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NaciÓN

Vivo en un pueblo de cuento 

Especial para En Rojo

Vivo en un pueblo del Caribe que huele a café y en el que hace frío. Está como acurrucado con gustito, rodeado de montañas adjuntas que, cuando llueve, se visten con vaporosas bufandas de neblina. Camuflado entre esas montañas, descansa un gigante dormido cuyo sueño velan en Casa Pueblo, donde hay otra casa que se llama la Casa de las Mariposas, desde donde escribo estas líneas y veo por las ventanas parejas de pitirres cortejarse todas las tardes. Hoy creo que he visto a un santo, nada más y nada menos; quiero decir, un san pedrito. Y donde haya comida siempre aparece un chango, como en el resto de Puerto Rico. El julián chiví ya se fue para Venezuela para regresar la próxima primavera a chichar aquí. En el Pentágono están considerando declarar narcotraficante al pajarillo.

En este pueblo, las doñas te dan un beso al verte o al despedirse después de haber hablado con ellas la primera vez. Si en esta isla todo el mundo dice buen provecho, en este pueblo todo el mundo te da los buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Permiso, por favor, gracias, gracias a ti, mi amor.

En este pueblo había una señora a la que llamaban Yeya, que cuentan que no se bañó en toda su vida. Vivía bajo un árbol, arbusto, enredadera, que llaman palo de piojos (capparis flexuosa) en la plaza del pueblo, y los niños se asustaban al cruzarse con ella. Pedía dinero a las puertas de la iglesia. Cuando murió y la fueron a amortajar, encontraron entre sus ropas miles de dólares. Una supuesta hija regresó de Estados Unidos para reclamar los apestosos billetes.

El pueblo tiene un barrio, Castañer, que comparte con el municipio vecino, Lajas. De ese barrio era el recordado Toño Bicicleta, quien mató a su esposa a hachazos, porque, según cuentan los locales, ella se acostaba con el padre de él. Se ha extendido la leyenda de que en uno de los juicios en su contra le dijo al juez, al fiscal y a otro abogado que los iba a matar y que efectivamente los mató, pero esto es solo un cuento, o lo hizo otro boricua de otro pueblo. Escapó en bicicleta, de ahí el apodo, pero realmente solo la usó para la huida en la primera de sus múltiples fugas. Parece ser que normalmente se desplazaba en un Jeep y sobrevivió furtivamente dos décadas en el monte por sus conocimientos de la flora y la fauna locales. También por la asistencia de los agricultores del área, que lo ayudaron por solidaridad unas veces y otras por miedo. Otro mito dice que raptó a una menor a la que se llevó al monte a esconderse y la muchacha se enamoró de él, por lo que se podría decir que existe una variante caribeña del síndrome de Estocolmo.

Lo que sí está documentado es que se escapó en numerosas ocasiones del cerco policial, a menudo a tiros, y que se le atribuyen robos, agresiones y violaciones a la gente de la zona que, en lugar de condenarlo, lo engrandecieron como a un Robin Hood. Cuando la policía finalmente lo tuvo cercado y lo mató en un intercambio de disparos a sus 51 años, varios negocios de la región pusieron de moda el sándwich Toño Bicicleta, un emparedado que podía contener cualquier cosa menos huevo. Toño murió de un tiro de la Policía en sus partes íntimas.

Un héroe de este pueblo acunado por montañas adjuntas de vegetación salvaje fue Kike el Bobo, que asistía a todos los entierros. En el camino al cementerio elegía la flor más hermosa para posarla en el féretro del difunto. Cuando murió, todo el pueblo fue a su entierro.

Estas historias me las cuentan mientras espero para jugar al dominó en el colmadito de Sharon en el Alto de Cuba, que está muy cerca de Casa Pueblo, pero yo me pierdo siempre antes de llegar porque no está en Google Maps.

Varios parroquianos hicieron sus aportaciones, pero la mayoría de los datos de esta nota provienen de la memoria enciclopédica de Wilfredo Piazza Monroig, un ya bisabuelo que pasa las tardes allí bebiendo Coors Light.

Piasita, como llaman a Wilfredo, me contó sobre Willian el Brujo, que estaba dándose un baño en La Playita cuando la corriente se lo llevó y nunca más se le volvió a ver.

En 1974, cuando Ismael Ríos era alcalde, pusieron unos paneles en el río creando una especie de playa donde todo el pueblo y turistas de otros municipios iban a bañarse, La Playita. Esa idea inspiró al alcalde Roberto Vera para construir una piscina olímpica. Bueno, semiolímpica, se corrige mi contertulio. En la piscina se celebraron las fiestas patronales de este pueblo durante algunos años. Luego volvieron a celebrarse en la plaza porque allí está la iglesia a la que asisten los católicos de los diecisiete barrios del pueblo. Este pueblo de diecisiete mil habitantes tiene unas 80 iglesias, algunas de ellas, de marquesina.

Su abuelo don Plácido Monroig fue el encargado de pavimentar las calles del municipio bajo el mandato de Bartolo Barceló, que fue alcalde del pueblo durante 28 años por el Partido Popular Democrático.

Asegura que la primera calle embreada del pueblo no estaba cerca de la plaza con la alcaldía y la iglesia, como es usual, sino que fue la calle Canas detrás del Alto de Cuba.

Wilfredo nació en la calle del Agua, donde antes estaba la Cueva de los Leones y que ahora se llama Chelo Román.

En el Alto de Cuba había una panadería que se llamaba La Planta y más arriba estaba la fábrica de dulces La Pasta, donde servían jugos de parcha, guayaba “y toda clase de sabor”. El dueño se llamaba Carlos Delgado.

Me cuenta también de un anciano que tenía la mano cerrada en un puño y que no la podía abrir. Casi ciego, los niños del pueblo le agarraban el puño para acompañarlo a la plaza a pedir limosna. Le decían Vilme, porque pedía diciendo vilme, vilme, vilme.

Cuando entregaban los víveres Boliche y Américo, la mixta de arroz, habichuelas y chuleta costaba un dólar y medio. Al lado, Chago Pagán cobraba la media caja de cigarrillos a quince centavos y la completa a veinticinco.

Esos negocios estaban frente al cine de Víctor, que había empezado a trabajar en el teatro Isis como empleado y se acabó casando con la esposa del dueño, Carmen Pilar, y del marido, un gringo apellidado Simons de quien nunca se volvió a saber. Narra Wilfredo que cuando en el resto de la isla pedían dos dólares por estreno, Víctor cobraba cincuenta centavos, así que se arruinó y el cine cerró. Víctor y Carmen Pilar tuvieron tres hijos.

Los picos de las montañas que rodean este pueblo de bruma y simpatía se acercan a los 1,200 metros cubiertos defrondosos tabonucos, palmas de sierra, bambú y helechos gigantes que se entrelazan para sostener una red natural que captura las nubes, purifica los ríos y mantiene fresco el corazón de la Cordillera Central durante todo el año.

A finales de los años setenta, una amenaza industrial se cernió sobre el corazón de las montañas adjuntas cuando el gobierno pretendió entregar las entrañas del gigante dormido a la minería a cielo abierto, dispuesto a canjear mantos acuíferos, valles y arboledas por cantos de oro, cobre y plata.

Contra ese pronóstico de devastación, en 1980 germinó una trinchera insospechada: un colectivo de vecinos que eligió la cultura, el rigor científico y la dignidad comunitaria como escudo. Bajo el impulso de Faustina “Tinti” Deyá, Alexis Massol y el pueblo organizado, nació Casa Pueblo. Durante más de tres lustros, la comunidad ha convertido el conocimiento en herramienta de combate, desmontando las promesas del desarrollismo hasta convencer a todo un país de que el verdadero tesoro insular está en el agua y en la vida de sus montañas.

La victoria final no solo detuvo el avance de los tractores; transmutó la amenaza en milagro. Aquellos predios condenados a la cantera se recuperaron para dar paso al Bosque del Pueblo, la primera reserva natural administrada por manos ciudadanas en la isla. Un hito histórico que demostró cómo la tenacidad popular puede salvar el paisaje y sembrar las bases de la autogestión.

Arturo, uno de los cuatro hijos de los Massol Deyá, recuerda haber visto en los setenta cómo llamaban a su madre, Tinti, que falleció hace cinco años, “comunista”, “machetera”, “terrorista” cuando lideró causas como la de meterle mano al asbesto en las escuelas y evitar construir un gasoducto sin sentido.

Cuando pasa un huracán y Puerto Rico se queda sin electricidad, en este pueblo no se va la luz del todo gracias a uno de los muchos proyectos de Casa Pueblo: la energía solar que ha promovido instalando miles de placas solares entre los vecinos.

Esta mañana me encontré casualmente con don Alexis Massol. Yo regresaba de hacer unas compras y él había salido a tomar un poco de aire para despejarse. Está inmerso en la escritura de sus memorias. Me cuenta que hoy viene a visitarlo un profesor de no recuerdo qué universidad de no sé qué país a su casa museo, Casa Viva. En su hogar está recogiendo la historia de la lucha contra la mina: cómo empezó, cómo se organizaron, cómo persistieron y cómo el pueblo de las montañas adjuntas ganó a los grandes intereses para que otros pueblos y comunidades aprovechen la experiencia de esta extraordinaria y amorosa victoria ciudadana. Y aunque viviendo en este pueblo me siento a menudo como si residiera entre las páginas del cuento más bonito que pudiera haber escrito Gabriel García Márquez, me dice Don Alexis que esta lucha “no fue realismo mágico”.

El autor es periodista residente en Casa Pueblo.