Especial para En Rojo
Sábado de aquelarre
Seguro que han estado en un avión y al ascender o descender han atravesado las nubes. Si estaban en ventanilla, mejor. Si no, lo habrán visto en alguna serie de televisión o en el cine. Yo he volado brincando de nube en nube tras cada curva, bajando o subiendo cada rampa en las montañas de Adjuntas montado en la grupa de la escoba de una bruja loca. El lunes siguiente todavía estaba ronco de tanto que canté aquel sábado desgañitándome enaquella yipeta roja con pickup gritando el «One» y el «With or Without You» de U2 o el «California Dreamin’» de The Mamas & the Papas que ella ponía. Me lo pasé tan bien volando en aquella escoba con aquella loca que en una sola jornada disfruté tanto como en toda una Navidad de mi niñez, como en una Semana Santa salvaje de mi adolescencia, o como en un verano de conciertos y playa de mi primera juventud.
Me debería haber enfocado aquel sábado en una exposición sobre la que tenía que escribir. Para eso se supone que soy periodista, para eso estoy viviendo en la Casa de las Mariposas de Casa Pueblo, para eso me han dado una cama, un techo y un lugar desde el que mirar el mundo mientras intento ganarme la vida contando lo que ocurre en él. Pero aquel sábado tenía su propia agenda para mí: pasarlo por las nubes de Adjuntas en una yipeta roja conducida por una mujer a la que todo mundo, según ella presume orgullosa, llama loca desde que tiene memoria.
Durante el negligente corto tiempo que estuve en el aquelarre, quiero decir, la inauguración, tuve la fortuna de abrazar a dos de mis brujas preferidas.
A Santa Yaisha del Corazón de las Flores la conocí hace más de veinte años. Hacía casi todo ese tiempo que no nos veíamos, pero hay amistades que no se miden por la frecuencia de los encuentros. Ha sido editora, donante y consejera espiritual de muchas de mis aventuras internacionales y existenciales. Volver a abrazarla fue una alegría de esas que llegan sin necesidad de pedir explicaciones. Me presentó a su compañera y a otras brujas de su corrillo.
Por allí andaba asimismo mi Santa Mari de la Independencia y Terror de los Uniformados, una de mis editoras más feroces. No olvido el día en que, en Jerusalén, me escupieron a los pies por la mañana; por la tarde, cuatro niñatos me empujaron contra un muro mientras bajaba del Monte de los Olivos, y en las redes sociales me llamaban sionista. En medio de aquella jornada, Mari dio la cara por mí. Nunca me he sentido tan reconfortado, reconocido y defendido por un jefe como cuando aquella Santa Mari de los Cojones decidió no dejarme solo. Ese mismo día hablé desde Tierra Santa a Puerto Rico con su hermana, una de las brujas que más quiero, Santa Marisol del Cuchillo en los Dientes que, con su rabiosa intensidad de siempre, consiguió tranquilizarme.
Ahora que vivo en la Casa de las Mariposas, me siento como en la cabaña del bosque de una bruja, rodeado de plantas hospederas como las asclepias, la pasiflora, la aristolochia, algunos cítricos y senna, y plantas nectaríferas como la lantana, las pentas, la buddleja, la zinnia y la verbena. Aquella mañana, antes de desayunar, arranqué unos granos colorados del sombrero amarillo de un cundeamor para probar su dulce sabor. Luego, el aroma de unas hojas de romero que rompí entre mis dedos me devolvió por unos segundos a una realidad sin prisas de mi niñez en Andalucía. Luego partí una hoja de albahaca, otra de hierba buena y otra de orégano brujo y mis sentidos llegaron a Beirut, Damasco y Jerusalén.
La loca
Caminando a comprar algo para desayunar, me encontré casualmente con Lee, a quien había conocido el sábado anterior en una licolería local. Le conté que no, lamentablemente todavía no me habían entregado el carro que me había comprado porque la reparación estaba dando más problemas de los previstos. Generosamente, se ofreció a llevarme a su casa a que viera un carro que ella tiene sin usar en su finca, por si me interesa.
Por eso solo estuve un rato en la exposición. La prioridad entonces era la de conseguir un carro cuanto antes, lo que no esperaba era que la subida a la montaña se iba a convertir en una excursión de esas que se quedan en el recuerdo para toda la vida.
Lee vive en su propio refugio de bruja. No está conectada a LUMA ni al sistema de agua de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados. Está buscando la manera de conseguir baterías para aprovechar mejor sus placas solares. Su proyecto de vida no encaja exactamente en el catálogo de comodidades que nos venden como imprescindibles. No parece interesada en esperar a que las instituciones le resuelvan la existencia.

Para llegar hasta su casa hay estrechas cuestas tan empinadas que rozan la verticalidad. La montaña te recibe con curvas, pendientes y una sucesión de rampas que convierten cualquier trayecto en una violenta negociación con saltos y aspavientos.
Por eso Lee necesitaba su yipeta. Tuvo que comprar un vehículo de unos 72.000 dólares para poder sobrevivir a las condiciones de su vida allí arriba, subir las cuestas sin destrozarse la espalda y las piernas y seguir adelante con sus proyectos. Asegurarse de tener un auto confiable con las rampas enfangadas por la lluvia no es barato. La inversión, explicó, se convirtió en una prioridad frente a terminar su casa. Y yo me iba a favorecer de que ella había retirado de servicio su vehículo anterior.
Cuando Lee habla de su vida, la palabra “loca” aparece una y otra vez. No como un insulto que se le haya quedado clavado, sino como una etiqueta que ha terminado convirtiéndose en una especie de bandera.
“Desde pequeña a mí me han dicho: Esta nena es loca”, me cuenta dando volantazos con el guía por las cerradas curvas y cuestas, parando en miradores naturales, en una montaña donde de la nada aparece, tras una curvita, el impresionante Lago Garzas, de camino o de vuelta (nunca conseguí orientarme o saber dónde estaba realmente en cada momento o hacia dónde íbamos) del Pico del Cerro Guilarte.
Recuerda que desde los tres, cuatro o cinco años tenía problemas con su familia. A veces, explica, los demás se marchaban de la casa y la dejaban sola. Ella prefería aquella soledad a comportarse como esperaban los otros.
No se trata de una pose recién inventada para adornar una biografía. Lee habla de una determinación que siente arraigada desde la infancia: no permitir que otras personas decidan qué hacer con su vida. No cree que la edad, el tamaño, la estatura o el lugar que una ocupa en una familia deban determinar hasta dónde puede llegar.
“Yo nací con esa esencia establecida en mi alma”, dice. Y añade que nunca ha querido convertirse en una copia de nadie ni sentirse obligada a formar parte de un grupo solo para recibir su aprobación.
Lee no pretende que todos vivamos como ella, pero reclama su derecho a vivir como ha elegido.
“Me puede llamar loca cualquier persona que no tiene la valentía que tengo yo, afirma. Me puede llamar loca cualquier persona que no tiene la fe que tengo yo. Me llama loca cualquiera que no tiene las agallas. Pero yo confío en mí”.
Lee ha sido muchas cosas, sobre todo, artista plástica y curadora y ahora lleva seis años viviendo por elección sin agua corriente ni conexión eléctrica. Me enseña sus piedras raras de medio mundo y cuarzos en la ventana porque ese sábado era 101010, 10 de octubre de 2026. No llegué a contar la cantidad de perros que usa como compañía y protección, pero era una cifra que garantiza su seguridad.
No presenta esa experiencia como un retiro idílico. Hay trabajo, dificultades y decisiones económicas que no siempre salen como estaban previstas.
Asegura que la montaña no se vuelve más sencilla porque una decida vivir en ella, pero que tampoco deja de ofrecer sus recompensas.
También me habla de su padre, al que lleva tatuado en un brazo , y de una canción llamada Allá en la serranía, ligada a un sueño que él tenía. Quiere enseñármela. Hay algo conmovedor en ese gesto: la mujer que defiende con uñas y dientes su independencia también carga con los afectos, los recuerdos y las voces de quienes la precedieron.
El sábado 10 de octubre de 2026 (101010, como si alguien llamara tres veces a una puerta invisible) coincidió con una noche sin Luna. En tradiciones de folclore, esoterismo y brujería, el número diez simboliza el cierre de un ciclo y el inicio de otro. Acabé en el Alto de Cuba, en el colmadito de mi hermanita Sharon, que esa sí que es bien bruja, pero de las malas si no sabes estar. ie
El autor es periodista residente en la Casa de las Mariposas








