Marcos Pérez Ramírez (La Habana, 1971) empezó a publicar su poesía en revistas puertorriqueñas de los años noventa. También publicó algunos textos poéticos en el En Rojo y uno en la Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (Ciudad de México, 1997). En esos años también coeditó, junto a Pedro Cabiya, la separata Aire, que aparecía entre las páginas de este suplemento. En Alejandría (San Juan, 2005), que recoge su producción de ese período, apuesta por un surrealismo de a pie, como lo imaginaran Matos Paoli, José María Lima y Ángela María Dávila. Es notable la continuidad entre el acento de su nueva producción, surgida después de un silencio editorial de veinte años, y el que había consolidado en su obra anterior. En los inéditos que compartimos se aprecia la misma mirada puntillosa a los elementos de la fortuna, el asedio a la pasividad de la acomodación y el convite a echar a un lado la perplejidad para empezar a advertir el asombro.
Monarcas
¿Quién incendió el cielo
y ahora saltan chispas de fuego?
¿Quién vertió tanta hoja anaranjada
para que se las lleve el viento?
¿Cuántos rayos de luz ganará la mirada?
No tengo respuestas
solo asombro y desvelo
por la belleza de este cálido vuelo
que me abrasa
el deseo
de ir
para regresar
ida por vuelta
de las temporadas
y ese mismo cielo
que nunca me abandona.
Ingenio
Te inventé desde la ausencia
apenas me dio tiempo
cuando nunca fuimos
caminando entre la gente
fingiendo ser sombras y apariencias
en un juego de mosaicos
que la luz no pudo romper
¿entonces qué?
Si acaso un pájaro que ya pasó
una conversación postergada
porque realmente no sé qué ha pasado
que todo pasó
y ahora el viento no es otro respiro
ni un deseo
ni un tiempo.
Nada.
Me pesa la carne. Ya suenan las trompetas
y nadie está en el punto de partida.
Mejor perdido que dar a conocer.
En las sombras soy muchos.
En las sombras soy más.
5 pesos
Vino caminando a paso lento
con la mirada caída.
Tocó la ventanilla de mi carro con disimulo.
Aún su cabeza en pos del suelo.
Agitando un vaso de cartón
me pidió dinero.
Lo miré a los ojos.
-Papá, no tengo cambio-, le dije.
Súbito recordé
que tenía algo en la cartera.
– ¡Bródel! ¡Mira, mira! Ven acá.
Y ahí estaba otra vez.
Con mirada alta
preludio a la felicidad.
-Toma. No es mucho,
por favor cómprate algo de comer, quise decir.
Entonces su sonrisa
que nunca me abandona.
El brillo de sus ojos negros, de su sonrisa perfecta
-si no fuera por ese espacio entre sus dientes- su piel y afro ajado.
Su sonrisa fue mía
pero no duró mucho.
Abrí la cartera
y constaté
que regalé
el poco dinero que tenía.
Ante tanta porfía no me quedó sino llorar
dejar salir lo que sentía
un sentido de abandono y rencor
por la suerte
que a ambos nos desafía.
Que yo pueda ocupar su lugar, en cualquier momento,
que la injusticia nos había levantado un monumento
casi imposible de derribar
y que solo es posible derrotar si sabemos amar, si sabemos dar.
Hato Rey
Para Luis Maldonado, por sus poemas anaranjados.
¿Quién derramó todas esas naranjas en el horizonte?
Todo anaranjado
y los puentes
son perfectos
en sus juegos que derraman sombras
aquel caserío ámbar
es la punta del deseo del sol
y los bancos parecen inofensivos
cuando una grúa se levanta
como una plegaria al cielo
ante las estaciones del tren vacías
y uno que otro chango desaparece
en el resplandor
del barrio La Cerámica.







