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J-Go, la pornografía colonial y el orgasmo militar del imperio

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Foto por Victor Birriel

 

 

Especial para En Rojo

 El colonialismo no sólo roba tierras, roba cuerpos y deseos. Convierte la sumisión en gesto, la obediencia en espectáculo. A su vez, el imperialismo necesita de la complicidad local, del nativo sonriente que normaliza la invasión bajo el disfraz de “alianza estratégica”. En Puerto Rico, ese rol parece haberlo adoptado Jennifer González, quien primero finge resistirse, pero al final se entrega al goce imperial con la docilidad de una actriz en la pornografía política.

Porque, ¡seamos claros! El recibimiento del Secretario de Guerra de los Estados Unidos no es protocolo, es performance obsceno. Es el striptease colonial donde J-Go se quita, una a una, las prendas de la autonomía hasta quedar desnuda frente al amo. Es el goce perverso del sometido que dice: “sabemos que es humillación, pero aun así nos excita”. Ella juega a la obscenidad del deseo porque Puerto Rico no puede ser otra cosa que el objeto de placer del imperio, la muñeca inflable geopolítica que siempre está disponible.

Del “No” al Silencio: la lógica pornográfica de J-Go

Hace apenas días, J-Go decía que descartaba proyectos militares. Pero bastó que los Marines desembarcaran en el sur y que el Secretario de Guerra aterrizara en la isla para que cayera el telón del pudor. Ni protestó, ni cuestionó, ni abrió la boca: el silencio fue su striptease final, revelando la violencia del colonizado internalizada y la aceptación resignada de la narrativa imperial.

El goce de la violencia

¿Qué otra cosa es el espectáculo militar en Arroyo y Salinas si no pornografía bélica? Botes, rifles, uniformes: símbolos fálicos que excitan la libido colonial. Los medios reportan “ejercicios militares”, pero lo que vemos es un set pornográfico del poder, con la isla de escenario y J-Go como actriz secundaria que sonríe mientras el imperio eyacula misiles de utilería. La violencia aquí no se justifica, se goza. Es la violencia política como orgía imperial: cuerpos disciplinados, gestos sincronizados, obediencia transmitida en vivo por la prensa oficialista.

La Ramborización obscena

El problema no es sólo que J-Go se contradiga. Lo que ocurre es que su contradicción es parte del guion. Ella encarna la obscenidad del Otro. Su goce está en el ridículo de su entrega. Puerto Rico no necesita gobernadora, necesita una diva de utilería que legitime el simulacro militar. Y ella lo entiende bien. No hay Four-Runner que tape la desnudez colonial cuando se posa frente al Secretario de Guerra.

La ramborización de J-Go ya no es sólo kitsch, es pornografía dura. En lugar de discutir la crisis eléctrica, la pobreza infantil o la violencia de género, ella prefiere posar en la pasarela de la testosterona imperial. Un día juega con Barbies en el Capitolio, al otro con GI-Joes en la playa, pero siempre termina en la cama del imperio, sudando un deseo que no es suyo.

 El gesto violento

¡Qué no se engañe nadie! La sonrisa de J-Go no es neutralidad, es violencia. Es el gesto pornográfico de quien prefiere callar mientras se violenta a su pueblo con la ocupación simbólica de su territorio. Ese gesto es la violencia del colonizado vuelto cómplice. Esa complicidad es el lubricante del imperialismo. Ella lo sabe, y lo hace porque en el fondo lo disfruta.

 Conclusión: el simulacro colonial

Al final, lo que Jennifer González ofrece es un espectáculo de sumisión. Ni gobierna, ni representa, ni defiende: actúa. Su política es un simulacro pornográfico donde el amo siempre gana, donde la colonia siempre gime, donde el goce se confunde con humillación.

La verdadera obscenidad no está en los Marines desembarcando en Salinas y Arroyo, sino en la sonrisa de J-Go frente al Secretario de Guerra. Esa sonrisa es la metáfora más precisa de nuestra condición colonial: aunque se vista de Wonder Woman, sigue siendo la muñeca de GI-Joe, lista para el próximo acto del imperio.

 

 

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