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NaciÓN

Manual para intentar razonar tres días sin agua

 

Especial para En Rojo

Sacar de un clóset una gran nevera de playa. Encontrar adentro una caja con texto en chino y abrirla.

Confundirse ante lo que parece un experimento de escuela elemental o una instalación de arte contemporáneo. No entender cómo una regadera de ducha parece querer conectarse a un monitor de monóxido de carbono. Apretar primero un botón para luego descifrar el mecanismo. Descubrir una bomba de agua conectada a una regadera, guardada en una nevera de playa en un clóset.

Asimilar un producto inverosímil para cualquiera menos para quien tiene que desconfiar hasta de las funciones elementales del hogar.

Llenar la nevera de agua con la regadera permanente de la ducha, que en ese momento se va tornando más ajena. Comprender que el azar alberga cierta inteligencia. La bomba se sumerge en la nevera llena para hacer una nueva ducha.

Entender que cambian las reglas del juego y en cualquier momento lo elemental entra en estado de contingencia.

Intentar atajar lo previsible y aun quedarse corto. Prepararse con desconfianza para veinticuatro horas sin agua, a partir de las doce que estimaron y que la malicia no permitía creer, para encontrarse en la hora treinta y tres con un nuevo entendimiento de la crueldad del tiempo. No saber que terminarán siendo sesenta. Ir conociendo que hay otros que han dejado de contar las horas.Ver acabarse el agua de beber. Recurrir al agua embotellada y beber con timidez mientras se hace el cálculo ecológico de millones de botellas, por cientos de miles de consumidores, por incontables días y tener una nueva apreciación por el carácter contradictorio de nuestra existencia: que la escasez produzca derroche y que la infinidad astronómica de los números haya que imaginársela hecha de plástico.

Contemplar cómo el paisaje se trastoca con ensayos torpes de la normalidad. Por ejemplo, para evitar abonar a la acumulación de poliestireno, atreverse a comer en los platos de la casa. Recurrir al candungo diseñado para suplir agua en obras de construcción o en eventos deportivos, pero que en la vida aquí ha evolucionado hasta adquirir llave de grifo y hacerse dispensario de emergencia para los trastes del fregadero.

Abandonarse al lado oscuro de los objetos, que significa descubrirles nuevas funciones a cambio de que se les ponga en circunstancias infernales. Calcular cuánto falta para la hecatombe y considerar si pudiera elaborarse una arqueología de este desastre a partir de la ubicación inusitada de nuestros cachivaches.

Cualquier cubo de más de galón y medio para los inodoros. Cualquier vaso para sacar agua de la nevera de playa y poder lavarse las manos, una a la vez. Desplazarse al gimnasio del cuñado, que a diferencia de la tarde anterior sí tiene servicio de agua y, por suerte, tiene baños con duchas. Hacer del tatami de artes marciales el escritorio del día. Luego enterarse que, en la noche, el gimnasio estuvo sin luz. Observar cómo la catástrofe se va pareciendo al parpadeo de una constelación.Olvidarse de la ropa limpia y mirar con extrañeza la lavadora. Buscarle sitio a cisternas inexistentes que ya quieren reclamar un espacio en la casa. Sentir que la vida adquiere un carácter grotesco en la medida en que nada retiene su función o su lugar. Ir entendiendo que todo esto, que es innombrable y que trastoca el lugar de las cosas, también propicia que lo cotidiano se deforme con tal severidad y frecuencia que dificulta recordar propósito de las acciones. Abrir la pluma como si se tratase de una peregrinación de fe: ¿seremos dignos de que nos visite un milagro?

No darle más cabeza. Irse a la protesta de todos modos, apostando a un futuro de llegada incierta, pero probablemente posterior. Abrazar la disfunción impuesta como guía de comportamiento. Seguirle el compás al absurdo, como suena decir que uno puede congregarse frente a un edificio llamado World Plaza, que en dos ocasiones anteriores también ha sido nave espacial y ha aterrizado en un lugar llamado Milla de Oro. Arrestar el tránsito con un caminar circular, que allí debe ser fluido y lineal. ¿Qué mejor ordenamiento del espacio para evocar lo inapelable?

Hacerle ruido a una entidad incorpórea y omnímoda que desde allí ordena la realidad. Marchar y cantar consignas en un acto de ecolocalización, como quien dice “este es el lugar que ocupa aquello que desde la nada traza límites y hace las cosas desaparecer”. Encontrar dirección en el desorden de ese vacío.

Manifestarse es una práctica que queda fuera de la lógica de austeridad. Ante el mandato de guardarse en el mundo de los objetos trastornados, de economizar hasta el sudor y la sed, opone un derroche de existencia. Aparecerse en el espacio público reproduce lo insólito con un sentido constructivo. El cuerpo y la mente se ponen deliberadamente en un lugar inesperado y se disponen a producir algo que no se les ha solicitado.

¿Qué buscarán quienes dan vueltas en medio de la calle?

Los defensores tienen la mirada puesta en ello mientras los detractores afirman que se trata de algo que no existe. Permitirse intuir que es algo a medio camino, como una cosa que debería quedar a la mano y que a la vez tenga el carácter insólito de una dimensión nueva.

Debe ser algo tan simple como abrirle la pluma al agua y honrarla con un recipiente que no tenga la forma de la crisis.