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UTUADO La historia a la basura

 

CLARIDAD

ccotto@claridadpuertorico.com

En un acto que puede catalogarse de ignorancia, menosprecio por la educación y la cultura el alcalde de Utuado, Jorge Pérez Heredia, del Partido Nuevo Progresista (PNP) tiró al vertedero una colección de libros donada por el profesor e historiador, jesuita Fernando Picó y una colección del doctor Pedro Hernández Paraliticci, autor del libro Utuado, Notas para su historia (1983) y considerado el historiador oficial de Utuado. Este había donado su biblioteca y documentos.

La información fue confirmada a CLARIDAD por la legisladora municipal, Astrid Raquel Cruz Negrón, del Partido Independentista Puertorriqueño (PIP), quien denunció que tanto las colecciones de ambos historiadores como otros documentos que se encontraban en la Biblioteca Pública del Municipio fueron botados a un vertedero. Añadió que no se sabe que el alcalde haya donado los libros al recinto de Utuado de la Universidad de Puerto Rico, sino que eso “se hizo de la noche a la mañana sin mucho anuncio lo que se tiene de información es que se botó todo lo que había en el edificio, no hubo proceso de traspaso nada”.

Cruz Negrón comentó que muchas de las investigaciones del Fernando Picó fueron realizadas en Utuado con los archivos de la parroquia de Utuado y otras fuentes por lo cual siempre dejaba los documentos del resultado de sus investigaciones a la biblioteca pública y a la del recinto de Utuado la Universidad. Añadió que aunque de su parte denunció la acción en la emisora local WUPR 1530 e incluso hay un editorial por parte de la gerencia de la emisora censurando la conducta del alcalde, lamentó que las denuncias no hayan tenido eco en la población de Utuado para movilizarse “porque son muchas las cosas que están pasando en el pueblo”. El alcalde Pérez Heredia tampoco consultó con la Asamblea Municipal para el cierre definitivo de la biblioteca la cual se encontraba cerrada ya hace varios años. Lo que se sabe es que el alcalde quiere el edificio para poner una Junta de Inscripción Permanente (JIP). El edifico es uno relativamente nuevo y está en excelentes condiciones lo que único que ha tenido que hacer el municipio es limpiar y pintarlo.

Por su parte en un comunicado en su página electrónica Pérez Hereida atacó tanto a su compañero de partido y ex alcalde, Waldemar Quiles, y a la gerencia de la emisora de radio WUPR 1530 por rechazar el cierre de la biblioteca. El Alcalde se defiende de que él no cerró la biblioteca porque esta ya llevaba ocho años cerrada y defendió que una JIP da otros servicios que no son solo la inscripción electoral, que en el edificio se habilitará una oficina de Rehabilitación Vocacional. No obstante en ninguna parte el Alcalde indica qué hizo con los libros, y documentos que albergaba la biblioteca. No reconoce que los haya botado, ni donado a ninguna entidad o biblioteca.

En entrevista por separado el profesor e historiador José (Che) Paraliticci, primo del doctor Hernández Paraliticci, confirmó a CLARIDAD la acción del Alcalde y aseguró que en los espacios culturales e historiadores en todo Puerto Rico hay gente molesta con este proceder.

 

 

 

Cuando bajan de los cerros

 

Por Guido Leonardo Croxatto

«¿Qué ideal, hermano Cámac, inspira a nuestros dominadores y tiranos que consideran a cholos e indios de la costa y de la sierra como a bestias, y miran y oyen, a veces, desde lejos y con asco, su música y sus danzas en las que nuestra patria se expresa tal cual es en su grandeza y su ternura?» -José María Arguedas, «El Sexto»

“Hay que evitar que los terroristas lleguen a Lima”, se escucha decir a dirigentes del oficialismo y la prensa conservadora. Los “terroristas” son campesinos y trabajadores humildes (como la empleada doméstica asesinada en Puno) que se sienten estafados con la prisión “preventiva” de Castillo. En muchas provincias peruanas las fiscalías especializadas en derechos humanos han pasado a ser fiscalías antiterrorismo.

Han sido asesinadas ya en Perú sesenta personas, todas de sectores humildes que salían a protestar y a reclamar la renuncia de la presidenta. El gobierno se ha mostrado indiferente ante el caos y no ha dicho una sola palabra. Los gobiernos de América Latina tampoco parecen advertir la magnitud de la tragedia. La policía corta los caminos para que los “cholos” (los indios) no puedan llegar a Lima. Para que no “bajen” a la ciudad.

Desde que asumió Castillo, un maestro humilde, como quienes hoy salen a protestar en el sur del país, fue asediado por los medios. Castillo cortó apenas asumió el gobierno la pauta oficial en la prensa peruana. Los medios hegemónicos (Grupo El Comercio, dueño de Perú 21, o La República) dejaron de recibir financiamiento. Desde ese momento, y al unísono, todos los medios se dedicaron a atacarlo sin pausa.

Ningún presidente en la historia de Perú fue requisado la cantidad de veces que Castillo, a ninguno se le pidió la entrega de las cámaras del Palacio de Gobierno (la casa de Pizarro) como a Castillo. La aristocracia limeña, centralista y racista como pocas, no podía tolerar a un maestro rural (a un “cholo”) de presidente. Esto no exime a Castillo de sus errores (ni las defecciones internas que ha padecido su gabinete, como la de la misma Boluarte, que hasta ayer nomás era leal y de izquierda y repentinamente lidera un gobierno asesino). Pero explica el por qué de su destitución. No son sus errores (ningún presidente peruano tomó alguna de sus medidas más importantes, como fue el caso de Lugo o de Dilma Rouseff, ambos destituidos de forma irregular y sucedidos por gobernantes corruptos, que han perseguido a la oposición, encarcelando a Lula, por ejemplo) sino su identidad cultural la que explica que hoy Castillo esté preso. Y esa identidad, esa marginalidad, es la que explica las protestas en las calles.

No es raro escuchar que en Perú se responzabiliza a Evo Morales de las muertes. En Puno, la región donde más asesinatos hubo, se quiso destituir al rector de una universidad pública que había reconocido a Evo Morales, que reivindica la nación Aymara, con un título académico.

Nuevamente, el problema son los “indios” (incultos, con su “hedor” desagradable frente la civilización prolija que huele “bien”, como ironiza Kusch en América Profunda) que bajan de los cerros y de los pueblos “jóvenes” (eufemismo que se emplea para no hablar de las villas miseria).

Los que reclaman en Perú son campesinos, estudiantes y trabajadores empobrecidos, como en Arequipa, todos del cono norte, proletario. De la ciudad pudiente, cuyo centro histórico no registraba aun muertos, como en Puno o Ayacucho (región célebre por los artistas populares que se expresan a través de retablos), de donde provienen los movimientos de izquierda. Los retablos de Ayacucho suelen expresar movimientos combativos. En Ayacucho ha habido decenas de muertos. La policía no improvisa. No hay muertos en Lima ni en Arequipa. La policía sabe bien donde ir a matar.

Mientras mueren peruanos, se escucha decir a la presidenta que es hora de encarar “las grandes reformas que el país necesita”. Los muertos no comparten su idea: la acusan de usurpar el poder y pactar su gobierno con los sectores más reaccionarios de Lima, que son quienes la sostienen. Los pueblos campesinos, las mujeres altoandinas, reclaman otra cosa muy distinta: una nueva constitución que finalmente los exprese. Que los reconozca.

A quienes desde el Congreso reclaman por las muertes y piden la renuncia de Boluarte, se los tilda, como a Sigrid Bazán, de “azuzadores”. Cuando la propia policía organiza en los barrios más pudientes de Lima “marchas por la paz”, luego de asesinar a sesenta peruanos sin inmutarse, nadie habla de “azuzadores”. Ha habido asesinatos a corta distancia, rompiendo cualquier “protocolo”. Ha habido francotiradores en Puno. Se pueden ver videos de mujeres rogando a los gritos que paren de disparar: “Miserables, no disparen”, se escucha decir, entre ruegos y llantos, a varias mujeres.

Es notable el silencio de la progresía latinoamericana. No es momento para quedarse callado. En Brasil hubo un intento de golpe de Estado sin muertos. En Perú ya van sesenta muertos producto de una destitución ilegitima y un gobierno de facto que reprime a su pueblo. La OEA no ha tenido en este caso la premura que ha sabido tener en otros.

Se puede ver a la policía rodeando edificios sin orden de allanamiento. Se suspenden a diario eventos culturales en los que exponen canta autores de izquierda. La policía “descubre” libros de Marx y de Lenin en determinados departamentos, empleando esos libros como “prueba” de “terrorismo”. Se deslegitiman las protestas con el tipo de “disturbios”, muchos de ellos generados, como en el célebre caso del asalto al Banco de la Nación (julio del 2000, en la «Marcha de los cuatro suyos», antigua división del incanato), desde el propio poder: por la misma policía, para desdibujar el reclamo pacífico pero firme del pueblo peruano.

Así cayó la dictadura genocida de Fujimori: cuando después de una marcha se prueba que el incendio del Banco de la Nación no fue de quienes protestaban, sino por infiltrados del propio gobierno. Las similitudes con la situación actual son estridentes. El gobierno se esfuerza por deslegitimar a los cholos diciendo que son “terroristas” pero su reclamo es pacífico, aunque firme y claro: renuncia del gobierno, nueva constitución, asamblea constituyente. Construir una nación pluriétnica, como en Bolivia y como se pedía en Chile (donde también se acusa de terroristas a los pueblos originarios y no a quienes los han asesinado y desplazado históricamente de su tierra, impidiéndoles incluso hablar su lengua). Ese es el camino de los pueblos hermanos de América Latina.

La reacción represiva no puede ser tolerada. Están asesinando a los hermanos peruanos. Nuestros pueblos están defendiendo su dignidad. Quieren hablar su lengua. Quieren constituciones que los representen. No (jueces, dirigencias, ni legislaciones) que los repriman. Quieren algo que nuestros gobiernos no les han sabido brindar. Por eso salen a la calle. «Cuando los cerros bajan» es el título de una canción chicha (Cuando Chacalón canta, los cerros bajan) que expresa el alma del pueblo peruano. Como las novelas indigenistas de Arguedas o la poesía de Mariano Melgar (poeta e independista peruano, arequipeño), los “cholos” están marcando un camino que aun nuestros Estados centralistas, racistas, coloniales y eurocéntricos, no logran divisar. La crisis social es más profunda de lo que parece. No es “política” ni es económica. Es una reivindicación cultural de pueblos históricamente silenciados y negados que han resuelto en Bolivia, Chile, o Perú, salir a la calle. “Bajar” de los cerros.

Reproducido de www.rebelion.org

Será Otra Cosa: Entre Marco y Todaro

 

Especial para En Rojo

Despedí el 2004 en la Plaza de San Marcos de Venecia. Tenía diecinueve años y era mi primera vez en Europa. Ahorré en aquel entonces todo lo que pude para venir a encontrarme con una tía que me acompañaría parte del viaje luego de prometerle a mi madre que estaría de regreso el día cinco de enero para pasar Reyes con ella. Sería mi primera vez tan lejos de casa y también la primera vez que me subiría sola a un avión.

Tan pronto tocaron las doce campanadas un hombre joven, pero mucho mayor que yo, me haló del brazo y me besó en la boca entre las columnas de San Marcos y San Teodoro, aquellas entre las que todavía, hasta entrado el siglo XVIII, se encontraba el patíbulo público de la ciudad. Sí, el hombre invadió mi espacio físico y usó, un poco, la fuerza para agredirme, en el antiguo cadalso, con un beso y un «¡Auguri! ¡Me chiamo Giacomo!». Así es que estuve alguna vez, literalmente, «entre Marco y Todaro» (Teodoro en dialecto véneto), expresión veneciana que alude a ese momento crucial en que se está en aprietos y urge tomar una decisión que te salve del peligro.

Pienso a menudo en ese suceso, en sus implicaciones, en mi ambigua reacción ante el atrevimiento del casanova. Me pregunto, después de algunas otras experiencias incómodas como aquella, o confusas y aterradoras, como la última, que pasó en verano, si yo hubiese reaccionado de la misma manera medio risueña de no haber tenido Giacomo el aspecto de estatua clásica que le descubrí, cuando logré salir del pasme para mirarlo a la luz romántica de las farolas de la plaza. Me pregunto si hoy, yo hubiese estado dispuesta a «aceptar», sin defenderme, lindo o feo el hombre, aquella imprevista felicitación, con la misma ¿naturalidad? ¿sumisión? ¿ingenuidad? ¿desconcierto? con que la recibí el primero de enero del 2005, como la típica expresión de eso a lo que antes se le llamaba ¿cortejar? Y es que, con los diecinueve años de entonces, las cosas se veían diferentes, mucho más al estar lejos de casa y en una atmósfera carnavalesca y misteriosa como la que de noche adquiere Venecia, sobre todo en épocas festivas. Allí, como en un «ritornello», mitos y leyendas resucitan para recordarnos el principio, el fin, o el nunca acabar. Allí, en la que fuera la Antigua República de la Serenísima, se miran disformes, a través de la neblina, los cuerpos iluminados sombríamente por la luz opaca de las farolas. La luna resplandece reflejada en el Gran Canal, dando la ilusión de existir un otro cielo bajo el agua, y los rostros se tornan máscaras, algunas de largas narices, que por momentos parecen sugerir la mentira y el horror oculto tras la bella apariencia de la emblemática ciudad flotante. Otras, tan sólo son fachadas melancólicas y espectrales, que en su deambular silencioso por las calles recuerdan a algún arquetípico personaje de la Comedia del Arte. Insomnes, acostumbrados a la tradición del carnaval, alargan la fiesta de jueves a martes y ya el lunes se les ve como a Pierrot, con los ojos bordeados de negro y con una lágrima al parecer resbalándosele en la mejilla, como lamentándose de su suerte. Pero también se ven algunos tantos, tan antiguos como el mundo, filosóficos y bufones cual Pulcinella, pasearse de bar en bar, de ‘bacaro’ en ‘bacaro’ como pollos optimistas que convencidos de vivir en el mejor de los mundos posibles, practican la consolación y apuran la vida aprovechando los recursos disponibles para ello. Antes fue el vino, la ‘grappa’, el ajenjo, el opio, el láudano; a estas hoy se suman nuevas sustancias con las cuales hacer más «soportable» la vida (o insufrible del todo), y más animadas las fiestas.

He vuelto a Venecia. Diecinueve años después.

Para ser más exacta, he vuelto dieciocho años y trescientos sesenta días después. A decir verdad, ha sido otra, aunque siempre la misma, la que ha vuelto. Por aquellos años toleraba mejor las multitudes festivas y «acéfalas», como diría el emblemático bohemio español Alejandro Sawa al describir, en uno de los fragmentos de su libro póstumo, la fiesta masiva de las carnestolendas por las calles de Madrid. También me faltaba mucho por aprender, quizás tanto como ahora, aunque entonces llevaba mucho menos golpeadas las rodillas y el corazón. Por ejemplo, no pensaba demasiado en lo difícil que era ser mujer en un mundo de hombres, porque las cosas venían, o vienen dadas, eran como eran, son como son, y también porque todavía vivía en casa con papá y mamá y para algunas de nosotras, mientras estamos metidas entre las faldas de una madre, en el tibio nido de un hogar, lo doloroso suele doler un poco menos. Para protegerte, las alas de una madre se extienden tanto a veces que llegan a taparte los ojos impidiéndote ver que aquello que te parece desigual entre ella y tu papá, entre tu hermano y tú, en efecto lo es. Desconocía también el juego de las máscaras, eso de que una cosa casi nunca es lo que a simple vista parece ser sino que, para bien y para mal, es algo más, mucho más. Ahora ya no hay madre que me tape los ojos; cuando murió se me abrieron como los de un múcaro, supongo que como respuesta de mi instinto de conservación.

En esta ocasión el toque de campanas del Nuevo Año no lo escuché en Venecia ni tampoco, por suerte, tuve a ningún casanova a mi lado a la espera de robarme nada. Le dije adiós al viejo año con bastante sosiego, y con un beso afectuoso y fraterno en cada mejilla, con el abrazo solidario y reconfortante de los amigos, le di la bienvenida al nuevo. Despedí el 2022 igual a como deseo que todas nosotras pasemos el resto del 2023: entre amigos y amigas, sintiéndonos protegidas, en paz y a salvo de no estar nunca, ni una vez más, «entre Marco y Todaro». Que así sea.

 

 

 

 

 

 

En Reserva: Una foto de Vieques

 

Especial para En Rojo

Hace unos días compré mi primera obra de arte que es, al mismo tiempo, un documento histórico importante. Se trata de una fotografía en blanco en negro tomada en Vieques hace más de cuarenta años. La foto la hizo Ricardo Alcaraz.

Para entonces, en 1979, los pescadores habían organizado una movilización para impedir las maniobras de la marina estadounidense –que entonces ocupaba dos tercios del municipio–. La movilización comenzó a oscuras en La Esperanza. De allí, cuenta Ricardo, caminaron hasta una de las zonas de tiro y práctica (probablemente en la playa Caracas), deteniéndose de vez en cuando para no ser descubiertos. En la madrugada tomaron la playa.

La foto de Ricardo capta algunos rostros y perfiles de los manifestantes. Están sentados en la arena, serios pero serenos, haciendo una medialuna. A sus espaldas se ve una fila de tanques de guerra y detrás les rodea esa maleza inconfundible de la costa sureste de Vieques. Ricardo no recuerda cuánto tiempo permanecieron en la orilla, pero sí que lograron evitar la práctica y que pudieron pactar un cese al fuego. Por sorpresa ese día no hubo ningún arresto[1].

A partir de la década del 1940, muchos de los terrenos ganaderos, agrícolas y del latifundio azucarero fueron expropiados por el ejército estadounidense. Aquellos desahucios compensaron a la clase hacendada en su momento, pero no (sorpresa, sorpresa) a los trabajadores de la tierra. Algunos historiadores e historiadoras, arguyen que la isla nunca se recuperó económicamente de las expropiaciones. En más de dos ocasiones, la marina intentó, sin éxito, mudar a la población de Vieques a Santa Cruz.

En mayo se cumplen 20 años desde que oficialmente se sacó a la marina de Vieques. Reitero el uso gramatical del “se impersonal” por la longeva y plural lucha intergeneracional. Por ejemplo, desde los años 1940 hubo resistencia viequense y rechazo al desalojo, al dañoambiental y económico que provocaba la presencia militar en la isla. Los pescadores de la foto de Ricardo (probablemente La Cruzada Pro-Rescate de Vieques) se incluyen en esta lista.

Hay cientos y cientos de imágenes impactantes de las protestas multitudinarias, de los arrestos y de todo tipo de desobediencia civil, especialmente partir de la muerte de David Sanes en 1999, cuyos pilotos responsables aún no han sido identificados públicamente por las fuerzas armadas. Sanes, afirmaba Bob Rabin, se suma a una extensa lista de crímenes sistémicos.

En la actualidad y gracias a la larga hazaña civil (que no acaba), un fragmento de las tierras al este de La Esperanza componen una reserva de playas y ensenadas abiertas al público. La playa Caracas es una de ellas. El resto de la reserva (de extensión significativa) permanece cerrada sin buenas ni nuevas de cómo va la limpieza de la zona. Una y otra son ‘tuteladas’ por el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos. (Tampoco hay noticias claras de la construcción y la apertura del hospital municipal. “Abre en 2024” le dice Pierluisi a un periódico anglo que limita el acceso a la noticia). A vuelo pájaro la historia de Vieques es la del Caribe en todas sus variaciones y, en palabras de Linda Hutcheon, en sus repeticiones con diferencias.

Vieques es y ha sido mi lugar favorito de Puerto Rico por muchas razones, entre ellas, por todo lo que representa esa imagen que tan bien compendió Ricardo…Porque es precisamente en esta isla donde anido con mis seres más cercanos cuando no nos atraviesa la distancia. Porque la vida se ha sembrado allí[2] mucho antes que las fuerzas modernas. Y la vida sigue insistiendo una y otra vez. Pero no le corresponde a Vieques ni a este archipiélago ser un ejemplo empecinado de supervivencia. Aunque no puede existir indemnización alguna por tanta violencia, negligencia e impunidad, la fotografía (que me reservo) despierta una cosa íntima y personal de la victoria del día, de “la sombra vencida” (según describió Miguel Hernández) y de la recompensa de hoy (y la ofrenda del después).

 

Fuentes y notas:
-Carlos R. Alicea, “Vieques (Puerto Rico) contra la marina de Guerra de EE.UU”: Lucha anticolonialista y lucha ambiental” (2000).
-“Vieques: las expropiaciones de la Marina en la década de 1940”: https://www.sscnet.ucla.edu/soc/faculty/ayala/vieques/index.htm
-Miguel Hernández, “Eterna sombra”:
https://www.poesi.as/mh3911.htm
– Linda Hutcheon, A Theory of Adaptation (2006).
[1] En mayo de 1979, el gobierno federal sacó de la playa y apresó a los desobedientes civiles (Alicea 168).
[2] Ver “El hombre de Puerto Ferro”, cuyo asentamiento data a 1,900 (a.e.c.).

Haití: El estado oligárquico

 

Especial para En Rojo

Este es el primero de tres artículos sobre Haití dirigidos a conocer las raíces históricas de su actual crisis. Los siguientes textos considerarán el interés de Estados Unidos por ejercer control sobre Haití, y el papel de las misiones internacionales en ese país.

Introducción

La visión sobre Haití que se tiene en muchos países de América, incluyendo el nuestro, se fue erigiendo desde las miradas y los silencios acerca de esa nación que los imperios colonialistas lograron imprimir en buena parte de los pueblos sobre los cuales ejercieron dominio. En el núcleo central de la imagen, Haití aparece como una nación al margen de los países civilizados del mundo e incapaz de ser parte del concierto de Estados que lo configuran. De ahí que buena parte de las sugerencias para resolver sus dificultades como nación descansen en asignaciones de fondos manejadas por entidades foráneas y de planes de intervención por ejércitos extranjeros.

Sin embargo, desde una lectura anticolonial de la historia de este país se pueden descubrir las raíces en el tiempo de los obstáculos que ha enfrentado la nación haitiana levantar una nación desarrollada, administrada por un Estado moderno, durante sus más de dos siglos de existencia.

En este ensayo intereso compartir algunas claves que contribuyan a entender los obstáculos que ha tenido Haití para desarmar el Estado depredador que, durante los pasados dos siglos, ha desempeñado su papel de espaldas a la nación haitiana.

Haití, sus primeros años

El primer lustro del siglo diecinueve conoció la más asombrosa hazaña de la historia del Caribe, cuando la población esclavizada de la antigua colonia francesa de Saint-Domingue destruyó la colonia más rentable de la región, forjando esperanzas de que un pueblo formado por afrodescendientes libres pudiera construir una nación, a la par con las principales naciones de la época, que sirviera de modelo a aquellos que luchaban contra la esclavización humana.

El primero de enero de 1804 se estableció el nuevo país de Haití sobre las ruinas de la colonia de Saint-Domingue, que Francia había regido desde 1659, convirtiéndola en la empresa más rentable de la región del Caribe. En ese año, Jean Jacques Dessalines, quien fue el principal dirigente de la revolución, proclamó una constitución que estableció la cesación de la esclavitud por siempre. Se había cumplido la misión de crear una nación de afrodescendientes en el Caribe, con un gobierno republicano, una constitución liberal, códigos legales adaptados al país, y libertades religiosas de las cuales otros países carecían.[1]

Paradójicamente, el pueblo cuyos combatientes derrotaron al poderoso ejército imperial de Francia en la Batalla de Vertieres de 1803, iniciando su ruta hacia la formación de la primera república habitada y dirigida por afrodescendientes, acabó convirtiéndose en un país empobrecido, con una oligarquía haitiana al mando de un estado ubicado de espaldas a las necesidades del pueblo haitiano.

En la trayectoria formativa del estado en Haití identifico dos períodos clave. Una fase inicial, en la cual la autoridad pública estuvo mayormente centrada en la protección del pueblo afrodescendiente de los intentos europeos por devolverlos a la esclavitud, y el período de la construcción del Estado oligárquico que fue tomando forma con la desaparición de la generación fundacional.

Durante sus primeros años como nación independiente se erigió un Estado militar, con la misión de proteger la nación de la apetencia esclavista europea. La primera constitución haitiana, de 1805, establecía un gobierno regido por un emperador y comandante en jefe del ejército, que era un cargo electivo, y organizaba el territorio nacional en seis divisiones militares, comandadas por generales de división. Además, establecía que «ningún hombre blanco, de cualquier nación que fuese, pondrá su pie en este territorio con el título de amo o propietario, ni en el futuro adquirirá ninguna propiedad en el mismo».[2]

Desde de puesto de Gobernador General de Haití, el fundador de la nación Jean Jacques Dessalines dejó como legado su desconfianza en los europeos, firmando un decreto disponiendo que: «Los generales de división, al mando de los departamentos, ordenarán a los generales de brigada que erijan fortificaciones en la cima de las montañas más altas del interior, y los generales de brigada, de vez en cuando, informarán sobre el progreso de su trabajo».[3]

Como resultado de ello, se erigieron fuertes en diversos lugares del país, incluyendo la imponente Ciudadela Laferrière, que Henri Christophe edificó en el norte del país, a unos 836 metros de altura, con el propósito de divisar la entrada de tropas francesas en su aguardado retorno. Siempre desconfiado del interés europeo en devolver a los haitianos a la esclavitud, Dessalines instruyó a su pueblo a que, «a la primera señal de alarma las ciudades se esfuman y la nación se pone de pie».[4] Fue esa prevención la que llevaría a Dessalines a preservar su enorme ejército, preocupado por el hecho de que las aniquiladas tropas francesas habían encontrado refugio en la parte oriental de La Española.

Culminada la fase imperial de la nueva nación, el país se fue configurando por un campesinado de cultura africana en economías de subsistencia a lo largo y ancho de sus fértiles tierras, y una oligarquía en ciernes interesada en integrar a la nueva nación a los flujos económicos de aquellos tiempos.

La oligarquía naciente

Las luchas que definirían el curso torcido de la nación haitiana aparecerían poco después, cuando se planteó el tipo de economía que habría de tener el país.

En su visión agrarista, el propio Dessalines había colocado la propiedad territorial nacionalizada al servicio del campesinado haitiano, lo que lo convirtió en enemigo de la antigua clase de libertos, negros y mulatos, quienes interesaban apropiarse de los bienes de los antiguos colonos franceses para controlar las riendas del poder político.[5]

A la muerte de Dessalines, estos dos sectores reclamaron privilegios que no disfrutaría la mayoría campesina. De una parte, los oficiales combatientes de la revolución, principalmente negros, ansiaban la posesión de tierras como recompensa por su sacrificio. Asimismo, el sector mestizo aprovechó sus vínculos de sangre con la antigua clase dominante francesa para reclamar privilegios que le daba su ascendencia y su color.

Las luchas epidérmicas entre ambos sectores oligárquicos fueron definiendo la historia haitiana durante los pasados dos siglos. La oligarquía mulata naciente intentó abrir los canales comerciales para la exportación de la producción agrícola, estableciendo vínculos con mercaderes del exterior, localizados en diferentes colonias del Caribe, principalmente Curazao y Jamaica.[6]

En su visión sobre el futuro del país el sector mulato de la nación reprodujo los códigos sociales heredados de las prácticas de exclusión prevalecientes durante el dominio francés, entre ellas la demarcación entre el mundo urbano y el rural y entre lo civilizado y lo retrógrado. Se fueron convirtiendo de ese modo en una nueva clase dominante que preservaba la discriminación contra las mayorías campesinas como la principal lógica de Estado.

La construcción del Estado

Desde muy temprano en su historia, el Estado que se fue construyendo orientó su misión a apoyar la economía de exportación hacia el mercado internacional, colocándose de espaldas a la nación haitiana, formada principalmente por campesinos libres.

El sociólogo haitiano Jean Casimir considera que, en la construcción del Haití independiente se fue reproduciendo el modelo típico del estado colonial, donde el poder político se construye de espaldas a la nación sobre la cual ejerce su poder. El naciente estado haitiano se fue convirtiendo en una maquinaria dominada por una oligarquía criolla que percibía su existencia separada del pueblo, añorando controlar el poder para su propio enriquecimiento, mediante sus vínculos a los intereses extranjeros de la época, y relegando los intereses del campesinado libre que iniciaba su trayectoria fuera de la dominación esclava.

Para Casimir, «los grupos privilegiados en el emergente Haití permanecieron dentro de los confines del pensamiento colonial racista y proesclavista. Manifestaban su visión de mundo a través de las herramientas conceptuales que habían heredado del poder imperial,  soñando emular los gustos de la civilización occidental.[7]

La lucha de clase

La nación haitiana se fue forjando en la tensión entre el interés oligárquico por construir un país estructurado en el modelo de la antigua colonia, y el interés de las masas haitianas de disponer de tierras propias para subsistir en la sociedad post esclavista. Es decir, las luchas del campesinado contra la oligarquía revelaban el interés de los primeros en permanecer como un campesinado libre, en oposición al interés de los segundos en convertirlos en trabajadores de una economía de plantaciones bajo su mando, propuesta que había ocupado un lugar en las mentes de los primeros dirigentes revolucionarios.

Cuando la oligarquía naciente intentó abrir los canales comerciales para la exportación de la producción agrícola, aprobó códigos rurales abusivos que pretendían forzar al trabajador a servir forzosamente en la finca de un propietario o hacendado, «colocando en manos de los soldados el disciplinar a los holgazanes, los rebeldes y los vagos».[8]

Para ello, los nuevos oligarcas haitianos reprodujeron la visión europea de que se trataba de gentes incivilizadas, provenientes de África y, por ello, condenadas a ocupar los escalafones más bajos de la estructura de producción.

Fue Alejandro Petion, presidente de la República de Haití entre 1806 y 1818, quien alcanzó a poner fin a los esfuerzos de la oligarquía por reproducir la colonia esclavista francesa, subdividiendo las tierras del país para crear un sistema de pequeñas propiedades, y sustituyendo la prioridad del azúcar por el café.[9]  De ese modo se fue forjando una economía orientada hacia el interior, que viabilizaba la alimentación de la población de las masas haitianas, frente al cerco tendido al nuevo país por las metrópolis coloniales de esa época.

El historiador haitiano Leslie Manigat sugiere que Petión abrió las puertas a la distribución masiva de tierras como resultado del cálculo político, pues pareció estar preocupado por la reacción que tendría una decisión adversa hacia el campesinado mayoritariamente negro de parte de un presidente mulato.[10]

De ese modo, Haití acabó teniendo dos grandes porciones poblacionales desconectadas. De una parte, se forjó una nación haitiana, de campesinos libres que resistieron las presiones de la oligarquía para devolverlos a la plantación. De otra parte, la oligarquía haitiana fue forjando un Estado que le servía de instrumento para enlazar sus intereses con el capitalismo agrario de aquellos tiempos.

A lo largo del siglo diecinueve hubo intentos de modernizar el Estado que fracasaron como resultado de las luchas de sectores dominantes negros y mulatos por su control, y de la renuencia de ambos sectores oligárquicos en incorporar al campesinado libre de Haití en su inventario de preocupaciones. Aunque ha tenido en sus manos las riendas del poder a lo largo de la trayectoria histórica de la primera república afrodescendiente del planeta, acabaron desvalijando la riqueza del país de la mano de intereses extranjeros, convirtiendo a Haití en uno de los países más empobrecidos del mundo.

Continuará..

[1] Julia Gaffield, The Racialization of International Law after the Haitian Revolution: The Holy See and National Sovereignty. The American Historical Review, Volume 125, Issue 3 (June 2020), p. 841
[2] Segunda Constitución de Hayti, 20 de mayo de 1805, promulgada por el Emperador Jacques I (Dessalines). Declaración preliminar (12).
[3] Histoire de la Citadelle (Ferrière) Henry et le palais Sans-Souci. Bulletin de L’Ispan, No. 3, 1er août, 2009.
[4] Segunda Constitución de Haití (5 de mayo de 1805), Disposiciones Generales (28).
[5] Gérard Pierre Charles, L’économie haïtienne et sa voie de développement. Maisonneuve et Larose, 1967.
[6] Carolyn Fick 1990.
[7] Jean Casimir, The Haitians: a Decolonial History (North Carolina: University of North Carolina Press, 2020), 127-28
[8] Franklin J. Franco, Haití: De Dessalines a nuestros días. Santo Domingo, Editora Nacional, 1988, p. 19
[9] James G. Leyburn, El pueblo haitiano, Santo Domingo: Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 1986, pp. 68-83
[10] Leslie Manigat, Éventails d’Histoire Vivante d’Haïti, p. 328.