Los divertidos misterios de Knives Out, Glass Onion y Wake Up Dead Man

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Especial para En Rojo

 

Entre los primeros libros que leí y que realmente disfruté estaban los comics de Astérix y Obélix y las novelas de Agatha Christie, que habían llegado a la biblioteca de mi casa de manera inexplicable. En casa, nadie leía a Christie. Escondidas entre las novelas latinoamericanas de mi mamá, recuerdo haber encontrado y leído de Christie And Then There Were None, donde diez personas son invitadas a una isla y cada uno va muriendo por accidentes muy sospechosos, y Murder on the Orient Express traducida al español. Por esta última, cuando tenía 10 años, siempre me imaginé como el detective belga, Hercule Poirot, resolviendo algún asesinato misterioso en un tren que recorría un mundo de fantasías. De chiquito me crié con la fascinación orientalista (y bastante problemática) de Agatha Christie y del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle. De hecho, esas fantasías tomaron dimensiones visuales cuando di con Death on the Nile (dir. John Guillermin, Reino Unido, 1978) e Evil under the Sun (dir. Guy Hamilton, Reino Unido y EE.UU., 1982), donde Poirot asumió unas cualidades algo cómicas muy diferentes a la seriedad del personaje. Las afectaciones del personaje de Poirot, actuado por Peter Ustinov, lo hacían ver como un tipo de payaso exquisito. Esta personificación es muy diferente a la seriedad del Poirot de Albert Finney, que luego en mi adultez pasaría a ser parte de mi adaptación favorita de una novela de Agatha Christie, Murder on the Orient Express (dir. Sidney Lumet, Reino Unido, 1974). No soy fanático de las adaptaciones de Kenneth Branagh porque encuentro su Murder on the Orient Express (EE.UU., Reino Unido y Malta, 2017) y Death on the Nile (EE.UU., 2022) algo vacías e innecesarias ante las sólidas adaptaciones previas de la obra de Christie. La oscuridad de A Haunting in Venice (dir. Kenneth Branagh; Reino Unido, Italia y EE.UU., 2023) es algo más interesante, pero nada como los misterios escritos y dirigidos por Rian Johnson, Knives Out (EE.UU., 2019), Glass Onion (EE.UU., 2022), y su más reciente Wake Up Dead Man (EE.UU., 2025), que es mi favorita de las tres. Estos tres misterios, que comparten al excéntrico detective Benoit Blanc (Daniel Craig), cuestionan los mundos privilegiados de Agatha Christie y no fallan en recalcar lo divertido de un misterio bien construido.

En su trilogía de Benoit Blanc, Rian Johnson demuestra sus claras influencias dentro del género del misterio. En una de mis películas favoritas de Robert Altman, Gosford Park (Reino Unido, Italia y EE.UU.; 2002), el director usa el ambiente aristocrático que tradicionalmente asociamos con la literatura de Agatha Christie. Sus personajes transitan burbujas de privilegio donde “los de abajo” son tan solo sombras que pululan mientras les sirven a sus amos. He aquí la razón por la que el asesinato de Sir William McCordle (Michael Gambon) en su propiedad de Gosford Park, acto que transgrede las divisiones sociales, confunde a Thompson (Stephen Fry), el torpe detective a cargo del caso y que no puede ver más allá del sistema de clases británico. Cada una de las películas de Johnson cuestiona las estructuras de privilegio en los Estados Unidos. En Knives Out, Marta Cabrera (Ana de Armas) es la sirvienta privada del escritor millonario, Harlan Thrombey (Christopher Plummer). Ella es la sospechosa principal del asesinato del escritor. Marta es inmigrante y su madre es indocumentada, detalles que la familia Thrombey utiliza para recuperar la fortuna que el fenecido escritor le dejó a su sirvienta. La historia gira en torno al asesinato de Thrombey, que Blanc (Daniel Craig) y el detective de la policía (Lakeith Stanfield) luchan por esclarecer. Pero esta también revela la hipocresía de una familia que, aunque alardea de su liberalismo, está dispuesta a aplastar al marginado cuando su fortuna se ve amenazada.

Por otro lado, Johnson no pierde de vista lo divertido que puede ser una película de misterio. La primera secuela de Knives Out, Glass Onion, tiene ecos del clásico de misterio, The Last of Sheila (dir. Herbert Ross, EE.UU., 1973). En esta joya detectivesca setentosa, un grupo de artistas de cine se juntan en un yate para participar de un juego que Clinton (James Coburn) ha creado. Siguiendo la estructura de un juego de mesa parecido a Clue, Clinton asigna una identidad criminal a cada uno de sus invitados, entre los que está Alice (Raquel Welch), una estrella de cine; Philip (James Mason), un director reducido a dirigir comerciales de televisión; y Tom (Richard Benjamin), un libretista en busca de un nuevo proyecto, entre otros. En el yate está el asesino de su compañera, Sheila, una chismóloga que sabía demasiado y que fue atropellada una noche de fiesta. Clinton juega morbosamente con cada uno de sus invitados y el humor, que cuenta con destellos queer muy bien logrados, no pierde el ritmo y refleja el toque de Stephen Sondheim, que fue uno de los libretistas. En Glass Onion, Johnson critica la idealización de “genios” a lo Elon Musk con el personaje de Miles Bron (Edward Norton), el manipulador carismático que se apropia de las invenciones de los demás. Jonson pone en evidencia el ambiente idóneo creado por personajes como Birdie Jay (Kate Hudson), la influencer tontita cegada por la fama, y Lionel Toussaint (Leslie Odom Jr.), un brillante científico fiel a Bron, para que depredadores como Musk y Mark Zuckerberg ejerzan su poder sobre el mundo. Bron usa un juego de mesa que él ha concebido para controlar a sus invitados, dándole un toque divertido a la trama. Sin embargo, al final, el juego tan aparentemente complicado se viene abajo demostrando el intelecto vacuo de su inventor. Tanto como The Last of Sheila, que se burla del privilegio de la industria del cine sin perder de vista lo divertido del juego, Glass Onion demuestra lo irracional del juego en el que seguimos participando sin afectar lo entretenido del misterio.

La más reciente película de Johnson, Wake Up Dead Man, se enfoca en la manipulación de la iglesia y de las políticas reaccionarias conservadoras que llevaron al triunfo de la derecha en los Estados Unidos. En la historia, Jud (Josh O’Connor en una excelente actuación) es un joven cura cuya volatilidad en contra de la injusticia lo mete en problemas. Por esto, es asignado a una pequeña parroquia dirigida por el terrible monseñor Jefferson Wicks (Josh Brolin). Wicks manipula a los pocos feligreses con los que cuenta su iglesia con promesas vacías de milagros que nunca ocurren y con sermones fogosos que condenan todo aquel que es diferente. Jud no solo enfrenta el puño bajo el que mantiene Wicks a sus seguidores, sino que también es acusado de un asesinato que nadie más pudo haber cometido. Siguiendo un tropo del género detectivesco, Wicks fue apuñalado en un cuarto pequeño entre paredes de piedra al cual Jud tuvo primer acceso. He aquí el desafío de la investigación para Benoit Blanc, que por fortuna se interesa en el caso y sabe que Jud es inocente. Blanc está seguro que el asesino se esconde en la iglesia, entre los que cuentan Martha (Glenn Close, tan fabulosa como tiene que ser), la devota secretaria de la iglesia; Lee (Andrew Scott), el escritor venido a menos que está trabajando un libro sobre las ideas reaccionarias de Wick; y Samson (Thomas Haden Church), el encargado de mantenimiento de la iglesia. Como misterio, la película sigue un ritmo excelente con cada nuevo giro en la investigación y con las complicaciones que surgen a través del camino. Johnson también dirige una crítica pertinente a la derecha cristiana que justifica los horrores del gobierno y la manera en la que el poder define un sistema opresivo del cual nadie tiene escapatoria. Dentro de este ambiente, Jud lucha como buen boxeador por curar a la humanidad. Su prueba de fe, tan fundamental para la historia como la del padre Karras (Jason Miller) en The Exorcist (dir. William Friedkin, EE.UU., 1973), es la acusación de asesinato que lleva sobre sus hombros. Pero a través de la experiencia más terrible o “de su camino a Damasco,” Jud siente una profunda misericordia por sus enemigos y su afirmación de servir a todos los que lo necesitan. Como ateo, quisiera conocer un Jud, con la sensibilidad hermosa que le da Josh O’Connor.

No dejen de ver estas tres maravillas de Rian Johnson. Les aseguro que se las disfrutaran de principio a fin, especialmente Wake Up Dead Man, que pueden encontrar en Netflix.

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