Hace muchos años, el escultor Pablo Serrano hizo un busto de mi abuelo. Habían sido amigos. Mentira: habían sido amigos, pero no hizo un busto propiamente, sino su cabeza.
Similar a las muchas otras cabezas de Serrano (la de Rubén Darío, casualmente, persiste en el parque homólogo a media cuadra de casa de mis padres, parque del árbol que mis hijos tantas veces han trepado, el que también persiste, ahora casi horizontal pero agarrado de raíces tras María, parque de la cabeza enorme del poeta cuyo ceño parece fruncirse aun más con cada cagada de paloma o lata de refresco que abandonan sobre el pedestal). La cabeza de mi abuelo, por contrario, no está a la intemperie. Y, aunque como otras de esa época pertenece a la serie de piezas subtituladas “interpretación al retrato de…” de las que hay varias de puertorriqueños allegados a Serrano, la de mi abuelo tiene una particularidad: esta cabeza se abre. Y yo ni me acuerdo de la primera vez que mis manos chiquitas la abrieron, de tantas veces que lo he hecho, los dedos hurgando en la ranura difícil y halando la puerta pesada de su rostro para revelar la mano de mi abuelo bañada en bronce.
Yo crecí con esa cosa en mi entorno, con el peso de su gesto inmanente, con esa mano imposible que tantas veces agarró la mía y que aguardaba en esa bóveda imposible, la que tantas veces abrí. Ahora logro ver las conexiones entre esta pieza y los Hombres bóveda del artista (así como su serie anterior Bóveda para el hombre) pero de chiquita ni sabía ni me importaba nada de esto. Era sencillo: la cabeza de Abuelo abría y su mano saludaba desde adentro.
Serrano hizo cuatro de esos bustos-cabeza. Uno estuvo por muchos años en el apartamento de mis abuelos, otro en mi casa, uno más persiste en otra casa familiar; el cuarto viajó hasta Leningrado como parte de una exposición en el Ermitage y ahora reside en el museo Middelheim en Amberes.
A veces camino hacia la cabeza cuando estoy de visita en casa de mis padres. La abro. La mano está ahí, un molde recubierto en metal, ahí como siempre, a la espera. Si fuera de esa gente que se la pasa interpretando cosas, podría decir que esto parece símbolo, testamento, metonimia de lo atroz. El brillo obsceno estalla y grita desde el interior, burlándose con cada apertura de la lápida hermética y plomiza que lo cubre, esa que aún obedece al ábrete sésamo silente que yo recitaba de chiquita cuando me acercaba a ella. El meñique doblado (el meñique que él me decía que yo había heredado, doblado sólo un poco menos, sonriendo con un orgullo que sentí profundo aunque nunca lo entendí). Es una pieza extraña, desconcertante, innecesaria. Y absorbe todo lo que la rodea: se chupa el aire, imanta miradas, convence a quien sea de que ése que está ahí tiene la razón. En uno de esos abrires quise trazar las curvas y rayas y montes de esa mano, como lo había hecho tantas veces antes. Pero no pude. No la toqué: por primera vez, no me atrevía. En visitas subsiguientes no tuve ese problema.
Cierro la bóveda. La mano sigue ahí, pulsando, ahogando un susurro que no sé de dónde viene y que a veces he querido repetir.
De Serrano hay cuatro piezas más en la casa de mis padres. Como yo, mis hijos han crecido con estas formas y sombras sin prestarles mucha atención. En la terraza están los dos bustos de Betances y de Baldorioty; en la sala, la Familia de Carlos IV y una Bóveda para el hombre que me parece lo más bello que haya creado este escultor.
En estas piezas Serrano logra captar los rasgos intangibles de lo que podría considerarse espíritu, para labrarlos y posarlos y empujarlos y sembrarlos y rasgarlos en la superficie espesa, para convertirlos en cosa, para revelarlos como lo que siempre han sido. Con mi abuelo lo hace con los cachetes y los ojos. Igual con el acantilado que baja por los pómulos de Betances, y con ojos de Baldorioty, que brotan como yunta.
Las manos de Serrano torcieron y exprimieron y apiñaron y rasgaron, y ahí sigue ese peso de esos hombres, la cosa que fueron, aun en el caso de un hombre que no fue prócer y cuya frente y mano siguen rigiendo tras tumba de metal.
En las descripciones de catálogo de museo se le subtitula “Interpretación al retrato de Milton Rúa”. Pero recién descubrí su título oficial. Serrano le puso “Mano y cerebro”.







