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Juan José Campanella: Parque Lezama y Rescate del Pasado

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En Rojo

Entre las muchas y agradables experiencias de asistir al Festival des films de Montreal por + de 25 años, fue el placer de ver (y tener la oportunidad de participar en las conferencias de prensa) en carne y hueso a actorxs y directorxs admiradxs: Anthony Hopkins, Marcello Mastroianni, Margarethe von Trotta, Rakhshan Banietemad, Raúll Ruiz, Carmen Maura, Ricardo Darín y Juan José Campanella entre muchxs otrxs. Ahora tenemos la oportunidad de ver a través de Netflix el filme + reciente de Juan José Campanella, Parque Lezama con un elenco delicioso: Luis Brandoni (Darse cuenta, Esperando la carroza, Made in Argentina, La tregua) y Eduardo Blanco (El mismo amor, la misma lluvia, El hijo de la novia, Luna de Avellaneda), dos viejos y excelentes actores que siguen transformándose y moldándose a sus edades presentes. Añado de mis archivos (con la gran ayuda de Annette Guevárez), mi escrito de El mismo amor, la misma lluvia (1999), uno de esos filmes que te rompen el corazón y luego te lo recomponen.

Parque Lezama (2026) rescata un espacio amplio que parece convocar lo mejor y peor del Buenos Aires presente: el poder disfrutar de la naturaleza, sentarse en cómodos bancos para leer o musitar y adivinar las vidas de otrxs al ver pasar extraños que coinciden en el entorno. Es un espacio algo soñado y añorado que, lo acepten o no los viejos paseadores, ha cambiado como la turbulenta sociedad argentina (o bonaerense). Hay buscones dondequiera porque esa es la defensa de los + afectados por la nueva economía de desigualdad. Están los que usan su poder para sacar a los viejos de sus acostumbrados entornos; están los que te dan protección a un precio; están los que utilizan la fuerza para doblegar a los + débiles. Vemos todo esto en diálogos interrumpidos, conversaciones inconclusas, discursos razonables, pero con el velo de nostalgia de lo que una vez fue mejor. Lxs desconocidxs se cruzan, hablan y reconocen la riqueza de un mero saludo. Por las conversaciones nos enteramos de algo de sus familias, sus visiones del presente y pasado. Reconocemos el idealismo de la militancia laboral en Leon Schwartz y la practicidad de haber podido vivir bien tantos años de Antonio Cardozo. Y, aunque parezca que escuchar a dos viejos hablar incesantemente en un parque puede ser estático, aquí pasa todo lo contrario: dos extraños intercambian historias reales o imaginadas que nos arropan y hacen parte de sus vidas en este espacio aparentemente neutral.

El mismo amor, la misma lluvia (1999; director: Juan José Campanella; autores: Juan José Campanella y Fernando Castets; cinematógrafo: Daniel Shulman; elenco: Ricardo Darín, Soledad Villamil, Ulises Dumont, Eduardo Blanco, Alfonso De Grazia, Alicia Zanca)

El primer acierto de El mismo amor, la misma lluvia son sus protagonistas. Ricardo Darín y Soledad Villamil les dan una ternura, comprensión y profundidad a sus personajes no solamente con sus interpretaciones, sino con sus imágenes, voces y gestos. La cámara se encariña de tal manera con sus rostros, que los echamos de menos las pocas veces que no ocupan el primer plano. Cuentan además con un reparto de actores veteranos como Ulises Dumont, Alfonso De Grazia y Alicia Zanca, y jóvenes de poca y mucha experiencia. Todos se complementan para recrear más de 25 años de historia argentina.

Pero no me refiero a un filme histórico donde la ambientación es esencial para recrear un momento en específico. La Argentina que vemos es el Buenos Aires de 1980 hasta las postrimerías de este siglo. Es el país del golpe militar, de la dictadura que hizo desaparecer a los Montoneros, del gobierno militar que se lanzó a retar a Gran Bretaña por las Malvinas/Falkland para probarle a los argentinos que eran poderosos, aunque tuvieran que sacrificar a su juventud en una guerra inútil. Es el país que vuelve a la democracia tratando de rehacer el daño de la indiferencia y el olvido ante los horrores cometidos. Es el país donde un llamado peronista asciende al poder para proclamarse autor de cambios económicos ascendentes que para la gran mayoría significa estancamiento, inflación, pobreza. Tan sólo se ve este marco de refilón, pero sabemos que existe porque vemos el resultado en las actitudes, acciones y cambios de los personajes.

Los espacios donde convergen estos personajes son muy cerrados: la sala de redacción de una revista semanal, el apartamento de Jorge, cafés y restaurantes entre medio. Como en todos los lugares donde personalidades muy diversas intentan trabajar juntas para publicar un periódico o revista, se encuentran y muchas veces chocan el/a director/a, jefe de redacción, administrador/a, artistas que hacen el emplanaje, las portadas y caricaturas, lxs asignadxs a asuntos especializados, lxs creativxs, lxs colaboradorxs, entre otros. Jorge, protagonista/narrador, es un escritor de cuentos que logra publicar una versión breve de algunos de ellos en la revista, y así asegurarse un sueldo fijo. Su gran sueño es publicar un libro de cuentos, o mejor aún, una novela. Pero, por ahora prefiere sufrir viendo cómo uno de sus cuentos es transformado en una pésima película independiente.

Será la aparición de Laura en su vida, lo que obligue a Jorge a mirarse en el espejo, y pensar en la posibilidad de cambiar su vida. Laura siempre tiene la valentía de ser sincera, expresar lo que le agrada y desagrada, confesar sus sentimientos, hablar en voz alta sobre sus sueños y aspiraciones, dejar empleos que no disfruta y tomar otros que no le pagan pero que la hacen feliz. Laura disfruta de la vida abiertamente sin temer a lanzarse al vacío porque confía y respeta a esa persona que dice amarla y que nunca le podrá hacer daño. Aunque al principio Jorge admira esta libertad y forma de pensar y actuar, después de un tiempo comienza a temer y desconfiar de cualquier cambio en su vida. Prefiere destruir lo que pudiera haber sido su propia liberación para acomodarse a un sistema que poco a poco lo deshumaniza y lo convierte en un mercenario.

El guión es tan agudo e inteligente que continuamente está rompiendo con lo esperado. Aún en los momentos más difíciles y tristes, alguien hará un comentario que cuestiona todo lo anterior. Por eso estuve riéndome a carcajadas en montones de ocasiones, y en otras me sonreía cuando la situación se pintaba muy difícil. Los temas que trata son muy conocidos y dolorosos, pero la percepción y el estilo de presentarlos del realizador ofrecen otra mirada. Sin tener que anunciarlo, el filme nos da dos visiones de género a través de un narrador que no logra compartir una visión hasta casi perderlo todo. Es el hombre, al parecer muy sensitivo que permite atraer a una mujer como Laura, el que no puede confiar lo suficiente en sí mismo y en la mujer que lo ama para cambiar su presente. En el momento que esa mujer verbaliza sus sentimientos y está dispuesta a ser lo suficientemente flexible para acomodar la forma de pensar de su compañero, pero sin claudicar sus ideas, Jorge recurre a las andanzas y comportamiento masculino para terminar una relación que le produce mucho miedo.

Algunas de las escenas que se graban en la memoria por su intensidad y revelación son: la llamada de Laura a casa de Carola para procurar a Jorge; el desprecio/cobardía de Jorge en el teatro y la reacción de Laura; el soborno como práctica de Jorge una vez se convierte en crítico de teatro; el encuentro sorpresivo con Laura para revelar lo bajo que ha caído; el homenaje póstumo al periodista olvidado; el enfurecimiento y despido del periodista veterano; las confesiones cínicas de Jorge mientras bebe en la boda de su compañera de trabajo.

El filme tiene esa extraña sensibilidad, que vimos anteriormente en Sliding Doors (Peter Howitt 1998), que permite ver cómo los sujetos marcados como masculino y femenino se borran para concebir a un ser humano que respeta y ama a su semejante, y que vela por nunca mentir ni hacerle daño al ser amado.

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