Un barbero a la antigua que trabaja con energía eterna
A sus 79 años, Wilfredo Pérez González viste con una elegancia caribeña que desafía el paso del tiempo y la prisa moderna: sombrero bien calado, un bigote impecablemente recortado y la soltura de quien ha hecho de la conversación un arte paralelo al uso de las tijeras. Aunque nació en Utuado, lleva más de medio siglo en Adjuntas atendiendo en su barbería de siete de la mañana a cinco de la tarde, recibiendo diariamente a entre 20 y 30 personas. Heredó la vocación de su padre en una época en la que el recorte costaba apenas «medio peso» ($0.50), y con los años vio cómo sus hermanos y sus propios cuatro hijos también abrazaron el oficio. Hoy, tras haber vivido la evolución de las modas y los cortes modernos, don Pérez, como se le conoce a Wilfredo, defiende la esencia tradicional con orgullo y cierta nostalgia: reprocha abiertamente que muchos barberos de ahora ni siquiera sepan recortar a tijera, recordando la maestría de su infancia: «Mi papá recortaba precioso. Entonces yo me pegaba a él y lo miraba ver recortar tan lindo».
Sus primeros pasos en la profesión no estuvieron exentos de tropezones y anécdotas de aprendizaje. Su padre le puso su primera barbería, pero don Pérez decidió cerrarla porque la familia y los vecinos le llevaban a los niños para que los recortara de gratis, lo que le hacía perder dinero. Para poder cobrar por su trabajo, se fue a la barbería de su hermano mayor, lejos del barrio. Allí vivió uno de sus bautismos de fuego cuando intentó recortar a uno de dos gemelos. Eran iguales y la madre los diferenciaba porque a uno le dejaba las patillas y al otro se las pelaba. El joven Wilfredo se equivocó: «le metí el acero y lo pelé».


La madre del muchacho despatillado «me quería dar de verdad. Me tuvo corriendo alrededor del sillón. Me riñó hasta el marido». Su hermano tuvo que terminar el recorte, y aunque Wilfredo recogió sus herramientas con la intención de abandonar la profesión para siempre, su hermano lo convenció de quedarse recordándole que «como se aprende a recortar es recortando».
Antes de asentarse definitivamente en Adjuntas, la vida de don Pérez estuvo marcada por mudanzas y sacrificios. En Utuado vivía en casa de su suegra, cerca del cementerio, lo que le obligaba a caminar una hora de ida para llegar a la barbería, otra para ir a almorzar, una tercera para regresar a trabajar por la tarde y la última para regresar a cenar, «y nadie me daba pon». Tras una visita a Adjuntas, decidió mudarse allí. Tiempo después emigró a Ohio, donde trabajó tres años, pero regresó a Puerto Rico a raíz del suicidio de su suegro, ocurrido apenas dos días después de que la esposa de don Pérez diera a luz. De vuelta en Adjuntas, comenzó a trabajar en el local de un barbero agricultor que necesitaba tiempo para atender su finca de café y le cedió el sillón temporalmente. Poco después, con un préstamo de $500, logró abrir su propio negocio, trabajando en aquella etapa inicial hasta las once de la noche.
Atender a una clientela diversa durante más de cinco décadas convirtió su barbería en un escenario de historias insólitas. Una vez, un cliente se sentó en el sillón, sacó un revólver del bolsillo y le pidió a don Pérez que se lo guardara. Asustado, el barbero le pidió que se lo volviera a poner donde lo traía; lo recortó en silencio y el hombre nunca regresó. En otra ocasión, un muchacho con camiseta roja entró a toda prisa pidiendo que lo pelaran al cero. Mientras el hijo de Wilfredo lo atendía, un policía exhausto se asomó a la puerta preguntando por el joven de rojo. Fue entonces cuando don Pérez notó que el cliente llevaba un revólver oculto en la cintura, a la espalda. Los barberos temieron que se produjera un tiroteo dentro del local, pero antes de que sonaran las pistolas, el joven saltó del sillón y huyó a la carrera, dejando atrás la camiseta roja para cambiarse sobre la marcha. El agente, sin aliento para perseguirlo, les explicó que el sujeto acababa de asaltar el banco de la plaza, mientras decenas de policías corrían frente al negocio tras el atracador en fuga.
Más allá de los sobresaltos, el pilar de su vida ha sido la ética de servicio que le transmitió su padre: que un barbero debe ser, ante todo, una buena persona y portarse bien con la gente, «porque uno vive de los clientes. Los clientes no viven de nosotros». Su padre también le enseñó que «cuando se enferma un cliente hay que ir a su casa a recortarlo sin cobrar. Mi papá era así». Fiel a esa enseñanza, don Pérez cobra el recorte a $12 o a lo que la persona pueda pagar si atraviesa por una necesidad; a los niños siempre les devuelve un peso y a muchos nunca les ha cobrado. En varias ocasiones durante la entrevista se le nublan los ojos, como cuando recuerda a un niño al que no solo recortaba de gratis, sino a quien le daba un par de dólares sabiendo la extrema pobreza de sus padres. Hace unos seis meses, aquel niño —convertido ya en un adulto, padre de familia— regresó de Estados Unidos a la barbería. Don Pérez no lo reconoció a la primera: «El muchacho me dio un beso y le dijo a sus hijos y a su esposa que hicieran lo mismo, presentándome como abuelo, que yo soy su abuelo».
Esa vocación de ayuda mutua también se refleja en la solidaridad de sus vecinos y clientes habituales, que incluyen desde personas de la zona, Ponce y San Juan, hasta figuras como el cantante Tony Croato (1940-2005) o el cofundador de Casa Pueblo, Alexis Massol. «A mí si no pueden pagarme no me pagan, pero mira, me traen mamey, malanga, aguacate y hasta pollo para que yo haga caldo», comenta agradecido.
Ese intercambio comunitario se entrelaza con el apoyo que ha recibido del proyecto autogestionado del pueblo. Casa Pueblo es una organización de base comunitaria fundada en Adjuntas en 1980 que promueve la protección del medioambiente, la cultura y la autosuficiencia energética en la Cordillera Central. Tras el paso del huracán María en 2017, la entidad impulsó un modelo de transición solar para energizar comercios y hogares esenciales del municipio, reduciendo la dependencia de la red eléctrica estatal.
Don Pérez está profundamente agradecido con Casa Pueblo por la ayuda brindada a él y a muchos otros vecinos. Recuerda que al día siguiente de la devastación del huracán María él ya estaba recortando en su negocio sin luz propia, alimentando sus máquinas gracias a una larga extensión eléctrica que le tendió una vecina desde la esquina. «Entonces apareció don Alexis y me pidió mi factura de la luz, la miró y me preguntó si se la podía llevar. Se la llevó y luego regresó y me dijo que me iban a poner las placas solares. Pasé de pagar $80 o $90 al mes a no pagar nada. El otro día tuve un problema con las placas y me llegó una factura de ciento y pico. Pero la semana pasada me pusieron placas nuevas que ya están funcionando».
La vida también le ha asestado golpes profundos. Don Pérez ha sufrido la pérdida de dos de sus hijos, ambos barberos también; uno de ellos, que trabajaba mano a mano con él en el negocio, falleció recientemente en un accidente automovilístico. Sus otros dos hijos viven en Estados Unidos, donde se desempeñan con éxito en el mismo oficio. Don Pérez se siente orgulloso de haberlos criado, educado en las barberías, enseñado a conducir y comprado sus primeros vehículos. Hoy, viviendo solo y a sus 79 años, la barbería sigue siendo su espacio vital y su punto de encuentro con la comunidad.
Retirarse no está entre sus planes porque el local es el lugar donde mantiene vivos los afectos y la memoria de su familia: «¿Qué voy a hacer en mi casa si vivo solo? Aquí me entretengo y estoy con la gente». Mientras las tijeras sigan sonando en esa calle principal de Adjuntas, don Pérez continuará abriendo la puerta cada mañana, sosteniendo un oficio que para él nunca ha sido un simple trabajo, sino una forma de estar en el mundo. ie








