Especial para En Rojo
Los puertorriqueños se han dejado engañar por el ilusionismo de la demagogia. Los problemas que iba enfrentando Puerto Rico se pretendieron resolver con taumaturgia política mediante continuas acreencias contraídas de manera desarbolada e irresponsable. Endeudamientos sobre endeudamientos sin respaldo cierto de una economía productiva para financiar el encantamiento demagógico de una aparente continuidad de progreso que desembocó en la quiebra fiscal y la bancarrota de Puerto Rico.
Las campañas electorales con eslóganes tales como “¡Pedro baila, Pedro!” convirtieron la política en un faranduleo sin contenido de ideas sobre buena gobernanza. El carisma de farándula sustituyó al carisma político. Lo que medió en las campañas electorales fue (y parece que sigue siendo) saber cuán cautivadora resulta ser la presencia escénica de un político, no cuán cautivadoras son sus ideas.
Poco a poco la política fue perdiendo contenido y la gobernanza de Puerto Rico fue atrapada por la financierocracia o financiarización sistémica. Un proceso económico en el que los mercados, instituciones y motivos financieros adquieren una influencia dominante sobre el funcionamiento de la economía y la sociedad. En lugar de que el sector financiero sirviera como una herramienta de apoyo para la producción de bienes y servicios (economía real), la acumulación de dinero a través de instrumentos financieros se convirtió en el centro de gravedad del sistema.
Para entender cómo esto opera, el fenómeno se puede dividir en tres niveles o dimensiones clave descritos por analistas en la materia:
Primer nivel: el gubernamental. Los gobiernos adaptan sus políticas públicas para satisfacer las demandas de los mercados de capitales. Elementos esenciales como la vivienda, la salud o los recursos naturales se transforman en activos financieros negociables (proceso conocido como bursatilización).
Segundo nivel: el corporativo. Las empresas no financieras priorizan maximizar el valor de las acciones a corto plazo. El capital se desvía de la inversión en fábricas, tecnología o empleo (economía real) hacia la recompra de acciones propias o la especulación en los mercados.
Tercer nivel: el doméstico. Las familias dependen de forma creciente del sistema bancario y del crédito para cubrir necesidades básicas como educación o vivienda. Los ciudadanos pasan de ser simples trabajadores o consumidores a convertirse en «gestores financieros» de sus propias deudas y fondos de pensión.
Los efectos y consecuencias se traducen en un aumento de la desigualdad en medio del enriquecimiento de correligionarios de élite a través del padrinazgo político.. El ingreso se transfiere de los salarios de los trabajadores hacia los poseedores de activos financieros, ensanchando la brecha social. Al ser más rentable la especulación financiera que la producción tradicional, se ralentiza el crecimiento de la infraestructura real. La desconexión entre el valor de los activos en el mercado y la economía real genera burbujas financieras recurrentes y crisis globales profundas. De ahí que la economía actual de Puerto Rico no sea realmente productiva, sino meramente funcional.
Siendo una economía cautiva de importaciones provenientes principalmente de Estados Unidos y centradas en el consumo, el aspecto de productividad característico de una economía real queda deformado. Bajo el dominio del consumo de las importaciones de la producción excedente de Estados Unidos y sin una economía productiva, Puerto Rico quedó a merced de la financierocracia.
Así, las prestaciones financieras del mercado de bonos mal utilizadas para crear un ilusionismo de progreso terminaron desembocando en la quiebra fiscal. La consecuencia de ello ha sido la Ley Promesa y la imposición desde Washington del supra gobierno de la Junta de Supervisión Fiscal para reestructurar la deuda y satisfacer el pago a los bonistas, principalmente de Wall Street.
Por no estar la economía de Puerto Rico sustentada en la producción de bienes, el pueblo puertorriqueño terminó atrapado en una burbuja financiera de excesivo endeudamiento. Y, por ende, en la quiebra fiscal y el colapso económico. La burbuja terminó explotando y todo se vino abajo. El endeudamiento sobrepasó los límites de la capacidad de pago relativa al valor total de su Producto Interno Bruto (PIB).Siendo la economía de consumo de Puerto Rico funcional, aunque no realmente productiva, la transferencia de fondos federales es lo que ha brindado al País la respiración artificial que mantiene la economía con vida. Y ante la insuficiencia de una economía real productiva de bienes y servicios, el sector financiero ha venido a ocupar un papel predominante en su economía.
El peligro estriba en no saber hasta cuándo dura la burbuja financiera. Eso no lo supieron detectar los taumaturgos de la demagogia política puertorriqueña. Su taumaturgia ignoró que para contraer tales acreencias se necesitaba una economía verdaderamente fuerte y sólida que complementara la actividad financiera con la riqueza creada mediante la producción de bienes y servicios. Era necesaria una economía real y no dependiente de endeudamientos que produjeron dinero que fue malbaratado.








