Palabra que se vuelve rosa,
rosa que se vuelve efebo
si miro en el poema su fragancia
brillar como el lucero;
palabra que entreteje enredaderas
desde el fondo del sueño
y sube a las arcadas milenarias
en donde Tiembla el templo;
cómo apaga su sed la carne estéril
mirada la palabra fuego,
cómo quema los bordes de la tierra
el juvenil riachuelo
que surge de tu pubis, indeleble
la ergástula del tiempo;
cuando cae el otoño en el poema
es verde el amarillo que leemos;
mirada la palabra se desnuda
la belleza voraz del agareno
que aporta a mis sonatas el prodigio
de carnales sonetos;
cómo luce la carne ambivalente
areolas de fuego,
aureolas de estatua seducida,
acerolas que tienden su veneno
al pájaro que envuelve en su plumaje
mi verde serventesio,
el que tiene sin ritmo y sin palabras
poéticos (d)efectos
de enhiesta, inevitable suculencia
que Te alarga mi verso.
Caer en el lenguaje,
terciopelo de encaje, tela oscura,
río que se forja en la caverna,
precipitada lluvia;
hoja del reloj del árbol,
amarilla diablura;
del péndulo que tensa en el espacio
la vesánica música;
en el óleo por fin picoteada
la venenosa fruta;
caballo que perfuma en el sendero
si vas sobre su grupa;
escala que remonta al cielo
si el ángel se desnuda
en medio de la estrofa resguardada,
─piel aterciopelada─
si el poeta pregunta
por todo lo que el hombre esconde
debajo de su túnica;
mi boca inoperante,
la única palabra que no usas,
el sagrado silencio
mirado en el espejo
y el doncel que denuncia
con la mano extendida en el vacío
de su sedosa luna,
en púbico perfume sedicioso
que en cálido menguante se acurruca;
victoria de la Muerte
hundida en tus nepentes
y que entre mis poemas eyacula.
Oír, en el silencio,
la caverna borrada,
la voz que nos escucha,
que no se escucha y teme acobardada
de Ti, de este decir
que creas en mi mente desolada
cuando tengo que ver que ya no existe
ni existo en este verso que restalla,
que azul relampaguea
cual látigo de Amor sobre tu espa(l)da;
yo voy por ese oscuro de tu adentro
contigo, pero estoy en mí, en mi casa;
Tú vas por este oscuro de mi adentro
conmigo, pero estás en Ti, sobre tu playa
desnudo como el mar que me atormenta
cuando soy esta isla atormentada,
cuando soy ave azul que se disgrega
en penacho y en alas
aterciopeladas;
oír lo que el perfume dice
si tienes en las manos las acacias,
aquellas que florecen en tu mente
y nunca flores ser en mis palabras;
la música del ojo sobre el piano
que solamente ve la Appassionata,
y el oído que palpa los minutos
cuando el reloj en ascuas
es metrónomo verde ─zumbador herido─
que no puede moverse en las mañanas;
poder que se deslumbra indiferente
ante la partitura amordazada
y oír en cada verso que me envías
desde tu parusía
es lanzarse al naufragio en la sonata.
Ver y no ver en Ti sino el secreto
del dios que Te perdió al lanzar el disco;
ver la esencia del sándalo cortado
y degustar la pulpa del zafiro;
en tétrica obsesión perder el mundo
detrás de tus hercúleos hemistiquios;
fuga de la gaviota perfumada
que fuga hacia la iglesia clausurada
desde el mar en que estalla blanco lirio;
ver de pulcro tritón entre esmeraldas
desnudo, verde trino
del verso que en tus labios de cenizas
eleva el fénix,
fuego en lo prohibido;
en lo que ve el lector una acrobacia
de la antigua Palabra
se puede ver el viejo precipicio
de Léucade en que Safo se lanzara
sabiendo que Faón se había perdido;
ver el ancla profunda
que detiene la luz del vellocino,
en tanto que Narciso ve en las aguas
lo que no nos demuestran las palabras
cansadas del poema de uno mismo.
Tocar en el espacio
el ritmo del poema,
tocar el espejismo
de Narciso muriendo en la Belleza;
el órgano tocar de lo ominoso
en esta Sinfonía enhiesta,
si me tocas el órgano maestoso
del Arcángel Miguel
sonará la trompeta;
la sombría pregunta en el espacio
que tiende la cadencia
de Saint-Saëns oscuro y luminoso
cuando me abres la puerta
hacia El Jardín en luto
donde la luna nueva
sonríe en el verdor de la laguna
que se muere de pena;
tocar la suavidad de tu epidermis
en el bikini verde en las arenas;
tocar ese misterio que se oculta
entre los requisitos de la métrica;
tocar el abalorio de zafiros
que ofrece el guacamayo en las palmeras;
en miedo del naufragio
otro naufragio suena
como Endimón dormido
en tu núbil caverna
y el áncora perdida en el silencio
que dejó la tormenta;
en medio de la abrupta melodía
tocar cada minuto
la imposible falena,
el hilo conductor de los oboes,
los chelos que lamentan
el paso de Jacinto por el bosque
y los celos del Viento en la floresta;
tocar el imposible plectro
la música adormida entre tus piernas,
el púbico y zafíreo plenilunio
de la estrofa irredenta.
Oler en el perfume los sonidos oscuros del grumete que sueña
con esas esmeraldas y amatistas que oculta en la caverna
por entre los uveros recelosos al pasar la tormenta
y el pirata que vuelve de Tortuga por la Isla desierta;
oler ese presagio, ese designio, de la carne sedienta,
arácnida la luna descolgada sobre las alamedas
y en el ritmo inusual del serventesio lo poético sueña
con saltar por el viejo precipicio de la mítica peña
y olvidar el perfume sedicioso de la rima obsoleta;
oler cada sonido del aroma de la oscura violeta
que tienes en la verde partitura de ominosa cadenza;
oler el verde fuego en los ramajes y las azules perlas
que suelen florecer en el ocaso cuando hacia mí Te acercas;
olor y suavidad de las espumas en la dulce marea,
olor en el Bukake que entreabre sus páginas sedientas;
oler esa pregunta en el espacio, presagio del Idea
que vuelve en el Andrógino agareno a completar la esfera;
oler las azucenas genitales que marcan la cadencia,
el pájaro oloroso en los jazmines, la Prosodia indefensa
y el metrónomo en fuego sobre el piano detrás de mis poemas.
Gustar de los racimos
que la Isla me ofrece en tus riberas,
en tus costas de piel aceitunada,
entre tus arrecifes
litoral de fieras;
en verde zumbador degusto el iris
de los dulces nepentes que descuelgan
su peligro ancestral y su destello
donde los moscardones tiemblan;
arrimado a la muerte el tierno efebo
disfruta de su imagen indefensa
que no podrá gustar sino en la sombra
de Caronte en esquife
de plúmbeas calaveras;
gustar el paraíso de agarenos olivos
y los dulces damascos de anaranjadas gemas;
en la silva el prefacio del durazno
y en la lira en perfume del poeta;
gusto de los enjambres azucarados
en las arcadas lúcidas del poema
que dulzor de la piña y de la poma
adquieren de tus gráciles caderas;
gusto de sibarita y de monarca
que entre las astromelias revolotea;
gusto de sagitario, de azul Centauro,
gusto de alejandrino en las hipomeas,
en la caverna oscura y en la espesura
del bosque, de tus zafíreas sombras etéreas
que forman el archipiélago de tu cuerpo
que cruzan mis piratas en la tormenta.



