simbólica de entrada a un país. Un umbral donde se materializaba una idea poderosa: puedes venir, puedes entrar, puedes circular. El filósofo Marc Augé los llamó un no-lugar, aunque acabaras enamorándote o echando un polvo en el aeropuerto como nos describe Hollywood. Con Trump en el poder, esa escena está cambiando.

Quien piense o se imagine que la decisión de desplegar agentes de ICE en los aeropuertos de EEUU es simplemente una medida administrativa para manejar flujos o compensar la falta de personal, le patina el cerebro. ¡Búsquese un reemplazo neuronal!

Trump quiere transformar el significado mismo del aeropuerto. Donde antes había tránsito, ahora hay vigilancia. Donde antes había expectativa, ahora hay sospecha. Quienes tenemos millaje de aeropuertos recordamos los aeropuertos militarizados de Buenos Aires, Río de Janeiro y Sao Paulo durante los años 70.

Puede que la industria aérea y los administradores de aeropuertos encuentren filas más organizadas. Pero la experiencia de todos los pasajeros jamás será igual. Nadie viaja con la ilusión de entrar en un espacio donde puede ser interrogado, retenido o simplemente observado como sospechoso. Pero es en el turismo donde el efecto se vuelve estructural. y la JGO sueña con su Marca Puerto Rico.

Según los datos de The New York Times, Business Insider y la revista Times, en 2025, Estados Unidos experimentó una caída significativa en el turismo internacional, con una reducción aproximada del 6% en visitantes extranjeros, lo que equivale a al menos 2.5 millones de turistas menos. Este descenso resulta particularmente relevante porque ocurre en un contexto donde el turismo global estaba en crecimiento, convirtiendo a EE.UU. en uno de los pocos grandes destinos en retroceso. La tendencia no sólo se mantuvo, sino que continuó en 2026 con una nueva caída cercana al 5%, fenómeno que ya ha sido denominado en la industria como el “Trump Slump”. A esto, se suma una pérdida sostenida de competitividad global: la cuota de EE.UU. en el turismo mundial ha disminuido de 8.4% en 1996 a 4.9% en años recientes, quedando rezagado frente a destinos como Francia, Italia, México y Grecia. El impacto económico ha sido igualmente notable, con pérdidas estimadas entre $12.5 y hasta $30 mil millones de dólares en gasto turístico internacional, en un momento en que dicho gasto aumentaba en otras regiones del mundo. Esta contracción no solo implica menos visitantes, sino también menor ingreso por visitante.

El turismo no es un desplazamiento físico; es una economía basada en la percepción. Los destinos no compiten únicamente por precios o infraestructura, sino por algo más delicado: la sensación de bienvenida. Cuando esa sensación se erosiona, el flujo se desvía. Así de simple. La presencia visible de los orangutanes y las orangutanas de ICE en los aeropuertos reconfigura el imaginario del destino “Estados Unidos” o “Puerto Rico”. Lo que antes se proyectaba como apertura global comienza a percibirse como control intensificado. Y en un mundo donde los viajeros pueden elegir entre múltiples destinos, esa percepción pesa —y mucho.

No es casual que ya se observe una caída en visitantes internacionales. Esto no es política. Es semiótica.

Porque el aeropuerto, al final, no es simple un lugar. Es un mensaje.

Y hoy, ese mensaje está cambiando y se convierte en un centro de detención.

 

En Reserva-Cómo maté a mi padre

Especial para En Rojo

Me lo recomendó una clienta cuando ella pasaba por un duro momento. Una semana después ya lo tenía en casa. Tenía un título duro.

No es un libro para llevar a una cita médica. Tampoco para leer mientras esperas a uno de tus padres a las afueras de una fría sala de operaciones. Puede sorprender a los de seguridad si lo ven en tu equipaje de mano en un aeropuerto. Podrías descubrir, demasiado tarde, que hay lecturas capaces de acortar cualquier viaje, incluso los que aún no han empezado. A menos, claro, que incomodar sea tu propósito.

Su título es, cuanto menos, sugestivo y violento. Cómo maté a mi padre retumba en su portada. En esta época de lecturas simpáticas y predecibles, atreverse a exhibir un libro así en público es provocar una escena de tensión: miradas que juzgan, gestos que intimidan y susurros que aumentan como un rumor incómodo.

Cómo maté a mi padre es la primera novela de la colombiana Sara Jaramillo Klinkert. Ese título fue el que intenté leer en los lugares menos apropiados de mi 2025, el año más terrible que recuerdo vivir. Lo llevaba conmigo a todas las diligencias, pero sentía que debía esconderlo en ciertos espacios por miedo a la opinión ajena. Lo retomé meses después al morir mi madre, y fue el libro que necesité leer durante ese primer gran dolor de separación.

El libro no se trata de una confesión morbosa ni de recetas para el parricidio. Por el contrario, es una emotiva novela sobre el duelo narrada desde el recuerdo y la reflexión de una hija. La protagonista, ahora mujer, cuenta lo que vivió luego del asesinato de su padre cuando apenas tenía 11 años. Es una novela en que la muerte no es fin, sino el comienzo de una nueva forma de vivir.

La narradora cuenta la historia de su familia en Medellín, Colombia, durante los años noventa en los tiempos más terribles de los capos de la droga. Expone lo que representó para el entorno cercano vivir sin la figura paternal y todo lo que significó para la narradora el dolor de aquella ausencia.

“Cuando tenía once años, un sicario mató a mi padre. Yo era una niña que no imaginaba que algo así pudiera pasar. Pero pasó. Todavía me cuesta creer que apenas treinta y cinco gramos de acero y un gramo de pólvora hayan podido acabar con una familia”, así comienza la novela más honesta que he leído sobre la ausencia. Es una historia que expone lo que ocurre luego de que un familiar cercano muere, lo que queda inconcluso, las decisiones que se toman nublados por el dolor.

La narradora evita centrarse en el crimen o sus responsables y, más bien, se centra en ella. Se enfoca en matar lo que llega con esa ausencia, todo aquello que le impide respirar. Con ello, se regala otra vida posible y necesaria. No se trata de olvidar a su papá, sino de arrancar o de matar las culpas, las que llevamos todos cuando un familiar fallece.

En el libro de Sara Jaramillo se experimentan todas las emociones que se atraviesan durante el duelo: dolor, culpa, coraje, desprotección, soledad, impotencia, fragilidad, vulnerabilidad, consuelo en ocasiones y amor. Por esa inestabilidad emocional, es una etapa que incomoda a los demás. Todos quieren que las personas “superen” esa pérdida como si se tratara de ausencias intrascendentes. Incluso, algunos establecen en sus mentes un tiempo “saludable” para la recuperación. La narradora reconoce que no hay tiempo límite para transitar por cada una de ellas con esperanza y amor.

Para mí, fue un acompañamiento sanador. Me dijo lo que necesitaba escuchar en mi época de mayor vulnerabilidad. No me juzgó, no me exigió evitar el llanto. El libro me escuchó y sintió mi pena. Compartió conmigo la frustración y me conmovió con su claridad en lo expuesto.

Es una historia escrita para todos, los que han pasado por una pérdida y los que no. Es una novela catarsis que ayuda a aceptar y continuar. Esto es especialmente importante, porque el ser humano está acostumbrado a enfrentar las dificultades buscando soluciones (o culpables). En el caso de la muerte, no hay solución posible. Es un dolor que hay que atravesar.

La novela tiene honestidad y detalle, frases consoladoras y reflexión. Al recordar el momento exacto en que sonó el teléfono con la noticia del asesinato, la narradora describe por lo que todos pasamos: “Fue una llamada la que me volvió invisible”; “Le pregunté qué estaba pasando y ella no me miró”. Así describe Jaramillo la etapa de enajenación que se experimenta en el instante primero del recibo de ese doloroso anuncio, en que las personas no saben cómo reaccionar y se paralizan. Muchas personas lo describen cómo vivir dentro de una pesadilla, en la que la realidad se vuelve lejana.

Mientras reflexiona sobre la muerte, la autora expone: “Cuando alguien se muere, uno tiende a aferrarse a los recuerdos, a unir los retazos. Es una lucha constante contra el olvido, a sabiendas de que no hay manera de ganarle”. Al hablar sobre la fragilidad de la vida, afirma: “Pero incluso las cosas más firmes amenazan con esfumarse”; “Toda partida sin adiós es inconclusa”. Al hablar de los golpes que ha sufrido a lo largo de la vida, confiesa: “Me han disparado muchas veces, pero nunca me muero”.

Es una novela dura pero hermosa, nominada a premios literarios y traducida a varios idiomas. Es una historia para leer en casa, tranquilos, con una taza de café. Es una novela que no pide permiso, que incomoda preliminarmente, pero engancha hasta el final. Cuando cierres el libro, quizás reafirmes certezas incómodas: la vida siempre es frágil, toda presencia es provisional y que, como recuerda la autora, siempre habrá una última vez: “como esa vez cuando no tenía ninguna razón para pensar que habría una última vez y, sin embargo, la hubo”.

 

No todo lo que brilla es oro

La pérdida de tierras agrícolas productivas, posibles impactos sobre el acuífero del sur
—principal fuente de agua potable para el municipio— y el potencial aumento de
temperaturas locales debido a la concentración de equipos en grandes extensiones de
terreno, son las consecuencias que acarrean el desarrollo de megaproyectos solares
industriales en terrenos ubicados al norte del municipio de Salinas.

En una audiencia pública ante la Comisión de la Región Sur de la Cámara de
Representantes grupos comunitarios, organizados bajo la Iniciativa de Ecodesarrollo de
la Bahía de Jobos (IDEBAJO) y el Comité Nos Inundan de Placas, presentaron los
hallazgos de más de tres años de investigación comunitaria y gestiones ante agencias
gubernamentales y empresas desarrolladoras.

Las comunidades afectadas incluyen El Coquí, San Felipe, Paseo Costa del Sur y Las
Trinitarias, así como Mosquito y San Felipe, donde residentes aseguran haber
experimentado inundaciones más severas tras el desarrollo de proyectos solares
industriales como Ciro One y Clean Flexible Energy (AES).

Los portavoces comunitarios aclararon que su denuncia no representa oposición a la
energía renovable ni a la tecnología solar, sino al modelo de grandes fincas solares que,
según sostienen, se están desarrollando sin suficiente transparencia ni análisis público
de sus impactos.

“Sería incoherente con nuestra historia oponernos a la energía renovable, especialmente
después del daño que la industria de combustibles fósiles ha causado en nuestras
comunidades. Lo que denunciamos es la falta de rigor científico, la opacidad
gubernamental y la irresponsabilidad empresarial en proyectos que podrían estar
agravando las inundaciones”, indicaron en su ponencia.

Las preocupaciones comunitarias se intensificaron tras el paso del huracán Fiona en
2022, cuando el municipio de Salinas sufrió graves inundaciones. Según estimaciones
municipales, cerca de 2,500 viviendas resultaron afectadas, lo que representa
aproximadamente una cuarta parte de las casas habitadas en el municipio.

En comunidades como El Coquí, residentes reportaron daños particularmente severos,
incluyendo calles cuyo pavimento fue arrancado por la fuerza del agua y viviendas que
quedaron cubiertas por varias pulgadas de agua y sedimentos.

Ante la falta de investigaciones oficiales sobre las causas de estos eventos, las
organizaciones comunitarias contrataron al hidrólogo Carlos Conde, quien realizó un
análisis de escorrentías en la cuenca hidrográfica que desemboca en estas comunidades.

Según explicaron, el análisis concluyó que la remoción de vegetación y la compactación
de suelos en la parte alta de la cuenca, para construir el proyecto industrial de placas
solares de CIRO One, pueden aumentar significativamente la escorrentía hacia las zonas
bajas, alterando el comportamiento hidrológico del área, y reduciendo la capacidad del
terreno para absorber el agua de lluvia.

Un segundo estudio hidrológico realizado en relación con el proyecto de Clean Flexible
Energy, subsidiaria de AES, identificó patrones similares.

Además de los riesgos de inundación, las organizaciones señalaron otras
preocupaciones relacionadas con estos proyectos, incluyendo la pérdida de tierras
agrícolas productivas, posibles impactos sobre el acuífero del sur —principal fuente de
agua potable para el municipio— y el potencial aumento de temperaturas locales debido
a la concentración de equipos en grandes extensiones de terreno.

Los grupos también cuestionaron el modelo energético de estos proyectos, señalando
que se conectan a la red eléctrica principal y no necesariamente benefician directamente
a las comunidades cercanas durante apagones.

Ante esta situación, las organizaciones comunitarias solicitaron al representante
Fernando Sanabria Colón, quien preside la Comisión, a la Legislatura y al Gobierno de
Puerto Rico varias acciones, incluyendo la divulgación pública de los estudios
hidrológicos e hidráulicos de los proyectos (documentos que la empresa CIRO se ha
negado entregar durante años), la realización de una investigación independiente sobre
sus impactos acumulativos y la evaluación de posibles conflictos de interés en los
procesos de permisos.

Asimismo, instaron a abrir un debate público sobre el modelo de transición energética
del país, proponiendo alternativas basadas en generación distribuida y sistemas solares
comunitarios.

Irán: Una guerra interminable

 

CLARIDAD
ccotto@claridadpuertorico.com

¿Por qué los países árabes de la región del Medio Oriente, no están del todo de parte de
Irán en la guerra desatada por Israel y Estados Unidos, contra la antigua Persia?

En entrevista el doctor en geografía política, Carlos Severino Valdés, nos ofrece una
breve explicación histórica de las tensiones que existen entre los países árabes de la
región e Iran, por lo que no se han sumado al lado de Irán, pero si han actuado con
cierta cautela. Este diferendo es parte de lo que debemos saber para entender la postura
de sus vecinos ante esta guerra calificada por varios estudiosos como ya la tercera
guerra mundial (TCM).

“Eso no siempre fue así”, señaló en entrevista. Para entender esa postura -indicó- hay
que poner en contexto algunos elementos históricos, ha habido momentos en que sí y
otros momentos en que no. Lo primero que hay que diferenciar es que Irán es un país
Islámico, un país Persa, iraní, el nombre mas correcto es iraní que recoge toda la
diversidad étnica que tiene la cual es bastante. Los iranios históricamente han tenido
diferentes momentos de tensión con los árabes, obvio ya que Persia que es el nombre
histórico de Irán, fue por decirlo así, islamizada y en algún modo arabizada.

Ese proceso tiene mucho que ver con la región y la división que hay dentro del Islam,
entre la rama Suni y la rama Chiíta. Dentro de la rama chií que es la rama minoritaria,
unos 400 millones de personas, el país que por excelencia agrupa a esa profesión
islámica es Irán.

Continúo que hay que hacer la distinción de que cuando se habla de la revolución
islámica, es específicamente de la parte chií. Durante el siglo XX durante el reinado del
Sha de Irán (Mohammad Reza Pahlav) hubo unas relaciones bastante cordiales con toda
la monarquía del Golfo. Esta relaciones tuvieron una primera ruptura en el 1953 cuando
en un golpe de estado orquestado por la CIA, ( operación Ajax) fue depuesto el primer
ministro Mohammad Mosaddegh. Las motivaciones para el derrocamiento fue que,
Mosaddegh encabezó un gobierno nacionalista progresista laico, lo que creo una pared
con las demás monarquías de la región.

Tras el golpe, al regreso del Sha de Irán las relaciones volvieron a normalizarse. A partir
de ese momento hay una coincidencia de intereses e Irán se convierte en el socio
preferencial de Estados Unidos en la región. A finales de los ’50 comienza el boom
petrolero y todos los países eran parte de esa realidad.

La última ruptura de las relaciones de Irán con el mundo árabe de la península del golfo
Pérsico se produce en el 1979, cuando triunfa entonces la revolución islámica que no es
otra cosa que un movimiento chií contra la dictadura el Sha.

“Eso crea una disonancia en el mundo islámico en ese momento por dos cosas; primero
porque al ser un gobierno encabezado por los chiitas causa mucha preocupación y
resentimiento en el mundo de las monarquías y porque existen bastante minorías chiitas
en los Emiratos Árabes y en distintas partes del mundo arábico”, describió Valdés.
Su observación es que desde ese momento esos países tienen una reticencia y como
además Iran se convierte en una república constitucionalista -esa es la verdad- y las
monarquías son absolutas siempre han temido que el germen islámico se expanda y
provoquen movimientos que vayan a sublevarse contra las monarquías, las cuales
“llevan una vida muy cómoda parasitaria en total allí”.

En el escenario actual por parte de los iraníes, el mensaje ha sido claro, no ha dirigido
un ataque a la territorialidad de las monarquías de los países vecinos, sino a las 27
instalaciones militares estadounidenses que han atacado hasta ahora.

El análisis de Valdés es que los iraníes están forzando una estrategia, la que describió
muy interesante, primero la salida de EE UU de la región por lo menos el componente
militar y segundo ha demostrado que la presencia militar de EE UU no es eficiente, ni
algo que pueda garantizar protección a las monarquías del Golfo. A su juicio lo que está
ocasionando Irán muy posible es una reorganización geo política del balance de poder
regional en el golfo Pérsico y la península arábica en general.

En esa línea calificó de una postura arrogante la de Israel y EE UU sobre la capacidad
de respuesta de los iraníes. “Realmente creo que ha sido una postura muy arrogante era
evidente sin ser un experto en la cuestión militar solo tomando en consideración la
guerra de los 12 días era obvio que los iraníes tenían poder de contestación fuerte y de
junio (2025) hasta ahora parece ser que lo que hicieron fue mejorar en colaboración con
los rusos y chinos”.

Además de destruir las bases militares de EE UU en la región, Irán también, ha
ocasionado unos golpes muy duros en Israel. Aunque observó que debido a que Israel
mantiene una censura total sobre los medios de comunicación no es mucha la
información que se tiene, aunque se han difundido algunos videos y se sabe por algunos
sectores de opinión bien informados por parte de EE UU de que ya han sido destruida
parte de las dos ciudades mas importantes del país que son Haifa y Tel Aviv.

Para el experto la guerra contra Irán puede significar una derrota táctica tanto para
Estados Unidos e Israel, lo que puede cambiar la relación de poder y las relaciones en
toda la región y la postura que Israel estaba ganando consistente para establecer su
proyecto de la aspiración sionista religioso del “gran Israel”, que es la nueva versión del
sionismo encabezada por el gobierno de Netanyahu, “hombre orquesta de todo esto”.

“Los iraníes parece ser que se estaban preparando para este momento hace cinco años,
con una paciencia que solo un país con larga historia puede tomarse para resistir tanta
humillación sabiendo que iba a llegar el momento de responder con fuerza”.
En esa línea comentó que es sabido que los negociadores de parte de EE UU han pedido
un alto al fuego e Irán se ha negado. Todo parece indicar que la guerra durará unas
semanas más porque ni EE UU tiene mucha capacidad e Israel tan poco, por lo que
considera que el fin de la guerra será una negociada.

Esta apreciación esta basada en señalamientos de expertos militares ex funcionarios
estadounidense y de la CIA de relieve y que incluso fueron trumpista y que en estos
momentos son desafectos, han estado dando radiografías de proyecciones de que esta
guerra no puede durar mas de tres a cuatro semanas debido a que EE UU está por agotar
su inventario de misiles para poder enfrentar los misiles iraníes. Ahora mismo se dice
que Irán ha aumentado los ataques con misiles en un 80%. Por parte de EE UU por
asuntos estructurales no tiene la capacidad industrial para producir los misiles y
armamento, hace unas semanas mandaron a traer baterías antimisiles de Korea, de la
OTAN, y de Japón, dejando a Japón al descubierto.

El hecho de que Trump le haya pedido a los países de la OTAN a enviar embarcaciones
militares para abrir el estrecho de Ormuz, es una admisión de que no lo puede hacer, no
se pide ayuda cunado se esta ganando una guerra. Mientras la respuesta de sus aliados,
los países de la OTAN ha sido abogar por la diplomacia. “Esa es una manera elegante
de decir no me voy a meter ahí porque sé que voy a salir mal”.

En términos de negociación de parte de Iran, ya se sabe cuales son las bases de la
negociación: no habrá alto al fuego hasta tanto tanto se respete todo su derecho como
nación plenamente; se garantice la salida de todos los destacamentos militares de EEUU
de la región y que haya una indemnización monetaria de todos los daños que Irán ha
sufrido. Estas condiciones fueron comunicadas por escrito por el nuevo Ayatolá,
Mojtaba Jamenei.

El jurista y el Buró: Trías Monge, el FBI y la arquitectura de la represión en la posguerra

 

Christian Vélez Pagán

Especial para En Rojo

 

Durante décadas, José Trías Monge ha sido celebrado como jurista brillante, arquitecto del Estado Libre Asociado y defensor de la legalidad. Pero los archivos judiciales guardan otra historia: la de una relación estrecha, fluida y estratégica con el FBI justo en los años en que se consolidó la represión política en Puerto Rico. Una relación que nos obliga a repensar la historia del poder en la isla.

Para entender lo que viene, hay que mirar atrás. Ya para la década de 1930, la persecución contra el Partido Nacionalista había normalizado lo que no debió ser normal: un aparato represivo que operaba sin rendir cuentas a nadie. La Policía Insular disparaba primero y preguntaba después —si acaso preguntaba—, mientras el FBI, al amparo de la seguridad nacional, tendía sus redes en la isla. Cuando llegó la posguerra, la vigilancia no se inventó: se intensificó.

Centro de procesamiento de datos del FBI en la posguerra. Este tipo de infraestructura burocrática y tecnológica sostenía la vigilancia federal durante la era Hoover y tuvo su contraparte en la vigilancia política en Puerto Rico.

En 1936, la corte federal condenó a Pedro Albizu Campos y a varios nacionalistas con evidencia cuestionable. Ese precedente —y la colaboración entre agencias locales y federales— anticipó el tipo de relación que se consolidaría en los años cincuenta.

José Trías Monge llegó a la vida pública con un currículum que imponía: Harvard, Yale, y una red de contactos en Washington que pocos en la isla podían igualar. Participó en la Convención Constituyente de 1951, fue Secretario de Justicia al año siguiente, pero sus cargos formales duraron poco. Lo que perduró fue otra cosa: su cercanía con Luis Muñoz Marín y su capacidad para moverse en las entrañas del poder federal. Trías no necesitaba un puesto para ser influyente; le bastaba con que le contestaran el teléfono. Su correspondencia revela vínculos con figuras como Abe Fortas, William Rogers y Carl J. Friedrich, una red que evidencia una temprana y constante sintonía con los intereses de Estados Unidos.

El momento clave llega en 1948. Muñoz Marín consultó a Trías sobre la posibilidad de legislar contra discursos considerados peligrosos. Trías le explicó la Ley Smith, vigente en Estados Unidos desde 1940, que penalizaba la incitación a derrocar al gobierno. Ese marco inspiró la Ley 53 de 1948, conocida como la Ley de la Mordaza, utilizada para criminalizar expresiones independentistas y justificar arrestos masivos durante el levantamiento nacionalista de 1950.

Artículo de El Mundo denunciando la vigencia de la Ley de la Mordaza en 1983. Décadas después de su aprobación, la ley que Trías contribuyó a perfilar seguía siendo objeto de denuncia pública.

Aunque Trías no ocupaba un cargo oficial cuando asesoró a Muñoz, su intervención contribuyó a legitimar una legislación que restringió libertades fundamentales. Su posterior rol como Secretario de Justicia lo colocó en el centro de la aplicación de esas políticas.

Si alguien alberga dudas sobre la cercanía de Trías con el aparato represivo, basta leer su correspondencia. El 8 de enero de 1952, Richard C. Godfrey —para entonces agente especial a cargo del FBI en Puerto Rico— le escribe para felicitarle por su nombramiento y ofrecerle cooperación «en todo lo que sea de mutuo interés». No es una carta protocolaria; es la confirmación de una relación que ya existía. La respuesta de Trías, fechada el 14 de enero de 1953, no solo acepta: agradece. Entre líneas se lee lo que las palabras no dicen: que el Buró y el Secretario hablaban el mismo idioma.

Estas cartas desmienten la narrativa de un FBI operando en el vacío. Por el contrario, las fuentes muestran un intercambio constante de información y una colaboración activa en asuntos de seguridad interna, particularmente en torno al nacionalismo y a la vigilancia de supuestos «subversivos».

La colaboración de Trías con el FBI es solo una parte de la historia. La otra, quizás más cotidiana pero igual de reveladora, está en sus cartas a la Policía Insular. Trías no se limitaba a recibir informes: pedía traslados, recomendaba reclutamientos, gestionaba permisos de armas. En un país donde la represión tenía nombre y apellido, Trías no fue un espectador. Fue un operador que moldeó el aparato de seguridad a su medida, asegurándose de que la Policía respondiera a los intereses del gobierno —y, de paso, a los del Buró.

Boletín interno del FBI de diciembre de 1950, distribuido exclusivamente a cuerpos policiales. La retórica de seguridad nacional que refleja no era letra muerta: sus criterios de vigilancia permearon la política de seguridad en Puerto Rico.

La mediación de Trías fue clave para que la coordinación entre la Policía Insular y el FBI intensificara la criminalización de los movimientos disidentes bajo el discurso de la Guerra Fría.

Quizás lo más revelador es que esta lógica no operaba solo en los sótanos de la represión, sino en la mismísima arquitectura del Estado Libre Asociado. En su correspondencia con Carl J. Friedrich —profesor de Harvard y asesor del gobierno estadounidense— Trías consultaba, pedía orientación, buscaba luces sobre cómo aplicar leyes federales en Puerto Rico. La imagen que emerge es clara: el ELA no se construyó en San Juan, sino en Washington, con académicos y burócratas federales dictando lo que se podía y no se podía hacer. Trías fue el gestor local de esa negociación tutelada.

Las comunicaciones analizadas no dejan espacio para medias tintas: revelan una relación estrecha entre Trías Monge y el FBI, caracterizada por cooperación, intercambio de información y afinidad política. Esta colaboración tuvo consecuencias directas en la vigilancia de ciudadanos, la criminalización del nacionalismo y la consolidación de un aparato de seguridad alineado con los intereses del gobierno local y federal.

Más allá de su legado como jurista, estas fuentes invitan a reconsiderar el papel de Trías en la configuración del orden político del ELA y en la legitimación de prácticas represivas en un periodo crucial de nuestra historia.

La figura de Trías Monge encarna las tensiones entre legalidad y poder que atraviesan el siglo XX puertorriqueño. Su relación con el FBI —documentada, sostenida y políticamente significativa— obliga a mirar de frente la arquitectura de la represión en la posguerra y a reconocer que la construcción del Estado Libre Asociado estuvo acompañada de mecanismos de vigilancia que limitaron derechos fundamentales.

Revisar estos documentos no es un ejercicio de nostalgia ni de ajuste de cuentas: es una invitación a pensar críticamente cómo se construyen las narrativas oficiales, quiénes las sostienen y qué silencios las hacen posibles. En un país donde la vigilancia estatal sigue siendo tema de debate, volver a estos archivos es también una forma de reclamar memoria y exigir transparencia.