Especial para En Rojo
Según nos dicen las sociólogas Illouz & Kaplan (2020) “El sexo está vinculado a la acumulación de capital de otro modo, no solo configurando trabajadores asalariados dóciles, sino también consumidores individuales que compran productos y servicios de diversos estilos de vida” (p.45). Es decir, que la esfera del mercado económico- político no meramente atraviesa al entorno trabajador per se como parte del rol proactivo de producción, sino también al mismo consumidor el cual esta a su vez generando producción de deseos, emociones, etc. Eso sí, hay que subrayar, que en lo que concierne al campo sexual, la distribución, producción y acumulación debe apreciarse a nivel individual. Esto se debe a que como bien nos indica Illouz & Kaplan (2020) la competitividad sexual es una destreza y capacidad personal dado que es algo totalmente vivencial.
Quiérase decir, que la teoría del capital de Marx desde el enfoque bioeconómico[1] y político en cuanto al campo sexual se trata, logra ampliarse la noción del valor hacia otros modos de producción social capaces de capitalizar y apreciar al acto sexual como reproducción, tanto económica como no económica. Si seguimos la línea de pensamiento de Illouz & Kaplan (2020)
La perspectiva económica concibe al sexo y la sexualidad como productores de capital en forma de dinero. Basta pensar en la panoplia de productos, y especialmente <<servicios>> incorporados, como juguetes sexuales, novelas eróticas o pasarelas románticas que se venden a los consumidores en mercados de distintos estilos de vida. (p.26)
La manera en que el capital sexual siempre se ha lucido e inclusive reconocido significativamente es a través del ámbito pornográfico y más aún en los entornos de entretenimiento o diversión. Sin embargo, si de algo puedo reafirmar es que, tanto el sexo como sexualidad producen un sobreexcedente en lo que respecta a los valores de uso, cambio y goce que el mismo trabajo no capitaliza. Y es ahí donde despierta la necesidad de incurrir al deseo como parte integral del análisis psicosociológico acerca de cómo se degrada e incluso desvirtúa a las ganancias que logra generar este en el mundo cibersexual hasta en general.
Dentro de la pluridimensionalidad de nociones y definiciones en cuanto a capital sexual se trata, podríamos definir al mismo en estos momentos histórico como un valor económico el cual se desarrolla a partir de intercambio que se efectuaría en una cualidad y capacidad psicosocial en particular. Dicha ejemplificación se hace más palpable hoy día en las nuevas dinámicas de remuneración que ofrece la amistosa y estruendosa cultura cibersexual. Esta categoría discrepa de la forma en cómo antes se solía visualizar, percibir e interpretar al capital sexual que era básicamente bajo una sola nomenclatura, que descansa en el entorno industrial de la pornografía.
Si nos adentramos bien a la cibercultura sexual, encontramos que, es precisamente el deseo no solo sexual sino en sí el que ha abierto nuevos senderos y caminos de reproductibilidad socioeconómica los cuales resignificaron el campo del capital. En efecto, diría que es gracias al mismo deseo que ese sentimiento de gozar puede proseguirse, que bien se logra solidificar e incluso adaptar a las circunstancias inmateriales (modos de subjetivación) y materiales (modos de producción), justamente como sucede en el juego de imágenes que evoca el mundo del cine según nos diría Gilles Deleuze (2000).
El cine resulta ser una imagen en movimiento ultrarrápido, que a su vez da la impresión de vida cuando dicha reeditación corre al tiempo y espacio adecuado para traspasar todos los medios entre el espectador versus cámara. Ahora bien, si partimos del entorno cinematográfico y cibersexual, puede hallarse ciertas mitologías que aún continúan arrastrándose y amenazando la frontera vida anímica. El filósofo y psicoanalista lacaniano Slavoj Zizek (2011) expone que
La informatización afecta a nuestra noción de lo real, imaginario y simbólico[2] bajo las siguientes líneas de separación: la vida “real” y su simulación mecánica, la realidad objetiva y nuestra falsa percepción (ilusión) de ella, entre los fugaces afectos, sentimientos, actitudes, etc. y el meollo remanente de nuestro Yo. (p.148)
Tales efectos, hacen posible desde la mirada lacaniana el reordenamiento simbólico y lógico-formal de resignificar al sexo como una esfera de valor socioeconómica irreductible ya que este campo en particular siempre cohabita el factor del intercambio interpersonal. De ahí el ¿Por qué?
el capital sexual hoy desplaza hacia un lado al deseo y todo lo que envuelve, precisamente porque este mas allá de desvirtuar al deseo vía el sentimiento de gozar, tampoco es trabajo activo según nos delinea Illouz & Kaplan (2020) puesto que opera más bien como un supuesto de que ciertos sujetos lo utilizan para exhibir y reactualizar los nuevos modos de subjetivación sexual contemporáneos. Lo característico de esta psíquica potencialidad libidinal es que llega a exteriorizar desde su condición psicosocial la necesidad de saciar su deseo que es gozar y maximizar el valor interpersonal por medio de la tecnología (magazines, producción de contenido independiente, cine, mensaje de textos, imágenes, etc.).
El ejemplo por excelencia que enmarca cómo el capital sexual hoy ha sido valorizado, remunerado, y utilizado es definido como el imperativo de satisfacción inmediata del siglo XXI. Este, aunque pudiera traducirse en el acto sexual en términos prácticos y funcionales no lo llega a ser, ya que aquí no estriba el efecto pornográfico per se de verlo todo como diría la pensadora Silvia Ons (2018), sino más bien a través de la búsqueda de ese principio de gozar. La capacidad de obtener algunos beneficios personales, económicos, y hasta culturales desde nuestras actividades rudimentarias hace que se degrade al deseo apasionadamente. Y este sentir, siguiendo la línea de pensamiento de la psicoanalista Georgina Vorano (2015) es generado por el mismo sistema neoliberal e incluso cibersexual, los cuales han convertido a la felicidad, el hiperconsumir, el tener éxito, relaciones sexuales “perfectas”, entre otros, en un claro paralelismo de la gesta sexual a nivel porno-ilusorio.
De esta forma es que actualmente la cultura del cibersexo reinventó el concepto del sexo cuyos refuerzos sociotécnicos y bio- económicos cobraron mayor empuje y robustecimiento durante el fenómeno pandémico del Covid-19, gracias a las políticas del autocuidado, distanciamiento social, “vacunación forzada” lock-down, etc. Dentro de este turbulento debate colmar frustraciones, angustias, miedos y hasta falsos imaginarios es que se sitúa el lapsus de olvido e inclusive desdén hacia lo que interpretamos como deseo versus capital sexual, puesto que la cibernética reapalabró resignificativamente los entendidos socioculturales …
Referencias



