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NaciÓN

Trump en el gran salón del pueblo

 

Annette Lavastida

Lo que se vio en el Gran Salón del Pueblo ayer y hoy, no fue tanto una asimetría de inteligencia como de épocas. Xi hablaba desde el calendario ancestral de un Estado que se piensa en siglos invocando la “trampa de Tucídides” y el riesgo de que una potencia en ascenso desplace a una establecida (le dijo que estaban en decadencia, en pocas palabras), habló de “transformaciones nunca vistas en una centuria”, y puso a Taiwán como línea roja con la advertencia explícita de que una mala gestión podría llevar a “choques e incluso conflictos” .

Trump, en contraste, presentando a sus CEOs (tus verdaderos presidentes) como si fueran sobrinos en un bautizo, hablaba sandeces sobre las flores, prometía llevar semillas para la Rosaleda de la Casa Blanca, y repetía “fantástico” como mantra de feria… “eres un gran líder… es un honor ser tu amigo”, dicho con la guataconería con que se elogia al cuñado con dinero.

Me entra la tentación de despachar esto como bufonada individual y dejarlo ahí, pero es que el fenómeno es estructural y demasiado interesante como para pasarlo por alto.

La poca sustancia que le queda a la posición estructural de EEUU como hegemón se relega a Rubio y Bessent, que después corren a CNBC a “aclarar” lo que el jefe improvisó. Mientras China llega con una doctrina articulada sobre “estabilidad estratégica constructiva” como guía para los próximos tres años y más allá; Estados Unidos llega como un padre orgulloso presentando a Tim Cook y a Jensen Huang.

Esto (y cada vez tengo menos dudas) es exactamente la fase terminal del ciclo hegemónico que describe Arrighi (uno de los que me sirve para leer patrones) donde el Estado se vacía de dirección estratégica coherente y se llena de transacciones personalistas, reality show y lealtad a fracciones del capital (los CEOs de Apple, Nvidia, etc.). La asimetría estructural se va poniendo en evidencia, pero ninguno de los dos la va a declarar en voz alta porque hacerlo desmontaría la ficción que sigue en cartelera.

No puedo evitar que el contraste entre ambos discursos me recuerde a ciertos debates que he tenido recientemente. Porque no es que Trump no entienda lo que Xi está diciendo. Es que responder en el registro de Xi sería entrar en una conversación donde la asimetría material se hace visible (donde habría que reconocer que la Trampa de Tucídides no es una metáfora sino un diagnóstico, que el otro lado ya pensó en siglos lo que aquí se piensa en ciclos electorales, que el “great leader” lo es de verdad y no por cortesía). Es como cuando discutes con alguien siendo conceptualmente precisa o aportando datos, y te responden con una anécdota emotiva, o con un catálogo de adjetivos. La burla o la adulación, el “honor de ser tu amigo”, el “futuro fantástico” son un bypass técnico, una evasión performática del terreno donde un interlocutor tiene ventaja epistémica y material, y el otro propaganda. Es una forma fácil de desactivar la conversación seria sin que se note demasiado. Pero creo todos lo notamos.

Lo que queda en el plato, una vez retirada la mantelería, es que China consiguió que el comunicado de la Casa Blanca omitiera a Taiwán mientras los reportes chinos lo destacaban como eje central, posicionó a Ormuz como negociable bajo sus términos, evitó comprometerse operativamente con Irán y obtuvo la compra de 200 Boeing que ya estaba en la lista del carrito. Estados Unidos consiguió aplausos, semillas para el jardín, una postura encorvada y una foto. El que negociaba estaba sentado del lado del té y las fuerzas productivas. El showman estaba sentado del lado del ‘fantástico’. La historia ya está apuntando ese párrafo con tinta indeleble, aunque Fox y CNN prefieran, por motivos opuestos, no leerlo todavía.