En Rojo
Homenaje el ombligo es uno de los libros icónicos de nuestra literatura. Un poemario en el que dialogan dos de nuestros mejores poetas: Anjelamaría Dávila y José María Lima. Entonces, El Absurdo se propuso reinterpretar ese poemario en una historia de amor en clave surrealista y musical. Desde que lo supe me prometí no perderme ese atrevimiento. Primero, porque ese libro lo conozco y lo atesoro. Segundo, porque Joaquín Octavio y su formidable equipo de trabajo son capaces de crear belleza conmovedora.
Hace dos años, El Absurdo adaptó un cuento de Nikolai Gogol, La nariz, con un gran acierto. Hace unos meses vimos, Hielo Seco, un comedia inspirada en relatos de Virgilio Piñera. Excelente. Sin embargo, llevar al teatro un poemario es cosa de valientes. Recuerdo en mis años mozos como María Collazo llevó a escena fragmentos de Altazor, de Vicente Huidobro. Teatro Yerbabruja, uno de cuyos pilares era Aurelio Lima Dávila, realizó Historia Natural, que era prácticamente una antología de poesía puertorriqueña contemporánea. La idea de 30 años después, ver este libro amado en escena por una de mis compañías teatrales favoritas era una invitación a una fiesta. Insisto, hay que tener valor.
¿Por qué insisto en que hay que tener valor? Perdónenme el tono profesoral. O no me perdonen nada. Lo digo porque adaptar un poemario al teatro obliga a traducir lo lírico (que es de suyo fragmentario, centrado en voz/imagen) a lo dramático (acción, personajes, tiempo escénico), es atravesar un camino que genera tensiones estéticas y prácticas que deben negociarse. Y, ¡qué bien se negociaron aquí las imágenes y las voces!
Para empezar hay que crear un hilo dramático (marco narrativo, uno o dos personajes que recorren los poemas) o agrupar poemas en escenas temáticas que progresen.
¿Otro problema? La poesía, digamos que hasta por definición, suele tener una voz interior, monológica o meditativa. El teatro exige interacción y escucha. ¿Qué riesgo se corre? El estancamiento expositivo o el exceso de didactismo. Quien hace dramaturgia, en este caso Joaquín Octavio, debe convertir voces poéticas en personajes, usar monólogos/soliloquios escénicos, transformar versos en réplicas, contrapuntear voces. Además debe “montar” metáforas y alusiones simbólicas que, si bien funcionan en la lectura de un poemario, pueden resultar abstractas o confusas en escena.
¿Cómo fueron resueltos estos problemas? Con la belleza. Me excusan aquí, pero quise decir belleza. Porque no hay pérdida de sentido ni exceso de literalidad visual. Luz, color movimiento. Un banquete. Digamos que se seleccionaron imágenes emblemáticas y fueron traducidas a signos escénicos (luz, movimiento, objetos simbólicos, vestuario, escenografía) y se mantuvo la abstracción mediante un diseño sonoro y una atmósfera coherente, sublime, como nos tienen acostumbrados.
Uno teme con los poemas llevados a escena que la ambigüedad y la densidad semántica desaparezca por hacer los versos “narrativos”. Pero eso nosucedio. Se mantuvieron pasajes poéticos como núcleos interpretativos, se permitió que el diseño (luz, espacio ocupado por cuerpos en movimiento, objetos en magia, sonido) convocara múltiples lecturas en lugar de explicarlas.
Por otro lado, si uno ha leído e interpretado el libro con pasión amorosa, puede pensarse que la lectura propia es la mejor. Lo ciert o es que tu lectura es eso, tuya, personal. Que siempre haces una suerte de reescritura interpretativa que a veces puede que hasta traicione el tono o la ética original. Pero eso no lo sabemos. Cada interpretación tiene flujos y miradas libres. Yo vi en esta puesta en escena de El Absurdo que, como en el poemario se alternan tonos (irónico, elegíaco, político), y el montaje lo hace con coherencia estética. Así, por ejemplo, para mí fue un acierto memorable como los personajes de Esqueleto (Aurelio Lima Dávila) y Ombligo (Yarimir Cabán, Mima) funcionaron como una estrategia unificadora que permitió diversidad sin dispersión con una gracia, humor, gestualidad, sublimes.
Los lectores de poesía esperan cierto tratamiento. Espectadores teatrales esperan acción y claridad. Cuando voy al teatro lo que espero es belleza, y El Absurdo nunca decepciona, hermoso balance entre fidelidad lírica y eficacia dramática. No me quité el sombrero allí porque no llevé mi sombrero.
Felicito a Joaquín Octavio por la dramaturgia y la dirección y por asumir el riesgo, que parece que es lo suyo. La propuesta visual, de Cristina Agostini Fitch, amplifica la experiencia textual como lo ha hecho en las anteriores puestas en escena. Vemos de manera surreal. Nos ocupa sublimemente la mirada.
En escena, Aurelio Lima Dávila, fuerza interpretativa, gracia cinética. Voz clara y dicción perfecta. Como sus apellidos lo indican, es hijo de los poetas. Me consta que la poesía le corre por las venas. Rosa Lina Lima, maestra de danza, convirtió los poemas y sus metáforas sueltas en movimiento corporal. Lima, es hija de Lima. Y del 14 al 17 de mayo en el Teatro Arriví fue su intérprete. Awilda Sterling, maestra de generaciones y artista cabal, aportó, como la Luna, un enlace vital, una presencia que trasciende el espacio temporal porque sentimos ese mundo con el que se inicia este Homenaje al ombligo en escena. Evocó aquellas lecturas que en los años ‘60’s y ‘70’s fueron el ejercicio de los entonces jóvenes poetas. Por otro lado, siempre es un deleite ver a Iván Olmo. Es profesor de expresión corporal y es obvio. Quienes lo acompañan en escena, y nosotros los espectadores, asistimos siempre a una lección magistral. También cumplieron con rigor y eficacia los jóvenes Camila Méndez, Millo Canetti y Kiani González. El Poeta y La Poeta fueron creíbles dentro de ese mundo onírica. A veces, por algún instante, creí ver a Anjelamaría en escena.
Por último, porque no quiero alargarme demasiado, aplaudo a rabiar al Ombligo. ¡Qué belleza de interpretación la de Yarimir Cabán! Escondida en un ombligo-nube-doughboy-muñequito de Michelin, pero irremediablemente ombligo, Mima se movió en escena con un balance precario en control. Yo sé que es contradictorio lo que digo, pero traten de entenderme. Era una figuración autónoma del ombligo que con su gestualidad, su instrumental uso de la voz, el uso de los brazos y las piernas, pequeñitas en relación con el gran ombligo, me pareció que con humor y ternura simbolizaba la conexión con la vida, la singularidad del mundo poético, un punto de equilibrio, introspección, ¡qué forma de capturar al público! ¡qué duo fenomenal con Esqueleto! ¡qué manera de complementarse Lima y Cabán!
En fin, mil gracias a todas y a todos, quienes seleccionaron la música antes y durante la obra, quien manejó las luces, quien diseñó el vestuario -por Dios, qué perfección- quien realizó el programa, a todo el elenco, gracias por hacer teatro. Gracias por la poesía.
La producción se apoya principalmente en proyecciones, visuales animados e iluminación para construir sus distintos ambientes. Sobre el escenario predominan pocos elementos físicos, permitiendo que las imágenes digitales y los cambios de luces ocupen el centro de la experiencia visual. También destacan varios telones ilustrados en blanco y negro que recuerdan el estilo gráfico asociado al poemario original.
El diseño de luces merece una mención especial por la manera en que organiza emocionalmente cada escena y transforma constantemente el espacio. La regiduría igualmente sostiene el montaje con precisión dentro de una producción que depende de una coordinación exacta entre actores, visuales y sonido.
La respuesta del público durante esta función de estreno fue notable. Para tratarse de un jueves, la sala lució llena tanto en el primer como en el segundo piso del Arriví. Las reacciones fueron constantes durante toda la noche, especialmente en los momentos más absurdos y físicamente cómicos, y el público respondió con carcajadas y aplausos espontáneos.
“Homenaje al ombligo” no intenta explicar la poesía de Angelamaría Dávila y José María Lima; prefiere convertirla en imágenes vivas. El resultado es una experiencia teatral distinta, cargada de humor, experimentación visual e imaginación.







