El cubano exitoso ¿self made millionaire?

541

 

Annette Lavastida Fajardo

El término self-made millionaire presupone que la riqueza extrema es el resultado de la voluntad individual, el talento o la perseverancia. Pero ignora (deliberadamente) los sistemas de privilegio y acumulación previos: herencias, acceso a crédito, ventajas migratorias, redes de contactos, educación, estabilidad institucional, infraestructura, o incluso la existencia de propiedad privada masiva como derecho garantizado por el Estado.

Decir self-made millionaire/billionaire es como decir pescado autodidacta que aprendió a nadar solo. Es un instrumento ideológico. El relato del “self-made” no describe la realidad, la produce. Es un mito moral que cumple una función ideológica: legitimar la desigualdad bajo la apariencia de justicia meritocrática. Si el millonario se ha “hecho a sí mismo”, entonces el pobre es “culpable de sí mismo”. Así se evita hablar de estructuras y se convierte la pobreza en fallo moral.

Cuando se examinan los casos concretos, la paradoja se repite. Muchos de los supuestos self-made se construyen sobre estructuras colectivas y subsidios públicos. Es un sofisma. Más precisamente, es un sofisma de causa falsa (non causa pro causa): atribuir un efecto (riqueza) a una causa (esfuerzo individual) que no explica el fenómeno, mientras se ocultan las verdaderas causas: estructura económica, herencia, clase, y relaciones de poder.

Cuando extrapolamos ese “yo me hice solo” a boca de muchos cubanos emigrados es, en realidad, un eco del mismo sofisma neoliberal del self-made man, pero tropicalizado y con un toque de épica de Calle Ocho. Es el mito del “cubano excepcional”.

Existe una especie de nacionalismo narcisista de la diáspora: la idea de que el cubano es “el mejor donde llega”. No importa si es médico, plomero o estafador de seguros; todos creen representar la punta de lanza de la inteligencia caribeña. El mito viene de una mezcla extraña de trauma y propaganda. El exilio se vendió a sí mismo como prueba del fracaso del socialismo y del éxito del “individuo libre”.

Así, cada cubano exitoso se vuelve un argumento político ambulante, aunque lo que haya detrás sea, muchas veces, un sistema de privilegios migratorios, subsidios y redes preexistentes.

Cada vez que se habla de este fenómeno salta un indignado “excepcional” que clama: “YO NO RECIBÍ AYUDA”. La frase suena casi heroica, pero oculta la verdad incómoda de que el estatus migratorio automático, las ayudas de reasentamiento, los préstamos sin avales, los programas de vivienda y empleo fueron privilegios únicos (cuyos familiares y amigos antes que él también obtuvieron, y que ahora son su red de apoyo…siempre que se aclimate ideológica y culturalmente a ellos), negados a haitianos, hondureños o dominicanos en la misma situación.

La Ley de Ajuste Cubano fue, de hecho, una política de guerra fría, convirtiendo a cada emigrante cubano en testimonio viviente del “fracaso comunista”. Y esa condición de “refugiado político pre-aprobado” les dio una rampa que otros latinoamericanos nunca tuvieron.

El cubano promedio del exilio detesta que le recuerden sus privilegios porque eso erosiona su narrativa fundacional: la del mérito. Aceptar que tu prosperidad fue estructuralmente facilitada (relevante recordar la ventaja de aquellos que, sin recursos económicos previos, hicieron carrera universitaria gratuita y ese status académico también les ofrece un trampolín profesional), implicaría aceptar que no eres la prueba del fracaso ajeno y la excepcionalidad por ser cubano, sino del éxito de un sistema que te usó como vitrina.

Por eso el “self-made cubano” es un fenómeno psicológico fascinante. Es una identidad basada en negar las condiciones que la hicieron posible. Una especie de síndrome del náufrago patrocinado, que jura haber sobrevivido sin tabla mientras aún lleva el salvavidas puesto.