Estimado doctor: Han pasado varios meses desde la primera carta que le escribí buscando su consejo… el que fuera. Ya vio usted la situación de desesperación en la que me encontraba. Cualquier cosa que me dijera, valdría. Y, fíjese, eso de que me animara a seguir practicando los trazos y haciendo sobres de papel para calmar la ansiedad, no me ha venido mal. Al contrario, he mantenido la mente ocupada, como usted me recomendó, tratando de que la «a» no parezca una «u»; y ya no sólo hago sobres, sino que ahora practico la papiroflexia, o sea, hago origami. A esto, en particular, me ha animado, más que sus consejos, la señora que le escribió después de mí, la a-sombrada, que en su desahogo aprovechó para dar a entender la poca cosa que le parecían mis terapias ocupacionales. Pero si usted los viera, doctor… hago todo tipo de figuritas en papel; tengo el cuarto repleto de ellas, sobre todo de pájaros que me recuerdan el poema de Vicente Aleixandre, ese que empieza: // Un pájaro de papel en el pecho / dice que el tiempo de los besos no ha llegado //. En fin, la a-sombrada debería saber que me ha hecho un bien, que me he superado, por lo menos en esto. Para eso deben servir las críticas, ¿no? Y ahora que lo pienso, quizá sea esa la raíz del porqué recurro nuevamente a usted. Más que nada, se debe a que, a ratos, todos mis pensamientos aleatorios se me juntan en retahíla, haciéndoseme en la cabeza como un nudo gordiano que me impide concentrarme lo suficiente en alguno. Eso me pone tensa y me apesadumbra, sobre todo en la noche, que es cuando más vulnerable me encuentro porque a las once ya he puesto el noticiario y eso mete miedo. Me ayudo con el vodka, si no, aquí no se duerme. Pero anoche traté algo distinto. Estuve leyendo una novela (El libro vacío, de la mexicana Josefina Vicens) en la que el personaje, Luis García, es un escritor que lucha por serlo y por no serlo, paradójicamente, escribiendo, entre otras, las cosas que le atormentan y obstaculizan su escritura: el trabajo, la pobreza, la mujer y los hijos. Queriendo y no queriendo, se pasa todo el tiempo libre tomando notas en su cuaderno, con la esperanza de algún día escribir su libro. Igual que otros tantos escritores sobre los que he leído, García confiesa tener un mundo interior inmenso, extraordinario, con mucha imaginación como su hijo pequeño; tanta, según él, que le lleva a sentir una gran necesidad de transformar las cosas y a sí mismo. En ocasiones, olvidará que es un empleado que tiene que llegar a hora fija, y cuando se mete a bañar «se sustituye» en la ducha por un «intrépido capitán», hasta que de pronto «el juego queda roto por la voz de la mujer» que lo llama, devolviéndolo a su insulsa realidad. Y aquí es, doctor, donde me pongo mal. Como que se me olvida la literatura o a esta se le cuela la vida y empiezo a recordar las noticias de última hora, el nudo que le dije se me aprieta y ya no distingo realidad de ficción. Todo se mezcla en un aparente caos que, poco a poco, intento organizar, otorgarle sentido procurando conectar pensamientos inconexos, espacios, tiempos contrapuestos, encontrando similitudes entre lo disímil, ensayando una otra manera de entender lo que se me presenta en la cabeza. A la sazón, para sosegarme, doblo papeles compulsivamente hasta que se me acaba la resma. Cisnes, palomas, golondrinas, barcos, aviones casi me entierran viva en este cuarto (que, a decir verdad, no es muy grande, sino de mi tamaño, pequeño) cuando dan las doce. Es que, Luis García, el personaje de Vicens, me hizo pensar en el empeño que tenemos algunos humanos de querer ser siempre otros, de a veces querer la vida que vivimos y además otra, sin conseguir nunca estar a la altura de ninguna. Y eso, a mí, que ya me ha pasado, me parece de una vulgaridad tremenda, porque creo, no sé si estará usted de acuerdo conmigo, que llega un momento en que se debe aceptar y honrar la propia medida de nuestra persona y actuar lo mejor que se pueda conforme a ella y a nuestras decisiones, dejar un poco el titubeo que pueda poner en peligro el bienestar de quienes cuentan con uno. Para eso hace falta crecerse una espina, andar verticales y no a rastras como culebras. Yo sé que hay realidades insoportables, lo sabrá usted mejor que yo, doc., ¿verdad? Realidades que para cambiarlas o al menos aliviarlas no bastan los caprichos de la fantasía. Por ejemplo, el destinado a ayudar a cambiar la realidad de un paciente mental profundamente adolorido del alma no puede darse el lujo de olvidar, como hace Luis bajo la ducha, el juramento de fidelidad profesional que hizo. ¿Recuerda el suyo, doctor? Frente al vulnerable, frente al que vive una realidad atormentada por la enfermedad y le necesita, usted no puede ‘sustituirse’ o transformarse en otra cosa que no sea su mejor versión como médico. Y para ello debe asumir también una especial responsabilidad con usted mismo. Lo dice la nueva cláusula de la última versión moderna del Juramento Hipocrático (2006) llamado Promesa del Médico: «Cuidar mi propia salud, bienestar y capacidades para prestar atención médica del más alto nivel». Los tiempos cambian, y con ello, la vida de ustedes también. No crea que, porque le hablo desde esta pequeñez que me caracteriza, y rodeada de un zoológico de animales de papel creados por mi propia mano, no sé lo difícil que puede ser, que muchos de ustedes sufren. Pero hoy, en esta carta, en este reclamo, en esta crítica, soy la voz de la mujer abnegada de Luis, la que le rompe el juego para devolverlo a su realidad, para que no nos falle (yo también tengo profundamente adolorida el alma), para que recuerde ser, doctor, no otro, sino la mejor versión de sí, para que me lea y me atienda con la dignidad y el respeto que merecemos, que merezco.
Corto el juego, corto el nudo.
Salud, doctor, por usted, y por el tiempo de los besos que -aún- no ha llegado.
Yo, la más pequeña.
(Copia de la carta enviada el 31 de enero del 2024 al Dr. Alonso).
Davida Santiago Torres .Foto suministrada por el autor
ENTREVISTA A DAVID SANTIAGO
Me llamaron el pasado domingo 26 de enero para informar que el artista y poeta ponceño David Santiago Torres – “el declamador nacional” para muchos – había muerto en Filadelfia. Ayer domingo 4 y el sábado 3 de febrero lo velaron en Juana Díaz y Ponce y ya David es parte inolvidable de la historia cultural puertorriqueña. En paz descanse.
Poeta popular, declamador, tamborero, cantante, narrador e incansable artista plástico y “hacedor” de máscaras, David Santiago vivió sus últimos años en Filadelfia. Allí recibía diálisis y otros tratamientos para diabetes mientras esperaba un trasplante de riñón. A pesar de problemas de visión y movilidad, entre otros, durante ese tiempo siguió muy activo. Organizaba actividades en la comunidad boricua, continuaba su programa de radio, hizo por lo menos un viaje a Puerto Rico, publicó el cuento infantil El Nacimiento de un Tambor, que recibía funciones en escuelas y centros comunitarios a través de la isla, en 2022 (asistí a una función en un campamento en las afueras de Yabucoa en esa época). Además, él tenía planes de llegar a Puerto Rico en estos mismos días para presentar un nuevo libro de poemas.
Sin conocerme personalmente, David se comunicó conmigo en 2013. Había leído lo que yo escribía en Claridad sobre máscaras y quería que yo reseñara una exposición de su trabajo en Caguas. Lo que encontré en ese espacio ex iglesia fue una maravilla explosiva de creatividad. Máscaras de candungos plásticos reformados con calor y pintados en colores brillantes; máscaras de plástico envuelto en arpillera y reformado casi como caras y tocados de cacicas y caciques; y máscaras formadas de decenas de corchos de botella integrados con utensilios de casa, brochas de pintar, cepillos, tapas de pailas y muchos otros deshechos útiles. Una energía cinestética asombrosa circundaba las piezas, como si estas máscaras dieran su propia performance sin moverse. Entre 2014 y 2019, colaboramos en dos exposiciones de máscaras en Ponce y otras en Mayagüez, Manatí y finalmente Vieques. Pero ya su salud estaba afectada y se preparaba para mudarse a filadelfia.
A continuación reproduzco la entrevista de David Santiago Torres que apareció en EN ROJO, Claridad, el 8 marzo de 2017.
La exposición “Mascarita, Mascarón”, organizada por el artista plástico, mascarero, poeta, locutor y activista cultural ponceño, David Santiago, abrió en el Centro Cultural Carmen Solá de Pereira en Ponce el 2 de febrero [2017]. Desde su concepción hubo un sentido de inclusión de estilos y tipos de máscaras para borrar la distinción entre el arte y la artesanía, lo experimental y lo tradicional, lo profesional y lo popular. Dieciséis artistas participaron y varios de ellos (incluso este servidor) había participado en otra exposición organizada por Santiago hace dos años en el Museo de Música en Ponce. De variedad, brillo, innovación, reflejo de y nueva creatividad dentro de estilos ya establecidos e históricos, fue el montaje de máscaras más comprensivo y representativo que yo he visto en mucho tiempo.
El 29 de enero, durante el montaje de “Mascarita, Mascaron” grabé esta entrevista del organizador de la exposición. David Santiago Torres nacido en 1962 en Ponce. Es poeta, declamador, actor, artista plástico y periodista-activista cultural. Obtuvo su Bachillerato en Estudios Hispánicos en la Pontificia Universidad Católica en Ponce. Ha realizado cinco exposiciones individuales y en 2014 recibió el Primer Premio de arte reciclado en la Feria de Artesanías en Plaza Las Américas. Mantiene un programa de lunes a viernes a través de Radio Leo 1170am en Ponce.
Lowell Fiet: ¿Hablamos y grabamos un rato? David Santiago: Dime, ¿de qué vamos a hablar? Porque yo puedo hablar de muchas cosas.
Vamos a hablar de David. Principalmente de ti, de Ponce, de máscaras, de esta exposición. David: Ok, tu pregúntame.
¿Eres natural de Ponce? David: Sí, yo nací en el hospital Tricoche en el 1962 aquí en Ponce.
¿Y cuándo empezaste a crear máscaras? David: Comencé a crear máscaras hace como unos 20 años atrás. Esas máscaras que yo creaba las creaba como parte de mi arte plástico porque yo comencé pintando.
Siempre mi lenguaje ha sido máscaras y ojos. Los ojos como ventanas del alma y las máscaras más o menos con esa simbología de que son como esas ventanas, que son cambiantes de nuestras emociones. Eventualmente comencé a tener contacto con el artesano tradicional, con el costumbrista; y, me di a la tarea, también, en evolucionar la máscara más teatrera porque también hice teatro como unos 20 años: construyamos máscaras para hacer teatro.
¿Has hecho máscaras tradicionales de Ponce? ¿De Vejigantes? David: Si he construido este tipo de máscaras. De hecho, comencé una pieza para aquí que no la pude terminar. Es una pieza muy especial que tiene tres máscaras de vejigante, pero es una vasija con tres máscaras en cada lado. En la artesanía amo mucho la vasija; la construí de papel y le agregué esas tres máscaras. Por la cuestión de la vista [problema ocular] no pude terminarla. Pero imagino que a mitad de exposición podré agregar ese trabajo.
He logrado hacer máscaras de papel maché, máscaras también de higuera, he construido máscaras de lo que tu no te imaginas: de plástico, de candungo, de todo.
Yo también uso por ejemplo galones de agua para hacer máscaras. David: Donde la gente no se imagina máscaras yo veo máscaras [ríen ambos].
¿También usas cosas de ferretería? David: Uso muchos objetos de ferretería, desechos. Yo trabajé un año en una ferretería cuando recién llegué de Colombia de un intercambio cultural y vi unas máscaras mortuorias que se me parecían, ¡eran unos lavamanos! Y yo decía: mira estas son las máscaras mortuorias que yo vi allá en Colombia y comencé a hacer esas máscaras que fueron las primeras que expuse en Ballajá en el Museo de las Américas. Allí expuse doce de esas máscaras.
Y das talleres también, ¿no? David: Damos talleres también de papel, con plástico, con lo que sea.
¿Y a los jóvenes les gusta eso, se comprometen bien en el proceso de hacer máscaras? David: Ahora mismo estamos trabajando un taller que va a ser para ancianos en el pueblo de Villalba, lo está auspiciando el Instituto de Cultura, es un taller de reciclaje. Lo vamos a hacer con papel y con plástico donde ellos pueden hacer ese tipo de máscaras más contemporáneas.
Esta exhibición abre el dos de febrero. ¿Entonces es la misma noche que comienza el Carnaval de Playa de Ponce? David: Coincide con la apertura del Carnaval de Playa de Ponce que lleva celebrándose 27 años. Pero en realidad el Carnaval de Playa de Ponce es el más antiguo de todo Puerto Rico porque por ahí es que entra la tradición del Carnaval de Ponce. La playa de Ponce es la que tiene la mayor cantidad de artesanos de máscaras. Podríamos mencionar Miguel Pérez, Miguel Caraballo, Freddy Soto, Jaime Zayas, cuantos mascareros que viven allí, Juan Alindato, el hijo y también el padre. Algunos de esos artesanos cuando llegan por primera vez a Ponce se localizan en dos barrios que quedaban en el muelle de Ponce. Un barrio se llamaba Haití y otro barrio quedaba en Santo Domingo. Esos dos barrios para las personas que quieran saber dónde estaban localizados, hace una semana yo me enteré donde estaban localizados. Usted puede ir hasta a la fábrica de chatarra” [ríen ambos].
Ahí estaba el barrio y la comunidad de Haití y al lado estaba la de Santo Domingo. Por ahí, en esta comunidad los mascareros, porque son personas que venían desde Haití y desde Santo Domingo a trabajar en el muelle, son los que introducen la costumbre de celebrar un carnaval en Ponce.
¿Y de veras que no había carnaval con la Iglesia ni nada antes de la llegada de esos trabajadores? David: Antes de la llegada de esos trabajadores no, pero si había una celebración del carnaval en Santo Domingo. El carnaval donde primero llega es a Santo Domingo hace como 500 años atrás. Con la iglesia católica las costumbres llegan. De Santo Domingo empieza a mudarse ese tipo de festividad a Cuba y a Puerto Rico
Y tú tienes idea de la fecha en que llegó la gente para empezar a celebrar carnaval aquí en Ponce. Fue en el siglo XVIII, XIX, pero en qué punto: ¿temprano, mediano, finales de siglo? David: La población de Ponce se funda en el 1692, podríamos decir que ya hacia el 1598 ya había indicios de que esa población estaba creciendo y ya habían personas trabajando en el muelle de la playa de Ponce. Por ahí entraban lo que se llamaba el mostrenco (lo que es el comercio) tanto clandestino como legal, estaba entrando en ese momento.
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¿Mostrenco…? David: Se le llamaba mostrenco a esa gente que estaban desarrollando un comercio tanto legal como ilegal. Más o menos esa fecha es la que comienza a traer a indicios de ese carnaval. En un momento primero comienza en las comunidades; por ejemplo, en la comunidad de la playa se celebraba esa fiesta en Cantera aquí en Ponce, también había unos lugares donde la gente iba a bailar con los vejigantes, pero la sociedad de Ponce siempre ha estado bien dividida, siempre ha estado en diferentes niveles. Los Wirshing, los Serrallés, la gente de alta alcurnia celebraba aquí en el casino con lo que se llamaba el antifaz. Ellos eran los que se encargaban de los reinados, las reinas, de esos tipos de carnavales mas estilizados porque en la calle se celebraba una cosa, una fiesta desorganizada y ellos en el casino tenían otra cosa organizada. Eso con el tiempo comenzó a unirse, la comunidad con la alta alcurnia, y lograron formar un carnaval que ya va 151 años.
Entonces, vamos a regresar a David por un momento. Lo que está pasando con los ojos ¿es una operación que has tenido ya? David: Yo tengo una condición de los riñones que me ha afectado los ojos, también tuve un accidente de un golpe bien fuerte que me desprendieron la retina, me han creado cataratas y he perdido la visión durante dos años.
Oye, quería añadir que nosotros hemos hecho unas investigaciones bien interesantes sobre, por ejemplo, los estribillos. El estribillo es como la música, la canción, el lenguaje que tiene el vejigante: “vejigante a la boya, pan y cebolla”; pero la gente no sabe por qué decía “vejigante a la boya”, pues mira, se utilizaban unas vejigas, esas vejigas en el principio los pescadores las utilizaban para marcar los chinchorros. Ellos las ponían para buscar la carnada, utilizaban esas vejigas porque ellas flotan (eran las boyas). Entonces ese pescador cuando iba a buscar esa carnada se tiraba y tenía que ir a la boya, pero da la casualidad que el pescador era sinónimo de vejigante por eso “vejigante a la boya”. Era un tiempo de mucha hambre y cuando el pescador llegaba a la orilla ya había gente con pan y cebolla esperando las sardinas para freír inmediatamente y comer.
Los lerenes (que se llama [la canción] “vamos muchacho a buscar lerenes palos van y palos vienen”). El lerén es un tubérculo muy parecido a la papa que se daba más en el campo, en el monte. Y los muchachos con su hambre iban a robarse los lerenes y ¿qué recibían? Pues palo de parte de los dueños” [ríen ambos]. Recibían palo “vamos muchachos a buscar lerenes palos van y palos vienen”.
“Vamos muchachos a la marina pa’ buscar pan y sardina” “a comer pan y sardina”. O sea que este tipo de hambre y de arte culinario está bien ligado a lo que es el vejigante de Ponce. El vejigante de Ponce come mangó porque toda el área donde el residencial Pámpanos y Lirios del Sur, todos esos eran árboles de mangó. Cuando ellos [los vejigantes] venían para el carnaval en el pueblo, cuando regresaban con hambre se trepaban a los árboles, vestidos de vejigantes, y la gente al pasar decía “mira los vejigantes comen mangó, y hasta las uñas se las lambio” [ríen ambos].
Ahora el vejigante de Loiza ¿qué come? Coco. Ó sea el vejigante de Ponce no come coco, come mangó, ó sea que todo tiene un por qué y los estribillos tienen su sabiduría, su sabiduría de pueblo. Nosotros nos hemos dado a la tarea de investigar de porqué nosotros mencionamos y cantamos todo eso que también está ligado a unos personajes como “Maximina ‘La loca’, loca es”; “ese brujo es negro, mírale los ojos color café”.
Qué bueno que tú estás haciéndome esta entrevista porque tú también has hecho una gran aportación: el único carnaval ‘carnaval’ [énfasis en la palabra carnaval] por las fechas religiosas es el de Ponce porque La fiesta de Loíza es una fiesta teológica, religiosa; el festival de Hatillo es una fiesta religiosa, teológica, basada en unos textos de la biblia; el carnaval de Ponce es un carnaval donde todo se vira al revés y termina exactamente con el día de la cuaresma, y ese día de la cuaresma todo entra en la paz y la gente empieza a prepararse ya para asistir a la iglesia, para la semana santa, después de haber hecho todo ese desorden. Eso tiene que ver mucho con esa máscara que nosotros tenemos, con esos sentimientos, que tenemos los ángeles adentro pero también tenemos a los demonios, pero tenemos que saber controlarlos. Tenemos que darle apertura a la luz y controlar también esa oscuridad que nosotros tenemos. Todo tiene una razón, un porqué.
Aparte de que los carnavales en el mundo también están ligados a la política. Fíjate que en Francia el rey podía disfrazarse de hombre en octubre durante uno o dos días y la gente pobre podía disfrazarse de rey durante uno o dos días, o sea, que podían confundirse y por ahí comenzó la revolución de la libertad. Así que ahí hay muchas cosas entretejidas que no podemos perder en la historia.
Pues muy bien. Un millón de gracias.
[Transcripción de la entrevista por Nilo Mahatma Caituiro Monge. Esta entrevista también está disponible en YouTube.com]
Casi siempre despierto antes de la cuatro de la madrugada. Hoy no fue la excepción. Al mirar el reloj pensé que aun tenía poco más de media hora de sueño antes de las 4:30am, hora en que bajo a tomar café y ayudar a mi esposa a preparar todo para llevar los niños a la escuela.
Añadí a mi pensar el hecho de tener que salir y abrir la puerta del lugar donde duermen las cabras, pues en cuanto estas ven luz en la casa comienzan a balar, exigiendo que se les deje salir, e ignorarlas no es una opción, pues son fastidiosas en su insistir. Todo esto hasta que me doy cuenta que es sábado y que no hay escuela y, por lo tanto, tampoco luces tempranas en la cocina que avisen a los animales. Pero para ese entonces había ya perdido el sueño —cosa común—, decidiendo así prender el teléfono y revisar en lo que me había quedado trabajando el día anterior, los escritos del italiano Gaetano Mosca.
Resulta que en estos días regresé a uno de los textos que más he adorado a través de las décadas, los dos volúmenes de “Partidos políticos” del alemán Robert Michels. Es una relectura que vengo haciendo desde el siglo pasado, cuando aprendí de el en un curso con Milton Pabón, jamás siendo posible sacudir de mi ser la tesis de que toda organización política, de hecho toda organización, contiene la inevitable tendencia de preservar su liderato, en una marca oligárquica de la cual se les hace imposible liberarse. La teoría de Michels, lo que este llama la “ley de hierro de la oligarquía,” es aun más arrolladora pues no se desarrolla en el estudio de organizaciones políticas conservadoras y de derecha, lo cual no hubiese significado descubrimiento alguno, sino en el análisis de los comportamiento de partidos políticos y organizaciones de izquierda, las cuales construyen todo su programa en función de eliminar las oligarquías en el poder, resultando que liquidar no es una buena descripción de su misión, sino más bien sería la de sustituir por la nueva oligarquía de la oposición, la cual, de lograr su meta, tan solo continuaría poniendo en práctica todo el comportamiento de preservación propia y exclusión que venía demostrando de antemano.
En esta enésima relectura que hago de Michels he ido más allá de lo acostumbrado, pues he investigado las fuentes anteriores en las cuales el autor encuentra inspiración, apareciendo así el nombre de Gaetano Mosca, el cual, de hecho, era parte de un grupo de intelectuales italianos que habían desarrollado lo que vino a conocerse como la teoría de las élites. Estudiando estos escritos —incluyendo los de Vilfredo Pareto, miembro de la mencionada escuela italiana— se hizo evidente que estos a su vez, en especial los de Mosca, se alimentaban de los trabajos del francés Henri de Saint-Simon, lo cual me lleva al muy recomendado texto del británico Keith Taylor, “Henri Saint Simon 1760-1825: Selected writings on science, industry and social organization,” que lamentablemente no tengo y tampoco pude conseguir su pdf en el internet, no costándome más remidió que buscarlo en Amazon y ordenarlo. Pero como es costoso y al momento tengo otras prioridades económicas, tuve que añadirlo a la lista de “saved for later,” la cual llegada al límite de lo permitido, me obligó a revisarla y eliminar títulos que ya no me interesen tanto. Esto último es mucho más fácil decirlo que hacerlo, pues nada en esa lista es realmente desechable, teniendo entonces que priorizar. Por “suerte,” uno de los textos guardados para luego era la edición de René R. Khawam de “Las mil y una noche,” la cual ya no estaba disponible y que, luego de buscarla incansable en otras fuentes, termino no hallándola (aun) y, en el proceso, aprendiendo cosas interesantísimas sobre la historia del clásico árabe. Pues sucede que la trayectoria de sus ediciones y traducciones, desde sus comienzos hasta nosotros, es tan fabulosa como las historias que contaba Scheherazade. Para muestra un botón basta, pues por increíble que parezca, el texto más antiguo que tenemos se encontró en el 1948, cuando Nabia Abbott, la primera mujer en la facultad de Estudios Orientales en la Universidad de Chicago, examinando un poco común pero excepcional texto sirio del temprano medioevo, reconoce algo familiar. Anotaciones al margen y en el reverso de por lo menos seis diferentes manos que, utilizando todo el espacio disponible apretujaban el bosquejo de una carta personal, la certificación de un contrato legal, una crudamente dibujada figura humana y garabateadas frases dispersas en los márgenes de un ahora famoso pasaje de Las mil y una noches. En un trabajo digno de las más capaces de las académicas, Abbott no solo logra descifrar toda la marginalia, sino además proveer un análisis completo del texto, incluyendo su datación en la parte temprana del siglo IX, haciendo del pequeño pasaje de más de 1,100 años, la prueba física más temprana que se conoce de la literatura alrededor de Scheherazade.
La publicación donde Abbott anuncia los detalles de su descubrimiento, comienza con una descripción del deplorable estado en que se encontraban la conservación e investigaciones norteamericanas sobre textos árabes de la antigüedad, siendo las universidades de Chicago y Michigan las únicas que habían adquirido material que por lo regular, permanecía abandonado. Uno de los trabajos europeos que Abbott cita como comparación y contraste, es el del austriaco Josef von Karabacek, y su seminal estudio sobre la naturaleza del papel usado por la intelectualidad árabe en los principios de nuestra era, intentando resolver el álgido debate que existía en la academia europea de finales del siglo XIX, sobre si el material principalmente usado en su confección era o no algodón.
Ya para este punto en los días de semana he terminado mi café y los niños están listos para que mi esposa los lleve a la escuela en el carro nuevo que le compré, luego de enseñarla a manejar, pues después de varios años llevándolos yo me cansé del mucho tiempo que esto absorbía del trabajo en mi biblioteca, que es hacía donde me dirijo ahora, en esta hermosa mañana filipina donde el arrebol en el horizonte de la ventana me avisa que es tiempo de continuar, donde me quedé ayer
Salió el sol luego de una semana de sombras. Quiero disfrutármelo todo.
La calle parece un gran hormiguero. No ando con prisa. Camino como borracho que regresa a la casa con la chaqueta desaliñada y la corbata virada moviéndose como un péndulo.
Deje de tener prisa hace tiempo. No quiero correr entre multitudes para tomar un tren que me lleve al mundo laborioso.
Utilizo la prisa para llegar al ocio, para mas nada. Me cansé de los empujones y de tener que sumarme a la melcocha de cuerpos sancochados. Tampoco tolero ya el sobaco que deambula ni las pestes que se amontonan.
Realmente hay menos gente trabajando pero muchos más en el joceo cotidiano.
Las oficinas se han vaciado. La gente ha optado por el trabajo virtual. Prefieren reunirse con pijamas y lagañas que empeñar su tiempo en el aseo.
Mi semana laboral tiene dos días virtuales y tres presenciales. En los presenciales me enseñan a utilizar la tecnología virtual y en los virtuales me recuerdan los tiempos presenciales.
Todo cambia como cantaba Mercedes Sosa, menos el café que se toma de pie mientras decides si te vistes para lucirte entre colegas o si te desvistes para una estrujada presencial.
Camila Rodríguez López, estudiante de la prestigiosa escuela de bellas artes Tisch de la Universidad de Nueva York (NYU) regresa a su natal Puerto Rico para grabar su cortometraje Mareas a la deriva. El guión de este cortometraje fue parte de la selección oficial del National Film Festival for Talented Youth en Seattle. Gracias a la mentoría y los recursos que recibió como parte del galardón del festival, Mareas a la deriva es producido como la tesis de la joven cineasta para el grado de bachillerato en producción de cine y televisión.
El cortometraje, que también será dirigido por la joven cineasta, cuenta con un elenco estelar. “He logrado el elenco ideal para esta pieza, cuento con la colaboración, el apoyo y la participación de Denise Quiñones, Camelia Muñiz y Gabriela Saker, tres mujeres, tres actrices que admiro muchísimo y quienes le han dado vida al guión y a los personajes de una manera que nunca imaginé”.
La directora de la pieza cinematográfica sostuvo que “la combinación de este elenco tan vibrante y talentoso con el equipo técnico de este cortometraje nos permitirá crear una pieza audiovisual y emocionalmente poderosa que será sazonada con una chispa de comedia”. Según la directora “aunque la imagen y el sonido están diseñados detalladamente para alcanzar la especificidad emocional de cada personaje, las actrices tendrán la libertad de improvisar acciones y diálogos en el guión, lo que nos permitirá alcanzar un tono jovial, refrescante, sincero y lúdico, claves para lograr la poesía y la excepcionalidad de este estilo de crear cine”.
Camila trabajó en la producción del Tonight Show Starring Jimmy Fallon y actualmente trabaja en la compañía Warner Brothers Discovery.
El rodaje de Mareas a la Deriva comenzará el 1 de marzo y está previsto para concluir el 13 del mismo mes en las calles de San Juan y Cataño. El cortometraje trata sobre la vida de Maite, interpretada por Camelia Muñiz, una joven puertorriqueña que está considerando irse de Puerto Rico como hizo su hermana mayor. Cuatro años después de que Sofía -hermana mayor de Maite e interpretada por Gabriela Saker- se mudara a Nueva York, regresa a Puerto Rico para celebrar el cumpleaños de su mamá, Patricia, interpretada por Denise Quiñones. Maite y su madre se encuentran con una versión nueva de Sofía, lo que genera tensión en la dinámica familiar y causa que Maite se pregunte cómo cambiaría su vida si decidiera seguir los pasos de su hermana e irse de Puerto Rico. A lo largo de este cortometraje, exploramos el duelo de los corazones que se quedan, el deseo de encajar en un sitio al que ya no perteneces y el amor hacia Puerto Rico que sentimos desde acá y desde allá.
El proyecto cinematográfico es financiado en parte con aportaciones solidarias. Como parte de los esfuerzos de recaudación lograron el patrocinio de Fractured Atlas, una organización de servicios artísticos sin fines de lucro, lo que permite que las aportaciones puedan ser deducibles de las contribuciones sobre ingresos en la medida que sean permitidas por la ley.