La belleza también entra por las grietas. Despedida al «Príncipe de las Tinieblas».

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Especial para En Rojo

Recuerdo que la primera vez que supe de Ozzy Osbourne era apenas una niña, paralizada en el cuarto de mi tío, frente a la carátula espeluznante de un LP. Esa imagen oscura se incrustó en mí y, hoy que la evoco, me revela que fue a la vez advertencia y promesa. Pensé en no escribir nada sobre esto, sobre la muerte del «Príncipe de las Tinieblas», pero a lo largo del día comprendí que callarlo sería como negarle el lugar que ocupó en mi vida. Y no sería justo. Ni para él ni para esa parte de mí que encontró en su música y en su figura, un eco lejano de lo profundo.

Una vez que vi la portada del disco Speak of the Devil, ya no pude no verla. Cada vez que entraba al cuarto de mi tío, lo hacía con los ojos tapados con ambas manos, pero dejaba entreabiertos los deditos, como ventanillas que se abren y se cierran ante el posible avistamiento de algún horror. Era mi manera de protegerme de los misterios que guardaba aquel cuarto que recuerdo tenebroso como una cueva, pero fascinante.

Había pósters de sus bandas favoritas, una torre de casetes y elepés, y un olor como a cable eléctrico quemado. Allí, entre la penumbra y el ruido (que hoy ya no tolero bien), pienso que, de cierta manera, aprendí a temer lo que me atraía y a desear, quizá, lo que no entendía. La cara maquillada de Ozzy, los colmillos, la mirada desorbitada… algo en él me gritaba que la oscuridad no solo era posible, sino inevitable, como luego confirmé.

Con el tiempo fui creciendo, y descubrí nuevas cosas sobre la música, mis gustos, y sobre mí misma.  Antes de los nueve años, ya sabía poner el tocadiscos y empezaba a invadir territorios musicales ajenos. Cuarto que dejaban abierto, cuarto al que yo entraba buscando discos. Ya no eran solo los de metal de mi tío, sino también los de mis viejos. Ellos compartían el gusto por la salsa, que también descubrí con grandísimo gusto, pero con papi el lenguaje común fue el R&B, el funk, el jazz, y el rock & roll. Aquello que al principio me era ajeno, misterioso, prohibido o incluso peligroso, se fue convirtiendo en mi refugio. Fue entonces cuando, una mañana, desperté decidida a pedirle a mi papá que me enseñara a tocar la guitarra, porque yo también era rockera, como él.

El cuarto de mi tío y sus discos de metal fueron el umbral, la grieta por donde se colaba en la casa de mi abuela la validación de lo extraño. Ozzy, con su aura de monstruo y su voz quejumbrosa y, en ocasiones, monótona, me acompañó en esos primeros años en que empecé a entender que para mí había más belleza en lo roto que en lo perfecto. Ahora que lo pienso, ya de adulta, creo que lo que me ofrecía era una estética y una ética que desobedecían la lógica del orden. En su universo, lo desgarrado tenía más sentido que lo pulcro, lo desbordado más verdad que lo contenido.

Con los años, por supuesto, lo fui alejando. Otros géneros, otros nombres y rostros ocuparon ese lugar. Pero esa oscuridad inicial, ese primer deslumbramiento ante lo grotesco y lo sublime, nunca se borró. A veces, bastaba escuchar dos compases de “Mr. Crowley” o “Crazy Train” para que todo volviera: el aire pesado, el murmullo eléctrico del equipo de sonido de tío y ese LP mirándome, otra vez, desde la mesita de noche. Cuando vino en concierto a Puerto Rico, en 2011, fui a verlo, aunque la gente que no puede ver más allá de lo evidente se burlaba porque decían que iría a ver a una momia.

La noticia de su muerte me llegó como un susurro lejano y, al mismo tiempo, resonó como un latido propio. Pasé el día con la sensación de haber perdido algo. ¿Cómo se despide una de sus símbolos fundacionales? ¿Cómo se agradece sin caer en la nostalgia vacía?

Ozzy era excesivo, contradictorio, teatral, vulnerable. Su personaje era una máscara, sí, pero no una que ocultara, sino una que a mí me revelaba algo. En él convivían el circo y la confesión, lo macabro y lo torpe, lo satánico y lo humano. Era un espejo raro, pero espejo en el que, alguna vez, me he sabido mirar.

No lo conocí, pero lo sentí cerca todas las veces que toqué los riffs de «Mr. Crowley» y la intro de «Diary of a Madman» en el pasillo de la escuela donde estudié, en mis ratos más alegres. Su figura, como la de tantos otros hijos de la clase trabajadora británica, surgió en una Inglaterra marcada por la posguerra. Sus canciones no solo relatan la locura, la soledad y el desamor, además reflejan lo roto de una realidad fragmentada, llena de esas grietas por donde se sabe que, con un poco de suerte, se cuela lo inesperado. Ozzy no fue un modelo de virtudes, no fue un señorito inglés; tampoco fue un simple cantante de heavy metal. Se coronó como el «Príncipe de las Tinieblas», cronista del desorden y la complejidad humana: abrazó la imperfección y la convirtió en su sello distintivo.

Lo roto, en ese sentido, no es una condición de fracaso ni un estado de vulnerabilidad pasiva, sino una fuerza dinámica, un lugar donde lo marginado, lo olvidado y lo incompleto encuentran la posibilidad de reconfigurarse.

Ahora que se ha ido, elijo recordarlo no como un ídolo lejano, sino como esa figura oscura y fascinante que me miró desde la carátula de un disco cuando yo era apenas una niña, temerosa y curiosa a la vez. No entendía mucho, pero algo en su presencia me hablaba de mundos posibles, de secretos que no cabían en la luz. Quizá por eso, todavía hoy, cuando algo se desordena o una fisura aparece, no me asusto del todo. Sé que en ese resquicio hay algo parecido a la belleza. Y sé también que esa niña sigue allí, asomándose entre los dedos, pero ahora con menos miedo, mientras Ozzy canta «Changes» y algo en mí se deja llevar.

 

 

 

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