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Reclaman justicia para el pueblo de Haití

 

 

El Comité de Solidaridad con el Pueblo de Haití llevará a cabo una actividad de apoyo a la vecina isla caribeña y a su atribulada población. La manifestación tendrá lugar el miércoles 8 de mayo, de 7:00 a 10:00 de la noche, en la Placita Roosevelt de Hato Rey.

La portavoz del Comité, Lucy Magali Millán Ferrer, hizo un llamado a la comunidad para que expresen de forma concreta su solidaridad asistiendo al evento que será de carácter informativo y de concienciación sobre la realidad haitiana en el momento actual.

“Les invitamos para que juntemos nuestras voces y voluntades en un reclamo de justicia para el pueblo de Haití. El empobrecimiento de nuestras hermanas y hermanos y la falta de desarrollo de su país, es el resultado de décadas de malos gobiernos plagados de corrupción y de otros que asumieron el poder en violación de la constitución vigente. También ha contribuido grandemente la violación de su derecho a la libre determinación, por intervenciones extranjeras.

Los problemas se agravaron con el asesinato del presidente Jovenel Moise, quien gobernaba por decreto, cuando fue asesinado en julio de 2021. La violencia desatada por las bandas criminales asociadas a la oficialidad, paralizó el país. La primera república de América, que al mismo tiempo abolió la esclavitud, necesita y merece nuestro respaldo”, explicó Millán Ferrer.

Añadió la portavoz que el grupo Paracumbé y su directora, la Profesora Nelly Lebrón Robles, encabezarán la oferta cultural de la actividad. Para más información pueden comunicarse al 787-349-6217 o al 787-374-8348. También pueden buscar la página de Facebook del Comité de Solidaridad con el Pueblo de Haití.

El Comité se constituyó en el 2004 para dar a conocer la realidad histórica, política, social, económica y cultural de Haití a el pueblo puertorriqueño.

StephenCrane en el paraíso

 

Estas son las tres notas que escribió el escritor más famoso de los EEUU mientras estuvo en Puerto Rico durante la Guerra Hispanoamericana (1898). Stephen Crane, autor de The Red Badge of Courage, vino junto a arriesgados periodistas y lo acompañaba el archifamoso Gordo Remington, el pintor e ilustrador que inventó el mito de los cowboys.

 Arcadio Díaz Quiñones, Silvia Álvarez Curbelo y Mario Cancel Sepulveda, entre otros, han trabajado minuciosamente el período entre siglos con atención a Crane y otros escritores y periodistas que fueron testigos de aquella “splendid little war” en nuestra isla. Para mi sorpresa, las notas de este enfant terrible no han sido traducidas al español. Se las mostré a Flavia Hoffmann y ella las tradujo para En Rojo.

 Desde su posición de poder -Crane es un vocero de los intereses expansionistas- el escritor crea una imagen penosa de aquella muchedumbre que observa con desgano. Interesante, sin embargo, que el punto de vista del norteamericano es en nuestros días un lente con el que aún se nos mira y con el que algunos nacidos aquí se miran a sí mismos.

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EL ENTIERRO DE UN SOLDADO

Escrito el 5 de agosto de 1898, publicado el 15 de agosto.

Una compañía de infantería regular marchó hacia la plaza de Ponce, se detuvo, apiló armas y rompió filas. A la sombra fresca de los árboles, los hombres holgazaneaban despreocupadamente mientras los nativos, siempre intensamente interesados en los soldados, se acercaban y comenzaban su cómica pantomima amistosa. La tarde tropical, tranquila y perezosa, avanzaba lentamente, hora tras hora, con solo el estruendo de carruajes que interrumpía su profunda serenidad.

El capitán de los regulares se dirigió hacia la calle donde, frente a la puerta de una casa, esperaba un coche fúnebre. Había un carruaje con dos mujeres estadounidenses y en la acera estaba un pequeño grupo de oficiales, con sus desgastados sombreros en las manos. Los nativos comenzaron a acumularse en una multitud y entre ellos surgió un parloteo agudo de chismes sobre este funeral. Estiraron sus cuellos, señalaron y esquivaron a quienes interferían con su vista. En medio de la charla, los estadounidenses no mostraron signos de escucharla. Permanecieron tranquilos, estoicos, superiores, luciendo la curiosa y sombría dignidad de personas que están enterrando a sus muertos.

La compañía de regulares marchó por la calle, se detuvo frente a la casa y presentó armas con un choque. Seis grandes soldados con camisas azules avanzaron con el ataúd. La multitud se acercó de repente, esquivando y mirando. El pequeño grupo de estadounidenses parecía seres de otro mundo, con sus rostros suavemente melancólicos e impasibles, durante esta exhibición de interés tonto.

El cortejo se alejó, precedido, acompañado y seguido por la multitud de nativos. Ponce, una ciudad grande, seguía durmiendo pacíficamente bajo el sol y el paso de la pequeña procesión no suscitó ninguna emoción particular en su mente. En los suburbios, las mujeres se apresuraban a los porches de las pequeñas casas de madera, y los bebés desnudos, hinchados de fruta, salían a ver, chupándose los pulgares. Un hombre que caminaba justo detrás del coche fúnebre fue saludado interrogativamente desde la distancia. Respondió en voz alta, señalando con el brazo hacia el cementerio.

Una chica saludó a algunos amigos en la multitud. De repente, cerca de la carretera, una mujer estalló en una diatriba estridente contra algunos de sus hijos. La multitud seguía parloteando. Todos estos sonidos golpeaban como olas sobre el coche fúnebre; olas ruidosas, ociosas, sin sentido golpeando contra el coche fúnebre, el barco invulnerable del difunto indiferente. Y los estadounidenses, avanzando detrás de él, seguían siendo tranquilos, estoicos, superiores. El rocío de la charla giraba a su alrededor y eran hombres de bronce, hombres de bronce que iban a enterrar a sus muertos, y el zumbido y el chapoteo solo eran tan importantes como el tintineo de tantas piedras en una lata.

El cementerio estaba rodeado por un alto muro coronado por botellas rotas incrustadas en la argamasa. El interior tenía el aspecto de un huerto de patatas maltratado si no fuera por las desgarradas cruces de madera que se alzaban aquí y allá. La multitud de nativos se abrió paso a través de los demás para llegar a la puerta.

Las tropas avanzaron y se alinearon bruscamente frente a una tumba abierta. Apareció un capellán. Los estadounidenses, a excepción de la infantería, se quedaron descubiertos. Los nativos, notando esto, se quitaron los sombreros. Hubo un momento de intensa expectación.

«Yo soy la resurrección y la vida…» Las palabras del capellán fueron completamente sofocadas por las exclamaciones, preguntas y comentarios que venían desde el muro donde muchas personas se empujaban hacia la puerta. Un grupo emprendedor había trepado a un fragmento de pared vieja que daba al muro del cementerio y en ella chillaban como loros. El capellán, acosado, hostigado, ahogado, continuó imperturbablemente.

La primera salva del pelotón de fusilamiento creó una gran convulsión en la multitud afuera, que no podía ver lo que sucedía y fue sorprendida. Cuando el sonido se propagó hacia las colinas, muchos saltaron como conejos asustados y luego, un momento después, toda la multitud, al entender la broma, estalló en risas descontroladas.

Un corneta se adelantó. En medio de una mezcla de sonidos como los que se escucharían en un juego de béisbol combinado con un banquete de almejas, entonó el llamado de «taps», ese lamento extraordinario de duelo y canción de descanso y paz, el adiós del soldado, su noche, la caída de la eterna oscuridad, el fin.

La voz triste, triste y lenta del corneta resonó sobre la tumba, un alma que se dirigía al cielo, un llamado de angustia terrenal y tranquilidad celestial, una solemne canción desgarradora. Pero si este adiós del soldado al cielo, las flores, las abejas y toda la vida fue escuchado por los nativos, su actitud no lo traicionó.

Grand Rapids y Ponce

Escrito el 7 de agosto de 1898, publicado el 17 de agosto.

Mientras uno de los barcos de despacho del periódico circulaba lentamente frente a los buques de guerra y los transportes en el puerto de Ponce, los corresponsales, veteranos de Santiago y otras campañas, comenzaron a vestirse de manera poco convencional. Se pusieron pantalones cortos de pato marrón y camisas de diversos colores, y sus sombreros eran descuidados, sucios, torcidos y desacreditables. Los corresponsales también se armaron. Al final, se asemejaban un poco a delincuentes, lo cual era asunto de hombres hábiles en el juego de la guerra.

El yate ancló y otro corresponsal llegó desde la orilla. Había llegado dos días antes. Al ver al formidable grupo en la cubierta de popa, estalló en una risa ronca. Más tarde, explicó las maravillas de Ponce. No era como Daiquiri, ni como Siboney. No era una estación de cable en Guantánamo. Ponce, sin duda, era una ciudad con hoteles, tiendas, coches de alquiler, barberos, hielo, cervezas, vinos, licores y cigarros. Si alguien perdía todos sus lápices, podía salir a la calle y comprar más sin problema. En caso de necesidad, por ejemplo, se podía encontrar a un dentista. Y el corresponsal continuó diciendo que los generales y los periodistas solían ir al frente, el terrible frente, en carros. ¿En carros? ¡Dios mío!

Visto desde tierra, Ponce, a dos millas de su pequeño puerto marítimo, mostraba cuatro cosas llamativas de inmediato: coches estadounidenses, bebés desnudos, árboles cargados de flores carmesíes y la sonrisa enigmática del puertorriqueño. Todos ellos ardían bajo el sol y se oscurecían por el polvo blanco de una ciudad tropical. Todos estaban custodiados por el soldado estadounidense, un hombre tranquilo, bronceado y de uniforme azul con bayoneta. Y aquí radicaba el máximo interés, el interés de la yuxtaposición de Michigan y Puerto Rico: Grand Rapids sentado serenamente juzgando los asuntos de Ponce. Esto dejaba atónito al pensativo estadounidense.

Era como si un periódico hubiera anunciado: «Un tranvía de Rochester chocó con un carro de bueyes en Buenos Aires». No se podía medir la situación; simplemente quedabas asombrado.

Después estaba la sonrisa enigmática del puertorriqueño. Al principio era enigmática porque la pensábamos demasiado. Le dábamos demasiada importancia. Reflexionábamos sobre ella hasta que se convertía simplemente en confusión: una sonrisa conciliatoria, alegre, temerosa, astuta, honesta, mentirosa. Pero al final emergió este hecho: el puertorriqueño, tomándolo como una figura simbólica, un tipo, estaba contento, contento de que los españoles se hubieran ido, contento de que los estadounidenses hubieran llegado. Lo que recibieron los soldados en Ponce fue una bienvenida. Los vítores fueron liderados por los hombres responsables, los comerciantes, los propietarios de tierras, las personas con dinero. Cuando un hombre con dinero vitorea, tiene que decirlo en serio. De lo contrario, se atragantaría.

En los aplausos hay un estrato de engaño, pero principalmente proviene de la gente del campo, a quienes se les ha enseñado a la fuerza que los españoles son invencibles y seguramente regresarán. Mientras tanto, el soldado estadounidense expresa su opinión sobre esta probabilidad con una nueva palabra: «Spinachers». El negro jamaiquino no puede pronunciar «español». Su lengua cómica lo hace decir «español» de forma incorrecta. El soldado estadounidense dice «Spinacher» porque cuando algo se vuelve común, está obligado a extraer de ello cualquier cosa que pueda transmitir nuestra ironía.

Ponce, por supuesto, lleva la marca de España, una marca que permanecerá para siempre en México y los estados de América Central y América del Sur, al igual que en Cuba. Es algo que no puede ser conquistado ni siquiera por tropas tan soberbias como las regulares de Estados Unidos. Puedes dispararle a un hombre en la cabeza, pero no puedes quitarle el amor por la muerte sangrienta de un toro de su cerebro. Hay una pequeña plaza inevitable en el centro de la ciudad, sombreada por hermosos árboles y cruzada por amplios paseos. En el quiosco morisco, solía tocar una banda española, pero ahora a veces toca una banda estadounidense por la tarde. En la plaza también está la catedral, una antigua señal española, como se ve incluso en California. Desde la plaza se irradian calles y escenas que se pueden encontrar en la Ciudad de México, lo único que falta son los persistentes y ásperos gritos de los vendedores ambulantes. El hotel principal es el típico lugar pintoresco, con un patio donde los hombres se sientan a tomar coñac o café. Las paredes están decoradas con lamentables cuadros al óleo: leones gordos y sin forma, palmeras, urnas absurdas, palacios blancos, lagos. El sol tropical pela la pintura y pedazos de león, árbol, palacio caen al suelo. La decadencia es cuidadosamente prominente aquí, como en toda la ciudad. Cada puerta, cada ventana es tan alta como la aspiración y casi tan lúgubre como el cumplimiento. El español, cuando finalmente lo persuaden a limpiar, es una persona terrible. Crea una novedad mil veces más espeluznante que su suciedad habitual. Una casa limpia y recién pintada en una ciudad española es irreal y aterradora. Y así, la antigua ciudad yace bajo el sol, sucia, romántica y patrullada por Wisconsin.

 

LA ESTRATEGIA PUERTORRIQUEÑA

Escrito el 10 de agosto, publicado en New York Jornal el 18 de agosto.

El soldado estadounidense a menudo se refiere a los nativos aquí como «apretones de manos». Es su manera de expresar una sospecha cínica con respecto a todo el negocio de «viva Americanos» que escucha y ve en esta ciudad de Ponce. No se puede definir un tipo de inmediato cuando el tipo acaba de ser capturado y sabe que debe ser muy, muy bueno, aunque lo mismo sea ajeno a sus modales habituales. Es bastante correcto que el soldado estadounidense sea sospechoso; hay algo de verdad en la idea del apretón de manos.

Johnson, uno de los corresponsales del Journal aquí, y yo, tuvimos recientemente la oportunidad de ver al puertorriqueño cuando estaba en medio de una encrucijada y no sabía qué camino tomar. El incidente fue instructivo.

Dos compañías de la Décimo Sexta Infantería de Pensilvania formaban en ese momento el avance del ejército a lo largo de la principal carretera militar. Estaban acampados justo más allá del pueblo de Juana Díaz, que está a nueve millas de Ponce. Nos enteramos de que el general Ernst, el comandante de la brigada, iba a reforzar estos puestos con cinco compañías más y luego extender el avance estadounidense cinco millas más hacia las colinas. Cuando llegamos a Juana Díaz, pudimos ver a los hombres colgando sus equipos, preparándose para marchar, y en el pequeño hotel que daba a la plaza y la antigua iglesia, el general y su personal estaban terminando su almuerzo. Pensamos que era solo cuestión de minutos, así que los pasamos y continuamos por el camino que iban a tomar las tropas. Teníamos la impresión de que un grupo avanzado había ido por delante. Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que las respuestas de un campesino nos convencieran de que Johnson, montado en una bicicleta, era el verdadero vanguardia del ejército estadounidense. Su apoyo inmediato cabalgaba un largo y bajo caballo, con una velocidad máxima de siete nudos. No teníamos deseos de ganar fama atacando al ejército español con las manos desnudas, así que, al recibir la información del campesino, redujimos la velocidad a un ritmo que era poco más que una concesión a la opinión de uno sobre el otro.

El camino, bellamente pavimentado, serpenteadas entre dos densas filas de árboles. Bordeamos espolones de las montañas, la hierba en ellos era de un verde amarillento bajo la luz del sol de la tarde. Cruzamos arroyos turbulentos. Con las palmeras a la vista, era una escena que se puede encontrar en verano en el sur de Nueva York. No se veía ni un hombre ni una bestia en el camino ni en los campos. Más tarde supimos que estábamos aproximadamente dos millas y media por delante de los exploradores estadounidenses, las dificultades que enfrentaban los grupos flanqueadores hacían que la marcha fuera extremadamente lenta. Doblamos una esquina y de repente nos encontramos con una tienda de campo. Pollos y cerdos merodeaban por la carretera y en el patio de la casa al otro lado de la carretera. En los escalones de la tienda, en una cerca, en cajas y barriles, y apoyados en los árboles había unos treinta hombres vestidos con ropa civil. Cuando aparecimos, giraron la cabeza y, mientras avanzábamos lentamente, todos los ojos se dirigieron a nuestro paso. Mantuvieron un silencio absoluto. Aquí había hombres entre las líneas. Los estadounidenses estaban en un lado y los españoles en el otro. No sabían nada del avance estadounidense. Eran, hasta donde sabían, terreno estrictamente independiente y podían caer en cualquiera de los dos lados de la cerca. El americanismo era aquí electivo.

Nos detuvimos y los miramos. Nos miraron a nosotros. No se dijo una palabra.

El nativo en la zona ya nuestra es siempre rápido en saludar al estadounidense con un saludo o con el sombrero en la mano. Grita «¡Bueno!» en cada oportunidad, lo que significa «Me alegra que hayas venido». Cuando está en una multitud, está gritando «¡Viva Americanos!» constantemente. Cuando está solo, asiente y sonríe con absoluta franqueza y te dice que prefiere a los estadounidenses por todos los medios. Está ocupado haciéndolo día y noche.

Pero aquí hubo un contraste. Esta recepción era nueva para nuestra experiencia. Estos hombres estaban tan callados y hoscos como un grupo de ladrones encontrados durante el día. Ninguno de ellos podía soportar una mirada directa, y si nos volteábamos de repente, era probable que atrapáramos a dos de ellos susurrando.

El tiempo pasaba lentamente, sin cambios en la situación. Permanecimos en la carretera y frente a la tienda estaba la multitud, con sus extraños ojos extranjeros moviéndose en miradas furtivas. La situación se volvió insoportable. No era divertido estar allí con la obligación de mantener la compostura y resistir esta actuación en un escenario ante una audiencia de treinta críticos dramáticos hostiles. Finalmente desarrollamos un plan. Concentraríamos nuestra mirada en un hombre y hablaríamos de él en inglés, de manera ominosa.

«Mira a ese bruto en el barril allí. Seguro que está contento de vernos. Míralo, ¿verdad?»

«Ah, todos ellos son españoles, eso es fácil. No importa. Déjalos esperar. Sabremos cómo es después. Solo evalúa al tendero. Él estará sonriendo y cobrando el doble a los chicos mañana. Pero míralo ahora. No importa. Nos vengaremos.»

«Mira a ese pichulín con el abrigo gris. Míralo mirarnos. No importa. Lo arreglaremos.»

Pasó una media hora tan lentamente como el tiempo en una habitación de enfermos. Casi nadie en la multitud se movió de su lugar durante ese tiempo. Pedimos cigarrillos al dueño de la tienda, y vino a entregárnoslos con una actitud lo suficientemente ofensiva como para ser artística. Algunas chicas salieron al porche de la casa y nos miraron impasibles. Un hombre hablando con otro nos miró y escupió de una manera que nos dejó la sensación de

No podíamos saber si toda esta gente era pro española puertorriqueña o si una parte de ellos realmente era pro americana pero aún tenía miedo de traicionarse ante los demás, o si todos eran simplemente personas tímidas que querían jugar en ambas direcciones hasta estar absolutamente seguros de quiénes serían los supremos. En cualquier caso, eran un grupo malhumorado, esquivo y poco amigable, con una fuerte inclinación hacia lo español. No tenían más que desconfianza en sus ojos y nada más que desagrado en sus modales.

Por el fresco y sombrío camino de campo hacia Juana Díaz apareció una figura. Estaba a un cuarto de milla de distancia, pero nadie podía confundir el sombrero de servicio caído, la camisa azul, el amplio cinturón de cartuchos, los pantalones azules, las polainas marrones, el rifle sostenido ligeramente en la cavidad del brazo izquierdo. Era el primer explorador estadounidense.

Permaneció casi dos minutos mirando en nuestra dirección. Luego se acercó hacia nosotros. Cuando había avanzado diez pasos, otros cuatro hombres, idénticos en apariencia, aparecieron detrás de él. La multitud alrededor de la tienda no podía verlos. Su primera información fue cuando un joven sargento estadounidense galopó en un poni nativo. Luego, dos de ellos montaron sus caballos tranquilamente y se dirigieron hacia las líneas españolas. El joven sargento nos gritó:

«Bueno, digo, no creo que lo permita. ¡Esos indios cabalgando para delatarnos!»

Galopó apresuradamente por la carretera y nosotros lo seguimos, pero los dos puertorriqueños regresaron dócilmente.

Los cinco soldados a pie llegaron frente a la tienda. No se detuvieron, prestando poca atención a nadie. Con su paso, los puertorriqueños comenzaron a animarse y sonreír. Luego apareció el apoyo de los exploradores y flanqueadores, cuarenta hombres bloqueados en una sólida pared de azul oscuro, avanzando por la carretera. Los puertorriqueños parecían alegres. Después de que el apoyo pasó, hubo una pausa considerable. Luego, seis compañías de infantería de Pensilvania marcharon, con el tintineo de cantimploras y el arrastre de pies. Los puertorriqueños parecían felices. Para cuando el general avanzó con su personal, estaban felices, extremadamente educados, abrumando a todos con atenciones y confesando tímidamente su devoción eterna a los Estados Unidos. El propietario de la tienda desenterró un nuevo diccionario inglés y español y señaló con orgullo su deseo de aprender el nuevo idioma de Puerto Rico. No hubo una sola ceja fruncida en ningún lugar; todos estaban llenos de alegría. Les dijimos que eran un grupo de hombres honestos. Y, después de todo, ¿quién sabe?”

Gracias don Heriberto, por no claudicar.

 

Saludos compañeras y compañeros.

Antes de decir cualquier cosa, siento la obligación de tomarme el atrevimiento de mandar un saludo al valeroso pueblo dominicano, que un día como hoy, en 1965, se levantó en armas para defender la voluntad de sus clases populares, y como consecuencia, la soberanía de la nación. A nuestras hermanas y hermanos dominicanos, un abrazo.

Habiendo dicho eso:

Para mí es una honra que se me haya invitado a estar aquí, entre tanta gente linda en este Festival de apoyo a CLARIDAD, reconociendo a Don Heriberto Marín Torres.

Me han invitado en calidad de joven. Como diría nuestro querido Andy, las hojas blancas que se asoman en mi cabellera, además de las protestas de mis gastadas rodillas, me hacen cuestionar el haber aceptado. Pero, aun así, Humildemente aquí estamos.

Cuando CLARIDAD me hizo el acercamiento para participar en este homenaje, quedamos en que iba a tomarme unos días para pensarlo, pero la realidad es que antes de colgar el teléfono sabía que lo aceptaría.

«Pero ¿qué voy a decir?» Le preguntaba a Madeline Ramírez, mi reclutadora.

Mi disciplina es la historia, pero no pretendía traer una disertación historiográfica sobre el nacionalismo en Puerto Rico, mucho menos una hagiografía cursi.

Madeline me decía:

-«Piensa en lo siguiente: ¿Qué te viene a la mente cuando piensas en Heriberto?»

Ah, eso es fácil……Yo conozco a don Heriberto…

De hecho, Hace unos meses tuve la desfachatez de autoinvitarme a casa de don Heriberto. Demás está decir que me recibió con brazos abiertos y hasta una cervecita nos brindó. Llegué con la expectativa de escuchar la historia de primera mano de su participación directa en nuestras luchas de liberación nacional.

Esperaba escuchar cómo, un 30 de octubre de 1950, un grupo de hombres y mujeres valientes decidieron dar continuidad a las épicas inconclusas que nos legaron Betances, Valero, Lola Rodríguez de Tió y muchas más…Los disparos, las sirenas, las ametralladoras, el fuego que consumía a Jayuya y aquel coctel molotov que nadie tiró…, doña Blanca Canales plantando bandera de manera desafiante, declarando la república y repudiando el disfraz de legalidad que se le pretendía dar a la ocupación de Puerto Rico mediante la ley 600…

En resumen: las aventuras, sufrimientos y vicisitudes de un patriota con rostro de roble augusto.

PERO
Hablaba una voz suave:
«Yo recuerdo la primera vez que me monté en un carro, fue el mismo día que fui a San Juan por primera vez…»

Me contaba don Heriberto sobre cómo su maestra de escuelita de Jayuya fue tan buena y misericordiosa con aquel grupo de estudiantes que, dado a los mareos causados por las curvas mientras bajaban de nuestra cordillera central, se vomitaron TODOS la ropa. Ella los alineó como chanchitos, les pegó un manguerazo como pudo, y siguieron su odisea a la capital, donde también por primera vez, un niño del campo de Jayuya presenciaría la inmensidad del mar.

Pasaban las horas y mientras don Heriberto nos contaba su vida me di
cuenta que el inmenso mar que vio cuando niño cada vez se hacía más pequeño ante algo que yo no lograba identificar hasta que dijo por primera vez un nombre: Candita.

¡Ajá! Ahí fue que supe…aquella fuerza imparable, aquel primer motor inmóvil que por casi un siglo ha movido a don Heriberto Marín Torres, aquello que dio la valentía a un joven que no llegaba a los 20 años a tomar las armas por una causa noble, justa y necesaria. Aquello que lo llevó junto a Blanca, Elio, Carlos y tantos otros a hacer una denuncia armada y radical. Eso mismo que le permitió soportar la privación de su libertad, lo que ayudó a resistir el ver cómo la vida se le iba de los ojos a Don Pedro, abrazarlo y llorar para no volverlo a ver…y aun así no claudicar.
El amor.
Amor por su pueblo Jayuya, amor por la libertad, el amor por Candita, por sus hijos. Eso ha sostenido a Don Heriberto todos estos años.

Elio Torresola y Heriberto Marín. Foto Alina Luciano

El mismo amor que todos los que amamos este país somos capaces de sentir. La razón por la que nos frustramos, por la que en ocasiones nos desanimamos, por la que a veces queremos echarlo todo por la borda y que se fastidie todo. Y pataleamos, pero, aun así, perseveramos.

Porque nos importan las cosas. Porque nos preocupan. Porque nos duelen….Me he extendido demasiado, por lo que me despido con dos citas de fuentes muy distintas, pero yo sé que ustedes reconocerán:

Dice la primera:

«El revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor. Es imposible pensar en un revolucionario auténtico sin esta cualidad.»
Y la segunda cita, un POQUITO más antigua dice lo siguiente:
«Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.»

Gracias don Heriberto. Por no claudicar.
Por ser un ejemplo de perseverancia en la búsqueda de nuestra libertad, de justicia, de amor.

¡Que viva don Heriberto Marín Torres!

¡Y que viva Puerto Rico Libre!

El autor es historiador y  forma parte del Colectivo de trabajo de las tarimas del Festival

Texto leído como parte de la dedicatoria a don Heriberto MArín en el 49 Festival de Apoyo a CLARIDAD.

Palestina y Puerto Rico serán libres

Victor R Birriel
El pasado 28 de abril en los terrenos del Festival de Apoyo a CLARIDAD se llevó a cabo un acto de solidaridad con el pueblo palestino reproducimos el texto íntegro que se leyó en tarima.
amf
Estamos aquí para honrar la bandera de Palestina, izándola junto a nuestra monoestrellada, como símbolo de la hermandad y la solidaridad entre Palestina y Puerto Rico.
Palestina ha sido una herida abierta en el corazón de la humanidad por los pasados 75 años. El horror y las violaciones de derechos humanos, por parte del gobierno zionista y el  ejército de ocupación de Israel, y las agresiones armadas y de todo tipo han sido vivencias constantes para las poblaciones palestinas en Gaza y Cisjordania.
Acto en solidaridad con Palestina Foto:Victor R Birriel

El conflicto se desató desde el momento mismo de la creación del estado de Israel en 1948, una invención de las potencias europeas, encabezadas por Gran Bretaña, y apoyadas militarmente por Estados Unidos, que se ha extendido como un cáncer por todo el territorio palestino, ocupando tierras y propiedades, sitiando ciudades, desplazando la.poblacion, racionando comida y otros servicios básicos, y masacrando a sangre fría a quienes les hacen resistencia. Lo que fue una vez un amplio territorio donde cohabitaban en paz múltiples pueblos y etnias, se ha convertido en un enorme campo de concentración para los cerca de 3 millones de palestinos en los territorios de Gaza y Cisjordania. .

Este casi eterno conflicto tomó otro cariz a partir del 7 de octubre de 2023. La  embestida israelí contra Palestina de los últimos siete meses ha rebasado todos los parámetros y convenciones de las guerras tradicionales. Es una guerra claramente genocida que la humanidad entera puede presenciar, a través de satélites y  redes digitales. Los partes de prensa e imágenes muestran a diario la magnitud de los bombardeos y la  devastación, el odio y la saña de las milicias israelíes en su trato hacia la población, y las crecientes cifras de muertes ocasionadas por la inmisericorde ofensiva militar que ya  ha cobrado 34,000 vidas en Gaza y 500 en Cisjordania, mayormente de mujeres, niños y niñas.
La Corte Internacional de Justicia en La Haya tiene ante sí la poderosa evidencia documental presentada por el gobierno de África del Sur sobre el genocidio perpetrado por Israel en Gaza. Igualmente poderosos han sido los testimonios de periodistas y de las organizaciones de salud, humanitarias y de derechos humanos que presencian allí todos los días la destrucción fisica y pérdida de vidas en Gaza, y la ocupación ilegal de tierras en Cisjordania. En esta misma semana, ocurrió el hallazgo macabro de una fosa común secreta cercana a un hospital en Gaza, con más de 200 cadáveres.
Aunque los gobiernos de las grandes potencias de Europa y el de Estados Unidos pretenden ignorar y minimizat  la conducta genocida de Israel -y le siguen supliendo armas, apoyo de inteligencia, logística y recursos para la.guerra-  los pueblos del mundo se han levantado frente a sus gobiernos y se han lanzado a las calles masivamente a denunciar la barbarie y reclamar el derecho del pueblo palestino a su autodeterminación política y a un futuro de paz. Son tan amplias y masivas las expresiones y acciones de solidaridad con Palestina en todos los países del mundo, que esa marea mundial tiene en jaque al propio gobierno de Israel, al de Estados Unidos y a los demás gobiernos cómplices, los cuales enfrentan, cada vez más, la pérdida de autoridad moral y respaldo entre sus propios pueblos.
Desde Puerto Rico y desde CLARIDAD- donde damos voz a quienes denuncian el colonialismo y la injusticia en nuestra Patria- también nos unimos a todas esas voces que denuncian el genocidio de Israel en Palestina. Desde el mismo 7 de octubre, hemos sido la publicación en Puerto Rico con la mayor cobertura de los sucesos allí, siempre recordando con profunda emoción nuestros lazos comunes de solidaridad y lucha anticolonial con el hermano pueblo palestino.
¡Viva Palestina libre ! Viva Puerto Rico libre!
San Juan, Puerto Rico
28 de abril de 2024

“Somos el Yunque, donde se fragua el amor a la independencia de la Patria”

Ada Rosa Rivera y don Heriberto Marín. Foto Juanma Hernández

 

 

Primero, quiero expresar mi profundo agradecimiento al colectivo de CLARIDAD por haberme dedicado este Festival # 49, el cual llega en un momento histórico. Sumamente importante para nuestra lucha de tantas décadas que ha costado muchos sacrificios, tragedias, sangre, muertes, persecuciones y cárcel. Pero estamos de pie, con mucha voluntad y esperanza. No han podido vencernos. Porque hemos sido un hueso muy duro de roer por los dientes del imperio. Somos el Yunque, donde se fragua el amor a la independencia de la Patria. Éste no es un homenaje solo a mi persona, y sí a la perseverancia de todos nosotros y nosotras. Un homenaje a los que luchan sin cansancio, a los que luchan en todos los frentes. Es un homenaje a cada uno y una de ustedes, que mantienen en alto la bandera de la Patria. Lo comparto con toda mi familia, mis hijos, hijas, nietos, nietas y mi bisnieta. A todos, pero muy en especial a una que fue mi sostén y la que sí, me está esperando en la otra orilla del camino, Candita, la madre de mis hijos e hijas.

En estos largos años de lucha, he aprendido a ser perseverante. A no desesperar, a caminar despacio, sin prisa, pero con paso firme. Cada paso tiene que ser seguro. Todo tiene su tiempo. He conocido compañeros que se cansaron antes de llegar a mitad de camino. Pensaron que era una carrera de cien metros, ignorando que era un maratón de muchos kilómetros y muchas vallas que pasar.

Cuando vivía en la urbanización de Villa Andalucía, en el Expreso de Trujillo Alto, todos los sábados pasaba por el cruce de la avenida para ir a hacer compra a la cooperativa Dos Pinos, donde ahora está la Avenida Piñero. Siempre encontraba en ese cruce a cinco o seis independentistas recogiendo dinero para el Partido, mujeres y hombre.

Me llamó la atención un señor muy mayor que se movía entre los carriles a riesgo de ser impactado por un auto. Era don Lucas Guerra. Siempre le echaba unas monedas y lo saludaba, pero me sentía inútil. Una mañana vi como un tipo lo llamó, hizo el aguaje de echarle una moneda en la lata y le llevó el único billete que le habían dado. Confieso que me sentí mal. Pequeño, ante aquellos hermanos y hermanas.

Un sábado me fui a hacer la compra en la mañana. A las 9:00 am me presenté con una latita a la colecta y me uní a ellos. No les extrañó verme allí. Sentí una gran satisfacción cuando le di un abrazo a cada uno y una. Me paré en la parte que da a Trujillo. Comprendí que la lucha en cualquier frente es sumamente valiosa. Que la Patria la constituimos todos los que la amamos.  Que no podía conformarme con el hecho de haber participado en una revolución; de asistir al Grito de Lares todos los años; a Ponce el 21 de marzo; al aniversario de la Revolución; a los cementerios y a la conmemoración del natalicio de Don Pedro. A la verdad, que me estrujaba la conciencia. Todavía el expreso hacia Trujillo Alto no existía. Pero allí me paré. Muchas de las personas, especialmente vecinos de la urbanización, les extrañó, pero me echaban sus monedas. No importaba del partido al que pertenecían. La colecta duraba tres horas. Por suerte, cuando fuimos a contar lo recogido, lata por lata, me sorprendí que mi latita era la que más dinero tenía. Así que los sábados iba hacer la compra temprano y a las nueve de la mañana estaba en la colecta. Recoger en vellones 70 y 80 dólares en ese tiempo, era un éxito.

Personalmente no conocía a Rubén Berríos, sí, a Juan Mari Bras. Lo conocí en el1948, en Coabey. Juan, junto al liderato de la huelga del 1948 en la Universidad, iban a visitar a Don Pedro, que residía para entonces en casa de Blanca Canales. Hicimos amistad y desde entonces nos tratamos de tú. Nos llamábamos por nuestros nombres, Juan y Heriberto. Cuando la convención del MPI en Caguas, recibí una invitación para que asistiera. Mi respeto y admiración hacia Juan fue siempre el mismo, de cordialidad y de gratitud.

Victor R Birriel

A Rubén vine a conocerlo en persona, en el 1971, cuando la gesta de Culebra. Me impresionó enormemente su frase para la historia –“Violar la ley del imperio es cumplir la ley de la Patria”- El haber seguido el ejemplo del Partido Nacionalista de no reconocer derecho alguno a las cortes del imperio a juzgar a los puertorriqueños por defender el derecho a ser libres y que le costó, junto a otros compañeros, tres meses de prisión, me llevó a cooperar con el Partido independentista. Cuando salió de prisión, me presenté una noche en el comité del Partido, que para entonces estaba en la Avenida Muñoz Rivera, casi desembocando en la calle que da a la Universidad. Me acerqué a Rubén y le dije que yo era nacionalista pero que quería cooperar con el PIP. Me dio un abrazo y desde entonces caminamos juntos.

Hoy, nos encontramos en el momento más propicio para adelantar nuestras aspiraciones: la lucha por la independencia. Me regocijo con los acuerdos en que han llegado el PIP y Victoria Ciudadana. El desprendimiento de los líderes de ambos Partidos, de unir voluntades para salir del atolladero político en que nos han sumergido los dos partidos colonialistas, constituye un gran paso gigantesco en la descolonización de nuestra Patria. Para aquellos que hemos predicado la unidad y la convergencia en el ideal Patrio, es muy esperanzadora esta alianza. Felicito, de todo corazón a Juan Dalmau y a Manuel Natal. Ya puedo marcharme tranquilo. Solo le he pedido al Sumo Creador, que me permita vivir hasta fines de noviembre de este año. Pues quiero trabajar en un colegio como lo he hecho desde el 1972 hasta hoy, y disfrutar del amanecer de una Patria Nueva, con mujeres y hombres que llevan en la frente una estrella resplandeciente. Este es el momento. No podemos posponerlo para luego, porque corremos el riesgo de perder la Patria.

El día que me llamaron de CLARIDAD para informarme de la dedicatoria, no tuve palabras. El mes de febrero para mí, significa mucho; alegría, angustia y nostalgia. Fue el mes de mi boda, pero también el de la partida de Candita, un día 14. El llamado día del amor o la amistad.  Me sentí emocionado. Confieso que profundamente agradecido. Si me preguntan si me alegré, pues claro, ¿a quién no le gusta un dulce, aunque sea diabético?

Siempre he dicho, que la lucha por la independencia es una de amor, jamás de odio o venganza. Mientras menos dolorosa sea, mejor aún. Esta Tierra nuestra ha sido abonada con mucha sangre y sacrificio. Aquellos que nos precedieron, nos trazaron el camino. Lo dejaron abierto para las nuevas generaciones. Todo esfuerzo es válido. Lo importante es saber usarlo. Un voto en la colonia, puede ser como una bala en el corazón del imperio. La semilla sembrada con mucho amor y sacrificio está dando frutos. No podemos dejar que se pierdan, ya están maduros. Nos toca a todos y todas recogerlos, jóvenes y menos jóvenes.

Ustedes los que han estudiado en la Universidad de Puerto Rico, nuestra IUPI, deben de recordar su himno: “Cantemos unidos, unidos cantemos”.  Podemos parafrasearlo: “Marchemos unidos, unidos marchemos” Ese debe de ser nuestro gran propósito, para llegar a la meta. Como el tiempo cambia, tenemos que usar nuevas tácticas. Buscar nuevas brechas que nos lleven al triunfo. Lo que no puede cambiar es el ideal, ni el propósito de la lucha.

Decía Santa Tersa de Jesús, que “la perseverancia todo lo alcanza”. Nosotros hemos sido el ejemplo de ello. Cuando Muñoz Marín, lloroso, casi de rodilla, le prometió al presidente Eisenhower que acabaría con el nacionalismo en Puerto Rico, a raíz del ataque al Congreso, ¡qué equivocado estaba! Hoy está más vigente que nunca. Estamos de pie. El muerto es el ELA. Su talismán de la traición. Sin cansancio, sin claudicaciones. Rompiendo los eslabones de la cadena del coloniaje en pos de la Patria Nueva.

Decía Don Pedro que el nacionalismo es “la Patria organizada al rescate de su soberanía”. En esos esfuerzos estamos y hacia esa soberanía nos dirigimos.

Cada uno y una de nosotros y nosotras tenemos un deber patriótico: ofrecerse desde hoy a ser funcionario de colegio en las elecciones. No podemos dejar que nos roben un solo voto. Si marchamos unidos, unidos venceremos.

¡QUE VIVA PUERTO RICO LIBRE!

Un voto es como una bala en el corazón del imperio.

Palabras pronunciadas en el 49Festival de Apoyo a CLARIDAD el 25 de abril 2024.