Norman Ramírez Talavera
En nuestro primer viaje a París —y a mis sesenta y ocho años— no iba como un turista común ni por simple azar. No buscaba postales ni vitrinas, sino huellas. Iba a ver lo que otros no ven, con una encomienda emocional: una misión sencilla, pero profunda. Quería honrar al Padre de la Patria puertorriqueña en la ciudad que lo acogió en su exilio final.
Desde que planeamos el viaje, supe que debía ir a esa dirección: rue des Patriarches, un nombre que parecía inventado para alojar memorias fundacionales. Pero no iba solo. Me acompañaban las presencias que convierten un gesto en historia. Mi hija primogénita, Beatriz Libertad, que lleva en su nombre la promesa de lo que aún no hemos logrado. Mi esposa, Lydia, con quien he recorrido tantos caminos. Y nuestra amiga Sincia, quien estaría a cargo de las fotos, testigo comprometida de aquel momento.
Llevaba en un sobre, cuidadosamente doblada, la bandera verde con machete y estrella roja. La misma que, en la clandestinidad, ondearon quienes siguieron el ejemplo de Betances. Habíamos hablado con Juan Segarra Palmer, compañero de lucha, y él nos ayudó a contactar a su hijo Amílcar, que vive en París. Quería que fuese él, junto a mi hija, quien desplegara la bandera frente a la casa donde vivió y murió el patriota. No era un gesto simbólico: eran ellos, Beatriz Libertad y Amílcar —nacidos de la lucha, herederos de la dignidad— quienes debían sostenerla.
Cuando llegamos, me invadió un temblor. No de frío —era verano parisino— sino de historia. Miré el número grabado en la puerta, las piedras antiguas, los balcones sencillos. ¿Cuántas veces habrá salido Betances por esa puerta con una carta en la mano, una idea encendida, o el alma dolida por la patria lejana?
Me acerqué a la tarja de mármol con letras en francés. La leí despacio, casi en voz baja, luego en silencio absoluto. Allí decía que ese fue el hogar de Ramón Emeterio Betances: médico de los pobres, abolicionista, patriota antillano.
Cerré los ojos. Y al hacerlo, traté de imaginar el París que le tocó vivir.
Ese París no era de postales. Era el de los desterrados. El de la Comuna herida, los cafés revolucionarios y las imprentas clandestinas. En ese París de exiliados, Betances envejecía entre libros, cartas, ideas y urgencias. Vivía entre estudiantes, anarquistas, obreros. No era un hombre retirado, sino activo en la lucha desde su escritorio: embajador en París del pueblo antillano levantado en armas por la soberanía de Cuba y Puerto Rico. Luchaba con el alma rota por la distancia con Borinquen.
Allí, en el barrio latino, a pasos del Jardín de Plantas y de la Facultad de Medicina donde una vez estudió, Betances conspiraba con tinta y corazón. Había visto caer imperios y levantarse repúblicas. Había sido testigo de los días y consecuencias de la Comuna de 1871. Sabía que la libertad no se mendiga: se organiza.
En 1898, ya enfermo, vio desde su escritorio cómo un nuevo imperio se preparaba para ocupar la patria que tanto amó. Con la misma claridad con la que había denunciado al colonialismo español, escribió con dolor y rabia, pocas semanas antes de morir en septiembre de ese año:
> “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?”
Ese clamor sigue ardiendo. A mí me llegó como un trueno mientras imaginaba su rostro entre esas paredes. No era un grito del pasado, sino una pregunta viva. Urgente. Incómoda. Ineludible.
Y entonces, llegó el momento. Amílcar y Beatriz, en representación de las nuevas generaciones de puertorriqueños y puertorriqueñas, desplegaron la bandera de la resistencia frente a la puerta. La sujetaron con solemnidad, con ternura. La estrella roja brillaba tímida bajo la luz gris de París. Fue un gesto sencillo, pero cargado de siglos. Una señal entre generaciones, entre luchas, entre quienes se fueron y quienes aún estamos.
Me costó hablar. Sentí un nudo en la garganta. Allí, de pie en esa acera, entendí que la lucha no es solo acción ni historia: es también memoria, gesto, continuidad. Que viajar no siempre es moverse, sino llegar al corazón de lo que uno es.
Tomamos fotos, sí. Pero lo más importante quedó en el alma.
Antes de irnos, me acerqué a la puerta. Respiré hondo. Le di tres toques suaves. No eran golpes al azar. Eran tres, como él los conocía. Libertad, Igualdad, Fraternidad. No esperaba que se abriera. No hacía falta. La toqué con respeto, como si al otro lado aún viviera un viejo médico, pluma en mano, escribiendo cartas a su patria lejana. Como si la historia pudiera oírme.
Nos fuimos en silencio. Pero no con las manos vacías. Llevábamos algo invisible pero intacto: su ejemplo. Betances no es solo un nombre en una calle de París ni una estatua en bronce. Es una pregunta que sigue retumbando. Y lo repito porque se hace necesario, como en 1898, cuando el nuevo imperio se acercaba a nuestras costas y él escribió desde aquí:
> “¿Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan?”
Hoy, esa pregunta aún arde. No como reproche, sino como llamado.


