Especial para En Rojo
A veces me sorprendo hablándole a la nada. Pero no es la nada: es él, el hombre que llenaba la casa con silencios densos como café sin azúcar. Mi esposo no gritaba, no rompía platos, no hacía escándalo. Su dolor era tan discreto que se confundía con la sombra del refrigerador. En esta isla donde la tristeza de los hombres se esconde tras chistes, botellas o jornadas dobles, él hacía lo que sabía: sonreír con los ojos apagados y decir “todo bien” con un hilo de voz.
Yo aprendí a leerle las arrugas como se lee un mapa secreto. Sabía que algo lo estaba hundiendo, pero él insistía en ser “fuerte”. Me hablaba de su padre, del trabajo, del cansancio, de lo caro que está todo. Nunca de su tristeza. A veces me miraba como mas que una esposa como si yo pudiera salvarlo con la vista. Y yo, que lo amaba, creía que con mi amor bastaba. Qué ironía: una piensa que conoce a quien duerme a su lado hasta que descubre que su silencio era un idioma entero que no aprendió a traducir.
La culpa es una gata callejera que me sigue a todas partes. Se acurruca en mis pies cuando intento dormir y me muerde los tobillos cuando despierto. Me pregunta: “¿Por qué no lo viste?”. Y yo le contesto al aire: “Sí lo vi, pero no supe qué hacer”.
Nuestra hija, sin saberlo, me sostiene. A veces entra en el cuarto con sus dibujos y me los deja en la cama. Me abraza sin preguntar. Ese abrazo es como una tregua entre dos orillas: la de su padre y la mía. Ahí recuerdo que también él la abrazaba así, aunque su sonrisa ya estuviera cansada.
He decidido que no voy a recordarlo sólo por el final, ese día que lo encontré esa foto que me sigue, los olores, las preguntas…. sino por todo lo que fue: el hombre que enseñó a nuestra hija a montar bicicleta, el que cocinaba arroz con salchichas los domingos, siguiendo sus deportes con una fidelidad absurda, el que me hacía reír con chistes malos en medio del apagón. Ese es el que quiero guardar entre mis costillas, no el que se fue en un silencio ensordecedor.
Seguiré hablando con él, claro. Le digo del coraje de que me dejó sola del miedo de no tenerle, de no expresarle lo importante que fue y sigue siendo, maldita sea, el dolor suyo no era nada para lo que somos, esta familia aguanta eso y mas… ¡coño! Seguiré sintiendo la gata de la culpa rondar. Pero también, cuando mi hija me abrace, aprenderé a soltar un poco y a mirar la vida como él la miró en sus mejores días: con ternura. No es un final feliz; es apenas la posibilidad de seguir, seguir con dolor… de recordar al hombre entero y no a su última sombra… sus silencios eran árboles y yo ahora siembro uno para que me dé sombra.

![Será otra cosa-El porvenir será de las desnudas: Eiko Otake en Puerto Rico[1]](https://claridadpuertorico.com/wp-content/uploads/2026/02/El-porvenir-sera-de-las-desnudas_Eiko-Otake-1-218x150.png)

