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Un pueblo que se queda a oscuras, pero no deja de iluminar

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En el palacio de Convenciones en Cuba

Especial para CLARIDAD

Fotos Sebastián Castrodad Reverón

Cuba y los cubanos. Abre una ventana y mira como debajo de sus pies se tiende una ruta hacia un[1] futuro. Mira ese futuro. Pálpalo con la yema de los dedos. Desde este huevo llamado revolución se lucha por abrirle el camino a la humanidad para que crucemos un umbral. Será necesario dejar atrás, pelar la piel, dar un brinco, adherirse a otra raíz: un asunto de vida o muerte. La buitrería norteña tiene sus barcos anclados, máquinas de acero y genocidio, alrededor de Cuba. La estrangulación es una metáfora inadecuada. Esto es peor. Es muerte por tortura. Un país, que, en su fulgurante y sublime belleza, resiste, embiste, y a pesar del asedio de más de medio siglo, se regala al mundo con toda su riqueza cultural, científica, sus vacunas, sus doctores, sus escuelas, sus guarachas, sus gritos y glorias, su alma, su corazón; se queda secuestrado y aislado dentro de este bloqueo criminal que le prohíbe incluso el derecho de vivir del amor y el intercambio vital con otras naciones. Y sí, el amor.

Las revoluciones no son procesos sintetizables, ni reductibles a fórmulas que procuran cuantificar su valor y legitimidad. Son procesos vivos. Duelen, respiran, ríen, se equivocan, se corrigen, se desbalancean, cogen impulso, brincan, se caen, se levantan. Vanguardias nunca son sus estructuras, vanguardia no son sus puestos o la nomenclatura de los rangos. Vanguardias son el pueblo. Su gente, vanguardia son los que salen a crear un mundo nuevo, los que se regalan a su gente y se cuidan, desde la institución o fuera de ella; vanguardias son los que hasta en la crisis más profunda en la historia de la revolución cubana se declaran revolucionarios, listos para seguir luchando por una victoria, aunque les parezca imposible, en un momento en el cual se desploma el rancio orden mundial y la violencia del imperio duplica su crueldad proporcionalmente a cuánto va perdiendo en sus acostumbradas áreas de control y genocidio en Asia occidental.

Estuve en Cuba ahora, en el Convoy Nuestra América. Llevamos ayuda humanitaria. Fuimos a un país bajo amenaza de ser invadido militarmente por los Estados Unidos que en poco más de un año ha bombardeado a 7 países, y además secuestró al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, república hermana de Cuba. Fuimos a una Habana asediada, asfixiada, a una Cuba que sufre más que nunca[2], a practicar el amor que se le tiene a una patria que, aunque no es en la que nacimos, nos recibe como si fuera nuestra. La verdad es que harían falta miles de convoyes para hacerle mella al problema. El castigo colectivo que los Estados Unidos y sus lacayos imperiales desatan sobre el pueblo cubano es criminal, inhumano, cruel y una señal clara de que buscan cometer genocidio. Ya lo hacen con Gaza, una ciudad de 2 millones de personas que quieren convertir ahora en una ciudad tecnofeudal. Ya asentaron las bases discursivas para extender el genocidio a Irán y el Líbano. Ahora se disponen a hacerlo a mayor escala con 10 millones de hermanos cubanos.

Aportamos lo que pudimos llevar: dos maletas por persona, fuimos 14 y llevamos 28 maletas. Todas llenas con entre 50-70 libras de suministros, medicinas y luminarias solares. Entregamos en el Hospital Clínico Quirúrgico Salvador Allende, en el Instituto Psicopedagógico “La Edad de Oro” y en una casa de 10 niños sin amparo parental. Además, estuvimos presente en actividades del Convoy, en dónde abrimos espacios para elevar la solidaridad en los espíritus que nos congregamos en la Habana para hacer lo poco que podíamos y debíamos hacer.

Es la tercera vez que viajo a Cuba. Estuve hace 20 años. La situación era muy distinta a la de ahora. Recuerdo haber llegado a Puerto Rico con una sensación de que la gente cubana, a pesar de ser muy parecida a nosotros, vivían en un mundo distinto. Pude constatar y profundizar muchísimo más ese vago recuerdo que le daba forma al carácter del cubano. A 66 años de la revolución es notable que el proyecto educativo del país ha dado frutos dulces y redondos. Los cubanos son una gente sumamente culta y educada, además de empática y amorosa. Igual de importante es que los cubanos son un pueblo que se enseñó a sí mismo a pensar críticamente, a pensar desde sus capacidades y sus individualidades. Es increíble pensar que dónde más comunalmente se vive, en dónde el colectivo es, no solamente una apariencia que va y viene, si no una entidad viva que habita las calles de la Habana, la individualidad de cada persona es lo que más florece. Un pueblo que pasa su niñez aprendiendo a descifrar el mundo para interpretarlo libremente y en donde la revolución nutre y crea los espacios para que se desarrollen los vínculos entre el sujeto y su comunidad, su tierra y consigo mismo, es un pueblo que posee una estructura vital, de cómo ver y vivir en el mundo, entre sus pares y consigo mismo. Es una visión de mundo radicalmente distinta a la nuestra. Disuelta en la sustancia del supremacismo occidental en los 500 años de capitalismo/colonialismo, nuestra cosmovisión y el sistema que nos contiene nos enajena de nuestra propia voz, nuestro trabajo, nuestra comunidad y nuestra tierra.

Ese quiebre, esa desconexión naturalizada y normalizada por la sociedad capitalista a grados absurdamente delirantes, es la que le abre el paso a esta etapa presente de ser humanos en estas sociedades tecnocapitalistas. Nuestra vida en la colonia y en gran parte de los países capitalistas, está completamente mediada y atrapada por las relaciones de consumo, por el imaginario impuesto de los medios omnipresentes y su magia de crear necesidades en las nubes y en los sueños de quienes transitamos por las vías ocupadas por el mercadeo. Atendemos sólo lo que nos ponen delante, entretenidos, hechizados, adictos y anonadados, vivimos pendientes de lo inmediato, sometidos a las fantasías de la clase Epstein, persiguiendo el último trend, dominados por la artificial inteligencia artificial, mientras que en nuestros parques o reina el vacío, o el abandono; o en algunos casos, los rodean de verjas, los construyen expropiando comunidades, o simplemente los proveen centros comerciales como espacios de captación para el extractivismo financiero de quienes terminan capturados por ese espacio público/privado. Las plazas en uso sólo cuando hay eventos, además de que muchas fueron rediseñadas sin árboles amplios que den sombra, y otras que tienen fuentes de agua seca y no se preocupan por la temperatura infernal.

En cambio, camina por la Habana un fin de semana en pleno apagón en el bloqueo más violento que le ha impuesto el imperio en toda la revolución y dime qué ves. Deshilachados balones de fútbol dando con pies en cada esquina. Pasos que resuenan al ritmo de esos cuerpos cubanos que resisten, como los palestinos, con tal de existir. Ocupan sus espacios públicos, practican lo común, comparten y ríen, trabajan, sudan, velan, aman, piropean, beben, bailan, gozan, sufren, josean, venden, compran, pintan, soplan burbujas, cuidan, saludan, recuerdan. Los niños corren con las palomas, las madres y sus comadres a pleno chiste bajo sombras. Y sí, la fatiga es notable. Es visible e invisible el cansancio, porque resistir es cansón y después de 66 años de resistencia, tener que hacerle frente a un genocidio es insoportable. La desesperación es una reacción lógica, la tristeza y el desamparo. Pero, parecería que esa gente se cría con la gracia de aquellas personas a las cuáles se les es imposible humillar. Como una abuela gazatí que se le para de frente a un soldado genocida, como los iraníes que salen a la calle a defender su república mientras las estelas de los misiles enemigos iluminan sus cielos y explotan en diversos lugares de sus ciudades, en dónde viven.

Estimo yo, que se debe a que los cubanos, incluso los que puedan tener cualquier diferencia con los administradores del país, de veras son seres revolucionarios, que creen en su proyecto común, y que apuestan a él en contra de cualquier imperio. Una de las cosas que pensaba constantemente cuando escuchaba a un cubano hablar de su país era que qué bonito debe ser sentirse así de orgulloso por su país. Y es que ¡cómo no sentirse orgulloso del país de uno cuando su gente se conoce como el pueblo más solidario del mundo! Entre médicos, vacunas, bomberos, hospitales, escuelas, guerrilleros, comandantes, y todas las ayudas que han organizado a ayudar a una cantidad enorme de países del mundo, ya sea para liberarlos del apartheid, regalarles el conocimiento médico en universidades que puedan ayudar a salvar vidas en países sin acceso al financiamiento capitalista que requiere el neoliberalismo para construir hospitales, regalar el conocimiento científico para que las vacunas contra el covid-19 se distribuyan entre todos los pueblos que necesitan acceso a ese salvavidas, mandar a un caudal de doctores en plena pandemia a trabajar en países distantes y en crisis humanitarias, entre tantas otras causas y acciones que el pueblo cubano ha hecho suya practicando sus principios internacionalistas, columna vertebral de la revolución.

“Cuba y Puerto Rico son
de un pájaro las dos alas,
reciben flores o balas
sobre el mismo corazón…”

Somos reflejos inversos. Banderas invertidas, realidades invertidas. En una realidad paralela también estarían invertida nuestras realidades políticas. Aquí en Puerto Rico somos colonia, aún, con la mentalidad colonial ya casi integrada a nuestro ADN político, pocos somos los que pensamos para salirnos de esta desgraciada circunstancia. Allá son soberanos secuestrados por el imperio, acá somos colonizados por el imperio y secuestrados por nosotros mismos sirviéndole nuestras cabezas al invasor. Allá el bloqueo es militar, acá es un bloqueo casi voluntario. Allá la educación emancipa y da paso al verdadero individuo, dotado de una autoconsciencia de sí mismo y su contexto. Acá la educación moldea y va erosionando la potencialidad de un individuo que va dirigido hacia un campo de extracción con una sonrisa que ignora completamente el contexto de sí mismo. Allá hacen demasiado con poco, acá hacemos poco con demasiado. Allá la clave de salsa está invertida. Acá no bailamos en las plazas. Allá y acá, en un juego de hermanos que fueron separados al nacer y cuyas experiencias vitales son radicalmente distintas, pero que aún el amor sigue siendo innato, casi genético, casi imprescindible.

Ahora, como de costumbre, nos volvemos a encontrar. Pero en un contexto novel. Vivimos los tiempos más violentos, el cambio más intenso, la decadencia y el inicio del derrumbe del imperio más poderoso de la historia humana. Sus tentáculos dando fuete por todas partes. Sus mierderos lloviendo en su colonia y la sed de sangre humana de sus armas apuntando a Cuba. Nos encontramos, nos miramos en el reflejo mutuo de nuestras realidades opuestas. Nos vemos el uno en el otro, de lo que pudo haber sido en cada sitio. Desde acá en ese espejo reconozco una gran verdad. Por fin entendí el peligro que Cuba representa para el imperio. Una Cuba sin bloqueo, una Cuba con los mares abiertos en un mundo sin sanciones, una Cuba socialista y revolucionaria completamente soberana, sería el testamento y la maqueta hacia el futuro del mundo que por obligación busca transicionar de sus modelos capitalistas de extinción humana a la sustentabilidad de un orden socialista en dónde las sociedades viven en balance ecológico, desde sus capacidades y sus necesidades, poniendo en práctica la búsqueda real por el florecimiento de las individualidades de la gente y sus pueblos. Cuba es peligrosa sí, pero no por lo que nos dicen. Cuba es peligrosa por que si se le deja vivir, no hay manera de parar el futuro, no hay manera de seguir manteniendo el orden capitalista. Y en un orden mundial del imperio Epstein, a cualquiera que apueste por la dignidad humana, hay que matarlo. Por eso amigo, quieren matar a la revolución, a toda costa, sin importar cuántos cubanos más mueran en el proceso. Y a eso nos toca a nosotros sumarnos a esa revolución, desde nuestras capacidades. ¡Siempre del lado de Cuba y el pueblo cubano! ¡Que viva Cuba! ¡Que viva Puerto Rico libre! ¡Que viva el Caribe libre y socialista!

[1] Un futuro en dónde una Cuba que nos es bloqueada es próspera y sirve de ejemplo concreto a otras naciones en su transición hacia el socialismo.
[2] Muchos aseguran que la situación está peor que el periodo especial.
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