El bidet

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Para mami y tía Toti, con amor

 A Bariloche llegaron en guagua. Muchas horas de carretera y caminos de tierra, una rueda pinchada y el atasco en una zona fangosa. Maribel se sentía como en un cuento. Todo le parecía bello: el hotel de madera, las montañas de ese tamaño, los glaciares, los abrigos que por fin se podía poner, la gente con sus idiomas que no entendía… Nada que ver con la ciudad “sucia y ruidosa” que hace unas horas habían dejado atrás.

Eduardo decidió volver a Argentina cuando otros se estaban yendo.

“¿Y si aprovechamos en Navidad?”, le propuso a Maribel. “Había pensado que hiciéramos Buenos Aires-Bariloche-Concepción. Así matamos dos pájaros de un tiro.” Entonces planificaron su luna de miel para que coincidiera con el verano del sur y las vacaciones de la universidad. La idea era aprovechar el viaje para visitar la familia de Eduardo, que no veía hacía ocho años.

Maribel aceptó el plan. Lo importante era tener su luna de miel aunque fuera casi dos años después, “total, algún día tenía que conocer a los suegros.”

En Buenos Aires se quedaron con la hermana de Eduardo. El viaje había sido muy largo, casi un día viajando entre escala y escala desde que salieron de San Juan. Y para colmo a Maribel le había bajado la regla. Lo único que quería era darse una ducha caliente y recostarse un rato.

“¡Eduardo!”, gritó Maribel en voz baja.

“Che, ¿tenés papel de inodoro?”, le preguntó Eduardo a su hermana luego de atender el llamado de Maribel. Ella le confirmó lo que ya sabía y le explicó cómo llegar al supermercado que estaba a “unas cuadras nomás”.

Maribel estaba horrorizada. En el baño del departamento, en un edificio muy parisino del Barrio Norte, lo que había era papel de periódico para limpiarse. Un par de hojas de la sección de deportes. Solo le faltó levantar las losetas por si de la nada aparecía el papel. Derrotada, no le quedó otra que llamar a Eduardo, a quien ella -le recuerda siempre que puede- salvó de relegar la higiene hasta el límite de lo insospechado.

“Usá el bidet”, le recomendó Eduardo desde el otro lado de la puerta.

Maribel y Eduardo tuvieron una discusión discreta. Después de la ducha, Maribel se quedó dormida y Eduardo se fue a buscar el papel.

De camino al supermercado, la ciudad lo fue devolviendo a los días en los que su vida respondía a un plan perfectamente trazado: el seminario, Roma, la ordenación… Hasta que se hizo adulto a palos y todo se fue a la mierda. “Y que no se me olvide el papel”, se dijo, cuando ya llevaba una bolsa llena de frutas y halvah para que Maribel lo probara.

La llave del portal que le había dado su hermana se le perdió en alguno de sus bolsillos. Soltó la bolsa para buscarla y se fijó en el carro estacionado en la acera de al frente. Lo había visto al llegar. Adentro había dos hombres que fumaban atentos.

Eduardo subió al departamento y se lo contó a su hermana. Hablaron un poco, se indignaron y siguieron conversando sobre otros temas, el profesorado, mamá, la neurosis, los bebés que no llegan…hasta que el sueño lo venció y se fue a acostar al lado de Maribel.

Por la mañana salieron al Registro Civil. Eduardo tenía que renovar su cédula de identidad. Frente a la entrada, dos militares empuñaban cada uno un fusil. De dónde vienen, para qué vienen, enséñeme su pasaporte, y el suyo también, venimos de luna de miel, vivimos en Puerto Rico, mi señora es puertorriqueña, oficial… Y los dejaron pasar.

“A mí no me traigas más”, le susurró Maribel a Eduardo. Lo más cerca que había estado ella de un susto así fue cuando la persiguió un hombre volviendo de la escuela por el cañaveral.

Eduardo retrataba todo con su Pentax y Maribel era su modelo.  “Ahí…Quiero que salga el nombre del cerro”. A veces también hacían el amor y comían lo típico de Río Negro. El 1977 los encontró rodeados de parejas desconocidas que eran la estampa viva de la felicidad. La música animaba a Maribel, que indistintamente bailaba con Abba y se desmelenaba con Sandro. Eduardo no; él prefería la música clásica y, además, no sabía bailar. “¡No seas aburrido!”, le reclamó Maribel cuando después de las doce prefirió quedarse sentado.

A los cinco días, Maribel añoraba “unos guanimos con bacalao”.

“Tú nunca estás conforme, ¿eh?”, le dijo Eduardo antes de meterse a la boca un pedazo de entraña.

Al día siguiente volvieron a Buenos Aires, y de allí se fueron en guagua a Concepción.

Maribel no paraba de hablar. Le preocupaba caerle bien a sus suegros y a sus cuñados. Ella no tenía el pedigrí europeo de su familia, ni sabía alemán o tocar el piano. “¿Allí es más tranquilo? ¿Es más limpio que Buenos Aires…?” Eduardo miraba por la ventana y pretendía escucharla. Cuántos años habían pasado desde la última vez que cruzó el Paraná. A esa hora solo deseaba llegar a su casa.

Los acomodaron en el cuarto matrimonial. Allí dormirían bajo la mirada de la abuela María cuyo retrato, sobre el espaldar de la cama, parecía amonestarlos. Maribel, que posaba sentada en la cama, se reía como una niña traviesa señalando a la vieja. La misma vieja que se hizo cargo de Eduardo cuando tocó repartir hijos porque no daba el pan y le pedía que le arreglara las cuentas gastadas de sus rosarios.

Las comidas las presidía el viejo y a él se le servía primero. La madre no se sentaba hasta que todos tuviesen su plato. Eduardo lo escuchaba atento, como si quisiera congelar el momento, o retroceder en el tiempo y poder decidir quedarse en su casa con su madre y con él.

En aquel barullo de voces y recuerdos ajenos, la madre entendió de inmediato los silencios de Maribel. “Vení. Ayudame con el postre.” Por lo menos con su suegra compartía el lenguaje de la cocina y los cuidados a un marido que, al igual que su suegro, demandaba más atención que un niño. A Maribel no le sorprendió que durmieran en cuartos distintos. Después de once hijos, ¿a quién tenían que convencer? Aunque puede que los ronquidos tuviesen algo que ver. Si no, que le pregunten a Maribel, que muchas noches se desveló azorada porque el viejo roncaba como un motor ahogado.

La tarde que volvieron a Buenos Aires para volar a San Juan, su hermana los esperaba. Salieron a dar un paseo para comer un helado cuando vieron bajarse a dos hombres de un carro y llevarse a la fuerza a un muchacho y a una muchacha. Maribel no entendió nada, “si iban tan tranquilos de la mano.” Eduardo y su hermana se indignaron. El carro desapareció y los gritos con él.

Mami y papi se ven felices en las fotos de Bariloche. En las de Concepción, mis tíos fuman y hablan, se ríen y comen. El abuelo siempre sale mostrando algo: un árbol, un edificio, un cuadro. Y la abuela, callada, con la mirada serena, no como mami, que cuando sale con ellos, parece perdida, como cuando uno no sabe qué decir o hacer. Ese mismo año papi instaló en la casa su primer bidet.

 

 

 

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