Especial para En Rojo
Nadie podría imaginar que, en pleno siglo XXI, el mundo estaría presenciando más de 50 guerras, repartidas por varios continentes. Además de las guerras, el gobierno de Israel intensifica el genocidio que, desde hace más de 70 años, practica contra el pueblo palestino. Es difícil pensar que, en la actualidad, un Estado pueda utilizar el hambre de los niños muy pequeños como arma de guerra.
Sin embargo, de todo eso, lo que parece más impactante es que ministros y grupos religiosos colaboran con la política del odio y de la muerte. En el Estado de Israel hay rabinos y grupos judíos que apoyan la invasión y el genocidio. En Estados Unidos, ministros y ministras de iglesias apoyan al presidente Trump, en su política de odio y violencia contra migrantes y contra quienes se resisten al Imperio. En Brasil, pastores y grupos pentecostales, evangélicos y católicos, apoyan las políticas de extrema derecha y en el Congreso Nacional, organizan lobbys que se llaman bancada de la Biblia (religiosos fundamentalistas), bancada del buey (latifundistas) y de la bala (favorables a la difusión libre de armas al pueblo).
Incluso muchas comunidades católicas y evangélicas que hacen 50 años profundizaban la fe como camino de transformación social y política del mundo y formaban el Cristianismo de la Liberación, en nuestros días vuelven a una religión devocional de la época de nuestras abuelas. Ministros retoman vestimentas clericales, herencia de los sacerdotes de la religión imperial romana.
En la Iglesia católica, los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI hicieron todo lo posible por promover un retorno a los tiempos en que el catolicismo dominaba los gobiernos y dictaba las normas de la sociedad. Contaron con el apoyo y la colaboración de muchos sacerdotes y obispos que creen más en el poder divinizado que en el Evangelio de Jesús.
En los últimos años, el papa Francisco ha logrado ofrecer al mundo una nueva perspectiva para la misión de las Iglesias. Ha retomado la centralidad de la opción por los pobres como misión. Fue el primer papa en condenar claramente el capitalismo. Valoró el sentido de las Iglesias locales como comunión de Iglesias. Alertó al mundo sobre la prioridad de la cuestión ecológica y propuso la Ecología Integral como elemento esencial para el camino de la humanidad. Sin embargo, en lo que respecta a la organización interna de la Iglesia Católica, principalmente al clero, la jerarquía y algunos movimientos religiosos, no ha logrado casi nada.
En mayo de 2025, a través de la televisión e Internet, gran parte de la humanidad regresó a la Edad Media para seguir el cónclave, con motivo de la elección del papa León XIV. Cardenales procedentes de todo el mundo revitalizaron la pompa del consulado romano del antiguo imperio pagano. Repitieron el ritual del cierre de las puertas de la Capilla Sixtina y el Extra omnes (¡Fuera todos!), inocuo en el mundo actual, con todos los recursos de comunicación virtual y contrario al evangelio de Jesús y a todo lo que el papa Francisco enseñaba sobre la naturaleza y la misión de la Iglesia.
Las ceremonias de entierro del papa Francisco y el cónclave que eligió al papa actual parecían querer llevarnos de vuelta al siglo XI, cuando el mundo católico era solo Europa occidental y el papa era elegido para ser soberano de los Estados Pontificios y coronar al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. ¿Cómo pensar que esa fue la imagen de la Iglesia católica, transmitida a la humanidad de hoy?
Si la cultura vigente en la Iglesia católica es esa y no es muy diferente de la de otras Iglesias cristianas, la mayor dificultad para dialogar con el mundo actual no proviene principalmente de los sectores religiosos vinculados a la extrema derecha. Estos son minoría y su proyecto de Iglesia y de mundo es claro. Allí no hay lugar para el diálogo. En las Iglesias actuales, el mayor desafío está en las estructuras eclesiásticas que parecen más abiertas y, sin embargo, siguen siendo incapaces de superar la cultura religiosa de la cristiandad medieval. Para que las Iglesias puedan colaborar con la paz y la justicia en el mundo, necesitamos comunidades eclesiales, organizadas de forma más democrática y en diálogo con los movimientos populares y las comunidades de la periferia.
Las religiones indígenas y negras no nos necesitan, ni a la pastoral cristiana para vivir sus valores y mantener su riqueza espiritual. Son las Iglesias las que las necesitan para compartir con toda la humanidad la riqueza de esas culturas. Es necesario que las personas y grupos negros e indígenas que quieran vivir la fe cristiana no tengan que dejar de ser negros e indígenas para ser cristianos. Además, hay valores propios de estas culturas que pueden ser útiles e importantes para toda la humanidad.
Hay muchas personas, sobre todo jóvenes, que se integran en grupos o pastorales sociales, pero no soportan el peso de las instituciones eclesiásticas. Entre estas personas, algunas se marchan, agredidas por el autoritarismo de los sacerdotes; otras, por la hipocresía que perciben en ambientes eclesiásticos. Muchos abandonan la Iglesia porque, con la rutina de misas, bendiciones y novenas, ya no pueden alimentar su necesidad espiritual.
Hay grupos que se sitúan en las brechas y fisuras del sistema religioso dominante. Buscan vivir la fe y la espiritualidad en comunión con movimientos populares y con la multitud marginada por la sociedad excluyente. Las Iglesias cristianas deben ampliar sus fronteras, no de forma proselitista de conquista, sino a través de una espiritualidad abierta al mundo, en diálogo con las culturas oprimidas y con toda la humanidad.


