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¿Después del 1ro de Mayo, qué?

 

Especial para CLARIDAD

En nuestro más reciente escrito, “Impacto de la Ley 45 en el movimiento sindical” señalamos los retos que a nuestro entender tiene por delante el movimiento sindical puertorriqueño. Hoy ampliamos nuestros comentarios.

Celebrado el 1ro de mayo se levantan reivindicaciones generales y particulares de cada sector.  Se destaca la justicia salarial tanto en el sector público como el privado. El rescate de la negociación colectiva y el respeto a los acuerdos y su cumplimiento. La lucha por un retiro digno no puede faltar.

La defensa de la educación pública y la Universidad de Puerto Rico es otra bandera de lucha. Detener el crimen ambiental y los desarrollos de construcción indiscriminados sin vínculo a las necesidades de las comunidades. De ahí surgen los desplazamientos de comunidades o sectores en particular como pueden ser los migrantes.

La ruta de la marcha dirigida hacia la sede de la Junta de Control Fiscal evidencio que existe consenso en adjudicar a una Junta ilegal e imperial los males que nos aquejan. Esta denuncia implica un rechazo al colonialismo que es el mal de fondo, que explica la crisis política, social y económica que atravesamos. No obstante el consenso explicado en los análisis, el movimiento sindical auspicio dos actividades en lugares distintos. La consigna de la unidad, la fuerza y el “dar un solo golpe” no estuvo en la estrategia en el año 2023.

El tema de la energía, más allá de una disputa laboral, nos afecta a todos en la medida que no se reconoce la energía como derecho humano. Por el contrario, la energía se asume por el gobierno de la metrópolis como un gran negocio al cual se le asignan cantidades millonarias de dólares para el financiamiento privado de placas y baterías, la creación de empresas privadas para administrar las agencias públicas de generación, distribución y mantenimiento del sistema eléctrico. Así las cosas enfrentamos el pago de un plan de ajuste de la deuda que se pretende imponer por décadas al pueblo trabajador.

La defensa de la igualdad, la perspectiva de género, la lucha de la Mujer por ser reconocida en igualdad en una sociedad montada desde la perspectiva patriarcal es un asunto primordial. Estos temas y otros que se nos escapan de la memoria se trabajan diariamente de acuerdo a los recursos de cada sector. Algunos de ellos, sino la mayoría, no están en las prioridades de los sindicatos. De ahí que la pertinencia de la organización sindical este en juego. Aunque son asuntos que afectan a la clase trabajadora no se atienden por todos los sindicatos. En los sindicatos que se asume el tema, se hace mediante una cuota de solidaridad dispuesta por el liderato sin mayor trascendencia hacia la matricula.

Las banderas de lucha no pueden ser levantadas solamente en los días memorables de nuestras más importantes gestas. Es necesario que se atiendan todas desde la perspectiva de una estrategia a largo plazo, haciendo hincapié en las luchas inmediatas que nos produzcan logros y esperanzas para vencer. Desde el punto organizativo se hace necesaria la construcción de estructuras de dirección, discusión, análisis donde participen el mayor número de sindicatos. Divididos nos quiere mantener el patrono y el gobierno. Recordemos, en la Union está la Fuerza.

Esta unidad no se hace por decreto. Es necesario dar contenido a ese proceso. En primer  lugar es necesaria la educación y formación sindical a todos los niveles de las matriculas y clase trabajadora, incluyendo los estudiantes. Cuando decimos a todos los niveles pensamos en procesos educativos básicos, intermedios y avanzados de tal forma que produzcamos cuadros sindicales que aspiren a ser dirigentes comprometidos con el pueblo trabajador. Que no lleguen por suerte del destino a una posición de liderato, sino que sea la consecuencia de un esfuerzo en preparar líderes. Ese esfuerzo educativo debe comenzar desde la escuela secundaria de la cual salen a trabajar miles de estudiantes. Otros continúan estudios y trabajan. Los menos son estudiantes a tiempo completo. Es por ello que el estudiante tiene que conocer de donde viene y cuál es su futuro desde la perspectiva laboral.

Ese proceso educativo y de formación debe dar contenido clasista a la lucha. Tenemos que entender que existe una lucha de clases en todos los terrenos de la vida. En lo económico, lo político y en la vida cultural. Qué instituciones nos representan, cuáles son nuestros aliados y cuales son representantes del capital es parte de nuestro análisis para actuar con conciencia de clase trabajadora. No se puede colaborar ni buscar conciliación con quienes nos oprimen o con quien se presta a hacernos el juego. Desde esta perspectiva vamos valorando que tipo de sociedad queremos construir, que valores deseamos tener como prioridad en nuestras vidas.

Lo anterior debe manifestarse en tareas concretas que adelanten objetivos para organizar a la clase trabajadora en su centro de trabajo o en su comunidad. El desplegar actividades que rescaten el derecho de negociación colectiva, incluyendo las huelgas será otro objetivo de formación y afirmación de nuestros valores frente a las campanas neoliberales.

Hoy se requiere la denuncia permanente de la ilegalidad de la Ley PROMESA y sus nefastas consecuencias para nuestro país. Que una Junta de Control Fiscal tenga el poder de gobernar, mandando sobre el ejecutivo y el legislativo que fue electo es una caricatura siniestra de la colonia. Ni los jueces pueden interpretar el estado de derecho de la Ley PROMESA. Unas corporaciones del capital internacional sirven de asesores de la Junta y se llevan una tajada millonaria en gastos y honorarios para mantenernos cautivos del mundo financiero y del capitalismo corporativo mundial. Denunciar el colonialismo, la deuda y la Junta como ilegales y parasitarios se impone.

Este proceso no es fácil. Tampoco es lineal y programado por etapas. Su desarrollo dependerá de la acumulación de experiencias y memorias que facilitadas por la educación, la formación de cuadros y la experiencia nos permitirán avanzar en la unidad como objetivo. Aquí se impone que todas las luchas se entrelacen en la creación de un frente de acción contra el neoliberalismo.

Entender como el capital ha ido moldeando nuestros valores, pensamientos, aspiraciones, instituciones y espacios a favor de lo individual para rechazar todo lo que es colectivo es vital. El neoliberalismo plantea con sutil crueldad que la salvación es individual. De esta cínica manera nos lleva a rechazar los derechos para la colectividad y proponer el éxito económico como la felicidad. Los que no consigan el éxito económico es porque son perdedores y como tales deben ser desechados socialmente.

Eso es el neoliberalismo. Eso es el capitalismo, el salvaje y el domesticado. En tiempos de mayor productividad, de los más avanzados adelantos científicos en todos los órdenes, de mayor riqueza acumulada (donde individuos poseen más riqueza que ciertos estados) se produce mayor desigualdad económica y social. Vivimos en una sociedad excluyente, donde la opresión, la explotación de unos pocos sobre la mayoría existe.

Después de esta 1ro de mayo no podemos plantear hacer un mejor 1ro de mayo en el 2024. Tenemos que plantear trabajar todos los días para hacer y tener una mejor sociedad.

 

Será Otra Cosa-Regreso a un texto de la escritora neoyorkina Vivian Gornick: Cuentas pendientes.

 

Reflexiones de una lectora reincidente (2021). En esta ocasión, más que la primera vez, me detuve en la nota que incluyó la autora al inicio del libro y que reproduzco aquí:

«En este libro hay frases, párrafos, pasajes enteros incluso, que en su origen aparecieron en otras publicaciones mías. Me he tomado la libertad de «fusilarme» a mí misma, por así decirlo, precisamente porque el tema de este volumen es la relectura, y me ha resultado útil «releerme» al haber cambiado el contexto en el que aparecieron por primera vez los pensamientos grabados en estos pasajes. Deseo sinceramente que esta práctica no desconcierte a los lectores».

Lo que principalmente me ha llamado la atención de esta nota es que Gornick, cuya escritura, desde el 1969, ha dado voz al movimiento feminista en Estados Unidos, le pida disculpas al lector por el «desconcierto» que la forma de su texto pudiera producirle. Me parece interesante en primer lugar porque el feminismo, en general (se sabe que hay variantes), es un movimiento cuyos reclamos principales implican la desestabilización de las formas sociales imperantes, a fin de alcanzar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.  Y, en segundo lugar, en este sentido, el desconcierto no debería ser algo a lo que el público lector de esta autora, ni ningún otro, deba rehuir. Al contrario. Hubiese creído yo que en el siglo XXI era no sólo posible sino necesario e imperante desconcertar al lector; moverlo, incitarlo a salir de su zona de confort, incomodarlo al punto de que reaccione cuestionándose las ideas y nociones que tenga acerca de todo, pues todo influye en la manera en que nos enfrentamos a un texto, en cómo nos posicionamos frente a él. Un feliz momento en ese cuestionar también pudiera ser aquél en que el lector, superado el reto de atreverse a ir más allá de sus voluntarias limitaciones mentales, recrimine o increpe al autor por ocasionarle tal desazón, enredo o confusión (pienso ahora mientras escribo en un cuento buenísimo de Manuel Vázquez Montalbán: «Una lectora corrige a su escritor favorito» https://www.vespito.net/mvm/lectora.html). A fin de cuentas, se sabe que la lectura de un libro no debería servir únicamente para confirmar nuestras ‘verdades’ sino para abrirnos a nuevas posibilidades, a diferentes o nuevas maneras de ser.

Que Gornick pida disculpas por el posible desconcierto y que, además, reconozca que este pudiera deberse a la reutilización de unos materiales que ha recontextualizado para la construcción de un nuevo texto, me lleva a pensar que la recepción favorable de la literatura como expresión artística depende de cuánto se ajuste en su forma o en sus temas a nuestros convencionalismos. Esto refleja, en el siglo XXI, lo que parecería ser un permanente anclaje a los modelos o formas de arte más tradicionales. Y el problema no es necesariamente la tradición, sino el anquilosamiento al que esta puede conducirnos, situación que es peligrosa. Confirmamos entonces que, en materia de crítica, los debates sobre esto siguen siendo los mismos de hace ¿doscientos años? Seguimos atados a las nociones del realismo decimonónico positivista. Y me pregunto si en parte se deba al ansia de ‘alcanzar’ la plenitud del ser, de superar la escisión interna que nos caracteriza, o si en definitiva podemos echarle también la culpa de esto al capitalismo sin más.

Los lectores o los consumidores de literatura (muchos los somos cuando nos negamos a trascender las formas del realismo más ramplón, esas que se ajustan bien al sistema o esas a las que el sistema se ajusta mejor, las formas cerradas en las que no haya muchos cruces ni disparidades; lineales, unívocas, sin fisura, con principios y finales claramente definidos y delimitados, estos últimos preferiblemente felices, tipo comedia romántica de Hollywood) somos capaces de descartar una obra o un texto literario cuando no se alinee con ese molde común de la ‘realidad’ que nos hemos construido a partir del discurso dominante de nuestro tiempo moderno/tardomoderno. Esto resulta ser una limitación tan perniciosa como la falta de curiosidad, que, en palabras de nuestro incisivo Nemesio Canales, es la que «te arrastrará cada vez más lejos de la plaza de tu pueblo». La falta de curiosidad nos condena al anquilosamiento del espíritu y es eso lo que debemos evitar a toda costa. El sistema en el que vivimos nos ha obligado a asumir unas formas de vida en las que no hay tiempo ni sosiego suficiente para dejarnos arrastrar por la curiosidad. El tiempo se nos va en trabajar porque nos han hecho creer que es eso lo único que dignifica nuestras vidas, nuestras frágiles vidas que duran siempre lo que un día. El ajetreo, la prisa, los compromisos económicos, las expectativas sociales nos roban el tiempo del esparcimiento, de la reflexión y del pensamiento profundo. Sin eso estaremos siempre reticentes, respondiendo con desconcierto a todo aquello que se nos muestre diferente, que nos saque de onda o de carril, aquello que atente contra nuestro orden que es el de la línea de producción. De ahí el que hayamos aprendido a apreciar las cosas superficialmente, conforme a su valor de cambio o de uso, y es así como hemos terminado prefiriendo lo fácil a lo necesario, y con fácil me refiero a aquello que nos viene dado y que nosotros hemos aceptado sin vacilación, sin mayor reflexión, como válido, como lo real.

Las disculpas anticipadas de Gornick a sus lectores por el desconcierto que pudiera provocar la selección y el manejo de los materiales de los que se sirvió para la construcción de su texto, evidencia que ella sabe de la pata que cojeamos, y que, por lo tanto, el desconcierto es necesario para lo que ella y tantas otras mujeres llevan haciendo con la palabra escrita todas sus vidas: desestabilizar el orden del sistema, sus formas, su discurso, por represivo, patriarcal, alienante e injusto.

Nos merecemos no únicamente el tiempo para la lectura, sino también para la necesaria relectura. Esa que se hace con visión serena y que nos lleva más allá de la superficie engañosa a la que nos hemos acostumbrado. Luchar por esto también es una manera de resistir el embate del sistema.

 

 

En Reserva-Hacerle la carrera al fuego

Hell or High Water (2016) Dir. David McKenzie

 

Hell or High Water (2016), dirigida por David Mckenzie, es parte de la llamada “trilogía de la frontera estadounidense” (Sicario (2015), Wind River (2018)) del guionista Taylor Sheridan. La película hace uso de los tropos y discursos del western para explorar la intersección entre la ley, la criminalidad y el rol ambiguo de la violencia en la configuración de la identidad estadounidense.

Mucho se ha debatido y teorizado sobre qué caracteriza al western, a menudo desde perspectivas contradictorias. Sin embargo, se acepta casi unánimemente que se trata de una forma fílmica que aborda la compleja “identidad” estadounidense. Con ello, se establece que lo que distingue al western es su carácter histórico-utópico, ya que siempre se desarrolla en el encuentro del individuo con un no-lugar cargado de ambigüedad: en el horizonte se atisba la posibilidad de acceder a un edén o de descender a un infierno (Kitses). El western es un conducto para desplegar fantasías históricas capaces de actualizar el tejido identitario estadounidense.

Entonces cabe preguntarse qué historias cuenta uno de los westerns más exitosos de nuestros tiempos. ¿Hacía qué horizontes cabalga ese sujeto asechado por el malestar en su cultura?

El argumento se desarrolla en el oeste de Texas, en el extrarradio suburbano y rural de Lubbock. Los hermanos Toby Howard (Chris Pine) y Tanner Howard (Ben Foster) realizan una serie de robos armados al Texas Midlands Bank para intentar salvar la casa y el terreno familiar ante la amenaza de expropiación y desahucio. Los robos están bien pensados. No roban billetes grandes, ni fardos marcados. Intercambian el dinero robado por fichas del casino local. Al terminar la jornada, vuelven a intercambiar las fichas por cantidades módicas de efectivo y cheques dirigidos al mismo banco. El dinero que horas antes era evidencia se ha convertido en capital. La meta es clara: pagar los cuarenta mil dólares que debe la hipoteca inversa antes de que termine la semana y se venza la fecha límite y se cumpla la ejecución forzosa de la propiedad. Marcus Hamilton (Jeff Bridges), un Texas Ranger avejentado, intenta capturar a los bandidos para cerrar su carrera con broche de oro. El policía les sigue la pista por el paisaje desolado del oeste tejano mientras sus interacciones con su entorno nos informan del contexto socioeconómico.

Al capturar los robos armados y la investigación policíaca que les pisa los talones, la cámara ofrece tomas de un paisaje desolador. Se muestran cuadras deshabitadas de varios pueblos venidos a menos en el desierto tejano, rodeados de las ruinas de la desindustrialización del siglo pasado y los estragos del capitalismo financiero del presente. Los periplos de los asaltantes y sus contrapartes se ambientan en carreteras repletas con letreros de cierres de negocios o cruzacalles de casas prestamistas que ofrecen alivio inmediato de deudas. Los hermanos han sido víctimas de los embates del capital. El banco había infravalorado la casa y había sumido a su madre, enferma terminal, en un préstamo depredador en el que perdería su tierra.

Para juntar la suma, los hermanos se ven forzados a improvisar parte del plan. Tanner, el mayor, se sacrifica y muere en un intercambio violento con la policía y los civiles. No obstante, el sacrificio calculado de los hermanos se reviste de otro propósito noble: Toby, el hermano menor, coloca la propiedad en un fideicomiso manejado por el mismo banco al que le robó el dinero. La casa quedará en manos de su exesposa e hijos. Usará el resto del dinero para instalar maquinaria de extracción de petróleo sobre los depósitos recién descubiertos en la propiedad. Toby le devuelve al enemigo la violencia en su propia moneda mientras que la policía y la ciudadanía, armada hasta los dientes, desatan una lluvia de balas sobre Tanner: nada más emblemático del imaginario fronterizo estadounidense.

¿Y dónde queda la frontera?

 Hell or High Water se conforma muy bien a lo que la crítica ha denominado el neo-western. Al igual que su forma predecesora, el neo-western elabora una narrativa en torno al fenómeno fronterizo. Sin embargo, esta tendencia contemporánea se distingue del western clásico en que la frontera no se ciñe a los límites cartográficos del territorio estadounidense, sino que se erigen nuevas fronteras al interior del cuerpo nacional desde los asuntos que fracturan la cohesión social, entiéndase afiliación política, etnia, clase, entre otros (Waechter, Stiggleger).

 Si bien el guión de Sheridan usa la cuestión racial para anclar la película en el género y sus perpetuas ansiedades ante la otredad, se solapa el rol del supremacismo blanco en el entramado de violencia y explotación estadounidense. La cuestión racial queda incómodamente expuesta e irresuelta: Hamilton le propina insultos racistas casuales a su compañero Alberto Parker (Gil Birmingham), un Ranger con ascendencia comanche y mexicana, que muere a manos de Tanner, el hermano de Toby. El Ranger nativo americano-mexicano funge como el arquetípico sacrificio y su última reflexión nos permite vislumbrar el acercamiento revisionista que adelanta el filme en torno a la historia de la nación.

En una escena clave, Parker argumenta que los ancestros blancos de Hamilton también fueron indígenas en algún lugar y que en algún momento sufrieron los mismos atropellos que sus ancestros hace algunas décadas. Ahora, dice Parker, alguien está invadiendo y desplazando a los asentadores blancos, sin ejército, y señala la sucursal del banco que tienen frente a sí. El Ranger no es quien único esboza esta visión. Otros habitantes de la zona expresan poca simpatía por los bancos que han robado los hermanos. Mientras que unos se limitan a expresar sorpresa porque los bandidos no sean mexicanos, otros se regocijan de que alguien le haya robado a quien les lleva robando hace más de treinta años.

Entonces, se podría argumentar que el acercamiento ahistórico del guion pretende solapar la frontera imperial-racial que subyace el ciclo histórico de explotación capitalista. Al sobreponer la diferencia de clases como nueva frontera, como la bisagra entre la humanidad y el salvajismo, el capitalismo financiero se configura como ese otro que amenaza la integridad del tejido social y amerita violencia justiciera.

Cuando todo ha acabado, el Ranger Hamilton no es capaz de descansar en sus laureles y disfrutar su retiro. Le atormenta no entender lo que ha sucedido. Su experiencia sublime no ha sido presenciar la muerte violenta de su compañero, ni ver su paisaje nativo reducirse a la ruina. Al ver que Toby no gasta desmedidamente el dinero que ha robado, lo que le atrae y le rebasa es no comprender qué motiva a su contrario. No puede resistir visitarlo, buscando explicaciones. En un encuentro en casa de su enemigo, mientras en el trasfondo se ven dos bombas de varilla extrayendo petróleo, el joven afirma:

“He sido pobre toda mi vida. También lo fueron mis padres y sus padres también. Es como una enfermedad que pasa de generación en generación, que se vuelve un mal. Eso es lo que es. Infecta a cada persona que conoces, pero a mis hijos no. Ya no. Esto les pertenece ahora.”

Ahora, al habitar en este país tan desmedidamente violento, medito sobre las causas y los horizontes que proyectan las nuevas narrativas fílmicas. Me inquieta la inaudita proximidad que logra la película con los elementos constitutivos de una conciencia de clase. Al ver que los héroes decantan por una descripción de la pobreza como enfermedad congénita, intuyo que las historias que se cuenta el país son contrarias a la formación de una comunidad: ante la amenaza, la salvación es individual e inmunitaria.

Pienso en una escena al principio de la película. Un grupo de vaqueros intenta salvar su ganado mientras un enorme fuego arrasa con sus tierras. Hamilton, con algo de pena, le dice a uno que quisiera poder ayudarlos con algo. El vaquero le responde que mejor sería dejarlo que lo consuma el incendio y lo vuelva cenizas, porque en pleno siglo XXI está montado a caballo, haciéndole la carrera a un fuego y luego se pregunta por qué sus hijos no quieren seguir sus pasos.

¿Será que el género de los vaqueros, los indios y el territorio imaginado no admite utopías basadas en lo común? O, puesto de otra manera, ¿será que se ha desvanecido la tierra prometida del horizonte histórico estadounidense y solamente queda salvarse el pellejo, huirle al incendio?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Escribir es resistir qué cosa?

 

 

En Rojo

La escritura es un acto solitario. Pienso en esto mientras preparo el café y miro a mi alrededor. En esta hora impropia -seis de la mañana del domingo- y alejado del proceso productivo ¿cómo puedo definir este conjunto de actividades que llevo a cabo para producir un texto escrito antes de que la amada despierte? Esperen, ya está listo. Tomar esta taza de café respirando ese aroma que le da cierto sentido a mi modo de interpretar el mundo lo veo como un momento en el que ningún propietario extrae plusvalía de mi trabajo. Es que para mí escribir es un modo de producción. Uso maquinaria -cafetera, computadora- y soy la mano de obra que transforma los insumos: las intensidades de palabras imaginadas en determinada sucesión.

Se me dirá que el párrafo anterior es algo oscuro. Eso porque soy puertorriqueño y no se nos permite, en general, reflexionar sobre lo que nos salga de los cojones. Es decir, a un escritor francés nadie le cuestionará un texto que nos remita a una experiencia que se lleva a cabo en la soledad y en los páramos de la imaginación. Así, parafraseando a Deleuze, la escritura es un proceso creativo que se despliega en un territorio de intensidades, un territorio donde las palabras se convierten en fuerzas vivas capaces de desplegar una multiplicidad de sentidos. Nada original, pero dicho en el idioma de Baudelaire suena bien. Traducido al español implica que es algo importante.

La escritura -para un europeo- es un proceso de desterritorialización, una forma de escapar de las limitaciones de la lengua y de las convenciones sociales. Para un escritor del Caribe, abrumado por los prejuicios de la mirada extranjera que pide palmeras y saoco en la literatura, la desterritorialización se fermenta en una acepción bastante fuerte: pérdida del territorio como unidad política, cultural, social y económica. ¿La escritura es para mí un modo de desvincularme de mi lugar de origen? Si mi lugar de origen es el sistema mundo la respuesta es sí, pero no tengo lugar de origen que no sea el imaginario. Lo que tengo es un espacio en el que existo, ahora, con el que me vinculo de manera lenta en un momento en el que la movilidad de las personas, bienes, información y capitales es rápida. Sin duda el poema “alta traición” de Jose Emilio Pacheco lo expresa mucho mejor que Deleuze, Zizek o yo:

 

No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
es inasible.
Pero (aunque suene mal)
daría la vida
por diez lugares suyos,
cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
fortalezas,
una ciudad deshecha,
gris, monstruosa,
varias figuras de su historia,
montañas
-y tres o cuatro ríos.

 

Gracias, poeta. Ese poema me sirve de epígrafe para esto que hago, Tomarme este café lentamente. Me siento a escribir con calma.

El escritor que soy -entre las intensidades diversas de escribir poesía y tramar novelas- ¿se enfrenta a la soledad y a la incertidumbre? No creo. No es un enfrentamiento. Es una visita. Es un placer. Sin embargo, aunque la escritura es un acto solitario, no se trata de un proceso aislado o desconectado del mundo. Ni de ese espacio -ese fulgor abstracto-. Se encuentra uno inmerso en una red de relaciones, en un mundo de ideas y de sensaciones que te atraviesan. Escribir es una puesta en escena que involucra a múltiples actores y que se extiende más allá del escritor solitario, que es por cierto una pose romántica. En la escritura, me conecto con la historia del territorio que ocupo. De ahí mi obsesión con los periodistas espías en la Guerra Hispanoamericana; con el pintor que se inventó a los vaqueros y al General Miles; con el joven que saluda militarmente luego de ejecutar al Coronel vestido de blanco frente al Recinto Sur; por ejemplo. Estoy aquí solo -pongo unos boleros bien bajitos en Spotify- sin abandonar el entorno cultural y social, o mis propias pasiones, con los múltiples mundos que se encuentran en mi cabeza o en el exterior. Por eso también se escribe sobre el futuro y la nebulosa de Orión. Es en ese sentido que puedo usar la palabra desterritorialización: la escritura nos lleva más allá de las fronteras de lo conocido y es el agua del río que cruzamos hacia el territorio de lo posible.

Ahora bien, se hace literatura. Es ese un agenciamiento colectivo, un proceso que no se agota en la figura del escritor solitario. ¿La literatura es una máquina de guerra contra la homogeneización cultural, una forma de resistencia contra el orden establecido y sus mecanismos de control? En cierto modo. No quiero colocarme, metafóricamente, del lado de la épica. Aquí, solo, escribiendo un poema, una novela, esta nota, ¿a qué enemigo quiero derrotar? ¿A quién resisto al crear nuevos lenguajes expresivos? ¿Dónde queda la resistencia como una respuesta consciente y organizada frente a las estructuras y relaciones de poder que nos dominan? Eso, quizás, solo lo piensa alguien que vivió a mediados del siglo pasado y sigue vivo: la resistencia es una forma de lucha contra la opresión y la explotación y es fundamental para el cambio social y la transformación revolucionaria de la sociedad. ¿Se les perdona a los escritores solidarios el materialismo dialéctico? ¿Qué otro dinosaurio piensa en eso?

El materialismo dialéctico sostiene que las relaciones sociales están determinadas por las fuerzas productivas y las relaciones de producción. En este contexto, la resistencia se entiende como un proceso dialéctico que surge de la contradicción entre esas fuerzas y relaciones, y se manifiesta en la lucha de clases entre los propietarios de los medios de producción y los trabajadores. Tomarme este café mientras escribo con el fondo musical -apenas perceptible- de boleros, ¿es resistencia? ¿De qué soy propietario cuando escribo? ¿Soy un trabajador?

Cierto que la resistencia puede adoptar muchas formas, dependiendo de la situación específica y las condiciones materiales y culturales de cada sociedad y época histórica. Algunas formas de resistencia pueden incluir huelgas, boicots, manifestaciones, desobediencia civil, sabotaje, insurrección y revolución. Pero no, aquí sentado -ya terminé el café- no tengo ni siquiera el gesto histriónico de esos franceses que están en las calles de París en protesta porque aumentaron la edad de jubilación. ¿Cómo se resiste en mi entorno? ¿Qué huelga, boicot, desobediencia civil está ahora mismo en proceso? ¿Qué significado tiene hoy la palabra revolución? ¿Para quién escribo? ¿Y si dijera que ni siquiera me hago esa pregunta y que me parece totalmente impertinente?

La amada despierta y le voy a preparar el desayuno. Pienso. Le pregunto qué quiere. Sugiero pancakes. Acepta. Voy a producir realidad con esos ingredientes particulares, harina, leche, moras, mantequilla. Mientras se calienta la sartén le digo que Baudrillard argumenta que la escritura es una forma de crear un universo de signos que puede funcionar como una realidad separada del mundo físico. Esta realidad de signos es capaz de generar significado y sentido, pero también puede ser completamente arbitraria. Por lo tanto, la realidad literaria -¿el producto de mi trabajo?- puede ser vista como una forma de resistencia al sistema dominante de signos y símbolos. Me mira y sonríe. Entonces me explica cómo se hace eso mismo con la fotografía. Milagrosamente no se me quemaron los pancakes mientras escucho.

Ya no estoy solo escribiendo. Charlamos. Le digo que Marx analizó cómo la producción de la cultura y la comunicación en el capitalismo estaban sujetas a las mismas dinámicas de explotación y dominación que otros ámbitos. La producción y el control de la cultura y la comunicación en la sociedad capitalista son relevantes para entender cómo la escritura y otras formas de expresión cultural pueden ser utilizadas para mantener y perpetuar relaciones de poder y dominación en la sociedad. Una sociedad en la que alguna gente se levanta a las seis de la mañana un domingo para escribir una novela sobre un suceso ocurrido en febrero de 1936, o en julio de 1898, o en Marte. Sin embargo, debe haber miles que no tienen sosiego. Decenas de miles, aquí, en la isla. Sin techo. Sin trabajo digno. Sin seguridad social. Sin un sistema de salud que les permita caminar derechos o disfrutar de su café en la mañana. ¿Puedo cambiar eso con mi resistencia pacífica y literaria?

 

Un mapache descubre su familia en Guardians of the Galaxy Vol. 3

 

 

Especial para En Rojo

 En el cine, la cámara tiene la particularidad de hacer interesante todo lo que capta. Esto no quita que hayan películas aburridísimas o imágenes que consideramos una pérdida de tiempo. Pero la cámara es un ojo que torna la imagen en una experiencia única dentro del universo subjetivo del que la observa. Cuando me refiero al que observa, comento tanto en la persona que apunta la cámara como en el espectador que la reinterpreta. Experimentar con ese punto de vista es lo que hace el buen cine. Por esto, la cámara tiene la habilidad de tornarse en cada hachazo con el que Jack Torrance (Jack Nicholson) rompe la puerta del baño para matar a Wendy (Shelley Duvall) en The Shining (dir. Stanley Kubrick, Reino Unido y EEUU, 1980) y de recrear el vértigo de Brody (Roy Scheider) justo en el momento que el tiburón ataca a un niño en Jaws (dir. Steven Spielberg, EEUU, 1975). En relación a la violencia, reconozco la validez de argumentos sobre lo traumático de la violencia visual y sobre cómo nos hemos desensibilizado ante esta. Por ejemplo, el cine retrata nuestra fascinación con las armas y puede llegar a minimizar nuestra realidad asediada por constantes masacres. Es innegable que en el mundo predominan la victimización tanto física y mental. Por esto es tan urgente que nuestras cámaras capturen la violencia de maneras únicas que demuestren sus consecuencias. En su poema, “Every Morning,” Mary Oliver considera el horror de la guerra en las noticias que lee todas las mañanas y su voz poética concluye “I read with my cold, sharp eyes.” Oliver no promueve la frialdad hacia el horror de los demás, sino que exalta la distancia necesaria para procesar las imágenes y así reconsiderar nuestra coexistencia. Un nuevo mundo puede ser creado solo a través de nuevas maneras de observar inclusive la violencia. Guardians of the Galaxy Vol. 3 (dir. James Gunn; EEUU, Nueva Zelanda y Canadá; 2023) trata precisamente sobre la violencia y los lazos que se forman para sanar su trauma.

La trilogía de Guardians of the Galaxy es de lo mejor del universo cinematográfico de Marvel. Esto se debe principalmente a la manera en que su director, James Gunn, explora personajes complejos que redefinen el concepto de lo heroico. Gunn logra darle humanidad a personajes sanguinarios y políticamente deplorables como lo son Peacemaker (John Cena) en The Suicide Squad (EEUU, 2021) y la serie para HBO Max que le sirve de secuela, Peacemaker (2022), y Crimson Bolt (Rainn Wilson), el héroe cristiano de Super (EEUU, 2011). En la primera película de la trilogía, Guardians of the Galaxy (EEUU, 2014), la historia se enfoca en un grupo de guardianes que incluye a Peter Quill (Chris Pratt), un ladrón de mucha labia; a Rocket (con la voz de Bradley Cooper), un malhumorado cazarrecompensas acompañado por el fiel árbol ambulante, Groot (con la voz de Vin Diesel); a Drax the Destroyer (Dave Bautista), que busca vengar la masacre de su familia; y a Gamora (Zoe Saldana), la hija asesina de Thanos (Josh Brolin). En Guardians of the Galaxy Vol. 2 (EEUU, 2017) se juntan al grupo Nebula (Karen Gillan), la segunda hija de Thanos que el titán demente crió para ser una fría asesina; Mantis (Pom Klementieff), una risueña alienígena; y Kraglin (Sean Gunn), un criminal torpe que pertenecía a los Ravagers, el grupo de piratas que secuestró a Peter Quill cuando era un niño la noche en que murió su madre. Como también demostró en su The Suicide Squad, Gunn tiene la habilidad de aunar personajes disímiles pero que gradualmente desarrollan vínculos afectivos mientras enfrentan dificultades imposibles. Los personajes de Gunn logran funcionar en una comunidad algo armoniosa a pesar de que sus defectos persisten. Sus debilidades coexisten con elementos encantadores en un mundo de piratas galácticos, cualidades que siempre me recordarán al terrible y carismático Long John Silver (Robert Newton) de Treasure Island (dir. Byron Haskin, Reino Unido y EEUU, 1950).

Otro elemento característico de las películas de Gunn es su acertado uso de canciones de los 1970, 80 y 90 que le dan una personalidad muy particular a su cine. Cada volumen de Guardians of the Galaxy comienza con una secuencia musical que marca el enfoque de la película. En la primera, Peter Quill baila al ritmo de “Come and Get Your Love” de Redbone mientras busca robar una esfera que esconde un secreto poderoso. Este momento anuncia que el enfoque de esa primera película es Quill. El segundo volumen comienza con el grupo luchando contra una gigante criatura al ritmo de “Mr. Blue Sky” de Electric Light Orchestra, demostrando que la secuela se enfocará en solidificar las relaciones que hacen de los guardianes una familia. El tercer volumen comienza con el momento más personal. Rocket escucha y por momentos canta “Creep” de Radiohead. La melancolía de la canción, que expresa los sentimientos de una persona que desea ser especial, aunque se siente como un paria, refleja que este volumen se concentrará en la historia de Rocket. El personaje es un mapache que ha sido el objeto de los experimentos del antagonista de este volumen, High Evolutionary (Chukwudi Iwuji). El villano es uno de los más despiadados del universo cinematográfico de Marvel porque busca alterar animales indefensos para forzar la constante evolución del universo hacia la perfección. Muchos críticos han rechazado las escenas de crueldad contra los animales en la película ya que las encuentran innecesariamente oscuras para una trilogía que sienten liviana y cómica. Pero esto es precisamente lo que Gunn altera con esta excelente conclusión a la trilogía de Guardians of the Galaxy. Esta película crea un balance genial entre el humor liviano tan característico de la serie y la oscuridad de la historia de Rocket, haciendo del personaje uno de los más gloriosos y humanos de Marvel.

Muchos aseguran que el momento más emotivo del universo cinematográfico de Marvel es cuando Iron Man (Robert Downey Jr.) se sacrifica después de salvar a la humanidad al final de Avengers: Endgame (dirs. Anthony y Joe Russo, EEUU, 2019). Pero me parece que la secuencia en la que Rocket se reencuentra con sus compañeros de celda en un sueño y la conclusión de este momento propina un poderoso golpe emocional con uno de los personajes más complejos de este universo. Rocket es la prueba que el trauma de la violencia solo se puede tratar con el amor de una comunidad. Si a usted no le interesa la trilogía de Guardians of the Galaxy, no creo que el tercer volumen lo convenza de su valor. Sin embargo, para los que tienen curiosidad por el trabajo de James Gunn y para los que entendemos la maravilla de la serie, Guardians of the Galaxy Vol. 3 es el cierre más adecuado para la mejor trilogía de Marvel.