Especial para En Rojo
La propuesta coreográfica GROSOR de la coreógrafa puertorriqueña nibia pastrana santiago, presentada en el Teatro Victoria Espinosa en Santurce, San Juan, Puerto Rico, fue tan impactante que decidí asistir dos veces. Esta doble experiencia tuvo lugar en medio de un mes de investigación etnográfica en colaboración con estudiantes y colegas de la Universidad de Puerto Rico en Cayey, centrada en la adaptación ecológica y la agroecología feminista en Puerto Rico.
Para nosotros, ver GROSOR fue un clímax y una catarsis en el proceso colectivo de reflexionar sobre lo boricua, es decir, de analizar la cultura contemporánea y aprender a interpretar sus símbolos. Narrar el entramado que constituye la cultura en Puerto Rico desde la experiencia vivida implica enfrentarse a un nudo imposible de desenredar; es contar un vaivén que hiere y abraza simultáneamente. Así entendí los cuerpos desnudos que se chocaban desenfrenadamente en esta coreografía de pastrana santiago. Los bailarines se lanzaban unos contra otros con tal fuerza que sus carnes resonaban, evocando choques automovilísticos que conducen a un cansancio íntimo y adolorido en la vida cotidiana. Describir la vida diaria en Puerto Rico con toda la amplitud de su agridulce grosor es una tarea que implica narrar o representar las energías contradictorias que recibimos en el espacio y tiempo que compartimos en este archipiélago invadido.
El antropólogo Clifford Geertz argumenta que “lo que en realidad enfrenta el etnógrafo (…) es una multiplicidad de estructuras conceptuales complejas, muchas de las cuales están superpuestas o enlazadas entre sí, estructuras que son al mismo tiempo extrañas, irregulares, no explícitas, y a las cuales el etnógrafo debe ingeniárselas para captarlas primero y explicarlas después” (La interpretación de la cultura, Basic Books, NY, 1973, p. 24). Siguiendo a Geertz, quien fundó la antropología interpretativa, interpretar una pieza como GROSOR es posible solo cuando existe un conocimiento compartido del entramado de estas multiplicidades y significantes que llamamos cultura.

GROSOR me colocó en el corazón de este (entr)amado enredo. ¿Cómo hablar de lo que ocurre en el presente con la falta de agua en Puerto Rico? ¿Qué falta por decir sobre lo que ha sucedido en los últimos diez años desde la aprobación de PROMESA en 2016, y a quién hay que decírselo? ¿Qué hacer con lo que aún se siente en el cuerpo desde el verano de 2019 o casi una década después de María? ¿Cómo y para qué describir el entramado de violencias, olvidos, gozos y creatividades inusuales que se entrelazan para sostener la vida en nuestro diminuto archipiélago y su diáspora hoy en día? En el hermoso y caóticamente preciso lenguaje artístico de pastrana, lo reprimido en la vida cotidiana retorna con energía y salvajismo, abriéndose espacio entre rabietas y momentos de descanso.
En un final de la pieza que me resultó absolutamente estático, los bailarines llenaron una casita de goma tipo “bouncy house”. La inflaron en el escenario hasta que se erguía, llena de aire, gorda, rica, temblorosa y acogedora. Uno a uno, los bailarines corrieron y se lanzaron dentro de la casita, brincando desnudos y abrazándose como niños. Saltaron juntos al ritmo de una música intensa, hasta llegar al cansancio, y luego se tiraron al suelo de entrada de la casita, buscando el aliento mientras esta se desinflaba. Las metáforas abundaron, desde la intimidad del sudor en el gozo desnudo, hasta un gozo tan imposible de enunciar como ineludible.
A pesar de todo, ese gozo que no nos han podido quitar. La actriz Kairiania Núñez, quien asistió a una función especial el 15 de junio, me comentó durante el posterior jangueo que “Nibia hace arte sobre su diario vivir.” Y así es. GROSOR es una pieza que aborda lo cotidiano y contemporáneo desde una corporalidad fuerte, lúdica, graciosa, tecnológica y, a veces, absurda, con una vulnerabilidad que no oculta ni por la que se rinde. Es una “reivindicación de la memoria” a través del sinsentido de una lucha interminable. El baile se convierte en una expresión de la frustración por la falta de democracia, de agua, y por el vacío en el lenguaje que nos impide expresar eso que nos incita, el coraje infinito que nos motiva a seguir luchando, a seguir mirándonos con detenimiento, a veces sincronizando nuestros movimientos de forma explosiva.
Dentro del hermoso Teatro Victoria Espinosa, el público se sentó en el lugar donde normalmente se ubica el escenario, después de desfilar frente a enormes espejos que formaban parte de la escenografía. Al cerrar las puertas, los danzantes movieron los espejos frente a la audiencia y continuaron haciéndolo a lo largo de la pieza. Presenciamos cuerpos que bailaban sin vergüenza y sin limitaciones impuestas artificialmente. Nos acostumbramos a ver bailes en los que se permitían todo tipo de movimientos, dentro de los cuales se valoraba cualquier intento de expresar algo que seguía siendo hermosamente inexpresable. La coreógrafa lideró el espacio, y los bailarines Javier Cardona, Awilda Rodríguez Lora y José “Pepe” Colón generosamente ofrecieron sus cuerpos. Todos demostraron una calidad de movimiento refinada y a la vez rebelde, con una sutileza indómita y suelta. Los gestos parecían simultáneamente improvisados y bien ensayados; sus pasos eran raros, conocidos y desconocidos a la vez, íntimos y descarados. El diseño de luces fue excepcional ambas noches en que pude ver la pieza, a cargo de Migdalia Luz Barens-Vera. Hermosa, con tonalidades refrescantes y ligeras, la iluminación brindaba oportunidades de descansar la vista, así como de disfrutar las variaciones en significados e interpretaciones que ofrecían los diferentes colores. El entrelazado de luces de Barens invitaba al juego y a la reflexión en diferentes momentos de la pieza, superando mis expectativas y complementando la coreografía. El diseño de sonido fue refrescante, con una sensación de novedad y singularidad. Se incluyeron muchos recursos culturales y refranes pasados y actuales en el diseño sonoro, como el ‘jingle’ de Kress y el de Glidden (“los colores de mi tierra”). Todo estuvo bien hecho y a tiempo.
La autora es profesora de antropología en la Universidad Atlántica de Florida.








