En estos días, el mundo entero tiene la mirada puesta en los partidos del Mundial. Países como Brasil quedan absolutamente quietos, como en suspenso frente al televisor cada vez que la selección nacional tiene un partido decisivo. Incluso a quienes no les gusta el fútbol se sienten envueltos por el ambiente de la hinchada.
En un mundo dominado por decenas de guerras sangrientas y que cada día es testigo de escenas de genocidio y inhumanidad, de repente parece que todo está bien. El gobierno de Estados Unidos sigue tratando a los migrantes como si fueran personas desechables y permite que su policía dispare contra personas desesperadas que cruzan la frontera. Sin embargo, durante estas semanas del Mundial, acoge a jugadores de todo el mundo y gana millones y millones, gracias a la gente que llena los estadios para ver los partidos en vivo.
El Futbol y el amor al deporte son valores incuestionables. No son culpables de la forma poco democrática y transparente, con la cual los campeonatos son preparados. El deporte y, en ese caso específico, el futbol es expresión del encuentro de culturas. Lleva a los pueblos al conocimiento unos de los otros, al diálogo y a la comprensión humana. Con su carácter competitivo y responsable por envolver tantas emociones, algunas veces conflictivas, en el futbol la lucha ocurre en torno de una pelota y no con el uso de armas o estrategias militares. Las manifestaciones racistas que, una vez o otra, aún ocurren en las partidas, así como episodios de violencia entre torcidas son crímenes que maculan la verdadera naturaleza del futbol.
Es evidente que el carácter comunitario del fútbol no deja de ser una lección para una sociedad en la que no se toma en cuenta que todos y todas dependen de todos y de todas. Quizás la Copa del Mundo sea el único evento en el que países africanos compiten y son tratados como iguales por sus socios europeos y norteamericanos, quienes durante siglos los han explotado y saqueado. La Copa del Mundo parece mostrar un mundo unido y la humanidad se asemeja a un grupo de niños, alrededor de una pelota, jugando con sus amigos del barrio.
A pesar de todos estos valores, el fútbol no puede ser el equivalente moderno del antiguo circo romano, creado para alienar a las masas. Todos saben que, actualmente, el futbol no es más el mismo de otros tiempos. Se hizo negocio en el mundo del mercado. Sin embargo, es posible mantener una conciencia crítica y hacer del campeonato del mundo una especie de ensayo para un mundo más unido y solidario. El futbol, con sus reglas y su disciplina puede ser como una preparación para la superación de los sectarismos y el camino para que el mundo si haga una inmensa patria para toda la humanidad, en una relación nueva y más justa con la naturaleza.
Qué bueno sería que la política mereciera la misma atención crítica y la misma participación consciente que el fútbol genera, y que para los cargos de representación política en los gobiernos y en las cámaras legislativas encontráramos personas sensibles y capaces de jugar en equipo y, al mismo tiempo, respetar las reglas de la buena convivencia con sus adversarios.
Qué bueno sería que las comunidades cristianas recordaran que, en los inicios del cristianismo, el apóstol Pablo comparó el camino de la fe con los juegos en un estadio y escribió: «¿No saben que, en un estadio, todos los jugadores corren, pero solo uno lleva el premio? Corran, pues, de manera que puedan alcanzarlo. Para estas contiendas, los atletas deben abstenerse de muchas cosas, y lo hacen para obtener una corona perecedera. Nosotros corremos por una corona incorruptible. Así, yo corro, pero no como quien corre sin saber adónde va. Lucho, pero no como quien da golpes al aire. Someto mi cuerpo a la disciplina, para que no suceda que, mientras predico a otros, yo mismo sea reprobado» (1 Co 9, 24–27).








