Mi cabra es muy humana.
Si le lanzo un mazo de hierba fresca que corté del otro lado del terreno, se acerca y tranquila, se lo come a mi lado. Pero si comienzo a formar otro fajo de pasto con la intención de arrojárselo, deja esta de comer y se me queda mirando, en la expectativa de que así lo haga y, al verlo finalmente caer en su cercanía, de inmediato abandona lo que no había terminado, aún cuando el nuevo puñado fuese tan grande como el que deja y formado por la misma jugosa yerba del primero.
La repetición, una y otra vez de la misma rutina, nos consumió toda la mañana.
Mi humanidad es muy cabra.
Topándose con un escrito que encuentra imprescindible, luego de leer el título y alguna que otra oración del primer párrafo, decide guardarlo para profundizar en su lectura en algún punto del futuro, ante la expectativa de ver que más puede haber disponible.
La repetición, una y otra vez de la misma rutina, nos consumió toda la tarde.



