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El Normandie es bien de dominio público

Hay edificios que nacen del deseo y otros que nacen del poder; el Normandie nació de ambos. Encallado en la entrada de San Juan como un barco que nunca llegó a zarpar, es al mismo tiempo un monumento al amor privado y una herida abierta en el litoral público. Su historia comienza con Félix Benítez Rexach, ingeniero viequense, constructor de puertos, hombre de fortuna y contradicciones, amigo de Pedro Albizu Campos y aliado del dictador dominicano Leónidas Trujillo Molina, figura que se movía con igual soltura entre los salones diplomáticos y los muelles del Caribe.

Su vida cambió para siempre cuando conoció, a bordo del transatlántico SS Normandie, a una cantante francesa de voz pequeña y presencia desbordada: Lucienne Suzanne D’Hotelle, conocida en los cabarets parisinos como La Môme Moineau, “La Pequeña Gorrión”. Ese nombre artístico —tierno, callejero, casi infantil— escondía a una mujer que desafiaba las convenciones de su época: fumadora empedernida, irreverente, libre, capaz de escandalizar a la alta sociedad sanjuanera con solo entrar a una habitación.

Benítez Rexach la amó con una profunda devoción. Quiso regalarle un barco que no se hundiera, un escenario permanente, un hogar que imitara la velocidad detenida del SS Normandie. Así nació el hotel, entre 1938 y 1942.

Para lograrlo, recurrió a Raúl Reichard, uno de los arquitectos puertorriqueños más importantes del modernismo temprano, formado en la tradición del Art Déco y el Streamline Moderne, obsesionado con las líneas aerodinámicas, la geometría limpia y la idea de que un edificio podía sugerir movimiento aun estando quieto. Reichard entendió el encargo no como un simple hotel, sino como una metáfora: un barco detenido en la costa, un transatlántico tropicalizado. Su diseño incorporó motivos náuticos, curvas de proa, ventanas como portillos, un atrio que funcionaba como columna vertebral luminosa y una piscina posterior que imitaba la estela de un navío. Era arquitectura como escenografía, como declaración sentimental, como gesto político sin querer serlo. La ejecución recayó en el ingeniero dominicano José A. Iglesias, quien añadió pisos y balcones para que la estructura pareciera navegar sobre la costa.

Costó dos millones de dólares y se levantó sobre un terreno que no era suyo: un bien de dominio público en el Escambrón, cedido mediante concesiones administrativas propias de una época sin leyes ambientales, sin protección costera, sin vistas públicas, sin la conciencia de que la costa es un derecho colectivo y no un lujo para unos pocos. El Normandie nació, pues, como un gesto privado sobre suelo público, como un privilegio incrustado en la geografía del pueblo.

Durante décadas, el hotel fue escenario de fiestas, rumores, desnudos en la piscina, noches de música y silencios densos. Moineau nadaba desnuda bajo la luna, y esa imagen —la Pequeña Gorrión convertida en sirena caribeña— quedó tatuada en la memoria de San Juan. Con el tiempo, el edificio cerró, reabrió, volvió a cerrar, fue restaurado tres veces, recibió millones en inversión pública y privada, sobrevivió huracanes, negligencias, promesas rotas y proyectos fallidos. Cada restauración fue un intento de resucitarlo; cada cierre, una confesión de que el edificio no encontraba su lugar en un país que cambiaba más rápido que su concreto.

En el abandono, el Normandie se volvió criatura: respiraba, crujía, exhalaba aire frío por el atrio, producía sombras que caminaban. Los exploradores urbanos hablaban de un niño que corría por los pasillos, de una mujer que se lanzó al vacío, de un cuarto sellado que nadie ha logrado abrir, de la presencia de Moineau nadando en la oscuridad. La mitología creció como moho en las paredes: el Normandie dejó de ser un hotel y se convirtió en un fantasma colectivo.

Pero la historia del Normandie no es solo íntima o arquitectónica: es política. El terreno donde se levanta —y los terrenos que lo rodean— son bienes públicos, parte del sistema de parques del Escambrón. Hoy, como ayer, hay una pugna por su uso: inversionistas que quieren convertir el litoral en un enclave turístico, agencias que cambian zonificaciones sin vistas públicas, comunidades que denuncian la privatización encubierta del mar.

El acuerdo entre el Municipio de San Juan y Normandie OZ, LLC se ha convertido en un caso emblemático de cómo una administración municipal maneja —o deja de manejar— sus activos públicos frente a intereses privados. Lo que comenzó como una alianza presentada bajo la promesa de revitalizar el histórico Hotel Normandie y modernizar el entorno del Estadio Sixto Escobar, hoy se encuentra en un punto crítico debido a dudas serias sobre la capacidad financiera del desarrollador principal, el inversionista Ezra “Eddie” Ishay.

La administración municipal firmó un contrato de arrendamiento por 30 años que cedía terrenos públicos estratégicos a cambio de un canon anual que, en papel, parecía atractivo: $458,250 por el alquiler de los predios, más $50,314 adicionales por el área destinada a eventos. A esto se sumaba la promesa de una inversión privada de $100 millones para rehabilitar el hotel, con diseño a cargo de la firma Marvel Architects. El acuerdo también incluía la construcción de un estacionamiento soterrado, un pabellón de actividades comerciales y mejoras sustanciales a las instalaciones deportivas y recreativas del Parque del Tercer Milenio, con el compromiso explícito de mantener acceso libre y gratuito a las playas.

Sin embargo, el proyecto comenzó a tambalear cuando el municipio notificó formalmente un presunto incumplimiento por parte de los desarrolladores. La razón: la falta de evidencia clara de que Normandie OZ, LLC cuenta con la liquidez necesaria para ejecutar las obras más costosas, particularmente las relacionadas al Estadio Sixto Escobar. Aunque la empresa presentó documentos en su defensa, la administración municipal mantiene el caso bajo análisis riguroso y no descarta rescisión total del contrato.

El escenario político es evidente: el municipio se enfrenta a la disyuntiva de sostener un acuerdo que podría convertirse en un lastre financiero y administrativo, o romperlo para retomar control sobre terrenos de alto valor público. La posibilidad de cancelar el contrato ya se discute abiertamente, y la administración ha comenzado a promover alternativas, como la subasta de un Skate Park, para demostrar que puede avanzar proyectos sin depender de un desarrollador cuya solvencia está en entredicho.

En este momento, el futuro del Normandie y del Escambrón no depende de visiones arquitectónicas ni de promesas de inversión, sino de la capacidad del municipio para fiscalizar, exigir cumplimiento y decidir si este acuerdo sirve al interés público o si se ha convertido en otro ejemplo de cómo los bienes comunes terminan atrapados en negociaciones opacas y compromisos incumplidos.

Pero la pregunta que flota sobre el edificio es más grande que él: ¿qué derecho tiene un hotel privado a ocupar un espacio que pertenece al pueblo? ¿Qué significa seguir invirtiendo millones en una estructura que ha sido restaurada tres veces, que nunca fue accesible para la mayoría, que nació como un gesto privado y elitista? ¿Qué país somos si seguimos sosteniendo monumentos al privilegio mientras el litoral se estrecha y el acceso al mar se vuelve un lujo?

La pregunta es si El Normandie debe seguir siendo un hotel de lujo, un enclave privado. ¿Es posible su demolición? Si así fuera no debe ocurrir sin un debate público serio, transparente, con estudios de valor patrimonial y alternativas de uso. Otra salida podría ser una que honrara tanto la memoria como la justicia al reconvertirlo en un bien público radicalmente abierto: un centro cultural, un archivo de ciudad, una escuela de arquitectura, un espacio comunitario vivo, sin anexos privatizadores en el litoral, sin piscinas exclusivas, sin terrazas cerradas, sin la sombra de otro proyecto turístico que robe el horizonte. Y blindar legalmente el entorno costero para que nunca más se use como plataforma de negocios privados.

Convertir el Normandie en un bien común sería un acto de reparación histórica: devolver al pueblo lo que siempre fue suyo, sin borrar la memoria, sin repetir la exclusión. ¿Vale la pena seguir gastando dinero en una estructura que ha sido restaurada tres veces, que nació como un capricho privado sobre tierra pública, que ha servido más al mito que al pueblo?

Algunos podrían pensar que el gesto más radical sería abrir una ventana al mar donde hoy se levanta este barco encallado. Derribar no como destrucción, sino como reparación. No como olvido, sino como acto de memoria: reconocer que el Normandie fue un sueño privado construido sobre un derecho colectivo. Y que el futuro de Puerto Rico no puede seguir repitiendo los errores de su pasado. Pero la historia nos demuestra que despues viene el arrepentimiento.

La demolición de la monumental estación Beaux-Arts (Penn Station, 1963) para construir un estadio y un centro comercial se convirtió en el símbolo mundial del arrepentimiento urbano. Su destrucción provocó la creación de la Landmarks Preservation Commission, que hoy protege miles de edificios.

Y quizá la lección más educative e incómoda— la ofrece la propia costa de San Juan, donde ya vivimos una batalla semejante. Cuando en los años noventa el Hotel La Concha agonizaba, mutilado por décadas de abandono y con planes oficiales de demolerlo para levantar un complejo más rentable, fue la presión ciudadana, el Colegio de Arquitectos y la conciencia patrimonial del país quienes detuvieron la excavadora en seco. La Concha se salvó no por capricho, sino porque Puerto Rico entendió a tiempo que destruir un ícono moderno era amputar una parte de sí mismo. Y lo que se demolió, finalmente, no fue el hotel —que renació con una restauración ejemplar— sino el viejo Centro de Convenciones del Condado, una estructura sin valor arquitectónico, cuya desaparición abrió paso a la Ventana al Mar, demostrando que el acceso público y la preservación patrimonial no solo pueden coexistir, sino potenciarse mutuamente. Ese precedente es ineludible: cuando el país eligió conservar lo valioso y remover solo lo prescindible, ganó la ciudad, ganó el litoral, ganó la memoria colectiva.

Por eso, frente al Normandie, la pregunta no es si debemos escoger entre patrimonio o mar, entre historia o pueblo, entre belleza o derecho. La pregunta verdadera es si tendremos la lucidez —y el coraje— de repetir la decisión correcta. Porque el acto de justicia no es borrar lo que somos, sino devolver al pueblo lo que siempre le perteneció: su litoral, su memoria, su derecho a un horizonte abierto. El Normandie debe renacer como bien común, no como un monumento al privilegio ni como otro sacrificio innecesario en nombre de un falso progreso. Demolerlo sería un gesto fácil; preservarlo para el país es el gesto valiente. Y en este momento, lo que Puerto Rico necesita no es otra ausencia, sino la afirmación de que todavía sabemos defender lo que importa.

Reclaman al Senado no eliminar Ley del Salario Mínimo

Tras la aprobación en la Cámara de Representantes del proyecto PC 1115 que deroga la Ley de Salario Mínimo y, por consiguiente, la Comisión Evaluadora del Salario Mínimo, más de una treintena de organizaciones entre sindicales, profesionales, comunitarias y políticas, pidieron al Senado votar en contra de la medida que congela el salario mínimo en el país. 

“Es increíble pensar que la Cámara de Representantes de Puerto Rico decida pasar una legislación que amenaza con congelar los aumentos del salario mínimo en el futuro”, expresó Jessica González Sampayo organizadora de Construyamos Otro Acuerdo. “La actual Ley del Salario Mínimo creó las condiciones para lograr los aumentos que nos llevaron al $10.50 y permiten que una Comisión independiente evalúe el salario cada dos años. Ahora, en medio de un momento en el que todo está aumentando y las familias en Puerto Rico sufren, la Cámara le da la espalda al país y se desdobla frente a los intereses de las grandes corporaciones que son las únicas que apoyan este proyecto. Vergüenza es lo que les debería dar”. 

En comunicado de prensa los grupos pidieron al Senado escuchar los múltiples reclamos de organizaciones, uniones y economistas para detener la aprobación de la medida y adelantaron, que al igual que lo hicieron en la Cámara, estarán visitando a los senadores para entregar una carta  solicitando el voto en contra de la legislación. 

“De la misma manera que fuimos a los representantes, visitaremos a los senadores para explicar el por qué es un error aprobar este proyecto. Sabemos que ellos pueden mostrar más apertura sobre el tema y entender el daño que este proyecto le hace a los trabajadores y a la economía del país. Nosotros seguiremos luchando aquí en el capitolio pero también en donde sea que estén esas corporaciones que nos hacen daño. Por esta razón más de 25 grupos tanto sindicales como comunitarios se unieron a una carta en oposición a esta legislación que estaremos entregando en el Senado el martes”, indicó Emilio Nieves, presidente de la Central Puertorriqueña de Trabajadores (CPT).  

Holy Smoke

Por Leila Guerrero

 

Hace rato que quiero ver de nuevo Holy Smoke, una película de Jane Campion que se estrenó en 1999. Campion maneja materiales de riesgo —el amor, sus berrinches posesivos, su obviedad patética, su cursilería— y, con lo que otro haría una telenovela de mala calidad, ella logra algo extraordinario.

Holy Smoke está protagonizada por Harvey Keitel y Kate Winslet. Keitel encarna a un improbable experto en recuperar personas cooptadas por sectas. Se dirige al desierto australiano donde está Kate Winslet que, bajo la influencia de las enseñanzas de un gurú de la India, se niega a volver a su casa.

No pude encontrar la película, pero sí la primera escena. Keitel, bigotito canalla, anteojos negros, está en un aeropuerto. Los pasajeros tironean infructuosamente de los carros para las maletas. Keitel se abre paso con suficiencia y desprecio. Su forma de caminar, su ropa, su pelo, gritan: “Soy el peligro”. Con un movimiento preciso destraba los carros y los hace rodar hacia unas señoras que se derriten por ese hampón con buenos modales.

Recuerdo muy poco de la película, pero, en algún momento, ese hombre frío y acerado se enamora como un perro de Winslet, la jovencita acerca de cuyo lema “amor y paz” se ha burlado brutalmente desde el comienzo. A partir de entonces, de aquel matón no queda nada. Se humilla, babea, aúlla de dolor, se desespera. Ella, por supuesto, no le corresponde.

No sé si Holy Smoke es tan genial como El piano o El poder del perro, pero siempre recuerdo a ese hombre que renuncia a su economía negra, a su ahorro de afecto, y claudica, irresponsable y perdido, decidiendo —siempre es una decisión— que lo que ocurre es inevitable. Porque en el amor no se trata de dignidad, ni de elegancia, ni de estrategia, sino de sucumbir, de dejarse caer. Hay mucha belleza en el que sabe rendirse, en el coraje del que lleva la fatiga del sufrimiento hasta el final, sospechando que puede aguantarla pero sin garantía de que vaya a ser así.

El nacimiento de Cortijo

Nací en un bosque de cocoteros

una mañana del mes de abril

y me mecieron en una hamaca

llena de flores y colibrís

Mi padre era un mulato,

mi madre carabalí

Yo soy un negrito honrado

ay, desde que nací.

   Cantada por el Paisa

 

     La primera canción  que fuera grabada en Puerto Rico fue la del cantante El Paisa, llamado Francisco Quiñones, según señalara el compositor y profesor Rafael Aponte Ledée. En ella se confirma el linaje del hablante lírico, de padre mulato, palabra que aparece en múltiples textos de la literatura del archipiélago con distintas acepciones: a veces despectiva, otras elogiosa. Su madre carabalí, afrodescendiente procedente de Nigeria, enfatiza la negritud de Puerto Rico. Los carabalíes son íconos de rebeldía, fundadores  de la religiosidad abakuá, documentados por el historiador Cayetano Coll y Toste. Secuestrados en África por el imperio español y el portugués, poblaron distintas zonas del Caribe. Bruca manigua/Yo son carabalí/negro de nación/Sin la liberta/no pue’o vivi’, cantaba desde Cuba Ibrahim Ferrer en un hermoso afroson que evoca la libertad perdida por miles de afrodescendientes mediante frases en español y otras en lenguas africanas.

Entré al  caserío Lloréns Torres hace varios años a llevar una ropa al centro comunal y venía pensando en esas canciones. Descendiente de corsos y mallorquines y con parientes con tintes mestizos y mulatos, puse mi carro en el estacionamiento. No tuve temor. Solo un poco. Estaba acostumbrada a lo que más miedo tienen ciertos sectores: los morenos; el mulataje lo llamó Edgardo Rodríguez Juliá.  Ya estaba lejos el año en que este escribió una crónica sobre el entierro de Cortijo que expandió el espacio del campo letrado académico. Músico popular estrechamente ligado a su cantante Maelo, el famoso conguero era conocido por su acompañamiento musical a su interpretación de Quítate de la vía Perico que ahí viene el tren. (¿En realidad, qué es lo popular y cómo se distingue de lo culto metafísicamente?)

Conocí el lugar a través de la crónica  del gran escritor académico y letrado quien publicó la misma  en el 1983,  causando diversas polémicas. El autor tenía razón al exponer públicamente la diferencia que existía entre ser blanco y de élite socioeconómica ante mulatos que vivían la pobreza y la ausencia de educación en el Commonwealth que era Puerto Rico coincidiendo con la abogada y ensayista Nilita Vientós Gastón. Lo que sucede es que otros autores se esconden tras el autor implícito. Aquí el narrador es casi real. Toda representación textual pasa por un tamiz de orden estético e ideológico. Se trataba de una crónica. Además, el caserío tenía muy mala fama por la violencia que allí se suscitaba. Esto contrasta con la descripción del rumbón callejero que se formó con el entierro de Cortijo cuyos collares y  manos evocaban los cantos a los ochas. Digno ejemplar para ser estudiado por alguna Lydia Cabrera, investigadora cubana de los cultos afroreligiosos. Se asomó en él la sombra de Fernando Ortiz y la música de Z93, la cual sentí que se escuchaba por todas partes mientras volví a guiar mi añejado Toyota Corolla. Era una escena barroca encontrarse con Orvil Miller y Hernández Colón en la muchedumbre mulata.

El caserío también me  recuerda una de las narraciones del libro La belleza bruta de Francisco Font Acevedo y la décima de Urayoán Noel que comienza Cuando salí de Lloréns/fue en una guagüita AMA/no sé bien cómo se llama/pero no es Mercedes Benz. Rememoro al poeta  Lloréns Torres y a su amigo Nemesio Canales, a  su vez presente el primero en la exitosa novela Muere Riggs de Rafael Acevedo.  A esa tierra de nadie y de todo me atreví a entrar por vocación comunitaria. No vi las señoras de origen campesino. Habían pasado muchos años de ese desplazamiento a la ciudad como se documenta en la obra teatral La carreta de René Márquez. El caserío, utopía del desarrollismo muñocista, considerada en el presente un ente distópico, me obligaba a centrarme en sus edificios producto del welfare y de un concepto que se consideraba democrático en relación a la planificación urbana, aunque dejaba fuera las diferencias cognitivas , físicas y sociales de sus pobladores. Sus habitantes fueron transplantados de arrabales.  Hoy es considerado un apartheid, por la presencia del narcotráfico y el bajo nivel de ingresos de la mayor parte de sus habitantes y posiblemente, su mayor mestizaje. ¿Qué habrá ocasionado que este proyecto social y económico que intentó cumplir con el derecho a la vivienda  sufriera grietas en su estructura social y cultural?

Lo que aprecié al irme fue a jóvenes que andaban con su celular, ese artefacto vital de la cultura adolescente y de otras cosas. Acostumbrada a vivir en pueblo, no tuve miedo de dar una breve vuelta que me exigió el guardia para poder irme más rápido hacia Santurce, aunque se trataba de salir viva debido  a que el conglomerado de edificios es borroso, perfecto y la carretera cercana al mar conecta con Isla Verde, “zona de sangre tierna debajo de la ciudad”, como alude a ella Font Acevedo . Así fui recordando a Angela María Dávila, sus poemas de Animal fiero y tierno y a ese libro mítico Tú, la oscuridad de Mayra Montero, en el que la cultura abakuá se impone calladamente.  

Tengo que arreglar la casa, hacer la compra, medito en el carro mientras guío. Recuerdo que Rodríguez Juliá nombró por igual a Menéndez Pidal, lo que a mí me trajo a la memoria  las jarchas recopiladas por Emilio García Gómez: “Por la hermosura /y es juramento grave/hay unos ojos/que viértenme la sangre”, junto a Ibn Hazm de Córdova, poeta. Es que su texto, abigarrado en ocasiones, evoca tantas cosas disímiles que presagian el barroquismo del nacimiento de Cortijo, lo mismo envuelto en el lenguaje de la ciencia ficción que en la música de Tego Calderón y los demás reguetoneros, las novelas de Wilfredo Mattos Cintrón, Yolanda Arroyo Pizarro y Mayra Santos Febres.  “En el 1937 Luis Palés Matos afirmaba en Tun tun de pasa y grifería que la antillanía de Villa Palmeras», y cito al autor de El entierro de Cortijo,  se expandiría hacia Miramar y el Viejo San Juan. El presagio palesiano se cumplió. Eso contemplamos en las calles de las ciudades del archipiélago.

El mal de la financiarización de campañas electorales

La financiarización de las campañas electorales es un defecto de la democracia liberal. Se produce con ello una concatenación de prácticas políticos que desembocan en una mala gobernanza cuando los candidatos en las elecciones advienen el poder. Surge desde el poder el clientelismo político con jugosos contratos para favorecer a los que financiaron las campañas electorales. Y con el clientelismo político la corrupción en el gobierno. 

Una campaña electoral bajo el sistema capitalista es sumamente costosa. Se necesita mucho dinero para llevarse a cabo satisfactoriamente. Así, la política se convierte en un negocio. Y surgen los inversionistas políticos que cobran la inversión hecha en las campañas electorales con jugosos contratos cuando los candidatos a puestos gubernativos llegan al poder. Por eso no debe confundirse el término financiarización con financiación. La diferencia se debe a que describen dos fenómenos económicos completamente distintos. Mientras que la financiación es una herramienta práctica y positiva para conseguir dinero, la financiarización es una transformación estructural donde los mercados financieros dominan totalmente la economía y la política.

Nunca nos desharemos del clientelismo político y la concomitante corrupción en el gobierno  si no se erradica la financiarización de las campañas electorales en la democracia. Unas campañas electorales que requieren grandes financiadores, porque no es con la modesta contribución económica del elector promedio que verdaderamente se financian, anidan intrínsecamente la concomitancia de la corrupción.

Para comenzar a deshacerse de la corrupción que mina a los gobiernos hay que establecer un sistema financiación proveniente del Estado para las campañas electorales. Y que la financiación privada de las cuantías individuales se limite grandemente, prohibiendo los denominados Comités de Acción Política (PAC) que agrupan cuantiosas contribuciones financieras de capital empresarial o de empresarios del capitalismo en su carácter privado.  

El escándalo que se  ha desatado con el Secretario de la Gobernación, Francisco Domenech, y la renuncia de quien fuera el Secretario del Departamento de Desarrollo Económico y Comercio (DDEC), Sebastián Negrón Reichard, ahonda sus raíces precisamente en la financiarización política. Se trata de degradar la política a un mero negocio que opera mediante el clientelismo político y la otorgación de contratos desde las diferentes instancias del gobierno. Los tentáculos de la financiarización política se afincan dentro de la actual administración de gobierno a través de la firma de cabilderos Politank de la que era propietario el actual Secretario de la Gobernación.

Una situación escandalosa como esta se mitigaría si a cada partido político o candidato independiente inscrito y certificado debidamente por la instancia gubernamental que rige el proceso electoral se le asignara un presupuesto para financiar la campaña política en las elecciones. Muy bien pudiera entenderse que esta alternativa establecería unas condiciones más favorables para erradicar la corrupción de la financiarización política de la democracia liberal en Puerto Rico.

Se desharía finalmente la democracia de grandes despliegues de mercadotecnia publicitaria que reduce la política a meros clichés o eslogan en las campañas electorales que ha sustituido la propuesta seria de ideas por parte de los candidatos para ocupar puestos electorales de los gobiernos estatal y municipales, así como de la Legislatura. Las plataformas políticas y de propuestas de buen gobierno de los partidos políticos y sus candidatos a los comicios volverían a ser el eje del proceso electoral. 

Sufragar por ideas y no por simpatías faranduleras de una política reducida a mercadotecnia quizás derive en una mejor gobernanza de Puerto Rico. Se deshará con el voto inteligente en una campaña electoral de ideas y no de clichés la superficialidad de reducir las preferencias políticas a meras simpatías faranduleras. Una superficialidad que se ha convertido en la barrera que impide que el sufragio recate a la democracia liberal de la condena de ser una futilidad y despropósito frente a la posibilidad de constituir gobiernos del pueblo y para el pueblo.

Puerto Rico necesita adoptar un plan de crecimiento y desarrollo económico para una economía esmirriada y venida a menos. Un plan con sentido de continuidad y sin que caduque antes de madurar y ponerse en práctica con el advenimiento de nuevas administraciones gubernativas. Se requiere para ello poner en funcionamiento articuladamente la diversidad de conocimientos de los puertorriqueños. Armonizar el potencial de las instituciones y de las empresas para la producción económica de rubros en particular en los que demuestre más capacidad, ya sean industriales, agrícolas, del conocimiento, la ciencia y la tecnología. Producir bienes y servicios únicos y sofisticados requiere la presencia de capacidades avanzadas de las que Puerto Rico no carece.

Necesitamos identificar en suelo boricua el conocimiento productivo que nuestra economía ya posee y dónde puede diversificar sus capacidades para crecer. Proporcionar herramientas para que los responsables de la formulación de políticas identifiquen estrategias para el desarrollo económico. 

Para un proyecto como este es necesario erradicar la corrupción en el gobierno.