Especial para En Rojo
Cuando me derrumba la vileza multimillonaria de mi especie, que es casi todos los días, intento imaginar cuánto espacio ocuparíamos los cuerpos que así se sienten, exactamente al mismo tiempo que yo, en el país, en el mundo. Me dejo ir: si todos esos cuerpos estuviéramos flotando, oscilando entre muy juntitos y lo suficientemente separados como para tener espacio para jugar, agarrarnos las manos, tocarnos con los pies, rozarnos con los codos, las rodillas, los hombros, imagino que cubriríamos la superficie de todo el océano planetario. Así de muchísimos creo que somos. En contraste, los “dueños” a duras penas ocuparían una parcelita y se entrarían a puños para ahogar al del lado. Recordar siempre esa desproporción inconmensurable, ahora que somos tan “inteligentes” en genocidio y catástrofe, es un desafío tan grande como necesario para combatir la zozobra.
Es, de hecho, un ejercicio de infancia. Consiste en atemperar el desconcierto, el duelo, el dolor producto de un puñado de ejemplares de una especie insanamente individualizada, con la imaginación de un entorno anónimo de egos, con la certeza de una mutua compañía planetaria, con la entrada –o el regreso– a una dimensión pre-todo-esto en la que el cuerpo no es más que un cúmulo de sedimentos que podrían –o no– tornarse fósiles alguna vez.
Alivio.
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A veces consigo acariciar ese estado del ser antes del ser sin cerrar los ojos. Acontece, por ejemplo, cuando me extasío ante la brutal sintonía que el arte puede ofrecer. Pero no es necesariamente una reacción inmediata. Llegar al sedimento requiere a veces su propia sedimentación. Algo así ha sido mi experiencia con la exposición METRATRALLA en el Museo de las Américas.[1] En esta se reúnen piezas de les destacades artistas boricuas Damary Burgos, Elsa María Meléndez y Garvin Sierra, bajo la curaduría de la igualmente notable artista puertorriqueña, doctora Brenda Cruz.
Confieso que sentí, mientras la visité, que las piezas “no pegaban”, que cada paso mío como espectadora era más bien un salto enorme a otra dimensión, justificado solo por la indiscutible premisa de que el trabajo de Burgos, Meléndez y Sierra es explícitamente comprometido, radicalmente cuestionador, políticamente filoso. Ese denominador común, aunque fundamental y valiosísimo, es insuficiente, me decía. Echaba de menos mayor claridad respecto a los criterios conceptuales y estéticos que guiaban el junte.
Me reconocí acontecida, por supuesto, ante ciertas piezas de cada artista, además de que la gratitud me desborda siempre que en este país se manifiesta el arte independiente y no comercial, pues sé muy bien el Everest que es preciso escalar para lograrlo. Pero apreciar más profundamente esta antología inapresable de estilos, aproximaciones, materiales, medios y formas me tomó más tiempo, me exigió más reflexión. Del museo salí flotando bien duro.
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En METRATRALLA hay pintura, bordado, cosido, collage, instalación, impresión digital, medio mixto. Hay sencillo y escueto, barroco y abigarrado. Hay muchos asuntos de injusticia y explotación en la contemporaneidad y diversos modos en que estos se remiten al pasado, a la historia de largo aliento. Hay líneas rectas, curvas y entrecortadas. Hay cuchillos filosos y botos. Hay hilo y textil, hierro y madera. Hay hecho con las manos y hecho con la pantalla. Hay materiales orgánicos e inorgánicos, duros y blandos, bidimensionales y tridimensionales, nuevecitos y reciclados.
En las semanas transcurridas desde que visité la exposición, me ha seguido retumbando en la cabeza su (y nuestro) “tra, tra, tra”. Imagino que para que no descuidemos esa referencia es que “TRA” aparece destacado en la tipografía del título de la exposición, palabra que es, a su vez, un neologismo.[2] ¿Qué hay en el “tra” desde mucho antes de la moda que impone el capital para luego hacerla papilla con su negocio multimillonario? ¿Qué permanece cuando se acalla el follón? ¿Cuál es el sedimento del que emerge y que, a su vez, deposita, el tra, esa traducción onomatopéyica? De pronto, provocada por esta exposición, advierto la conexión de sentido inmemorial con el prefijo “tras” — simplificado del “trans” proveniente del latín— y todo lo que de allí deriva…
Por otro lado, hasta rendirme a la curiosidad que despierta el título de esta exposición, no conocía las palabras “tralla” y “metralla”. Sí tenía presente el verbo restrallar, muy usado en el español boricua. También había encontrado en el título la resonancia de “metralleta”. Al considerar todos estos ecos de sentido, comienzan a aparecer, asentándose, otros hilos conductores entre Burgos, Meléndez y Sierra: una disposición lúdica, traviesa, calle, irreverente; un “juego de niños” de todas las edades que presta dedicada atención a la infancia; una ineludible violencia manifestada tanto en instrumentos para ejercerla como en respuestas para resistirla; un trasiego de cuerpos boricuas, antillanos, que, en su tra, tra, tra, trasladan el peso, el deseo, el afecto, la política; un conjunto de piezas artísticas que dan tralla al poder colonial, capitalista, racista, cisheteropatriarcal. Una exposición que restralla premisas reconocibles de cohesión y coherencia; que, con su tralla (en alguna medida pariente de la metralleta), nos desembaraza del sopor impuesto por la vieja “verdad” del “puertorriqueño dócil”.
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Con lo sedimentado de METRATRALLA he vuelto a imaginarnos flotar más suave, combatientes y juguetones contra la mezquindad del poder. Estamos en Los Pozos y, a la vez, ocupamos todo el océano planetario. El “ahí lo que hay es fango” del alcalde de Cabo Rojo es ecosistema vital, sedimento, sedimento, sedimento. Con la conciencia de que somos muchísimos cuerpos desde siempre, ahora y mañana, seguimos dispuestas a “defender la alegría (futura)”.[3] Lo hacemos como un niño que flota tras caer de un “muelle” cuyo suelo el imperio vacía con la obscena asistencia de los esbirros de pura cepa.[4] Como una niña que juega peregrina, canicas.[5] Como une niñe meciéndose al viento.[6]
Dispuestas a habitar lo fragmentado y a saberlo bello, también estamos. A defenderlo con nuestro archivo afectivo de serruchos, columpios, sartenes, alambres de púa y una larga lista de objetos “expulsados del paraíso”, queriéndonos estrella “sola” en una cama de agua y cojín.[7] A sabernos parte de una ancestría luchadora, trasatlántica, trashumante. A hacer escuelas dondequiera cuando las cierran. A no abandonar la niñez de cualquier edad, incluida la de Filiberto o la de Nilita.[8] A coser y a bordar con hilos laboriosos, infinitos, las cifras feminicidas y nuestra desafiante voluntad de vivir en tanto mujeres.[9] A darle duro a las caderas contra el ELA, LUMA, el Penepé, el imperio, la máquina turistificadora.[10] A insistir, persistir, resistir con el indiscutible flow de la antillanía, “apretando bien duro”, “prendías” en medio “del apagón”, con un “calentón” de “virgen hardcorosa”.[11] A flotar bien duro más suave.
Notas


