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Puerto Rico domina torneo amistoso de béisbol femenino con Canadá

 

Los equipos representativos de Puerto Rico cerraron con balance de 8-2 para dominar el torneo amistoso de béisbol femenino con la “Académie Baseball Canada”, celebrado por una semana en el Estadio Roberto Clemente Walker de Carolina.

En la categoría de Sub-19, las boricuas cerraron invictas con 6-0 y en la categoría adulta la foja fue de 2-2.

“Este torneo fue muy productivo y de provecho para el talento del béisbol femenino en Puerto Rico. Más aún cuando tuvimos juegos corridos, que no es la norma en el torneo de nosotros, que se juega solo una vez a la semana. Aquí se jugó todos los días, por lo que se demostró una buena condición física de las jugadoras”, detalló el dirigente nacional Carlos Ferrer, quien estuvo a cargo de las dos selecciones puertorriqueñas.

Es la primera vez que la Federación de Béisbol de Puerto Rico organiza una selección Sub 19 de béisbol femenino, por lo que el torneo amistoso abrió la puerta para evaluar el talento joven.

“Pudimos ver a jóvenes que no participan en la Liga de Béisbol Femenino y algunas que por primera vez incursionan en el béisbol femenino, luciendo extraordinariamente bien”, indicó Ferrer.

Fotos suministradas or el autor

Entre las más destacadas del Equipo Sub 19, el dirigente mencionó a Lara Rodríguez, Clarixa Berríos, Yedlimar de Jesús y Claudia Ortiz. “Hay muchas jugadoras que podrían estar en un futuro, no muy lejano, en nuestro Equipo Nacional adulto. Hay mucho talento”, resaltó el mentor.

En el equipo adulto, Ferrer explicó que tuvo varias ausencias significativas de jugadoras que residen en los Estados Unidos o que no se presentaron por compromisos personales.

Ferrer reconoció la labor de la campocorto nacional Adrix Paradizo, la lanzadora Nashaly Agosto y las guardabosques Nashali Rivera y Yairka Morán. También, resaltó el retorno de la lanzadora Angelis Rivera, quien debido a una lesión no vio acción en la pasada temporada de la Liga de Béisbol Femenino.

La Academia Baseball Canadá, con sede en la ciudad de Quebec, cuenta con siete jugadoras integrantes del Equipo Nacional de béisbol femenino de Canadá, que se prepara para el Mundial programado para verano de este año.

Información suministrada por: Héctor Luis Rosa Figueroa
Prensa Federación de Béisbol de Puerto Rico

 

Será otra Cosa-Dios ha muerto, lo hemos matado

 

Especial para En Rojo

En aquél entonces, aun cuando todavía todo era obediencia, ponía ciertas condiciones para entrar en la Iglesia del pueblo. Le tenía pavor a la imagen de Jesús Nazareno. El precioso Cristo de melena partida al medio, túnica de terciopelo púrpura bordada en dorado, maniatado y coronado de espinas, parecía inclinar la mirada desde lo alto de su retablo hacia los fieles. A esa mirada, fija y penetrante como la de un doliente hombre de carne y hueso, yo le huía «como el diablo a la cruz». Por eso entre mis condiciones para visitar el templo, estaba la de hacerlo únicamente si entraba por el atrio derecho. Si lo hacía por el izquierdo, sentía que no había escapatoria del Cristo a menos que cerrara los ojos.

Por suerte, en mi casa no eran católicos dogmáticos (apostólicos y romanos), eran más bien caribeños, es decir, con un altar en cada esquina de la casa para encender velas y elevar plegarias lo mismo a la Virgen de Regla que a Yemayá. Esto significaba que no se cumplía al pie de la letra la letra ‘romana’ y, por lo tanto, tampoco me sometían al suplicio de tener que enfrentarme al Nazareno todos los domingos, sino que mayormente jueves y viernes de la Semana Santa.

Durante esos días solemnes, en los que en muchas casas de Puerto Rico en lugar de carne se come bacalao con viandas como muestra de ofrenda y sacrificio, o por mera tradición laica, igualmente dependiendo de la tradición del párroco de turno algunas imágenes en la Iglesia podían estar tapadas en símbolo de duelo. Pero dadas mis aprensiones, este dato me lo tenían que corroborar antes. Alguien debía entrar primero en la Iglesia para decirme si el Nazareno estaba o no cubierto. Si no lo estaba, entonces debían informarme si lo tenían donde siempre junto al altar mayor, o si lo habían cambiado de lugar. Era que, a veces, para sacarlo en la procesión del Viernes lo enfilaban estratégicamente por alguna esquina de la Iglesia y, para mi sorpresa, terminaba al otro lado del altar junto al San Antonio y la Virgen de la Soledad. Con esas imágenes yo no tenía ningún problema. Al contrario, podía pasar largo rato mirándolas, sobre todo la de la Virgen, cuyo manto enlutado solía acariciar en un inocente gesto de consuelo, aun cuando hacía ya tiempo sabía que ella era mitad de yeso y mitad de palo. Mas no me pasaba igual con el Nazareno. Delante de su efigie, juraría que nadie sentía más que yo el temor a Dios.

Hoy, cuando recuerdo esto, pienso que sobre el temor es que se sostiene la tradición religiosa cristiana. Y es que a Dios se le ruega que, como un padre, libre a sus hijos de todo mal, que los ampare y los proteja de los enemigos, que no aparte de ellos su mirada. Esa insistencia en su protección, que me confirmaba el mal que habitaba el mundo, se complementaba en mi imaginación infantil con su umbría representación iconográfica; con el misterio que encerraba su supuesta existencia, y con la historia de violencia y horror en la que el Redentor muere crucificado luego de la traición de su amigo Judas… Si Moisés y Elías en la montaña se taparon la cara para no ver a Dios, entonces no se me podía pedir a mí que, con siete u ocho años, no cerrara los ojos delante del Nazareno. Si él existía, el mal también; y ni el templo ni sus fiestas estaban ni están exentos de sus señales.

En la plaza del pueblo en el que me crie, muchas madrugadas del Domingo de Pascuas, durante la tradicional procesión del encuentro de la Madre con su Hijo resucitado, que recuerda que Dios venció a la muerte, también se quemaba a un Judas a manera de castigo por su traición al Mesías.

La tarde del Sábado de Gloria los comerciantes tapaban las vitrinas de sus tiendas, se intentaba cerrar las entradas a la plaza y, de vez en cuando un contingente de policías daba la ronda para garantizar el orden correspondiente para la festividad religiosa. Pero llegada la medianoche, y justo cuando Jesús se encontraba con María, se escuchaba el grito que anunciaba la llegada de los «Júas». Con ese grito, el orden y las bienaventuranzas del Señor dejaban de importar. La procesión quedaba deshecha y ya no se sabía quién era quien. Los feligreses corrían por la plaza hasta el atrio de la Iglesia y, desde allí, como en un intercambio instantáneo del bien por el mal, azuzaban a los caballos que ofuscados, en estampida y montados por un muñeco de paja encendido en candela franqueaban la plaza.

Me contaban que una semana antes empezaban a robarse los caballos, y que los vecinos que pasaban todo el año sin preocuparse el uno por el otro se unían para financiar y organizar el bandidaje de la madrugada de Pascuas. En robo, maltrato de animales, vandalismo y con la Fuerza del choque terminaba la Semana Santa en la costa en la que crecí. Otra vez el «pueblo de Dios» se pasaba por el forro las enseñanzas del Cristo redentor y en coro gritaban al «¡Júa!» mientras los muñecos de paja ardían sobre los pobres animales.

Ese acontecimiento para mí no era un recordatorio de que el mal se castigaba, sino una muestra de nuestra sed de venganza, del «mal» y la violencia que hoy reconozco que habita en nosotros como parte esencial (San Agustín, Sartre, Hobbes, Freud), como una fuerza que en ocasiones parece confundirse con la del Bien lográndose con ello cierto tipo de balance o graduación necesario para la supervivencia. Mas tampoco olvido que así como una vez al año el Mal unía a los vecinos para financiar la quema del Júa en el pueblo, también en algunos momentos de la historia este se ha impuesto y ha prevalecido sobre el Bien. Por eso, hoy existe el titular de una noticia que advierte que ya los niños de Gaza se han «dado cuenta de que sus padres ya no pueden protegerlos de las bombas y del hambre». Allí, en esa «Tierra Santa», en estos momentos, reina todo el Mal del que somos capaces. Someter y aniquilar a un pueblo, acabar con sus vidas y con la vida según la conocían antes, acabar con los sentidos que ordenaban su existencia, es obrar mal. Pero que hoy suceda esto delante de todos y no haya voluntad suficiente para detenerlo es abominable. «Dios ha muerto», otra vez lo hemos matado. Que nadie me pida que abra los ojos frente al Nazareno.

 

El paso del tiempo detenido por la luz: Tari Beroszi en el Museo de Las Américas

Foto por: Tari Beroszi

Especial para En Rojo

Los intentos de conocer el futuro han causado fascinación en múltiples culturas, a través de toda la historia humana. Intentando diversas estrategias, desde oráculos y adivinos, hasta estadísticas y teorías físicas, como especie hemos intentado determinar lo que vendrá. Sabemos que la toma de decisiones tiene una influencia significativa sobre los acontecimientos venideros, pero a la artista Tari Beroszi le interesa esa parte del azar que no hay forma de determinar. “Hemos sido testigos de la transformación del mundo. No hay certezas”, declara la artista, mientras nos coloca en la posición de interpretar las “señales de los tiempos” —como dicen algunas religiones—, más allá del miedo y la ansiedad.

Siendo que la fotografía captura un instante y “lo detiene”, la curadora de la muestra, Dra. Laura Bravo López, propone que “la fotografía es al pasado […] como nuestra mirada es al futuro”. Así, el concepto de la muestra Mirar al futuro implica considerar una visión, en sentido figurado, es decir, pensar e imaginar lo que será, desde una posición particular que a menudo se basa en los sueños y ambiciones individuales. Un visionario, pues, es una persona que proyecta una propuesta innovadora y a menudo muy costosa. Pero ante el evento colectivo que afectó a prácticamente todas las personas del planeta –la pandemia del COVID 19– esta exhibición nos invita mantener presente que, aunque tengamos visiones distintas, las acciones de cada persona afectan al resto de la población. Independientemente de cómo interpretemos las manchas que remiten a las pruebas psicológicas de Rorschach, la oscura tinta derramada sobre la historia sigue siendo una realidad que nos afecta casi por igual. ¿Y quién puede asegurarnos que no se vuelva a repetir?

Las dos piezas que reciben al espectador, en el Museo de Las Américas, están constituidas por fotografías repetidas de manera secuencial y rítmica, en una cuadrícula que parece interminable, generando la impresión de que han sido interrumpidas únicamente porque se terminó el papel. Entre las fotos se reconoce una mano en un guante de tela fina, retazos de tela enredados, tiras de papel, manchas de tinta y números. Como si se trata de un calendario que se ha derretido sobre un cuerpo humano, el guante roto despierta los recuerdos recientes, el trauma, de una profilaxis desgastada por el tiempo y el hastío. En otra escena, parece ser que la persona se quita el guante, ¿enganchando los guantes, quizás? Las composiciones se acercan más al “all over” de los expresionistas abstractos que a la fotografía surrealista (aunque esta última es la que más se interesó en el psicoanálisis en el pasado). En las mismas, la repetición, el cromatismo –en el que dominan el rojo y el magenta– y las manchas inexactas, capturan la ansiedad de no saber a dónde vamos.

El resto de las imágenes en la exposición incluyen alguno de los elementos incluidos en estas dos primeras obras, reconfigurados en bellas relaciones de espacio y medios. En alguna, una imagen deliberadamente pixelada contrasta con otra imagen perfectamente “limpia”. La mano enguantada aparece, luego el guante solo, junto a numerales que recuerdan esas icónicas imágenes de la saga de películas The Matrix, aludiendo a unas tecnologías que atraviesan estos procesos pero que no son la salvación. La invención de la cámara fotográfica alteró el rumbo de las artes y la manera en la que nos comunicamos en el siglo XIX; las fotografías llegadas desde el frente de batalla durante la Guerra de Vietnam fue uno de los catalizadores para el levantamiento en contra de la guerra en los Estados Unidos durante la década de los 70s, y la inclusión de cámaras en los teléfonos inteligentes nuevamente afectó la manera en la que vivimos. Ahora que nos acercamos a la generación de imágenes sin necesidad de una cámara, ¿será que podremos aprovechar las inteligencias artificiales para generar algún bien?

Aunque este proyecto de Beroszi comenzó durante los momentos más duros de la pandemia, no es necesariamente una serie más sobre los efectos del encierro. En cambio, como sometiéndonos a una, muy necesaria, evaluación psiquiátrica colectiva, la artista nos plantea el cuestionarnos cómo nos encontramos actualmente. Más que una reflexión del pasado cercano, se trata de una invitación a diagnosticar el presente. Después de todo, ¿qué es el presente si no una colección de eventos pasados que no se detienen? La muestra está constituida por fotografías impresas con pigmento perdurable, de este modo asegurándole un futuro a las obras que nosotros no tenemos seguro. Sin pretender contradecir a Heráclito, las fotografías de Tari Beroszi no cambiarán, pues hemos desarrollado la tecnología para hacerlas perdurar en múltiples medios. Siendo así, quizás aún estemos a tiempo de desarrollar los medios necesarios para corregir el rumbo hacia un futuro más prometedor.

Entre una y otra imagen, asoman textos ilegibles en algunas de las fotografías de esta serie. Este último elemento, en combinación con el título de la exposición, nos hace gravitar hacia el papel que juega, o debería jugar, la historia en nuestro devenir. Una de las respuestas más simples al preguntar para qué sirve la historia, es el comprender nuestro presente y evitar los errores del pasado. Ciertamente, hay en estas piezas un interés en comprender el momento en el que nos encontramos, pero al Mirar al futuro conociendo la historia, resulta poco alentador. Sin embargo, queda una esperanza en la interpretación abierta de las manchas. Quizás del mismo modo en el que cambió el mundo en cuestión de días, mañana otras personas, otras generaciones, sí puedan ver lo que las anteriores no han logrado reconocer para lograr un futuro más colorido que el que prevemos.

 

El autor es estudiante graduado de City University of New York.

 

Bananas amarillas por fuera y verdes por dentro

 

Especial para En Rojo

Salí antes de las ocho de la mañana al supermercado que llaman SuperMax, nombre rimbombante que es más ruido que avellanas frescas. Hoy me propongo hornear un pan de banano o de guineos maduros como decimos en Borikén, nombre originario de la isla de Puerto Rico. Los ingredientes son: tres guineos maduros, harina, huevos, aceite de oliva, almendras rebanadas, polvo de hornear y no sé qué más.

Me llevo una bolsa grande de tela del museo metropolitano de Nueva York, pequeña por fuera pero que se expande por dentro como un saco de ñames. Estoy prevenido con las bolsas porque siempre que paso por el estante de libros callejeros de la calle Loíza. Encuentro libros interesantes que la gente ya no quiere en su casa. Ya es mi costumbre llenar la bolsa de libros antes de llegar a SuperMax. Eso me pasa siempre. Es una librería libre al sol y al sereno. En ella he encontrado cuatro volúmenes de las Obras Completas de José Ortega y Gasset, La Ideología Alemana de Carlos Marx y Federico Engels, El país de cuatro pisos de José Luis González y El mercado de culpas de mi amigo Héctor Meléndez.

Esta callejería de libros me ha dado un buen arsenal de novelas de autores puertorriqueños como Enrique Laguerre, Manuel Alonso, Manuel Zeno Gandía, René Marqués, Rosarito Ferré, Marta Aponte, entre muchos otros. En la librería libre siempre hay oportunidad de encontrar el buen teatro de Luis Rafael Sánchez, Manuel Méndez Ballester y Francisco Arriví. La poesía por lo general es callejera y libre. He echado en mis bolsillos poemarios de Luis Palés Matos, José de Diego, José Luis Vega, Julia de Burgos. Ellos son algunos tesoros que he expropiado de la librería huérfana de la calle Loíza.

En Libros Libres es sorprendente la cantidad de textos en inglés que superan por mucho la colección gratuita de libros en español. Para un extranjero turista, la primera impresión, al pasar por este promontorio, es que en Puerto Rico no se lee en español. Yo he visto a turistas tirando los libros en español con desdén como si fueran los libros nativos estorbos para la colección extranera de libros en inglés. En una ocasión vi a uno de ellos tirar El Gíbaro de Manuel Alonso, igual como se tira al zafacón el papel higiénico. Le expresé mi disgusto porque me sentí ofendido. Tenemos que defender a nuestros autores a toda costa.

Yo también hago mi parte aumentando la colección de lecturas en esta biblioteca calleja donde abundan libros babilónicos de autoayuda. Y para ser recíproco, me he desprendido de muchos libros que en alguna ocasión me arrancaron el alma. Pienso que lo que me pertenece a mí es la lectura de ellos, no los libros en sí, que van y vienen.

La rutina que acostumbro hacer, desde mi regreso a la isla en noviembre del 2020, no la interrumpo por nada. Eso incluye ir de compras a SuperMax. Mi ruta está clara, hago dos paradas y camino como Dios manda con ropas de los trópicos, sombrero de panamá y zapatos de cuero inglés. Soy feliz figurando mi persona lo más elegante y caribeña posible. Me sorprende que los paisanos ya no visten con ropas ligeras tropicales. Los cuerpos en general ya no se visten con distinción. La ropa es más pesada, oscura, de invierno, de zapatillas y camisetas deportivas. Me impacta y es difícil de asimilar como los vestidos caribeños, frescos y elegantes, están en desuso en Puerto Rico.

La vestimenta urbana es casi idéntica a un tablero de ajedrez. En los estantes de ropa a la venta no hay piezas de algodón, lino, guayaberas ni sombreros de Panamá. No se ven zapatos de cuero. Aquí se ha declarado la muerte al estilo de vestir y calzar de nuestros abuelos y padres. Yo hago de museo con dos piernas cuando pienso en la Fina Estampa de mi padre como le cantó a su padre Chabuca Granda .

En cuanto a las buenas costumbres, no me olvido de darles los buenos días a los paseantes que me encuentro en mi salida ordinaria al supermercado. “Buenos días señora o señor”. Mi saludo es siempre diáfano e intenta regalar una sonrisa . armoniosa. Los vecinos del barrio Machuchal de Santurce son recíprocos con mis saludos de buenos días o buenas tardes. Pero los turistas y los trabajadores gringos de la Florida, o los trabajadores de LUMA, (Es la sigla de una compañía americana que administra el servicio eléctrico en la isla) ni se enteran cuando les doy unos buenos días en español. Les digo a veces, “Good Morning” pero de ningún modo me responden. No sé, a lo mejor carecen de afectos.

Hay un pordiosero que se la pasa pidiendo pesetas en el semáforo de la Calle Loíza y la Avenida de Diego. Se ve muy mal de salud. Tiene unos treinta años más o menos. Se planta en el cruce a probar la fortuna para comprar un café con pan o una coca cola. No lleva zapatos y camina muy pastoso como si hoy fuera su último día en este mundo cruel pero aún, debo decir, tiene voluntad para extender sus manos que desafían la compasión de los transeúntes. Diariamente, la palma de su mano está abierta a cualquier depósito. El mendigo super urbano es un gestor de limosnas que se planta en un espacio de cruce de calles rodeado de grafitis, se la juega contemplando murales gigantes sin sentidos. El gestor menesteroso es un protagonista consciente que se instala en la encrucijada discapacitado, equipado con celulares y potes para recolectar limosnas. Fuera más dignos que vendieran agua o bombones como hacen los pobres de la tierra. Pero, en Puerto Rico no es así, los gestores públicos de la calle son más orgullosos y detestan insertarse en la economía subterránea. De manera que son un lumpen proletariado desplazado por la cadena de producción como dirían los marxistas clásicos. Sin embargo, los gestores limosneros boricuas son muy agresivos y protestones si no le colaboras, es decir, que no están desprovistos de su conciencia de clase, que no lo han perdido todo, les queda remordimiento.

Es posible que no se sientan marginados ellos mismos y exigen su espacio social y sus benefactores. Los pordioseros de la capital conocen esa concepción de Hobbes del ser humano basada en que “el hombre es lobo del hombre”. Mientras haya cooperación y empoderamiento, los gestores de las encrucijadas serán considerados unos altruistas por investigadores salubristas y las ONG aliadas a los neoliberales salvajes. Durante el reinado de Luis Bonaparte, los bonapartistas definieron de La Boheme a la masa de lumpen, “difusa y errante”.

He tenido unos leves encuentros con el limosnero apostado en la calle Loíza. Lleva el pelo largo y su barba rubia la tiene descuidada. No sé su nombre, no tiene buen aspecto pero conserva unos rasgos físicos que me inducen a pensar que fue una persona atlética, elegante y empoderada como se dice hoy. En mis caminatas acostumbro a desearle buenos días y si tengo un peso en el bolsillo se lo doy sin miramientos. La gente y los conductores le sacan el cuerpo al desdichado boricua que ciertamente da pena. Un pensamiento de compasión surge de inmediato solo con mirar el rostro de este señor anónimo que no se esconde para pedir ni de actuar de pícaro. Pienso que fue una persona grande y feliz antes de estar desposeído de bienes. Lo he observado bien. Creo que tuvo algo importante en su vida que amó pero que ahora no tiene significado alguno para él. Pero mientras tenga vida será una persona digna. Le pasé por el lado y estaba sentado en la acera con sus pies en la calle esperando que lo atropelle un no sé qué, sin sentido. El destino le da igual bueno o malo. Con temor a equivocarme, deduzco que ya no le quedan palabras que expresen acercamientos culturales con indiscretos como yo. Solo sabe decir repetidamente “dame algo para un café” y punto.

Observo que la luz del día lo inquieta, lo ciega, lo pone de mal humor. No ve ni distingue a la gente solo se retuerce para pedir de un lado al otro de la calle. Ya no tiene ningún aplomo y hasta para extender la mano se desgarra de dolor. Ya no tiene canciones, ya no respira el aire de la belleza y la poesía. Ya ni el miedo le estremece. No sabe de la pandemia, ni lleva mascarilla y nadie se atreverá a reprenderlo. Me pregunto quién necesita a un vagabundo para convertirlo en ciudadano sano de puertas abiertas donde quiera que vaya. Se sienta en la acera a esperar una limosna sin gritos, sin prisas, sin lamentos; el tiempo no existe en sus ojos.

En estas sus circunstancias diarias, encontré al limosnero cuando salí del supermercado. Cuando me alejé unos pasos de él recordé que aunque no tenía dinero, sí que le podía ofrecerle un guineo maduro que llevaba en la bolsa para hacer el pan de guineo. Lo siguiente que hice fue acercarme a él y le dije, “Señor quieres un guineo maduro”. Él extendió su mano piadosa y de inmediato separé un guineo de los otros dos y se lo puse en sus manos vacías. No intercambiamos una sola palabra. Todo fue muy mecánico, no hubo gestos entre él y yo. Él no se levantó, yo no me detuve. Esa ofrenda de la banana fue un acto muy seco, su rostro estaba pálido, su mente estaba ausente y me quedé en el acecho esperando por un humilde agradecimiento. Pensé, en un acto reflejo, que era un extranjero mercenario perdido en la selva tropical como aquel personaje estrafalario y cínico del cuento Mr. Taylor del guatemalteco Augusto Monterroso.

Hablando de cínicos, este hombre de la calle vive sin pudor, sin importarle el qué dirán. Le importa un comino lo que yo piense de él. Vive en contra de la cultura de consumo y de paso me sitúa como un burgués ordinario. Lo único evidente es que somos dos extraños, tal cual. Pensará para sí mismo que yo no aporto nada a su vida, sigue tu camino. Visto así, se convierte en un cínico de la calle que ha perdido toda vergüenza como los cínicos antiguos en virtud del cual unían su filosofía cínica a la vida de los perros. Los filósofos de la calle viven una auténtica autarquía, no dependen de nadie para masturbarse o hacer sus necesidades en las avenidas de la ciudad. Este señor no puede vivir de la mentira sino que vive atacando, refunfuñando y limosneando a su modo. Es diferente porque no duda de su conducta muy suya mientras que no desea rehabilitar nada, no alude a referentes, ni a valores patrióticos, ni mucho menos intenta hacer público teorías de luchas de clase y racistas. Es decir, que le vale un huevo nuestra crisis impúdica y corrupta. Sin embargo, pienso que su perfil urbano tiene méritos ocultos. Su testimonio es un muro de Berlín. Además, imagino este tipo de mercenario titulado como Tercio de Flandes. Su vena de pendenciero urbano es de ruptura diaria contra la cultura corporativa. Además, a su manera, pública su repudio a la inmoralidad de nuestra clase política estafadora.

Hay nuevos Diógenes en Santurce, en el barrio Machuchal y más allá de la ciudad amurallada que nos machacan la servidumbre al mundo neoliberal. El cínico de la calle Loíza no tiene atajos ni tiene agendas que represente su verdad ni reclama la salud que debe echar de menos. Sin duda alguna, lleva el entusiasmo de vivir sin la actitud de prolongarla como un canino sato abandonado en la ciudad capital. Su aullido de perro sarnoso, entiendo yo, es una denuncia a mi estilo de vida, mi cultura de poder y de placeres modernos. Me desprendí de un guineo burgués pero el cínico de la calle Loíza, probablemente, se ha desprendido de sus sueños, de su riqueza, de sus placeres y de su autoridad.

Como Mr. Taylor, este desarraigado puertorriqueño lleva una vida de perros. El desdeñoso de mi barrio me sirve para reflexionar por dónde anida la isla indagando la libertad, mejorando la salud mental y física, practicando la misericordia, la empatía o validando la razón. Cuando le entregué la fruta sentí que su vida hervía, sus ojos me dieron un sin sentido de rabia y de vaga esperanza. Al parecer, el desgaste humano es tal que hasta la generosidad se convierte en un cáliz maldito que lo aparta de cualquier mirada que tenga brillo, diálogo y patria. Me aparté de él. Seguí mi camino de regreso a mi casa pensando que aún se movía, que tenía boca para comer y pensé que en él se conservaba algo vivo que yo no sabía apreciar.

Y de repente como si pasaran miles años, escuché una voz desgarradora y amenazante que salía del vagabundo que me gritaba: “Hijo de la gran puta el guineo está verde”. “Hijo de la gran puta el guineo está verde”. Miré hacia atrás de soslayo cuando justo ahí, le vi arrojar el guineo contra la carretera. Aprendí hace muchos años que el hambre vence al hambre pero debo reconocer que este dicho no se aplicaba a este “puntual performance urbano». Parece que comer una fruta amarilla no es tan fácil. Yo les juro a ustedes que daba por maduro el guineo amarillo que acababa de comprar como la materia prima del pan de guineo. Bueno pues, le regalé uno al pordiosero con la buena intención de mi parte. Debe ser que, no todas las frutas amarillas están listas para ser consumidas. Asumimos hace mucho tiempo en la isla que lo amarillo es fruta apetecible y que es un color afortunado. Nada más equivocado. No todo lo que brilla es oro. Es una falacia de mercado que influyen en nosotros al consumo sin pudor alguno. El mercado nos hace creer que los frutos amarillos estan ablandados, que son fáciles degustaciones.

Desde hace siglos, sabemos que el color amarillo era una representación de enfermedades, el paludismo y las epidemias. Era el color de las brujas y de alquimistas. Había leyendas oscuras de lobos feroces con una fila de colmillos en cuyo un hocico colérico despedían abundantes espumas amarillas en el suelo. Además, contamos con historias de demonios medievales con ojos amarillos para morirse de miedo. En nuestra isla lo amarillo es chinita. Le decimos a la naranja chinas. Aquí también, el pelo amarillo en la mujer es la perdición del negro según el refranero puertorriqueño. Recuerdo de niño que en mi barriada, en las madrugadas de chubascos repentinos, aparecían unas tortas amarillas gigantescas que se adosaban como hongos a las rocas que nadie osaba tocar porque la leyenda decía que se había cagado una bruja. Es decir, que hasta la mierda desconocida se aparecia de color amarilla. también, sabemos que el amarillo es un color narcisista, aparte de representar la amistad y la belleza. Helena de Troya fue una bermeja portentosa que causó la guerra más brutal de la antigüedad descrita en La Iliada de Homero. A finales del siglo XIX, la prensa amarilla americana azotó los caballos de la Guerra Hispanoamericana en 1898 con serias implicaciones que nos llegan a nuestro país hasta hoy día.

Es decir, la simbología del color amarillo antagoniza con la belleza y con la historia de sangre de la humanidad. El final trágico de Marilyn Monroe fue elevado a un hermoso canto poético del poeta nicaragüense Ernesto Cardenal. De modo que, es ficticio que la materia amarilla sea equivalente a maduro, que además sea equiparable al sentimiento de fraternidad, belleza y profanación. Lo amarillo ha sido enquistado a muchos temas del imaginario cotidiano. Las bananas que se importan en Puerto Rico son una falacia, son un fracaso y nos dividen. En fin, que yo las daba por maduras y hechas ya para que el pordiosero se la comiera a gusto en el badén de la acera. Estoy convencido que las falacias nos hacen vulnerables en el mercado de la oferta y demanda.

Las frutas que compré en el supermercado, las traen de países muy distantes de Puerto Rico. Estas frutas demoran meses almacenadas en las embarcaciones. De los cargueros pasan al puerto donde las cáscaras se tornan amarillas por el descongelamiento pero la pulpa permanece dura. Las bananas amarillentas son trasladadas a frigoríficos para evitar que oscurezca la cáscara. Finalmente, en los estantes de los supermercados vuelve a descongelarse quedando las bananas amarillas por fuera y verdes por dentro.

De verdad que es repugnante comerse un fruto verde vendido como maduro. Y así, sin más, son comprados por los consumidores ingenuos. Las empresas de alimentos de importación nos engañan. Nos timan con los bonitos colores amarillos y rojos de las frutas que nos vienen añejas de California, Latinoamérica y de Asia. Si expandimos esta representación, podemos decir que los puertorriqueños no están hechos, que no están maduros, sus vidas corren a medio camino, a medio hacer. Es decir, que se desconoce a qué sabe nuestra vida completa cuando nos llegan los alimentos medio hechos porque se consumen en un punto de deshielo. Nuestra vida se malogra en confianza ciega a los frutos importados con implicaciones en nuestra salud. En nuestro trópico los frutos sembrados se tiran, se ignoran. No tenemos el coraje de recogerlos y de probarlos con provecho para nuestro bienestar.

Yo quedé muy mal con cínico de la calle. Mi acto de generosidad no tuvo frutos, rebotó en mi conciencia. Él rechazo que me hizo fue justificable por muchas razones. Ya ustedes se podrán imaginar, no hay más que agregar. Lo verde y amargo no sabe bien aunque se tenga una mordida de hambre trasnochada. El indigente se sintió estafado por mí. Y de ahí fue que salió ese grito espectral: “Hijo de puta el guineo está verde”. Le salió del alma sin pelos en la lengua, me desgañitaba una blasfemia vengativa de hipócritas dádivas que ocurren en la calle. Entonces, no me quedaba otra que apresurar el paso, doblé por la calle lateral que hace esquina con el restaurante Bebo, siempre a tope de clientes que entran hambrientos y salen como barriles de tocino. Seguí alejándome hasta el punto de lograr esquivarme de los berrinches profanos del cínico más irreverente de la calle Loíza. Me interné en la calle San Jorge. Pasando por la iglesia me persigno y le ruego misericordia al patrón del barrio. A la postre, me sentí más aliviado cuando desaparecieron las furias maléficas que me condenaron a los infiernos.

 

Sábado, 4 de septiembre del 2021

 

 

De Puerto Rico al planeta: la obra poética de Magaly Quiñones

 

Carlos Esteban Cana
Especial para En Rojo

 

El momento en que uno de los funcionarios de la Academia anuncié a los periodistas y al mundo entero que la poeta Magaly Quiñones ha recibido el Premio Nobel de Literatura por una obra literaria excelsa muchos incrédulos se transformarán en devotos. No es secreto para nadie en el Archipiélago Boricua la consecuente labor que Magaly Quiñones ha desplegado a la hora de ofrecer la poesía  a manos llenas a niños, jóvenes y envejecientes; la fe inquebrantable de la poeta en el poder transformador del verso y la metáfora es prueba fehaciente de la base que sostiene su servicio a la patria que le vio nacer. Reconocido lo anterior, lo que hace trascendente la obra de la escritora es, sobre todo, su excelencia. En más de una ocasión he utilizado una palabra para describir lo que Quiñones ha desplegado en sus veinte libros y esa palabra es monumental. Página tras página, desde 1969, su poesía ha alcanzado nuevos niveles y dimensiones. Este servidor que lleva 35 años inmerso en el panorama literario como lector reconoce que así como Luis Palés Matos, Julia de Burgos o René Marqués fueron gigantes embajadores literarios en su época, del mismo modo hoy se puede decir lo mismo de la escritora Magaly Quiñones.

No es la primera vez que un movimiento de respaldo a la candidatura al Premio Nobel de Literatura se da en Puerto Rico. En los 80 y 90 vimos este tipo de gestión en Puerto Rico con dos escritores de prolífica y valiosa producción: Francisco Matos Paoli y Enrique Laguerre. Hoy es el turno de Magaly Quiñones. Desde Chile y Argentina hasta España y Canadá las expresiones de respaldo a nivel internacional se han dejado sentir.

Asociaciones educativas, escritores, lectores y académicos se han unido a este movimiento que ha ido creciendo a través del tiempo. En esa dirección, la expresión de respaldo más reciente se dio durante XV Encuentro Internacional de Mujeres Escritoras en Arica, Chile en octubre del 2023. Como parte del evento la periodista venezolana Alessandra Hernández,  vía Zoom desde Buenos Aires, ofreció la conferencia “Un claro batir de alas: Mujer/Caribe. Identidad y género en la obra de Magaly Quiñones”.

Regresando a Puerto Rico es notable destacar que este movimiento de respaldo a la candidatura de Magaly Quiñones al Premio Nobel de Literatura se ha expresado a través de voces diversas. Lectores de distintas profesiones, educadores y artistas han formado una polifonía solidaria que sigue floreciendo. De una u otra manera, el merecido reconocimiento a esta escritora ponceña con 55 años de excelso servicio poético se ha manifestado durante décadas. He aquí, como recordatorio, una recapitulación incompleta de sus logros: en 1986 su libro Nombrar recibe el Premio Nacional de Poesía otorgado por el Pen Club; en 1987 se le concede la Medalla del Instituto de Cultura; en 1995 recibe el Diploma de Maestro de Poesía, otorgado en Valparaíso, Chile; su libro Sueños de papel (publicado por la Editorial de la Universidad de Puerto Rico en 1996) recibió Mención de Honor del Instituto de Literatura de Puerto Rico; en el 2014 recibe la Medalla Julia de Burgos; en el 2018 bajo el sello de Publicaciones Gaviota presenta su libro Antología de poemas escogidos, una selección de su poesía traducida al inglés; el 26 de enero de 2021 el Semanario Claridad dedica su crucigrama en el suplemento cultural En Rojo a su obra y trayectoria. También el 23 de mayo de ese año el periodista Wilkins Román Samot publica en la revista cibernética Letralia el reportaje-entrevista Magaly Quiñones: “Hoy vivo en la poesía y para la poesía”; y el 4 de noviembre de 2023 fue la invitada especial en la bohemia Laro y sus amigos en el Poet’s Passage del Viejo San Juan.

Mencionado todo lo anterior, con estas reflexiones quiero invitar a los lectores a que se acerquen al universo poético-boricua-caribeño de Magaly Quiñones; libros que están disponibles en las librerías del País, especialmente en las que ubican en el centro urbano Río Piedras. Que nadie les cuente, que cada lector tenga esa experiencia por sí mismo. Y si hay algo más que hablar, lo hagamos durante la sobremesa, compartiendo y declamando la buena poesía de una de las escritoras más importantes de Puerto Rico.