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Las mujeres que cosieron la revolución

ESPECIAL PARA EN ROJO

Foto: Charles E. Rotkin, Puerto Rico: Caribbean Crossroads (1947).

Despliego las copias digitales de los sumarios de 1868 y la pantalla me devuelve el reflejo de una selección deliberada del Estado. El polvo de los legajos judiciales se levanta como residuo de una persecución que buscaba cuellos para la horca. Durante décadas la historiografía oficial extrajo de ese despojo una sola figura femenina, puliéndola hasta convertirla en un bronce aceptable. El resto de las mujeres se disolvía en la mancha de lo anecdótico. Me niego a rescatar heroínas para adornar el relato patrio; prefiero interrogar el mecanismo exacto que convirtió la acción colectiva en una biografía suelta; el archivo guarda el silencio de quienes sostenían la estructura y ese silencio pesa mucho más que las proclamas impresas en las islas vecinas.

La conspiración exigía un cerebro invisible, una logística de sociedades secretas y claves masónicas operando bajo la amenaza constante del destierro; ese cerebro necesitaba un cuerpo físico donde esconderse, respirar y planificar sin levantar sospechas. Las haciendas y las casas se convirtieron en la infraestructura misma de la rebelión, un espacio donde Obdulia Valentina Serrano Ríos arriesgaba su libertad y la de sus tres hijos cada vez que la puerta de la hacienda El Triunfo se abría para los insurgentes. La domesticidad se volvió trinchera y las mujeres que cocinaban para los conspiradores no sabían si el arroz que hervían sería el último antes de que las tropas españolas irrumpieran con las bayonetas. Cuando las autoridades registraron el hogar de Ana Martínez Pumarejo buscando a su esposo Francisco José Méndez y a sus hijos Aurelio, Gerardo y Zoilo, ella abrió la puerta con las manos manchadas por la cáscara de guineos y respondió sin bajar la voz. La memoria oral le atribuye una respuesta que desnuda la complicidad total: “Mi esposo y mis hijos están en la Revolución cumpliendo con su deber. Búsquenlos allí”. La frase impregnó la casa llenándola de valor para revelarse como la manifestación de una unidad familiar que había decidido cruzar la línea de la legalidad colonial, asumiendo que la casa entera era un campo de batalla y que el castigo caería sobre todos por igual.

La familia funcionaba como el canal principal de movilización; no era la única estructura que sostenía la rebelión. María Eduviges Beauchamp Sterling formaba parte de una red de sangre que se extendía más allá de su propio cuerpo: Elías y sus cuatro hermanos, junto con un sobrino de apenas catorce años, participaron activamente en la insurrección, y todos los adultos terminaron encarcelados. La documentación inédita rescatada por el historiador Joseph Harrison Flores la señala como la verdadera “Brazo de Oro”. El título apócrifo de Mariana Bracetti se deshace al contacto con el archivo. Betances la distinguió como “benemérita patriota”, un rótulo de bronce que choca con la realidad íntima de una mujer maltratada por su esposo. Los informes oficiales confirman que gestionaba los fondos de la causa y reclutaba adeptos, operando además el contrabando de revólveres. Su nombre aparece en los interrogatorios como el centro gravitacional de una familia que el Estado colonial reconocía como peligrosa por su capacidad de reproducir la rebeldía generación tras generación. Esa capacidad se confirmó décadas después cuando Elías Beauchamp, descendiente de esa misma estirpe, ajustició al coronel Elisha Francis Riggs el 23 de febrero de 1936 y fue asesinado ese mismo día. La familia Beauchamp fue una herencia política que se transmitió por las mesas de cocina y los susurros en los patios traseros, encontrando en el siglo XX una continuidad que el relato oficial nunca supo cómo acomodar.

Desplazar el foco hacia el trabajo material obliga a mirar las manos que manipularon telas y agujas para producir las banderas de un ejército que apenas se formaba. Los archivos militares y las declaraciones de los delatores revelan la existencia de al menos seis banderas vinculadas a la gesta, desmontando el mito de una sola reliquia sagrada. Una de esas telas, capturada en Camuy por el Comandante Iturriaga, yace hoy en el Museo del Ejército de Toledo, lejos de la tierra que debía cubrir. Mariana Bracetti aparece en los documentos como encargada de las comunicaciones en clave sobre la planificación y ejecución de la revuelta, mientras la costura del símbolo fue obra de otras manos. Rosalía Márquez en Mayagüez y Dolores González de Cos en Arecibo unían retazos en la penumbra, entrelazando su labor con una movilidad en el espacio público que las nociones de género de la época subestimaban por completo. Jornaleras y mujeres esclavizadas transportaban armas y alimentos bajo el amparo de faldas amplias, sintiendo el bulto pesado contra las piernas y el frío del machete oculto, aprovechando la ceguera selectiva de unas autoridades que las consideraban inofensivas. La aguja y el bulto bajo la falda operaban como pliegues del cuerpo, sosteniendo el peso de una insurrección que el poder colonial se negaba a ver en su totalidad. Muchas de esas costureras no dejaron nombre en los sumarios. El Estado solo sabía leer la rebelión cuando venía firmada por hombres con apellidos de hacendados; sus dedos callosos y la tela pegada a la piel eran tan parte de la revolución como las proclamas de Betances.

Entre los presos, los hacendados son una minoría casi invisible: 4.5 por ciento, frente a un 39 de jornaleros y un 10 de esclavos; la revuelta no fue asunto de élites. Entre los nombres que sobreviven al filtro de los sumarios emerge Francisca Brignoni, una morena libre de Juana Díaz arrestada en Ponce por manifestaciones subversivas, cuya presencia en el registro judicial fractura la imagen homogénea del independentismo decimonónico. La mulata María Vásquez y Romana Galindo, con el cuerpo ya marcado por décadas de trabajo, fueron acusadas en Vega Baja y excarceladas por falta de pruebas; el solo hecho de que sus nombres aparezcan en los legajos revela que la revolución atravesaba las líneas de raza y clase de una manera que la historiografía posterior intentó suavizar. Los nombres que faltan en los papeles son la prueba de una red que supo esconderlos del Estado. Un Estado más preocupado por castigar a los hombres que lideraban que por rastrear a las mujeres que sostenían la estructura.

La represión española castigó cualquier transgresión de los roles de género con una violencia que los sumarios apenas insinúan entre líneas. Celia Broagau, tras ver caer a su padre en combate, enfrentó a las tropas españolas armada con un machete cuando fueron a registrar su casa, y fue arrestada de inmediato. Rosa Medina fue detenida por loar públicamente a los insurgentes cuando pasaban frente a su casa en San Sebastián, un gesto que parece menor pero que en el contexto de 1868 era una declaración de guerra. El castigo cayó sobre aquellas que usaban sus hogares como espacios revolucionarios. Obdulia Valentina Serrano Ríos y Mariana Bracetti, concuñadas y grandes amigas, compartieron la misma celda en la prisión de Arecibo, donde ambas fueron torturadas antes de ser exiliadas. Obdulia partió con su esposo a Santo Domingo y luego se radicó en Boconó, estado Trujillo, en Venezuela, donde falleció lejos de la tierra que había ayudado a conspirar. Dolores González de Cos se mudó a la provincia de Samaná, en la República Dominicana, después de la amnistía. La red revolucionaria se extendía por todo el Caribe, y el exilio guardó sus nombres en otros idiomas.

La amnistía general de 1869 que liberó a los presos de Lares fue el resultado de una operación política en la que las familias de los encarcelados tuvieron un papel que la historiografía ha mencionado solo de paso. Mientras Eugenio María de Hostos y Manuel Alonso negociaban en Madrid, las mujeres de la Isla sostenían la presión desde sus casas tejiendo redes de apoyo que cruzaban el Atlántico. El decreto se firmó el 21 de enero de 1869. Esa acción política organizada y efectiva fue borrada del relato porque no encajaba en la imagen de la mujer dócil y apolítica que la historiografía tradicional posterior necesitaba construir. La amnistía cruzó el Atlántico en un sobre con olor a sal.

La escritura de la historia recorta lo que incomoda, dejando fuera el rastro de la mujer que desafiaba a los soldados en la puerta de su casa, ocultando a las familias que sostuvieron la presión política para forzar la amnistía de 1869. Tras la represión de 1868 y los sucesos de 1887, los intelectuales liberales y autonomistas necesitaban distanciarse del radicalismo separatista. Salvador Brau institucionalizó la imagen paternalista de la mujer puertorriqueña confinada a la cabaña dedicada a las labores propias de su sexo, una imagen que no representaba un reto al orden y la jerarquía social existente. El olvido fue una decisión política para hacerlo compatible con un proyecto de gobierno propio moderado que no toleraba la indocilidad femenina. La cabaña de Brau todavía tiene las ventanas cerradas.

Para el independentismo, el Grito de Lares se ha consolidado como la fecha que más convoca, una peregrinación anual que desde 1930 —cuando Pedro Albizu Campos llamó a reunirse allí porque “Lares es el altar de la Patria”— reafirma el derecho a la libre determinación. La plaza de Lares se llena de discursos y banderas de tela nueva cada septiembre, y esa memoria convive con un silencio estructural: el Estado nunca ha hecho suya esta historia. En los libros de texto, Lares ocupa una línea, y a veces ni eso. Amplios sectores de la isla, situados fuera de ese círculo de resistencia, ignoran o desaprueban lo que ocurrió en 1868, y las mujeres fueron borradas: primero por la historiografía liberal del siglo XIX, y luego por un sistema que prefiere no recordar que un grupo de jornaleras, esclavizadas y esposas de hacendados se atrevió a desafiar el orden establecido. A pesar de que Lares nunca dejó de recordarse, el relato se construyó en torno a los héroes y mártires masculinos y a una sola figura femenina excepcional a la que se le inventó el apócrifo título de “Brazo de Oro”. Honrar la gesta implica mirar más allá del monumento y cuestionar quién decide qué nombres se graban en la piedra y cuáles se dejan a la intemperie, porque las mujeres del 68 operaban en los márgenes de una sociedad que las quería invisibles y mudas. Cada septiembre, la plaza se llena de banderas nuevas y las costureras siguen sin nombre.

La historia oficial prefiere la sombra fría de una sola heroína; la revolución se sostuvo sobre el sudor de muchas mujeres cuyos nombres el Estado nunca mencionó, o nunca quiso, deletrear. Al cerrar la aplicación me queda la imagen de esas manos cosiendo en la penumbra, el frío del machete oculto bajo la falda, y la certeza incómoda de que el archivo siempre estará incompleto, sobre todo cuando la memoria pública decide quién merece ser recordado.

Vivo en un pueblo de cuento. (3)

 

Periodista okupa en Casa Pueblo

El niño

3.1 Introducción

Esta mañana he salido al balcón de la Casa de las Mariposas y una nube de flores amarillas bailaba con el viento. He parpadeado un par de veces y entonces he visto que eran mariposas rubias. Me bajó la nota no sé qué pajarraco del demonio que me taladraba el oído derecho con su insistente piú, piú, piú, chochín, chochín, chochín, piú, piú, piú.

Tardé dos semanas en entender a Melvin, un personaje vivo tan querido en Adjuntas como don Alexis Massol. Ese es el que la segunda vez que subí al colmadito de Sharon en el Alto de Cuba me dijo “se te quiere”. El que a partir de la tercera ocasión que compartimos me dice cuatro veces “te quiero” cada vez que me ve. Se la pasa con Piasita en lo de Sharon y si él está sentado al lado de don Wilfredo Piazza Monroig cuando yo llego, me cede la silla. “Que no hace falta, Melvin, quédate ahí”. Pero mi poco confiable pareja de dominó se desvive por los demás y no hay manera de convencerlo de hacer lo contrario cuando él ha decidido ofrecerte lo que sea. Muchos colmados y chinchorros familiares de Puerto Rico disfrutan de esa figura: ese señor sin horario regular, pero que se la pasa allí ayudando sin salario fijo por un par de cervezas, el almuerzo y algún guiso o mandado, al supermercado o a la ferretería, que le pueda salir con alguno de los clientes, habituales o pasajeros.

Melvin me recordaba a Ojitos, del callejón de la Tanca, o el Quemao del Batey, en el Viejo San Juan.

Pero Melvin tiene un superpoder. No hay doña que pase cargada ante su vista a la que no la libere del peso y la acompañe hasta su casa con las compras. No hay carro que pase por el negocio del que no sepa la historia de su dueño o dueña porque les hizo un favor. Hace unos días se perdió por un rato y apareció luego con un saco de aguacates que repartió entre los parroquianos. Estaba riquísimo el que me tocó a mí.

Esta mañana subí temprano al negocio de Sharon para llevar ejemplares calentinos del periódico de Casa Pueblo. Antes de llegar, me crucé con Melvin, que iba con cara de asustado. Le grité “güepa”. Me miró desde la acera del frente como si lo fueran a atracar y siguió caminando con cara de terror, mirando a los lados.

En el colmadito, le pregunté a Sharon si le había pasado algo a Melvin, con el que me acababa de cruzar y no me saludó. “Ah, no, eso es que se preocupa mucho. Va camino a ingresar un dinero que yo le he dado”, me tranquilizó la jefa.

La semana pasada Melvin se la pasó anunciando que el domingo cumpliría 61 años. Las calles frente al colmado son un paso constante de vecinos de todas las edades que lo tratan como a un tío muy querido. Me empiezo a sentir un poco molesto porque muchos de los que pasan en carro o van a comprar un jugo le hacen chistes homófobos. Chistes homófobos desde el cariño caribeño y el reconocimiento al personaje.

Hay momentos en los que no sé leer la situación, pero comencé a decirles a cada uno de los chistosos que lo dejaran tranquilo. Yo, el salvador blanco.

A la tercera que digo que lo dejen en paz, Melvin me educa exagerando la pluma: “¿Pero qué pasa? Eso no es pecado”.

Tengo que pedir que me cuenten en profundidad la historia de los tres huérfanos que crió.

El sábado, víspera de su cumpleaños, las muchachas del colmado le regalaron una corona de papel y una banda roja de Miss Universe. Cuando lo vi allí, orgulloso, disfrutando de su corona y la banda, me salió del alma decirle “hola, mi reina”.

Me pasé la tarde del sábado allí junto a mi reina, quien por primera vez se quedó horas sentada en la misma silla de plástico como en un trono, en el asiento del colmadito más visible a los vecinos y transeúntes.

Sharon cocinó allí mismo la sopa más sabrosa que he comido en mi vida.

Ahí fue que me acordé de Mama Jay, la mujer transexual que había vivido en varios infiernos y ahora dedicaba su vida a alimentar a los más desfavorecidos en Beirut, el Líbano. Melvin poseía un amor muy parecido al de Mama Jay, así que comencé a pensar en cómo redactar un perfil de Melvin. Pero todavía no entendía muchas cosas. Así que le pregunté a Sharon qué es lo que pasaba con los chistecitos homófobos.

Su contestación, que me dio llevándose las manos al corazón me hizo comprender lo que no había visto en dos semanas de interacción: “no, no, no, Melvin es solo un niño de 61 años”.

 

Niños analógicos.

3.2 Continuación

Los españoles siempre hemos sido muy crueles desde chamaquitos. Mi primo Carlos y yo nos dedicábamos a cazar lagartijas (como los lagartijos boricuas, pero que se quedan pequeñitas, trepan por las paredes y caminan por el techo como la niña del Exorcista). Les cortábamos la cola (o ellas mismas se automutilaban al tratar de escapar) y esperábamos a que les creciera. A los dos minutos ya nos cansábamos de esperar, así que al día siguiente hacíamos lo mismo esperando unos minutos más. Nos volvíamos a aburrir y soltábamos al animal mutilado. (Un mes después, empezábamos a ver lagartijas con colas desproporcionadamente pequeñas, amorfas, descoloridas). En una traumática ocasión, estábamos mejorando la precisión de nuestros tirachinas (hondillas) cuando acertamos y abatimos una golondrina, cuyo cadáver dejamos abandonado orgullosos de nuestro éxito. Al llegar cada uno a su casa presumiendo, nuestras muy católicas madres nos bajaron la nota recordándonos que las golondrinas le habían retirado la corona de espinas a Jesús en la cruz. Un programa de poesía en La 2 de Televisión Española recordaba esa noche aquel poema de Gustavo Adolfo Bécquer que decía: “Volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar…”.

Al día siguiente, sin haber dormido por la culpa, por nuestra gran culpa, fuimos a buscar el cuerpo inerte de la golondrina. La enterramos con mucha pompa en un infantil funeral cristiano celebrado en un cercano terreno baldío. Asistió una multitud de cinco o seis primos compungidos y arrepentidos menores de diez años.

En Puerto Rico, los niños eran menos crueles y más creativos. En Adjuntas, los nenes atrapaban lagartijos y no les cortaban la cola. En el pueblo del Gigante Dormido y Casa Pueblo, los niños cazaban lagartijos, les apretaban la quijada para que abrieran la boca y se los acercaban al lóbulo de la oreja. Entonces, dejaban de apretar y el lagartijo mordía la oreja y ahí se quedaba hasta que le volvieran a presionar la mandíbula. Y así iban a la escuela con sus pantallas (pendientes, zarcillos) vivientes, con guille de Bad Bunny décadas antes de que naciera Benito.

Aquella era una infancia de jugar con lo que te encontraras por la calle.

Si encontraban dos flores de pabón (muy parecidas a la flor de maga) justo antes de abrirse, las arrancaban por el tallo y disputaban un duelo que consistía en derribar a porrazos, más bien florazos, el capullo del arma del contrincante.

Cuando la calle del Agua no estaba canalizada, llovía y se convertía en quebrada “y nos veías a los muchachos debajo del chorro de agua mojándonos”, cuenta don Wildfredo “Piasita” Piazza Monroig, memoria viva de Adjuntas.

“Cuando estaba seco, entonces había un llano y jugábamos a lo que llamábamos las bolas de corote”, que en otras partes se llaman canicas.

Se jugaba a la olla y a la sartén, dependiendo de cómo se configuraban los dedos para disparar. A la olla jugaban con centavos que se ponían dentro de un círculo y el que conseguía sacar un chavo prieto con la canica se lo quedaba. Cuando se trataba de meterla en un hoyo, se llamaba “bolitijoyo”.

“Había un tipo del barrio que se escondía hasta que aparecía diciendo “soruka, soruka” y se llevaba todas las canicas y los chavos. Y ahí se quedaban la mayoría de los niños llorando”.

Para Reyes, los chamacos de Adjuntas de aquella generación analógica pedían un sombrero de vaquero, el palo con cabeza de caballo, el lazo de plástico y una baquetita con revólveres de mentira que disparaban fulminante. Improvisaban una cantina en un escalón y se pasaban más tiempo discutiendo quién mataba a quién que disparando.

“Yo quería ser siempre el muchacho que gana en la película, no al que lo matan. Pero era una niñez sana, muy sana”, defiende Piasita. Bang, bang, bang.

Al trompo también se jugaba a la olla, pero en lugar de centavos cada jugador tenía que poner dos trompos y el que sacaba alguno de un pullazo se lo quedaba.

Con la baraja los niños jugaban “romin” apostando “pasquines de muñequitos” de superhéroes, que se compraban a diez o quince centavos entonces y “que ahora valen una fortuna”.

Con las cartas también jugaban al “monte”, que acabó siendo prohibido “porque los mayores empezaron a jugarlo en los negocios apostando mucho dinero”.

Entre partida y partida compraban a una señora que vendía por la calle unos dulces que se llamaban pirulís y se pagaban a centavo. Si la señora no aparecía, los nenes se iban para la casa de Julio Torres, donde compraban unos “bizcochitos coloraos” a dos centavos: “riquísimos”.

Julio Torres tenía una máquina de pinball que costaba cinco centavos la partida. Pero para jugar, mientras un amigo tenía que velar por que no apareciera ninguna madre, porque “no querían que jugáramos allí”.

“Como entonces éramos pobres, había que conseguirse los cinco centavos” y los niños de Adjuntas los conseguían robando huevos de gallina para venderlos.

“Nos metíamos en los bajos de la casa de la abuela. Le robábamos los huevos de la gallina, se los vendíamos a Juli por cinco centavos y chau, pal pinball”. Más de uno acabó con los huevos hechos tortilla en los bolsillos al salir corriendo asustado.

La mayoría de los niños eran pobres y muy pocos tenían para comprar chiringas, así que aprendieron a fabricar “capuchinos” con papel de estraza, de libreta o de periódico.

“Eso es papel y hilo. Más nah”, dice Nando, otro cliente habitual del colmadito de Sharon en el Alto de Cuba que me enseñó a hacerlos a mí con un folio.

Los niños de Adjuntas hacían duelos de capuchinos. Le colgaban una “navajita” en la cola. Se trataba de derribar al contrincante de una embestida con el morro o cortándole la cola con la navajita.

Melvin, otro constante del colmadito, recuerda los “tirapeos”, que se fabricaban haciéndole un cono de aire en una esquina de un papel: “Lo coges por la puntita, lo aplastas y hacen ¡pah!”.

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The Dog Stars: esperanza cuando nada queda en el universo

 EN ROJO

Decir Ridley Scott es presenciar universos aislados y, quién sabe, a punto de explotar (Alien, Prometheus), explorar pasados en toda su crueldad (Gladiator, Napoleon), futuros inventados que todavía tienen gotas de humanidad (Blade Runner), explorar el submundo de la crueldad por el lucro personal (American Gangster, Body of Lies, Hannibal, Black Rain) y filmes con hermosuras muy particulares como Thelma & Louise (1991) y Someone to Watch Over Me (1987). Ahora a sus 88 años nos ofrece una hoja de esperanza en un mundo devastado y sin posibilidades de recuperación.

Incluyo, además, un Rescate del pasado de su filme de 2015, The Martian, también en un ambiente despoblado.

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The Dog Stars (director Ridley Scott; guionista Mark L. Smith; autor Peter Heller; cinematógrafo Erik Messerschmidt; elenco Jacob Elordi, Josh Brolin, Margaret Qualley, Guy Pearce, Allison Janney, Benedict Wong, Sai Bennett)

Desde la 1era mirada que tenemos del lugar donde un avión casi casero despega y explora sus alrededores, la naturaleza es salvaje, sin rastros de humanidad y lo que eso implica en un mundo como el nuestro. Pero el aterrizaje y la caminata que luego hace Hig, nuestro protagonista, nos revela la existencia, en algún momento del pasado, de poblados con edificios y viviendas al parecer abandonadas sin huellas de destrucción. El compañero permanente de Hig es su perro Jasper. Luego nos enteramos de que Hig también comparte este espacio—que parece un fortín donde siempre se está velando por posibles personas que quieren matarlos y quedarse con ese pedazo de tierra—con Bangley cuyo único propósito en la vida parece ser matar a quien se acerque sin hacer preguntas 1ero. Todo esto contrasta con el silencio y aparente tranquilidad que les rodea.

Esa aparente quietud se altera por recuerdos del pasado que tiene Hig cada vez que visita su antiguo hogar, el abandono de edificios vacíos de gente, pero con almacenes llenos de lo que puede ser comida enlatada y medicinas y la aparición de individuos o grupos armados listos para disparar a cualquiera. En su avioneta, Hig también visita una comunidad de menonitas, al parecer el único grupo sobreviviente y totalmente aislado. Por las breves conversaciones entre el grupo y luego con Bangley, concluimos que no hace tanto hubo epidemias que no se pudieron controlar y acabaron con la población de la tierra. Hig, Bangley, los Menonitas y los asaltantes armados que pueden surgir de cualquier entorno y no tienen lealtad a nada y por eso pueden matarse entre sí; son los únicos sobrevivientes en un mundo sin futuro. Por eso Hig viaja en su avioneta y visita los mismos lugares e intenta comunicarse con otra estación de radio desconocida que pudiera existir. Cuando logra contestación decide volar hasta Grand Junction, también en el estado de Colorado. Ese viaje lo pondrá en contacto con otra gente que tampoco confía en él, pero es un paso en vez de una encerrona.

A pesar del presupuesto millonario del filme y del prestigio de Ridley Scott, el filme no fue taquillero y aquí en las salas de cine duró apenas dos semanas. El público puertorriqueño (con los mismos gustos adquiridos del estadounidense) parece preferir el cine de animación, las historias de comics y todo lo que invite al horror y la violencia desmedida. Recomiendo que cuando The Dog Stars aparezca en una de las plataformas digitales aprovechen la oportunidad de verla.

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Rescate del pasado

The Martian (director Ridley Scott; guionista Drew Goddard; autor Andy Weir; cinematógrafo Dariusz Wolski; elenco Matt Damon, Jeff Daniels, Chiwetel Ejiofor, Sean Bean, Benedict Wong, Jessica Chastain, Kristen Wiig, Michael Peña, Kate Mara)

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Este filme se ha mantenido en cartelera por casi dos meses y ha superado en taquilla a varios mega estrenos. Me parece interesante porque es una historia sin violencia, poca acción, sin terror y mucho para escuchar, pensar y analizar. Por supuesto, se utilizan los elementos esenciales de los filmes dirigidos a una gran audiencia: un “héroe” en dificultades, los pasos que sigue para resolver los problemas y sobrevivir la crisis, el apoyo de amigos que son sus compañeros de trabajo, el desafío a la autoridad y el resultado agradable de apoyo general. Todo esto en un estilo de juegos digitales al parecer interactivos que involucran a lxs espectadorxs. El hecho de que Ridley Scott es un maestro de acción ya sea en el presente, o el pasado histórico o en el espacio alrededor de la tierra, garantiza que The Martian será una historia que apele a los gustos y sensibilidad de una gran audiencia.

Este tema de cómo el terrícola enfrenta y se adapta a un medio ambiente totalmente diferente y apartado ha sido seleccionado por dos importantes realizadores: Alfonso Cuarón con Gravity y Christopher Nolan con Interstellar. La primera todavía es la mejor historia de este tema en el siglo XXI (para no meterme en problemas con 2001: A Space Odyssey) y la segunda necesita rehacerse para reconectar las secuencias que no tienen sentido. Anteriormente en 2009, Duncan Jones filmó Moon, protagonizado por Sam Rockwell, casi como un “one-man show”. The Martian combina muchas de estas experiencias en el espacio para darnos la historia de un astronauta, que en este caso es un botánico, que queda varado en Marte después de una tormenta inesperada que lo lanza fuera de la zona de movimiento del resto del grupo. Lo dejan por muerto para volver a la tierra y salvar lo logrado hasta ese momento. Mark Watney logrará recuperarse de una terrible herida y volver a la zona de seguridad para luego comunicarse con Houston y dejarles saber que sigue vivo. Sus pasos de supervivencia, sus lecciones de botánica, sus cálculos matemáticos para extender los alimentos existentes y las distancias entre una zona y otra, todo dentro de un ambiente sin oxígeno son sencillamente fascinantes.

Betances

ESPECIAL PARA EN ROJO

 

Horizontales

  1. Grito de _____: revolución del 23 de septiembre de 1868 por la libertad de Puerto Rico y que fuera liderada por Betances.
  2. Nombre original de la isla de Mona.
  3. _____ Emeterio Betances y Alacán: Padre de la Patria puertorriqueña.
  4. Altar.
  5. Del verbo sobrar.
  6. Luches, batalles.
  7. Falló.
  8. Filiberto _____ Ríos: revolucionario puertorriqueño. Dirigió el Ejército Popular Boricua – Macheteros.
  9. Planta perenne de la familia de las liliáceas que se emplea en medicina.
  10. Río de Italia.
  11. Interjección.
  12. _____ desterrado de París: libro sobre Betances del escritor Félix Ojeda Reyes.
  13. Símbolo del neptunio.
  14. _____: pueblo donde residió Filiberto Ojeda y en el que fue asesinado por el FBI.
  15. Distraída.
  16. Rinoceronte.
  17. De esta manera.
  18. Dios griego del amor.
  19. Amarró.
  20. Me asocié, me uní.
  21. Desposarás.
  22. Conjunción latina que representa la «y».
  23. Nombre de la letra «b».
  24. Antigua ciudad de Mesopotamia.
  25. Atolón en las islas Maldivas.
  26. Forma de pronombre.
  27. Preposición que denota carencia o falta de algo.
  28. 8 de _____ de 1827: nacimiento de Betances.
  29. Vladímir Ilich Uliánov, alias _____: político, revolucionario, teórico político y filósofo ruso.

Verticales

  1. Hogar.
  2. Dueña.
  3. Capital de Italia.
  4. Muy grande.
  5. Saludable, fem.
  6. Infusión.
  7. 16 de _____ de 1898: fallecimiento de Betances en el exilio en Francia.
  8. Metal precioso.
  9. Símbolo del bromo.
  10. Cabo _____: pueblo natal de Betances.
  11. Término filosófico que significa «lo pensado».
  12. Trabaja con pala.
  13. Atadura o nudo de cintas que sirve de adorno.
  14. Pronombre personal.
  15. Unidad de tiempo geológico, equivalente a mil millones de años.
  16. 23 de _____ de 2005: asesinato de Ojeda por el FBI, el día del Grito de Lares.
  17. Personas marrulleras, tramposas.
  18. Que debe, obligado a satisfacer una deuda.
  19. Interjección usada para llamar a alguien que estuviese distante.
  20. Minina.
  21. Gracia, salero.
  22. Doctor, abrev.
  23. Afirmación.
  24. Natural de Ceuta.
  25. Mueble en forma de plano inclinado que sirve para sostener libros, etc.
  26. 26 de _____ de 1933: nacimiento de Ojeda.
  27. Neuilly-sur-_____: ciudad francesa donde falleció Betances.
  28. Carta de la baraja.
  29. Grupo sanguíneo.

La enseñanza del inglés como imposición: Puerto Rico debe resistir; nuestra identidad lingüística no se negocia

ESPECIAL PARA EN ROJO

Enseñar inglés a nuestros niños no constituye una amenaza contra Puerto Rico. Imponer obligatoriamente el inglés como vehículo de enseñanza a niños desde sus primeros meses de vida hasta los cinco años, en un país cultural y mayoritariamente hispanoparlante, sí constituye un atentado contra la identidad nacional de nuestra patria. Bien podríamos enseñarles inglés, francés, italiano, mandarín o cualquier otro idioma que amplíe sus capacidades lingüísticas y culturales; aprender una nueva lengua enriquece, no empobrece.

El problema comienza cuando una de ellas deja de enseñarse como lengua adicional y se impone como vehículo obligatorio para educar, desplazando el idioma en el que esos niños nacieron y se comunican con sus padres, abuelos, hermanos y comunidades. Sería una práctica opresora y modificatoria de nuestra realidad social y cultural, particularmente cuando la decisión no surge de las necesidades educativas identificadas por nuestras comunidades, sino de una política lingüística impulsada desde el gobierno federal.

El 1 de marzo de 2025, el presidente Donald Trump firmó la Orden Ejecutiva 14224, mediante la cual declaró el inglés idioma oficial de Estados Unidos. Ese acto presidencial no estableció por sí solo que los centros Head Start debían ofrecer toda su educación en inglés. Sin embargo, forma parte del contexto político de una propuesta posterior de la Administración para Niños y Familias del Departamento de Salud y Servicios Humanos federal que pretende modificar las normas de Head Start para exigir que la educación ofrecida a los niños sea en inglés y que, cuando el menor no domine ese idioma, se priorice su enseñanza. Actualmente se trata de una propuesta reglamentaria publicada el 7 de agosto de 2026, cuyo periodo de comentarios públicos permanece abierto hasta el 6 de octubre.

La distinción procesal es importante, pero no disminuye la gravedad de lo propuesto. Al contrario: significa que Puerto Rico todavía está a tiempo para resistir antes de que la imposición se materialice. Y resistir no significa pedir permiso para defender nuestra lengua. Significa utilizar los mecanismos políticos, legislativos, administrativos y jurídicos que estén a nuestro alcance para establecer claramente que una política lingüística diseñada desde Washington no puede ignorar la realidad cultural del país.

Puerto Rico no tiene que decir que sí a todo lo que se imponga desde el poder federal. Nuestra Asamblea Legislativa puede legislar para expresar y defender la política lingüística del país, rechazar esta imposición y crear los mecanismos jurídicos que considere necesarios para confrontarla. Si posteriormente Washington pretende hacer prevalecer una regulación federal sobre esa legislación, corresponderá entonces dilucidar el conflicto en los foros correspondientes. Resistir una imposición y obligar al poder federal a defender jurídicamente su alcance también constituye una forma legítima de ejercer poder político.

De hecho, la resistencia ya comenzó dentro del propio Puerto Rico. El vicepresidente del Senado, Carmelo Ríos Santiago, presentó una resolución para rechazar la propuesta federal y calificó de inaceptable que se imponga el inglés a niños de cero a cinco años en una jurisdicción cuyo idioma principal es el español. Su posición adquiere particular relevancia porque proviene de un legislador estadista y demuestra que defender nuestra realidad lingüística no debería reducirse a una disputa sobre estatus político.

El comisionado residente Pablo José Hernández también expresó esta semana que Head Start no puede operar en Puerto Rico solamente en inglés y señaló precisamente que el español es el idioma común del archipiélago. Mientras tanto, la propia PRFAA reconoce que la propuesta permitiría solicitar dispensas al requisito lingüístico, lo que constituye otra evidencia de que todavía existen espacios institucionales para combatir su aplicación en Puerto Rico.

Pero para comprender la dimensión real de esta propuesta hay que salir por un momento de Washington, del Capitolio y de las controversias jurídicas. Hay que entrar en nuestras casas.

Tengo una persona allegada que tiene cuatro hijos. Dos tienen seis años, uno nueve y otro doce. Los cuatro hablan inglés. Su madre, en cambio, no lo habla. Esa realidad, aparentemente sencilla, representa a miles de familias puertorriqueñas: hogares donde conviven distintas generaciones y distintos niveles de dominio del inglés sin que ello disminuya en absolutamente nada su capacidad de funcionar, educarse, trabajar, criar a sus hijos o formar parte de nuestra sociedad.

La propuesta tampoco ocurre en un vacío laboral. Los centros Head Start de Puerto Rico fueron construidos durante décadas para servir a comunidades puertorriqueñas. Sus trabajadores, maestros, asistentes, padres y familiares participan de una realidad social predominantemente en español. No todo el personal que actualmente trabaja en esos centros domina el inglés. Pretender transformar mediante reglamentación federal el idioma en que debe desarrollarse toda la educación significa alterar no solamente el salón de clases, sino también una estructura humana y laboral que actualmente sostiene 701 centros y más de 10,000 empleos en Puerto Rico. Durante el año fiscal 2025, Head Start recibió en la isla aproximadamente $320.3 millones para sostener 25,671 espacios financiados.

Por eso rechazo la idea de que oponerse a esta propuesta equivale a oponerse al inglés.

No. Nuestros niños deben tener acceso a aprender inglés y cuantos idiomas puedan enriquecer sus posibilidades futuras. Pero existe una diferencia fundamental entre enseñar inglés y obligar a que la educación de un niño puertorriqueño de cero a cinco años se desarrolle en inglés. Una cosa amplía sus herramientas; la otra pretende modificar el ambiente lingüístico dentro del cual comienza a comprender el mundo.

Puerto Rico ya conoce esa historia.

Durante las primeras décadas del siglo XX, las autoridades estadounidenses utilizaron el sistema educativo como instrumento para expandir el inglés como vehículo de enseñanza en Puerto Rico. Frente a aquellas políticas surgió resistencia entre maestros, intelectuales y organizaciones profesionales. Una de las figuras más extraordinarias de aquella resistencia fue Inés María Mendoza.

Mendoza no combatió aquella política porque desconociera el inglés. Había estudiado en Teachers College de Columbia University y había sido maestra de inglés en la Escuela Modelo de la Universidad de Puerto Rico. Posteriormente enseñó español en la Escuela Superior Central de Santurce. Su dominio del inglés hace todavía más poderosa su resistencia: entendía perfectamente la diferencia entre aprender otro idioma y utilizar el sistema educativo para desplazar la lengua materna de un pueblo.

En 1937 compareció ante el Comité Hays, que investigaba violaciones de derechos civiles en Puerto Rico después de la Masacre de Ponce, y denunció la política lingüística educativa existente. Aquella posición tuvo consecuencias profesionales: no se renovó su contrato y su licencia docente fue suspendida. Su resistencia adquirió entonces una dimensión que trascendió el salón de clases. Defender el español significó enfrentarse directamente a una estructura de poder capaz de castigarla profesionalmente.

Casi noventa años después, Inés María Mendoza vuelve a tener algo que decirnos. No porque Puerto Rico de 2026 sea idéntico al Puerto Rico de 1937. No lo es. Tampoco porque la controversia jurídica actual sea exactamente la misma. Lo que permanece reconocible es una pregunta mucho más profunda: ¿quién debe decidir en qué lengua comenzamos a educar a nuestros niños?

Nuestros niños pueden aprender inglés, italiano o cualquier otro idioma, sin que Puerto Rico tenga que dejar de hablarles en español. Pueden crecer bilingües sin que el gobierno federal convierta una segunda lengua en una condición obligatoria para recibir educación temprana. Pueden adquirir nuevas herramientas sin que para ello tengamos que entregar aquello que somos.

Y si desde Washington pretenden obligarnos a hacerlo, entonces habrá llegado nuevamente el momento de resistir, como ya hicimos en el pasado.

Porque hay cosas que pueden negociarse.

La lengua con la que un pueblo comienza a enseñarles el mundo a sus niños no debería ser una de ellas.

El autor es periodista independiente y activista de derechos humanos.