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Del grito a la estrategia

Especial para CLARIDAD

Decía César Andreu Iglesias que la revolución no se convoca, se organiza. La frase desmonta la idea de que el cambio político se reduce a la logística de una marcha o a la fecha de unas elecciones. Convocar es necesario, pero no suficiente. Lo que transforma un país no es el momento espectacular de la protesta, sino la capacidad de convertir esa energía en proyecto, en estructura y en rumbo fijo.

En Puerto Rico, donde las crisis se suceden como estaciones —deuda, huracanes, privatizaciones, Junta de Control Fiscal– la tentación de vivir de marcha en marcha y de elección en elección es fuerte. Pero si el país quiere un cambio verdadero, tiene que asumir que la política no se agota en los partidos ni en el voto y que sin organización estratégica y trabajo sostenido, toda victoria se evapora.

Las grandes movilizaciones de los últimos años han demostrado que la sociedad puertorriqueña no está resignada. Desde las protestas contra la Junta de Supervisión Fiscal y los recortes, hasta las manifestaciones masivas de 2019 que forzaron la renuncia de un gobernador, la calle ha sido un espacio de poder real. Sin embargo, el patrón se repite: se convoca, se marcha, se logra un gesto, se celebra en redes sociales, y luego se vuelve a la normalidad sin haber construido estructuras que sostengan el conflicto y lo conviertan en cambio institucional.

La socióloga Frances Negrón-Muntaner ha descrito la respuesta comunitaria tras el huracán María como “autogestión democrática”: vecinos organizando brigadas, redes de alimentos, sistemas de energía compartida ante la ausencia del Estado. Esa experiencia muestra que la ciudadanía puede gobernar de facto cuando el gobierno falla. Pero también evidencia que, si esa autogestión no se articula en un proyecto político estable, queda confinada a la emergencia y no reconfigura el poder.

Reducir la participación ciudadana al acto de votar cada cuatro años es una forma de despolitizar a la sociedad. Diversos análisis sobre participación en Puerto Rico insisten en que el voto es apenas una de muchas herramientas posibles: asambleas comunitarias, consultas públicas, plataformas digitales, organizaciones sectoriales. Sin embargo, el sistema de partidos ha funcionado como un embudo: toda la energía social se canaliza hacia campañas electorales que prometen cambio y terminan administrando el mismo modelo colonial, endeudado y desigual.

La imposición de la Junta de Supervisión Fiscal por el Congreso de Estados Unidos dejó claro que el gobierno local no controla las finanzas del país y que la autonomía del Estado Libre Asociado era, en gran medida, una ficción. En ese contexto, ganar elecciones es apenas el primero de muchos pasos; sin una estrategia para confrontar las estructuras de poder que están por encima del gobierno electo, la victoria electoral se convierte en administración de la crisis.

La historia de las izquierdas y del independentismo en Puerto Rico muestra que este dilema no es nuevo. Carlos Pabón Ortega, al reconstruir los debates del Movimiento Pro Independenci el Partido Socialista Puertorriqueño , el Partido Independentista Puertorriqueño y otros movimientos, documenta cómo se discutía una y otra vez si la vía debía ser electoral, insurreccional, sindical, comunitaria o una combinación de todas. Las tensiones entre “revolución o democracia”, “lucha armada o resistencia cívica”, “vieja izquierda o nueva izquierda” reflejan un problema de fondo: cómo construir poder duradero en un país sin soberanía plena, con un Estado subordinado y una economía dependiente.

Andreu Iglesias, como ideólogo del movimiento obrero e independentista, insistía en que la conciencia política no se fabrica con consignas, sino con organización, educación y discusión rigurosa. Su advertencia sigue vigente: si la revolución se organiza, entonces la tarea central no es solo convocar, sino crear estructuras donde esa organización sea seria, informada y vinculante.

Hoy, cuando surgen intentos de romper el duopolio PPD–PNP mediante alianzas como la que articulan el Movimiento Victoria Ciudadana y el Partido Independentista Puertorriqueño, se abre una posibilidad de cambio de reglas de juego. Pero incluso estas nuevas coaliciones corren el riesgo de repetir el mismo error si se limitan a la lógica electoral. El país necesita algo más que una nueva combinación de siglas: requiere un proyecto de país discutido con todos los sectores, que trascienda la obsesión por el estatus como única pregunta y aborde con igual seriedad la justicia social, el modelo económico, la democratización del Estado y la reconstrucción ecológica.

Ganar las elecciones puede ser un hito importante, pero si no se acompaña de mecanismos de participación continua —consejos ciudadanos, presupuestos participativos, control social sobre las agencias, procesos de rendición de cuentas— el gobierno alternativo terminará gobernando de espaldas a la misma gente que lo llevó al poder.

La politóloga Marcia Rivera ha subrayado que la participación transformadora exige “capacitar a la ciudadanía para comprender los procesos de política pública y los mecanismos reales de incidencia”. Eso implica que el cambio no puede descansar únicamente en líderes carismáticos o en campañas bien diseñadas. Requiere una ciudadanía que entienda cómo se aprueba un presupuesto, cómo se negocia una reestructuración de deuda, cómo se fiscaliza una privatización, cómo se defiende un derecho en los tribunales y en la calle.

Mientras esa comprensión no se masifique, la relación entre pueblo y gobierno seguirá siendo delegativa: se vota, se espera, se decepciona, se marcha y se vuelve a votar. Romper ese ciclo demanda una cultura política donde la gente no solo protesta, sino que propone, negocia, vigila y sanciona.

La experiencia reciente de movimientos como Queremos Sol, que han presionado por un modelo energético público, renovable y democrático, o de organizaciones feministas y ambientales que han logrado detener proyectos dañinos, demuestra que la incidencia más allá de los partidos es posible. Pero también revela que el Estado y los partidos tradicionales tienden a absorber, neutralizar o ignorar esas demandas si no existe una correlación de fuerzas que los obligue a cambiar. De ahí la importancia de construir poder social organizado: sindicatos renovados, juntas comunitarias fuertes, colectivos estudiantiles, redes profesionales comprometidas con el interés público. Sin esa base, cualquier gobierno alternativo se verá aislado frente a la presión de los intereses económicos y de las estructuras coloniales.

Hablar de un rumbo fijo para Puerto Rico significa asumir que el país no puede seguir reaccionando solo a la crisis del momento. La deuda, la Junta, la precariedad laboral, la migración masiva de jóvenes, la destrucción ambiental y la privatización de servicios esenciales son piezas de un mismo modelo. Un proyecto de cambio verdadero tiene que definir con claridad qué tipo de economía se quiere, qué relación se busca con Estados Unidos y con el Caribe, qué papel tendrán las comunidades en la gestión de recursos, qué garantías se ofrecerán a quienes hoy viven en la periferia social. Esa discusión no puede quedar encerrada en programas de partido redactados por comités técnicos; tiene que ser un proceso público, conflictivo, donde se escuchen y se confronten visiones, y donde el resultado se traduzca en compromisos verificables.

La revolución que se organiza no es una metáfora romántica, sino una exigencia práctica. Organizar significa poner sobre la mesa las contradicciones internas de los movimientos, las limitaciones de las alianzas, los riesgos de cooptación, las tensiones entre reforma y ruptura. Significa reconocer que el cambio no vendrá de un solo espacio: ni de la calle sola, ni de las urnas solas, ni de las instituciones solas. Vendrá de la articulación entre todas esas dimensiones, sostenida en el tiempo. Por eso, después de cada marcha, la pregunta no puede ser solo cuántos fuimos, sino qué vamos a hacer mañana, con quién nos vamos a sentar, qué estructura vamos a fortalecer, qué decisión concreta vamos a disputar.

Puerto Rico está en una encrucijada histórica. La pérdida de confianza en el bipartidismo, la evidencia brutal de la subordinación colonial y la emergencia de nuevas fuerzas políticas y sociales abren una ventana que no estará abierta para siempre. Si esa oportunidad se reduce a una alternancia de partidos sin transformación de fondo, el país habrá desperdiciado una generación de lucha. Si, en cambio, se asume que ganar unas elecciones es apenas el primer escalón de una escalera larga —y se construyen, peldaño por peldaño, las instituciones, las prácticas y las culturas que sostienen una democracia real— entonces la frase de Andreu Iglesias dejará de ser consigna y se convertirá en método: la revolución no se convoca, se organiza. Y organizar significa discutir, planificar, construir, sostener y gobernar.

 

Entre la policrisis y las alternativas: los nuevos horizontes de la economía crítica

 

Especial para CLARIDAD

Vivimos en una época de múltiples crisis. Mientras intentamos recuperarnos de una pandemia, enfrentamos guerras que alteran los mercados energéticos, una inflación persistente que reduce el poder adquisitivo de las familias, fenómenos climáticos cada vez más intensos y una revolución tecnológica que transforma la forma en que trabajamos y producimos. Pensar que cada uno de estos problemas puede resolverse de manera aislada es ignorar la complejidad del mundo en que vivimos. A este fenómeno lo llaman policrisis (Tooze, 2025), un escenario en el que múltiples crisis interactúan entre sí y se refuerzan mutuamente, limitando la capacidad de los gobiernos para responder mediante instrumentos tradicionales. No se trata simplemente de tener muchos problemas al mismo tiempo. Lo verdaderamente preocupante es que estos conforman un sistema de interdependencia donde cada crisis modifica las condiciones de las demás. La guerra y la energía ofrecen un ejemplo ilustrativo. Una escalada militar en Oriente Medio puede afectar el tránsito marítimo por el Estrecho de Ormuz, elevando el precio del petróleo. Ese incremento repercute sobre los costos del transporte, la producción agrícola y la industria, alimentando presiones inflacionarias que obligan a los bancos centrales a endurecer su política monetaria afectando la inversión y el consumo, desacelerando el crecimiento económico. A su vez, una economía más débil limita la capacidad fiscal de los Estados para financiar la transición energética o responder a desastres climáticos. Lo que comienza como un conflicto geopolítico termina convirtiéndose en una crisis económica, social y ambiental de alcance global. Mientras tanto, el cambio climático intensifica huracanes, sequías e incendios forestales que destruyen infraestructura, reducen la producción agrícola y aumentan los costos de reconstrucción. Al mismo tiempo, la inteligencia artificial y la automatización transforman el mercado laboral, generando nuevas oportunidades, pero también incertidumbre sobre el futuro del empleo. Y en Puerto Rico es necesario reconocer que muchas de las limitaciones de Puerto Rico tienen raíces estructurales coloniales vinculadas a su condición política, a su inserción en la economía estadounidense, y la imposición de la Junta de Control Fiscal.

Esta perspectiva representa una ruptura con la visión fragmentada que dominó buena parte del pensamiento económico durante el siglo XX. Desde la economía neoclásica, los problemas suelen analizarse como fallas específicas de determinados mercados de forma simple, estudiar las crisis como fenómenos separados, una recesión, una crisis financiera, una guerra o un desastre natural. La economía crítica enfrentando la policrisis obliga a observar las conexiones entre economía, política, ecología y seguridad internacional en un sistema complejo que constituye la condición fundamental del mundo contemporáneo. El término ha ganado relevancia en el debate académico y político porque describe un escenario donde la inflación, el cambio climático, las tensiones geopolíticas, la desigualdad, la migración, el endeudamiento, la inseguridad alimentaria y las transformaciones tecnológicas no pueden entenderse de forma aislada. Cada una influye sobre las demás, creando un entorno de incertidumbre permanente. Cuando el mercado intenta subordinar todas las dimensiones de la vida colectiva, emergen tensiones que generan respuestas sociales y políticas destinadas a restablecer ciertos equilibrios frente a las vulnerabilidades creadas por décadas de integración económica global basada en cadenas de suministro extraordinariamente frágiles (M.  Aponte, 2023).

Frente a este panorama, la economía crítica sostiene que estas crisis no son simples accidentes coyunturales, responden a estructuras económicas, políticas y ambientales profundamente interconectadas. El crecimiento económico, no puede analizarse únicamente mediante indicadores como el Producto Interno Bruto o la inflación. También deben considerarse la distribución de la riqueza, la calidad institucional, la sostenibilidad ambiental y las relaciones de poder que influyen en las decisiones económicas. Los modelos tradicionales siguen siendo fundamentales para comprender cómo funcionan los mercados, los incentivos o la política monetaria. Sin embargo, la economía crítica plantea que esos instrumentos resultan insuficientes cuando las crisis se superponen y afectan simultáneamente múltiples dimensiones de la sociedad. Uno de los principales desafíos consiste en evitar respuestas fragmentadas o simples. En especial cuando se ofrecen respuestas y soluciones fragmentadas en un sistema complejo. Para Morin (2023), los sistemas sociales no pueden comprenderse mediante análisis lineales o reduccionistas; las relaciones entre sus componentes generan propiedades emergentes que transforman continuamente el conjunto. En la economía mundial actual ningún fenómeno económico puede interpretarse al margen de las dinámicas geopolíticas, ambientales o tecnológicas que lo condicionan.  Combatir la inflación sin considerar el impacto sobre el empleo, impulsar el crecimiento ignorando el deterioro ambiental o promover la inversión sin atender la desigualdad puede resolver un problema inmediato mientras agrava otros. Desde la economía crítica la policrisis exige políticas públicas capaces de reconocer estas interdependencias y transversalidades.

En este contexto, diversos especialistas proponen ampliar la agenda económica hacia estrategias de largo plazo. Entre ellas destacan la diversificación productiva para reducir la dependencia de pocos sectores económicos, la transición hacia energías renovables para disminuir la vulnerabilidad frente a los combustibles fósiles, el fortalecimiento de las instituciones públicas, la inversión en educación, ciencia e innovación y la construcción de sistemas de protección social más resilientes. Es concebir las políticas públicas como instrumentos capaces de orientar procesos de transformación económica mediante inversiones estratégicas en innovación, infraestructura, salud y transición energética. En un contexto de policrisis, esta visión adquiere renovada relevancia. La pregunta ya no es únicamente cuánto debe intervenir el Estado, sino cómo puede coordinar esfuerzos públicos y privados para construir economías más resilientes y sostenibles.

Estas discusiones resultan particularmente pertinentes para Puerto Rico. La isla enfrenta simultáneamente una elevada dependencia energética, vulnerabilidad climática, restricciones fiscales, emigración sostenida y limitaciones institucionales asociadas a su condición política. Analizar cada uno de estos desafíos por separado conduce inevitablemente a diagnósticos incompletos. La policrisis y la economía crítica invita a comprender cómo interactúan la dependencia de combustibles fósiles importados, la fragilidad de la infraestructura eléctrica, la exposición a fenómenos meteorológicos extremos, la transformación demográfica y  los retos estructurales coloniales que enfrenta Puerto Rico ante las políticas de la Junta de Control Fiscal.

Esto no implica atribuir todos los problemas a un único factor estructural. La literatura contemporánea sobre desarrollo económico muestra que el desempeño de las sociedades depende de la interacción entre instituciones, políticas públicas, innovación tecnológica, capital humano, inserción internacional y capacidad estatal. Sin embargo, la policrisis obliga a reconocer que estos elementos ya no pueden abordarse mediante estrategias sectoriales aisladas. La planificación económica debe incorporar la complejidad como principio organizador.

Quizás el mayor desafío consiste precisamente en abandonar la búsqueda de soluciones únicas. La inflación no puede entenderse exclusivamente como un fenómeno monetario cuando también responde a interrupciones en las cadenas globales de suministro o a conflictos geopolíticos. El crecimiento económico pierde significado si aumenta la vulnerabilidad ambiental. La competitividad industrial resulta insuficiente cuando depende de sistemas energéticos inestables. La resiliencia, más que la eficiencia inmediata, emerge así como uno de los conceptos centrales para pensar el desarrollo en el siglo XXI. La policrisis no constituye simplemente una acumulación de problemas. Desde la economía crítica representa un cambio de paradigma que cuestiona las categorías tradicionales con las que se ha pensado la economía durante las últimas décadas. Frente a esta nueva realidad, la economía crítica no ofrece respuestas definitivas, pero sí una invitación indispensable para comprender que el futuro dependerá menos de la capacidad para resolver crisis individuales que de la habilidad para gobernar un sistema mundial caracterizado por la incertidumbre, la interdependencia y la complejidad.

El debate no consiste únicamente en identificar los problemas, sino también en imaginar alternativas. La economía crítica propone abrir espacios para discutir nuevos modelos de desarrollo que combinen crecimiento económico, sostenibilidad ambiental, innovación tecnológica, equidad social y fortalecimiento institucional. Es complementar los enfoques tradicionales con una visión más amplia de los desafíos contemporáneos, donde la Universidad de Puerto Rico juega un papel importante en construir ese desarrollo para un Puerto Rico diferente.

En un mundo cada vez más interdependiente, la policrisis y la economía crítica nos recuerda que las soluciones aisladas rara vez son suficientes. Comprender la complejidad de las relaciones entre economía, política, sociedad y medio ambiente constituye uno de los grandes retos de nuestro tiempo. La pregunta ya no es únicamente cómo superar la próxima crisis, sino cómo construir economías capaces de resistir, adaptarse y prosperar en medio de un escenario global marcado por la incertidumbre. La lección es que no basta con reaccionar cuando estalla la próxima emergencia. Debemos construir una economía capaz de anticiparse, adaptarse y recuperarse. Eso requiere pensar más allá del corto plazo y abandonar la idea de que cada problema tiene una solución independiente. El siglo XXI nos enfrenta a un cambio de paradigma, una Economía que integre diversas disciplinas en una sociedad compleja. La pregunta ya no es únicamente cómo hacer crecer la economía, sino cómo construir una sociedad más resiliente, más equitativa y mejor preparada para un mundo donde la incertidumbre parece haberse convertido en la nueva normalidad. Ese es el verdadero debate que Puerto Rico no puede seguir posponiendo.

 

Fuera Domenech de la secretaria de la gobernación

La salida del secretario de la Gobernación, Francisco Domenech, y de la subsecretaria, Itza García, no significa que se acabó la corrupción gubernamental, así lo infirieron voces políticas fuera del Partido Nuevo Progresista (PNP).

Luego de meses de denuncias, interpelaciones ante el Senado, señalamientos y la confirmación por la Oficina del Panel Fiscal Independiente (OPFI) de que tanto el secretario de la gobernación y la subsecretaria fueron incluidos en una investigación por irregularidades relacionadas con la Oficina de Gerencia de Permisos (OGPe) y la presión pública obligaron a la gobernadora Jenniffer González Colón, a anunciar en conferencia de prensa este pasado martes 21 de julio, la salida de sus puestos de ambos funcionarios. La gobernadora nunca uso la palabra despidos, sino “cese de funciones”. Según se indicó Domenech dejara su puesto este siete de agosto y García el 15 de agosto.

Las reacciones no se hicieron esperar.

Durante semanas el País presenció cómo La Fortaleza intentó proteger y sostener en sus cargos a dos de sus principales funcionarios mientras aumentaban los serios cuestionamientos públicos sobre posibles actos de corrupción. El anuncio hoy de una salida inevitable, en medio de aplausos y reconocimientos no sólo es indignante sino que confirma la falta de respeto que tiene este gobierno a las instituciones públicas. La Gobernadora sigue minimizando e ignorando fuertes señalamientos de corrupción a su gobierno e insiste en limpiar la cara de dos funcionarios públicos que tienen mucho que responder al País y a la justicia”, expresó la coordinadora general del Movimiento Victoria Ciudadana (MVC), licenciada Eva Prados.

La coordinadora general del MVC puntualizó que la renuncia de funcionarios señalados por actos de favoritismo y corrupción no puede convertirse en la estrategia para cerrar un capítulo y pasar la página. Subrayó que ahora comienza la parte más importante, y es que se asegure un proceso judicial riguroso e imparcial.

El pueblo tiene derecho a conocer toda la verdad y a que cualquier actuación contraria al interés público sea investigada hasta sus últimas consecuencias y que existan consecuencias para quien violó la fe pública.”

Por su parte el secretario general del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), licenciado Juan Dalmau Ramírez, se expresó en sentido similar. “Qué nadie se confunda: esto no resuelve la crisis ni limpia a la administración actual. Es un lavado de cara descarado. Permitir que funcionarios señalados por graves alegaciones abandonen sus cargos casi con honores de Estado constituye una burla al país y un intento de proteger políticamente a quienes los nombraron, sostuvieron y defendieron”.

El secretario general del PIP atribuyó que la salida de ambos era inevitable, llega tarde, y que ambos nunca debieron ocupar posiciones de poder en el gobierno de Puerto Rico. En esa misma linea apuntó que el problema de fondo no se limita a Domenech y García, sino a Jenniffer González, su liderato y “una estructura del PNP que ha convertido el gobierno en terreno fértil para el amiguismo, el tráfico de influencias y el uso del poder público en beneficio de unos pocos.

Puerto Rico necesita superar de una vez la cultura de corrupción, favoritismo y compraventa de influencias que durante décadas han reproducido los gobiernos del PNP y del PPD. No basta con cambiar nombres mientras permanece intacto el mismo sistema.

Que nadie crea que estas salidas rehabilitan al gobierno. No son rehabilitables. Al entramado que representan también lo sacaremos del poder”, concluyó.

En tanto el portavoz de la delegación del Partido Popular Democrático (PPD) en el Senado, Luis Javier Hernández Ortiz, reclamó que durante el pasado año y medio de la administración de Jenniffer González Colón, desde el Senado han denunciado las malas decisiones de este Gobierno. “Lo dijimos y nos reafirmamos: estamos ante una ola de corrupción cuyo centro de operación es la Fortaleza de Puerto Rico. Nos han insultado, nos han difamado, han dicho muchas cosas sobre nuestra labor y nuestro rol fiscalizador, pero hoy una vez más, el tiempo nos da la razón”.

Igual sostuvo el PPD que Domenech nunca debió ocupar la silla de Secretario de la Gobernación, que la salida de ambos funcionarios es una tarde, aunque es “el primer paso para comenzar a eliminar los conflictos de interés, las influencias indebidas y la corrupción gubernamental que estos funcionarios fomentaron.

El segundo paso y el mas importante es que no exista impunidad. Que su salida no sea una distracción y que mantengamos vigilancia sobre las acciones y el eventual procesamiento que lleve a cabo el PFEI. Es insostenible que tengamos que soportar tanto más de Jenniffer González y su claque. El País no se merece esto. El País merece un buen gobierno”, finalizó el senador.

 

 

Conjunto Achiote: Salsa contestataria

Reproducido de Instagram

 

Especial para En Rojo

El género de la Salsa no ha muerto. Ahora recae en manos de jóvenes artistas que abogan por devolverle a la música su relevancia histórica, matiz de lucha y conciencia social, Eso hace un nuevo conjunto salsero que nació en el corazón de Río Piedras.Conversé con José Ostolaza sobre la concepción de su agrupación Conjunto Achiote y qué define este proyecto salsero en momentos de amplia pluralidad musical en el Siglo XXI.

 Para comenzar a hablar sobre el proyecto, definió la manera en la que está compuesto el conjunto, que cuenta con siete miembros e incluye una diversidad de instrumentos clásicos y otros experimentales. “Es un conjunto pequeño con los menos elementos posibles. Utilizamos instrumentos como el bongó, el cencerro, el bajo, la clave y la conga, que son clásicos del género, pero no tenemos piano ni vientos, así que le añadimos una guitarra eléctrica para experimentar sonoramente y romper con el estándar de la Salsa y darle un toque propio a las canciones, que le ofrece diversas texturas y colores, cosas que no puede hacer un piano.”, comenta el artista, quien también es ilustrador, muralista y tatuador.

Además, hace hincapié en que las voces de las canciones son interpretadas por mujeres, en forma de trío, dándole mayor presencia en el escenario y dirigiendo los espectáculos por sí solas, mientras los otros cuatro miembros las apoyan musicalmente. A preguntas sobre qué significa el nombre de la agrupación, contestó: “Como sabemos, el achiote es una semilla de color rojo que usamos para cocinar, pero además era lo que usaban los taínos para pintarse la cara al momento de la guasábara, que era su acto de rebeldía. Así que pensé que quería algo que fuese representativo de nuestra ancestralidad, pero que al mismo tiempo hiciera un llamado al espectador a levantarse y bailar. Añado que esa rebeldía que menciono busca incitar aquella rebeldía de la Salsa de los años sesenta y setenta.”

Sobre sus composiciones, el repertorio de Conjunto Achiote alcanza por ahora 13 números originales, entre boleros, descargas, algunas jocosas sobre gozadera, fusiones, fronteos y canciones que hacen alusión a nuestra patria de Borikén. Tienen himnos como “No Quiero Llanto” que destaca el protagonismo femenino ante el acoso de los hombres, pero al mismo tiempo “Frío” que alude a las distancias románticas que se dan entre intereses amorosos. Igual cantan “Pal Monte” que resalta la vida en la isla y la belleza de su naturaleza, que viene siempre con un goce añadido y “Juanete” que es una invitación a los bailadores.

Osto, como le conocen, menciona “mantenemos las estructuras de las canciones de antes, que siempre tienen un popurrí entre sus composiciones, pero que también tienen al menos una canción que le canta a Puerto Rico. Compuse ‘PaBorikén’ como una oda a nuestro país y recordar la importancia de siempre llevar presente la patria.”

 PaBoriken se distingue en el repertorio al hacer denuncias directas sobre nuestra situación colonial, la corrupción y los entuertos políticos, pero además resaltan su belleza natural y necesidades colectivas, haciendo un llamado a la acción por parte del pueblo, cuando cantan:

ESTE CANTO VA DEDICADO
A MI LINDA BORIKEN
LA TIERRA DONDE NACÍ
MI PROPIO EDEN

 EN ELLA TENGO TODO
NO ME FALTA NA
SOLO QUE UNOS POCOS
ME LA QUIEREN DAÑAR 

POLITIQUERO MALO
SIEMPRE EN EL VAIVÉN
CON MENTIRAS Y ENGAÑOS
TOLO QUIEREN VENDER

 PLAYAS, RÍOS Y BOSQUES
VIVIENDA Y TOLO DEMÁS
ESTA TIERRA NUESTRA, BORICUA

¡VAMO A LUCHAR! 

/// GÓZATE MI MONTUNO BO-RI-KÉN ///

 Teniendo en consideración el éxito que tuvo la canción “Baile Inolvidable” de Bad Bunny en su disco DTMF, fue notable que por un momento la Salsa adquirió una mayor relevancia para un público joven que no estaba familiarizada con el género. En la actualidad, la Salsa no es lo más que se persigue sonoramente por parte de los nuevos grupos musicales, pero Conjunto Achiote apuesta a que la Salsa aún retiene un espacio importante y especial en la realización musical de Puerto Rico, el Caribe y toda Latinoamérica.

Por eso, le pregunto a Osto, sobre cómo él ve la Salsa en estos tiempos y qué relevancia tiene para él, a lo que contesta: “La Salsa es identidad y ser puertorriqueño, es ser latino y consciente de tener una conexión con África y el Caribe; es tener orgullo patrio y es una aportación directa a la música y la cultura. Buscamos con Achiote devolverle a la música ese sentido de puertorriqueñidad y qué implica ser puertorriqueño en estos momentos que aún seguimos siendo una colonia de un imperio decadente. También, apuntamos a rescatar la Salsa Contestataria de los ‘60 y ‘70, antes de que se comercializara y fuera tragada por el imperio y sus intereses violentos, que incluía tratar a las mujeres como objetos, los excesos de drogas y alcohol y lo material. Antes la energía era política y luego se volvió de consumo. Nosotros queremos hacer música de interés social. Si estamos en una etapa conservadora, tiene que haber una respuesta de contracultura. La música, y la Salsa en específico, pone un pie forzado para que tú respondas.”

Queda destacar que actos musicales como Conjunto Achiote son parte de las nuevas iniciativas artísticas que impulsan, no tan solo la creatividad de composición musical y el rescate de nuestros géneros legendarios, sino que aluden a un amor profundo por nuestro país e incitan a la lucha colectiva por la defensa de nuestros recursos y la posibilidad de vivir en nuestra patria. Es en este caso, mediante la Salsa, donde encontramos respuestas al asedio extremo de las políticas nefastas que nos dividen, e invitan a juntarnos colectivamente ante el baile y el goce de la música, y que eso también signifique un acto de resistencia.

El grupo esta compuesto por: Natalia de la Rosa, Damaris Milagros y Laura Ramos (voces), Gabriel Meléndez Ortiz (cencerro/bongó), Richard Artze (guitarra eléctrica), Walter Maldonado (bajo) y José Ostolaza (conga).

Conjunto Achiote estará presentándose el viernes 31 de julio del 2026 en la Casa Cultural Ruth Hernández en Río Piedras a las 7 p.m. como parte de su programación de Noches Musicales.

 

 

 

Buenos Aires en tres movimientos

Especial para En Rojo

I.

Son las nueve y veinte de la mañana del viernes 24 de julio. El cielo está nublado. Camino con Maya en brazos por la Plaza de Mayo. Hay personas dirigiéndose a sus trabajos, turistas tomando fotos y artistas ambulantes ocupan sus puestos para comenzar el día. De repente, y sin esperarlo, las puertas de la Casa Rosada se abren dando paso a un grupo de soldados vestidos de gala. Marchan con parsimonia, sin prisa, a paso constante, cargando lo que a primera vista parece un cadáver. El cuerpo, sin embargo, es el de la bandera argentina, a punto de ser izada. Cuatro soldados llevan el paño, otros tres le abren paso. La formación se detiene frente al asta. La bandera asciende con cuidado, celeste, con su simulacro de sol coronando la plaza.

Frente a ella se alza el Monumento Ecuestre al General Manuel Belgrado, a quien se atribuye la creación de la bandera. La estatua se levanta imponente sobre el recinto. Belgrado cabalga con brío su caballo y alza en la mano derecha otra bandera, como una espada, listo para proclamar la patria. Pero el general no está solo. En los escalones que forman la base del monumento yace un grupo de piedras dispuestas espontáneamente. Sobre ellas se alcanza a identificar algunos nombres en distintas caligrafías: Carlos Clausen, Rodolfo Maurizzio, Aldo Chiappetta y Erina Muller, entre otros. Son nombres de desaparecidos que se resisten ser borrados por la historia y el discurso oficial. Por un momento, las piedras parecen sostener al monumento, sin el cual tampoco se entendería del todo la bandera.

El grupo de siete soldados vuelve a entrar en la Casa Rosada. Quienes hemos presenciado la ceremonia seguimos nuestro camino. Cuando los asistentes se dispersan, la bandera, la estatua y las piedras vuelven a formar en parte del paisaje.

II.

Son las siete de la noche del domingo 26 de julio. Los puestos de la Feria de San Telmo recogen sus mercancías. Se ven camisas de la selección nacional, joyería artesanal, Mafaldas, libros, empanadas, mate y muchos otros artículos. A lo lejos, el sonido de unos tambores se apodera del paisaje sonoro del barrio. Una comparsa también marcha sin prisa, y aunque ajena a los códigos militares, también conmemora. Toca tambores de candombe, esa música afroporteña que cuestiona y resiste. Los bailarines contonean las caderas al ritmo de los cueros. Por un momento, parecería que estamos en el Caribe o que el Caribe se apodera de San Telmo.

Los tambores convocan a la multitud, que al aglomerarse se convierten en testigos de la huella negra de la ciudad. El candombe, la bomba, el calipso, la salsa, la plena, el reguetón, el blues, el rock and roll y el funk brasilero, entre otros muchos ritmos, parecen resistirse a la estética del borrón. No uso aquí la frase en su sentido pictórico, como técnica de difuminación asociado a la historia del arte. Llamo estética del borrón a políticas y prácticas culturales que buscan eliminar la huella de comunidades marginadas. Las comparsas domingueras de candombe en el barrio San Telmo son un ejemplo de esa resistencia. Cada domingo celebran su legado y reformulan qué significa ser negro en Argentina.

El grupo de tamboreros se aleja. Como los soldados de la Plaza de Mayo, completa un circuito memorial. Al retirarse, la calle recupera poco a poco su ritmo habitual. La música desaparece en decrescendo hasta que el rugido de los tambores se mezcla con el ruido de los carros y las voces de la gente, como si el tejido urbano lo absorbiera. Allí permanecerá hasta la siguiente cita.

III.

Una semana antes, del domingo 19 de julio, a las seis de la tarde, las calles de la ciudad están desoladas. Todos concentran su atención a los televisores, que transmiten el partido de la final. Entro a un restaurante, el Pertutti. La anfitriona me informa que la única mesa disponible tiene vista parcial a la pantalla. Es cierto, me sienta frente a una columna que no me permite ver casi nada. Intento seguir el partido a través de las reacciones de la gente, que con cada grito le hace eco a un cartel junto al televisor que lee: “Escogemos Creer”.

La esperanza se deshace cuando España marca el gol ganador. De golpe, el restaurante se llena de lamentos, y la derrota empuja a la gente poco a poco hacia la calle. Yo quedo sentado frente a la columna, viendo el suceso como en un sueño.

Al día siguiente, un taxista me explica el furor del pueblo argentino por el fútbol. Se confesa diciendo que no segue el deporte, pero que aun así se siente muy “argento”. Al hacer balance de la derrota, agradece que la Copa del Mundo haya producido, según él, una revaloración de “lo argentino” en la generación más joven. Mientras habla, miro la ciudad por la ventana y me pregunto: ¿qué significa ser argentino? Es una pregunta distinta y, sin embargo, cercana a preguntarse qué significa ser puertorriqueño o latinoamericano. No lo sé. Tal vez consista en vivir una derrota deportiva apostando a la esperanza, reconocerse con dolor en una bandera o bailar con furia en las calles cada domingo. Tal vez sea todo eso, o ninguna de esas cosas. Tal vez sean las mil y una formas de resistirse, cada día, al borrón.