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NaciÓN

Bla

Especial para CLARIDAD

Mis compañeros de universidad —y algunos civiles que se cruzaron en mi vida— me conocen como Daisy Paloma. Ese nombre nació de un poema de Hugo Margenat, pero también del gesto luminoso de Bernardo, que me bautizó así el día que nos encontramos por primera vez, hace más de treinta años. Desde entonces, ese nombre me acompaña como una segunda piel, como una marca de cariño que él dejó sin saber que sería permanente.

Éramos parte de un grupo variopinto, unido desde la juventud por afinidades dispersas y por esa lealtad silenciosa que solo se forja en los años de formación. Aún hoy nos mantenemos en contacto, para celebrar las buenas noticias y acompañarnos en las que preferiríamos nunca haber recibido. La muerte de Bernardo pertenece a estas últimas: a las que desgarran, a las que llegan sin permiso, a las que confirman que la vida —por más luminosa que sea— siempre trae una fecha de expiración.

Otros lo conocieron más íntimo, más cercano. Yo conocí a Bernardo por temporadas, como si cada una revelara un rostro distinto. A veces era silencioso, casi hermético. Otras, estaba enojado con el mundo. A ratos era terco, gruñón, o sorprendentemente alegre. Cada versión era él, y todas eran verdaderas.

Tenía un auto rojo destartalado al que llamábamos el bólido. Cada vez que nos montábamos en él jurábamos que se desarmaría en plena marcha, razón por la que nuestros viajes eran siempre cortos. Él insistía en que el bólido podía llegar al fin del mundo, un optimismo que ninguno compartía. Con el tiempo entendimos que el fin del mundo no era un lugar, sino un calendario sin fecha, porque el bólido contra toda lógica duró una eternidad.

Le llamábamos BLA, una forma de encoger el nombre que lo acompañó desde su nacimiento: Bernardo López Acevedo. Solía decirme que los nombres que cargamos no son cuestión de gusto ni casualidad, sino cosa del designio. El suyo era una metáfora viva: la fuerza que protege, la resistencia silenciosa, la ternura escondida bajo la rudeza.

Quienes lo conocieron, de cerca o de lejos, no pueden negar que era un hombre de inteligencia excepcional: un lector voraz y un orfebre de la palabra, porque en sus manos cada palabra era metal que fundía a su antojo para volverlo algo preciso, punzante o inesperadamente tierno. Su columna semanal, Lloviendo sobre mojado, publicada en CLARIDAD, es testimonio fehaciente de esa maestría que parecía brotarle sin esfuerzo.

Y como nada es casualidad —como él mismo repetía— la noticia de su partida me llegó en el cine, al que hacía años no iba, mientras veía la película La Odisea. Un poema épico que habla de la fidelidad, la nostalgia, la lealtad y el regreso a casa. Todo eso era Bernardo: un hombre que caminó la vida como quien vuelve siempre a su origen, como quien resiste las tormentas, como quien guarda en silencio la fuerza de un oso antiguo.