Editorial-El «Presidente de la paz» se prepara para la guerra
J-Go, la pornografía colonial y el orgasmo militar del imperio
Especial para En Rojo
El colonialismo no sólo roba tierras, roba cuerpos y deseos. Convierte la sumisión en gesto, la obediencia en espectáculo. A su vez, el imperialismo necesita de la complicidad local, del nativo sonriente que normaliza la invasión bajo el disfraz de “alianza estratégica”. En Puerto Rico, ese rol parece haberlo adoptado Jennifer González, quien primero finge resistirse, pero al final se entrega al goce imperial con la docilidad de una actriz en la pornografía política.
Porque, ¡seamos claros! El recibimiento del Secretario de Guerra de los Estados Unidos no es protocolo, es performance obsceno. Es el striptease colonial donde J-Go se quita, una a una, las prendas de la autonomía hasta quedar desnuda frente al amo. Es el goce perverso del sometido que dice: “sabemos que es humillación, pero aun así nos excita”. Ella juega a la obscenidad del deseo porque Puerto Rico no puede ser otra cosa que el objeto de placer del imperio, la muñeca inflable geopolítica que siempre está disponible.
Del “No” al Silencio: la lógica pornográfica de J-Go
Hace apenas días, J-Go decía que descartaba proyectos militares. Pero bastó que los Marines desembarcaran en el sur y que el Secretario de Guerra aterrizara en la isla para que cayera el telón del pudor. Ni protestó, ni cuestionó, ni abrió la boca: el silencio fue su striptease final, revelando la violencia del colonizado internalizada y la aceptación resignada de la narrativa imperial.
El goce de la violencia
¿Qué otra cosa es el espectáculo militar en Arroyo y Salinas si no pornografía bélica? Botes, rifles, uniformes: símbolos fálicos que excitan la libido colonial. Los medios reportan “ejercicios militares”, pero lo que vemos es un set pornográfico del poder, con la isla de escenario y J-Go como actriz secundaria que sonríe mientras el imperio eyacula misiles de utilería. La violencia aquí no se justifica, se goza. Es la violencia política como orgía imperial: cuerpos disciplinados, gestos sincronizados, obediencia transmitida en vivo por la prensa oficialista.
La Ramborización obscena
El problema no es sólo que J-Go se contradiga. Lo que ocurre es que su contradicción es parte del guion. Ella encarna la obscenidad del Otro. Su goce está en el ridículo de su entrega. Puerto Rico no necesita gobernadora, necesita una diva de utilería que legitime el simulacro militar. Y ella lo entiende bien. No hay Four-Runner que tape la desnudez colonial cuando se posa frente al Secretario de Guerra.
La ramborización de J-Go ya no es sólo kitsch, es pornografía dura. En lugar de discutir la crisis eléctrica, la pobreza infantil o la violencia de género, ella prefiere posar en la pasarela de la testosterona imperial. Un día juega con Barbies en el Capitolio, al otro con GI-Joes en la playa, pero siempre termina en la cama del imperio, sudando un deseo que no es suyo.
El gesto violento
¡Qué no se engañe nadie! La sonrisa de J-Go no es neutralidad, es violencia. Es el gesto pornográfico de quien prefiere callar mientras se violenta a su pueblo con la ocupación simbólica de su territorio. Ese gesto es la violencia del colonizado vuelto cómplice. Esa complicidad es el lubricante del imperialismo. Ella lo sabe, y lo hace porque en el fondo lo disfruta.
Conclusión: el simulacro colonial
Al final, lo que Jennifer González ofrece es un espectáculo de sumisión. Ni gobierna, ni representa, ni defiende: actúa. Su política es un simulacro pornográfico donde el amo siempre gana, donde la colonia siempre gime, donde el goce se confunde con humillación.
La verdadera obscenidad no está en los Marines desembarcando en Salinas y Arroyo, sino en la sonrisa de J-Go frente al Secretario de Guerra. Esa sonrisa es la metáfora más precisa de nuestra condición colonial: aunque se vista de Wonder Woman, sigue siendo la muñeca de GI-Joe, lista para el próximo acto del imperio.
Encontrado en las redes-“Y los padres, ¿dónde están?” Por un padre cualquiera, que no sale en televisión.
«Me llamo Ernesto, en otro día cualquiera… El despertador no sonó.
Fue el grito de mi hija menor soñando con precipicios. Le susurré que los monstruos duermen después de las tres de la mañana. Me miró sin creerme y le hice el desayuno con las manos temblando. Y aquí está papá…
Mi esposa ya estaba en el cuarto de nuestro hijo mayor, cepillándole los dientes como si fueran una adivinanza. Tiene 24 años, autismo severo y la mirada más pura que he visto. No camina sin ayuda, pero su risa tiene alas. Le cambiamos el pañal, le dimos sus pastillas, y no, no cualifica para el programa que da ayuda a adultos con discapacidad. “Muy joven”, dicen. “Muy funcional”, alegan. Claro. Funcional como un país sin luz. Mi esposa lo duerme, por él dormimos separados, no por falta de amor, sino por logística. Ella lo duerme a él, yo duermo la chiquita. No hay ayudas, no hay apoyo…
A las siete, ya iba tarde para el trabajo… porque allí también está papá…
Mi hija del medio, esa que brilla y arde, se encerró en el baño sin contestar. Yo tiemblo de miedo de que se corte… Tiene 17 y la mente le tiembla como una hoja mojada. Lleva dos años peleando con pensamientos que no deberían habitar en cuerpos adolescentes. Dos intentos de morir por suicidio en los pasados seis meses. En cada uno morí un poco… Desde entonces, la miro como si mirar bastara. La abrazo como si abrazar curara. El plan médico cubre la mitad del psiquiatra, ninguna de las terapias grupales. Y aquí también estoy…
Mi suegra se cayó de la cama la semana pasada. Lo supimos por el morado. Evaluamos entre pagar una enfermera o llevarla a un hogar. Lo mismo que elegir entre pagar la hipoteca o dejar de comer arroz por tres meses. Allí también estoy…
Por eso llegué tarde al trabajo.
Otra vez.
Pero esta vez no dije que era por el tapón. Dije que era porque estaba vivo.
El jefe me miró como si hubiese hablado en arameo.
Por la tarde, llevé al nene al parque. El chiquito. El único que todavía no sospecha que el mundo está roto. Juega pelota como si la felicidad viniera en forma de guante. “¡Dale, pá!”, me grita. Y le grito de vuelta como si no me doliera el pecho. Como si no tuviera que volver a casa a buscar una vela porque LUMA decidió darnos oscuridad con aumento. Porque sí… y ahí está Papá también…
Al llegar, prendí el televisor y ahí estaban, jugando con la pelota del privilegio.
Los próceres del reproche.
Uno sin hijos. Millonario. Dueño de su silla de comentarista y del juicio fácil.
“El problema de este país son los padres. ¿Dónde están los padres?”, gritó, como si acabara de descubrir América.
Ahí fue cuando me reí.
Una carcajada larga, con filo.
Dónde estoy, preguntan.
Estoy aquí, ¡me cago en todo! Porque estamos como podemos con lo que nos ofrecen.
Estamos en la jodida fila de la farmacias. En el comité de padres de educación especial. En la sala de emergencias con nuestros abuelos. En las reuniones, los grupos de Whatsapp, las rifas para que el nene viaje con su equipo de pelota… En los entrenamientos de pelota, de baloncesto, de volibol. En el trabajo, haciendo patria todos los malditos días… En el segundo trabajo. En la casa sin cisterna que se va el agua a diario, “compra una cisterna mijo, no es lujo, es necesidad… igual que las placas” me dice mi tía que anda becada por allá en la parte mas alta de Montehiedra.
Estoy vivo, aunque a veces apenas, ahí está Papá.
Estoy en el acto heroico de sobrevivir sin que me quiten la ternura.
Y entonces, como si me escuchara el universo o el canal de televisión, mi hija bajó las escaleras. Tenía el pelo suelto, los ojos abiertos y un cuaderno en las manos. “Papi, escribí algo… te lo leo.”
Le dije que sí, con el alma.
Y mientras leía, yo lloré calladito.
Porque aunque me preguntan dónde estoy,
ella sabe exactamente dónde estuve siempre.»
Un dios en guayabera
En Rojo
En las praderas azucareras del Caribe olvidado, donde el sol imparte regímenes tan mortales como aguaceros, la gente llegó a vivir sin conocer del Sonido. Labraban su tierra con una modorra sorda, aburridos, hundiendo picos gordos que no hacían sino sacudir el suelo. De los dedos no se oía ni un chasquido; y las aves, lejanas, volaban sin gorjear sus trinos. Para comunicarse, los compueblanos se valían del tacto y el lenguaje escrito. Pero un día, ocioso y apenado, un dios llegó acompañado por abalorios dorados y perifollos con cueros de reses.
Aquel espíritu llegó ataviado con una guayabera de figurines de vela, cadenas y un hablar particular que se entendía hasta en esos lares. Era simpático, locuaz, y predicaba sobre algo con urgencia. Decía que había que poblar la tierra con eso que él llamaba Sonido. Que no podía, por disposición suya, haber pueblo en la tierra que no conociera de esta bendición, y que cada pueblo habría de cantar un ritmo correspondiente a su entorno. Pero a este pueblo, enclavado en el seno de la Nada, olvidado por tanto tiempo por este dios cocolo, había que obsequiarle el ritmo más pulido.
De ahí que el dios ordenó, por señas, que el pueblo reuniera el estaño de la minas, la madera de los robles, las pieles de las reses y hasta las cuerdas de los tendederos. Apilado el reguero de materiales, el dios comenzó a aplaudir en son de clave– asi le decía a ese primer ruido– para augurar el nuevo Sonido. Ahora le iba a dar sentido. La cuerda se hizo hilo y luego bajo; la madera en baqueta; el estaño en cencerro y luego trompeta; y los cueros en bongoces. Lo último que el dios creó en este pueblo fueron, por supuesto, las voces. Desde el tono más estridente hasta el timbre más melifluo, el Caribe olvidado ahora cantaba al son de tres-ochenta, quemando liga y castigando la clave que el dios Kokoló– ese era su nombre– le regaló.
— Ustedes, pueblo noble y gentil, son como la melaza sabrosa que aviva la tierra. La sazón olvidada que redime los errores de todos los Dioses Sandungueros. Por eso les bautizo este ritmo como salsa: letra hecho verso y canción. Canto que resarce todos los silencios que han vivido hasta ahora–, dijo el dios antes de coger vuelo y partir.
Y así, felices en sus praderas azucareras, la gente buena del Caribe olvidado comenzó a cantarle a las Plantaciones adentro, las María Lionza y a sus islas que yacían entre olas cristalinas.
Hospital El Maestro aguarda por siguiente etapa
CLARIDAD
Luego de que el secretario del Departamento de Salud, Víctor Ramos Otero, ordenara el cierre inmediato del Hospital El Maestro– que se acogió poco antes al Capítulo 11 de la Ley de Quiebras– la institución de salud radicó una moción para que cesaran ciertos procesos relacionados con el Plan de Restauración y Reorganización del hospital.
Del mismo modo, el Hospital pidió que Salud enmendara el Certificado de Necesidad y Conveniencia (CNC), que permite a un proveedor de salud proveer sus servicios, y que no le revoque las licencias operacionales aplicables. Las dos solicitudes corresponden al proceso de venta “para no afectar las negociaciones con…prospectos relacionados a la compra u operación de dicho centro hospitalario”.
“El secretario de Salud entregó una Orden de Acción Inmediata, mediante la cual se dispuso, entre otras cosas, el cierre del Hospital El Maestro en un plazo de 24 horas lo que imposibilitó acciones adicionales para poner en vigor las medidas propuestas por el Hospital… En la actualidad continuamos evaluando ofertas de prospectos por lo que solicitamos al Departamento una prórroga para la conservación de las licencias operacionales, lo cual es un factor clave en este tipo de negociaciones”, reza el comunicado oficial del Hospital.
El pasado 5 de agosto, la institución radicó un Plan de Restauración Operacional del Hospital El Maestro en la Oficina del secretario de Salud, que atiende una solicitud del Departamento y detalla las medidas que se tomarían e implementarían para enfrentar la difícil situación económica del hospital.
A pesar del cierre ordenado, Salud sostuvo, el 5 de septiembre, una vista administrativa para recoger información del asunto. Durante el proceso, se reconoció que el nuevo operador debe corregir el informe de señalamientos para cumplir con la política vigente. También, la Junta directiva del hospital denunció algunas sanciones contra la institución por el “aspecto procesal” de entregar información requerida por correo electrónico y no el portal de la agencia.
“Reiteramos nuestro compromiso de actuar con responsabilidad, transparencia y respeto alordenamiento jurídico en cada paso incluyendo las determinaciones del Tribunal de Quiebra”, expresó Pablo Serrano, secretario de la Junta directiva, sobre las expectativas del proceso.
Hasta el momento, el Hospital El Maestro aguarda por el informe del oficial examinador de Salud, que no debe tomar hasta después del miércoles, 10 de septiembre.





